DIARIO ÍNTIMO DE UN GORDO (1)
MARTES, 17 DE JUNIO DE 1986
Me llamo Gerardo.
Ya es casi medianoche, acaba de finalizar la fiesta de mi
cumpleaños número 14 y estoy estrenando este diario.
Siempre quise escribir acerca de mi vida, lo que me pasa y
todo eso.
Soy hijo único y vivo con mi mamá. Mi papá se fue a vivir con
otra mujer cuando yo tenía apenas cinco años y nunca más lo vi.
Yo la quiero mucho a mi mamá. Ella trabaja en una oficina
durante todo el día y muchas de las noches va a hacer horas extras.
Este cumpleaños también lo pasé sólo, como los anteriores que
recuerdo.
En realidad había invitado a mi novia y a mis dos mejores
amigos.
Bueno, en realidad, mi novia no sabe que lo es. Pero me
gustaría que lo fuera algún día, ya que cada vez que la veo o estoy cerca de
ella, parece como que tuviera burbujitas dentro mío.
La invitación había sido para las 7:00 pm, y cuando se
hicieron las 10:00, y ninguno había llegado aún, llamé por teléfono a mi novia
para saber si había tenido algún inconveniente, o tal vez se había demorado por
algún motivo, pero me dijo que no pudo venir porque justo en el día de hoy daban
su novela preferida por la televisión y me pidió disculpas por no quedarse más
tiempo a seguir hablando conmigo, pero ya terminaban los comerciales y
continuaba el programa.
Luego llamé a mis amigos y uno de ellos tenía que cuidar a su
hermano porque sus padres tenían que ir a no sé dónde, eso era muy raro porque
siempre creí que el único hermano que tenía contaba alrededor de 20 años de
edad, aunque tal vez cuando me lo dijo hace un tiempo yo había entendido mal; y
mi otro amigo me confesó primero que había pensado que mi cumpleaños era al día
siguiente y después me dijo que en realidad el que estaba hablando era el
hermano de él y que mi amigo no estaba en ese momento; y cuando le dije que no
sabía que tenia un hermano, se cortó la comunicación.
Es un lástima, porque había gastado parte de mi dinero en
comprar dos bolsas grandotas de papas fritas, una de maníes, dos botellas de
Coca Cola y un pastel de chocolate que es el que a mí más me gusta, todo para
compartirlo con ellos.
Al final me tuve que comer todo yo, aunque por cierto no fue
ningún sacrificio.
Los únicos regalos que recibí hoy fueron un par de pantalones
que me compró mi mamá, que dicho sea de paso me quedaron muy chicos, y este
diario que me lo regalé yo mismo ya que estaba ansioso por escribir algún día
mis vivencias. Posiblemente es porque sé que no tengo a nadie a quién contarle
las cosas que me suceden. Y como no tengo con quién hablar de mis problemas,
decidí escribir mis muchas penas y mis alegrías, que aunque éstas son muy pocas
me deleitan la existencia.
Es que mi novia, en realidad no es mi novia porque aún ella
no lo sabe, aunque estoy seguro que en cuanto se lo diga, lo será, ya que dudo
mucho que alguien en el mundo la pueda querer tanto como yo la quiero a ella. Es
como un angelito con los ojitos más lindos del mundo.
Con los que estoy un poco enojado son con mis amigos porque
se comportan como si yo fuera el único interesado en querer su amistad. Es que
me evitan todo el tiempo, y eso me pone un poco triste.
Unas de mis alegrías más grandes es cuando paso por un
McDonald’s. Me encantan las papas fritas y la doble hamburguesa con doble queso.
Hummmmm! Y me muero por la Coca Cola clásica, porque no me gusta para nada la
Light ya que es bastante más amarga.
Como hoy empiezo a escribir en este diario quise tomarme las
medidas para poner la mayor cantidad de datos sobre mí mismo. Sé que nadie va a
leer nunca mi diario, salvo yo mismo, pero va a ser muy lindo que cuando crezca
y sea más hombre, pueda reírme de las cosas que me pasaron cuando era un
adolescente.
Estoy en los 171 centímetros de altura.
Más complicado fue cuando fui a pesarme en la balanza de baño
de mi mamá. Por más que ya me había advertido que ni se me ocurriera subirme a
ella, lo hice, porque pensé que no se iría a dar cuenta. Fue un error
lamentable, pero bueno, ya encontraré alguna excusa para darle.
Lo malo es que aún no sé cuanto peso, ya que cuando me subí a
la balanza, ésta marcó el máximo de 170 kilos y se rompieron todos los resortes.
La mierda, creo que estoy un poquito gordo.
