Una madre fresca y lozana (2)
Después que María me contó con vivos detalles cómo
follaban la madre y el hijo, pensé seriamente qué sucedería si los
sorprendiera el padre, pues Rodrigo solía aparecer repentinamente y la
pareja amante, entregada a la novedad y la lujuria, se descuidaba. Alberto
la requería de amores continuamente y se atrevía a buscarla hasta en su
dormitorio. Ella trataba de contenerlo pero el deseo podía más. Se
regocijaba mucho con el sexo por detrás, nuevo descubrimiento de su vida,
por el que se hallaba siempre dispuesta a bajarse la braga para que Alberto
le diera por allí, sin desvestirse más. De rodillas, apoyaba su cuerpo en la
cama y el muchachón le abría las piernas desde atrás y entonaba el culo con
lubricante para que no le doliera nunca, la gozaba como madre y mujer pues
veía muy contento, cuánto le agradaba que le dieran duro y se corrían juntos
gritando y gimiendo de placer. A veces, como hacía calor, Alberto la
desvestía totalmente, le gustaba acariciar el pelo negro que ocultaba su
madre, muy cuidado y largo. Ella se distraía mamándolo, para tenerlo duro y
a su gusto, y llegado el momento, que generalmente elegía ella, le pedía que
la penetrara. Las delicias se multiplicaban cada vez más, la madre se
retorcía bajo el vigoroso mandato del pene de su hijo, levantaba las caderas
buscando mejores posiciones o lo cabalgaba, mandando ella los lugares por
los que quería ser tocada, la ligereza de su peso permitía que el hijo la
moviera por las caderas a su antojo, mientras le chupaba las tetas y le
mordía los pezones rozados, tan de su gusto. Las uniones parecían eternas,
porque descubrieron la manera de prolongarlas discretamente. Se olvidaban de
todo, del tiempo y la hora.
María me contó aquello que tenía que suceder tarde o
temprano. Llegó Rodrigo mientras se entregaban al apasionado abrazo, Alberto
estaba perdido gozando y la madre en cuatro patas, recibía los golpes del
pene juguetón en su trasero, mientras que con su dedo se estimulaba el
clítoris, esperando que el orgasmo la sorprendiera. En eso se entretenían,
cuando silenciosamente entró Rodrigo, la mujer al verlo se paralizó y el
hijo se descabalgó rodando al suelo. Desde allí miraba a su padre con los
ojos redondos como ases de oro. Con una seña el padre le indicó al hijo que
se fuese, siempre en silencio. Con Leonora a solas, Rodrigo meditaba qué
hacer, por un lado se sentía contrariado, disgustado, por otro, se
sorprendía de ser dueño de una erección como no tuvo en años, el pene
saltaba en su trusa, empujaba por salir y darse un gusto. La esposa aún
arrodillada, lo miraba relamida y caliente aún, sin saber qué hacer. La
abstinencia que tuvo Rodrigo en esos días pudo más y sacó su polla que su
esposa mamó por primera vez en su vida de casados, él se dejó hacer echando
el cuerpo por delante y la cabeza atrás. Cuando advirtió que se corría,
Leonora le apretó el glande para detenerlo y prolongar la erección, entonces
comenzó a desvestirlo. Ella con gestos le indicó que la poseyera por detrás,
como había visto lo hacía su hijo. Rodrigo que echaba fuego de calentura,
obedeció a su esposa, la trató como si fuese mujer nueva y creyó encontrarse
en el mejor de los mundos cuando la metió. Leonora gozaba ese pene que
conocía muy bien, le gustaba, pues nunca se lo había dado por atrás, era más
pequeño que el del hijo, pero igual de atrevido y rendidor. Leonora estaba
desconcertada por el vigor del viejo, que se portaba tan bien y cumplía como
su retoño ahora ausente, pensaba que saldría ganando y que tendría dos
pollas a su disposición, pues el esposo se dedicaba a sus tetas con pasión
olvidada, como nunca lo había hecho antes y le apoyaba la cabeza en la
espalda resoplando como un buey, parecía no molestarle lo que hizo con su
hijo.
