Esta es la mejor parte del relato.
Ya ennoviada
con
Carlos, una vez le comenté que tenía una fantasía de
puta madre. Me preguntó cual era. Le dije que me
gustaría sentirme una perra en celo, es decir, que
varios perros se alzaran al lado mío, pelearan por mi,
y que cada uno de ellos fornicara conmigo, en
reiteradas veces, hasta dejarlos exhaustos. Como
cuando la perrita callejera del parque, donde una
jauría quería cogerla. Esa fantasía es algo complicada
para hacerla, pero veré que puedo hacer. Es algo
complicado, pero un día Carlos, que es policía, me
comentó que consiguió un turno de guardia en el
plantel de perros de la fuerza republicana. Sería por
un fin de semana, donde él estaría a cargo de los
perros, cuidándolos y dándoles de comer. Se podrán
imaginar que cuando me dio esa novedad, casi me
desmayo del cúmulo de sensaciones que me vinieron a la
cabeza. ¡Un plantel de perros policías para mi
solita!. Era algo que jamás hubiera soñado.
Sólo un
novio como mi Carlos podría hacer algo así por mi: su
novia zoofilíca. Deseaba ansiosa que llegara el fin de
semana. Para darle más morbo a la situación, por tres
días no me bañé, para heder bien a sucia perra, me
revolqué con Belfort, para agarrar bien el olor de una
perra, y el plato lo agregué cuando Carlos me trajo un
trapo sucio, con un olor penetrante. Le pregunté que
era y me dijo que una de las perras del plantel, que
están apartes, estaba iniciando el celo, por lo que
frotó ese trapo por la concha de la perra, hasta
impregnarse esos jugos. Me sugirió que me los frotará
por la concha, para que tomará el olor de una perra en
celo, de manera de disfrutar bien de la orgía que
estaba en puerta. Para peor en esos días me vino la
menstruación, por lo tanto estaba superespecial,
sucia, con olor a perra, hediendo a celo y con la
concha sanguinolenta de mi período. Cuando Carlos me
vio, pronta para acompañarlo hasta el plantel de
perros, me dijo: ¡Eres la perra mas puta que jamás
haya visto!, ¡espera, hay que darle el toque
especial!. Salió de la habitación, me hizo poner un
conjunto de lencería diminuto, transparente, sin
toalla higiénica, y lo máximo es que me puso un collar
y me ató como un perro cualquiera. Me vendó los ojos,
me cargó tapada con una sábana en la parte de atrás de
su automóvil y viajamos hacia la sede de la guardia.
Estaba escondida, de forma que nadie de la poca
guardia supiera que entraba de incógnita. Se detuvo el
auto y llegamos a un lugar apartado. Era una especie
de corral chico, piso de hierbas. ¡Este es el cogedero
de los perros, cuando los cruzamos, aquí ponemos la
perra y el perro a fornicar!. ¡Es un lugar solitario y
estoy yo sólo a varias cuadras, nadie nos molestará en
dos días!. Como el plantel de perros es muy numeroso,
Carlos me dijo que escogió para mi solita a cinco
sementales, pura raza. Tres eran pastores alemanes, un
doberman y un rotwailer. Los perros mas cogedores de
toda la fuerza policial. Lo que vamos a hacer es
hacerlos pasar de a uno, que cada uno se saque las
ganas contigo. La verdad es que parecía que estaba
soñando, en cuatro patas, toda sucia, me saqué
previamente la ropa interior, quedando absolutamente
desnuda. Carlos abrió la primera de las jaulas, y
asomó un hermoso pastor alemán, mas grande que Belfort
y mas brillante. ¡Este es Paco! me dijo Carlos, ¡es el
macho preferido del plantel y tiene mas de ochenta
hijos!. El perro se me vino encima, me olfateó la cara
y luego la concha. Empezó a agitar rápidamente la
cola, y entre sus patas asomó una pija impresionante
de grande. Como gran experto, me montó, sujetándome de
la cintura con sus patas delanteras y clavándome esa
estaca en lo profundo de mi concha. Paco me cogía como
un endemoniado, sintiendo cada milímetro de su verga.