Después de cenar sólo, ya que mi madre no iba a volver hasta
mañana porque estaba haciendo muchas horas extras, fui al baño y me desnudé
completamente. Sé que mi cuerpo está cambiando. Lo noto, ya que aparecieron
algunos pelitos que antes no tenía entre mis piernas y a veces siento por allí
unas cosquillitas que me agradan.
Además, mis bolas ya están un poco más grandes, y a mi pitito
también lo noto algo distinto aunque igual de pequeño que antes. Nunca alcancé a
verme más allá de mi barriga y eso no me preocupaba antes, pero ahora que me
toco y veo que hay algunos cambios por allí, decidí que finalmente debería verme
y conocerme mejor. Así que fui al dormitorio de mi mamá y descolgué el espejo
que ella tiene sobre el lugar donde se maquilla y lo puse en el piso. Levanté
una pierna, la apoyé sobre la cama y de esa forma me pude observar mucho mejor
los órganos genitales reflejados en el espejo.
En realidad nunca antes había hecho esto, pero ya notaba que
cuando iba a orinar mi pitito ya no era el que conocía, tenía un poco más
volumen, aunque aún seguía muy pequeño, y tenía curiosidad por vérmelo.
Las sensaciones que me producía el estar a veces cerca de
algunas personas, me alteraban en forma muy agradable. Por ejemplo cuando estaba
al lado de mi novia, además del cosquilleo en toda esa zona, sentía que la
mayoría de las veces se me ponía duro. Y cuando esa misma tarde la invité a mi
cumpleaños, un líquido que después en el baño comprobé que era transparente y
algo pegajoso, había salido de mi pene por primera vez. Eso no era orina.
Estaba seguro de que mi cuerpo se estaba haciendo adulto. Ya
nos habían hablado en la secundaria acerca de la educación sexual, la pubertad,
la adolescencia, el desarrollo sexual y todo eso. De que cuando uno crece y se
hace hombre, se enamora, se casa, se tiene que excitar para que se le pare, lo
mete en la conchita, y así es como se tienen los hijos.
Ya entendía que yo no era más un niño y por eso había
decidido que mañana le iba a contar a mi novia lo que sentía por ella, y que me
gustaría que se casara conmigo y tener muchos pero muchos hijos.
La amaba con todo mi ser, pero ella lo desconocía.
Por ahora.
Bueno ya me voy a dormir y espero que me acuerde de escribir
mañana miércoles ya que soy bastante olvidadizo, por lo menos hasta que me forme
el hábito de hacerlo todas las noches para poder detallar mi vida día a día.
MIÉRCOLES, 18 DE JUNIO DE 1986.
Hoy estábamos en plena clase de historia, cuando le escribí a
mi novia uno de mis más lindos poemas. Al final del mismo le puse el mensaje de
que quería hablar con ella urgentemente en el recreo siguiente y la cité detrás
de la iglesia, aunque no le puse mi nombre como para que le diera una grata
sorpresa cuando viera que era yo el que estaba esperándola allí, y aguardé a que
sonara el timbre y saliera del aula para colocárselo entre dos cuadernos y que
lo viera apenas regresara a su pupitre en la siguiente clase.
Salí loco de contento esperando el próximo recreo que sería
uno de los más felices de mi vida.
La materia que tuvimos a continuación fue matemáticas, y yo
la verdad que no entiendo demasiado. Como dice mi profesor, soy un poco burro
para los números.
Cuando sonó el timbre que daba por terminada esa clase, salí
corriendo para el lugar de la cita para llegar antes y que ella no me tuviera
que esperar. Aguardé durante largo rato, y ya cuando pensaba que ella no iba a
venir, de repente mis ojitos comenzaron a brillar.
Allí estaba radiante mi chica!
Mi respiración se comenzó a agitar, y esas nuevas sensaciones
en mi entrepierna comenzaron a hacerse presente nuevamente.
Venía caminado hacia mi con el poema que le había escrito en
la mano.
"Tu quieres que seamos novios, verdad?" Me preguntó apenas
estuvo a un paso de mí, y creí que me iba a morir de la emoción en ese mismo
momento. Ella había adivinado mi intención.
"Sí!" Dije no pudiendo disimular que estaba muy emocionado.
"Es que..." Comencé a decir, y pensé en todo el cariño, todo el afecto y todo el
amor que yo tenía para darle a esa hermosa criatura de Dios. "Es que yo tengo
mucho para darte."
Se acercó aún más a mí apretándose contra mi cuerpo, y pensé
que no pasaría ese día sin hacerme pis encima de la emoción, ya que nunca me
había esperado que ella llegaría tan cerca de mi.
