Capítulo #8 Una segunda oportunidad para amar…
--"Rebeca, Rebeca escúchame mi niña, mi bello ángel, tenemos
que detenernos ahora, te das cuenta? – al decir esto la separo un poco de si.
Ella había abierto sus ojos, por ellos se escapaba aún el destello de la pasión
que vivieron juntos. Parpadeo varias veces confundida, no logrando entender. Si
ellos eran prometidos, si vivían juntos, porque se detuvo él? --"Rebeca recuerda
lo que te prometí, si recuerda bien. Te dije que no te pediría nada que no
estuvieras dispuesta a dar," – al decir esto ella abrió la boca, parecía a punto
de protestar. –"Rebeca, lo que acaba de pasar, sólo sucedió por tú pesadilla, la
realidad es que de no haber tenido la misma, no creo que hubiera pasado. Te digo
mi niña soy un hombre de carne y hueso, no es fácil dejarte, apartarme de ti,
pero debo hacerlo, pues no quiero que mañana te arrepientas, me entiendes? –
ella asintió pues reconoció que lo que él decía, era la más absoluta verdad. "No
quiero aprovecharme de ti y de la situación actual, esto no significa que no lo
desee, pero cuando ocurra, si es que ocurre, mi reina quiero que estés muy clara
de lo que haces, estamos?" -- al decirle esto, le dio un beso en la frente, le
rodeo con su brazo recostándola entre los almohadones, le dijo como si fuera una
niña de cinco añitos, --"Ahora a dormir, me quedaré unos minutos en lo que te
duermes, después me iré a mi cuarto, te parece bien?" – ella asintió a la vez
que agradecía al cielo por tener un hombre que la quisiera como la quería
Leonardo.
Mientras tanto Leonardo se dio cuenta por primera vez, que aquella no sería
fácil, su buena obra iba a resultar más difícil de lo que nunca pensó... Más
bien estaba requiriendo de él más de lo que nunca imagino. Después de un rato, y
de asegurarse que Rebeca dormía profundamente Leonardo la miro una vez más y se
fue a su habitación. Tardo un rato en volver a recuperar el sueño, pues cada vez
que cerraba los ojos, recordaba sus labios... recordaba su respiración, sus
estremecimientos, no fue hasta pasadas las 3:00am cuando al fin pudo caer
agotado ya, en los brazos de Morfeo.
Al día siguiente, en la Haciendo todo marchaba normal, Leonardo muy temprano
bajo hasta donde sus empleados, dando instrucciones como todos los días,
uniéndose también a las labores matutinas. De la cocina salía un delicioso aroma
a café recién hecho, Mercedes se apresuraba en las faenas del desayuno,
procurando que todos estuviesen bien alimentados, pues según ella, era la única
manera de poder laborar bien en aquellos menesteres que exigían tanta fortaleza.
Una vez terminado todo subió de inmediato donde la joven Rebeca. Al subir las
escaleras a la segunda planta, no pudo dejar de recordar como el joven Leonardo
la miraba, quizás no dándose cuenta aún de lo que le estaba pasando, pero para
sus ojos de águila y mujer muy sabia, estaba clarito…tan claro como el agua y
solo le pedía a Dios que todo fuera para bien. Que la joven Rebeca se enamorara
también de su niño Leonardo.
Al llegar a la habitación de ella, la encontró sentada, ya a punto de
levantarse, y de inmediato se apresuro a ayudarla. "Rebeca, niña te dije que me
esperaras que vendría muy pronto." – le dijo a la vez que la tomaba con
gentileza del brazo y la miraba disimulando un poquito estar enfadada.
--"No te preocupes Mercedes, es que debo empezar yo también a hacer mis cositas
sola, quiero fortalecerme… Mercedes… me podrías ayudar?" – al decir esto la
miro, y la alegre dama se percato de que algo estaba pasando.
--"Claro que si, para eso es que estoy mi niña, vamos que deseas?" -- le
pregunto con la paciencia y el cariño de una madre, pues Mercedes se volvía
maternal con todos aquellos que su corazón les indicaba que eran buenos, y
definitivamente su corazón hacía rato le había dicho que la niña Rebeca era muy
buena.
--"Mercedes, es que llevo tanto tiempo enferma… que me siento toda descuidada,…
me gustaría… ahhh Mercedes si pudieras ayudarme a verme linda, eso seguro me
ayudaría." – le dijo un poco incierta, tratando de que Mercedes no percibiera en
ella que su deseo real, deseo que aún no lograba entender, sólo sabía que quería
verse hermosa para cuando viera a Leonardo nuevamente.
--"No te preocupes, Rebeca vamos creo que un ratito sumergida en un baño de agua
caliente, con mucha espuma y unas sales de rosa riquísimo. Luego buscare en su
guardarropa algo que le favorezca, quizás un conjunto de faldas veraniego sería
lo ideal… Uno nunca sabe quien se puede impresionar viéndonos, verdad?" –a la
vez que hablaba iba haciendo, ya la bañera llena la llevo a sumergirse, "Repose
un poco, no hay apuros, dentro de una hora subo a ayudarla a terminar, le parece
bien?" – Rebeca le agradeció sus bondadosos cuidados y ya dentro del agua se
sintió relajada.
Sentada frente al espejo, Rebeca se sentía muy agradecida de Mercedes. No tan
sólo la ayudo con el baño, sino que cuando termino le había escogido un hermoso
conjunto de falda blanco, luego ya vestida la sentó frente al espejo y de
inmediato se dedico a peinarla. Su pelo quedo brillando de tanto cepillar, la
ayudo hasta a aplicarse un discreto maquillaje, pues aunque no recordaba nada,
sentía que no era amante de los maquillajes en exceso.
Cuando al fin Mercedes terminó, ella estaba hermosa,
exquisitamente femenina y mirándose al espejo no pudo evitar sonrojarse al
pensar en la que reacción de Leonardo cuando la viera. Mercedes la observaba
sigilosamente, y claro que se percato de su sonrojo, pero por supuesto, si todo
marcha bien Leonardo quedara impactado… pues ya ella tenía un plan en mente.
--"Joven Rebeca, muy cerca de la hacienda hay un hermoso jardín, tiene muchas
flores realmente bellas, en adición hay un área diseñado específicamente para
sentarse y sentir la brisa del campo en el rostro. Un sitio muy lindo y con un
buen libro podrías pasar un rato reconfortante, además de que el joven Leonardo
todos los días pasa un rato ahí." – esto último lo dijo como al descuido, pues
intuía que ella querría estar cerca de él. Ella asintió pues la verdad anhelaba
sentir la brisa del campo en su rostro, pues dentro de sí sabía que esta
sensación era rica, además, no podía negarse a sí misma que también quería
verlo. Tenía las maripositas clásicas que produce el desear y a la misma vez
temer, encontrarte con alguien.
****Que pasará en el hermoso jardín, surgirá el amor
fuerte entre Rebeca y Leonardo.