Si os soy absolutamente sincero, la primera vez que la
estreché entre mis brazos, me pareció demasiado... pequeña. Y claro, midiendo yo
1,90 y pico, entre otras ideas, se me cruzó por la cabeza la posibilidad de que
tener sexo con Rosa sería casi un espectáculo circense.
Quizás, me comentó mi amigo Fernando una vez, la habían hecho
a escala. Era un comentario jocoso, claro, pero no distaba mucho de la realidad.
Dentro de sus ciento sesenta centímetros guardaba una exquisita proporción.
Tambiéb era guapa, guapisima. Un baul lleno de encantos, en
realidad. Sus ojos verdes, sus pecas, ese acento malagueño tan cerrado y
divertido que se me pegó nada más conocerla.... Y un modo de ser entre pícaro y
sensual al que no podía resistirme.
¡Cuántas y cuántas veces me provocó con una mirada, un gesto
o un doble sentido! En alguna ocasión incluso se abalanzó sobre mí, haciendo que
se caía, me robó un beso, y luego se fue, dejándome con lo mío más tieso que el
palo mayor de un yate.
La reina del calentón, le puse de mote. Y mientras creí que
sólo jugaba a excitarme, tenía un regustillo.... despectivo. Supongo que
cualquier chico de mi edad sabe lo que es eso. Es comprensible que nos quejemos
de la liviandad con que nos dejan a medio camino. Siempre queremos más, y aunque
el juego en sí es divertido, una de las partes al final sufre por no poder
terminarlo.
Vaaaaale.... Eso de calientabraguetas es relativo. En
realidad sólo te molesta al instante siguiente en que te ha rodeado el cuello
con los brazos, se ha sentado sobre tus rodillas, se ha relamido entrecerrando
los ojos, pero sin apartar la mirada, y... tras darte un doloroso pellizco en el
pezón se va corriendo,. El eco de su risita es como vinagre en la herida
abierta, como lija sobre la ampolla del calentón.
Pero enseguida se pasa. Si no estás muy encoñado, creeme,
enseguida se pasa. Si estás obsesionado... mira, lo mejor que puedes hacer
entonces es secuestrarla o algo, porque si no, las vas a pasar putas.
Es coña. Lo mejor es no obsesionarse, simplemente. Y te diría
cómo si no me fuera por la tangente.
Rosa estaba allí. El resto de la panda, invitados a la finca
en el campo, también. Buenos amigos, carnaza para la barbacoa, bidones llenos de
mojito... Ideal. Sobre todo cuando cae el sol y se plantea el problema de "cómo
vamos a dormir".
Sencillo: desafiando las leyes de la física y metiendo en el
mismo colchón cantidades inhumanas de humanoides. Algunos lo llaman "hacinarse
como ratas" pero el mojito, o algo más fuerte si lo hay, acaba con los
escrúpulos, las ecuaciones espaciotemporales y
También con la vergüenza. Porque ¡vamos! hay que estar muy
borracho, o estar seguro de que el resto de los convidados ve ya elefantes
rosas, para jugar a "yo nunca", afirmar alegremente que te has puesto ropa del
otro sexo para calentar a tu pareja, o que has fornicado en presencia de otros
(que también estaban a lo suyo), o que te molaría que tu novia te sodomizara con
un strapon... ¡delante de tu actual pareja! Menos mal que las risas y el
glugluglu se llevan los posibles resquemores por el sumidero. Tampoco está
prohibido mentir (total, nadie o casi nadie va a saber la verdad con absoluta
certeza) pero me da en la nariz que la mayoría de la gente dice la verdad.
El ambiente se hizo más y más denso. Me di cuenta de que
llevaba un ritmo bastante más lento que el resto, y un ligero dolor de cabeza me
decidió al final por cortar e irme al catre más cercano. Una cama de matrimonio
aún no ocupada por la horda de bebedores me acogió en su seno y...
Me desperté. Aún era madrugada. Del salón me llegaba el ruido
de una animada conversación, luego seguían de juerga. Me fui a levantar para
unirme a lo que quedara de ella, con la cabeza ya despejada. A oscuras, avancé
por la habitación hacia la puerta, pero cuando iba a abrirla, una pequeña mano
me detuvo.
Mis ojos, acostumbrados a la oscuridad ya, no habían
descubierto al lado del armario a mi pequeña Rosa. Claro que su top y falda,
negros como el carbón y como su pelo, no me hubieran ayudado mucho.
Me dio un buen susto, así que me eché hacia atrás y fui a
caer sobre la cama. Y antes de que pudiera incorporarme, ella se tiró encima y
volvió a dejarme tumbado. Su risita, intencionadamente convertida en un susurro,
me calmó: no era un fantasma, sino mi musa.
-Mmmm... Vaya, que sorpresa.-
-Ssshhh. No hagas ruido.-
Entendí que si obedecía, algo grande iba a pasar. Así que
calladito, y un poco tembloroso, fui reconociendo su cuerpo con mis manos,
quitándole sus bellas curvas a la oscuridad de la alcoba. Rosa se dejaba hacer.
