Antes de que nos vistiésemos y quitásemos
el pestillo de la puerta una vez recompuestos cada uno en su lugar (yo tirado en
la cama simulando echarme una siesta que en realidad ansiaba por lo cansado que
me encontraba y Laura sentada frente a un libro en la mesa del escritorio), mi
hermana prometió que haría lo que pudiese para que Alicia fuera mía. Y cómo
evitar una pregunta que me rondaba la cabeza, si mi hermana estaría dispuesta a
hacer un trío de llegar a conseguir follarme el cuerpecito de la vecina.
Inocente de mí, no hacía falta ni siquiera preguntarlo, lo vivido en la
habitación esa tarde no era sino una breve señal de lo guarra que podía ser mi
hermanita.
Tras la agotadora sobremesa, como teníamos
previsto, Laura y yo nos fuimos para el chalet de Alicia y Manuel, tomando la
precaución de guardar silencio ante los dos, en la medida de lo posible, acerca
de nuestra recién adquirida estrechísima relación fraternal. Desde un principio,
Laura propuso compartir nuestro secreto con los vecinos, segura de que, al
final, no sería lo único que compartiríamos los cuatro. Justo después de
recobrarme de su propuesta de conseguir que Alicia cayese rendida a mis pies y
al resto de mi anatomía, la pregunté si a ella le gustaría estrenar a Manu, a lo
que me respondió que, una vez probadas las mieles de lo prohibido, no iba a
dejar escapar la posibilidad de follarse a un crío de 12 años, siempre que yo lo
viese bien. Una hermana así de sumisa y voy y me entero 15 años desde que le
viese la cara por vez primera... Pero como digo, al final accedió a no comentar
nada hasta que la cosa estuviese a punto para poder conocer en profundidad a los
vecinos. Una vez sellado el pacto con sudor y fluidos diversos en posteriores
homenajes entre mi hermana y yo, agarramos las toallas y nos plantamos en casa
de Alicia y Manu.
La tarde discurrió de forma aparentemente
normal, las chicas se fueron por su lado y Manu yo pasamos todo el tiempo en la
piscina, tirados al sol y refrescándonos en el agua, mientras seguíamos hablando
de curvas femeninas. Tras la conversación de la mañana -obviando por supuesto lo
vivido en el transcurso en el que se había interrumpido la animada charla- no
pudimos evitar terminar hablando de nuestras hermanitas.
- ¿Sabes qué? -le dije a Manu con toda
naturalidad- Cuando he llegado a mi casa esta mañana, antes de comer me he hecho
un pajote pensando en tu hermana.
- ¿Y qué te crees, que yo no me hecho otra
gayola pensando en la tuya? -respondió.
- Pues haces bien, además, no veas lo que
gana en pelotas... -comenté con una sonrisa.
- Pero si no la habías visto desnuda, ¿no?
-inquirió Manu.
- Exacto, no la había visto, pero esta
tarde, cuando hemos llegado a casa para comer... me he colado en la habitación
mientras se cambiaba -tergiversación de los hechos perfectamente argumentada- y
la he visto. Al principio estaba bastante cortada, pero he fingido desinterés
por el hecho de ser hermanos y créeme que he podido echarle un buen vistazo.
- ¡No jodas! -exclamó, y atropellando las
palabras me preguntó- ¿Y la has visto todo? ¿Cómo tiene el coño? Cuenta,
cuenta...
- Pues no te creas que tiene mucho pelo,
rubito, eso sí, y también he podido verle de refilón los labios vaginales.
- Joder, qué cabrón -dijo Manu con claros
signos de admiración y envidia. Si en ese momento le hubiese contado lo que en
realidad ocurrió en la habitación, lo mismo le daba algo.
Justo en ese momento aparecieron las
chicas en escena. Los modelitos de bikinis se repetían, para evitar que el
calentón que por la conversación llevábamos Manu y yo remitiese. Dispusieron sus
toallas en el otro extremo de la piscina, para poder hablar de sus cosas sin que
nosotros cotilleásemos, y en dos o tres ocasiones, pude notar cómo mi hermana me
miraba con una mirada totalmente enigmática, sonriendo con los ojos medio
cerrados desde el otro lado de la piscina mientras escuchaba a Alicia. La
reacción fue sentir un cosquilleo en el estómago por la curiosidad que me
despertaba el hecho de que Alicia supiese ya algo de lo que habíamos compartido
horas antes. Pero confiaba en que Laura aún no había contado nada, precisamente
porque el comportamiento de Alicia era completamente normal. Manu me sacó del
ensimismamiento en el que estaba inmerso, y en voz baja y sentándose sobre la
toalla de espalda a la posición en la que se encontraban nuestras hermanas, para
evitar que éstas pudiesen si quiera leerle los labios me dijo:
- Tío, vámonos para arriba, yo ya no
aguanto más. Si quieres nos turnamos con la revista, nos metemos en el baño
primero uno y después el otro y más tranquilos que nos vamos a quedar.
