DEPRAVADA (Primera parte)
Mi incontinencia sexual y el inicio en el incesto con mi hijo mayor
Enviudé a los treinta recién cumplidos, hace casi cinco años
que la fatalidad me privó de disfrutar de un marido a tiempo completo, no
obstante mi difunto esposo dejó una herencia que nos permite vivir holgadamente,
desde su fallecimiento he tenido que hacer de padre y madre de mis dos únicos
hijos, Sebastián que ahora tiene diecisiete y Nilo que ya cumplió los quince.
Sebastián es de carácter fuerte, posesivo y dominante, mide poco más de un metro
ochenta y pesa casi noventa kilos, es mulato de ojos verdes; por un lado tiene
la influencia genética de su padre que fue de origen africano y la mía que soy
blanca sonrosada. Nilo es tierno, algo susceptible y bastante rencoroso, es
alto, delgado y vigoroso, de tez clara y tiene muy bonitas facciones, me siento
orgullosa cuando dicen que tenemos el mismo rostro. Yo hago mucho ejercicio
físico, no solo para mantener la figura, sino para consumir energías en forma
saludable y calmar mis ímpetus; desde que me he impuesto rutinas exigentes logro
controlar mejor mi fogosidad, además de mejorar mi silueta, manteniendo cintura
de jovencita y protuberancias maduras, ya me entienden, como si un corsé me
hubiese modelado la cintura por la fuerza, obligando a la carne aprisionada a
refugiarse en los senos y en las nalgas, para poder liberarse del aprieto.
Mis primeros años de soledad marital fueron penosos, la
perdida de Danilo me privó de improviso de mi complemento sexual, en la
intimidad éramos el uno para el otro, el altísimo temperamento pasional de ambos
se ajustaba perfectamente y la experiencia me ha demostrado que sus habilidades
amatorias son muy escasas. Su pérdida me impuso muchas citas médicas, primero
las consultas con el psicólogo y luego un prolongado tratamiento psiquiátrico.
El problema radicaba en una interrelación disfuncional "temperamento –
comportamiento", lo que desencadenaba un conflicto entre mi resistencia a
aceptar un nuevo marido, y la necesidad de aplacar mi ardiente temperamento;
¿como podría lograrse?, sin las atenciones de un macho substituto.
Claro está que para poder eludir el entrampamiento y aliviar
mis apetencias, tuve que pasar por varias manos. El primer desliz lo provocó el
propio psiquiatra, con la prescripción de su novedoso método de "terapia
fálica", aún en etapa experimental. So pretexto de la constatación in situ,
ponía a prueba no solo la eficacia de la receta, sino además su gran tenacidad y
disciplina profesional; pasaba horas comprobando con ahínco las virtudes del
procedimiento, en su afán de calmar el furor uterino de su paciente predilecta.
Después reincidí con mi masajista, con mi confesor y con algunos otros, debido a
mi estado de propensión a recaer en mi dolencia.
En fin, me he visto en la necesidad de ir ingeniando
soluciones, pero lo cierto es que hasta ahora ninguna me ha dejado
suficientemente satisfecha. De vez en cuando me alivio ligeramente, pero de
improviso recaigo en mi férvido estado, con riesgo a que cualquiera con la
sensibilidad suficiente para notarlo, pueda sacar ventaja de mi vulnerabilidad.
Mi último encuentro pasional ha venido a complicar mi
relación familiar. Interesada en mejorar la seguridad en mi hogar, recurrí a los
servicios de un especialista, este buen hombre tuvo el acierto de presentarse en
un de esos momentos en que tengo la sensibilidad a flor de piel y me muestro
vulnerable; para colmo, se trataba de un negro buen mozo y de buenos modales,
justo de mi agrado; ya tenía tiempo añorando un órgano viril parecido al que
alguna vez disfruté en casa, con solo imaginarlo se me humedecía la ropa
interior. Desde que lo vi, me puse más nerviosa de la cuenta, él no tuvo
dificultad para notarlo y para apaciguar los ímpetus terminé haciéndolo
partícipe de las virtudes de la consabida terapia, tan útil en estas
emergencias. Lamentablemente no lo pude retener todo el tiempo que hubiese
deseado, rápidamente había logrado un solo clímax, precipitado por mi
incontinencia orgásmica y cuando venía lo mejor, nos interrumpió la inoportuna
presencia de Sebastián, que nos había estado acechando. Al aplicado especialista
no le quedaron ganas de quedarse y se retiró sumamente contrariado.