Después de correrse, tomando aire, le preguntó que había
hecho con Alberto.
- Cuidarle de las putas - dijo muy segura Leonora -
quería ver las putas y no sabía que podía enfermarse, además se daba a pajas
y molestaba a María la mesera.
- Entonces interviniste tú.
- Pues sí, le regañé y le dije que antes que permitirle
ver ramera, su madre lo cuidaría y le daría gusto, que para eso estaba ella
que era madre fresca y lozana.
- ¿Y lo demás?
- Vino solo, él comenzó a llorar y tú sabes cómo me
pongo- dijo Leonora -. Es que Alberto es muy mimoso y quiere verme contenta
– agregó Leonora – se encaprichó con lo de atrás y tuve que darle gusto.
- Como a ti, que lo haces muy bien, me has arrancado
lágrimas de placer, te sentí tan recuperado y ansioso.
Mientras decía esas cosas, Leonora había tomado el pene
de su esposo y lo estaba resucitando con su boca, y el muy cruel como si
tuviese vida individual y propia, se volvió muy duro, ante los ojos de
Rodrigo que miraba asombrado y le dijo:
- Esposa mía me parece sabio y prudente que hayas
dirimido un problema hogareño, que antes de hacerlo motivo de escándalo fue
de placer, porque si hacemos mal a aquellos a quienes queremos qué
tendríamos que hacer con aquellos que odiamos
Leonora no perdió la oportunidad de mamarlo muy bien y
ponérselo por delante, dándole al viejo gustos que creía perdidos.
María comprendió que el relato comenzaba a cansarme,
entonces abrevió. Me contó que el hijo había escuchado todo desde la puerta.
La madre lo había visto y asiéndole señas con una mano le pidió que
aguardase.
Le sugirió a Rodrigo en plena faena, si no deseaba dejar
pasar al chiquitín que estaba triste y ansioso de volver con ellos, que nada
podía contar de lo que veía o hacían, pues nadie lo creería debido a su
ligero retraso que todos conocían. Rodrigo que la estaba pasando muy bien le
dijo que sí, no le importaba, pues se encontraba muy concentrado en lo suyo.
Entró Alberto a un llamado de su madre, lo hizo tender a su lado, ella salió
de los brazos del viejo y ensartó su trasero en la dura verga de Alberto y
echándose hacia atrás, llamó a Rodrigo para que la siguiera poseyendo por
delante como hasta ese momento. ¡Qué blanca se veía la menuda mujer entre
los cuerpos de sus hombres que la emparedaban!
Tan pequeña, aguantaba la doble penetración como báquica
posesa, desparramaba babas por todos lados, gritaba, gemía y chillaba, como
marrano que va al matadero, de gozo inimaginable, nunca creyó que madre
alguna recibiría tanto placer en un solo momento de su vida por parte de su
esposo e hijo, como lo estaban haciendo ellos, quienes la sacudían a más no
poder. Se corrió primero Rodrigo, quien se apartó y el hijo, bien enseñado,
ni lento ni perezoso la cabalgó por delante hasta la gran corrida final, que
tardó en llegar para mayor placer, y la lograron juntos. ¡Así se folla! -
agregó María muy entusiasmada.
Yo retenía mi cabeza entre los frescos pechos de María,
duros en los pezones rozados que tocaba como jugando. Ella esperaba algún
premio por el cuento y se lo di.
Cuando descansábamos, le expliqué que tenía que viajar
hasta una finca, no muy lejana de allí para consultar la biblioteca de
cierta mujer joven que su esposo abandonó en la flor de la edad. María solía
trabajar con ella los fines de semana y también conocía las peculiaridades
de esa familia.
- ¿Quieres que te cuente? – preguntó interesada la
muchachita, pues le había tomado gusto a relatar para un hombre ardiente
como yo, historias de algún morbo que ella aprovechaba.