La verdad es que, en esos momentos, por
ver difícil la posibilidad de echar un polvo bien con Alicia, bien con Laura, un
buen pajote se me antojaba casi necesario. Pero, ya curtido en intentar evitar
cualquier interrupción, caí en la cuenta.
- Pero tus padres están dentro, ¿no?
- Sí, pero están viendo la tele en el
salón, decimos que vamos a la habitación para jugar a las cartas por ejemplo y
listo.
Joder con Manu, tampoco andaba mal
planeando coartadas. Dicho y hecho, los dos nos fuimos para la casa justificando
ante las chicas que estábamos ya cansados de tomar el sol y que íbamos a
subirnos un rato a jugar a las cartas, excusa que repetimos ante los padres de
Alicia y Manu una vez nos vieron pasar por el salón hacia las escaleras para ir
al piso de arriba.
Una vez en la habitación, Manu sacó la
revista de debajo de la cama, sacó de un cajón una baraja de cartas y las dejó
sobre una mesa.
- Vete tú primero para el baño con la
revista, luego voy yo -dije, mientras disponía las cartas sobre la mesa para
preparar la coartada.
Cuando Manu desapareció tras la puerta del
cuarto de baño, situado justamente enfrente del dormitorio, una idea perversa se
me cruzó por la cabeza. Desde la ventana de la habitación podía ver parcialmente
a las chicas en la piscina, los árboles del jardín se interponían en la visión,
y me mantenían oculto de posibles miradas de ambas hacia arriba. Volviendo hacia
la puerta, asomé la cabeza para comprobar que nadie subía por la escalera.
Entonces comencé a husmear por los cajones de la cómoda que los vecinos
compartían para guardar la ropa. Los cuatro cajones superiores pertenecían a
Manu, y cuando abrí el quinto, encontré lo que buscaba de forma tan sigilosa, su
ropa interior. El corazón me latía a mil por hora temiendo ser descubierto, pero
me deleité contemplando las braguitas y tangas que tantas veces habrían
sido impregnadas por las humedades más íntimas de Alicia. Saqué un par de
braguitas del cajón y las olí, notando su aroma tamizado por el olor del
detergente, un aroma sutil pero intenso. Pensando en el turno que tenía en
breves minutos en el baño para deleitarme con las fotos de la revista de marras,
decidí guardarme unas braguitas de Alicia en un bolsillo del bañador, volviendo
a colocar cada prenda en su sitio. Cerré el cajón recordando el lugar que
deberían ocupar de nuevo tras lo que les esperaba en el baño, y me dediqué a
fantasear con la vecina hasta que oí la cisterna del baño vaciarse y el pestillo
del baño descorrerse. Manu salió y sin decir nada señaló la puerta del baño para
indicar que ahora era mi turno. Entré de inmediato, cerré la puerta con el
pestillo, cogí la revista, que Manu había dejado encima de una banqueta, saqué
las braguitas de Alicia y me senté en la taza del water dispuesto a pajearme a
gusto a costa de mi vecinita. Pero justo en el momento en el que empecé a
masturbarme, aspirando los sutiles aromas de las braguitas que sostenía en la
mano libre, descubrí que ,colgados detrás de la puerta del baño, estaban
colgados los pantalones de la persona objeto de mis fantasías en esos precisos
momentos. Levantándome de la taza con la polla en perfecto paralelismo con el
suelo, descolgué los pantalones esperando encontrar debajo las braguitas, esta
vez recién usadas de Alicia, y el corazón se me puso a mil cuando éstas cayeron
al suelo al descolgar el pantalón. Las cogí y volví a sentarme en la taza. Eran
blancas y pude fijarme en que conservaban una apenas visible línea un poco más
oscura, suponía que de sudor. Lejos de echarme atrás por corroborar que esa
línea bien podía ser un rastro del sudor que su culito había dejado, pasé toda
la lengua por esa zona, lo que me llevó a alcanzar una erección de órdago. Bien
extendidas, pasaron de la lengua a la punta de mi cipote. Las repasé con la
punta varias veces, frotando con fuerza el algodón de la tela. Desee correrme en
sus braguitas, aunque era consciente de que aquello no era lo adecuado, así que
volví a repasarlas con la lengua justo en el momento en el que alcanzaba el
orgasmo. Una vez recogí todo el semen desperdigado por las baldosas del suelo,
volví a colocar las braguitas y el pantalón en el colgador de detrás de la
puerta y, sin tirar de la cadena, salí del baño. Manu estaba en la habitación y
me ofrecí a volver a esconder la revista debajo de la cama.