Una vez a solas, Sebastián estalló en una repentina
ofuscación y me dio una tremenda reprimenda como si fuese mi padre ó mi marido,
me hubiera sentido alagada de no tratarse de mi hijo, por que debo reconocer que
es sumamente atractivo, pero en este caso, debemos ceñirnos dogmáticamente al
imperativo divino y subordinarnos disciplinadamente a lo preceptuado. Desde que
sus ojos atestiguaron mi acalorado disfrute pasional, Sebastián ha cambiado de
actitud y ha puesto todo su empeño en espiarme y exigirme explicaciones acerca
de mi conducta. Con el correr de los días, las cosas en lugar de mejorar se han
ido agravando, ahora resulta que no solo está interesado en controlar mi
comportamiento, sino que además, se deleita fisgoneando mi intimidad. He pensado
incomodarlo haciéndole lo mismo que él hace conmigo, así es que me he propuesto
controlarlo y espiarlo, hasta que tenga la hidalguía de reconocer su disgusto y
deje de atormentarme.
Mi estratagema fracasó al primer intento, vino de visita una
gran amiga y a sabiendas que estábamos siendo espiadas por Sebastián, le pedí
que me contara el último encuentro íntimo con su pareja, la verdad es que su
narración resultó mas excitante de lo previsto, al despedirnos quedé muy
acalorada y no pude vencer la curiosidad por conocer el efecto causado en
Sebastián, así es que creí momento oportuno para estrenar mi método
escarmentador. Sigilosamente fui a la terraza que da a su dormitorio, la cortina
no estaba completamente cerrada, quedaba una pequeña abertura, espacio
suficiente para ver lo que ocurría dentro. Sebastián estaba completamente
desnudo, parado frente a un óleo artístico que me hicieron en Haití, en el que
se me ve retratada muy ligera de ropas en una playa del lugar. Me sorprendió
comprobar que estaba usando mi imagen como fuente inspiradora de su
masturbación, evidenciaba un clímax en camino por los bramidos que trataba de
acallar, sacudía vigorosamente su gran miembro, casi tan negro, pero mas grande
que el de su padre. Nunca me hubiese imaginado a mi vástago tan bien dotado, no
lograba comprender como pudo haber desarrollado tanto, en tan pocos años que
deje de verlo desnudito.
La primera impresión fue de perturbación, pero luego tuve una
reacción extremadamente lúbrica, terminó avivando el fuego que había quedado a
medio encender con la narración de mi amiga. Solo metí mi mano por debajo de mi
prenda mas íntima, bastó un ligero movimiento con las yemas en el lugar preciso
y fue suficiente para el desborde, tuve que arquear el cuerpo en cada
contracción debido a la intensidad de las pulsaciones genitales. Me retiré
alterada y apretando los dientes para no gritar, llegué a mi habitación y al
sacar la mano de mi intimidad, pude apreciar el caudal de mi rebose, me había
estado derritiendo sobre la palma, después de haber bordado con los dedos aquel
placer entre mis piernas.
Las imágenes de esa visión ya no me dejaron vivir en paz, de
ahí en adelante los recuerdos se repetían en mi mente una y otra vez,
estimulando intensamente mi sensualidad, no podía desligar el significado de mi
retrato en el libreto de aquella escena, ese hecho me colocaba como inspiradora
de aquel lúbrico pasaje, entonces sus celos no solo obedecían a su instinto de
hijo protector, sino que iban mucho mas lejos, todo indicaba que tenía ante mi
un evidente caso de "complejo de Edipo" y lo mas grave, con una "Yocasta" por
demás propensa y asequible y sin un "Layo" que asesinar, el desenlace resultaba
claramente predecible y a la vez condenatorio.
Pero si bien mi Sebastián me ha demostrado su temeridad más
de una vez, en esta ocasión dudo que su arrojo alcance para atreverse a abordar
a su propia madre. ¿Logrará la fuerza del deseo conferirle un valor tan
irreflexivo, como para vencer el natural instinto de respeto por la
progenitora?, no logro vislumbrar con claridad cual podría llegar a ser el
desenlace, pero de lo que no tengo duda, es que yo sería incapaz de tomar la
iniciativa para un abordaje pasional a mi retoño, sin importar la intensidad de
mi deseo. Empero ambos polos magnéticos están allí, fuertemente imantados,
manifestando la potencia de su atracción a través del deseo mutuo, tan solo hace
falta un detonante que pulverice la barrera de los escrúpulos, que invisible, se
encuentra bloqueando el contacto inductor, condición esencial para el
excomulgable acoplamiento.