Acercó su rostro al mío, hasta que su nariz tocó la mía.
Me moría por sentir sus labios besando los míos. Se me hizo
agua a la boca, y mi pitito se endureció como nunca antes lo había hecho.
"Veamos a qué te refieres con eso de que tienes mucho para
darme..." Dijo.
Sí, ahora me va a besar!
Ella también estaba enamorada de mi, y quería todo el amor
que tenía para darle.
Cerré mis ojos.
De repente sentí una mano que me golpeó los genitales y los
comenzó a apretar.
"A esto es lo que tú llamas mucho?" Dijo cuando pensé que me
iba a morir, pero ahora de la vergüenza. "Fíjate que Fernando sí que la tiene
chiquita, y eso ya es mucho decir, pero aún así es algo. Es que tú te la has
perdido en algún lado?" Preguntó. "Ya me sospechaba que no sería nada del otro
mundo, pero nunca me imaginé que no me iba a encontrar con nada."
Mi vergüenza me impedía levantar la vista para enfrentarla
cara a cara y mis lágrimas no paraban de salir de mis ojos.
"Escúchame, gordo pelotudo, a quién querías engañar con que
tenías mucho para ofrecerme?" Agregó sin dejar de apretarme la entrepierna, lo
que me tenía petrificado. "Pedro sí que tiene bastante, o mismo Pablo, pero tú,
por Dios, por qué no pasas por la oficina de objetos perdidos para ver si no
está por allí?" Dijo burlándose de mi, al tiempo que finalmente me soltaba los
testículos.
"No entiendo." Dije balbuceando. "No te gustó mi poema?"
Pregunté aturdido completamente. "Ya sabías que era yo el que te lo había
escrito?"
"Pero por supuesto que lo sabía. Es que no puede haber nadie
más burro en la clase. Yo no puedo creer que de las cinco primeras palabras que
has escrito, hayas cometido cuatro faltas de ortografía, y para colmo dos de
ellas en la misma palabra. Pero a quién se le ocurre que yo pueda siquiera
fijarme en alguien tan gordo como tú y que para peor aún, no sabe ni escribir?"
No pude dejar de llorar ni un segundo. Estaba ahogándome en
mi vergüenza y lleno de dolor.
"Y lo peor de todo es que me hayas mentido." Dijo.
"Yo jamás te mentiría..." Dije balbuceando, haciendo un esfuerzo descomunal para
que las palabras pudieran salir de mi boca.
"No me dijiste que tenías mucho para mi, gordo? Eso sí que
fue una buena treta para conquistarme." Y se dio media vuelta como para irse.
"Hasta por un momento pensé que sería cierto..."
"Yo tenía mucho amor para darte." Alcancé a murmurar para mis
adentros, en forma por demás imperceptible ya consciente de que no me iba a
escuchar. "Yo te amo." Susurré.
Se detuvo un instante, miró mi poema nuevamente y volvió a
leer unas líneas.
"Te aviso sólo para que te vayas enterando, que ‘HAMOR’ va
sin ‘H’. No lo puedo creer!!!" Dijo moviendo la cabeza para ambos lados, y
finalmente se marchó, no sin antes romper a la mitad la hoja conteniendo el
poema y dejarlo caer al piso.
Me arrodillé para recoger ambos trozos de papel en los cuales
había puesto con mucho esfuerzo, todo el amor que pude.
Pensé que ese era el ejemplo más grande de la crueldad
humana.
Pero me equivoqué.
Fui al baño a lavarme la cara para que mis compañeros no se
dieran cuenta que había estado llorando, y volví al aula.
Apenas entré, noté que todos me miraban y se reían.
"Alguien ha perdido algo por casualidad?" Gritó uno de mis ex
amigos, y todos sin excepción me señalaron con el dedo y se revolcaban de la
risa.
"Oye gordo, quieres una prestada?" Me preguntaban mis
supuestos amigos apretándose los genitales.
Mis lágrimas brotaron nuevamente a borbotones de mi rostro, y
fui corriendo a mi pupitre, tomé mis útiles y cuadernos, vi a mi novia que era
la que más se reía de toda la clase, y me fui del aula de la misma forma que
llegué, dispuesto a no volver nunca más por allí, mientras me retumbaron las
carcajadas en mis oídos durante todo el trayecto del viaje en colectivo hasta mi
casa.
Llegué a mi dormitorio bañado en lágrimas y me tiré sobre la
cama para seguir con mi llanto.
No pude probar bocado en todo el día y cuando llegó mi madre
a la noche, yo ya estaba metido dentro de la cama.