Enriqueta, que así se llamaba la mujer que yo tenía que
visitar, vivía alejada de las ciudades en finca de su propiedad cerca de uno
de los caminos principales. Su marido egresado de la Universidad de Coimbra,
se fue y no ha vuelto a saber de él, tal como lo pensó la última vez que lo
vio alejarse por el sendero arbolado.
Se quedó prácticamente sola con dos hermosos hijos que
criar, un varón, una adolescente. La soledad contribuyó para que los educara
a su manera. Ahora Alfonso estudiaba en la universidad como lo hizo su
padre. Su hermana Juanita, quien durante las clases vivía en el departamento
de la familia de la ciudad cursaba el colegio secundario Enriqueta ama a sus
hijos, la familia pasa las vacaciones de verano en la finca.
Hacía mucho calor mucho durante la estación - contó María
lentamente - como hoy y todos vestían ropas ligeras cuando los vi, se bañan
en la piscina.
Un día la madre, Enriqueta, estaba bajo la ducha, cuando
entró el hijo mayor al baño. La vio desnuda, pareció asustarse pero ella le
dijo que no temiera, que si quería podía ducharse con ella. Aceptó. Se quitó
la ropa y se introdujo en la cabina, comenzaron a jugar. De pronto, el hijo,
conmovido por la belleza de la madre, sintió que su miembro se erguía. Era
normal para su edad y, además, se le movía involuntariamente. Se puso rojo
de vergüenza. La madre rió y le dio un beso para disipar la tensión, no
quiso seducirlo, pero él casi sin darse cuenta, la tomó de la cintura y la
atrajo hacia sí, apretándola fuertemente contra su pecho. Ella, conmovida,
sintió que sus mejillas le ardían y el rubor coloreaba su cuerpo, sus
aureolas, la cara; se le hincharon los pechos y se encabritó su molusco, lo
deseó como mujer sin proponérselo, lo volvió a besar, ahora con pasión, y
sin pensarlo le tomó el pene con la mano y se lo colocó entre las piernas. Y
se gustaron, cuánto se gustaron. Entendió que podía ser completamente madre
y que se convertiría con el hijo en lo que ambos deseaban. Y se desearon.
Temblorosa, lo besó largamente, le indicó cómo podía poseerla de pie. Él lo
hizo y estuvo dentro de su madre. Y fueron amantes. A él le gustó muchísimo
el debut y ella gimoteaba, lloraba o se reía, según se sucedieran las
emociones fuertes que vivieron durante la larga unión. Advirtió
sensiblemente, en sus entrañas, el final y se afirmó con las dos manos en el
cuello del hijo que la sostenía por los muslos, ella movió sus caderas
acompasadamente para provocar el lance deseado, el espasmo, que llegó fuerte
y abundante, nunca había sentido algo igual en su vida y lo descubrió con el
hijo. Tomó aire y se secó las lágrimas de felicidad con la mano. ¡Estaba tan
orgullosa de ser la primera mujer un la vida de su hijo! Luego fueron a su
cama y lo hicieron otra vez y otra vez. Descansaron y se rieron emocionados
No podían creerlo pero lo habían logrado. Ella sabía muy bien que el hijo
deseaba unírsele nuevamente, había escuchado los latidos de su corazón
emocionado, el suyo también lo estaba, buscó con los dedos el pichón caído,
le hizo levantar la cabeza y lo mamó hasta que lo juzgó bien erecto y duro,
repitieron la unión que siempre terminaban juntos.
La madre buscó otros momentos de soledad, hizo una larga
lista de cosas necesarias para la cocina y el hogar, le pidió a Juanita que
las fuera a comprar. Tardaría unas dos horas en volver. Apenas se fue, miró
al hijo, quien sonrió, le pidió que guardara todo mientras ella preparaba la
cama, se amaron apasionadamente esas dos escasas horas.
