Isdra estaba demasiado acostumbrada a la vida del oasis.
Siendo hija de esclavos, había logrado alcanzar uno de los puestos más altos
dentro del abigarrado mundo de la caravana. Se había ofrecido en la cama a
numerosos altos cargos. Había vendido su virginidad a uno de los mercaderes
jefes, señor de miles de reses y esclavos, y gracias a ello había conseguido lo
que tantos otros nunca lograrán: la libertad. Sin embargo, no se había librado
de las envidias. Una caravana es un palacio de pieles. Las intrigas hacen y
deshacen vidas constantemente, e Isdra, aposentada en su poder, segura de sí
misma como una diosa, nunca se preocupó demasiado en defenderse de ellas.
La vieja Shan ya no era la favorita de su marido. No tenía
nada que hacer frente a Isdra, con su pelo negro corto pero sedoso, con sus ojos
verdes, con sus pechos redondeados y turgentes perfectamente proporcionados, ni
grandes ni pequeños; con sus nalgas firmes y suaves y su aterciopelado tesoro
del bajo vientre. Ella, Shan, "la vieja", ya había pasado la cuarentena. ¿Qué
podría hacer? La respuesta era clara; lo era desde siempre, desde tiempos
inmemoriales. Un ser humano, por ironías del destino, puede pasar de serlo todo
a no ser nada. E Isdra acabaría siendo nada: una vulgar esclava. Casta a la que
por cierto pertenecía y de la que no quería saber nada; casta a la que trataba
con malicia, obligando a sus sirvientes y sirvientas a no mirarle siquiera a la
cara y a servirla completamente desnudos y depilados, mostrando entre lágrimas
de vergüenza y desdicha sus sexos desprotegidos, mostrándose ante ella cuan
insignificantes eran, cuan prescindibles eran y seguirían siendo. Continuamente
los castigaba con brutales torturas y humillaciones. ¡Que feliz era Isdra sin
saber que volvería a sus orígenes!
La vieja y ladina Shan lo preparó todo: pagó a tres
mercenarios del desierto que se la llevaron una noche, mientras dormía. Shan
había introducido un poderoso brebaje en la copa que uno de sus esclavos
desnudos le sirvió, y que obtuvo la libertad gracias a esta traición a su odiada
ama. Los mercenarios la venderían a la primera caravana de esclavos que
encontraran, y ya nadie volvería a ver a la déspota Isdra. Los beneficios serían
para ellos, además de la recompensa por la captura. Otro negocio redondo.
Isdra despertó atada con los brazos en la espalda sobre un
camello renqueante. Los mercenarios la arrojaron al suelo al verla abrir los
ojos. Ella gritó.
¿Quiénes sois vosotros? ¡Soltadme inmediatamente o haré
que os despellejen vivos!
Ellos se rieron a carcajadas.
Ahora no eres más que una vulgar esclava. Y vas a ser
vendida como tal.
Yo no soy una vulgar esclava. – replicó ella
Los mercenarios se desnudaron completamente, ajenos a las
exigencias de la mujer que se debatía en la arena.
¿Qué vais a hacer? – les preguntó, y ya las lágrimas se
le saltaron al percatarse de que alguien la había, efectivamente, vendido
Sin parar de reír, los mercenarios le arrancaron las ropas a
tirones y la dejaron completamente desnuda, desnuda como ella obligaba a
trabajar a sus esclavos y esclavas. Aun así, su coño no estaba depilado: un
matojo negro y suave se extendía como un estuario y, casi casi, le rozaba el
ombligo.
Ni se os ocurra tocarme. – les chilló, ya llorando a
lágrima vida
Uno de los mercenarios le puso un cuchillo en la garganta.