Los últimos días se ha manifestado más posesivo que de
costumbre, pretende protegerme como a una monja de claustro, sin tener en cuenta
que no he sido ordenada como tal, que estoy muy distante de tener esa vocación y
que muchas veces mis demandas sexuales son exigentes en demasía. Ya lo he
notado, él se limita a contemplarme, erectarse y callar, sin atreverse a
iniciativa de seducción alguna, cuando estamos frente a frente se muestra tan
pusilánime como yo, ambos nos derretimos de deseo, sin embargo nos esmeramos en
ocultarlo.
Cuando me desvisto, estoy segura de su cercanía, siento su
presencia acechándome en su afán de excitarse con mi cuerpo, el solo saber del
enardecedor efecto que le causa mi desnudez, provoca en mí una respuesta
pasional de mayor intensidad. Como ahora que estoy en el cuarto de baño, tengo
una seductora música de fondo, se que él está oculto en algún lugar, al acecho
tratando de ponerme en la mira, el tragaluz de la azotea debía ser su lógico
observatorio, parada frente al espejo ó sentada en el bidet quedo a total
disposición de sus ojos.
Me propongo iniciar un despiadado rito cargado de
voluptuosidad, una casi imperceptible danza erótica que avive su deseo en forma
desenfrenada y que lo obligue a vencer la cautela, seré inclemente por el placer
de los dos, estimularé sus emociones al máximo, hasta lograr un estallido de
arrojo cargado de insensatez, que fuerce su iniciativa para el asalto.
No necesito fingir depravación, me siento colmada de ella.
Mientras me quito la blusa con lentos movimientos al ritmo de la sensual melodía
que tengo de fondo, puedo apreciar mi rostro reflejado en el espejo, mordiéndome
nerviosamente el labio inferior, deseosa e impaciente, noto que el desorden de
mi cabello acentúa un diabólico fulgor en mi mirada, la expresión impresa
refleja una extraña perversión que logra intimidar. Desabrocho y dejo caer mi
pequeña faldita, el roce de la tela en su recorrido, me produce la sensación de
haber sido acariciada por una presencia invisible y eso me produce lúbricos
estremecimientos. Me inclino para recogerla, estiro una mano hasta el piso sin
doblar las rodillas y siento la elasticidad de la piel tensándose en mis
glúteos, tratando de destacar su opulencia sin que el hilo dental de mi pequeña
braga logre hacer algo por cubrirlos. Ensayo un provocador cambio de ángulo
frente al espejo, apoyando el peso de mi cuerpo en una pierna, arqueo el torso y
empino el trasero para hacer mas provocativa mi figura, le presto especial
atención a mis medias negras de nylon que hacen juego con el portaligas del
mismo color, mis zapatos azabache de altos tacones y punta angosta, realzan el
efecto seductor. Revoloteo mi cabello en furiosas oleadas y acaricio mi piel
detrás de los oídos y sigo bajando los dedos por el cuello, sin prisa,
lentamente, hasta alcanzar el broche de mi sujetador justo al centro de mi
pecho, en medio de mis dos protuberancias mamarias, aquellas que alimentaron en
su primera infancia al macho que ahora me apasiona, que hace que me derrita
entre las piernas con la sola idea de tenerlo dentro de mi. Empiezo a descubrir
mis senos, una especie de pudor trata de impedírmelo, la fuerza del deseo es mas
poderosa y se impone al recato, al fin quedan completamente descubiertos
luciendo orondos toda su redondez, coronada por un par de provocativas cerezas
de amplia aureola, dos cerezas en total estado de erección, tibias, inflamadas,
ávidas por sentirse devoradas por el dueño de mis ardores. Cierro los ojos y me
los acaricio tiernamente, siento como si fuera él quien lo hace y esa sola idea
me enardece. Noto inquietud por encima del cielo raso, leve agitación en el
tragaluz se deja sentir, aquello me excita e inquieta aún más al saber de quién
se trata. Inicio desde los pezones un lento y sensitivo recorrido por el
contorno de mi silueta dándole a mis dedos la oportunidad de acariciar la
estrechez de mi cintura y la exuberancia de mis caderas, hasta tener entre los
dedos el elástico de mi pequeña braga negra, la deslizo hacia abajo con
parcimonia y siento rubor al notar la humedad que lleva consigo, la prueba de
aquel enfermizo deseo en su mas descarnada expresión queda estampada en lo mas
íntimo de mi prenda, pero es tan solo una pequeña muestra de mi copioso rebose.
