La vida no cambia, lo que cambia es uno. Aun me puedo ver
como aquel jovencito idealista y lleno de energía. Ahora ya no soy tan jovencito
ni tan lleno de energía, y todos esos ideales se han transformado en accionas,
la mayoría. Sobre la cama, mi amada esposa me mira con amor, con esos ojos
bellos. Aunque está llena de enrojecidas líneas por todo su cuerpo, las cara
llena de semen reseco y ojos desvelados, aun reconozco en ella a la que fue mi
novia, la hermosísima mujer con la que me casé.
Recuerdo el día de mi boda como si hubiese sido ayer, Indira,
entonces solo mi novia, caminó hacia el altar vestida de un blanco impecable,
como su virginidad, escoltada por su viejo, que no cabía en si de felicidad y
orgullo. Ella era su hija más pequeña, la consentida, y yo me la iba a llevar
para siempre. La recepción en un hotel capitalino fue excelente, los invitados
se divirtieron de lo lindo, al igual que Indira y yo. Y luego, para cerrar la
noche con broche de oro, abordamos el avión que nos llevaría hasta Belice, donde
tendríamos nuestra luna de miel.
Yo estaba más caliente que una estufa, no lo podía ocultar y
ella lo sabía, sabía bien lo mucho que me costó aguantarme mientras anduvimos de
novios, ella deseaba llegar virgen al altar. Y yo, que aunque deseaba tener sexo
con toda mi alma, la amaba a ella a más no poder (siempre la amé así y la sigo
amando igual todavía), con los ojos cerrados y sin pensarlo acepté.
¿Estás segura que eso es lo querés?… digo, hacer el amor
debe ser de lo más rico.
Si, eso es lo que quiero… Jorge, es que es muy importante
para mi, de verdad, que tu seas el primero. ¿No te gustaría amor?… claro, si
tu no estás de acuerdo pues… bueno…
Si, por supuesto… mirá, si es tan importante para ti lo es
para mi también… ¿querés llegar virgen al matrimonio?, pues yo te ayudo mi
amor. – definitivamente esa es una de las respuestas más atinadas que he
podido dar en mi vida.
¡Jorge, te amo mi vida!
Yo también…
Me preocupaba que no fueras a querer, esta relación no es
solo mía y yo te amo. Si me hubieses dicho que no, creo que tarde o temprano
te habría aceptado en la intimidad. – no pude evitar exclamar "¡mierda!" en mi
interior – Jorge, me has hecho la mujer más feliz del mundo hoy, te juro que
va a valer la pena… te lo juro…
Indira me vio a los ojos, con los suyos mojados profundamente
conmovida, y sin pensar se me lanzó encima dándome un beso delicioso, para luego
susurrarme al oído "te amo tanto Jorge… te juro que cuando nos casemos no solo
voy a ser tu esposa y tu amiga… voy a ser tu esclava a tu servicio mi amor, te
lo juro". Obviamente asumí que aquello no era otra cosa que una metáfora, que lo
decía en sentido figurado…
De hecho, aquella promesa se me olvidó, no la recordaba
cuando, en nuestra habitación de ese lujoso hotel de Belice City, ella me dijo
que me pusiera cómodo en la cama mientras ella se preparaba en el baño. Indira
salió de allí completamente desnuda y a gatas como una gata en celo, moviendo
sensualmente las caderas a un ritmo cadencioso, excitante, mirándome con ojos
enamorados y mirada encendida. Su mirada, esa mirada ya la conocía
perfectamente, era la misma que ponía cuando nos estábamos besando y se
calentaba mucho, pero esta vez traía un matiz diferente, más profundo,
definitivo.
Yo, desde mi cómoda posición sobre el colchón, la veía con
incrédulo gesto de idiota, enormemente impresionado. Estaba más que caliente y
veía con un optimismo a prueba de balas mi futuro en cuanto a mi vida sexual
como hombre casado. Y yo que creí que aquel acto inesperado de mi amada era una
espectacular sorpresa, un juego hermoso y espontáneo, preludio de lo que sería
mi futuro a su lado. Tan solo un juego, uno juego lúdico y excitante.
Una vez te prometí que me convertiría en tu esclava… – me
dijo con la voz más sexy que había escuchado en mi vida – pues aquí me tiene,
amo, a tus pies para que disponga de mi como guste.