- Hostias, se me ha olvidado tirar de la
cadena. Anda, tira tú- dije. En el momento en que Manu salió de la habitación,
aproveché para volver a dejar en el cajón correspondiente la ropa interior que
había cogido de Alicia y que finalmente no había utilizado.
Tras poco más reseñable de la mañana, mi
hermana y yo volvimos a casa para comer. Según llegamos, no pude esperar a
preguntarla sobre lo que había hablado con Alicia.
- Nada, poca cosa. Sólo que ella no es
virgen, por lo visto lo hizo con un chico con el que se lió en invierno.
La naturalidad con que lo dijo me
sorprendió bastante, y remató la última palabra con una fugaz mirada sonriente.
- Dice que fue un poco caótico, también el
chico era la primera vez que lo hacía, y por lo que me ha contado, seguro que
cuando te la folles darás de largo la talla -volvió a decir con una sonrisa
cómplice dirigiendo su mirada a mi entrepierna.
- Así que crees que follaremos -dije
intentando disimular la alegría e impaciencia que me provocaba el tono seguro de
mi hermana.
- Bastante interés ha mostrado cuando le
he descrito el tamaño del pollón de mi hermanito -dijo como restándole
importancia, sin perder la sonrisa. Su respuesta me dejó tan sumamente confuso
que antes de que pudiese reaccionar, prosiguió-.Le he contado que, el otro día,
pude vértela sin que tú te dieses cuenta mientras te cambiabas de bañador. Ya
ves, le he contado una verdad a medias.
El calentón que me produjeron estas
palabras hizo que un más que sospechoso bulto aflorase dentro del bañador que
disponía a cambiarme. Comprobando que Laura se había dado cuenta, antes de que
saliese de su boca ningún comentario al respecto, y tras cerciorarme de que el
pestillo de la puerta estuviese echado, me abalancé sobre ella plantándole un
húmedo beso durante el cual pude explorar cada rincón de su receptiva boca con
la lengua. Mis manos no se resistieron a meterle mano, mientras agarraba
fuertemente sus nalgas con la izquierda, introduje la mano derecha dentro de la
braguita de su bikini, notando al tacto lo mojada que estaba, y no sólo por
tener aún puesta la prenda con la que minutos antes se había dado un baño en la
piscina de los vecinos. Recorrí con los dedos su deliciosa rajita y con la mano
que apretaba sus espléndidas nalgas le bajé la braguita hasta la altura de las
rodillas, comenzando entonces a estimular asimismo su ardiente agujerito del
culo. Entre los besos que nos dedicábamos mutuamente, Laura dejaba escapar
pequeños gemidos de placer, y respondiendo a las caricias que le propinaba, sus
manos me bajaron un poco el bañador, lo justo para que mi prepucio se asomase
para ser testigo de la escena. Las manos de mi hermanita lo recibieron furiosas,
comenzó a masturbarme a un ritmo frenético. Aprovechando la excitación, la
susurré al oído:
- Me encantaría follarme a la putita de
Alicia, pero sabes que el objetivo principal de esta polla no es otro que este
cuerpo de zorrita que tienes...
Rematando la frase con un lametón en la
oreja, noté como le empezaban a temblar las piernas, estaba llegando a un
orgasmo que le hacía temblar las rodillas. Tuve que sujetarla para evitar que se
cayese, aunque hacía esfuerzos por seguir meneándomela al mismo ritmo. Cuando la
ví un poco recuperada, y momentos antes de que yo llegase también al orgasmo la
dije que parase.
- Para, no quiero terminar ahora,
prepárate porque esta tarde te voy a follar viva.
La respuesta de mi hermana fue lanzarse a
mi cuello y regalarme otro beso, hasta que deshicimos el abrazo para cambiarnos
de ropa para la comida.
