Qué les digo yo ahora? Seguro qué esto no es normal, a
ninguno de ellos les pasa esto, eso seguro. Estoy perdido. Me voy a quedar sin
amigos. Pero es que no puedo remediarlo, me gusta.
Así empezó Mario. Esta era su disyuntiva. No sabía lo que le
estaba pasando. Eso no les pasaba a sus amigos. Pensaba que no era normal, que
estaba enfermo. Pero tampoco podía contárselo a sus padres para que le llevaran
al médico. Su madre lloraría y se disgustaría muchísimo. Y su padre... mejor no
pensar en él ahora. No era factible contárselo a su padre.
Así estaba Mario día tras día. No sabía cómo había empezado
todo. Sólo sabía que pasaba y que lo sentía a todas horas. Era un deseo casi
incontrolable, que no sabía hasta dónde le llevaría...
Los Martes y los Jueves salía de clase, junto a todos sus
compañeros de curso.
Diez de ellos se dirigían hacia las piscinas de entrenamiento
del colegio, ya que pertenecían al equipo de natación de la escuela.
Mario se llevaba bien con todos ellos, pero en especial con
Andrés. Era su mejor amigo, casi desde el jardín de infancia. Lo habían hecho
todo juntos. El cole, las excursiones, habían dormido juntos los fines de semana
en Madrid y sus padres les habían dejado quedarse en las respectivas casas de
verano juntos, cada año en una. Tenían una relación muy especial. Eran cómo
hermanos ó al menos eso sentían. Habían hablado de fútbol, de exámenes, de
profesores y por supuesto de chicas y llegado el momento, de pajas. Era cómo una
especie de reto. Hacerse pajas... Si no te las hacías todos los días varias
veces, era cómo si no pertenecieras al grupo. Había que superar a los colegas,
había que hacerse más y más y, por supuesto luego contarlo a todo el mundo...
Ayer me hice tres pensando en mi vecina, esta superbuena.
Pues yo me hice una en la ducha por la mañana y otra por la
tarde cuando mi madre no estaba. Puse una peli y casi mancho el sofá, tío.
Los días que tenían natación eran un suplicio para Mario.
Allí estaban todos, desnudándose en los vestuarios, poniéndose los bañadores de
competición, saltando al agua, jugando dentro de esta. Sus cuerpos se rozaban,
se empujaban unos a otros y algunas veces se tocaban… Sí, era sin querer, eran
roces furtivos para todos. Para todos excepto para Mario. Algo le pasaba cuando
el roce era cerca de sus genitales, eran una especie de escalofríos por la
espalda, algo que le recorría el cuerpo y le llegaba hasta el pene, haciendo que
éste tomara una consistencia inusual para cualquier niño en esa situación. Y era
peor cuando el que le rozaba era Andrés…En esas ocasiones siempre tenía la misma
táctica, tirarse al agua y bucear, dejar la mente en blanco por unos minutos
hasta que la erección bajaba.
La adolescencia fue dura para Mario. Todos tonteaban con las
chicas, las invitaban al cine, salían todos juntos al parque, empezaban a fumar
y también a beber. Y en una de esas excursiones, Mario sintió el primer ataque
de celos por Andrés.
Habían quedado todos, eran unos veinte entre chicos y chicas,
y entre ellos Mario y Andrés. Todos llevaban alguna bebida y se reunieron en un
parque algo apartado del centro de la ciudad. Empezaron a beber, bailaron y los
cuerpos adolescentes se fueron calentando. Mario, por supuesto, no se sentía
atraído por ninguna de las chicas. Se dedicaba a hablar con ellas, bailar y
gastarles bromas. Era buen amigo de todas ellas. Sin embargo Andrés empezó a
sentirse atraído por una en concreto. Marta.
La bebida seguía corriendo y Andrés se acercaba más y más a
Marta, y a ella parecía gustarle. En un momento de distracción aparente por
parte de todos, Andrés cogió de la mano a Marta y se marcharon hacia uno de los
bancos que estaba situado en la penumbra. Cuando llegaron allí, se sentaron y
los besos no tardaron en llegar. Andrés estaba muy excitado y Marta deseaba
fervientemente aquellos besos. Eran besos torpes, primerizos,
atropellados...pero alguien no sentía tanto placer como ellos.
