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Fecha: 30-Jun-05 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Incesto Rural

rionele
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Tiempo estimado de lectura: [ 41 min. ]
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Dos hermanos descubren que el placer estaba muy cerca. Más cerca de lo que ellos creían. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Mi niñez era lo que se denomina normal, hasta... cierto punto. Mi padre era administrador de un fundo, y mi madre empleada doméstica. En este país se le denomina "fundo" o "parcela", a un predio o propiedad rural de un tamaño más o menos considerable, que equivaldría a varios terrenos urbanos, o lo que se conoce más universalmente como granja. Corría el año 1957, mi padre tenía 49 años, y mi madre tenía en ese entonces 42 años, yo tenía 13 años y mi hermana 12.

La mayor parte del tiempo, me la pasaba entre las clases del colegio, y viendo en qué podía serle útil a mi padre en sus múltiples labores, pero también disponía de tiempo para distraerme. Por aquellos años ya había descubierto la masturbación, la que realizaba varias veces al día, por no decir que lo hacía cada vez que se me antojaba.

Por contar sólo con 13 años, aún no experimentaba lo que era la eyaculación; Al menos yo particularmente. Tal vez era por no estar desarrollado lo suficiente, pero sí sentía todo el resto. Y vaya que me gustaba sentirlo. Eran muy ricas esas cosquillas y sensaciones que sentía en mi pene y cuerpo, y sobre todo el orgasmo, razón principal por lo que lo hacía cuantas veces podía.

Generalmente le dedicaba mis "sesiones" a mi profesora del colegio, la cual era una señora nada de espectacular, pero a mí me bastaba, sobre todo al tratar de espiarla mientras se sentaba frente a nosotros en su viejo escritorio de escuela rural. De hecho, con nuestros compañeros de clases, prácticamente competíamos por ser el que lograra obtener la mejor recompensa al intentarlo, tanto al agacharse "casualmente" frente a ella para abrocharse los zapatos, ó para recoger algo que, nuevamente de manera "casual", había ido a parar al piso, frente a su escritorio, mientras ella estaba ocupada, ya sea con otro alumno (que era la distracción) o en lo que fuera que estuviera haciendo.

Con todo esto, la mayor parte del tiempo estaba excitado pensando en mi "autosatisfacción", o dicho claramente, estaba todo el día con ganas de hacerme una paja. Las veces en que jugueteaba con mi hermana, tengo que reconocer que me calentaba. Obviamente en mayor medida, cuando había contacto físico. Siempre estaba haciéndole cosquillas o tirándole el pelo, tratando de estar cerca de ella, porque yo sabía que ella trataría de hacerme lo mismo, y por consiguiente sería ella la que se acercaría.

Lo de las cosquillas siempre trataba de hacerlo cuando estábamos solos (y sobre todo cuando estábamos cerca de las camas) por si nuestros padres pudieran regañarnos si nos veían haciéndolo, o sobre todo a mí, que era el que siempre comenzaba todo. A veces me escondía tras la puerta de algún dormitorio y cuando pasaba mi hermana, la empujaba para que cayera en la cama y luego me tiraba encima de ella, para comenzar con las cosquillas, pero mi verdadera intención era restregar mi cuerpo con el de ella. Lograba una erección casi inmediata al hacerlo, sobre todo porque ella siempre ponía resistencia a mis ataques, lo que me facilitaba lograr mi objetivo al tratar de "someterla" con ambas manos, ya que al intentar forzarla me era más fácil colocarme tras de ella y comenzar mi movimiento "de perrito". Lo denominaba de esa manera porque me movía igual que como se mueven los perros cuando se están apareando.

Habían veces en que mi hermana no respondía a mis ataques como yo esperaba y tendía a quedarse demasiado quieta, lo que era riesgoso para mis planes, porque en varias ocasiones yo me daba cuenta que le estaba haciendo de perrito y ella estaba inmóvil, por lo que era mucho más probable que se diera cuenta que me la estaba "follando". En situaciones como esa, trataba de hacerla enojar tirándole el pelo, para que con el enojo no pudiera darse cuenta de lo que le hacía y me persiguiera para vengarse. Siempre funcionaba. Bueno, eso creía yo.

Mi hermana acostumbraba usar vestidos, se podría decir, largos, pues cuando llegaba de clases ayudaba a mi madre en lo que fuera necesario. Debido a eso, cuando yo la molestaba, el contacto no era de piel con piel, pero eso cambió una vez que vi a mi hermana caminando lejos de la casa. En el momento en que me di cuenta que no había gente alrededor planeé asustarla acercándome por atrás. No recuerdo bien qué andaba haciendo yo en el patio, pero me acuerdo que cuando vi pasar a mi hermana me propuse molestarla (saciarme) un poco. Ella estaba algo lejos, asi que me acerqué caminando rápido pero sigiloso a la vez.

No alcancé a llegar a tiempo hasta donde estaba ella, porque al desaparecer tras unos gallineros, la perdí de vista, entonces me acerqué silenciosamente y me puse a mirar desde la esquina de la choza donde estaban las gallinas. Al llegar a donde pude verla mejor, me fijé que siguió caminando, se dirigíó a la orilla de un pequeño lago que había cerca de casa y se detuvo detrás de unos matorrales. Me acerqué sin que ella lo notara y vi que se puso a mirar hacia todos lados, por lo que de inmediato me escondí para que no me viera. Entonces comenzó a subirse el vestido rápidamente, con lo que pude darme cuenta que no usaba ropa interior.

 

No podría haberme dado cuenta de ello antes porque no estaba tan pendiente de lo que hacía o usaba mi hermana, pero ahora que era lo más cercano que tenía para saciarme, estaba más atento a ella.

Pude verle claramente las nalgas muy blancas que tenía, ya que como el vestido era largo, hizo varios movimientos para lograr subir toda la tela y no ensuciarla con la tierra. Enseguida dobló las piernas hasta quedar agachada afirmando su vestido, por lo que comprendí que iba a orinar.

 

Muy pronto empezó a salir un hilo fino de orina de entre sus piernas, y para ser sincero, eso me excitó un poco. Pude ver como le salía la orina de entre los labios de su vagina, pues como su vestido estaba todo recogido, la vista era directa. Se puso a mirar hacia todos lados por si había alguien que la pudiera ver. Yo sólo guardé silencio escondido donde estaba. Por un momento pensé en molestarla mientras lo hacía, diciéndole que cómo podía orinar en cualquier parte, pero decidí no decirle nada y poder seguir mirando. Cuando terminó, sin levantarse, sacó de su bolsillo un poco de papel higiénico y comenzó a limpiarse. Luego se puso de pie y comenzó a sacudir su vestido, hasta que lo volvió a su posición anterior.

Yo había quedado impresionado, pues no había visto a mi hermana, ni a ninguna mujer desnuda anteriormente. Cuando comencé a pensar en que todas las veces que la había molestado había estado desnuda bajo el vestido me calenté mucho más y estuve más ansioso de hacerle "de perrito" lo más pronto posible. Me imaginaba cómo sería restregarme en sus nalgas si lo hiciera directamente con mi pene durante nuestros juegos, y la idea me obsesionó. Ese día comencé a seguir a mi hermana en sus labores esperando algún momento en que estuviera en la casa, para ver si lograba pillarla, sobre todo cerca de donde estaban las camas. Lamentablemente no lo conseguí, asi que tuve que hacerme una paja cuando me di cuenta que no sería ese día.