¡Indira, Indira, sos increíble!… ¡No puedo creer que me
haya casado con una mujer como tu!… ¡De verdad que tengo suerte, muchísima
suerte!
Es lo menos que tu te merecés amor…
Aquello era mucho más de lo que yo esperaba, más de lo que me
imaginaba para mi noche de bodas, yo creía que por su inexperiencia se portaría
tímida e insegura, ya estaba preparado con toda la paciencia y compresión del
mundo. De manera que podrán comprender mi gran sorpresa cuando, sin que yo
hiciera nada, se trepó a la cama y me sacó la verga del pantalón de mis piyamas.
¡Dios mío!… ¡Jorge!… ¡Es que… yo… o sea!… ¿Así son todas? –
no quisiera sonar presumido, pero su sorpresa estaba perfectamente justificaba
pues poseo un pene más largo y grueso que lo convencionales.
No… bueno… no sé…
Yo la veo muy grande.
Bueno, si… es grande…
¿Más grande que la de otros hombres?
Mmmmm… si, probablemente…
¿Cuánto mide?
¿Perdón?
¿Cuánto mide?
No sé, nunca la he medido… – ¡mentira, me sabía de memoria
todas sus medidas!, 24 cm, x 5 de diámetro.
Me quedé aun más mula cuando se la llevó a la boca y se
empezó a atragantar con ella. Aquella era la primera vez que hacía una felación,
lo supe por la torpeza con la que me la agarraba y su falta de pericia para
manejarla (me mordió duro y me la raspó con los dientes). Para mi también lo
era, a mis 21 años nunca antes me había hecho aquello.
Creo que en este punto cabe hacer una aclaración: yo también
me casé virgen. Verán, yo conocí a Indira cuando ella tenía 13 y yo 14 en el
grupo de jóvenes de la parroquia a la que asistíamos, ambos éramos, y somos,
católicos convencidos y practicantes. Desde entonces nos hicimos grandes amigos,
al punto que parecíamos hermanos, ella era mi confidente y mi mejor amiga, yo su
confidente y su paño de lágrimas. Nos hicimos novios a los 17 de ella y 18 míos
y nos casamos 3 años después.
Y ese día, mi amiga, mi novia, el amor de mi vida y ahora mi
esposa… me estaba mamando la verga…
Indira, de 20 años, es una mujer bellísima, como ya se
imaginarán. Rubia, de ojos verdes esmeraldas, nariz fina y boca delicada, una
carita de ángel. Y de cuerpo… ¡puta madre, qué cuerpo! Indira es poseedora de
una par de senos magníficos, blancos, grandes, muy grandes. Colgaban grácilmente
como 2 bellísimos conos de carne firme, de un tórax delgado, con una espalda
estructuralmente perfecta, sostenida por una cintura que no parecería capaz de
hacerlo, literalmente era una cintura de avispa. Caderas anchas coronadas con
unos glúteos redondos, duros, respingones y, por supuesto, grandes. Todas esas
maravillas sostenidas por unas piernas largas que parecían como esculpidas en
mármol, dignas de cualquier templo de la Grecia clásica. ¿Qué si mis amigos me
envidiaban hasta ponerse verdes?… si. ¿Qué si yo lo disfrutaba?… ¡como un loco,
me burlaba a rabiar de todos ellos!
La verdad, a pesar de los chupeteos demasiado fuertes, de las
mordidas y raspones, disfruté de esa felación, se notaba que ella le estaba
poniendo todo su empeño, y más, pues se metía mi tronco tan profundo, que varias
veces estuvo a punto de vomitar.
La tuve que separar de mi miembro, pues ya estaba a punto de
terminar, y yo no quería que fuera tan rápido.
¿Qué pasó? ¿No te gustó? – me preguntó haciendo ojitos
tristes.
¡Me encantó!, pero es que ya me vas a hacer terminar y,
pues, te podía llenar la boca y…
No importa…
¿No importa?
No, ese semen va a ser tuyo, así que no me va a dar asco…
además, si tu me querés llenar la boca de semen, llenámela, total, es TU boca
la que estarías llenando. – me quedé callado, con una enorme sonrisa socarrona
y tonta, aquella mujer estaba resultando ser el sueño de todo hombre… ¡y era
mía!