Entró a mi dormitorio y me preguntó si me habían gustado los
pantalones que me había regalado y cuando le dije que me quedaban chicos, me
pidió que fuera yo mismo a la tienda para cambiarlos. Le rogué para que lo
hiciera ella ya que me daba vergüenza, y me dijo que no podía porque no tenía
tiempo y que además yo debía vencer ese temor que llevaba dentro de mí con
respecto al resto de la gente.
"Pero mamita, es que la gente es mala. Siempre todos se están burlando de mí."
Le dije.
Me acarició el rostro y me dijo que había mucha gente mala en
el mundo, pero que ya iba a encontrar a alguna muchacha bonita que me quisiera y
me cuidara como yo me merecía.
Su comentario me sonó a que sospechaba lo que me había
sucedido, por más que nunca le dije nada acerca de mi novia. O debería empezar a
decir mi ex-novia?
Se disculpó por no poder seguir hablando conmigo ya que debía
tomar una ducha e irse nuevamente para hacer más horas extras a la oficina.
Nunca entendí qué clase de trabajo solía hacer allí casi toda la madrugada y
mucho menos el por qué venía de allí, se duchaba, se cambiaba de ropa, se
maquillaba y volvía a irse.
A los pocos minutos volvió a mi dormitorio con la balanza en
su mano.
"No te dije que no debías usarlo?" Preguntó pero sin
demostrar enojo.
"Lo siento, mamá." Contesté sin intentar negar que yo me
había subido encima de ella.
"Está bien." Dijo y me dio un beso en la frente. "Cómo
pasaste anoche con tus amigos en la fiesta de cumpleaños?"
"Muy bien." Mentí.
Mi madre se volvió a ir, y me puse a escribir lo que me
sucedió hoy en el diario.
Bueno, continuaré mañana jueves.
JUEVES, 19 DE JUNIO DE 1986
Hoy no fui a mis clases, ya que me duraba el resentimiento y
aún tenía mucha vergüenza por lo que me había sucedido ayer.
Lo que sí hice, fue ir a cambiar mis pantalones y de paso
comprarme algunas prendas más, ya que casi todo lo que tenía me estaba quedando
chico.
Llegué a la tienda y me sorprendió ver el maniquí de una
persona más gorda que yo en la vidriera. Por lo menos me quedé tranquilo de que
allí iba a encontrar indumentaria que me quedara bien.
Me gustó la camisa que llevaba puesta el muñeco gigante y vi
que también habían calzoncillos grandes, por lo que entré dispuesto a comprarme
ambas cosas.
"Hola, soy Alicia, en qué te puedo servir?" Dijo la primera
persona con quien me encontré apenas ingresé al local.
"Ay, no." Pensé. No me gustaría tener que pedirle ropa íntima
a una mujer.
Miré para todos lados y sólo veía a más mujeres, por lo que
me resigné a que no compraría finalmente los calzoncillos nuevos.
"Vengo a cambiar estos pantalones que me regaló mi mamá y me
quedaron chicos." Dije.
"Muy bien, y qué tan chico te quedó? Preguntó.
"No sé. No me entran." Contesté no sabiendo qué decir.
"Tú qué talle usas?" Quiso saber.
"Y yo que sé? Son para mi." Dije, empezando a sentirme
incómodo por culpa de esa pregunta
"Yo no puedo saber tus medidas. Tú no las conoces?" Insistió
con hacerme otra pregunta molesta.
"No." En realidad no me gustaría que ahora me tuviera que
manosear todo para medir mi cuerpo.
"No podría saber tu talle, si no tengo tus medidas. Si
quieres puedes pasar al probador y te las tomo con una cinta métrica, o bien te
podría traer un talle más y te vas probando hasta dar con la prenda adecuada."
La verdad que no deseaba hacer ni una cosa ni la otra.
De todas formas, decidí que lo mejor sería probarme la
prenda.
Parecía como si ella se estuviera peleando conmigo. Me hizo
sentir muy mal.
Pero qué le había hecho yo a esta mujer?
Me trajo un talle más y me hizo pasar a uno de los probadores
y cerré la puerta.
La mierda, qué probador más chico. Apenas me podía mover allí
dentro.
De pronto y sin querer oír lo que hablaban en el pasillo, porque eso es mala
educación y no se debe hacer, pero como el probador era poco espacioso, estaba
casi pegado a la puerta y no pudiéndolo evitar, escuché cómo la vendedora le
decía a otra persona:
"No sabes si Zesna está por aquí? No viste lo gordo que está
este chico? Hasta me da asco! Por Dios santo, menos mal que no tengo que tocarlo
para tomarle las medidas."
"No, Zesna salió." Le contestó la otra señora.