Pero el momento no tardó en llegar. El martes siguiente en la tarde, logré ver que mi hermana se dirigía a nuestro dormitorio (dormíamos en la misma habitación, pero en "camarote", o lo que se conoce como "litera": una cama sobre la otra). Corrí y logré meterme por la ventana antes que ella llegara. Me escondí detrás de una cortina que teníamos puesta para ocultar nuestra ropa y que no estuviera a la vista, y esperé a que entrara. No tardó en aparecer.

Cuando entró, comenzó a cambiar las sábanas, asi que corrí un poco la cortina y me puse a esperar el momento preciso. Empezó a quitar la ropa que estaba puesta y mientras lo hacía, pude observar con detención sus movimientos, ya que tenía que estirarse, arrodillarse y agacharse, para no golpearse en la cabeza con la cama de arriba. Por supuesto que yo, durante todo el tiempo que lo hacía, pensaba en que bajo ese vestido estaba desnuda. Recordaba lo poco de su vagina que le había visto antes y de cómo se le contraía el ano al hacer fuerzas para expulsar la orina.

Mi erección era tremenda, pues estaba más que ansioso de hacérselo, entonces decidí no seguir esperando y levantando las manos por detrás de la cortina simulé una voz ronca y dije:

- ¡Uuuuuuu... soy un fantasma!

Ella miró hacia atrás, donde me encontraba yo, y segura de saber de quién se trataba, me sacó la lengua. Aparté rápidamente la cortina y me abalancé sobre ella. Comencé a molestarla y ella gritaba y reclamaba mientras mi excitación iba en aumento. Logré tirarla a la cama y me senté en su abdomen haciéndole cosquillas en las axilas y pecho, tratando claro, de no golpearme en la cabeza. Ella sólo atinaba a tratar de tomarme las manos, pero yo era más rápido. Mi erecto pene pasaba desapercibido con los movimientos, asi que luego de unos minutos, me tiré a su lado y la tomé por detrás.

- ¡Ya déjame, que tengo que arreglar las camas! -me decía riendo, mientras trataba de detenerme.-

- No me importa, es a tí a quien van a regañar. -le contestaba yo.-

Estaba tan excitado, que en el momento se me ocurrió probar algo. Decidí arriesgarme y llevar a cabo lo que recién se me había ocurrido.

- ¿Asi que tienes que hacer la cama? - le dije, mientras le hacía cosquillas... Te voy a ayudar...

Entonces con una mano tomé las sabanas y frazadas y comencé a desordenarlas, fingiendo que mi intención era aumentar el desorden.

- ¡No, que me va a costar más ordenar las camas! -reclamaba ella.-

La idea se me había ocurrido apenas en el momento y tenía pensado llevarla a cabo, principalmente porque ya no aguantaba más la excitación de estar frotando las nalgas casi desnudas de mi hermana. Tomé unas frazadas y las estiré sobre los dos, con lo que conseguí que ambos quedáramos cubiertos por ellas. Mi hermana reía y jugueteaba conmigo mientras seguía insistiendo en que debía hacer sus deberes, pero entre mis planes no estaba el que ella lo hiciera, sino que ésta vez, quería llegar un poco más allá. Rápidamente y aprovechando un momento en que mi hermana estaba con un ataque de risa, me bajé el cierre y saqué mi pene del pantalón para poder restregarlo directamente en ella.

Estaba muy caliente, asi que poco me importó que ella llegara a darse cuenta de que cada vez que movía mis caderas simulando el movimiento de penetración, le rozaba sus nalgas con mi pene. El placer que obtenía era mayor que cuando lo hacía con mi mano, ya que la estimulación directa sobre la punta de mi pene era mucho más placentera.

Con mis manos en sus caderas, la sostenía fuertemente y comenzaba a "puntearla" lo más disimuladamente que podía. Obviamente, trataba de alternar mis movimientos de caderas con la sesión de cosquillas, ya que hacerlo de manera prolongada y disminuir la intensidad de las cosquillas podía hacer que mi hermana se diera cuenta de lo que le estaba haciendo.

Lo malo era que no estaba desarrollada. Al tocarle el pecho no encontraba senos, sino un torso similar al mío (lo único que diferenciaba su pecho del mío era que ella tenía los pezones más grandes, o lo que se denomina como "botón mamario", que es lo que se les desarrolla a las mujeres previo al crecimiento de los senos), pero eso no me importaba, porque como tenía claro que se trataba de una mujer, sabía que mi pene estaba cerca de una vagina, y por supuesto, estaba el detalle de que no llevaba ropa interior. Mi excitación era mayor al considerar el hecho de que mis genitales estaban cerca de los suyos. La mayoría de las veces que la punteaba, podía sentir las formas de su cuerpo, pero cuando llevaba puesto un vestido de tela más delgada, era casi como si no llevara ropa. Lo percibía tanto como cuando la tomaba de las caderas, como cuando deslizaba mi pene por su culo, pues cuando lo hacía, podía notar la hendidura en medio de sus nalgas. Era un placer máximo hacerlo. ¡Y vaya cómo me excitaba!

Así estuve durante un tiempo, pero luego me di cuenta de que, si yo podía sentir la hendidura entre sus nalgas, debido a que ella llevaba un vestido de tela delgada, era lo mismo para ella. Eso me preocupó un poco, ya que el mayor grado de sensibilidad era recíproco. Si yo podía sentir claramente sus nalgas, ella también podría llegar a sentir que yo le estaba enterrando "algo" por detrás.

Sumergido entre esos pensamientos noté que mi hermana se había zafado de mi abrazo y se volteaba quedando recostada sobre su costado izquierdo, cosa que aprovechó para empezar a hacerme cosquillas estando ambos frente a frente y arrinconándome contra el muro. Yo empecé a redoblar los esfuerzos para que ella no lograra hacerme cosquillas.

Comencé a tratar de agarrarle las manos, pero como estábamos en completa oscuridad no podía evitar el contacto en todas las ocasiones. Si yo me dedicaba a tratar de volver a meter mi pene en el pantalón, descuidaba el lograr inmovilizar sus manos, asi que en más de una ocasión ella había pasado rozando mi pene, hasta que, haciéndome cosquillas en el estómago, bajó su mano más de la cuenta y lo notó. Por supuesto que mi pene no era como los que figuran en la mayoría de los relatos (de 48 cms. De largo y 20 de ancho, con venas hinchadas y bla bla bla...) era de 10 cms. O sea, normal. De hecho, cuando me lo tomaba con la mano para masturbarme, lo cubría casi por completo. Sólo un poco de la punta sobresalía de mi mano.

Yo no atiné a nada, en parte por la sorpresa que sentía al no haber podido evitar que ella me descubriera, y además por la excitación de sentir que mi hermana me lo estaba tocando. Como pude, traté de volver todo a la normalidad, pero no alcancé. Ella se bajó y retiró la ropa de un tirón viéndome cuando yo trataba de volver a meter mi pene en el pantalón. El panorama quedó definitivamente a la vista y no había lugar a dudas.

- ¿Qué te pasó? ¿Qué estás haciendo?

- N-Nada, es que me golpeé un poco aquí jugando contigo.