- Tu ya no tienes derechos. – le espetó
Entonces Isdra comprendió. Volvía a sus orígenes. Y no había
vuelta atrás, y si la había, tendría que empezar de nuevo su camino. Fue
levantada de la arena de un tirón y atada con las manos hacia delante a la silla
del camello, y cada uno de sus pies a una y otra pata del animal. Su coño húmedo
quedaba expuesto completamente. Los mercenarios tiraron dados. La primera polla
fue la más dura. Mientras el mercenario la penetraba, los otros dos se divertían
acariciándole el pelo o apretándole los pezones. La segunda fue más floja. La
tercera fue por el ojete. Los otros dos mercenarios miraron mal al tercero. No
les gustaba su filiación por los culos. Después la desataron y la dejaron de
rodillas en el suelo. Hizo tres mamadas seguidas y vomitó. Los mercenarios
apestaban. No la lavaron y la volvieron a atar al camello. La escena se repitió
durante los tres siguientes días. Por lo menos los mercenarios le dieron una
considerable cantidad de comida y agua. No era bueno que una esclava llegara a
la venta famélica, y más si era tan hermosa como aquella. Isdra se acostumbró a
la función diaria y a estar desnuda. Ella, que era temida por todos sus
sirvientes, que era tan orgullosa, tan altanera, tan creída de su poder, ahora
era un guiñapo sin voluntad ninguna. Una perfecta esclava. Que poco hacía falta
para volver a ser escoria. Que poquito hacía falta para volver a lamer el suelo.
Al cuarto día, los mercenarios la vendieron por una buena
suma a los primeros comerciantes de esclavos que encontraron. Se maravillaron
con la belleza de Isdra, pero se espantaron de su olor.
La venta fue casi más humillante que la violación.
Completamente desnuda y con las manos atadas a la espalda, hubo de aguantar como
el viejo esclavista líder de la caravana la manoseaba a su antojo, especulando
sobre su precio y sus posibles usos. Más humillante fue cuando otras mujeres, al
parecer esclavas de la caravana, la llevaron dentro de una de las tiendas para
el baño. Continuamente hacían bromas sobre su nueva situación.
Ya te acostumbrarás.
Lo peor es al principio.
Pareces una princesa. Las princesas son las que más
tardan en aceptar su nueva condición.
Mientras, le daban jabón por todo el cuerpo. Isdra notaba que
se aprovechaban de ella para manosearla con el pretexto de la limpieza. Aun así
no la tocaron más de lo debido. Una vez limpia y perfumada, fue cubierta con una
túnica y encadenada en una jaula junto a otras esclavas. Detrás iba otra jaula
con los esclavos. Ninguna de ellas hablaba. Isdra tampoco deseó dirigirles la
palabra. Eran escoria.
Dos días después, llegaron a la ciudad, en donde todos serían
vendidos. Fue la mayor humillación de todo el viaje hacia la incertidumbre. El
mercado hervía. Comerciantes de todos los reinos exponían sus mercancías:
frutas, verduras, carnes, pescados, pieles, inventos, animales, seres humanos
desnudos… La noche antes de la venta, todos los esclavos y las esclavas fueron
depilados en las axilas y en el pubis.
Pasaban de uno en uno a la tienda y eran preparados. Isdra
entró liada en su túnica, visiblemente avergonzada. Como todos sus compañeros.
- Pasa y no me hagas perder el tiempo. – le advirtió la
encargada de su depilación, una mujer vieja, gorda y desagradable
Isdra fue desnudada por dos eunucos que vigilaban que todo
marchara bien. Fue sentada en una silla dura, y la vieja le abrió las piernas de
mala manera, le untó una extraña espuma blanca en el coño y pasó, rápida y
limpiamente, un cuchillo de afeitar por su superficie. Después hizo lo propio
con las axilas.
A las esclavas se les colocaba, alrededor del cuello, un
collar con una piedra preciosa, generalmente de poco valor. A los esclavos un
brazalete en el brazo derecho. Nada más llevaban para cubrir sus insoportables
desnudeces: ni siquiera ya contaban con sus vellos púbicos. Sus sexos aparecían
completamente expuestos, mojados y erectos y duros en todas sus variantes, ya
que no habían practicado el sexo desde sus respectivas ventas y estaban
observando constantemente a compañeros de ambos sexos desnudos como ellos
durante todo el día.
