El otoño es la estación que une la juventud y la vejez.
(Cursilerías así vienen al caso)
Ahora, con los cuarenta pirulos él miraba su estaca ya
morcillona e imaginaba cosas que jamás habría soñado.
Ella lo miraba de lejos, a pesar de ser su esposa, y
extrañaba aquellos años de revolcones en los coquetos jardines de los parques y
en las camas desocupadas.
Por aquel entonces las manos en su cuerpo despertaban
ramalazos de electricidad que nacían de su piel para estallar en su interior en
intensas descargas de placer.
Hoy, la fiereza de su sexo masculino amenazaba en vano y la
mecánica de su lengua, casi insensible en dar placer, carecía del saber para
despertarla.
Es el otoño, le había dicho.
Y con aquel dicho se dio vueltas, desnudo en su plenitud,
apoyando sus manos en la ventana, frente al inmenso verdehaber de la llanura
desestructurada por inmensos símbolos eróticos.
Las nalgas de él quedaron a su frente y su lengua no dudó en
atacar cada una de tales protuberancias varoniles y ardientes.
La llama se encendió.
La pala de la mujer recorrió todo lo largo de la abertura y
detuvo su punta en la roseta anal tan custodiada, relajándola en lentos y
redondos lengüetones. Aquella cola hasta entonces inmaculada se abrió, cada vez
más, dando cabida a la ávida y punzante invasora.
Ante la caricia arrolladora de la mujer, enseñoreada de su
culo, el hombre se rindió y relajó su cueva para que aquel cascabel lo penetrara
todo y de una sola vez.
Entregado a su propia esposa, sintió como ésta sacaba, metía
y jugaba con su portento en lo profundo de sus entrañas, haciéndole descubrir
aquel paso que nunca había sido dado.
Ella sacó su apéndice de aquel invernáculo y subió, lamiendo
y mordiéndole por entero hasta la nuca. Sus dedos encremados fueron
introduciéndose en el deseado agujero ensalivado y dilatándolo más allá de toda
austeridad.
Aquel goce no era de este mundo.
En ese preciso momento él sintió la punta del consolador de
su mujer atinando en su roseta y, cual puta casquivana, el agujero se abrió
dando cabida a la cabeza inerte del artilugio.
El dolor lo perforó del centro a la cabeza. Solo sintió la
voz de ella: relájate: hoy serás mío del todo. Y el plástico le desgarró el
esfínter, abriéndole por dentro como un barreno indomable, hasta que sus ancas
pararon la arremetida.
Lo trepanó como una maestra y así aquel receptáculo se abrió
en florecida afinidad.
Cesado el dolor, los gemidos supieron cantarle al placer y,
mientras las manos de ella lo apretujaban en sus pechos y sus huevos, el
consolador lo calaba dando a luz una femeneidad para él desconocida.
Entre estertores se entregó a su mujer que lo culiaba,
metiendo y sacando esa verga machona por el regio canal, mientras con una mano
lo pajeaba en esa tal erección que él jamás antes había logrado.
No puedo más, dijo.
Al instante sus espasmos anal-genitales se expandieron y de
su pene los trallazos de crema mancharon la chirriante cama.
Entranto la mujer plena, tras el masaje de su clítoris con la
grupa de su macho, estalló en un orgasmo largo y perforante, aún más, en el
codiciado culo de su caro compañero.
El sintió como se desquiciaba cayendo de rodillas,
sosteniéndose apenas en el marco de la ventana, con el traste en pompa, el
aparato aquel perforándole los intestinos, y, acompañándole en su caída, ella
supo cómo es penetrar a alguien amado hasta lo más profundo de su ser.
El sintió los pechos augustos —y los pezones hinchados— de su
mujer presionándole la espalda, echó su espalda atrás para aprehender por
siempre su calor y recostó su cabeza el hombro de su hembra. Ella lo abrazó,
protegiéndole. Una de sus manos se posó en el sexo de su hombre, descansando.
Ahora había más para disfrutar y compartir.