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En el asiento trasero del taxi
TODORELATOS » RELATOS » MARIO (1)
[ Algo debe haber hecho mal, o no sería tan famoso.- Robert L. Stevenson. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 13 de Octubre, 2008.
Fecha: 10-Jun-05 « Anterior | Siguiente » en Gays (3271 de 6529)

Mario (1)

DORO
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Para uno amistad, para el otro...amor? Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Qué les digo yo ahora? Seguro qué esto no es normal, a ninguno de ellos les pasa esto, eso seguro. Estoy perdido. Me voy a quedar sin amigos. Pero es que no puedo remediarlo, me gusta.

Así empezó Mario. Esta era su disyuntiva. No sabía lo que le estaba pasando. Eso no les pasaba a sus amigos. Pensaba que no era normal, que estaba enfermo. Pero tampoco podía contárselo a sus padres para que le llevaran al médico. Su madre lloraría y se disgustaría muchísimo. Y su padre... mejor no pensar en él ahora. No era factible contárselo a su padre.

Así estaba Mario día tras día. No sabía cómo había empezado todo. Sólo sabía que pasaba y que lo sentía a todas horas. Era un deseo casi incontrolable, que no sabía hasta dónde le llevaría...

 

Los Martes y los Jueves salía de clase, junto a todos sus compañeros de curso.

Diez de ellos se dirigían hacia las piscinas de entrenamiento del colegio, ya que pertenecían al equipo de natación de la escuela.

Mario se llevaba bien con todos ellos, pero en especial con Andrés. Era su mejor amigo, casi desde el jardín de infancia. Lo habían hecho todo juntos. El cole, las excursiones, habían dormido juntos los fines de semana en Madrid y sus padres les habían dejado quedarse en las respectivas casas de verano juntos, cada año en una. Tenían una relación muy especial. Eran cómo hermanos ó al menos eso sentían. Habían hablado de fútbol, de exámenes, de profesores y por supuesto de chicas y llegado el momento, de pajas. Era cómo una especie de reto. Hacerse pajas... Si no te las hacías todos los días varias veces, era cómo si no pertenecieras al grupo. Había que superar a los colegas, había que hacerse más y más y, por supuesto luego contarlo a todo el mundo...

Ayer me hice tres pensando en mi vecina, esta superbuena.

Pues yo me hice una en la ducha por la mañana y otra por la tarde cuando mi madre no estaba. Puse una peli y casi mancho el sofá, tío.

Los días que tenían natación eran un suplicio para Mario. Allí estaban todos, desnudándose en los vestuarios, poniéndose los bañadores de competición, saltando al agua, jugando dentro de esta. Sus cuerpos se rozaban, se empujaban unos a otros y algunas veces se tocaban… Sí, era sin querer, eran roces furtivos para todos. Para todos excepto para Mario. Algo le pasaba cuando el roce era cerca de sus genitales, eran una especie de escalofríos por la espalda, algo que le recorría el cuerpo y le llegaba hasta el pene, haciendo que éste tomara una consistencia inusual para cualquier niño en esa situación. Y era peor cuando el que le rozaba era Andrés…En esas ocasiones siempre tenía la misma táctica, tirarse al agua y bucear, dejar la mente en blanco por unos minutos hasta que la erección bajaba.

La adolescencia fue dura para Mario. Todos tonteaban con las chicas, las invitaban al cine, salían todos juntos al parque, empezaban a fumar y también a beber. Y en una de esas excursiones, Mario sintió el primer ataque de celos por Andrés.

Habían quedado todos, eran unos veinte entre chicos y chicas, y entre ellos Mario y Andrés. Todos llevaban alguna bebida y se reunieron en un parque algo apartado del centro de la ciudad. Empezaron a beber, bailaron y los cuerpos adolescentes se fueron calentando. Mario, por supuesto, no se sentía atraído por ninguna de las chicas. Se dedicaba a hablar con ellas, bailar y gastarles bromas. Era buen amigo de todas ellas. Sin embargo Andrés empezó a sentirse atraído por una en concreto. Marta.