Mario estaba observando justo detrás de un árbol. No podía
ser verdad, aquello no podía estar pasando. Sentía algo muy extraño dentro de
él. Era impotencia mezclada con rabia, y unas ganas increíbles de parar esa
situación. Pero no podía hacer nada. Él no podía hacer nada contra eso, sería
como gritar a los cuatro vientos lo que sentía por Andrés y no podía permitir
que eso pasara, no. Pero ellos seguían, cómo si el mundo se hubiera detenido.
Las manos eran inexpertas, los cuerpos no se terminaban de acoplar...pero
seguían. Las respiraciones agitadas, los pechos hurgados subiendo y bajando... y
seguían... y Mario se marchó. Corrió hacia su casa ante el asombro de todos sus
amigos. Nadie sabía que había pasado y nadie lo supo, excepto Andrés.
Al día siguiente fue a buscar a su amigo a casa y lo encontró
allí, sólo, leyendo un cómic de sus favoritos. Se acercó a él y al saludarle lo
sobresaltó sin la menor intención. Mario salto de su silla echo una furia
recriminándole a Andrés su entrada. Le gritaba y le insultaba. Era una situación
totalmente desmedida y Andrés no entendía nada. Trató de calmar a Mario y este
sin poder remediarlo se aferró a su cuerpo y le besó. Fue un beso casi casto, de
amor. Lo necesitaba, era todo lo que necesitaba en ese momento. Lo abrazaba
fuertemente ante el asomo inicial de Andrés y su sorpresa. Andrés le retiro, lo
apartó de él .
¿ Qué es lo que té pasa, qué haces?
Mario no supo contestar, sintió como el rubor invadía sus
mejillas y no supo explicarlo. Simplemente tenía que hacerlo.
Ninguno de los dos volvió a hablar de ello. Ninguno habló de
lo que había pasado en casa de Mario.
Los meses estivales llegaron y con ellos las ansiadas
vacaciones. Cómo todos los años Mario y Andrés se fueron al pueblo de este a
pasar unos días. Todo transcurría con normalidad, eran los de siempre, pero
ahora con algunos años más y ganas de vivir nuevas experiencias. Los días
transcurrían entre la piscina municipal, dónde las adolescentes mostraban sin
pudor sus incipientes cuerpos de mujer, el pequeño equipo de fútbol con los
amigos y las escapadas nocturnas. Ellos siempre iban juntos, nunca se separaban,
tenían incluso los mismos gustos: la ropa deportiva, los vozckas con naranja...
hasta tenían la misma suerte con las chicas. Por supuesto el caso de Mario era
totalmente deliberado, el de Andrés no. Mario seguía enamorado de Andrés y
cualquier chica que mostraba el más mínimo interés por él, acababa siendo una de
sus mejores amigas. Y Andrés siempre pecaba de lo mismo. Se le notaba enseguida
cual era su intención y las chicas terminaban por alejarse.
Una noche, después de asistir a una fiesta en casa de uno de
los amigos que tenían allí, y de que Andrés hubiera intentado desesperadamente
acostarse con dos de las chicas de la fiesta sin haber obtenido más que una
sonora bofetada por parte de una de ellas, decidieron irse a casa, con alguna
copa de más. Iban andando hacia casa y hablando del incidente de Andrés con la
chica, de lo buenas que estaban gran parte de ellas y de lo bien que lo estaban
pasando esos días. De repente, a Mario se llenaron los ojos de lágrimas.
Quedaban sólo dos días para finalizar las vacaciones y eso significaba que
Andrés y él, volverían a sus respectivas casas y estarían juntos solamente
cuando fueran a los entrenamientos de natación y los fines de semana.
