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La dependienta más guarra
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 TODORELATOS.COM Fecha: 05 de Diciembre, 2008.
Fecha: 15-May-05 « Anterior | Siguiente » en No Consentido (945 de 1817)

Detrás de ti

GusanoDorado
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De todo lo que tuvieron que hacer aquellas jovencitas y mujeres que quisieron hacerse pasar por ti en toda la ciudad, y de cómo pude, por fin, encontrarte. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Un admirador tuyo (Yo), haciendo de las suyas... buscándote

He pasado tardes enteras buscando, entre pistas falsas, una que me lleve directo a ti. ¿Recuerdas a tu amigo que te citó afuera de una estación del metro? ¿Recuerdas? Pues allá mismo he ido a esperarte, por si apareces nuevamente, maquillada casi tan bien como en tus 15. Cuántas veces no he creído oler tu perfume (el que creo que usas) y me he dejado llevar por esa mezcla de flores, cítricos y tu piel; tu, piel que a esa hora debe de estar cubierta por una finísima película de sudor, el mismo que va a aglutinarse hasta formar gotitas que resbalan debajo de los senos y entre los muslos, las ingles y en la rayita que separa y junta tus exquisitas nalguitas, disfrazadas con alguna falda discreta que revele las formas exactas y, sobre todo, el movimiento de tu carne.

Algunas veces, con la certeza de que eres tú, camino hasta que los pasos me hacen alcanzarte; espero a una distancia prudente, para sentirte, para leer en los imperceptibles movimientos de tus cejas, de tus labios, o los más claros de tus dedos, de tus piernas; la distancia mínima suficiente para clavar la mirada en los pezoncitos que deben comenzar a erectarse debajo de la blusa. Cuántas veces no he tenido que distraerme con los anuncios de un vagón atestado, para no tener que soportar la mirada desaprobatoria de la mujer cuyos pechos resultan no ser los tuyos. Aunque debo decir que también he podido distraer la mirada mientras los dedos se aventuran al borde una blusa desabotonada, una de tirantes, y dejar, la mirada, perdida en el espacio, en tanto tú haces lo propio, para distraer a los demás.

A finales de abril, enmedio de una de las primaveras más bochornosas que recuerdo, te encontré en una estación poco concurrida, al final del andén. No había nadie más. Yo caminé hacia allá, según yo fingiendo que lo hacía por casualidad y no por el terrible deseo de abordarte y conversar contigo sin dejar de sentir la energía de tu sexo. A unos ochos metros de alcanzarte, llegó el tren, se abrieron las puertas y sonó la alerta. Subiste al principio del último vagón, y yo quedé a la mitad del penúltimo. Lo primero que se me ocurrió fue caminar hasta las ventanas de la puerta, pero advertí la mirada de algunos pasajeros; de hecho, entre ellos me llamó la atención la mirada de una jovencita que viajaba con su mamá y su hermanita. Como había lugar junto a la jovencita (ella iba sentada sola, y su mamá y la hermanita enfrente), me senté al lado suyo. Desde ahí, pude ver que viajabas sola en el vagón. Así me lo pareció.

—Hazte para allá —ordenó la mamá, y la jovencita respondió dos o tres palabras totalmente desarticuladas. La miré francamente, con cierta indulgencia y como pasando por alto que una de sus rodillas se hubiera apoyado en mi regazo. La jovencita padecía una especie de insuficiencia psicomotriz que le impedía controlar el habla y su cuerpo.

Al acomodarme mejor para seguir observando el borde de tu blusa a una distancia dolorosa, mis rodillas chocaron con las de la señora, que viajaba frente a mí, que sólo sonrió y separó las suyas para hacerle espacio a mis piernas, y descaradamente se empezó a frotar con mis rodillas, mientras la jovencita reía y sobaba mi bulto con su rodilla. Entonces, al llegar a la siguiente estación, en lugar de cambiar de vagón e irme sobre ti, sobre tus deliciosas tetas que me inspiran estas madrugadas endemoniadas, sobre tu mágica conchita donde guardas la perla del éxtasis, me quedé sentado, pues, además, subieron algunas personas en tu vagón.

Al nuestro no subió nadie.

TodoRelatos.com © GusanoDorado

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