Esa mujer... no tiene precio
Vaya, vaya... al señor presidente le gusta Virginia. Déjame
darte algunos consejos, ella es muy especial.
Cuando la veas entrar, mantén la calma. No seas descarado
mirándola. Tampoco es cuestión de mirar justo en dirección opuesta, pero sé
cauteloso o se sentirá incómoda. Cuando haya tomado asiento, sola o con amigas,
puedes dedicarle miradas más sostenidas desde donde estés, manteniendo las
distancias. Observa cómo reacciona.
Espera unos minutos, -no muchos, no sea que se te adelante
algún listo-, y acércate con paso decidido pero no apresurado. Quédate a su lado
y gírate hacia ella hasta que tropieces con su mirada. No se trata de
impresionarla, procura ser natural.
Mírala a los ojos. Tiene unos ojos divinos. Sentirás como te
enerva con tan sólo la mirada. Mantenla cuanto puedas, hasta que tu curiosidad
anhele explorar con la vista más allá de su rostro. Aprovecha sus largos
pestañeos para saltar hasta su escote. Fíjate en sus pechos apretados bajo su
traje. Imagínatelos liberados de su ropa interior desbordándose entre tus manos.
Saborea en tu lengua sedienta el gusto de sus pezones sonrosados y el tacto
ligeramente granulado de sus aureolas.
Vuelve a su mirada y deja que se sienta deseada, admirada...
Quizás se humedezca los labios y los muerda distraídamente. Es su forma de
decirte que se muere por embadurnar tu mástil con el carmín de sus labios
carnosos, intachablemente perfilados.
No te atrevas a ponerle una mano encima, debes esperar la
señal. Sabrás que puedes hacerlo cuando deslíe las piernas sobre ese taburete y
las cruce de nuevo apuntándote con sus elegantes zapatos altos. Quizás se
descuide y veas bajo su minifalda el final de sus medias, coronado por una
sugerente liga. Nada es casual. ¡Anda que no sabe!
Ten por seguro que le gustarás.
Procura disimular tu erección, Santiago. Eso lo precipitaría
todo, y puede salirte caro. Acércate y salúdala con un halago susurrado, nada de
besos, no seas vulgar, que tú sabes... Mientras lo haces, embriagado por su
perfume, deja que tu mano se deslice por su sinuosa cintura, y degusta con la
vista, ahora más cerca, lo que en poco tiempo electrizará tu piel.
No hace falta que te diga que no te sientes hasta que te
ofrezca acompañarla..., y ¡ojo!, nunca, nunca preguntes el precio. Debes saber
que aunque sea nuestro trabajo, no nos gusta que nos lo recuerden. Preferimos
ese juego de seducción que nos abstrae de lo meramente profesional, y rendimos
mucho mejor cuando nos tratan como diosas.
Mira, mira... ahí entra. ¡Toda tuya!
Espir4l,
Junio 2005