- Pero lo tienes afuera.

- ¿Qué cosa? - le decía yo, tratando de taparme con las manos.-

- Eso. - señalando mi pene.-

- Ya déjame tranquilo. - le dije muy sonrojado.-

- ¿Por qué lo tienes afuera?

- ¡Ya! ¡Te dije que no molestes!


Rápidamente, ordené mi ropa y salí de la habitación. No sabía qué hacer. Tenía más que claro que no podría evitar por mucho tiempo hablar del tema, pero no sabía si lo iba a hacer con mi hermana, o con mis padres, una vez que ella les hubiera contado, lo cual, claro, era la peor de las alternativas. Decidí aprovechar el hecho de que mi hermana era, al menos, un poco más infantil que yo. Yo sabía que si lograba llevar la situación con cautela, no sería tan desastroso como había pensado en un principio, y como no podía hacer mucho por evitar toparme con ella, ya que al llegar la noche me la encontraría al ir a dormir, esperé. Y precisamente asi fue. Cuando ya todo estuvo listo en la casa, como a las 10:00 de la noche, nos mandaron a la cama. Traté de hacerlo antes que mi hermana, pero cuando llegué, ella ya estaba acostada. Silenciosamente me subí a mi cama, y luego de un tiempo de estar con la habitación a oscuras, ella me habló.

- ¿Estás enojado?

- No, ¿por qué?

- Porque como saliste corriendo, pensé que estabas enojado.

- No, no estoy enojado.

- ¿Te molestó que te viera?

- ¿Qué cosa?

- Tu cosita.

- Un poco.

- ¿Por qué lo tenías afuera?

- Porque... se sentía rico.

-¿Cuando estabas detrás de mi?

- No hagas tanto ruido.

- "¿Cuando estabas detrás de mi?" - me volvió a preguntar en voz baja.-

- Sí, un poco.

Como volví a recordar el haber estado haciéndoselo por detrás, me empecé a excitar, por lo que no tardó en regresar mi erección. Quería hacerlo nuevamente, pero no sabía si eso podría pasar, ya que había sido descubierto, pero aún así, mi excitación era mucha. Me di cuenta que en ese momento estaba sintiendo muchos deseos por mi hermana. Recordaba el haberme frotado, sentir su cuerpo, el que no usara ropa interior, etc.

- Espera un poco. - le dije, y cuando me vio bajando de mi cama, me preguntó:

- ¿Qué vas a hacer?

- Me voy a meter un rato en tu cama, estás hablando muy fuerte. Hazte para allá.

- Ya.

Ella lentamente se corrió hacia el rincón y yo me acosté hacia la orilla. No se podía ver mucho, porque la única luz que entraba lo hacía por la ventana, y en el campo, el alumbrado público no es mucho. La única iluminación que había en el momento era la de los faroles que había en el patio, por lo que ella no pudo darse cuenta del bulto que había en mi pantalón de pijama. Entonces seguimos hablando.

- ¿Por qué lo tenías afuera?

- Sentía más rico cuando te tocaba con eso.

- ¿Rico? ¿Cómo?

- Aquí - señalándole con mi mano su vientre.

- ¿Qué cosa sientes?

- No sé cómo explicártelo. Es como lo rico que sientes cuando te estiras en las mañanas después de levantarte, ¿recuerdas, esas cosquillitas? Si estás acostada mucho rato y tienes que levantarte a hacer algo, te estiras.

- Ah. Sí sé.

- Algo como eso.

- Yo a veces me daba cuenta que estabas haciendo así como... como le hacen los perros a las perras, pero no decía nada.

- ¿En serio? ¿Cuándo? (El que lo definiera así, me sorprendió.)

- Varias veces. ¿Es eso?

- S-Sí.

- ¿Eso es? ¿Te gusta hacer como hacen los perros?

- No. No se trata de hacer como hacen los perros, sino que de tocarme aquí, abajo.

- ¿Dónde? ¿En tu cosita?

- Sí. Me gusta como se siente.

- A mí a veces me gustaba como me tomabas, pero después te empujaba, porque pensaba que estaba mal. Además alguien nos podía pillar.

- ¿A ti también te gusta?

- Algunas veces me gustaba, pero después me sentía rara, porque me ponía a pensar que estaba mal que lo hicieras.

- No sabía que te gustaba.

- No siempre.

- ¿Y entonces cuándo?

- A veces sentía rico, no sé... era raro... Cuando me rozabas por atrás, me acordaba de los perros que había visto antes.

- ¿Eso te gustaba?

- Sí, no sé por qué. Me sentía rara que me agarraras igual que como se agarran los perros. Yo había visto cuando los perros agarran a las perras y después se quedan pegados y todo eso, y lo encontraba raro. Pero después pensaba si era eso lo que hacías tú conmigo, y me ponía a imaginarte a tí, moviéndote detrás de mí como lo hacían los perros. Eso me llamaba la atención. Cuando me daba cuenta que lo hacías, me quedaba quieta, para saber si lo estabas haciendo a propósito o no.

Fue entonces cuando recordé las veces en que yo me sorprendía haciéndole de perrito estando ella quieta, y lo mucho que me preocupaba que se diera cuenta. Claramente mis sospechas eran fundadas.

¿Y qué pensabas entonces?

Me sentía... no sé... me llamaba la atención... algo así. Era curiosidad, me sentía intrigada, recordaba cuando mamá decía: ¡Fuera, perro! Y espantaba a los perros que se ponían a hacer eso cerca de la casa, como si fuera algo malo y pensaba: ¿Por qué lo hará él? ¿Le gustará? ¿Por qué lo hace conmigo?

Yo no hallaba qué decir, ya que me daba vergüenza que ella se diera cuenta que yo hacía lo mismo, pero al menos, en el rato que llevábamos conversando, no había descubierto un desagrado total en ella, lo cual me calmaba un poco.

- ¿Eso pensabas?

- Sí. ¿Por qué lo hacías conmigo?

- No es que quisiera hacértelo a tí, es que me gustaba cómo se sentía.

- ¿Frotarte conmigo?

- Sí, antes lo hacía con la mano, pero me gusta más cuando me froto. Me demoro más tiempo en sentir rico, pero es mejor. Antes de hacerlo contigo, me frotaba contra la cama, para sentirlo... pero espérate un poco... no me has dicho por qué te gustaba a tí.

- Por lo que te dije, me llamaba la atención que lo hicieras conmigo.

- Sí, pero dijiste que te había rozado rico por atrás.

- Ah, sí, a veces. Me llamaba la atención, pero a veces me gustaba que me hicieras así, me sentía rara sabiendo que lo hacías tú.

- ¿Y por qué?

- No sé, debe ser porque eres mi hermano. No creo que los niños hagan eso con las hermanas.

- Pero te gusta un poquito.

- Sí.

- Debe ser porque no tenías puesta ropa interior.

- ¿Cómo sabes eso, que no llevo ropa interior?

- El otro día me fijé. Me gustaba más si sabía que no llevabas nada abajo.

- ¿Cuándo me viste?

- El otro día. Te vi orinando cerca del lago. Me fijé cuando te levantaste el vestido.

- ¿Me viste lo de abajo?

- Sí. Pero no muy bien.

- Qué vergüenza. Debería acusarte con mamá.

- ¿Qué te da vergüenza? ¿Que sepa que no usas calzón?

