JOSE Y VERO
Casualidad o no, Jose y Vero habían empezado a salir justo el
día anterior al cumpleaños de Jose. Se habían liado otras veces, no muchas, pero
aquel 30 de junio lo hicieron oficial. Oficial, que no público. Vero provenía de
una familia bien y prefirieron mantener su romance en secreto por lo que
pudieran decir sus padres, que la tenían sobreprotegida. No se obsesionaban con
el "qué dirán", pero no había ninguna necesidad de compartir su vida privada con
la sociedad.
Al día siguiente de comenzar su noviazgo, Jose cumplía
dieciocho años. Vero tenía su misma edad, aunque no alcanzaría la mayoría hasta
diciembre. Se habían conocido unos meses atrás, al comenzar 2º de Bachillerato,
porque Vero provenía de otro instituto. Aquel primer día de clase Jose la invitó
a sentarse a su lado, y desde un primer momento conectaron. Vero se integró en
seguida y nació esa química que acabó dando paso al amor.
Llevaban, pues, un año saliendo, ya habían hecho el primer
año de carrera y no les había ido nada mal. Jose estudiaba Sociología, mientras
que a Vero la habían obligado a estudiar Administración y Dirección de Empresas.
No estaba mal, porque ambas Facultades estaban en el mismo campus, a menos de
veinte metros.
Jose tenía más decisión para estas cosas, así que se encargó
de organizarlo todo. El día 30, por la tarde, había quedado en verse con Vero
para celebrar su aniversario. Poco después de comer la llamó al móvil:
Oye nena, dile a tu madre que no duermes en casa
-fue lo primero que le dijo-.
¿Estás de coña? -acertó a decir Vero, aunque con un
cierto temblor emocionado en la voz-. ¿Qué estás diciendo?
Pues lo que has oído. Le dices que te quedas en casa de
una amiga, tampoco sería la primera vez. Luego te cuento.
A Vero no le quedaba otra que transigir, cosa a lo que estaba
acostumbrada. Afortunadamente con Jose era distinto; le había enseñado el valor
de la confianza, por encima de la obediencia ciega.
Se vieron a la hora convenida, en el sitio de siempre. El
sitio de siempre era una cafetería céntrica y cara, cosa que no era un problema
porque podían permitírselo. La familia de Jose era monoparental, vivía solamente
con su madre, y su padre le había estado pasando una muy interesante pensión
hasta que cumplió los dieciocho. De todas formas su madre ganaba una buena
pasta, así que aún sin una larga tradición de familia rica como la que Vero
arrastraba junto a su apellido, Jose tenía dinero.
Suficiente al menos como para poder permitirse un suculento
regalo de aniversario. Vero casi no se lo creía cuando se lo dijo, porque era
ciertamente un sueño hecho realidad: Pasarían la noche, a solas, en la mejor
suite del mejor hotel de la ciudad.
Pero antes -añadió Jose mientras Vero seguía con la
boca abierta-, iremos a cenar donde tú quieras. Hoy es nuestra noche y
ha de ser perfecta.
Vero casi tira las tazas de café al abalanzarse sobre Jose y
agradecerle tan maravilloso regalo de la única forma que sabía, que por otra
parte era sin duda la mejor. Se fundieron en un interminable y romántico beso
que era preludio a la pasión que desatarían por la noche.
Jose encontró a Vero hablando por el móvil cuando regresó del
servicio.
Mi madre -contestó ésta a su pregunta silenciosa-.
Que me he dejado el cepillo de dientes.
Qué pesada -dijo Jose entre risas-, siempre
encima de ti.
He pagado los cafés, podemos irnos -añadió mientras
plegaba su Motorola último modelo-.
Estuvieron dando un ligero paseo por una calle comercial,
esto es, parándose en cada tienda a mirar ropa. Finalmente sólo se compraron una
camiseta sin mangas, Jose, y un conjunto azul pastel de ropa interior, Vero.
Podría ponérmelo esta noche para ti -le dijo
guiñando un ojo-.
Y yo podría quitártelo sin usar las manos -contestó
Jose, dándole un visible apretón en el culo-.
Vero no llevaba ropa de gala, y Jose, la verdad, tampoco,
además no tenían ganas de ir a un sitio demasiado recargado a cenar. Se
decidieron por fin por un restaurante bastante moderno y chic de cocina
creativa, cuyas paredes y mobiliario destacaban con el casco viejo donde se
hallaba situado. No sabría deciros si es que el foie con caramelo tiene un alto
poder afrodisíaco o es que se tenían de por sí muchas ganas, pero acabaron
sustituyendo el romántico paseo junto al antiguo cauce del río por un taxi que
les permitió llegar al hotel en poco más de diez minutos. El taxista no dejaba
de mirar por el retrovisor. El de en medio.