María me aseguró que este también era un hecho verídico
de madre fresca y lozana, pues Enriqueta tenía treinta y pico de años muy
bien llevados, era alta rubia y espigada, con hermosos ojos verdes, muy
blanca, con senos medianos, juveniles, que le saltaban en los movimientos
gimnásticos que practicaba.
Juanita llegó - continuó María –cuando Enriqueta estaba
preparando la cena. Alfonso leía en su cuarto. Llamó a cenar. Ella levantó
la vista y pensó que estaba llevando una buena vida, cuanto había a su
alrededor le pertenecía y lo amaba. Esperó que Juanita después de comer, se
fuera a hacer sus tareas, el hijo se le acercó y la besó tierna y
apasionadamente. Le preguntó qué harían en los próximos días, cómo
continuarían.
- Como hasta ahora - le respondió, pero se amarían
sigilosamente, como lo habían hecho hoy, porque tendrían que cuidarse, lo
sabían.
Al día siguiente, Juanita se marchó de paseo en
excursión, le había dejado todo preparado antes de que se fuera. Alfonso, su
hijo se acercó nuevamente y la besó. La madre le aclaró que tenían el día
entero para los dos. Sonrió y la volvió a besar.
María observó mi cara y yo la de ella, dudaba de que todo
el relato fuera auténtico, se trataba de personas muy formales, muy
conocidas.
María me dijo:
- ¿Y qué? ¿Los formalitos nunca hacen nada de esto? ¡Hay
cada historia en estas tierras! Y continuó:
En su dormitorio Enriqueta, trató de hacer el sexo como
le gustaba y le pidió que la siguiera. Se desprendió prenda por prenda,
ordenándolas, hasta quedar desnuda, él hizo lo mismo. Se acercó y lo cubrió
de besos.
Admiraba el cuerpo del hijo tan bien formado, atlético,
de excelente nadador, y él, el de ella, que durante años se había mantenido
tan bien, con buenas piernas, firmes pechos y generosas caderas. Se
desplazaron bien sobre la cama, ella sentía sobre el vientre el calor y la
dureza del miembro que se movía irritado.
Le aclaró que estaba en periodo de fertilidad y que sería
necesario usar protección. El hijo estaba ansioso, como de costumbre, la
madre le pidió que se echara de espaldas en la cama mientras ella se ubicaba
a horcajadas sobre él y restregaba los labios de su vulva sobre el miembro
duro, al mismo tiempo que lo besaba y acariciaba, él tocaba los pechos y
respondía caricia por caricia, beso por beso, en los labios, en los pezones,
jugaron un buen rato. La madre creyó que ya era el momento de usar la
protección, lo sacó para colocarlo. Él la miraba extrañado y un poco
atónito. Con ambas manos ella ajustó el condón al miembro del hijo, quedó
bien. Luego se levantó un poco y con una mano lo introdujo entre sus jugosos
labios, y lentamente fue bajando su cuerpo. Estaba todo adentro, pubis con
pubis y comenzó a contonearse. No era lo mismo, lo veía en el rostro de su
hijo, ella notaba que faltaban los lubricantes naturales que tanto placer
les dieran, la sensación anterior le parecía hechizo. Confiaba en mantener
el ritmo de la cópula y en hacer que el hijo sintiera la presión de sus
músculos internos que manejaba tan bien.
El hijo se fue conformando y olvidando. La madre lo hacía
bien y él la sintió plena, se incorporó y la sentó sobre sus piernas,
siempre sosteniéndola con firmeza, estrechándola apasionadamente. El hijo
había descubierto las orejas, el cuello, los ojos, los párpados. ¡Cómo amaba
todo eso! Recuperaron los besos y se entregaron vivamente el uno al otro, se
convulsionaron y llegó la descarga fuerte y abundante del hijo que Enriqueta
prefirió sobre el cuerpo, su orgasmo había sido correspondido y deseado.