Tomé yo la iniciativa, la tomé suavemente de los brazos y la
acosté boca arriba sobre la cama, ella solo me veía con ojos llenos de amor y
confianza y se dejaba hacer. Me recosté de costado a su lado y, con las mano
derecha, me puse a acariciarla despacio, suavemente. Recorría con las yemas de
mis afortunados dedos su vientre plano y rosa. Dibujé despacio el contorno de
sus senos, que cuando me atreví a tocarlos, sentía la cosa más inexplicable de
este mundo. Aquellas esperas parecían hechas de la seda más suave y fina de este
mundo, u sus pezones, 2 guindas preciosas que me quería comer.
La calentura me hicieron tomar valor… además de su mirada
limpia y feliz. Me atreví a bajar los dedos hasta enredarlos con su rubia
pelambrera. En ese momento vi como ella cerraba los ojos en medio de una largo y
profundo suspiro, acompañado de una especie de espasmo o escalofrío, que me
dieron la confianza de saber que mi caricia era bienvenida… muy bienvenida.
Mi manos continuó su camino, colándose por en medio de ese
tupido matorral. Como se imaginarán ella no se depilaba, lo cual yo encontré muy
estimulante. Apenas tenía su vello púbico adecuadamente recortado para poder
usar su traje de baño, pero el resto, crecía en total libertad.
Logré tocar sus labios vaginales, y siguiendo el consejo de
algunos amigos más experimentados, me puse a acariciarlos con suavidad,
esperando su reacción. Esta fue abrir las piernas y recoger las rodillas hacia
los lados, aquella era una invitación a continuar.
Seguí acariciándola de esa forma por un buen rato, noté que
su respiración se aceleraba poco a poco… la mía también. Entonces encontré un
tesoro, que nos daría a ambos interminables noches de placer en el futuro: su
clítoris. Nunca antes, ni siquiera sus propios dedos, habían manipulado esa
delicada y sensible área, era una zona totalmente virgen de su cuerpo.
Con muchísimo cuidado tomé ese botoncito de los dedos índice
y pulgar, para ese momento su rostro estaba enrojecido, y en su frente empezaba
a aparecer pequeñas gotitas de sudor. Pero en cuanto lo tomé, todo cambió, ella
se empezó a revolver como una serpiente entre mis manos, cerraba los ojos y los
apretaba, echaba la cabeza hacia atrás y quedos gemiditos comenzaban a salir de
su pecho. Quedé hipnotizado como un idiota al ver como sus senos se mecían de un
sitio a otro según sus movimientos.
Me sentí niño, quise ver qué pasaba si manipulaba más ese
órgano, quise averiguar qué tanto sería capaz ella de sentir… y lo hice.
Tiernamente me puse a frotar con ambos dedos ese botoncito, ella parecía
enloquecer un poco más cada vez, estaba perdida, tan solo gemía, no podía ni
hablar. Y yo me deleitaba mirando como alucinaba del placer.
Entonces estiró sus brazos y me atrapó del cuello, se me
colgó de el como si se fuese a caer a un precipicio. Y mientras tanto, yo
aceleraba los estímulos. La verdad no tenía ni la menor idea de cuánto era lo
que una mujer debía humedecerse, o sea, lo que se considera normal. Pero a mi me
parecía que lo de Indira era exagerado, su flujo no se detenía, caía como un
chorrito desde las profundidades de su sexo. Mi mano estaba empapada, así como
su vulva y clítoris.
¡¡¡JORGE!!! ¡¡¡JORGE!!! ¡¡¡JORGE!!!… ¡¡¡¡MMMMMMMMMM!!!!…
¡¡¡¡AAAAGGGGHHH!!!! – gritó ella cuando el orgasmo la atacó, el primero
orgasmo de su vida y el primero que yo le provocaba a una mujer
Indira… – le dije sin obtener respuesta
¡¡¡¡EMMMMRRAAOOOMMM!!!! – gritaba frases inconexas y sin
sentido, así como palabras ininteligibles.
Indira… ¿Indira, estás bien? – le pregunté, pues sus gritos
eran ahora alaridos.
¡¡¡¡TEMMMM… AAAAAGGGG… AMOOOOO!!!! – y terminó de explotar,
yo la seguía llamando, pero no hacía más que gritar.
Sus ojos estaban en blanco, trabados de tremendo placer que
le estaba dando. Su corazón parecía querer salírsele, sus pulmones no lograban
inhalar todo el aire que necesitaba. Mis manos quedaron empapadas en sus flujos,
su vagina era un charco… simplemente no lo creía posible, mi amada y dulce
Indira berreando como solo había visto en las pornos.