Comencé a llorar de rabia.
Pero qué le había hecho a esta mujer para que me tratara así?
Todo era solamente porque yo estaba gordito?
Mis lágrimas no dejaban de rodar por mis mejillas.
"Oye." me gritó de pronto la señora golpeando la puerta.
"Tienes para rato? Porque necesitamos el probador para otra persona."
Me sequé las lágrimas con un pañuelo, aunque comencé a
sentirme aún peor que antes y entonces decidí irme de allí lo más pronto
posible.
"Disculpe, sería alguna molestia si me llevo la prenda, me la
pruebo en mi casa y si llego a tener algún problema con el talle, vuelvo y la
cambio nuevamente?" Pregunté una vez que salí del probador sin haber siquiera
intentado ponérmela en ningún momento.
"Pero por supuesto que no es molestia." Dijo como si eso
fuera un alivio para ella. "Al contrario, creo que hasta sería lo mejor."
Me moría de vergüenza, le daba asco a esta señora.
Y sólo por ser gordo.
Cuando salí al pasillo, noté que había otros probadores más por allí, por lo que
no entendí por qué me había dicho que lo necesitaba para otra persona.
"Discúlpame, pero quién es Zesna?" Pregunté ya que me dejó
intrigado por lo que había escuchado un momento antes.
"Él es el encargado de aquí, pero lamentablemente no está en
este momento." Contestó.
"Por qué usted dice ‘lamentablemente’?" Pregunté porque no
entendí realmente el motivo.
"No por nada, es que él por lo general atiende a los clientes
como tú?" Dijo con una sonrisa que no me pareció sincera.
"No entiendo." Dije aún más desconcertado y poniéndome aún
mucho peor con ese comentario. Cada cosa que decía esta señora lograba
enfurecerme más. "Qué tengo yo de diferente de otros clientes?" Pregunté ya
convencido de que no le agradaba en absoluto a esta persona.
"No, no es lo que quise decir." Dijo demostrando
arrepentimiento por lo que había dicho. "Zesna atiende a casi todos los gorditos
que vienen a esta tienda."
Pero qué había hecho yo para que esta vendedora me tratara
así?
Me odiaba sólo por ser gordito?
Hice un esfuerzo muy grande para no volver a llorar delante
de ella. No le iba a dar el gusto.
Pensé en que si Zesna o cualquier otra persona del sexo
masculino estuviera allí, difícilmente me hubieran hecho sentir peor y me
hubiera animado a comprar la camisa que quería y los calzoncillos que
necesitaba.
Por tratarme de ese modo, esta vendedora se había perdido una
venta y posiblemente un cliente. Nunca más volvería por esa tienda de mierda
después de conseguir los pantalones que me quedaran bien.
Me resigné y salí a la calle.
Sin embargo, dirigí la mirada nuevamente a la vidriera y
admiré esa camisa nuevamente.
Cómo me gustaría tener esa camisa puesta!
Volví a entrar y cuando la chica me vi, puso cara de
fastidio.
"Disculpe, no se enoje! No la quiero molestar. Por favor, no
se enoje conmigo. Pero cuándo puedo encontrar a Zesna?" Pregunté rogando para
que la vendedora me pudiera dar esa información de una vez, ya que me sentía
realmente muy incómodo allí.
"No te puedo asegurar a qué hora volverá hoy, pero puedes
regresar mañana y seguramente lo encontrarás durante todo el día." Dijo dándome
una tarjeta de la tienda por si preferiría llamarlo antes de volver a ir para
asegurarme que estuviera.
No la molesté más ya que insistió para que volviera mañana
así no me tendría que volver a atender, y retorné a mi casa.
Apenas llegué, me probé los pantalones para comprobar que
tampoco me entraban. Ahora estaba irritado ya que había perdido toda la mañana y
me había traído otra prenda que no me servía.
Estaba enojado conmigo mismo y con la vendedora que no supo
resolver mi problema. Es por eso que no me gustaba comprarme la ropa yo mismo.
Siempre me hacían sentir muy mal cada vez que lo hacía.
No me había gustado lo que había dicho, creyendo que yo no la
escuchaba: "No viste lo gordo que está este chico? Me da asco. Por Dios santo,
menos mal que no tengo que tocarlo para tomarle las medidas."
Comencé a llorar otra vez.
Tenía mucha bronca. Estaba furioso.
Como si yo fuera un leproso o una persona muy desagradable.
Si esa bruja de mierda ni siquiera me conoce?
Puta!
Yo no soy desagradable!
Soy un buen tipo!
Pero lejos de enojarme con eso, recordé lo otro que había
dicho en ese momento: "Ojalá estuviera Zesna por aquí."