Mientras regulaban el aliento, juntaron sus frentes en
ángulo agudo hacia abajo, se miraban a los ojos y reían.
-¿Y? - le preguntó la madre. No es lo mismo pero no está
mal - respondió el hijo.
- Y ella dijo - es algo y podemos lavarnos más
rápidamente.
Se tendieron nuevamente en la cama. Él la puso de espalda
y jugó con su cuerpo. El gozo de la madre era doble y se sentían bien. El
hijo estaba arriba y lo introdujo lentamente hasta sentir unido su pubis con
el de la madre y reanudaron los movimientos. Ella, jadeando, trató de
consolarlo, de recompensarlo, moviéndose frenéticamente y el nácar saltó
enloquecido bañando nuevamente su cuerpo.
Vestidos, esperaron tranquilamente el regreso de Juanita.
Volvieron a disfrutar con libertad pues tuvieron algunas horas de intimidad.
En uno de esos días mientras estaban descansando de su
primer orgasmo, acurrucados el uno contra el otro, la espalda de la madre,
de costado, daba al frente del hijo, la madre sintió la fuerte erección.
- ¿Otra vez? - le preguntó alegre - y le pidió,
levantando una pierna, que la colocara a lo largo de la zona de la vulva, el
hijo lo hizo y ella bajó la pierna. El miembro estaba tocando el vello
púbico de ella, que era sedoso y el hijo comenzó a moverlo de atrás hacia
adelante conservando siempre esa posición de costado.
El hijo disfrutaba mucho ese contacto. Luego ella volvió
a levantar la pierna y con la mano se llevó el miembro del hijo hacia su
vagina ahora mojada y le pidió que la penetrara así. La respuesta fue
inmediata, el hijo se acomodó bien y entró arrebatador como siempre.
La madre besó al hijo con todo el cariño y amor del
mundo, que sólo puede darse en este tipo de casos en que la conjunción es
perfecta. Él le besaba las tetas y chupaba los pezones estimulándola
adecuadamente.
El hijo y la madre no dormían juntos por la noche.
Ocupaban sus respectivos cuartos. Podía ocurrir algo imprevisto, un
contratiempo y ser sorprendidos. No lo deseaban, no les gustaba que se
rompiera el secreto ni las concomitancias que pudieran implicarlos. A veces
hasta les gustaba el miedo de la confabulación, de la conspiración, que daba
tanto encanto a su unión tan singular.
Esa noche la madre estuvo muy nerviosa y agitada, no
podía conciliar el sueño y sus pensamientos volaban hacía los días de sexo y
amor con el hijo. ¡Cómo lo disfrutaba! El ardor y poder sexual se apoderaron
de ella, era irresistible, todas las aventuras del mes la habían estimulado
mucho. Finalmente se le ocurrió llamar al hijo para que la acompañara. Fue a
su cuarto, no quería despertarlo, si dormía lo dejaría, pero el hijo estaba
con los ojos bien abiertos, agitado y ardiente como la madre.
-Vamos a mi cama - le pidió ella.
Interrumpí a María para preguntarle cómo supo tantos
detalles y me respondió que yo
no comprendía lo fuerte que es la curiosidad de las mujeres
cuando se lo proponen. Mil ojos
eran los míos para regalarme con esas escenas. María como si
no la hubiera interrumpido
continuó el relato:
Se desnudaron para contemplarse y estar más frescos. Se
besaron y acariciaron sin unir sus cuerpos. El hijo estaba transpirado y
nervioso. Por fin la madre como delirando tuvo una idea que le hizo dar un
brinco al corazón. Él vio que lo miraba como poseída, ella se ubicó con las
manos y las rodillas sobre el colchón, como una banqueta.
El hijo la tocó muy suavemente, viendo sus reacciones.
