EL INTERNADO
Corría el año 1955. Aunque en aquel internado vivíamos unas
200 chicas de 15 y 16 años, yo, Laura, la oveja negra,la rebelde de una rica
fami- lia de Nueva Inglaterra, sólo me relacionaba habitualmente con cuatro
chicas similares a mí en caracter y vicios: Monica era una chica de pelo corto y
rubio. Ella nos conseguía la mari- huana que fumabamos a escondidas. Se la
conseguía un primo suyo que ve- nía a veces en su coche a verla. A cambio de la
droga, Monica tenía que dejar que su primo, Joe, le olisqueara y le lamiera el
coño como un pe- rro o tenía que chuparle su gorda cosa hasta que él se corría
en su bo- ca. Ella no le dejaba a su primo metersela por el coño,pero todo lo
de- más lo hacía a cambio de la droga. Y luego la compartía con nosotras, sin
tener porqué compartir el fruto de sus "trabajos".Pero lo hacía y por eso la
queríamos tanto. Eva, por su parte, era una morenita preciosa, con cara de niña.
Tenía un hermoso culito respingón, y un vicio feo:la cleptomanía.
A veces íbamos a la ciudad, a recorrer tiendas, y Eva siempre
rapiñaba alguna cosa, aunque su familia era rica y tenía dinero para comprar lo
que fue- se. Rose era una pelirroja con las mejillas cubiertas de pecas y las
ganas de pelea y la competitividad de un chico. lo más destacable de su físi- co
eran unas redondas y grandes tetas que todas envidíabamos. Rose y Eva eran
amantes, aunque les dieron camas separadas al poco de conocer- se Eva pronto
adquirió la costumbre de mudarse a la cama de Rose nada más apagaban las luces.
Entonces se oían risas ahogadas, rumor de pija- mas y bragas que volaban y
murmullos, gemidos y jadeos... La cuarta del grupo era Beth. Beth era a la que
más le gustaban los chi- cos. Siempre estaba mirando a Robert, el joven y guapo
hijo de la direc- tora, o aq los chicos del instituto masculino cercano, cuando
pasaban por delante de nuestro internado. Beth tenía una larga cabellera rubia y
una cara graciosa y muy expresiva.
Un día nos metimos en un lío. Eva robó una figura del
despacho de la di- rectora y la pillaron. Como al principio las cuatro la
habíamos encubi- erto nos castigaron a todas: a Eva por robo y a sus cuatro
amigas por encubridoras. Se nos castigó con permanecer encerradas todo un fin de
semana en el internado, sin poder volver a nuestras casas como las otras niñas,
y a realizar las tareas que nos encargase la conserje del centro. Las 200 chicas
habían vuelto a sus casas. Sólo quedábamos nosotras cin- co, la conserje y la
directora y su hijo, que vivían en dos casas anexas al internado. La casa de la
conserje, una mujer ruda y fuerte, era mo- desta, y la de la directora, que
compartía con su joven hijo, era casi una mansión. La conserje, que nos parecía
una guardiana de un campo de concentración, nos hacía barrer, fregar, cortar el
cesped... creo que le encantaba que cinco niñas hicieran por una vez el trabajo
de ella. Una vez estábamos Rose, Eva, Beth y yo limpiando unos cristales y llegó
Mónica, diciendo "chicas, dejad eso, vamos a fumarnos un porro". La seguimos,
aprovechan- do que la conserje nos había dejado a solas para hablar con la
directo- ra.
Nos fuímos a nuestro rincón secreto, en la parte trasera del
inter- nado, y empezamos a fumar. De repente vimos paseando por allí a Robert,
el hijo de la directora. Llegó a nuestra altura y nos saludó. Intentamos ocultar
el porro pero Robert reconoció el olor "no temaís, no me chiva- ré", dijo, con
una sonrisa. En ese momento nos cautivó más que nunca. Empezamos a hablar con él
y resultó que, además de guapo,era muy simpá- tico. Tenía 20 años -nosotras,
entre 15 y 16- y acabó fumando y riendo con nosotras. "Ven a nuestro dormitorio
esta noche, y seguimos hablan- do", le dijo Beth, que era la que más loca estaba
por Robert. "¿Valdrá la pena?" preguntó Robert. Rose sonrió y abriéndose la
camisa le enseñó sus preciosas tetas a Robert, guiñándole un ojo. En verdad
estabamos lo- cas! "No faltaré!" dijo Robert al verle los meloncitos a Rose.
Aquella noche estábamos solas, idas todas las alumnas con sus
padres, y sólo nuestro rincón del dormitorio estaba iluminado por nuestra
lámpara. Yo estaba en mi cama, Beth en la suya, Mónica en la suya y Rose y Eva
en la de Rose. Esperábamos a Robert, todas muy nerviosas en nuestros pija- mas y
camisones. Robert llegó al fin, sorteando la vigilancia de la con- serje. "Le he
dicho a mi madre que pasaré la noche en casa de un amigo", dijo susurrando. "He
traído unas botellas, whisky, Coca-Cola... y vasos, y cartas", dijo. "¿Quieres
jugar a las cartas?", preguntó extrañada Beth, pero sin dejar de mirarle con
ojos de cordera. "¿Sabeís jugar al poker?" todas afirmamos. "Pues vamos a jugar
a una versión especial, ve- reís qué divertido". Robert quería jugar al strip
poker! al principio no queríamos, pero Robert tenía un piquito de oro y nos
convenció. Así que empezamos a jugar y a beber. Robert vestía unos vaqueros,
unas botas y una camiseta ajustada.
Nosotras, ya lo dije, íbamos con camisones, pija- mas... y
poco más. Fue muy divertido conforme nos fuímos deshinibiendo. El alcohol
tendría mucho que ver, también. Al final teníamos a Robert vestido sólo con sus
calzoncillos, a Rose en bragas,mostrando sus hermo- sas tetas sin pudor alguno,
a Beth totalmente desnuda, enseñandole su bonita rajita, sus tetitas y su culito
a Robert, a Monica desnuda de cintura para arriba pero aún con el pantalón del
pijama puesto, a mi en bragas y a Eva también totalmente desnuda. "Mirad como me
pone el veros así", dijo Robert, bajando los calzoncillos y mostrando su polla
tiesa y sus bolas gordas... tenía la cabeza de la polla muy hinchada y le gotea-
ba líquido preseminal... veíamos las venas del tronco de su verga, a punto de
reventar. Se la meneaba lentamente, nos volvía locas. Todas en- salivabamos como
perras en celo, se nos mojaban los coñitos. "Qué boni- to eres, mi amor",
susurró Beth, mientras le acariciaba las bolas y se comía su boca... todas nos
volvimos locas entonces, fue como una señal. Nos disputábamos su polla tan
preciosa, le chupábamos los pezones, le poníamos nuestras hinchadas rajitas en
la boca. Empezamos a cabalgarle, a meternos su gorda verga en los coños,
mientras él apretaba nuestras tetas o se comía nuestras bocas... Era incansable
y se corría tanto... parecía que estuviera meando leche, era algo terrible. Nos
dejó agotadas a las cinco. Qué noche. La primera de muchas.