Sin duda una de las cosas que mas disfruto con Alan mi marido
es una buena y vigorosa sesión de sexo, prácticamente y después de mas de 4 años
de casados hemos follado en prácticamente todos los rincones de la casa sin
embargo mi lugar preferido es sin duda la terraza, y es que en el segundo piso
de la casa tenemos un balcón con su pequeña terraza, enfrente solo hay un
agradable parquecito y hay unos árboles colocados estratégicamente frente a el
balcón que semi ocultan gran parte de la visibilidad de la terraza ya sea vista
desde abajo o de frente, ahí hay un sofá de jardín color café, testigo mudo de
impresionantes orgasmos que lo han dejado impregnado de nuestros jugos y aromas
corporales. Ambos acostumbramos realizar un juego previo, siempre comenzado por
una ducha juntos en donde enjabonamos nuestros cuerpos y gozamos del contacto
sensual que nos provoca lo resbaladizo de nuestra piel al abrazarnos para
besarnos apasionadamente, después salimos solo en bata de baño, y jugueteamos
como adolescentes por toda la casa, me recuesta sobre la mesa de la sala y
destapa mi bata para besar y mordisquear mis pezones, chupar completamente la
piel de mis senos y bajar con suaves besos hasta el monte de venus depilado y
suave con rico olor a jabón, todo lo que hacemos es seguir el camino que nos
conduce a la terraza, durante todo ese trayecto le voy jaloneando el duro y
generosamente grande miembro a través de la bata, el por su parte usa su mano
para levantarme la parte de atrás de mi bata y frotarme las nalgas con fuerza y
desesperación, subimos las escaleras jugueteando de esa forma y llegamos a
nuestra habitación y por consecuencia al balcón, salimos con cautela, primero
uno y después el otro, el se sienta en el sofá, y descubre su bata, su delicioso
falo apunta al cielo, con una sonrisa dejo caer lentamente mi bata, esta se
desliza por todo mi cuerpo antes de caer al suelo, algunos murmuros de la calle
, nos erizan la piel y es que el hecho de que nos descubra alguien es lo que
provoca la excitación, lo miro y abro bien las piernas para sentarme lentamente
sobre su gorda herramienta, después, con cautela comienzo a montar la verga de
mi marido, el con sus manos acompaña el sube y baja de mis nalgas que chocan con
su pelvis, procuramos no hacer ruido, pero es casi imposible, pues un
electrizante orgasmo me empieza a recorrer la espina dorsal, intento pero no
puedo ahogar el gemido que emito, y es que el maliciosamente me susurra al oído
al mismo tiempo que me corro _vamos zorrita, córrete y gime como una putita! _
no me puedo contener y exploto en un segundo orgasmo seguido, mis pezones se
endurecen y mis espasmos involuntarios aprisionan fuertemente la gruesa verga
que me penetraba, reímos como niños después _alguien me pudo escuchar Alan, eres
perverso!_ le reclame a mi esposo, el me miro y ambos echamos a reír, la noche
era corta y aun seguiríamos amándonos.