Debajo de la Mujer
Luego de haber perdido aquella apuesta con mi amiga Elena,
accedí a lo que sería mi penitencia: la acompañaría a un lugar en el que estaría
siempre muy, pero muy cerca de muchas mujeres. Aquello realmente para mí no
sonaba como una penitencia, así que gustoso la acompañé donde ella me llevaba.
No sabía yo en ese momento lo "cerca" que estaría yo de las mujeres. Se
encontraba Elena vistiendo una preciosa minifalda, la cual mientras iba
manejando, dejaba ver sus hermosos y blancos muslos, los cuales forzaban a mi
imaginación a adivinar cómo se vería todo un poco más arriba de sus muslos.
Entramos a este lugar, parecido a una hacienda, que sólo
tenía encima de la puerta de entrada principal un letrero que decía: "Las
mujeres mandan".
Ella no mencionó palabra durante el trayecto, nos bajamos del
auto, y nos disponíamos a entrar. Subimos unas pequeñas escaleras y cruzamos la
puerta bajo la cual estaba el letrero.
Eché un rápido vistazo a lugar. Habían unas chicas sentadas
en unas sillas que estaban pegadas a la pared las cuales se encontraba a la mano
izquierda. Eran aproximadamente unas 5 sillas. Las chicas se encontraban
aparentemente esperando que las atendieran. Sólo una silla parecía estar vacía.
Al lado derecho de la habitación había un escritorio en donde la que atendía le
tomaba los datos a otra mujer que se encontraba delante del escritorio. Era
claramente la recepción del lugar. Hasta el momento nada extraño.
Cuando la recepcionista vio a Elena que entraba conmigo,
inmediatamente tomó el teléfono y habló con alguien. Unos minutos después bajó
una mujer, acompañada de dos guardias de seguridad, ambas guardias también eran
mujeres. Las mismas cargaban en las manos un dispositivo de aquellos que te dan
una descarga de electricidad.
La mujer se acercó a Elena y la saludó efusivamente, a mí me
ignoró por completo, pero mi sorpresa estuvo en lo que escuché después. Elena le
dijo a la mujer:
Clara, cómo va el centro de entrenamiento de mujeres
dominantes?
Muy bien –contestó Clara- fíjate que casi todas las
sillas están llenas, y así es todo el día, cada vez son más las mujeres que
quieren aprender cómo dominar a un hombre y sentirse poderosas.
Justamente –dijo Elena-, aquí está el tipo del que te
hablé
Clara me miró fijamente, como examinando mi rostro y luego
contestó:
Me parece bien, nos estaba faltando una silla.
En el momento el comentario de Clara me dejó un poco
confundido, ya que allí habían varias sillas. En ese momento la recepcionista
anuncia: "...la siguiente". Al instante se levanta una de las chicas que se
encontraba sentada en las sillas de espera.
Lo que vi me horrorizó. En el asiento de la silla que la
chica había dejado, estaba la cara de un hombre. Se le veía parpadear y mover un
poco la nariz y la boca como reponiéndose de la chica que se acababa de levantar
de allí.
El asiento podía tener más o menos la forma de un retrete,
con el asiento acolchonado, y el hoyo del centro era llenado por la cara del
hombre.
Al parecer, la mayor parte del cuerpo del hombre se
encontraba acostado desde el otro lado de la pared, de forma tal que, habiendo
un hueco en la pared a la altura del asiento, el resto del tronco del hombre
pasaba por allí hasta que su cara quedaba justo en el hoyo del asiento. Sólo
quedaba asomada la cara del hombre. El resto de su cabeza era cubierto por el
mismo asiento.
No podía creer que las mujeres del lugar se tomaran la
molestia de diseñar dichas sillas, las cuales parecían ser perfectamente cómodas
para ellas, ya que hasta respaldar tenían. Osea que cuando el hombre abría los
ojos, lo único que podía ver era hacia arriba o el respaldar de la silla (de la
cual él ahora formaba parte). Era una escena horrorizante.