Jose ya tenía la tarjeta así que no tuvieron que perder
tiempo. Se desnudaban en el ascensor. Por un segundo a Vero se le ocurrió
pararlo y hacer realidad una de sus fantasías, pero decidió que no era noche
para eso. No, la esperaba una suite con la persona más maravillosa del mundo,
¿qué otra cosa podría pedir?
Antes de cerrar la puerta de la habitación, las camisetas y
pantalones yacían en el suelo. A Jose le faltaban manos para sobar el cuerpo de
Vero, lengua para lamerlo, boca para chuparlo, dientes para morderlo. Estaba
fuera de sí, y Vero puso un poco de orden.
Me voy a dar una ducha, cielo, o acabaremos antes de
llegar a la cama.
Jose, qué remedio, la dejó hacer. Recogió la ropa mientras
Vero se desvestía por completo. Se encontraba mirando la puerta del baño cuando
apareció la cabecita de Vero por la misma.
¿Es que piensas quedarte ahí?
Aquello fue la señal que necesitaba. Jose estaba sin ropa
antes de llegar a la bañera, con intención de retomar el asunto que tenía entre
manos, que no era otro que la propia Vero, las nalgas de Vero y los pechos de
Vero. Vero estaba demasiado buena, es verdad. Sus proporciones eran perfectas, y
además era guapísima de cara, tenía el pelo de un negro casi irreal, liso,
suelto, sobre los hombros, y unos ojos igualmente negros. Jose también gozaba de
un gran atractivo, tenía el pelo castaño oscuro, ni corto ni largo, y los ojos
verdes.
Estuvieron largo rato en remojo, desapareciendo bajo la
espuma y apareciendo de repente, uniéndose en un largo beso, cálido, suave.
Me voy antes de convertirme en sardina -dijo Vero
de repente-. Te espero en la cama, no tardes.
A Jose empezaba a parecerle que Vero disfrutaba de verdad con
este juego. Terminó de secarse en el baño, arrojó la toalla al suelo y salió tal
y como vino a este mundo, aunque con casi diecinueve años más. Si pensaba
causarle una gran impresión a Vero con su cuerpo desnudo, no fue tanta como la
que ella le causó al verla sobre la cama, de rodillas, con el conjuntito que
había comprado esa misma tarde.
Jose se acercó a Vero con evidente excitación, la tomó de las
caderas y comenzó a besarla una vez más. Deslizó su dedo por debajo del tirante
del sujetador, hizo un nudo con su propio índice y lo movió para abajo, besando
la zona libre de Vero. De repente, los pechos de Vero avanzaron, mientras ésta
doblaba los brazos por detrás de la espalda y desenganchaba la pieza que
sostenía al sostén sobre su cuerpo. Segundos más tarde la lengua de Jose era
aplicada directamente sobre los duros pezones rosados de Vero, quien apartó su
cabeza de sus pechos para darle un profundo y muy lascivo beso.
¿Me vas a quitar la parte de debajo, o la dejo donde
está?
La quito, la quito -atinó a responder Jose-.
Jose bajó sus manos recorriendo la espalda desnuda de Vero,
llegando hasta su culo, su magnífico culo que se veía aún más atractivo
enfundado en esas bragas azul claro. Estaba a punto de bajárselas cuando Vero,
por enésima vez, interrumpió sus movimientos.
Sin usar las manos, ¿recuerdas?
Jose no se molestó en contestar, tumbó a Vero en la cama y,
aún de pie, enterró su cabeza entre las piernas de su amada. Besó y lamió y
chupó sobre el algodón de las bragas, un algodón que sabía a nuevo y que sabía a
Vero. Por fin puso su boca en perpendicular y, con extremo cuidado, atenazó la
parte inferior de las bragas con los dientes. El resto fue coser y cantar, o
levantar y tirar, y en un momento ya estaban en igualdad de condiciones. Claro
que Jose aún no había acabado lo que había empezado.