- Sí.

- Pero si ahora no llevas puesto el calzón.

- Mentira.

- A ver - Le dije, mientras bajaba mi mano por su abdomen y hacía como que le iba a tocar abajo.-

- ¡Ya, déjate!. La uso para ir a clases, pero después me la saco.

- ¡Shhh, no grites! Además no te voy a tocar nada.

- No seas pesado.

- Ya, si no te voy a hacer nada.

- Pesado.

- Además, el que yo te viera no fue intencional, yo sólo pasaba por ahí. (Mentí) Si quieres yo te muestro el mío, para que quedemos iguales.

Algo me decía que ella no reaccionaría de manera negativa a mi proposición. Antes de darle tiempo de responder, me bajé el pantalón de pijama hasta las rodillas y bajé las sábanas y frazadas para que pudiera vérmelo. Por suerte no me equivoqué.

- Mira. Ya lo tengo afuera para que lo veas.

- ¿Lo sacaste?

- Sí, mira. -Y con mi mano izquierda tomé su mano derecha y la llevé hasta mi pene.

Ella la quitó rápidamente, pero como no le había soltado la mano, se la volví a acercar. Tímidamente lo tocó en la punta. Como vi que ya no retiraría su mano, se la solté. "Tómalo con la mano", le dije. Ella lo tomó, pero no hacía nada más. Yo estaba más que caliente, pues tenía a mi hermana con mi pene en su mano. Algo que ni siquiera había imaginado que pasaría tan pronto. Mientras ella lo tocaba, seguí hablándole de lo que había sentido antes.

- Si me dices que te gustaba, debe ser porque te frotas donde me froto yo.

- Pero no es lo mismo.

- Obvio, ¿o acaso no sabes que los niños y las niñas no son iguales?

- Ya, no seas pesado, si eso lo sé.

- ¿Tú no te tocas?

- ¿Abajo?

- Sí.

- Antes no, pero cuando me di cuenta que me hacías como perro, empezó a llamarme la atención. Varias veces, cuando estaba sola, trataba de sentir algo, como cuando te ponías detrás de mí. A veces, tomaba la almohada y me la ponía por detrás, como si fueras tú. Me la apretaba contra la espalda, pero no era igual, además que era incómodo. Con mayor razón me preguntaba por qué lo hacías tú.

Yo estaba muy excitado de saber que mi hermana pensara así. A pesar de que pensaba que era infantil, me gustaba oírla hablar de sentir cosas, y de querer sentirlas, asi que traté de que todo siguiera de esa manera. Quería hacérselo ahora. De sólo pensar en frotarme con ella con su consentimiento me ponía muy caliente. Con sus caricias, mi pene hacía ya varios minutos que estaba erecto.

- No sentías igual porque no te frotabas como lo hacía yo.

- ¿Y como lo haces tú?, ¿Con tu cosita?

- Claro.

Aprovechando la creciente curiosidad de mi hermana por todo lo sexual, no puede esperar más y pensé que era el momento preciso.

- Oye.

- ¿Qué?

- ¿Quieres que probemos hacerlo ahora?

- ¿Quieres frotarte conmigo?

- Un poquito.

- Pero nos pueden pillar.

- Pero si no viene nadie para acá. Los papás no se levantan en la noche.

La verdad era que me costaba articular palabras de lo excitado que estaba. Realmente ya no aguantaba las ganas que tenía de masturbarme.

- Déjame hacerlo un poquito. Tú dijiste que a veces te gustaba. A lo mejor te gusta si lo hago.

- No.

- Si no te gusta, te lo dejo de hacer.

- ¿Por qué? ¿Tienes ganas?

- Sí, un poco. - la verdad es que ya no aguantaba más.

En ese momento me puse a pensar en qué le parecería todo esto a mi hermana. Claramente estaba despertando su sexualidad y estaba sintiendo curiosidad por todo lo que ello implicaba. Tal vez lo que sentía era pasajero, pero lo cierto era que lo sentía. Mi hermana estaba indecisa. Yo podía darme cuenta que le llamaba la atención tal como me lo había dicho antes, pero estaba esa sensación que ella tenía de lo incorrecto, asi que no podía insistir mucho y sólo me quedaba esperar.

- ¿Cómo lo vamos a hacer?

- Cambiemos de lado, deja ponerme al rincón y tú acuéstate en la orilla, así será más cómodo.

- Nos pueden ver.

- ¿Quién nos va a ver?

- No sé, estoy nerviosa.

- No va a pasar nada.

- Mejor, no.

- Pero si dijiste que te llamaba la atención.

- Sí, pero nos pueden ver.

- Mejor mañana.

- ¿Mañana?, ¿Y a qué hora?

- No sé, pero mejor que ahora no.

Estaba muy frustrado, pero no tuve más opción que volver a mi cama y tratar de dormir. Al otro día, en cuanto llegamos de clases, le dije a mi hermana que la esperaba después de almorzar, en el lugar donde se guardaban materiales, que es una bodega que se usa para herramientas y esas cosas. Después de estar un tiempo esperando, vi que mi hermana venía caminando, mirando a todos lados. Cuando entró, cerré la puerta con unos alambres que habían en el suelo y nos pusimos detrás de unos estantes que habían en la parte de atrás. La habitación era algo grande, asi que teníamos bastante espacio para estar cómodos. Tomamos unos recortes de genero que habían guardado ahí, los estiramos en el piso para no ensuciarnos la ropa, y nos sentamos. Yo estaba muy nervioso y excitado a la vez. Mi hermana no pudo evitar notar el bulto en mi pantalón.

- ¿Se te puso durito?

- Sí.

- Igual que cuando te pillé. ¿Siempre se te pone durito?

- Cuando tengo ganas, sí.

- ¿No te duele cuando se te pone así?

- No, porque se pone bien duro, como un dedo.

- ¿Siempre lo tenías así cuando te ponías detrás de mí?

- Sí. - Yo pensaba que se había dado cuenta, pero al parecer, no.-

- ¿Y no te duele?

- No. ¿Quieres verlo?

- ¿Qué?

- Cómo lo tengo ahora. Anoche estaba oscuro.

Y tentándola, sabiendo que ella tenía ganas de que se lo mostrara, le volví a preguntar.

- ¿Quieres que te lo muestre?

Y después de pensarlo un poco, casi fingiendo desinterés, contestó:

- Bueno.

Ambos estábamos sentados, asi que me recosté en el suelo, y tomé un poco de tela para usarla como almohada. Mi hermana no perdía detalle de mis movimientos, a medida que sacaba mi cinturón, que me desabotonaba el pantalón, etc. Cuando logró ver mi pene, ella no dejó de mirarlo. Estaba totalmente erecto. Yo seguí bajándome el pantalón, hasta que quedó todo recogido a la altura de mis tobillos. Lo tomé y me lo saqué, para poder abrir las piernas. Me estiré y apoyé la cabeza en la almohada improvisada que me había hecho. Ahí estaba yo, con el pene frente a mi hermana. Ella estaba arrodillada a un lado, con las manos en los muslos, mirando mis genitales con asombro. Después de todo, era el primer pene que veía en su vida.

- ¿Por qué lo tienes más oscuro que el cuerpo?

- No sé.

- ¿De verdad que no te duele?