Después de comer, el ritual de la
sobremesa, con su documental sobre fauna salvaje y los efectos somníferos que
ejercía sobre mis padres, garantizaba otra tarde de descubrimientos con mi
hermana sin sobresaltos. Los preparativos en caso de repentino interés paterno
quedaron listos en pocos minutos, y una vez echado el pestillo de la puerta del
dormitorio, los dos hermanitos nos lanzamos al cuello del otro. Los besos,
lametones y mordiscos que nos dedicábamos fueron suficientes para que la
excitación nos pidiese urgentemente disfrutar de lo que podía dar de sí cada
cuerpo. Tanto fue así que en cuanto Laura notó mi erección contra su vientre, se
puso en cuclillas presurosa a engullirme la polla tras haberme bajado los
pantalones y el calzoncillo de una forma tan sorpresiva como salvaje. Notaba su
lengua jugueteando con mi capullo dentro de su boca, lamiéndolo como si le fuese
la vida en ello, como si tan adorado placer pudiese serle arrebatado en
cualquier momento Mientras tanto, sus ojos sólo buscaban mi mirada, como
pidiendo mi aprobación por la satisfacción que me daba aquella excelente mamada.
- Estás hecha toda una puta, Laurita.
Ningún tío al que le comas así la polla podrá expresar con palabras su
agradecimiento -acerté a decirle sonriendo con la respiración entrecortada. El
cumplido fue respondido por mi hermana sacándose de la boca mi polla para pasar
a masturbarla con el mismo frenético ritmo. Sonriendo, sus ojos se iluminaron.
- ¿No ibas a follarme viva? -susurró.
Sus palabras me hicieron levantarla
cogiéndola por debajo de los hombros y darle un húmedo beso mientras mis manos
se afabanban por quitarle toda la ropa. Una vez desnudos, quise tumbarla sobre
la cama, pero ella se resistió dirigiéndose a la cómoda en la que guardábamos la
ropa.
- Espera, que tengo condones. Nos los
dieron en clase en un curso de educación sexual que vinieron a darnos - dijo
mientras hurgaba en un neceser que guardaba en uno de los últimos cajones. Sabía
que tomaba la píldora, por una cuestión hormonal llevaba meses tomándola, según
me enteré escuchando una conversación que tuvo con mio madre, pero seguro que
los condones le daban más morbo.
Viéndola de espaldas ligeramente agachada
rebuscando en el neceser, no pude reprimir arrodillarme tras ella y buscar con
la lengua su culito. Tuvo que agarrarse bien al mueble para evitar caerse ante
el repentino beso negro que le brindaba. Tras unos minutos, como pudo se dió la
vuelta y fue su ardiente coñito el que pasó a ser objeto de mis lametones. Entre
jadeos y con la mirada perdida, dejó caer el preservativo que por fin había
encontrado. En cuclillas como estaba yo y sin bajar el ritmo del cunnilingus con
el que le obsequiaba, logré colocármelo. Paré por un momento, me incorporé, y
con mi hermana aún en trance abrí el antepenúltimo cajón de la cómoda y le pedí
a aquélla que colocase una de sus piernas apoyada a esa altura. Aquella posición
era idónea para penetrarla, pero queriendo disfrutar más de la visión de su
púber chochito, lo cerré y abrí el de encima. Con una pierna en el suelo y la
otra apoyada sobre el cuarto cajón de la cómoda contando desde abajo, el
panorama era delicioso. La lubricación de sus propios fluidos, junto con la que
proporcionaba mi saliva, hacía brillar el coñito de Laura en la penumbra de la
habitación iluminada por la luz del flexo. Sin paliativos, la abracé para evitar
que se cayese y para notar su cuerpo caliente contra el mío, coloqué la punta
del capullo justo a la entrada de su cuevecita y le pedí que flexionase la
pierna que tenía apoyada en el suelo. El movimiento, que favorecía la dilatación
de su chochito, hizo que mi polla fuese desapareciendo lentamente en su
interior. Con los ojos cerrados, Laura alzaba lentamente la barbilla como
embriagada por las sensaciones que la inundaban, frunciendo un par de veces el
entrecejo ante el ligero dolor que le provocaba la pérdida de su virginidad.
