R E G R E S O A L A S E C U N D A R I A
La semana pasada recibí el llamado de una amiga de la escuela
que hacía por lo menos diez o doce años que no veía. Me emocioné al escuchar su
voz de nuevo después de tantos años y recordar anécdotas de aquel entonces. El
motivo de su llamado era el de contarme que el próximo sábado por la noche se
hacía la reunión de los veinticinco años y que nos tocaba a nuestra promoción.
Sabía que iban a ir algunas autoridades y profesores que me tuvieron de alumna y
casi toda la división que éramos, por lo que quería saber si podía contar
conmigo. Con toda la alegría por tan grata sorpresa le dije que no me lo
perdería por nada y luego de alegrarse ella por mi decisión me comentó que para
recordar aún más esos viejos tiempos, ella y las chicas (las que estábamos
siempre juntas) habían arreglado para ir de uniforme, como lo hicimos de primero
a quinto año. Ella no sabía si todas las del curso harían lo mismo, pero se
conformaba con que al menos lo hiciéramos nosotras, las quilomberas del fondo.
Volví a aceptar, y tras conversar un rato más de nosotras y otras cosas, colgué
y enseguida me fui a comprar la ropa del uniforme y a ponerla en condiciones
para ese día.
Era un colegio privado de señoritas, por lo que el uniforme
contaba con una camisa blanca, una corbatita con el distintivo, una pollerita
tableada, medias y zapatos. La corbata la llevaría por si acaso pero no puesta,
los zapatos y la camisa fueron fáciles de reemplazar, las medibachas eran
blancas (las otras se me corrieron) y la pollera fue una cualquiera tipo
escocesa. Al fin llegó el sábado a la noche, y cumpliendo lo prometido me vestí
para ir a la escuela. Al tener la camisa blanca me puse un corpiño grande y
blanco de encaje que vagamente podía sostenerme los pechos, y debajo de la
pollera tenía una cola less blanca muy finita, que bajaba desde mi cintura hasta
perderse entre mis nalgas. Me puse los zapatos y tras dar una mirada de
aprobación frente al espejo, me puse un abrigo y salí a encontrarme con las
chicas en la puerta de la escuela. Me reencontré con mi viejo grupo de amigas, y
durante ese tiempo me sentí de dieciocho años otra vez.
La reunión se desarrollaba normalmente con mis viejas
compañías y profesores, cuando de repente volví a ver a quienes menos esperaba.
Eran Enrique y Pablo, mis profesores de educación física. Recuerdo que en ese
momento tenían unos veintiséis o veintisiete años; ambos con un físico de
nadador bien formado y eran más o menos lindos de cara. Nos daban clase en el
patio a los dos cursos y ya entonces me les insinuaba alevosamente, ya que
aunque jovencita, siempre fui muy voluptuosa y por demás putona. En muchas
ocasiones, lejos de los ojos de otros profesores, dejaba caer algo
"accidentalmente" para que alguno de ellos lo levantara por mí y me calcinara la
entrepierna con su mirada libidinosa. A pesar de cosas como estas jamás me
tocaron un pelo, ni yo a ellos (aunque me moría de ganas), pero sabía que si
pudieran me darían mi merecido.
Afortunadamente, ahora la situación era distinta; ellos rondaban los cuarenta y
se mantenían espléndidamente en forma, y yo ya tenía veintiocho...
Nos cruzamos y volví a sentir su mirada de deseo de siempre
recorriendo mi cuerpo otra vez, yo los miré con mi carita más angelical e
inocente, lo que los calentó todavía más.
Ahora era el momento, esas oportunidades que la vida da por
segunda vez, para poder aprovechar por lo que antes no se pudo.
Los miré mientras buscaba una bandeja vacía y enseguida
captaron la idea. Fui sola por un pasillo en dirección a la cocina y cuando
estuve fuera de la vista de todos apenas alcancé a dejar la bandeja en la mesa
de la cocina, porque Enrique me agarró de una muñeca y me arrastró hasta el
cuarto de servicio del salón de actos, una habitación grande donde se guardan
cosas de educación física y de los actos del colegio. Llamó a Pablo y sin
decirme nada cerró con llave y prendió la luz más alejada, y tras disponer una
colchoneta grande en el suelo Pablo me agarró del brazo y me llevó hasta ahí. Yo
seguía con mi carita ingenua, viendo como se ponían uno a cada lado de mí.