La comencé a besar, ella me correspondió, nuestras lenguas se
unieron en un abrazo conyugal profundo, una comunión de dos almas que se amaban
con locura y que estaban destinadas a unir sus vidas para siempre.
Rodamos sobre la cama, sobre mi vientre podía sentir la
abundante humedad de su sexo. Ella gemía, me besaba como queriendo tragarme. Por
fin quedé sobre ella, con mi tridente apuntándole a su indefenso sexo. Cuando
coloqué el glande sobre su vulva, ella pegó un fuerte resoplido y rodeó mi
cintura con sus piernas, me tomó más fuerte del cuello y, entre jadeos, me
susurró casi sin fuerzas al oído "entrá ya en mi"… no necesitaba más, ella me lo
pedía y sus deseos eran órdenes para mi, siempre la tuve (y la tengo) muy
consentida.
Avisame si te duele amor. – le dije.
Si… – me contestó.
Como les dije, aun era virgen yo también, así que no es que
me la estuviera llevando de experimentado, pero es fácil saber que un pene de
mis dimensiones es difícil de encajar hasta para la mujer más experimentada.
Además, por ningún motivo la quería lastimar, no crean que es hipocresía, aun
ahora no me gusta hacerle daño si de esto no podrá sacar placer.
Empujé suavemente mi ariete, que empezó a separar los
inmaculados y delicados pliegues del sexo de mi amada. Esta pegó un respingo,
abriendo la bocas para jadear. Yo la veía a la cara, pendiente de cualquier
gesto de dolor. Y mientras tanto, yo no dejaba en entrar en su interior,
milímetro a milímetro.
Los ojos de Indira estaban en blanco, su mirada perdida y
extraviada, su cabeza moviéndose de un lado para otro y su cara gesticulando de
forma extraña, no podía adivinar si era de placer o de dolor. Pero pronto
concluí que se trataba de los primero pues, de haberle dolido mucho, me habría
parado. Así que continué entrando.
Aquella sensación era increíble, sentía como una funda
caliente y apretada de carne, muy mojada, iba devorando poco a poco mi pene
parado y duro. Y ella, lejos de quejarse, gemía con fuerza y me sujetada con sus
piernas, rodeándome con ella por la cintura, empujándome hacia su cuerpo. Me
abrazaba fuertemente del cuello y hundía intencionalmente mi cabeza en un
costado de su cuello, podía escuchar y sentir su aliento caliente en mi oído, su
respiración agitada y su voz entrecortada diciendo cosas en susurros que no
podía comprender. Asumí que me estaba diciendo lo mucho que me amaba, pues tan
solo escuchaba, a veces, claramente "amo, amo"… por lo menos eso asumí yo.
Me extrañaba que no sintiera dolor, sentía que mi miembro iba
a la mitad del camino cuando topó, ya no avanzó más. Y por más que continué
empujando, ya no deba más de si, y ella parecía quererme dejar sordo con sus
largos gemidos, que más parecían alaridos. Entonces decidí empezar con los
movimientos de émbolo, sacando un poco, solo un poco, y volviendo a meter la
verga hasta que volvió a topar, eso pareció volverla loca.
¡¡¡¡AAAUUUGGGHHHH!!!!… ¡¡¡¡AAAUUIRERIRIIRRRRRR!!!! – no
podía no pronunciar palabras claras y coherentes, ni siquiera entendibles –
¡¡¡¡UUURRRGGASSSUIUUUMM!!!!
Poco a poco mis metidas y sacadas se iban haciendo más
rápidas, según mi propia calentura me iba embargando. Me impresionó muchísimo la
abundante cantidad de lubricación que ella producía, a cada arremetida mía
sentía como caía a borbotones sobre las sábanas y podía escuchar el sonido del
chapoteo.
Así estuvimos como 30 minutos, 30 minutos de coger, de
meterle la paloma sin parar. Y ella gritó, berreó y sudó a chorros. Y yo, no
podía parar, ella no me dejaba pues me tenía aprisionado a su cuerpo con fuerza…
claro, ni por mula me iba a quitar de allí. Debo decir que me quedé
impresionado, 30 minutos de coger no es poco y son pocos los hombres que logran
aguantar. Bueno, luego sabría que aquello no era exactamente por mis
excepcionales condiciones, de hecho, su lubricación nos causaría más de un
pequeño problemita.