Ella parecía no sentir dolores abdominales, siguió y siguió hasta que obtuvo
el resultado esperado, no la había penetrado pero jugaba bien entre sus
glúteos, el hijo tenía el miembro muy duro, ardiente e hinchado. El corazón
también a él le saltaba en el pecho y cuando ella le pidió que la apoyase
por delante tan suavemente como lo había hecho con la parte de su cuerpo que
le había ofrecido, tembló. La ubicó de espalda, se puso de rodillas y se
acomodó entre sus piernas, sobre ella, tomó el miembro con la mano y lo
dirigió hacia su vientre ardiente y se arqueó al sentir el contacto. El pene
descansaba allí, por afuera, sin causarle dolor, pero moviéndose, la madre
lo podía sentir como si la unión fuese correcta. El juego siguió y ella
comenzó a ondularse felinamente,
el hijo la besó y besó, y tomó los pechos con ambas manos
para acariciarle los pezones erectos. Se movía lenta y suavemente, como si
la estuviese poseyendo por dentro, ella lanzaba grititos e interjecciones
que denotaban el placer que recibía, se volvió a arquear voluptuosamente y
se onduló más y más, el hijo que estaba ansioso gozó así a la madre, ella se
sacudió estremecida de placer, gimiendo su propio orgasmo, mientras recibía
por fuera la mancha blanca de su hijo amado.
La madre le dijo que fuera a lavarse bien. Así lo hizo y
cuando regresó se dio cuenta de que ella estaba ocupando el otro baño.
Apareció vestida con la ropa de dormir. Le pidió que se
fuera a acostar en su propia cama. El hijo se fue contento porque comprendía
que aún con la regla podía tener a la madre, no le pareció un sacrificio
sino una manera más de darse amor. Ahora ambos podrían dormir, la tensión
nerviosa había desaparecido.
María se dio cuenta, porque la estaba tocando bien, que
la volvía a requerir y feliz se dejó hacer todo cuanto se me ocurría, luego
le tocó el turno a ella que se atrevió a muchas cosas nuevas de su
invención. Resoplabamos felices nosotros también después de prodigarnos
tanto. Ella me decía halagadora que conmigo era otra cosa, que duraba mucho,
mucho. Yo no cantaba sus orgasmos, sabía que disfrutaba.
Al tercer día – dijo María retomando el relato - el hijo
volvió sudoroso y fue a ducharse. Salió, y en pantaloncito se dirigió a la
cocina. La madre había terminado de preparar la comida, frugal por cierto,
mientras tomaba una copa de vino blanco, el hijo abrió una cerveza para
aplacar su sed y la bebió de un trago. A continuación, se acercó a la madre
que estaba de espaldas, la estrechó entre sus brazos y la besó en el cuello
hamacándola, mientras le murmuraba cuánto la amaba. Una mano la deslizó por
el escote hasta tocarle un pecho. La madre quiso sacarla pero no pudo, lo
dejó hacer. El hijo, con no poca habilidad, le desabrochaba el vestido, le
tocaba el tenso vientre y bajaba más y más. La madre trató de liberarse,
pero cuando el vestido estuvo bien abierto, se dio vuelta y lo besó tierna y
apasionadamente. Ella le respondió con otro abrazo. El hijo siguió sacándole
el vestido, ella lo ayudó. Quedó en sostén y bragas, volvió a estrecharla y
a atraerla hacia sí, como lo hiciera la primera vez en la ducha, la madre
sintió el miembro hinchado del hijo:
- ¡Tanto tiempo! ¿No? - dijo sonriendo.
- Mucho - le contestó a su madre – demasiado.
La tendió sobre la mesa y le desprendió el sostén para
jugar con los pechos tiesos y prietos, la madre terminó de sacárselo. La
besó toda y con ambas manos le sacó las bragas. Luego se bajó y sacó el
pantaloncito. ¡Estaban tan expuestos! La madre abrió las piernas, el hijo la
atrajo hacia el borde de la mesa le levantó las piernas y la penetró.
Lo hizo cuidadosamente para no causarle dolor y la tomó
de las caderas para moverla y moverse mejor. Ella se incorporó y lo besó por
todos lados. El hijo hizo lo mismo.