Eso me hizo pensar que finalmente había algún hombre que
atendiera en esa tienda y que por lo menos suponía que no me haría sentir tan
avergonzado como lo había hecho esa mujer, y me animaría finalmente a
solicitarle que me mostrara los calzoncillos y la camisa que yo quería.
Ojalá Zesna fuera un viejito, porque ellos siempre me tratan
bien.
O mejor aún, que Zesna fuera un gordo como yo.
Sí, eso sí que me gustaría más, que Zesna fuera un gordote
como yo para que me pudiera entender.
Decidí que volvería mañana a cambiar los pantalones y a darme
el gusto finalmente, ya que pasé todo el día pensando en lo bien que me quedaría
la camisa que había visto en el maniquí grandote.
Bueno, me voy a dormir y veremos qué sucede mañana viernes.
VIERNES, 20 DE JUNIO DE 1986
Hoy tampoco fui al liceo.
En realidad tenía una excitación muy grande ya que ni
siquiera había podido dormir en toda la noche pensando las prendas que tanto
deseaba comprar.
Fui a la tienda y apenas entré vi que la vendedora que me
había atendido ayer, se fue corriendo, subió por las escaleras y desapareció de
mi vista. Menos mal que lo hizo porque sinceramente no me agradaba para nada y
no hubiera querido que fuera ella la que me volviera a atender. Sé que a veces
me pongo un poco pesado, pero bueno, yo soy así, no lo hago adrede, aunque de
todas formas ella no tuvo por qué maltratarme de ese modo.
"Está el señor Zesna?" Pregunté a otra señora que se acercaba
para atenderme.
"Sí, un momento, por favor." Dijo y levantó el tubo del
teléfono, marcó un número y preguntó por él diciendo que había una persona que
lo buscaba.
Bueno por lo menos esta otra señora me trató mejor.
Al cabo de unos pocos segundos alguien bajó por las
escaleras.
"Hola, yo soy Zesna." Me dijo sonriendo apenas llegó a donde
yo me encontraba y me sorprendió totalmente cuando me extendió la mano para
invitarme a que se la estrechase con la mía.
Me quedé petrificado del asombro ya que esta persona no me
conocía y me estaba saludando como si fuéramos amigos de siempre.
Además, en realidad yo imaginaba encontrarme con una persona
mayor, bastante más vieja. Pero no, Zesna era un señor de no más de treinta
años.
Y tampoco era gordito.
Le di mi mano y me sucedió algo que no puedo explicar muy
bien. Sentí un sacudón un poco fuerte cuando nos las estrechamos. Fue como una
sensación de haber metido la mano en el enchufe, tal como si hubiera sido una
leve descarga de electricidad. Y además unas cosquillitas por allí, debajo de la
panza.
Al principio hasta sentí un poco de miedo.
"En qué te puedo servir?" Preguntó.
Le conté que ayer había ido a cambiar los pantalones y que
tampoco me quedaban bien los que me dieron.
"Pero quién te dio este tamaño?" Dijo después de ver la
etiqueta. "Espera que te traigo el talle adecuado."
Me quedé mirándolo perplejo ya que en ningún momento habló de
mis medidas, ni mucho menos de tener que tomármelas. Es como que él supiera
perfectamente el talle de mis pantalones con sólo mirarme.
Vino con otra prenda y me aseguró que esa me iba a quedar a
la perfección.
"Si deseas, puedes pasar al probador." Dijo.
"Si, prefiero hacerlo si usted no se enoja, así no tengo que
volver por esta misma prenda otra vez." Dije y me disponía a entrar al mismo
probador que había ingresado ayer.
"No, ven por aquí que estarás más cómodo." Me aseguró y me
guió a otro bastante más alejado.
"Gracias." Le dije, por suerte esta persona me hacía sentir
mucho más confortable.
"Esperaré aquí afuera y si necesitas ayuda, no dudes en
avisarme." Dijo con una sonrisa.
Entré y ahora sí estaba mucho mejor en ese lugar más amplio y
me probé la prenda. Fue asombroso, me quedaba bien.
Estuve como diez o quince minutos mirándome al espejo y
estaba muy contento. Pensé que el señor se habría ido a hacer sus tareas
mientras yo me estaba probando la ropa, así que continué admirando mis nuevos
pantalones por largo rato más, hasta que abrí apenas la puerta del probador para
llamarlo y ante mi sorpresa, el señor Zesna continuaba esperándome parado en el
pasillo tal como me lo había dicho.
Y no me había apurado para que saliera de allí como lo había
hecho aquella bruja puta.