Podía sentir el sonido del chapoteo de su verga en mi
concha encharcada de jugos y sangre de mi regla. De
pronto, aumentó sus embates y me ensartó su bulbo. Se
detuvo, sentí la pulsación de su verga derramando
esperma caliente en mi concha y quiso retirarse. No
pudo hacerlo: estábamos abotonados. Gocé como una
loca, aullando de placer y gozo. Paco con mucha
habilidad, cruzó su pata trasera izquierda por sobre
mis glúteos, y quedamos culo con culo, pegados como
los perros. Estuvimos unos quince minutos así,
derramando leche en mi vagina profunda. Los orgasmos
me venían uno tras otro, perdiendo la cuenta de
cuantos tuve. Se despegó de mi, pude ver su pija
gorda, jugosa, chorreando jugos, semen de perro y
sangre de mi menstruación. Mi concha estaba inundada,
y quería mas pija. ¡Mándame el que sigue! - le imploré
a Carlos. Paco volvió a su jaula, y no bien estuvo
dentro, Carlos soltó a Gedeón, un enorme pastor
alemán, más grande que Paco. Este no tuvo compasión
alguna, pues de un solo tirón se trepó encima y como
si fuera su perra favorita me clavó su verga en la
concha que hacia minutos estaba en poder de Paco.
Bombeó como una bestia feroz. Sentí en mi espalda su
jadeo caliente, además gemía de placer. Podía sentir
su tranca perforándome e inundando de jugos. Se bajó
unos instantes, pude ver que tenía toda la verga fuera
de su capuchón, y sin dudarlo me di vuelta para
mamársela. Saboree la pija, degusté de sus jugos, al
tiempo que por sobre mi culo, con su lengua rugosa,
lamía mi orto y olfateaba el afrodisíaco de perra en
celo. Se movió y nuevamente me montó, y de una buena
vez me la metió en lo profundo de mi ser. Bombeo y
bombeo, me puso el bulbo dentro y latiendo y
derramando su semen, se puso culo con culo, quedando
nuevamente abotonada. Estuve así unos pocos minutos,
porque era tal la dilatación de mi concha que el
abotonamiento solo duraba algunos instantes. Salió
como una sopapa, y chorreando jugos, semen y sangre,
el agradecido Gedeón lamía mi conchita maltrecha.
Luego dio un lametón a su verga y se marchó a su
jaula. Los orgasmos que estaba teniendo eran
indescriptibles. Mi fantasía se estaba haciendo
realidad, y solo habían transcurrido una media hora
desde que había llegado. Carlos me miraba y se
sonreía. ¡Eres una perra bien puta mi amor!. Entre sus
manos tenía su pija, ya que el cabrón se pajeaba
mirándome como los perros me iban copulando. ¡El que
sigue es Brutus! - dijo Carlos, abriendo la próxima
puerta. Apareció, lento, con su belleza de perro de
raza: un pastor alemán, el tercero de la serie. Se
acercó, me olfateó la cara, el cuello, las tetas, y mi
culo. Me puse de espaldas, ofreciendo mi vientre. Me
lamió el ombligo, y se dedicó a chuparme la concha. Me
retorcía de gozo, y acababa litros de jugos
sanguinolentos. Su verga se asomaba poco a poco.
¡Siempre el mismo perro pelotudo! - gritó Carlos, al
tiempo de que me dice: ¡ Pajéalo, pajéalo!. Me coloqué
debajo de él, y tomando su capullo peludo lo empecé a
masturbar. Al ratito asoma una tranca de tamaño
respetable. Seguí pajeándolo y Brutus empezó realizar
los movimientos coitales, asomando más y más su verga.
Me puse en cuatro patas y le ofrecí mi culo, lo
olfateó y poco a poco me coloqué debajo del perro.