Durmieron muy bien, sin importarles la hora, la madre se
despertó primero y se vistió para tomar un café. Al pasar por el cuarto del
hijo éste la llamó, ella entró y se sentó al borde de la cama, él le pasó la
mano por el pelo, ella lo acarició.
Tomaron café. La pileta de natación estaría llena al
atardecer.
Alfonso pensó que su madre llamaba traje de baño a una de
sus tantas y diminutas prendas de dos piezas que intercambiaba con
frecuencia cada vez que tomaba sol y para no marcar su cuerpo dorado.
Enriqueta se colocó una amarilla. Le quedaba muy bien con
el color de la piel que había tomado en esa temporada y armonizaba con el
pelo rubio.
Al verla llegar él la admiró. Se dirigieron a la piscina,
la madre se dio un chapuzón y salió para sentarse en la media sombra.
Soñaba.
Alfonso se fue a colocar su malla, otro pantaloncito.
Luego bebió un poco más de café. Él también se puso a recorrer con su
imaginación lo que habían vivido. Estaba dichoso, le pareció que nunca
volvería a sentirse así. Oyó que la madre lo llamaba y como si ella hubiese
escuchado su pensamiento le dijo que agradeciera y guardara cada momento de
lo que vivía en su corazón. Ella lo sentía así, quizá guiada por los altos
conceptos de la belleza que tuvo y en los que fue educada.
- Esta noche, después de cenar podremos bañarnos sin la
luz que atrae las miradas indiscretas - dijo la madre - tengo ganas de hacer
algo que no hago desde hace muchos años - y acercándose al oído le susurró -
bañarme desnuda en la piscina.
Fue noche cerrada, Enriqueta creyó que había llegado el
momento de tirarse al agua, se despojó de su malla y se zambulló casi sin
salpicar, un salto perfecto, nadó por el fondo y su pelo lacio acompañaba
los movimientos con la suavidad de una medusa, salió para respirar y
acercarse al hijo.
- Está fría - le comunicó - pero me siento tan bien, tan
suelta.
Luego nadó estilo rana hasta uno de los bordes y comenzó
a desplazarse ordenadamente de un borde al otro. Se volvió al hijo para
decirle que se sambullera, que le jugaba una carrera. Alfonso se sacó su
malla y se arrojó al agua. Salió rápidamente a la superficie y se acercó a
la madre aceptando el desafío. Ambos eran nadadores diestros. Más fuerte,
Alfonso sacó alguna ventaja. Luego se pararon en la parte baja.
La madre fue hacia un ángulo y se tomó de los bordes
mirándolo. ¿Era una invitación?. El hijo se acercó lentamente y la tomó por
la cintura, ella lo dejó hacer, se acercó más hasta abrazarla con fuerza y
darle besos en el cuello. Su miembro estaba erguido, lo apoyó y con una mano
lo orientó tratando de hacerle lugar, la madre abrió las piernas y lo ayudó,
pudo introducirlo así. Los cuerpos estaban muy livianos debido a la
inmersión. Lo sacó, dio vuelta a la madre, que se seguía sosteniéndose de
los bordes y la poseyó por delante, mientras la volvía a tomar de la
cintura, acercándola y alejándola. La libertad en el agua, la habilidad de
ellos nadando, dio lugar a muchos juegos amorosos. Cuando terminaron se
secaron bien y se frotaron con las toallas para recuperar la circulación y
devolver el ritmo normal de sus cuerpos.
Comieron. Durmieron.
El hijo dejó y se acercó a la madre, que estaba en la
cocina, con ambas manos deshizo el nudo de la blusa que abierta dejaba los
estupendos pechos desnudos al descubierto, se los besó cariñosamente y la
madre se echó hacia atrás y lo dejó hacer. Le besaba el cuello, las
orejas... Le terminó de quitar la blusa y la estrechó entre sus brazos.
- ¿Otra vez?
- Sí.