- No. Mira, tócalo, para que lo sientas.

Estiré mi mano y tomé la suya, para acercarla a mi pene. Ella la dejó firme en su muslo, pero después la soltó un poco, entonces se la solté. Se podía ver que mi hermana estaba intrigada, pero se reprimía. En parte, lo que estaba sintiendo era sexual, era "deseo" por hacer cosas, pero ni siquiera ella lo sabía, por eso es que lo describía como "raro". Utilizaba mucho esa palabra, "se sentía rara", "lo encontraba raro". Decía que "sentir rico era raro" porque en el fondo, lo que sucedía era que estaba caliente, pero ella misma no sabía darse cuenta. Asi que cuando le dije que me lo tocara, lo hizo tímidamente. Extendió la mano y lo tomó. Dejó la mano quieta, y luego de unos segundos, pude sentir que me lo apretaba. "Está durito" decía. Yo estaba en la gloria.

Poder sentir que mi hermana me lo estuviera tocando era lo máximo. Lo tomaba con toda la mano, dejando parte de la punta afuera (como había señalado, era un pene de 10 cms. En la mano de mi hermana, un poco más pequeña que la mía, sobresalía un poco más). Lo tocaba arriba y abajo y con los dedos pulgar e índice le apretaba la punta, la que disminuía de tamaño, para luego volver a hincharse, cosa que ella encontraba chistoso. Mira, me decía, si lo aprieto en la punta se hace chiquita, y luego crece otra vez. A veces lo movía hacia los lados para ver qué tan duro y flexible era, pues como yo le había dicho que se ponía duro, ella pensaba que era algo rígido, como si fuera de madera o algo así. ¿Te duele?, Me preguntaba, a lo que yo le respondía que no y que siguiera haciéndolo.

En un momento en que lo movía a los costados, se le soltó de los dedos, por lo que mi pene volvió como resorte a su posición. Eso le causó mucha gracia, por lo que siguió jugando a hacer lo mismo. Me lo tomaba de la punta y lo llevaba hacia abajo, para luego soltarlo. "Suena chistoso", me decía, al escuchar cómo mi pene golpeaba mi estómago. Así estuvo varios minutos tocándolo y jugando con él, mientras yo le miraba el rostro. Ella no dejaba de mirármelo, poniendo mucha atención a cada cosa que me hacía en el pene, casi como estudiándolo. "Mira como se mueve", me decía, cuando subía y bajaba la piel, hasta dejar la punta al descubierto y luego volverla a cubrir. Yo estaba sumido en el placer que sentía, sobre todo cuando hacía eso, hasta se me ocurrió decirle que lo tomara como lo hacía yo al masturbarme. Le dije cómo poner la mano alrededor de mi pene y que la subiera y bajara lentamente. Era muy rico.

- ¿Te gusta así?

- Sí, mucho.

De tanto en tanto, se detenía para mirármelo, y luego seguía moviendo su mano de arriba a abajo, siguiendo mis instrucciones. En esos momentos, recordé los juegos que uno tiene con amigos o compañeros de escuela, relacionados con el sexo. Recordé cuando uno se pone a forcejear con otros niños en el patio en ridículos e inmaduros juegos, y de cuando, agarrándote de la cabeza, te hacían bajarla, diciéndote estúpidamente y entre risas: "chúpamelo". Pero, ¿lograría algo de eso con mi hermana?

- ¿Te puedo pedir algo?

- ¿Qué?

- ¿Me lo puedes tocar un poco con los labios?

- ¿Y para qué quieres que haga eso?

- Quiero saber cómo se sentiría. Como si le dieras un besito.

Ella lo miró, no muy convencida por mi petición y algo extrañada por habérselo pedido. Pero luego, me imagino que hizo caso a su excitación, pues me dijo:

- Ya, pero un besito, no más.

- Unos cuantos.

- No, uno solo.

- Más de uno. Poquitos.

- Bueno, pero no muchos.

- Bueno.

Entonces, dejó de masturbarme y se acercó, como si fuera a olerlo. Yo no podía esperar a sentir cuando sus labios se posaran en la punta de mi pene, pero sólo me dediqué a mirar. Puso su cara más cerca, estiró los labios, y me lo besó rápidamente, casi como si fuera a besar algo que está caliente. A decir verdad, no alcancé a sentir nada, pues lo hizo tan rápido, que no me dio tiempo a disfrutar, pero inmediatamente, vino el siguiente beso. Ésta vez, dejó los labios apoyados en la punta un poco más de tiempo, haciendo "mmmmm" mientras lo besaba, por lo que ahora sí pude sentir un escalofrío en todo mi cuerpo cuando lo hizo. Era exquisito. Obviamente, la sensación de que me lo tocara, no se comparaba a esto.

Sentir la suavidad de sus labios en mi pene era muy rico, pues, como lo hacía de manera inexperta, era muy delicada para besarlo. Así, siguieron otros besos en distintas partes de mi pene que yo le indicaba. En la punta, por los costados, más abajo, etc. Yo ya tenía claro que habíamos cruzado un punto que no tenía vuelta atrás. Lo más reconfortante de todo, era que yo contaba con la voluntad de mi hermana para experimentar.

Ella quería ser parte del juego, por lo que en ningún momento me sentí forzándola. Lo único que tenía que hacer, era ser cauteloso en cómo debían darse las cosas y sacar partido a su deseo por saber y sentir cosas. Si ambos estábamos obteniendo beneficios de aquello, no era dañino. Éramos dos niños haciendo cosas de grandes, y eso, sin saberlo del todo, nos gustaba. No teníamos claro de que lo que estábamos haciendo no nos correspondía, al menos a esa edad, ni menos siendo hermanos. Sólo sentíamos el gusto de hacerlo, y con la buena disposición de mi hermana, pude llevar la situación un poco más allá que en un principio.

- ¿Puedes ponértelo en la boca un poco?

- ¿Adentro de la boca?

- Sí.

- ¿Entero?

- No sé. Un poco... no sé.

- Voy a ver si puedo.

Le dije que se acostara sobre su estómago, y que se apoyara con los codos cerca de mis muslos, para que su cara quedara entre mis piernas, sobre mi pene. Con los dedos índice y pulgar, lo tomó de la base, para así dejarlo apuntando hacia arriba, luego acercó la cara, y abriendo la boca, se metió la punta. Lo malo fue que luego de hacerlo, no volvió a cerrar los labios, por lo que lo único que sentía era el aliento de mi hermana entibiándome la punta del pene.

- ¿Así?... Sí me cabe. - me dijo.-

Yo no encontraba forma de hacerle entender que quería que lo chupara como se chupa un caramelo, sin que sonara muy brusco (y ahora que lo recuerdo, me parece bastante chistoso todo el asunto), y como no tenía muchas opciones, se lo dije claramente:

- Sí, pero yo no quería que sólo te lo metieras en la boca, sino que también lo chuparas. Como cuando uno se mete un helado o un caramelo a la boca.

- ¿Que le pase la lengua? ¿Como a un dulce?

- Sí. Para sentir como es.

Asi que lo quedó mirando, y luego le dio una lamida rápida en la punta. Fue muy excitante poder verla hacerlo, y sobre todo sentirlo.

- Hazlo otra vez.

- ¿Como lo hice recién?

- Sí.