Tomé su verga, la rocé sobre los labios de mi concha,
sobre mi culo, y la utilicé como consolador. Palpé su
bulto y era bien grande, como una pelota de tenis.
¡Uyyy, que bulbo tiene este perrito! - dije con
asombro. ¡Si te metes con Brutus tendré que meter mano
a los baldes de agua! - agregó Carlos. Seguí
disfrutando de mi vibrador de carne, sin escuchar a
Carlos, sintiendo el palpitar y los jugos que esta
respetable verga goteaba. En el éxtasis del placer,
alcancé a meter un pedacito en el ano, y prácticamente
me lo fui lubricando con los jugos del perro y sangre
de mi período. Entre mis muslos, había un río de jugos
de colores rojos a rosados. No resistí más me di
vuelta y me dedique a chuparle la pija. La chupé como
una puta, pajeándola con mi mano y en algo increíble
me metí el bulbo hasta donde pude: el borde de mis
labios. Un torrente de esperma perruno inundó mi
garganta. Para no atorarme tuve que beber ese fluido
viscoso. ¡Era la primera vez que tragaba leche de
perro!. La verdad que al pobre de Brutus lo hice
acabar como un burro. ¡No es de los mejores
sementales! - dijo Carlos, ¡pero tiene una verga que
sabía que te iba a encantar!- agregó. Brutus, así como
entró volvió a su encierro, lento, pero segura que
lleno de alivio por la mamada recibida. ¡Se acabaron
los pastores! - gritó Carlos. ¡Es el turno para
Hércules, el doberman! - agregó a la vez que abría la
puerta. Cuando lo vi me hizo acordar a Atila, el
primer perro que me enculó. Y como no podía ser de
otra manera, este perro me montó y casi sin puntería
alguna me la metió en el ano. ¡Ayy, ayyy, la puta que
lo parió!- grité, ¡hijo de puta, tenías que ser un
doberman para romperme el ojete!. Menos mal que Brutus
ya me lo había lubricado, que si no tal vez no hubiera
seguido con esta fantasía. Hércules, dale que te dale,
penetrándome violentamente. Yo apoyada sobre mis
codos, mi rostro contra la hierba del suelo, mordiendo
de placer. ¡Así perro, meteme esa verga en el culo!
¡Sácame la mierda, perro hijo de puta! - gritaba en
mis delirios orgásmicos. Hércules bombeó y bombeó
hasta que sentí que su bulbo se había anclado
firmemente a mi esfínter anal. Sentí los latidos de
su eyaculación y litros de leche caliente y espesa
inundaban mi recto. Trató de salirse pero ¡imposible!.
Estábamos enganchados como dos perros. Macho y hembra
unidos por sus sexos. Pasó su pata trasera por sobre
mi culo, y unidos por nuestros genitales, permanecimos
unos minutos. Puse mi mano sobre mi clítoris y
mientras Hércules me echaba esperma en el culo, yo me
hice una masturbación entre gritos y gemidos de dolor
y placer. Era el cuarto perro de la orgía, y gozaba
como una perra en celo. A los veinte minutos, Hércules
pudo sacar su pija de mi culo. Estaba sucia de sangre,
leche y mierda. Se la lamió, pero el hijo de puta ni
me olfateó el culo maltrecho. Era un verdadero hijo de
puta, y como buen doberman se fue bien altanero a su
jaula. Yo quedé con el culo deshecho, a la vez que me
vinieron unas ganas de cagar increíbles. Me puse como
una perrita y me mandé una cagada de película. Un
montón de mierda, con restos de semen y sangre se
depositaron en el pasto del corral. ¡Así putita,
olfatéala, olfatéala! - me ordenó Carlos. La olí
y era
de un olor bien fuerte. ¡Se viene el quinto de la
serie: Marte, el rotwailer!. Entró macizo y decidido.