Mi intimidad genital queda ahora enteramente desarropada, para mayor descaro
desprovista de bello, completamente depilada, cuenta con todas las ventajas para
exhibir provocadora e insolente, su sonrisa vertical. La espera debe estar
pareciéndole interminable, adivino que su impaciencia lo debe estar teniendo al
borde del desenfreno, aún falta que retire el portaligas y enrolle las medias
hasta descubrir un poco más la opulencia de mis muslos, movimientos que advierto
cargados de mi propia impaciencia.
Tomo valor y me decido venga lo que venga, poso mis nalgas en
el bidet, tratando de separar los muslos al máximo para asegurarme que mi único
espectador no se pierda nada del espectáculo, aún no he abierto el grifo pero mi
intimidad ya luce húmeda y apetente, la delata el intenso brillo nacarado de sus
labios y la prominencia clitorial en plena erección. Me toco la embocadura con
la yema de los dedos y siento que me estoy derritiendo, mis dedos quedan
impregnados de abundante almíbar de melocotón, no resisto el deseo de olerlo y
probarlo, creo estar haciéndolo por él y para él, acerco mi mano y me embriago
con un intenso olor a mar de aguas encrespadas, furioso, insurrecto, ávido por
llegar con sus olas mas allá de lo permitido; luego poso mi lengua y al contacto
con mi lubricidad, siento lo que seguramente sentiría él al hacerlo, deseos
desbocados por beber de la fuente de donde mana y en el mas apasionado de los
besos, encontrarse acariciando el acogedor claustro materno que lo albergó antes
de su nacimiento.
Presiono mis pezones con un poco de violencia, necesito que
el estímulo contenga un soterrado mensaje punitivo, al abrir mis dedos
reaccionan sumisamente ansiosos de mayor castigo, los oprimo nuevamente hasta
lastimarlos y se yerguen teñidos de intenso rubor, plenos de satisfacción, gozo
que me encargo de revelar con un tímido gemido delator. Siento pulsaciones en el
epicentro del placer y me conformo tan solo con la proximidad, acaricio
suavemente mi genitalidad externa y su lubricidad es denunciada por ligeros
chasquidos casi imperceptibles, que jamás pasarían inadvertidos para alguien
ávido de señales conducentes a la gloria.
Me siento tan encaminada que decido no abrir el grifo, mi
reboce resulta más que suficiente para modelar el placer solo con mis dedos.
Corro hacia atrás el capullo clitorial hasta mostrar el erecto cuerpecillo, me
sacude un involuntario estremecimiento, y la pequeña cabecita se exhibe retadora
pero contradictoriamente inerme, desprotegida, con toda su sensibilidad
expuesta. Bato ligeramente mis dedos por sobre la base, sin tocar la parte mas
sensible, me invade un deseo irrefrenable, la agitación lo delata, mis senos
danzan al compás de mi respiración, presiono mi embocadura y los dedos
desaparecen en su interior succionados con voracidad, mi desborde es prominente,
un caudaloso manantial a desatado su torrente entre mis piernas, las
involuntarias contracciones inician una desordenada danza anunciando la
proximidad del erótico estallido, mi perturbación se acrecienta a cada momento,
en mi turbulento estado me resulta un acertijo determinar a quien pertenecen las
manos que acarician mi sexo, mi cerebro es continuamente bombardeado por
imágenes lascivas en las que soy acariciada por lenguas candentes e inquietos
dedos que hurgan mi intimidad ávidos por procurarme placer, en aquella
voluptuosa danza creo distinguir dentro de la confusa multitud, la presencia de
mi Sebastián, eso me desquicia y acelero la cadencia de la estimulación, siento
llegar el placer y tengo a mi hijo imaginariamente montado sobre mí,
cabalgándome con dominio y sometiéndome a su voluntad, le exijo mayor rigor y le
grito:
Así Sebastián, dame mas, si, si, dame, quiero mas,
Sebastián, dame, dame mas Sebastiánnnnnnnnnnnnnnnn.