Tres fueron las lamidas que le dio a continuación. Una tras otra, pasándome la lengua en la punta.

- Sigue. Hazlo un poco más sin parar de pasarle la lengua.

Igual a como la había visto tantas veces comerse un caramelo o un helado, empezó a pasarle la lengua. Lo hacía con los ojos cerrados. Yo sólo me dedicaba a mirarla sacar la lengua y pasarla por la punta. El placer que sentía era indescriptible. Ahí estaba mi hermana, ¡chupándomelo!, frente a mis ojos, había una mujer con mi pene en la boca. No podía creerlo.

- Chúpalo un poquito.

- ¿Cómo? ¿Sin pasarle la lengua?

- Pon los labios "asi", como si estuvieras diciendo la letra "O" y lo metes. Como si estuvieras chupándote el dedo.

Lo hizo tal como se lo había señalado. Puso los labios formando un agujero, y se metió mi pene en él. Le di indicaciones que lo hiciera como cuando me estaba masturbando, pero con la boca, y así lo hizo.

 

Subía y bajaba la cabeza para meter y sacar mi pene de su boca, alternando las chupadas con las lamidas que me había hecho antes. Era increíble sentir la humedad y el calor de su boca en la piel de mi pene. Habían momentos en que subía y bajaba sin parar, por varios segundos, logrando el mismo efecto de la masturbación, pero mucho más placentero. Lo único que podía escucharse en la habitación eran los gemidos casi imperceptibles que emitía mi hermana al chuparlo. Aún con los ojos cerrados, "Mmmm..., mmmm..., mmmm..." era lo único que decía.

Poder observar como lo sacaba mojado, y escuchar el ruido que emitía al respirar por la boca mientras lo lamía, me ponía muy caliente. Era mucho el ruido que hacía para chupar. Le salía mucha saliva, que iba a parar a mis testículos. Yo no contaba con nada de vello púbico, asi que su saliva corría sin que nada la detuviera, ya que, como no se la tragaba, salía y salía.

Cuando levantaba la mirada, sonreía, lo que me reafirmaba que lo hacía porque de verdad quería. Ambos estábamos muy calientes. Después de estar chupándolo por unos cinco minutos, en que alternaba chupadas en mi pene y testículos, se detuvo.

- Me duele el cuello.

- ¿Quieres parar?

- Sí. Me duele un poco el cuello.

- Acuéstate aquí. A mi lado.

Ella se enderezó y se acostó a mi lado.

- Ponte de lado, que quiero frotarte.

- ¿Aquí, al lado tuyo?

- Sí, acuéstate acá. ¿Viniste sin ropa interior?

- Más o menos.

- ¿Cómo más o menos?. A ver.

- ¿Qué?

- Déjame ver.

- ¿Qué quieres ver?

- Si no la llevas puesta.

- Pero si no llevo, ¿no me crees?

- Sí te creo, pero quiero mirar.

Después de unos instantes, accedió, asi que le dije que se sacara el vestido y me mostrara su cuerpo por atrás. Se sacó el vestido, pero yo no contaba con que se había puesto una especie de camisón debajo, por lo que no quedó desnuda al hacerlo. Como de todas formas podía verla, le dije que se corriera el camisón para verla por atrás. Pude verle el culo, la espalda, las piernas y un poco que se le podía ver de la vagina. Eso me excitó aún más.

 

- ¿Te puedo tocar?

- ¿Qué me quieres tocar?

- Aquí atrás.

- Bueno.

Pasé mi mano por sus nalgas. Estaban frías, pero eran preciosas. Estuve tocándola un rato, mientras ella estaba recostada sobre su vientre. Luego le dije que se volviera a acostar de lado para ponerme detrás. Ella se ordenó el camisón y lo hizo. Yo me puse detrás. Tome mi pene y se lo puse en la hendidura de sus nalgas, tratando de que quedara lo más cerca de su vagina. Le dije que no se moviera mucho y decidí comenzar. La tomé de la cintura y me puse muy apegado a ella. Comencé a moverme como se lo había hecho antes. Estaba muy excitado. Podía sentir cómo mi pene se enterraba en la tela de la parte de atrás de su camisón, lo que me volvía loco. Empecé a moverme muy rápido, mientras mi hermana se quedaba inmóvil. Yo jadeaba y respiraba muy fuerte en su nuca cada vez que "se lo metía". Estuve unos 5 minutos punteándola sin parar. Estaba cansado, pero era tanto lo caliente que estaba, que no me importó.

- ¿Por qué no te levantas un poco el camisón?

- ¿Quieres que me lo levante?

- Sólo un poco. Si quieres, mejor te lo sacas.

- ¿Quieres que me quede desnuda?

- Sí. Sería más cómodo. Tú ya me viste. Yo no te he visto nada todavía.

- Me da vergüenza.

- ¿Por qué?

- No sé.

- Pero si tú ya me viste, y yo no dije nada.

-Sí, pero yo no te lo pedí. Tú dijiste que si querías que yo te viera tu cosita. Yo sólo te dije que sí.

- ¿Entonces no te vas a sacar el camisón?

- Es que me dá vergüenza.

- Yo no me voy a reir ni nada de eso.

- ¿Prometes que no me molestarás?

- Lo prometo. Además, estamos lejos de la casa. Nadie viene por acá, no nos van a pillar. La puerta la cerré por dentro, con alambre, asi que vamos a estar los dos solos. De todos modos ya te ví un poco por atrás, asi que no es para tanto.

Ella se mostraba nerviosa, "Es que... no sé", decía, pero yo quería verla desnuda. Estaba muy caliente, asi que no quería dejar pasar esta oportunidad.

Me preguntaba una y otra vez si la iba a molestar, a lo que yo le contestaba que no, que no le diría nada pesado, que no se preocupara. Hasta que después de unos momentos accedió.

- Pero no te rías.

- No me voy a reír.

El camisón era de una sola pieza y tenía unos tirantes en los hombros. Le cubría todo el cuerpo, hasta las rodillas, asi que sólo era cosa que lo dejara caer. Una vez que se lo bajó, quedó su pecho descubierto, por lo que pude verle los pezones que antes sólo le había palpado. Eran de un color un poco oscuro, pues ella es algo morena. En todo el rato que ella estuvo sacándose el camisón, yo estaba tocándome el pene, lo que no había pasado desapercibido a los ojos de mi hermana, que me miraba mientras yo lo hacía.

Luego siguió bajándoselo por las caderas. Como había señalado antes, con sólo doce años, no estaba muy desarrollada, pero aún así, su cuerpo no era exactamente como el mío. Sus caderas eran más anchas. Yo imaginaba que tenía el pecho plano, pero ahora que la veía desnuda, pude darme cuenta que tenía unos senos muy pequeños. Senos de niña, pero con pezones como de mujer.

 

Ahí estaba mi hermana de doce años frente a mí. Desnuda de pies a cabeza. Llevaba el pelo largo, suelto.

- ¿Ves que no era tan difícil? -le dije, para calmarla.-

- Pero todavía tengo vergüenza.

- Ven, ponte aquí.


Ella avanzó y se sentó a mi lado, pero con las piernas juntas. No era mucho lo que podía verle, asi que le dije que abriera las piernas un poco para poder mirarla. Ella, al principio no muy convencida, levantó tímidamente una pierna, con lo que pude verle su vagina.