Llegó la hora de la cena y todos comieron sentados a una gran
mesa, pero bien separados unos de otros para que no intentaran siquiera tocarse.
Se impuso una pena de quinientos azotes y un destino de galeras a los esclavos o
las esclavas que intentaran masturbarse.
- Los esclavos se venden mejor cuando aparecen expuestos en
todo su esplendor. – advirtió a gritos el mercader – Así que si pillo a alguno o
a alguna intentando tocarse, lo desuello vivo.
Todos hicieron sus necesidades y fueron bañados. Fueron
después acostados atados a los catres con los brazos en cruz, de forma que no
pudieran ni masturbarse ni acercarse a otros esclavos para mantener relaciones.
Al lado de Isdra fue tendido un jovencito rubio completamente depilado con la
polla dura como el acero, rojo de pura vergüenza. Isdra se mojó más. Miles de
lagartijas le corrían desde el vientre hasta el pecho. Su coño se fue
humedeciendo al arder de deseo, al no poder apartar los ojos del miembro del
jovencito, levantado como una torre hacia el techo de la tienda. Así pasaron
todos la noche, sin poder tocarse, quemándose en un infierno de deseo. Todos
acabaron durmiéndose, aunque casi todos durmieron mal. A la mañana siguiente,
los pezones y los clítoris de las esclavas eran diamantes, y las pollas de los
esclavos enormes brazos venosos. Fueron desatados y levantados, soñolientos pero
ardientes. Se les dio el desayuno en mesas individuales, para que no se tocaran,
y se les vigiló bien.
Después, se les permitió hacer a todos sus necesidades y
fueron llevados a las duchas. Se les lavó el sudor y los líquidos que el deseo
no satisfecho había fermentado en sus sexos durante la noche, pero se procuró
tocar lo mínimo estos sexos para que siguieran en su glorioso estado. También se
les dio una última pasada de depilación a todos los esclavos y esclavas para que
quedaran relucientes. Después se les perfumó y se les recolocaron los
correspondientes brazaletes o collares. Por último, se les ató a todos las manos
a la espalda y fueron conducidos al mercado.
El espectáculo más patético comenzaba. Isdra fue colocadaza
en la tarima de venta entre el jovencito rubio que estaba a su lado en la cama y
entre una chica rolliza pero de buen ver, voluptuosa, de grandes pechos
ligeramente caídos pero deliciosos a la vista y de nalgas espaciosas pero bien
formadas.
El público comenzó a llegar. Comenzaron las alabanzas y los
comentarios soeces y sádicos. La mercancía tenía la vista perdida en ninguna
parte. Isdra también. Comenzaron las presentaciones. El mercader, en voz alta,
presentaba al ganado, sus cualidades, su excelente estado, su precio.
La primera en ser comprada fue una chica de raza negra
delgada, joven, de pechos pequeños pero firmes con grandes aureolas y de culito
pequeño y respingón. Una pareja de ricos burgueses la adquirió por una
considerable suma.
No me gustan sus pechos. – comentó la compradora
mientras se los pellizcaba con fuerza (la chica trataba de reprimir un
grito) – No son elegantes y no concuerdan con el de mis otras esclavas.
Son irrisorios.
Pero mira sin embargo su coño. – advirtió su marido
acariciándoselo – Es fino y suave.
La chica luchaba por mantener la concentración, pero ante
los dedos del burgués ya le corrían piernas abajo hilos húmedos.
Fue capturada cuando iba a sacar agua al pozo. Es de
una de las tribus del sur. – indicó el mercader – Buena para tener hijos,
para la cama, para trabajar o para ser torturada.
No se no se. – tardaba en decidirse la mujer del rico
burgués
Al final la chica fue rematada y fue la primera en
abandonar la tarima.
El siguiente en hacerlo sería un chico fornido, moreno pero
de piel clara, con una polla grande erecta hacia el público, un glande rosado y
jugoso, unos pectorales hercúleos y unas nalgas firmes pero no demasiado duras.