- Me voy a bañar -.
- No, no, me gusta olerte así - Se quitó la remera.
Ella aflojó el pantaloncito. Él la levantó en brazos y la
llevó a la cama. Desnudos se dieron caricias hasta que la penetró, apretaba
a la madre y le daba mayor presión a los movimientos pelvianos, la traía y
la alejaba tomándola de las nalgas, los pechos de ella, cuando se
enderezaba, brincaban contra el pecho del hijo. La madre se retorcía con
ardor furioso, como una bacante y gozaba, gozaba, bien acompañada por el
hijo.
Los amorosos enlaces habían hecho desaparecer los sueños
orgásmicos esporádicos de la mujer sana. Cada vez que despertaba, lo
recordaba y era más feliz aún.
El hijo sin más rodeos le preguntó si esa noche la
podrían pasar juntos. Era una imprudencia, lo sabía, pero les quedaban tan
solo dos noches de soledad. La madre dijo que lo pensaría, aunque el pedido
no dejó de halagarla. A ella le gustó la idea, es más, también lo había
pensado, sería tan lindo regalarse toda una noche de placer con el amado,
tan amado.
Siguieron nadando y comenzaron a jugar, hacían figuras,
nadaban por el fondo, y daban vuelta, el hijo la tomaba por los tobillos,
ella salía a la superficie y se volvía al fondo seguida por él que repetía
la maniobra. En el agua se expresa la libertad del cuerpo, cualquier
movimiento sirve para desplazarse.
Se ducharon y volvieron a la cocina, la madre hacía los
preparativos para la cena. A la madre le brillaron los ojos cuando se
dirigió al hijo para decirle con firmeza:
- Sí.-
- ¿Cómo?- preguntó el hijo -.
- Que sí, que dormiremos juntos toda la noche -.
- Por fin - exclamó él - creí que no te decidirías nunca
-.
Ahora se sentían mucho mejor.
Cenaron con gusto.
No describiré la noche, ni cómo la pasaron, pero no
durmieron. Al amanecer la madre con la cabeza sobre el pecho del hijo sentía
sus latidos tranquilos y tranquilizadores.
Enriqueta se levantó y se fue a duchar una vez más. Pensó
en dormir durante el día.
Alfonso acostado en su cama, le pidió a la madre que lo
despertara en dos horas.
Aún quedaba un poco de sol. El hijo le propuso a la madre
si no deseaba darse un chapuzón en la pileta. Se ducharon y pusieron las
mallas. Enriqueta apareció con una verde que hacía juego con sus ojos.
Nadaron un buen rato y se hizo de noche. La madre aprovechó para sacarse el
sostén y luego la parte inferior, ceñidor encantado. El hijo hizo lo mismo y
volvieron a nadar riéndose de la libertad total. La madre se paró en un
ángulo de la parte baja y dio vuelta la cabeza. Él aceptó la invitación.
Ambos desnudos, protegidos por la noche, se regocijaron
como la otra ves y se retornaron a la casa
Pensar que a esa casa tengo que ir yo, le dije a María
sonriendo. Me parece que tú agregaste muchos pasajes según tu
imaginación.
- En absoluto – afirmó María – ya me conoces, cuento
solamente lo que vi. –
- Que nos es poco, parece que estuvieses junto a ellos.
- Estuve como un fantasma junto a ellos y si no me metí
la mano es porque pensaba en ti en la recompensa que tendría.
María tuvo la recompensa, y luego le recité alguno que
otro de mis poemas y pensé que en verdad yo tendría que visitar a Enriqueta
pero mis expectativas habían cambiado sustancialmente. En los próximos días
consultaría libros y trataría de descubrir en las caras de los familiares
algún rastro de las pasiones incestuosas, si es que lo tenían, pues la
experiencia me dicta que no lo hay. La joven con la que yacía me transformó
en persona muy comedida. ¿Seré testigo de los amores entre Enriqueta y su
hijo Alfonso?
Martel