La bebida seguía corriendo y Andrés se acercaba más y más a Marta, y a ella parecía gustarle. En un momento de distracción aparente por parte de todos, Andrés cogió de la mano a Marta y se marcharon hacia uno de los bancos que estaba situado en la penumbra. Cuando llegaron allí, se sentaron y los besos no tardaron en llegar. Andrés estaba muy excitado y Marta deseaba fervientemente aquellos besos. Eran besos torpes, primerizos, atropellados...pero alguien no sentía tanto placer como ellos.

Mario estaba observando justo detrás de un árbol. No podía ser verdad, aquello no podía estar pasando. Sentía algo muy extraño dentro de él. Era impotencia mezclada con rabia, y unas ganas increíbles de parar esa situación. Pero no podía hacer nada. Él no podía hacer nada contra eso, sería como gritar a los cuatro vientos lo que sentía por Andrés y no podía permitir que eso pasara, no. Pero ellos seguían, cómo si el mundo se hubiera detenido. Las manos eran inexpertas, los cuerpos no se terminaban de acoplar...pero seguían. Las respiraciones agitadas, los pechos hurgados subiendo y bajando... y seguían... y Mario se marchó. Corrió hacia su casa ante el asombro de todos sus amigos. Nadie sabía que había pasado y nadie lo supo, excepto Andrés.

Al día siguiente fue a buscar a su amigo a casa y lo encontró allí, sólo, leyendo un cómic de sus favoritos. Se acercó a él y al saludarle lo sobresaltó sin la menor intención. Mario salto de su silla echo una furia recriminándole a Andrés su entrada. Le gritaba y le insultaba. Era una situación totalmente desmedida y Andrés no entendía nada. Trató de calmar a Mario y este sin poder remediarlo se aferró a su cuerpo y le besó. Fue un beso casi casto, de amor. Lo necesitaba, era todo lo que necesitaba en ese momento. Lo abrazaba fuertemente ante el asomo inicial de Andrés y su sorpresa. Andrés le retiro, lo apartó de él .

¿ Qué es lo que té pasa, qué haces?

Mario no supo contestar, sintió como el rubor invadía sus mejillas y no supo explicarlo. Simplemente tenía que hacerlo.

Ninguno de los dos volvió a hablar de ello. Ninguno habló de lo que había pasado en casa de Mario.

Los meses estivales llegaron y con ellos las ansiadas vacaciones. Cómo todos los años Mario y Andrés se fueron al pueblo de este a pasar unos días. Todo transcurría con normalidad, eran los de siempre, pero ahora con algunos años más y ganas de vivir nuevas experiencias. Los días transcurrían entre la piscina municipal, dónde las adolescentes mostraban sin pudor sus incipientes cuerpos de mujer, el pequeño equipo de fútbol con los amigos y las escapadas nocturnas. Ellos siempre iban juntos, nunca se separaban, tenían incluso los mismos gustos: la ropa deportiva, los vozckas con naranja... hasta tenían la misma suerte con las chicas. Por supuesto el caso de Mario era totalmente deliberado, el de Andrés no. Mario seguía enamorado de Andrés y cualquier chica que mostraba el más mínimo interés por él, acababa siendo una de sus mejores amigas. Y Andrés siempre pecaba de lo mismo. Se le notaba enseguida cual era su intención y las chicas terminaban por alejarse.

Una noche, después de asistir a una fiesta en casa de uno de los amigos que tenían allí, y de que Andrés hubiera intentado desesperadamente acostarse con dos de las chicas de la fiesta sin haber obtenido más que una sonora bofetada por parte de una de ellas, decidieron irse a casa, con alguna copa de más. Iban andando hacia casa y hablando del incidente de Andrés con la chica, de lo buenas que estaban gran parte de ellas y de lo bien que lo estaban pasando esos días. De repente, a Mario se llenaron los ojos de lágrimas. Quedaban sólo dos días para finalizar las vacaciones y eso significaba que Andrés y él, volverían a sus respectivas casas y estarían juntos solamente cuando fueran a los entrenamientos de natación y los fines de semana.