Notaba sus pechos contra el mío, oprimiéndolo suavemente con cada respiración.
Primero toqué sus caderas, el breve espacio no cubierto por
ropa entre el top y la falda. Se estremeció ligeramente, y a olí la hierbabuena
del mojito. Estaba caliente. Nunca había tocado a nadie con la piel a esa
temperatura. Incluso pensé si no tendría fiebre.
Luego, mientras con una mano iba subiendo por la deliciosa
espalda, la otra la bajé al trasero, de modo que cuando con la izquierda
acariciaba ya su pelo corto y la empujaba hacia mi para besarla, con la otra le
sobaba el culo. Era la prueba de fuego, no se resistió, y le robé uno de los
mejores besos de mi vida.
Me salieron alas. ¡Sí, amigos, hoy era el día! Sin parar de
jugar con su lengua, mordisqueando sus labios, le fui subiendo la falda. Rió al
hacerle cosquillas con las uñas en los muslos, y aproveché para besarle-morderle
el cuello.
Por fin la falda estaba recogida en su cintura... y quise
vengarme de sus anteriores "golpes bajos" dándole un fuerte azote. Gimió
dolorida, también un poco excitada, pero apagué su queja volviendo a sellar su
boca con la mía. Además, no creo que le interesara que uno de los juerguistas,
al oírla, entrase en la habitación y se la encontrae con el culo en tan expuesta
situación.
Jadeando, buscando el modo de mezclar pelizcos y arañazos, y
algún muerdo, con las caricias que intercambiabamos, dijo:
-¡Eres malo!-
"Pues anda que tú..." pensé para mis adentros, pero no quise
contestar. estaba bastante absorbido por el magreo y besuqueo que tanto tiempo
había esperado.
Cogí sus braguitas y las fui bajando. Por fin le encontré una
ventaja a lo de ser tan alto, ya que sus rodillas en ese momento, me quedaban
casi a la altura del paquete. Estaba sentada sobre mi estómago, y le sujetaba
las manos, entrelazando sus dedos con los míos, para evitar que siguiera
haciéndo de las suyas, pero conseguir que so boca se detuviese más veces en la
mía que en mi cuello u hombros, resultaba harto complicado, lo cual me había
valido ya media docena de dolorosos mordiscos (intercalados, eso sí, con otra de
jugosos chupetones)
Vamos, que aquello parecía un buffet libre y yo intentaba que
no acabase con todos los platos. ¡Menuda fiera de poco más de metro y medio!
Las bragas ya estaban quitadas. Procedí ipso facto a intentar
librarme de mis pantalones, o al menos a desabrochármelos lo suficiente.
-¿Te ayudo?- preguntó Rosa, con cierta malicia.
No iba a decir que no, así que asentí, y ella se colocó sobre
mis piernas e hizo lo que yo quería. Temí en algún momento que me devolviera el
azote transformado en... sobre..., pero en lugar de eso, cuando estuvo mi bicho,
erecto a más no poder, a la vista, se levantó:
-¡Eh!- grité susurrando (es realmente difícil, os lo prometo)
-Voy a por una gomita, cariño.- y salió de la habitación,
dejando, eso sí, que la falda, larga, volviese a su situación original.
"Qué morbosa. ¡Va sin bragas!" me dije, y casi me echo a
reír. Estaba cachondo, supercachondo.
Paso el tiempo. Un minuto. Para evitar volver a repetir, me
masturbé un poco, lentamente, procurando llegar al punto máximo. Quería, creo,
impresionarla con el tamaño de mi arma, aunque a oscuras y ella algo bebida...
poco iba a admirar.
Dos...Tres...Cinco minutos. Y yo en la alcoba, con la polla
en la mano y la mano en la polla, ya algo mosca. Joe, ¿tanto se tarda en
encontrar un condón en el bolso?
¡En esto que se abre la habitación y en vez de Rosa aparece
Fernando! Yo flipando a toda prisa meto al bicho en su cuevo y me abrocho los
pantalones. El aire se llena de tufo a vodka limón. Menos mal...
-¿Hay alguien aquí?- pregunta, y antes de que termine de
contestar "sí, tío, yo...", se deja caer sobre la cama, se revuelva un poco...¡y
se queda dormido!
Joer, qué jugada me acaban de hacer. La 3 14 pero a lo
bestia.
Temiendo lo peor, me levanto, voy al salón: no está entre los
restos de los juerguistas. Entro en la otra habitación y... efectivamente, allí
está, en la cama con el weapojpeajpj de Rubén. Está dormida, acurrucada, y el
tipo detrás suyo... ¡con el paquete apuntando a su rajita que sólo yo sé que no
lleva bragas tras la falda!
-Joer...-
En fin, compañeros. Creo que me voy a pasar al fetichismo y
me dedicaré a coleccionar braguitas. Al menos ya tengo unas, aún calentitas, y
que no pienso lavar nunca.
Bueno, eso último que he dicho es una guarrería. ¡Buena
suerte con el acoso y derribo a todos!