UN SIMPLE MORTAL
(No puedo pedirle lo eterno a un simple mortal.
Canción: la tortura. Shakira y Alejandro
Sanz)
Gina, sabes perfectamente lo que debes hacer, no dejes que
todo ese odio te queme el alma, porque sabes que no puedes seguir así toda la
eternidad.
Mathew tenía razón, no podía seguir como un alma en pena por
todos los rincones, sólo porque aquel mortal me había abandonado por su Julieta.
Yo sabía perfectamente cual era la venganza que debía ejecutar.
No debes ser compasiva con los mortales y menos con los que
te hacen daño, lo sabes.
Lo sé – le dije, me acerqué a él y le abracé.
Mi dulce Mathew, siempre había estado conmigo, desde el
principio. Aunque ahora sólo fuéramos amigos, no podíamos vivir el uno sin el
otro. Él me convirtió en lo que ahora soy, y creó este lazo indestructible que
nos une eternamente. Pase lo que pase, Mathew siempre estará aquí conmigo, a mi
lado. Y sé que él tiene razón cuando me dice que, o olvido a ese simple mortal o
le sirvo la venganza en un plato muy frío.
Pero tendrás que ayudarme – le dije.
Lo sé, y sabes que lo haré, mi dulce Princesa.
Me encantaba que me llamara así, cuando esa palabra salía de
su boca, sentía que nada podía separarme de él.
Entonces lo haremos esta noche. – le anuncié.
¿Estás segura?.
Completamente. Quiero que este fuego deje de quemarme el
alma, quiero dejar de sentirme triste y desolada, quiero recuperar mis
fuerzas, por eso tiene que ser esta noche, no quiero demorarlo más.
Entonces será esta noche – sentenció mi amado Mathew.
Le conté cual era mi plan y tras eso salimos a buscarle.
El mortal estaba cenando con su Julieta en un romántico
restaurante del centro de la ciudad. Reían felices y ajenos a lo que les
esperaba. Mathew y yo entramos en el restaurante. El mortal me reconoció nada
más verme. Como no iba a hacerlo, hasta hacía un par de semanas habíamos
compartido la misma cama varias noches. Me había susurrado al oído que me amaba,
que yo era única y especial. Pero ahora estaba en aquella mesa, acariciando la
mano de aquella Julieta, diciéndole que la amaba más que a nada en el mundo. Y
mi corazón se quemaba oyendo aquello.
Tranquila. – me susurró Mathew al oído, al ver que aquellas
palabras me corroían.
Nos sentamos en una mesa, cercana a la de ellos. Mathew se
puso dándoles la espalda, frente a mí. Yo podía verles perfectamente desde mi
sitio. Un camarero se acercó a nosotros y nos dio la carta.
¿Desean tomar algo?
Dos cafés, muy calientes – pidió Mathew. Evidentemente no
nos los tomaríamos, pero debíamos tratar de aparentar la máxima normalidad
posible.
Mathew abrió la carta y empezó a leerla (en realidad no la
leía, trataba de escuchar y sentir los pensamientos del mortal y su Julieta), yo
hice lo mismo.
Cuando nos trajeron los cafés, el mortal pidió la cuenta. El
camarero nos preguntó que íbamos a cenar.
Todavía no lo tenemos decidido – dijo Mathew - ¿verdad,
querida?
Afirmé con la cabeza, y el camarero abandonó nuestra mesa.
El mortal dejó el dinero en la bandejita que el camarero le
había traído la cuenta, y él y la chica se levantaron de la mesa. Mathew y yo
esperamos a que salieran del local, entonces también nosotros abandonamos el
local.
Les seguimos, hasta que al llegar a una oscura y solitaria
calle le dije a Mathew:
Ahora.
Ambos empezamos a volar a gran velocidad, en cinco segundos
los atrapamos. Yo cogí a la chica, rodeándola con mis brazos por la cintura.
Mathew cogió a Othello (mi dulce mortal), aunque este intentó zafarse de sus
brazos, pero sin éxito. Mathew se situó frente a mí, con Othello delante de él,
sujetándolo fuertemente por el cuello.
Yo, sin soltar a Julieta, incliné su cabeza hacía la derecha,
y con furia clavé mis dientes en su cuello.
¡Noooooooooo! – gritó Othello en un aullido ensordecedor.
Empecé a succionar con fuerza. Y la vi a ella en la cama, con
mi dulce Othello entre sus piernas, desnudos ambos, él bombeando contra ella,
sudorosos los dos. Les vi jurándose amor eterno.
Miré a Othello, sus ojos vidriosos parecían mirarme con odio,
mientras un par de lágrimas rodaban por sus mejillas. Sentí su dolor y el mío, y
no puede evitar sentirme triste. Seguí succionando, quitándole la vida a
Julieta, para llenarme con esa vida. Sentí las calientes lágrimas de sangre
saliendo de mis ojos. Aquello era una locura, pero era mi locura, estaba loca de
amor por aquel mortal.
Sentí el último suspiro de vida de Julieta, pasando a través
de mis venas y la solté, dejándola caer al suelo, ya moribunda. Me abalancé
sobre mi amado Othello y clavé mis dientes en su cuello. Mathew le soltó.
Othello trató de apartarme sin conseguirlo, mientras gritaba:
¡Noooo! ¡Noooo! ¡Déjame!.
Pero no le hice caso, succioné su sangre igual que había
hecho con la de Julieta, y de nuevo la vi a ella, pero también me vi a mí, y a
él. Los dos en la misma cama, amándonos, su sexo dentro del mío, sus manos
acariciando mis senos, sus labios besando los míos y su voz susurrándome al
oído: "Te amo". Le solté en ese instante, me mordí la muñeca y la acerqué a sus
labios:
¡Bebe! – le ordené.