Me saqué la corbata y mientras me desabrochaba la camisa
Enrique me levantaba la pollera para manosearme alevosamente. Me apretaba las
nalgas y me pasaba la mano por la entrepierna mientras yo seguía desvistiéndome,
pero Pablo no aguantó mi lentitud y apenas me quedé en corpiño me bajó los
breteles y me lo llevó de un tirón a la cintura.
Me saqué la pollerita y la medibacha, dejé a un lado los
zapatos y el corpiño y ahí mismo me arrodillé entre ellos a bajarles el cierre
del pantalón, buscando sus pijas.
En segundos me encontré con dos enormes miembros, duros y
gruesos, con la cabeza y las bolas coloradísimas. Dos tentaciones que no pude
resistir de chupar, mientras con una mano masturbaba a la otra. El que más me
calentaba era Pablo, y empecé a chupárselo mientras a Enrique se le ponía cada
vez más dura. Chupé despacio y sin parar, disfrutando de esa verga que no pude
tener en años. Me sacié de ella y me di vuelta a chupar la de Enrique, también
divina y se la mamé con todo placer.
Caminé de rodillas hacia él, para metérmela aún más en la
boca y tragarla entera como hice con Pablo, mientras éste, ya desnudo, me sacaba
la bombacha para manosearme más profundamente.
Toda mojadita, sentía sus dedos en toda mi entrepierna, yendo
de mi conchita abierta a mi culo, que poco a poco se iba abriendo. Enrique en
cambio me agarró fuertemente de los pezones con dos dedos, como pellizcándolos,
y tras levantarme las tetas de esa manera las dejó caer con todo su peso. Sin
sacarme su pito de la boca lo miré a los ojos y levantándomelas se las ofrecí.
Mientras yo seguía haciéndolo disfrutar con la lengua y los labios él me
apretaba las tetas y me pellizcaba y retorcía los pezones como a mí me gusta.
Paré de chupar y enterré la tranca de Enrique entre mis
tetas, ocultándola del todo, haciéndola asomar entre ellas sólo cuando me movía
hacia abajo. Lo disfrutamos tanto que en un momento él me sostenía las gomas y
se movía por mí, fregándose y disfrutando, apretándome los pechos como si los
estuviera amasando.
Pablo no paraba de empaparme de mis propios jugos, que mi
vaginita abierta como una flor le daba sin parar. Me pasaba una mano por todo el
cuerpo mientras la otra me acariciaba la vulvita, hasta que de tanto ir y venir
juntó sus dos dedos más largos y de golpe me los coló en la conchita. El pulso
se me aceleró y empecé a gemir de gusto, justo cuando Pablo me metía la pija en
la boca de nuevo. A esos dos dedos se sumaron más, y sacaba la mano húmeda de mi
cueva para untármela en el culito. Sentí sus dedos en mi esfínter y cuando lo
tenía bien mojadito empezó a presionar hasta hundirme su grueso pulgar. Varios
dedos entraron a medida que yo chupaba, a veces juntos, hasta que Pablo se
acostó boca arriba con la verga terriblemente dura y parada, y yo dejé a Enrique
para ir a sentarme sobre ella.
De frente a él, apoyé la colorada cabeza en mi agujero medio
abierto y empecé a bajar suavemente, sintiendo como se me ensanchaba el culo con
la entrada de esa espectacular pija, que se me metía sin pausa. Cuando la
cabezota llegó a tocarme el fondo me sentí totalmente empalada, con el esfínter
abiertísimo y todo el culo tirante y lleno de esa columna de carne dura, a la
que mi colita le quedaba ajustada como un guante.
No sé bien si gemí de nervios o incomodidad, pero ya me
encontraba así y todavía me faltaba un poco más por bajar. Con un poco de dolor
y algunas puntadas en el ano seguí bajando hasta sentarme, sintiendo mi vulvita
besada por esos enormes y rojos huevos. No me aguanté y gemí más fuerte, cuando
Pablo me agarraba de la cintura y empezaba a moverme de arriba abajo. Con temor
fui siguiendo el movimiento lentamente, dolor de por medio, dándole placer a
Pablo que ya empezaba a disfrutar de la estrechez de mi colita.