En eso entró otra chica por la puerta, la cual traía unos
ajustados blue jeans y le habló a la recepcionista a cerca de que ella quería
aprender a dominar a los hombres ya que le gustaría sentir esa sensación de
poder. La recepcionista le dijo que tomara asiento, que pronto la atendería.
Ella miró hacia el asiento que se acababa de desocupar.
Cuando la chica lo vio, también le llamó la atención. Sonrió al ver la cara del
hombre, la cual se encontraba allí presa, haciendo las funciones de silla, sólo
esperando a que ella se sentara.
Luego de salir del asombro, pero sin borrar la sonrisa del
rostro, la chica se volteó, y fue bajando su trasero en dirección al rostro del
pobre hombre.
Se le veía esperar con los ojos abiertos a que el trasero de
esa chica se le sentara encima.
La muchacha se terminó de sentar cual si de una silla normal
se tratara. Acomódese un poco y tranquila se recostó para esperar su turno.
El rostro de la joven parecía disfrutar del momento. Incluso
abrió un poco las piernas y se corrió un poco hacia atrás para poder ver los
ojos del hombre. Luego volvió a su posición inicial surrándosele un poco por la
cara. Cruzo las piernas y sonriente se quedó esperando su turno al tiempo que
tomaba una revista para leer mientras aguardaba.
Pude comprender allí a lo que se refería Clara con su
comentario. Todas las mujeres que esperaban estaban sentadas sobre un hombre,
excepto por una de las sillas que se encontraba vacía. Al mirar bien, me percaté
que efectivamente no había ninguna mujer sentada allí ya que le hacía falta el
rostro de un hombre en el hoyo del asiento para que el mismo estuviera completo.
En eso las dos guardias se aproximaron donde mí, me tomó cada
una por un brazo y me dijeron que las tenía que acompañar. Yo, al ver lo que me
esperaba traté de oponer resistencia, pero ambas me dieron sendos correntazos
que por un par de minutos me hicieron perder la conciencia. Cuando me estaba
recuperando percibí que me encontraba acostado. Las dos guardias me ataban unos
fuertes cinturones los cuales envolvían todo mi cuerpo, junto con mis brazos,
fijándome al lugar en el que me encontraba acostado. Me amarraron con uno a la
altura de mi pecho, otro a la altura de mi estómago (siempre con mis brazos
pegados a mi cuerpo para que no los pudiera mover) y otro a la altura de mis
piernas. Quedé completamente inmovilizado, fijo a aquella dura superficie sobre
la cual me encontraba acostado.
Junto a las guardias estaban Elena y Clara conversando a
cerca de mí. Le rogué a Elena que por favor hiciera que me liberaran, pero ella
ni siquiera me contestó. Me ignoró y siguió conversando con Clara mientras se
alejaban. A mis dos lados observé los cuerpos de dos hombres respectivamente.
Sólo alcanzaba a ver desde sus pies hasta más o menos donde empezaban sus
pechos. El resto del pecho sus caras se perdían del otro lado de la pared.
Seguramente estaban sirviendo de silla a dos mujeres que esperaban ser
atendidas.
Las dos guardias, luego que me sujetaron bien, comenzaron a
empujar la superficie sobre la que yo me encontraba. La misma se deslizaba casi
sin problema. Vi que mi cabeza pasó por lo que era el hueco de la pared,
empujaron un poco más, hasta que mi cara fue a dar a la altura el hoyo del
asiento que estaba libre. Luego sentí que la superficie se elevó un poco
haciendo que mi cara se metiera en dicho hoyo, quedando un poco en relieve en
relación al asiento que rodeaba mi cara y aprisionándola firmemente, lo que no
me permitía moverla para ningún lado.
A mover mis ojos, alcancé a ver a ambos lados, dos mujeres
sentadas esperando su turno. Las mismas reposaban sobre las caras de mis dos
vecinos de suplicio. Y pronto me tocaría a mí.