Cuando la totalidad de mi verga desapareció dentro de ella, noté cómo la presión
que ejercían sus músculos vaginales iba cediendo lentamente. Muy despacio mi
hermana fue abriendo los ojos. Parecía borracha, una mirada perdida y una
sonrisa se dibujaban en su rostro. Con la misma lentitud con el que se había
introducido mi polla, fue irguiendo la pierna que apoyaba en el suelo, lo que
hizo que de nuevo fuese asomando mi verga. Los dos compartíamos sensaciones
nuevas, nos abrazábamos, y empezábamos a imprimirle un ritmo más regular a las
penetraciones. Queríamos gritar de placer, pero aquello era lo único que no
podíamos hacer. Mi hermana adecuó el ritmo de su respiración al de mis
embestidas, que se correspondían con la flexión de sus rodillas. Cuando nos
acostumbramos a la regularidad de los movimientos, quise hacerla gozar más y
acercándome a su oído le susurré:
- ¿Estás bien? -Ella asintió, parecía que
no podía hablar de lo caliente que estaba-. Lo pregunto porque no se si lo
seguirás estando cuando empiece a retorcerte los pezones.
Solo las palabras bastaron para excitarla
aún más, lo que noté cuando la ví apretar los dientes y acelerar el ritmo con el
que su coño hacía desaparecer mi polla. Acto seguido dejé de sujetarla, abrazada
como estaba a mí difícilmente iba a perder el equilibrio y empecé a pellizcarle
con cierta fuerza los enormes pezones. Más excitación:
- Síiii Javi, retuérceselos más fuerte a
la puta de tu hermana.
Dicho y hecho. Me sorprendía que la fuerza
que le estaba dando a los pellizcos no la hiciese daño. De pronto me retiró una
de las manos, la colocó por debajo de su axila para que la sujetase, y comenzó a
apretarse los pezones de una forma salvaje, los retorcía entre los pulgares y
los índices.
- ¡Fóllame más fuerte hermanito! -logró
decir entre jadeos.
Aproveché para subir la pelvis hacia
arriba acompasando las flexiones de sus piernas. Sentía como el capullo chocaba
con el fondo de su vagina en cada embestida. Era brutal. Y ella seguía
excitándose aún más, así que sin dudarlo, dejé de apretarle los pezones con la
mano con que no la sujetaba y desde atrás empecé a darle cachetes en el culo, lo
suficientemente fuertes como para que los sintiese por encima de la vorágine en
la que se concentraba, pero con la cautela de que el sonido no fuese demasiado
alto, no fuese que mis padres despertasen de la siesta y descubriesen con qué se
entretenían sus hijos tras las sobremesas. Tras un buen rato bombeando y
respondiendo al castigo que inflingía en sus pezones con sonados cachetes que le
dejaron el culo rojo, la respiración de Laura empezó a ser cada vez más rápida.
Viendo que el orgasmo estaba al caer, aproveché para separarla de la cómoda y
tirarla boca arriba encima de la cama. Sus ojos, perdidos, no dejaban de
translucir cierta sorpresa.
Abierta de piernas como estaba, decidí regalarle una
nueva comida de coño; mi lengua subía febril hasta el clítoris, y bajaba hasta
su culito, me detenía en el perineo y volvía a subir, empleando los dedos para
explorar sus interioridades y proporcionarle mayor placer. Mi lengua se detenía
en lamer con fruición el agujerito que en cada momento no ocupaban mis dedos.
Justo cuando empezó a revolverse como un animal, salvajemente, en el momento en
el que un enorme orgasmo le sobrevenía, hundí mi polla de nuevo en su interior y
continué bombeando. La sensación era indescriptible. Mi hermana estaba teniendo
un orgasmo espectacular, mordía las sábanas para evitar soltar unos alaridos que
hubiesen despertado a todo aquel que se estuviese echando la siesta a 20
kilómetros a la redonda, y los espasmos que provenían de su interior sólo hacían
más rítmicas mis acometidas. Sintiendo que yo también me corría, saqué
rápidamente mi polla de su vibrante rajita, me saqué el condón como buenamente
pude, me incorporé, y cogiendo a Laura por la nuca la levanté lo suficiente para
dirigir a su sonrojada carita una corrida que parceió no tener fin. Parecía
increíble que ya hubiese vaciado las pelotas aquella mañana, porque la cara de
mi hermanita quedó embadurnada por entero de semen. Cuando terminé de todo, caí
rendido a su lado, sintiendo cómo iban remitiendo las convulsiones que ella
sentía. No podíamos movernos, ni hablar, sólamente podía mirar unos ojos que me
devolvían la mirada detrás de lo que parecía una máscara translúcida, fruto de
la enorme e indescriptible satisfacción que me había provocado el mutuo
desvirgamiento. Sólo después de unos minutos pude decir:
- Ha sido increíble.
Continuará...