Mis palabras de ensueño fueron realmente pronunciadas,
mientras me invadía un intenso orgasmo que lejos de calmarme acrecentó mi
voracidad, aún no estaba consciente del efecto de mis palabras, pero su
presencia manifiesta me hizo reaccionar, allí se encontraba él exigiendo
airadamente su derecho a entrar al habitáculo después de haber sido aludido y
requerido, los golpes en la puerta y su fervoroso reclamo por entrar, me sacaron
del embeleso en que me encontraba sumida, mi primera reacción fue de vergüenza y
recato, pero mi estado de impaciente apetencia ya no admite dilación, después de
todo se trata de mi ilusión hecha realidad, yo misma, en estado de abstracción,
la he provocado. Es tarde para arrepentimientos.
Me levanté como pude y abrí la puerta, él entró desbocado de
pasión, completamente desnudo y mostrando una irresistible erección, no hubo
oportunidad para las caricias previas ni para las palabras, la ansiedad extrema,
el deseo al límite y la pasión desesperada, nos unió de bocas y sexos en forma
inmediata y violenta como si no pudiésemos aguardar ni un instante mas. Nuestras
lenguas se entrelazaban para que nadie pueda separarlas jamás, en nuestra
desesperación nos hacíamos daño con los dientes, nuestros sexos unidos
demostraban su avidez por extraer todo el néctar acumulado durante la estación
de los escrúpulos. Me mantenía casi en el aire, solo estaba sujeta de su cuello
y sostenida por la trabazón de nuestros genitales, yo me retorcía en torno a su
erección como un reptil, improvisando eróticas contorsiones en demanda de mayor
placer. Allí mismo se produjo la gran explosión, él sosteniéndome, yo prendida
de él, sacudiendo nuestros cuerpos en forma endemoniada, con la cadencia de los
chasquidos de la carne al golpearse entre sí, complementaban la abstracta
sinfonía, nuestros discordes gemidos de placer, llanto, balbuceos y gritos
desgarradores, así, si de ese modo, en forma frenética, violenta, animal, sin
vacilaciones abrimos paso a nuestra insurrecta urgencia y lo hicimos contra la
normatividad estatutaria. Quedamos inundados, una cascada de placer que nos
manaba caudalosa, nos fuimos aflojando mientras se despedían de nuestros cuerpos
las últimas gotas de gozo con recónditas pulsaciones, invadidos por una
adormecedora laxitud íbamos recobrando el juicio, su espalda apoyada en la pared
se fue resbalando hacia abajo, él me llevaba consigo, quedamos abrazados en el
piso.
Juntos lloramos largo rato, con vergüenza por lo ocurrido y
de pavor por la enigmática réplica de tantos cuestionamientos de inexplorada
secuela. Pero no quedaba duda alguna acerca de la inextinguible flama que había
despertado la pasión de nuestro aberrante amor filial, a desdén de la impronta
que este hecho estamparía en nuestras vidas, por el resto de nuestros días.
Los siguientes encuentros ya no fueron tan salvajes como el
primero, disfrutamos de una apasionada luna de miel durante varias semanas, no
desperdiciamos oportunidad para unir nuestros cuerpos, a cada instante nos
manifestamos deseosos y lo disfrutamos en toda su intensidad, acordamos guardar
nuestro secreto con absoluta reserva y comportarnos ante los demás con total
discreción, nadie debía sospechar del fuego que nos quema por dentro.
Sebastián me pidió que gestione el ingreso de Nilo a un
internado, me dijo que ya había hablado con su hermano y que este le había
manifestado su aceptación; evidentemente Sebastián tiene el propósito de
alejarlo de la casa, para poder enviciarnos de sexo. No comprende que tenemos
todo el tiempo del mundo para que siga aprendiendo a desempeñarse a la altura de
un buen amante, con dulzura y tino seguiré adiestrándolo en el arte de amar
hasta que llegue a ser tan bueno como su padre.
Nilo me manifestó su protesta por el asunto del internado y
me mostró su resentimiento al creer que quería distanciarlo del hogar. Traté de
explicarle, pero en el intento me di cuenta que Sebastián no me había dicho la
verdad, que todo fue una invención para alejarlo. Lo tranquilicé prometiéndole
que no lo cambiaría de colegio, pero desde entonces ha quedado resentido con
migo, pero mas aún con su hermano.