 

Yo quería vérsela más de cerca, asi que le pregunté si no le molestaba que yo la tocara como ella me había tocado a mí. Me dijo que le daba un poco de vergüenza, pero yo estaba muy caliente, asi que finalmente la convencí.

- Deja ponerme más cerca para verte mejor.

- ¿Dónde te vas a poner?

- Levanta un poco la pierna.

 

Me puse entre sus piernas tal y como ella se había puesto cuando me lo estaba chupando, asi que sin más demora, comencé a tocarle la vagina. Era muy suave al tacto. Se la tocaba con la punta del dedo índice y le palpaba la textura, dándome cuenta más claramente de la hendidura que tenía en medio. Con los dedos índices de ambas manos, se la abrí lentamente, para poder vérsela mejor. Era de un tono rosado y estaba tibia. No dejaba de observarla. Tenía unos pliegues más oscuros alrededor de un orificio muy pequeño que estaba en su centro. Me acerqué un poco para ver si tenía olor, pero no tenía. Mi hermana estaba apoyada en los codos, mirándome, pero en un descuido de ella, le di un beso en medio de la vagina.

- ¡Oye!

- ¿Qué pasa?

- ¿Qué me haces?

- ¿No te gustó?

- Sí, se sintió rico. (otra vez esa palabra, pensé yo, y de inmediato comprendí que eso la había excitado y que estaba tal vez, tan excitada como yo)

- ¿Quieres que te chupe?

- ¿Qué cosa? ¿Ahí abajito?

- Quiero chuparte un poco.

- Bueno... pero hazlo despacio. No me vaya a doler.

Yo estaba como hipnotizado mirando su preciosa vagina, asi que lentamente, me acerqué y le dí un besito encima de sus labios, y después, sacando un poco la lengua, comencé a chuparla.

 

Comencé a lamer por encima de su vagina, tratando de retribuirle lo que ella me había hecho sentir. Estaba acostado sobre mi estómago, pero tuve que ponerme de lado para no aplastarme el pene, que aunque era pequeño, lo tenía a punto de explotar. Pasaba mi lengua, al principio muy despacio por sus labios, pero después lo empecé a hacer más fuerte y rápido. Al levantar un poco la mirada, podía ver que mi hermana movía la cabeza de lado a lado, dejando escapar suspiros de entre sus labios. Yo chupaba y chupaba sin parar, sintiendo una gran excitación. Ella me decía que le estaba gustando lo que le hacía, asi que yo le ponía más ánimos al chuparla. Pasaba mi lengua lentamente, desde abajo hacia arriba, asi como a los lados. Era exquisito. A medida que seguía chupándola, mi hermana comenzó a mover las caderas muy suavemente. Volví a preguntarle si le estaba gustando, respondiéndome que mucho. Cuando recargaba más mi lengua por encima de su vagina, ella reaccionaba con mayor intensidad.

- Ahh, que rico... así, como lo hiciste recién.

- ¿Te gustó?

- Mucho.

- ¿Te gusta más cuando te cargo con la lengua?

- Sí, mucho -me contestaba casi suspirando-

- Con éstos dedos, ábrela un poco para que te pueda chupar mejor. - Le indiqué, señalándole los dedos índices.

Como la tenía más expuesta al separarla con los dedos mientras la chupaba, gemía un poco más alto que cuando se lo estaba haciendo antes. Era muy suave al tacto. Podía sentir la calidez de la piel interna de su vagina y me gustaba la sensación que me quedaba en la lengua cuando se la pasaba. Mi hermana ya no estaba mirándome, sino que se había recostado, por lo que no podía verle la cara, pero la forma en que estaba respirando me indicaba que el placer que sentía era máximo. ¡Mmmhhhh, que rico!, decía, cada vez que le pasaba la lengua por la parte de arriba de su vagina, y no podía ser de otra manera, si haciéndolo de ese modo, le estimulaba su clítoris. Cuando la escuchaba gemir, yo aumentaba el movimiento de mi lengua sobre ella. Al cabo de unos minutos de estar chupándosela, mi hermana tuvo su orgasmo, pues me dijo que había sentido "las cosquillas" que yo le había comentado anteriormente. Era mi turno. Le dije que me tocaba sentirlo, asi que le indiqué que se recostara para hacerle de perrito.

Ahora debía aprovechar que ella estaba desnuda, asi que le dije que se recostara sobre su estómago para ponerme encima de ella, y así lo hizo. Se volteó y se puso sobre su vientre, con los codos apoyados en el suelo y la cabeza en la almohada improvisada que teníamos.

 

Al ponerse sobre su vientre, se le podía ver algo de la vagina, la que le brillaba con la saliva que le había dejado sobre sus labios. Me puse encima, apoyado en las rodillas, y le puse el pene entre las piernas, bajo la mirada atenta de mi hermana que volteaba la cabeza para mirar cómo me ponía. Después, me eché un poco sobre ella, apoyándome en los codos, asegurándome que mi pene estuviera perfectamente entre sus nalgas... y comencé a moverme. Todo mi pecho y abdomen estaba pegado a su espalda, pues sólo me dedicaba a mover mis caderas. Era un verdadero perro haciendo movimientos de penetración.

Ella sólo suspiraba. Podía sentir cómo exhalaba su aliento cada vez que yo me recargaba sobre ella, apretándo su vientre con el peso de mi cuerpo: "Ahh... ahh..." era todo lo que decía, al ritmo de mis embates sobre ella. Era exquisito sentir el roce de mi pene entre sus nalgas, asi como escuchar el ruido que hacía la piel de mi vientre al golpear en ellas. Ella permanecía recostada, con el rostro apoyado en la tela que había usado yo como almohada. Yo jadeaba y respiraba fuertemente al estar "follándomela" y pensaba en cómo sería si lo hiciera de verdad.

Mis codos estaban junto a los suyos y mi rostro cerca de su oído izquierdo. Sus piernas estaban un poco abiertas, y las mías por fuera. En un momento me detuve, y le dije que cerrara sus piernas, para que me apretara el pene con ellas. Luego de casi un minuto, me dijo que le molestaba un poco cuando la rozaba entre los muslos. Me detuve y me unté el pene con saliva, que era lo único que tenía a la mano. Juntaba un poco de saliva en la boca y la escupía en mi pene, y otro tanto entre las piernas de mi hermana. ¿Qué me estás echando?, decía ella, asi que le dije que era saliva, para que no estuviera tan seco. Cuando me aseguré que estaba bastante mojado, seguí.

Como ahora estaba la zona un poco más lubricada, no reclamaba, sino que daba señas que le estaba gustando más. En un momento, me dijo:

- A veces me frotas rico abajito.

- ¿Te gusta cuando te froto ahí?

- Sí.

- Voy a tratar de frotarte más. Espera, deja ponerme bien.

De vez en cuando, le hablaba al oido a mi hermana para preguntarle si le estaba gustando. Ella me decía que sí y que tenía muchas ganas. En definitiva, estaba muy caliente, asi que luego de unos minutos de hacerle de perrito, le pregunté:

- ¿Quieres intentar hacerlo de verdad?

- ¿Cómo de verdad?

- Frotarte aquí. - al tiempo que le tocaba la vagina.-

- ¿Me lo quieres meter?

- Sí. ¿No quieres tú?