Así estaba cuando Enrique da la vuelta por un lado y
agarrándome la cabeza me mete otra vez la verga en la boca, a seguir chupándo.
Mi colorado y ardiente culo ya se iba acostumbrando a la tranca de Pablo y
llegar hasta el fondo en cada bajada, por lo que darles placer a ambos de esa
manera resultó ser exquisito. Mis movimientos se volvían cada vez más
pronunciados y me desaté como la puta que llevo en el alma, a lo que ellos
respondieron tratándome como tal. Estaba tan fuera de mi que en un momento la
pija de Pablo se me salió del culo, pero estaba tan desesperada que yo misma me
la metí de nuevo, ante la mirada de los dos, que gemían de gusto y daban
exclamaciones de toda clase. Mis pechos bailaban al ritmo de mis movimientos
pero pronto fueron agarrados por las manos de ellos, que los apretaban y
retorcían, haciéndome calentar todavía más.
En ese momento Enrique decidió cambiar, y tras salirme de
encima de Pablo me hizo acostarme sobre mi costado, y ubicándose por detrás me
levantó una pierna, encontrando el agujero colorado y abierto que era mi culo
entonces. Se fregó la cabeza en mi concha babosa y tras humedecerla bien él
mismo me la metió hasta el fondo, llenando el lugar vacante. La pija de Enrique
era impresionante. La sentía un poco más grande y larga que la de Pablo, y me
quedaba igual de justa.
Yo estaba penetrada hasta lo último otra vez, pero no
contento con eso arremetió un poco más para meterla toda, presionando mi fondo y
estirando tanto mi esfínter que se me escapó un grito. Ya me bombeaba despacio
pero profundo, y a pesar de lo dilatada que me había dejado Pablo, a Enrique le
costaba entrarme. Sin importar mis dolores o puntadas o gritos, siguió adelante,
ahora él sintiendo lo estrecho de mi culito.
Pablo se acostó delante de mi y enseguida le agarré la pija
para chuparla de nuevo con más ganas que antes; ahora que la había probado por
atrás me calentaba muchísimo más comérmela.
Chupaba y recibía por el culo como loca los empujones de
Enrique mientras me manoseaba la concha yo misma, colándome los dedos hasta
donde podía y acariciándome la entrepierna con la mano mojada.
Me estaban cogiendo como animales y lo disfrutaba a lo
grande.
Enrique gemía sin parar y me bombeaba cada vez más rápido y
profundo, hasta que gritando me agarró fuerte de las piernas y me la clavó toda
entera de un solo envión. Me dejó las bolas pegadas al ano y de su verga
inflamadísima empezaron a salir incontables gotas de leche caliente que quedaban
dentro de mi a medida que la cabeza me las largaba. Su tranca y el sentir como
su leche me llenaba me hacían jadear mientas él no paraba de gritar y Pablo me
obligaba a seguir chupándo, gritando también.
No paraba de gemir y se la chupé a hasta que no pudo más y me
explotó en la boca, largando pequeños chorritos de esperma que terminaron con un
gran gota, que me escupió en la lengua.
Mamé su pito a la vez que sentía como me acababan por los dos
lados, dándome todo lo que sus bolas podían cargar, hasta que Enrique terminó y
me sacó el pito del culo con un poco de trabajo.
Mientras se limpiaba las últimas gotas de semen en mi ano
enrojecido, Pablo todavía me la dejó dentro de la boca mientras yo jugaba con la
cabeza de su enorme pito, mostrándole mi boca llena de crema y como la tenía en
la lengua para tragármela.
Aún habiendo acabado como lo hizo se la sentía un poco dura y
no daba muestras de estar cansado.
Segundos después me la sacó y enseguida dio la vuelta hasta
ponerse detrás de mi, y al yo ponerme en cuatro patas, se manoseó un poco para
terminar de ponerla más que dura. Yo estaba en mi posición favorita, y sabiendo
la terrible pija que me iban a meter me separé las nalgas, mostrándole el
espectáculo obsceno de mi culo acabado, del que caían hilitos de semen.
Me pasé un dedo por el esfínter para abrirlo un poco más y
luego me di un par de palmadas en la nalga, indicándole que ya estaba lista para
la monta.
Ardiendo los dos, se puso por encima de mis caderas y
fregándose el pito en mi vulva mojada de mis jugos y del semen de Enrique, apoyó
la cabeza en mi culo abierto y empujó hasta hundírmela bien adentro.