¡No, Gina, no me hagas esto! – suplicó él, mirándome con
compasión.
¡Bebe, condenado mortal! – grité enfurecida, poniéndole mi
muñeca sobre sus labios para obligarle a succionar.
Bebió hasta que aparté la muñeca de sus labios. Tras eso,
Othello cayó al suelo retorciéndose, sintiendo como su cuerpo moría para volver
a renacer como un inmortal. Mathew se acercó a mí y me susurró al oído:
Muy bien Princesa, muy bien. – Su mano acarició una de mis
nalgas. Sus labios besaron mi cuello desnudo y una corriente eléctrica
recorrió todo mi cuerpo.
El deseo empezó a surgir en mi, así que arrastré a Mathew
hacía la pared, él se dejó arrastrar por mí, sabía perfectamente lo que quería
de él. Sabía que necesitaba aquello y se dejó hacer. Cuando mi cuerpo se pegó al
suyo, su sexo ya estaba totalmente erecto. Así que con suma rapidez ambos nos
desnudamos.
¡Gina! – gritó Othello.
Pero no le escuché, ya no podía escucharle. Mi corazón ya no
le pertenecía, ahora era de Mathew, mi dulce Mathew, mi oscuro príncipe. Su sexo
erecto, expuesto ante mi, parecía pedirme que lo devorara, así que acerqué mi
boca a él. Mathew puso sus manos sobre mi cabeza, mientras su mirada se perdía
sobre Othello.
¡La has perdido, condenado imbécil! ¡Las has perdido a
ambas! ¡Te advertí que no le hicieras daño a mi princesa o lo pagarías caro!
¡Ja, ja, ja, ja! – su risa sonó como un estruendo en mis oídos, mientras mi
boca se cerraba sobre su erecto pene y empezaba a succionar.
Mis colmillos se deslizaron suavemente sobre la caliente
carne, y Mathew se estremeció. Seguía riendo, mientras yo podía comprobar que
dejaba de sentir los pensamientos de Othello; ya era un vampiro casi por
completo, y sus pensamientos se cerraban para mí, su creadora.
Me concentré en darle placer a Mathew, acaricié sus huevos,
mamé su polla y la saboreé.
¡Ven Princesa! – me pidió Mathew, haciéndome poner en pie.
Me cogió por la cintura, me elevó frente a él, aupándome, y
me dejó caer sobre su pene erecto, altivo, llenándome por completo. No
abrazamos. Sus labios se posaron sobre mi cuello y los míos sobre el suyo.
Comencé a moverme sobre su falo erguido, mientras él me sujetaba por las nalgas,
ayudándome a subir y bajar. Yo me apretaba contra él una y otra vez,
sintiéndole, llenándome de él. Mi cuerpo estaba ansioso de sentirle, de amarle
como hacía mucho tiempo que no le amaba. Nos miramos a los ojos. Y él me dijo:
Te amo, Princesa, te amo.
Te amo, mi oscuro Príncipe - le correspondí.
Ambos nos habíamos olvidado ya de Othello, que estaba sentado
en un banco, dándonos la espalda, a unos metros de nosotros.
Me sentía llena, y amada, mientras ambos gemíamos y nos
estremecíamos de placer, sintiendo la pasión que destilaban nuestros cuerpos.
Una pasión única, que sólo podíamos sentir con alguien de nuestra especie.
¡Noooooo! – gritó Othello desde el banco, probablemente
estaba sintiendo la pasión que había entre Mathew y yo en ese momento,
descubriendo que mi amor por él estaba muriendo dentro de mí y quemándole su
corazón.
Yo seguía cabalgando sobre el erecto falo de mi amado Mathew,
el fuego de la pasión recorría nuestros cuerpos y nos quemaba dentro. Sentí como
su pene se hinchaba dentro de mí, mientras mi vagina le estrujaba. Nuestros
movimientos se hicieron vertiginosos y en pocos segundos su esencia se derramó
en mi, a la vez que mi cuerpo estallaba en un demoledor orgasmo. Cuando dejamos
de convulsionarnos, él me posó sobre el suelo, nos abrazamos y mirándonos a los
ojos nos dijimos al unísono:
Te amo.
No vestimos, y entonces, Othello, sentado y abatido sobre el
banco, me preguntó:
¿Por qué? ¿Por qué me has hecho esto?
Porque quitarle la vida a ella y condenarte a ti a la vida
eterna era el mejor castigo para reparar el daño que me has hecho.
Sabes que no lo hice queriendo.- se justificó.
Si, pero te advertí que amar a un vampiro es duro. Que
debía ser para siempre o no podría ser.
Lo sé, pero no podía amarte eternamente. Lo sabes.
Lo sé, en el fondo la culpa es mía. No puedo pedirle lo
eterno a un simple mortal.
Ambos nos echamos a llorar. Mathew que estaba junto a mí, me
cogió de la mano y me dijo:
Vamos, vámonos de aquí.
¿Y él? – le pregunté – Sabes que sin nosotros no podrá
sobrevivir.
Mathew se acercó a Othello y le tendió la mano.
Anda, vamos, tienes muchas cosas que aprender y seguro que
pronto encuentras alguna mortal que te ame eternamente.
Othello se levantó, Mathew volvió junto a mí, pasó su brazo
por detrás de mis hombros y empezamos a caminar, unos pasos más atrás Othello
nos seguía, abatido, mirando el cuerpo inerte de Julieta. Mathew me miró,
adivinando lo que estaba pensando (él no podía leer mis pensamientos por ser mi
creador) y el cuerpo empezó a arder, desvaneciéndose en pocos segundos. Y juntos
los tres nos perdimos en la oscura noche.
Erotika, (Karenc) del grupo de autores de TR.