Había sido muy bien vendido al mercader tras la conquista y la destrucción de su
ciudad natal por parte de unos mercenarios. Una mujer joven lo compró casi sin
pensárselo dos veces, aunque pidió, eso sí, poder masturbarlo para comprobar su
resistencia.
- Por supuesto que puede usted. – le respondió el
mercader
La mujer agarró el pene del chico sin ningún miramiento y
comenzó a masturbarlo: arriba abajo, arriba abajo, arriba abajo. El chico,
aunque lloraba de vergüenza y desdicha, no pudo reprimir un gemido de placer que
hizo reír al público. Un caudaloso chorro de semen guardado durante demasiado
tiempo cayó sordamente en la tarima de madera. La compradora se mostró
desagradada.
Se corre demasiado rápido y quieres que pague por él. –
le recriminó al mercader
Se ha corrido tan rápido porque lleva varios días sin
poder ni siquiera masturbarse. – le explicó este – Pero no se preocupe que
por la falta el esclavo recibirá un castigo.
El joven mostró una expresión de horror.
- Déjelo. – le indicó la compradora – Yo ya me
encargaré de castigarle.
Finalmente, se lo llevó.
Así, llego la tarde. Isdra, al igual que sus compañeros, fue
manoseada de arriaba abajo: sus pezones apretados y chupados, su coño pellizcado
y penetrado por dedos ajenos, sus tetitas y sus nalgas sopesadas, su culo
también penetrado por dedos ajenos y hasta repulsivos, su boca olida, sus
dientes apretados para comprobar su calidad, su pelo acariciado. Como casi
todos, también acabó corriéndose estrepitosamente. Tras tantos toqueteos, un
mercader gordo y desagradable la hizo, con sus dedos gruesos, dar de mano. No
podía más y dejó un considerable charco bajo ella. Pero el mercader gordo no la
compró y prefirió llevarse a una chica de pelo dorado, menudita, de blanca piel
y caderas apretadas pero considerables tetas. Antes de la comida, llegó la "hora
del ejemplo". Eran seleccionados al azar dos esclavos de sexos distintos de los
que se habían corrido durante la exhibición, y eran castigados delante de la
vitoreante audiencia como ejemplo para todos los demás. Por suerte, Isdra no fue
la elegida: le tocó a una chica de estatura media, de pechos prominentes ni
grandes ni pequeños, ligeramente picudos pero de apariencia deliciosos, de pelo
rubio rizado, y piernas gruesas pero brillantes y de culo considerable pero
esponjoso. El chico elegido era un jovencito castaño, delgado, no musculoso pero
de amplios pectorales, de nalgas apenas destacadas pero de largo miembro que,
erecto, se mostraba bastante apetecible.
Fue el chico el primero en sufrir su castigo. Entre lágrimas
y súplicas fue atado desnudo con los brazos en cruz en un atril y con las
piernas abiertas. El verdugo comenzó a darle latigazos. Al principio los
chillidos eran leves y casi sordos. Después, conforme el verdugo apuraba y los
golpes eran más contundentes, los chillidos se tornaron en lamentos animales, de
otro planeta. Fue retirado con la espalda, las nalgas y las piernas
ensangrentadas y casi desmayado. Durante la tortura se había corrido.
Después llegó la chica, también suplicante, llorando a
lágrima viva. Fue atada al atril en la misma posición que el chico, pero la
tortura fue distinta. Con una vela encendida le rozaban periódicamente los
pezones. Los chillidos eran verdaderamente lastimosos. Después pasaron a los
labios inferiores. No fue nada grave, y el cuerpo no quedó deteriorado salvo la
espalda, que fue frotada con un estropajo duro mojado en vinagre (los gritos
fueron ya insoportables) y quedó llena de cicatrices e hilillos de sangre.
Terminada la tortura, los esclavos que no habían sido vendidos fueron dejados en
la tarima mientras sus amos se marcharon a comer. Isdra era una de las últimas.
Estaba asustada. Cuanto se arrepentía en aquel momento de no haber sido lista,
de no haber trabajo amistad con nadie que la protegiera. ¿Qué le depararía el
futuro?