Enloquecí sólo de sentirla tan profundo y enseguida,
agarrándome de la cintura, empezó a bombear a buen ritmo mientras Enrique me
acariciaba la cara con el pito y jugaba a meterlo y sacarlo de mi boca.
El contacto con mis labios se la estaba parando de nuevo, a
la vez que le pasaba la lengua a la cabeza para quedarme con las últimas gotitas
de esperma que le quedaban.
Muerta de calentura, agarré de las manos a Pablo y
llevándoselas a mis tetas le pedí que me la diera más fuerte y bien adentro
hasta que me rompiera el culo, y para evitar gritar, empecé a tragarme a la pija
de Enrique hasta que sentí su cabeza alojada en mi garganta. La mamaba como
podía, y los empujones de Pablo me hacían tragarla un poco más. Me la estaba
dando realmente fuerte y tan adentro que no podía distinguir cuánto, sólo
escuchaba los chasquidos de su vientre contra mis nalgas cada vez que me
entraba, junto con alguna que otra palmada en las caderas. Me cogía sin
descanso, y para colmo tenía el culo tan tirante que le costaba un poco entrarme
y me dolía, pero en cuanto trataba de abrir la boca, mis gritos se ahogaban
enseguida tapados por le pija de Enrique.
El dolor fue cediendo poco a poco y mi colita se fue
acostumbrando al grueso y largo cipote de Pablo entrando y saliendo, hasta que
no sentía más que un gran placer que no quería que terminara.
Casi no necesitaba tragarme el pito de Enrique, pero tampoco
podía dejar de chuparlo. La sentía agrandarse de nuevo en mi boca, como pidiendo
más, y veía como Enrique empezaba a disfrutarme de nuevo.
Me tuvieron como diez minutos así, entre gemidos largos y
jadeos, hasta que empecé a sentir cómo se me endurecían los pezones y a gritar
de placer. El placer aumentó hasta llenarme el cuerpo y al llegarme a las tetas
grité como una marrana y reventé en un orgasmo infernal. Pablo se excitó tanto
al verme así que empezó a gozar como yo y bombeó lo más fuerte que pudo hasta
que prácticamente acabamos juntos. Me dio una última envestida brutal antes de
soltarme un chorro de leche espesa que parecía hervir, mientras no parábamos de
gritar.
Entre los gritos de ambos me soltó un último chorro de
esperma que me terminó de llenar el culo comenzaba a caer por el esfínter,
mezclándose con mis jugos y un poco de sangre de mi arruinado ano, que en plena
cogida no aguantó los fuertes empujones y se rompió sin que lo notara. Todavía
con la pija dentro de mi culo roto, me agarró de la cintura y jugaba a meterla y
sacarla casi hasta la mitad muy despacito como resistiéndose a la idea de
sacarla, mientras los gritos de Enrique aumentaron hasta que sacándomela
bruscamente de la boca, se masturbó rápido y me acabó en la cara.
Al ver que empezaba a acabar, Pablo se fue de encima de mi yo
me puse de rodillas frente a la cabezota de la hermosa verga de Enrique. Cerré
los ojos y abrí bien la boca con la lengua afuera, levantándome las tetas con
las manos. Enseguida sentí varias gotas de leche caliente mojarme la cara y caer
en mis abultados pechos, que no paraban de dolerme por ese increíble orgasmo, a
la vez que Enrique seguía acabando y Pablo nos miraba sonriendo. Terminé con la
cara y las gomas empapadas de esperma y el culo chorreando semen ensangrentado
sin parar, de rodillas sobre colchoneta sucia, pero con una gran sonrisa.
Chupé dulcemente la pija de Enrique un poco más, y Pablo se
acercó para lo mismo. Con uno a cada lado y una mano en cada pija, las chupé
despacito y por turnos sonriendo los tres, hasta que terminé dándoles un beso en
la cabeza a cada uno. Me ayudaron a pararme y después de limpiarme como pude nos
vestimos.
Fuimos a los baños para arreglarnos de nuevo y tratar de
disimular lo ocurrido, y con una excusa medianamente buena volvimos a la
reunión, ellos con los demás docentes y yo con mis amigas, de a tres al baño
como hacíamos en aquellos tiempos.