"Señor." Le dije."Me quisiera probar la camisa que tiene el
maniquí de la vidriera."
"Cómo no. Espera un segundo por favor." Dijo y salió a
traérmela.
Volví a mirarme al espejo con esos pantalones puestos y no lo podía creer.
De pronto golpeó a la puerta y me entregó la camisa que yo le
había solicitado y una segunda que me dijo que me quedaría aún mejor.
Noté que tampoco me había preguntado en esa ocasión acerca de
mis medidas. Es como que él conociera los talle de cada prenda para que me
quedaran bien. Me probé la que él había elegido por mí y me gustó mucho más aún
que la otra.
Me vi en el espejo nuevamente con las prendas nuevas y me
emocioné. Me saltaron algunas lágrimas de los ojos.
Me las sequé y me animé finalmente a pedirle al señor que
también deseaba llevarme un par de calzoncillos.
Tampoco me preguntó el talle de ellos, por lo que me dejó
contento por no tener que avergonzarme para nada con él.
"Te van a quedar bien." Me dijo. "Si quieres puedes
probártelos también."
"No, los llevaré. Veo que usted tiene buen ojo para las medidas." Dije
convencido que no iría a tener problema alguno con ninguna prenda. "Me voy a
llevar también la camisa que usted me recomendó, me gusta mucho más que la que
yo quería. Muchas gracias por escogérmela. Usted tiene muy buen gusto."
Sonrió.
Cuando fui a abonar la compra me puse muy nervioso, ya que no
me alcanzaba el dinero para llevarme todo.
"Ay, discúlpeme, pero pensé que traía más dinero. Qué
vergüenza!" Dije con un ardor en mi interior que me reveló que mi rostro se
estaba poniéndose completamente rojo.
"No te preocupes." Me dijo el señor. "A ver, cuánto es lo que
te falta?"
"No me alcanza para llevarme los calzoncillos. Y además
necesito para volver a mi casa en el colectivo." Dije lamentándome.
El señor me hizo un descuento especial para que no me quedara
sin llevarme las dos prendas y además me devolvió también el valor del pasaje
del transporte.
"Le prometo que mañana le traeré el dinero que me falta." Le
dije completamente agradecido por lo que había hecho.
"No, no es necesario." Me aseguró. "No te preocupes. No me debes absolutamente
nada, te he hecho un precio especial para clientes preferenciales. Sólo disfruta
de tus prendas."
Me volvió a dar la mano y en esa oportunidad sentí algo más
acogedor aún.
Lo miré y me estaba regalando una sonrisa sincera que me hizo
sentir muy confortable. Estaba a punto de llorar, pero esta vez de alegría.
"Muchas gracias." Fue lo único que me salió. Estaba muy
emocionado.
"No, gracias a ti." Dijo. "Vuelve cuando quieras."
Todo el trayecto del viaje en colectivo de camino a mi casa
no pude dejar de ver mi mano que sin estar diferente a todos los otros días,
noté que algo allí había cambiado. Me hacían cosquillitas.
Estaba temblando, pero no era de miedo.
Nunca me había sentido así de tan bien en mi vida.
Yo era un cliente preferencial!!!
Me puse muy contento!
Es una pena que esa persona estuviera tan lejos de mi casa,
porque muy difícilmente nos pudiéramos volver a ver nuevamente, salvo que yo
volviera a pasar por la tienda.
A la noche cuando volvió mi mamá, le mostré lo que había
comprado y ella me regañó por todo el dinero que habría gastado.
Cuando le dije lo que había pagado por todo, no me lo pudo
creer hasta que le tuve que mostrar la boleta de compra.
"Pero cómo alguien te puede hacer semejante descuento?" Me
dijo terriblemente sorprendida. "Seguramente se han equivocado."
"No mamá. El señor me lo descontó porque no me alcanzaba el dinero." Dije para
justificar al vendedor.
"Es que si a mi no me alcanza para comprar algo, directamente
me dicen que vuelva otro día con más dinero." Dijo aún sin entender. "A mi nunca
me habían hecho tanto descuento en mi vida." Concluyó.
"Es que soy un cliente preferencial." Le dije y eso me hizo
soltar una sonrisa de oreja a oreja ya que me hizo sentir como si yo fuera una
persona muy importante.
Luego que mi madre salió para hacer sus horas extras, me puse
mis nuevos calzoncillos, que me quedaron a la perfección, los pantalones que me
había regalado mi mamá y también la camisa que yo mismo había comprado y salí a
dar una vuelta a la manzana.
Me gustaba salir a tomar aire y sentarme en el banco de la plaza de la esquina,
viendo pasar a la gente.