- Me gustaría saber qué se siente, pero me da miedo. ¿Y si me duele mucho?

- Te lo hago despacio.

- Pero es que me va a doler.

- Pero imagina lo rico que vas a sentir cuando te toqué abajo.

- No sé. ¿Y si nos pillan?

- Pero si hemos estado acá bastante tiempo y no ha pasado nada. Tú sabes que en la tarde no hay trabajo por aquí. Tenemos tiempo de sobra.

- ¿Lo harás despacito?

- Sí. No te va a doler. ¿Tú tienes ganas de hacerlo?

- Sí.

- Después podemos hacerlo cada vez que queramos, será algo que sólo nosotros vamos a saber.

- Bueno, pero hazlo despacito, que me puede doler.

- Sí. Te lo hago despacito.

- Pero no asi como estamos.

- ¿Y entonces cómo quieres que te lo haga?

- Deja ponerme de espaldas. Así puedo ver.

Se acostó de espaldas y yo me puse entre sus piernas. Le hacía cariño en la vagina con el pene, preguntándole si le molestaba. Me contestaba que no, asi que seguí haciéndolo por un tiempo. Después de unos minutos en que le froté la vagina por encima, estuvo más tranquila... y excitada.

 

Yo deslizaba mi pene entre sus labios tratando de hacerle lo mismo que antes le había hecho con la boca. Mi hermana miraba como se lo pasaba por la vagina y me decía que le gustaba mucho. El morbo entre ambos nos tenía muy calientes. Me encantaba ver cómo se le abrían los labios a medida que le deslizaba la punta, para luego volver a cerrarse, como una flor. Estaba muy apretada. Yo ya había empezado a botar líquido lubricante por la punta de mi pene desde que había estado sobre ella, asi que eso, sumado a la saliva que le había dejado cuando se la chupé, le tenían muy mojados los labios vaginales. De vez en cuando metía un poco la cabeza, ante la atenta mirada de mi hermana, quien exclamaba levemente de dolor, aunque más que dolor, era exageración. Le indiqué que estaba incómodo.

Le dije que se pusiera de pie y esperara mientras veía la forma de hacerlo mejor. Decidí usar unas cajas de madera que habían en la habitación, para hacer una especie de cama. Arrojé unos trozos de espuma que había y encima puse las telas que estábamos usando. Al decirle que se recostara, le indiqué que abriera las piernas para que fuera menos doloroso. De inmediato se reflejó la preocupación en su rostro. "Debí decirlo de otra manera", pensé. Luego de calmarla, logré que se recostara. Me puse entre sus piernas y comencé nuevamente a excitarla con el frotamiento de nuestros genitales. Un fino hilo, mezcla de saliva y lubricación de ambos, quedaba desde la punta de mi pene hasta sus labios, cuando nos separábamos. Ella estaba muy caliente, pues podía notárselo en la cara y yo por mi parte, sólo quería acabar de metérselo dentro de su vagina de una vez por todas.

 

Dejaba mi pene entre sus piernas y comenzaba a moverme como perrito. A ella le encantaba. Tomé mi pene y lo movía verticalmente como si fuera mi lengua, mientras mi hermana se retorcía, olvidando el temor que antes había sentido. De vez en cuando recargaba un poco la punta de mi pene tratando de abrirme camino lentamente hacia su interior. Apuntando a la entrada de su vagina, logré meter un poco de la punta. Me quedé inmóvil, esperando su reacción. Ella decía que le dolía, pero no tanto como había pensado. Con sólo la punta de mi pene dentro, seguí moviéndome lentamente, hasta lograr que su vagina se adecuara al nuevo intruso. La punta de mi pene salía muy mojada, lo que me excitaba mucho. Después de estar penetrándola parcialmente por cerca de 5 minutos, mi hermana comenzó a respirar más rápido y a moverse mucho más de lo que lo estaba haciendo, para luego decirme que había sentido cosquillitas en su vientre, con lo que comprendí que le había provocado otro orgasmo. Como ella había acabado, le dije cómo ponerse para poder gozar yo.

Después de estarla penetrando sólo con la punta, me quedé inmóvil y muy lentamente, comencé a meterlo. Podía sentir cómo las paredes de su vagina me apretaban a medida que yo entraba en ella. Hasta que logré meterlo todo. El sentir todo mi pene envuelto en sus carnes era indescriptible para mí. Estaba, obviamente muy apretada, por lo que el placer era mayor.

- ¿Te duele?

- No, pero hazlo despacio.

Despacio como me había dicho, comencé el mete-saca. Adentro y afuera, adentro y afuera, casi pudiendo sentir la textura de su interior. Era muy excitante y placentero. Finalmente ella logró adecuarse a mi penetración, por lo que pude relajarme y dedicarme a lo único que quería hacer en ese momento: meterlo y sacarlo, meterlo y sacarlo. Hasta que finalmente lo conseguí. Luego de adecuar su vagina a mis dimensiones y de estar penetrándola sin detenerme, comencé a sentir de los pies a la cabeza, cómo se acercaba mi orgasmo. Y después de jadear y casi retorcerme por completo, logre acabar, sin eyaculación alguna, dentro del cuerpo de mi hermana con un placer que, en parte, sólo se comparaba a las siguientes veces en que lo seguimos haciendo. Ella sólo atinaba a mirar cómo se reflejaba el placer en mi rostro. Aún sentía algo de gozo mientras retiraba mi pene de su interior, quedando sus labios algo separados, para luego, casi automáticamente, volver a cerrarse.

- ¿No te duele la vagina?

- No. Sólo me arde un poquito, pero no me duele.

Déjame revisarte. Agáchate un poco para verte.

 

Al palparle los labios y un poco del interior, metiéndole el dedo índice, pude ver que estaba algo más dilatada que antes, pero no había nada anormal. De hecho, sangró con nuestras relaciones mucho después. Cuando ya tenía 16 años.

- No tienes nada malo. Vamos a dejar pasar unos días para hacerlo de nuevo, ¿bueno?

- Bueno.

Nos vestimos y ordenamos todo tal cual como estaba. Con el pasar de los días, nos dedicábamos a buscar lugares alternativos en los que nos pudiéramos juntar, lo que por supuesto no fue problema.

Cada vez que podíamos, nos dedicábamos a ello. Cuando nos mandaban a hacer cualquier cosa que fuera necesario en el patio, nos escapábamos para estar juntos. Nos volvimos más osados, llevando nuestros juegos a la casa, que para ese entonces aún no había sido incluida. Cuando nos mandaban a la cama, siempre lograba que me lo chupara un poco antes de dormir.

 

Luego yo le devolvía sus atenciones penetrándola, lo que hacíamos, tirando sábanas y frazadas al piso, pues nuestro camarote sonaba demasiado con el movimiento. Acostumbrada a mi pene, el temor a la penetración era cosa del pasado.

 

En fin. Con el tiempo, las cosas se fueron dando de manera natural, llegando a encontrar nuevas para darnos placer mútuamente. La primera vez que acabé en su boca, la primera relación anal, etc. Hasta que siendo adultos, logramos tener una vida sexual muy plena cada uno por su cuenta, gracias, en gran medida a nuestras experiencias.

Finalmente, nunca pude saber qué era lo que mi maestra escondía entre sus piernas, pero, a decir verdad, ya no me importó...

Saludos.



© rionele

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