Verán, cuando una mujer se moja demasiado es síntoma de salud
y gran vitalidad, que lo está disfrutando, pero su vagina no produce el
suficiente roce como para que el hombre pueda llegar al orgasmo con facilidad,
recuerden que no todos necesitan lo mismo, algunos requieren de un roce vigoroso
para poder alcanzar el clímax… como yo. En el futuro, Indira y yo descubriríamos
que requiero de un mayor roce para poder acabar rápido. Claro, eso no nos evita
disfrutar de nuestra sexualidad.
Pues bien, a los 30 minutos, más o menos, de sexo, ya no pude
más y lancé mis desesperados chorros de esperma en el interior de su delicado y
deliciosísimo sexo. Fueron lechadas y lechadas, largas y abundantes. Bastante de
mi semen se rebalsó de su vagina ya inundada, y ella gritaba y gritaba. Luego
nos quedamos quietos, yo encima de ella y así nos dormimos.
Fue maravilloso, fenomenal. Como verán no fue una cogida del
otro mundo, como esas que constantemente se describen en los relatos. Pero de
verdad que fue buenísima.
Desperté al otro día a su lado, su cuerpo estaba desnudo, las
sábanas se habían caído de la cama. Ese hermoso par de senos blancos, grandes
firmes turgente, me invitaban a acariciarlos… obvio, lo hice. Ella abrió los
ojos entonces, y me vio con amor, cariño, complicidad, intimidad.
Buenos días, tentón. – me dijo.
Buenos días amor… ¿dormiste bien?
¡Muy bien! Y tu parece que te despertaste muy ocupado,
¿verdad?
Anoche me dijiste que eran mías… – dije con cara de niño
malo.
Y lo son mi amor… perdón… mi amor y señor… – me lo dijo con
una gran sonrisa en los labios, yo pensé que solo era una broma.
Bajé con mi mano hacia su sexo y lo toqué, ella cerró los
ojos y me sonrió. "¿Otra ronda?" le propuse, pero entonces ella abrió los ojos e
hizo un gesto de dolor.
¡Cuidado allá abajo Jorge, me arde mucho!
¿Qué te pasó? – que pregunta tan estúpida.
No sé, dejame verme…
En ese momento me levanté un poco y vi una gran mancha de
sangre en las sábanas, mezclada con semen reseco y sus jugos ya secos también.
Ella se asustó, y hasta ese momento reparó en que le dolía mucho y que la había
lastimado. Y yo me sentía como una cucaracha.
Se fue al baño a limpiarse, se tardó como 15 minutos, luego
salió, su carita estaba triste.
¡Tengo muy irritado allí adentro! Y creo que te llevaste un
buen trozo de piel.
¡Perdón mi amor! ¡No sé que me pasó! ¡Mierda, debí parar a
tiempo!
Nos sentamos sobre la cama, no sabía donde meter la cabeza.
Entonces recordé su rostro al hacer el amor, recordé el cuidado que tenía para
darme cuenta si sentía dolor y no, no encontré ningún indicio.
Indira, eso te debió doler anoche… ¿por qué no me paraste?
– ella solo se encogió de hombros – Habíamos quedado en que si sentías alguna
molestia tan solo me tenías que decir.
Es que… no sé, no sé… te juro que… no sé…
¿Cómo así?
no sé como explicarte Jorge, no yo misma lo entiendo… si
sentía el dolor, ahora lo recuerdo bien. Pero en ese momento no me importó… lo
estaba gozando tanto…
Esa fue la primera vez que su instinto masoquista y de
mansedumbre salió a flote. Claro, ni ella ni yo nos dimos cuenta, eso sería en
el futuro. Y claro, ni ella ni yo comprendimos que ella no me hubiese parado. Lo
cierto es que ese fue el inicio de una vida plena y muy satisfactoria que tengo,
de esa vida sexual tan activa y deliciosa… el inicio de esta vida tan feliz que
llevo. Más adelante les contaré como fue que pasamos de ser una pareja
conservadora e inocente, a una de pervertidos. Hasta pronto.
Gran Jaguar.
Si desean que continué con esta historia, háganmelo saber a mi
correo electrónico. También acepto sugerencias y comentarios.