Nilo ha sido invitado hoy a la una fiesta de quince años,
Sebastián está muy contento por que podrá pasarse a mi cama durante la ausencia
de su hermano, yo tendré mas libertad que de costumbre, aunque no quedara
satisfecha, se que de todas maneras lograré algún orgasmo. El caso es que
Sebastián cuenta con muy buenos atributos congénitos, pero todavía está dominado
por sus impulsos, esto le impide hacer del sexo un arte por ahora. Ya está
aprendiendo a controlar la eyaculación, aunque todavía falla durante la
penetración anal y me deja insatisfecha, para colmo es esa mi práctica
preferida. Me reconozco exigente en el la intimidad, se debe a mi exacerbado
furor genital, muchas veces un solo clímax precipitado por mi incontinencia
orgásmica, lejos de saciar mis apetitos, enciende mi flama hasta llevarme al
desenfreno. Se trata de una adicción particular, que desde hace buen tiempo
viene requiriendo atención facultativa especializada.
Espero lista, me he preparado para Sebastián, hemos quedado
solos en casa, estoy impregnada del aroma que mas le gusta, lo espero
impaciente, todo mi cuerpo está aprendiendo a prepararse solo. Antes que mi
macho haga su aparición ya empiezo a lubricarme, siento su llegada, él aparece
desnudo y erecto, invariablemente llega así, y yo espero ansiosa por verlo con
su prieto falo en todo su esplendor, mi genitalidad empieza a segregar, como lo
hace el estómago que segrega jugo gástrico cuando espera la ingestión de
alimentos, en esa forma siente mi intimidad, el delicioso miembro de mi hijo es
su único manjar y así se predispone mi sexualidad, segregando abundante jugo
genital para engullirlo.
Él toma la iniciativa y me besa en los labios con rudeza,
luego me muerde los pezones hasta hacerme doler y después los acaricia
tiernamente como pidiéndoles perdón, sigue bajando, lo domina la impaciencia y
se sumerge entre mis piernas, inhala profundo para embriagarse con mi aroma,
luego bebe de mi manantial, mas húmedo que su propia boca, no se detiene en las
inmediaciones, se prende como una ventosa de mi parte mas sensible, mi eréctil
cuerpecillo ya lo espera descubierto y empinado, yo lo deseo en forma mas
pausada y progresiva, pero él ya está allí, engolosinado. Levanto las rodillas
ofreciéndole mi orificio anal, se desliza jubiloso hasta alcanzarlo con la
lengua en un efusivo reencuentro, le prometo concedérselo después de sentirlo
por delante, el interpreta que ya le pido penetración y me conecta en posición
del misionero, siento mi cavidad vaginal devorándolo por completo, hasta
apuntalarme el epicentro genital, hoy día estoy muy sensitiva y presiento un
clímax apresurado, me está volviendo loca y me tiene al borde de un "orgasmo
Vulcano", el mas intenso de todos, no lo quiero perder, pero controlo mi
efusividad para no inducirle la eyaculación, logro el orgasmo, me voy casi en
secreto y cuando él empieza a notar mis pulsaciones vaginales, me retiro con el
pretexto de cambiar de posición. Nos acomodamos en posición de cabalgadura, yo
montada sobre él, insertada hasta el tope pero con todo el control y dominio de
la acción, inicio rotando suavemente la cintura en torno al miembro erecto, como
recobrando aliento, la estimulación me enardece nuevamente, mi furor se ve
reflejado en la cadencia de mis movimientos, parece que Sebastián ya no puede
retardar mas la eyaculación, yo comienzo a acelerar para no quedarme, dejo de
trotar e inicio un galope desbocado, a toda rienda, los gritos de gozo acompañan
el estallido, ambos hemos iniciado la ida sin retorno; ¡demonios!, ante mis ojos
el petrificado rostro de Nilo, nos ha sorprendido in fraganti, no podemos
detenernos, Nilo se retira presuroso y contrariado, orgasmos simultáneos, los
logramos al unísono, Sebastián no se enteró de lo ocurrido y ha gozado a pierna
suelta, casi tanto como yo, Nilo debe haber creído que estaba forzando a su
hermano por la forma en que me vio montarlo.
Tuve que poner a Sebastián sobre aviso de lo ocurrido, no
podía creerlo, no sabía que hacer ni que cara poner frente a su hermano menor,
le pedí que dejara el asunto en mis manos, que yo trataría de solucionarlo en la
mejor forma posible. Sebastián solo me pidió que de ninguna manera le concediera
a su hermano los privilegios sexuales que él tiene, le contesté que como estaban
las cosas, nada podía garantizarle.
Continúa en DEPRAVADA (Segunda parte)
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