Volvió a su tarea, que era llevar a Vero al orgasmo. Como el
trato de las manos expiró tan pronto ésta se quedó sin ropa interior, Jose se
valió de sus dedos para pinzar el clítoris, mientras sus labios se juntaban a la
perfección con los de Vero y su lengua exploraba territorios celestiales. Ese
coño completamente depilado no podía ser de este mundo, pero sea como fuere era
propiedad de Jose, y lo hizo llegar al orgasmo para a continuación beber su
materia prima. Vero había disfrutado del mejor orgasmo de su vida, y Jose tenía
la cara empapada de su propio premio. Vero se incorporó y besó a Jose, lamiendo
sus propios jugos, limpiando su cara, compartiendo.
Se puso de pie y pidió a Jose que se sentara. Era su turno.
Fue bajando de la boca al cuello, poco a poco, se detuvo en su pecho, bajó hasta
su ombligo, despacio, suave, y llegó hasta su sexo. Lo lamió con la dulzura que
le caracterizaba, utilizando solamente la boca, dejando que sus dos manos se
perdieran por el resto de su cuerpo. Jose estaba en la gloria, su novia era toda
una experta practicando el sexo oral. En un momento dado, Vero chupó el dedo
corazón de su mano derecha y, sin dejar lo que hacía, lo llevó decididamente al
ano de Jose. Palpó suavemente y miró a sus ojos verdes, como pidiendo
aprobación.
Por toda respuesta, Jose abrió un poco más las piernas, y
avanzó un poco, quedándose en el borde de la cama. Entendiéndolo como una
invitación, Vero introdujo su dedo en el culo de Jose, lenta pero firmemente. A
Jose le encantaba, Vero movía su dedo con maestría y estaba alcanzando las más
altas cotas del placer. Notando la proximidad del orgasmo, se lo hizo saber a
Vero, quien sacó el dedo y se dedicó por entero al trabajo oral. Jose se corrió
sobre Vero, quien tampoco llevaba idea de desperdiciar los fluidos de su pareja.
Se levantaron y se besaron. Se besaban continuamente, sus
lenguas bailaban coquetas, unas veces en una boca, otras veces en la otra. Se
tumbaron en la cama esta vez, recorriendo su cuerpo de nuevo, por entero,
prestando especial atención a sus manos. Vero se puso a cuatro patas, y Jose,
detrás, volvió a comerle el coñito. De vez en cuando separaba sus nalgas con las
manos, y su lengua subía más, lamiendo su culo, adentrándose en su agujero,
chupando, volviendo a Vero loca de placer. Le dio la vuelta, se puso encima Se
contemplaron, se besaron. El resto es historia. Estuvieron haciéndolo toda la
noche, hasta que el sueño fue más fuerte que el deseo.
A la mañana siguiente, Vero amaneció con Jose a su lado.
Tenía su brazo izquierdo por encima, sobre el ombligo. Lo apartó con suavidad,
observando en silencio, mientras dormitaba. Jugaba con su pelo. Vio sus labios
carnosos y sintió la necesidad de besarlos. Esto despertó a Jose de la mejor de
las maneras, quien devolvió el beso y preguntó:
¿Qué tal, nena? ¿Te gustó el regalo?
Mucho, me ha encantado. Ha sido la mejor noche de mi
vida.
También la mía. De eso se trataba, ¿no?
Y se besaron de nuevo, claro. Jose fue al baño después de
Vero, salió y se puso unos piratas y la camiseta que había comprado el día
anterior. En ese momento llamaron a la puerta, y Vero sugirió a Jose que
abriera.
¿Tú has pedido algo? -inquirió-.
No, me he levantado contigo. Ve a ver quién es
-añadió con una sonrisa-.
Jose abrió la puerta y se encontró con un chaval joven, de
unos veinte años tal vez, vestido con un uniforme amarillo pálido, un ramo de
rosas en la mano derecha y una hoja en la izquierda. El chico habló
directamente:
Buenos días. ¿María José Pastor Soler?
Sí, yo misma.
¿Me echa una firmita?
Mientras lo hacía, Vero apareció por detrás, extendiendo un
billete de cinco euros al chaval, quien lo agradeció mientras recogía el
bolígrafo y el albarán y entregaba las rosas a Jose, que seguía embobada. Vero
enroscó su brazo izquierdo por la cintura de Jose, la abrazó desde detrás y besó
su hombro desnudo.
Feliz cumpleaños, amor. Al parecer no eres la única que
sabe dar sorpresas, ¿eh?
No hablabas con tu madre. Estabas planeando esto.
Muy aguda, cielo. Es que te quiero muchísimo.
Y yo a ti -acertó a decir Jose-. Y yo a ti.
Y se besaron una vez más, Jose y Vero, preguntándose si era
posible que alguien más estuviera haciendo lo mismo que ellas en ese mismo
momento.