Es el final de una larga noche de estío. Estoy hambriento,
triste, pensativo y sin un real. Apoyado en una esquina, contemplo una farola.
El aire caliente me envuelve y en mis oidos resuena el ritmo de los tacones de
las putas, jóvenes y viejas - sobre todo viejas – que pasean a mi alrededor en
busca de un último o un primer cliente para la noche.
Aparto los ojos de la luz brillante. Aparto gotas de sudor de
mi frente. Mis ojos siguen culos apenas contenidos por ropas ceñidas.
Una puta muy morena, guapa, rellena, me mira y me invita con
mirada de ojos cansados a entrarle. "No tengo dinero" digo. "Yo tampoco", sonríe
y se me acerca. Le pongo la mano en el culo y no la aparta. Se lo aprieto. Sigue
sonriendo. Beso su sonrisa y su boca me responde. Buscamos donde pasar la noche.
La pasamos uno dentro del otro en una vieja pensión.
Lucía es capaz de encender cualquier fuego y cualquier cuerpo
una y otra vez. Me enciende con su lengua en mi boca y con sus manos en mi
cuerpo. Ardo cuando la penetro. Repito su nombre con cada embestida de mi
placer. Ella gime y la siento mojada. Me corro en su interior. Ella se estremece
y nuestras lenguas se entrelazan mientras gozamos de nuestros orgasmos.
La mañana trae más calor y el olor, un poco agrio, del sudor
de la puta que me ha acompañado en esta noche caliente en la que estaba triste.
Duerme. Salgo de la habitación intentando, sin éxito, recordar ese nombre que he
gemido tantas veces durante la noche.