Olfateó la mierda que había cagado hace instantes y le
hecho una meadita encima, levantando la pata. Se
dirigió a mí, metió su corto hocico entre mis piernas
y lamió los jugos que había: los míos y los de los
cuatro perros anteriores. Movió su rabo, me montó y
trató de metérmela en el culo. Yo palpé su verga y la
dirigí a mi concha. El perro la sacó de ahí y me la
apuntó a mi culo. ¡No, otra vez no! - grité resignada.
Me recostó sobre mis codos y dejé que el perro hiciera
lo que quisiera. Su peso era bastante mas alto que el
de los anteriores. Embistió y embistió hasta que
consiguió lo que se propuso: me la ensartó en el ano.
¡Ayyy, ayyyy, me esta destrozando el culo! - grité,
¡me desgarra el culo, tiene la pija gordísima!.
Sácamelo Carlos, por favor! - imploré a mi novio.
¡Estas loca, déjalo quietito que goce de su perra de
turno! - dijo riendo Carlos. El perro me tenía
enhebrada por el ano, bombeando y metiéndome una verga
impresionante de gruesa en el orto. Sentía el roce de
sus venas, rasgando mi recto, largando chorritos de
jugos. Las lágrimas me salían sin quererlo: era la
peor (o mejor) cogida anal que me hubieran hecho. Me
dediqué a disfrutarlo, sabiendo que yo había querido
esta orgía de fantasía. Me la metió más y más
y cuando
llegó al clímax, ya su enorme bulbo estaba dentro de
mi ojete. Tiró y no podía sacarla, y el abotonamiento
se había dado una vez más. Su enorme pija pulsaba en
el interior de mi recto, llenando de leche canina mis
intestinos. ¡Menos mal que había cagado!, sino tal vez
me hubiera reventado toda por dentro.
En mi delirio de
placer y gozo, no me di cuenta como quedamos culo con
culo. Su verga yacía erecta en mi culo, su bulbo
atorado en mi esfínter anal. Me hice una paja,
tocándome mi clítoris y frotándome los labios de mi
concha. Estuvimos varios minutos abotonados, no se
cuantos, cuando de pronto, sin aviso, un chorro de
agua fría congeló mi cuerpo y el de Marte: era Carlos
echándonos baldes de agua. ¡Despéguense perros! -
gritó entre risas Carlos. Me sorprendió tanto que tiré
para mi lado y Marte lo hizo para el propio, pero el
dolor fue intenso. Igual seguíamos pegados. ¡No
espera, espera! - le dije a Carlos. ¡No mi amor, hace
ya cuarenta minutos que tenéis al perro atrapado en tu
culo! - dijo Carlos. ¡Cuarenta minutos! - grité
espantada. ¡Jamás se saldrá de mí, ayyy, que voy
a
hacer! - dije desconsolada. Un nuevo balde de agua
cayo sobre nuestros cuerpos, y aún así no nos
despegamos. Yo tiraba y Marte también, pero era tan
grande el bulbo, quizá del tamaño de un puño cerrado
de un hombre adulto, que era imposible que traspusiera
mi esfínter anal. Carlos me echó agua y agua, hasta
que de pronto: ¡PLOP!, nos despegamos. ¡Menos mal! -
grité aliviada. Metí mi mano hacia mi culo y casi se
me pierde dentro. ¡Me había dejado una cantera de
grande por la dilatación!. Observé la pija de Marte y
era monstruosa de grande y estaba con su bulbo
chorreando de semen y resto de caca que se ve que me
había quedado en el culo. Me tiré en el pasto agotada,
destrozada, pero contenta de haber disfrutado de esta
orgía canina. Carlos me dijo que necesito echar unos
diez baldes de agua para despegarnos, por lo que
dentro del corral se formó un lodazal bárbaro. Me salí
de allí y fui a unos baños que había en la guardia
donde me di un baño reparador. Pero lo que vino
después se lo cuento en otro relato, porque les
recuerdo que fue un fin de semana y esta orgía había
durado unas tres horas.
Sin quiere saber mas sobre mis historias zoofílicas,
lo pueden hacer en: allimite2002@yahoo.com