Un admirador tuyo (Yo), haciendo de las suyas... buscándote
He pasado tardes enteras buscando, entre pistas falsas, una
que me lleve directo a ti. ¿Recuerdas a tu amigo que te citó afuera de una
estación del metro? ¿Recuerdas? Pues allá mismo he ido a esperarte, por si
apareces nuevamente, maquillada casi tan bien como en tus 15. Cuántas veces no
he creído oler tu perfume (el que creo que usas) y me he dejado llevar por esa
mezcla de flores, cítricos y tu piel; tu, piel que a esa hora debe de estar
cubierta por una finísima película de sudor, el mismo que va a aglutinarse hasta
formar gotitas que resbalan debajo de los senos y entre los muslos, las ingles y
en la rayita que separa y junta tus exquisitas nalguitas, disfrazadas con alguna
falda discreta que revele las formas exactas y, sobre todo, el movimiento de tu
carne.
Algunas veces, con la certeza de que eres tú, camino hasta
que los pasos me hacen alcanzarte; espero a una distancia prudente, para
sentirte, para leer en los imperceptibles movimientos de tus cejas, de tus
labios, o los más claros de tus dedos, de tus piernas; la distancia mínima
suficiente para clavar la mirada en los pezoncitos que deben comenzar a
erectarse debajo de la blusa. Cuántas veces no he tenido que distraerme con los
anuncios de un vagón atestado, para no tener que soportar la mirada
desaprobatoria de la mujer cuyos pechos resultan no ser los tuyos. Aunque debo
decir que también he podido distraer la mirada mientras los dedos se aventuran
al borde una blusa desabotonada, una de tirantes, y dejar, la mirada, perdida en
el espacio, en tanto tú haces lo propio, para distraer a los demás.
A finales de abril, enmedio de una de las primaveras más
bochornosas que recuerdo, te encontré en una estación poco concurrida, al final
del andén. No había nadie más. Yo caminé hacia allá, según yo fingiendo que lo
hacía por casualidad y no por el terrible deseo de abordarte y conversar contigo
sin dejar de sentir la energía de tu sexo. A unos ochos metros de alcanzarte,
llegó el tren, se abrieron las puertas y sonó la alerta. Subiste al principio
del último vagón, y yo quedé a la mitad del penúltimo. Lo primero que se me
ocurrió fue caminar hasta las ventanas de la puerta, pero advertí la mirada de
algunos pasajeros; de hecho, entre ellos me llamó la atención la mirada de una
jovencita que viajaba con su mamá y su hermanita. Como había lugar junto a la
jovencita (ella iba sentada sola, y su mamá y la hermanita enfrente), me senté
al lado suyo. Desde ahí, pude ver que viajabas sola en el vagón. Así me lo
pareció.
—Hazte para allá —ordenó la mamá, y la jovencita respondió
dos o tres palabras totalmente desarticuladas. La miré francamente, con cierta
indulgencia y como pasando por alto que una de sus rodillas se hubiera apoyado
en mi regazo. La jovencita padecía una especie de insuficiencia psicomotriz que
le impedía controlar el habla y su cuerpo.
Al acomodarme mejor para seguir observando el borde de tu
blusa a una distancia dolorosa, mis rodillas chocaron con las de la señora, que
viajaba frente a mí, que sólo sonrió y separó las suyas para hacerle espacio a
mis piernas, y descaradamente se empezó a frotar con mis rodillas, mientras la
jovencita reía y sobaba mi bulto con su rodilla. Entonces, al llegar a la
siguiente estación, en lugar de cambiar de vagón e irme sobre ti, sobre tus
deliciosas tetas que me inspiran estas madrugadas endemoniadas, sobre tu mágica
conchita donde guardas la perla del éxtasis, me quedé sentado, pues, además,
subieron algunas personas en tu vagón.
Al nuestro no subió nadie.