Mario tenía un nudo en el corazón, no era capaz de articular palabra. Su amor por Andrés era demasiado grande, era su mitad, era, era... era lo que más quería en este mundo, pero tenía miedo a declararse, a romper el hielo y que Andrés se separara de él. Prefería no decirle nada y poder seguir a su lado, como amigo, antes que perderle para siempre. Llegaron a casa y subieron a su cuarto. Mario seguía sin poder y sin querer hablar. Le hubiera gustado parar el tiempo y haberse quedado para siempre en esa casa y en ese cuarto junto a Andrés. Sin mucha demora, se despojaron de sus ropas y se metieron en la cama, se dieron las buenas noches y Mario se giró hacia el lado contrario, para que Andrés no pudiera ver las lágrimas rodar por sus mejillas. Llevaban ya un rato acostados cuando Mario sintió ruido de sábanas en la cama de Andrés. Giró suavemente y lo que vio le excito profundamente. Andrés estaba en la cama haciéndose una paja, con un fervor inusual. Entonces Mario vio su oportunidad. Con mucho sigilo se deslizó de la cama y llegó a la altura de Andrés. Le miró a la cara. Tenía los ojos en blanco y la boca entornada. Era la esencia del placer. Mario se acercó un poco más y ya sin poder evitarlo, posó sus labios sobre el duro pene de Andrés. Este se sobresaltó, pero Mario lo estaba haciendo tan bien... Mario engullía con voracidad la dura polla de su mejor amigo, era un plato muy sabroso del que no quería dejar ni una sola miga. Subía y bajaba los labios por la tersa piel y con su mano tocaba los duros huevos, amasándolos con suavidad y delicadeza. Andrés sentía un placer inmenso, incluso posó una de sus manos en la cabeza de Mario para marcarle el ritmo que necesitaba. Su cabeza estaba en blanco, no podía pensar. Era imposible pensar. Mario subía y bajaba incesantemente, no disminuía el ritmo, sino al contrario, empezaba a acelerar cada vez más. Incluso sacaba el pene de su boca y de daba golpes en la punta con su lengua. Parecía haberlo hecho más veces, pero simplemente se dejaba llevar. Dentro de él crecía un sentimiento que se hacía latente por fuera, de tal modo que su pene crecía de una manera descomunal. No creía que fuera necesario ni siquiera el más mínimo roce para tener un orgasmo brutal. Andrés no podía resistirlo más, el placer que le proporcionaba su amigo no lo había sentido nunca y marcó, con sus manos enredadas en el ensortijado pelo su amigo, un ritmo más alto. Su respiración se agitaba cada vez más y más. Su pelvis se movía de manera descontrolada y el orgasmo no se hizo esperar. Y con él llegó el de Mario, mojando el apretado eslip, que casi le ahogaba el miembro.

Sus frentes, perladas de sudor, reflejaban el feliz esfuerzo realizado por ambos. ¿ Y ahora qué?, ¿ Qué palabras expresarían lo sentido por ambos?. ¿ Existía alguna, sólo una, que pudiera reflejar tanto amor, tanta pasión?. Mario no lo creía. No creía que sus labios desvirgados pudieran esgrimir el más leve sonido. ¿ Y sus ojos?. ¿Habría alguna mirada que pudiera ser tan sincera?... Y entonces, con las miradas cargadas de cariño y los labios emitiendo silencio, Mario se retiró hacia su cama y Andrés cerró los ojos intentando soñar que aquello no fue real.

En el viaje de regreso Mario ya no era la misma persona. Un dolor en el pecho, que lo ahogaba, lo mantenía fuera del alcance humano.

Fueron los cien kilómetros más largos de su vida.

Cuando los padres de Andrés le dejaron en su casa, la despedida fue fría, casi indirecta, diciendo adiós al cuerpo sin alma que tenían enfrente.

Dos días antes de la vuelta a las clases, Mario estaba en el salón de su casa cuando sonó el teléfono. La madre de Mario contestó a la llamada y por su tono, hablaba con una persona amiga. Colgó.

Mario, hijo, era la madre de Andrés. Llamaba para decirnos que se marchan a Teruel. Llevan a Andrés a un internado para acabar los estudios.

Negro, todo estaba negro. No existía la luz, no existía ningún camino de regreso. Nada podría devolverle la claridad excepto Andrés. Y sin él, ¿cuál sería su camino?.

TodoRelatos.com © DORO

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