Había un señor gordo como yo que vivía en la otra cuadra y
que aparecía algunas noches por allí, ya que salía a tomar aire al igual que yo
y cada vez que me veía se acercaba a conversar conmigo, tal y como volvió a
suceder también en esta oportunidad.
"Hola, cómo te va, Gerardo?" Me dijo y me extrañó que él se
recordara mi nombre.
Yo sí me acordaba del suyo, ya que él me trataba como gente.
"Muy bien, Juan. Cómo está usted?" Pregunté a su vez.
Me preguntó cómo me iba en el liceo y sin entrar en detalles
le dije que hacía días que no iba porque se habían burlado de mi.
"Sabes lo que pasa, es que la gente no nos conoce
internamente. Sólo ven el envase." Me dijo, y no entendí realmente qué fue lo
que me quiso decir. "Pero no deberías dejar de concurrir a tus clases. El único
que se perjudica con ello eres tú y no tus compañeros."
Me fui dando cuenta que este hombre era el único que se
quedaba a mi lado a conversar y que realmente se interesaba por mí. Parecía que
todas las demás personas desaparecían apenas me veían, o se excusaban cada vez
que me les acercaba. Además me estaba aconsejando y la verdad es que lo que me
dijo era cierto. Él tenía razón.
Nunca entendí el por qué, pero la mayoría de la gente me hacía sentir mal.
Pero este señor, no.
Yo soy una persona que me gusta mucho higienizarme. Muchas
veces cuando alguien huía de mi lado, me olía yo mismo para asegurarme de no
tener algún olor feo, y sinceramente no era así. Sin embargo no dejaban de
hacerme sentir esa sensación.
La única persona fuera de mi mamá que me hacía sentir bien,
era Juan. Aunque sinceramente mi mamá nunca estaba cuando yo la necesitaba y
además había temas que no podía hablar con ella.
En realidad ahora me daba cuenta que mi mamá estaba
trabajando mucho. Demasiado diría yo. Se pasaba haciendo horas extras y hasta
nocturnas, incluidos los sábados y domingos. Creo que eso ya era demasiado.
Bueno, pero tampoco me podía quejar porque sin vivir con mucho lujo, nunca me
faltaba nada.
Estuve tentado de contarle a Juan acerca de lo que me había
sucedido con mi ex-novia. Quería decirle a alguien acerca de ese hecho que tenía
clavado como una espina gigante en mi corazón.
Intenté hacerlo en varias oportunidades y siempre había algo
que me distraía del tema y al final nunca se lo dije, pero sinceramente Juan me
inspiraba confianza y sabía que él entendería lo que me estaba pasando porque
era un obeso como yo.
Volví a casa cerca de la una de la madrugada y ahora que son
casi las dos, estoy escribiendo en el diario. Ya estamos en el día sábado, por
lo que ya me voy a dormir.
SÁBADO, 21 DE JUNIO DE 1986.
Hoy me levanté tarde y mi mamá recién había llegado. Fue al
supermercado para hacer las compras y cuando volvió estaba hecha una furia, casi
me mata, porque la madre de uno de mis compañeros de clase le contó que hacía
unos días que yo no iba al liceo.
Me amenazó con no volver a darme más dinero para mis gastos
hasta que me hizo prometerle que a partir del lunes siguiente volvería a acudir
a clases en forma habitual, aunque por más que insistió, por supuesto que no le
conté el motivo de mis acciones.
Que pena, voy a tener que volver a ir en realidad, porque yo
siempre cumplo mis promesas.
Esta noche volví a salir a la plaza y en esta oportunidad no
vi a Juan, aunque lo esperé hasta muy tarde. Después recordé que me había dicho
que tenía que ir a no sé dónde para intervenir en un torneo de naipes.
Volví a casa cerca de la medianoche y cuando comprobé que mi
mamá no estaba en casa, volví a ir a su dormitorio.
Descolgué nuevamente el espejo y lo volví a poner en el piso. Me desnudé
completamente y otra vez levanté una pierna sobre la cama como para poder ver
mejor mis órganos genitales.
Sin ningún lugar a dudas, todo estaba cambiado por allí.
Comencé a acariciarme suavemente. Era extraña la sensación que sentía. Mi
pitulín comenzó a tomar una dimensión mayor. Me sopesé las bolas y cuando sentí
un ardor intenso en esa zona, me asusté.
Tenía que descubrir qué era lo que me sucedía y sobre todo,
era necesario que conociera qué hacer cuando eso me pasaba.
Decidí que mañana domingo iría a una librería a conseguir
algún libro que hablara de los genitales de los gorditos como yo.
CONTINUARÁ
Gracias por los comentarios.