Mario tenía un nudo en el corazón, no era capaz de articular
palabra. Su amor por Andrés era demasiado grande, era su mitad, era, era... era
lo que más quería en este mundo, pero tenía miedo a declararse, a romper el
hielo y que Andrés se separara de él. Prefería no decirle nada y poder seguir a
su lado, como amigo, antes que perderle para siempre. Llegaron a casa y subieron
a su cuarto. Mario seguía sin poder y sin querer hablar. Le hubiera gustado
parar el tiempo y haberse quedado para siempre en esa casa y en ese cuarto junto
a Andrés. Sin mucha demora, se despojaron de sus ropas y se metieron en la cama,
se dieron las buenas noches y Mario se giró hacia el lado contrario, para que
Andrés no pudiera ver las lágrimas rodar por sus mejillas. Llevaban ya un rato
acostados cuando Mario sintió ruido de sábanas en la cama de Andrés. Giró
suavemente y lo que vio le excito profundamente. Andrés estaba en la cama
haciéndose una paja, con un fervor inusual. Entonces Mario vio su oportunidad.
Con mucho sigilo se deslizó de la cama y llegó a la altura de Andrés. Le miró a
la cara. Tenía los ojos en blanco y la boca entornada. Era la esencia del
placer. Mario se acercó un poco más y ya sin poder evitarlo, posó sus labios
sobre el duro pene de Andrés. Este se sobresaltó, pero Mario lo estaba haciendo
tan bien... Mario engullía con voracidad la dura polla de su mejor amigo, era un
plato muy sabroso del que no quería dejar ni una sola miga. Subía y bajaba los
labios por la tersa piel y con su mano tocaba los duros huevos, amasándolos con
suavidad y delicadeza. Andrés sentía un placer inmenso, incluso posó una de sus
manos en la cabeza de Mario para marcarle el ritmo que necesitaba. Su cabeza
estaba en blanco, no podía pensar. Era imposible pensar. Mario subía y bajaba
incesantemente, no disminuía el ritmo, sino al contrario, empezaba a acelerar
cada vez más. Incluso sacaba el pene de su boca y de daba golpes en la punta con
su lengua. Parecía haberlo hecho más veces, pero simplemente se dejaba llevar.
Dentro de él crecía un sentimiento que se hacía latente por fuera, de tal modo
que su pene crecía de una manera descomunal. No creía que fuera necesario ni
siquiera el más mínimo roce para tener un orgasmo brutal. Andrés no podía
resistirlo más, el placer que le proporcionaba su amigo no lo había sentido
nunca y marcó, con sus manos enredadas en el ensortijado pelo su amigo, un ritmo
más alto. Su respiración se agitaba cada vez más y más. Su pelvis se movía de
manera descontrolada y el orgasmo no se hizo esperar. Y con él llegó el de
Mario, mojando el apretado eslip, que casi le ahogaba el miembro.
Sus frentes, perladas de sudor, reflejaban el feliz esfuerzo
realizado por ambos. ¿ Y ahora qué?, ¿ Qué palabras expresarían lo sentido por
ambos?. ¿ Existía alguna, sólo una, que pudiera reflejar tanto amor, tanta
pasión?. Mario no lo creía. No creía que sus labios desvirgados pudieran
esgrimir el más leve sonido. ¿ Y sus ojos?. ¿Habría alguna mirada que pudiera
ser tan sincera?... Y entonces, con las miradas cargadas de cariño y los labios
emitiendo silencio, Mario se retiró hacia su cama y Andrés cerró los ojos
intentando soñar que aquello no fue real.
En el viaje de regreso Mario ya no era la misma persona. Un
dolor en el pecho, que lo ahogaba, lo mantenía fuera del alcance humano.
Fueron los cien kilómetros más largos de su vida.
Cuando los padres de Andrés le dejaron en su casa, la
despedida fue fría, casi indirecta, diciendo adiós al cuerpo sin alma que tenían
enfrente.
Dos días antes de la vuelta a las clases, Mario estaba en el
salón de su casa cuando sonó el teléfono. La madre de Mario contestó a la
llamada y por su tono, hablaba con una persona amiga. Colgó.
Mario, hijo, era la madre de Andrés. Llamaba para decirnos
que se marchan a Teruel. Llevan a Andrés a un internado para acabar los
estudios.
Negro, todo estaba negro. No existía la luz, no existía
ningún camino de regreso. Nada podría devolverle la claridad excepto Andrés. Y
sin él, ¿cuál sería su camino?.