En eso pude escuchar las voces de Clara y Elena que se
acercaban a donde yo me encontraba. Llegaron hasta donde mí y ambas me miraban
mientras conversaban. Dijo Elena:
Ves?, te dije que te iba a servir.
Sí, la verdad es que su rostro da la sensación de
comodidad –contestó Clara-.
Es cierto, su cara incita a sentarse allí -dijo mi amiga
Elena-
Oye –dijo Clara ya cambiando de tema-, tu fuiste a la
fiesta que organizó Gabriela?
Por supuesto –contestó Elena- no me la hubiera perdido
por nada, si vieras que...
Y mientras Elena contestaba, se volteó, dándome la espalda.
Estaba de pie, pegada a la silla. Sus bellos muslos que antes los veía
incitadores, ahora los veía amenazantes. Desde mi posición podía ver debajo de
su falda. Traía puestas unas bragas de un color blanco traslúcido. El corazón
empezó a palpitarme rápido. Podía intuir lo que Elena estaba a punto de hacer.
Quise hablar, pero el miedo no me permitió articular palabra
alguna.
Recordé su comentario: "Es cierto, su cara incita a
sentarse allí".
Seguidamente su trasero comenzó aproximarse a mi cara. Antes
había querido saber cómo sería su entrepierna, pero verdaderamente no de esta
forma, el corazón me latía a mil.
Sus nalgas cada vez más cerca. Podía ver detalles del tejido
de sus bragas. Incluso al ser la tela traslúcida, también se veían muy
claramente sus nalgas a través de las bragas.
Continuó sentándose. Sus nalgas tocaron mi nariz. Yo sentía
nauseas, pero de los nervios.
Ella siguió bajando. Pude percibir el olor de aquella parte
de su cuerpo. Mi nariz estaba quedando a la altura de lo que podía ser su ano.
Terminó de sentarse. Se acomodó un poco haciendo que mi nariz se enterrara entre
sus nalgas justo como lo temía a la altura de su ano. Mi boca besando sus nalgas
y soportando su peso. Mis ojos debajo de lo que era su coño. Toda mi cara
soportando su peso. Jamás pensé que el mismo fuera tan agobiante. Sentía que mi
cara estaba totalmente aplastada, a punto de estallar.
El escaso aire que podía respirar de entre sus piernas venía
con el olor de ella.
Me había convertido en una silla, en la silla de mi propia
amiga. Sentía mariposas revoloteando en mi estómago.
Todo estaba negro. Lo único que sabía es que sobre mi rostro
estaba sentada mi amiga Elena. Yo era en ese momento un mueble para su
comodidad. Un instrumento para su reposo.
Sólo podía sentir el angustiante peso y el olor del medio de
sus nalgas. Escuchaba su voz conversando aún, pero no atinaba a entender bien lo
que conversaba, ya que mi mente no daba crédito aún a lo que me estaba
sucediendo.
Luego de un rato, Elena se corrió un poco hacia atrás, como
para recostarse mejor en el respaldar. Mis ojos quedaron libres, pero sólo podía
ver sus bragas, ya que su falda me tapaba aún la cara impidiéndome ver algo más
que las bragas que cubrían su coño, el cual ahora estaba sobre mi nariz. Su ano
entonces estaba sobre mi boca. La presión que su peso hacía sobre mi rostro era
insoportable. Sin embargo, no tenía escapatoria. Debía seguir sirviéndole de
silla a mi amiga Elena. Debía seguir oliendo su entrepierna por todo el tiempo
que ella quisiera. Ella tenía el poder. Debía seguir soportando su peso, el peso
de una mujer. Mi rostro debía seguir siendo un objeto de comodidad para una
representante del sexo femenino. Para las nalgas de una mujer.
No podía hacer nada, no tenía control sobre nada. Debía
seguir oliendo su entrepierna por todo el tiempo que ella quisiera. Ella tenía
el poder.
Continuará.
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