El joven Eladio Lobo ha desvirgado a Berenice Rojas
En todos los bosques silvestres o urbanos del mundo hay
un peligro para bellas doncellas: los ojos vigilantes del lobo feroz acechan los
pasos inocentes de dulces jovencitas que caminan confiadas cantando alegres
canciones sin pensar en que los ojos de la perversidad acechan en las sombras de
los árboles…
Una vez había en un pueblecito una dulce jovencita, la más
linda que pueda imaginarse. Sus cabellos eran rubios, sus ojos azules, su piel
blanca como el marfil con la mejillas sonrosadas, su cuerpo se adivinaba
esbelto, con los pechos marcados hacia adelante cuando llevaba sólo un jersey
los días de calor. Y los pantaloncitos marcaban las otras partes de su silueta,
las caderas, las nalgas, los muslos, que ganaban en carnosidad mientras su
cintura se estrechaba, mostrando a veces la encantadora visión de su ombligo al
aire. Vivía con su madre, que tenía un horno y panadería en el pueblo, y quería
mucho a su abuela, que vivía en una hacienda que había en un bosque cercano en
una de las montañas que rodeaban al pueblo.
Su abuela le había hecho un bonito jersey de invierno, con
una capucha de color rojo para cubrirse la cabeza los días de mucho frío
Un día frío de aquel otoño, su abuela llamó a su madre,
porque estaba algo resfriada, y le encargó que le llevasen unas medicinas de la
farmacia del pueblo.
Aquella tarde, después de salir de la escuela, su madre de
dijo a Berenice:
- Ve a pasar esta noche con tu abuela, porque yo he ido esta
tarde a llevarle las medicinas y está algo resfriada. Llévale estas tortitas de
miel y esta olla de cocido que le he hecho. Como hoy es viernes y mañana no hay
colegio, quédate con ella, y yo iré a buscarte el domingo por la tarde, cuando
cierre la panadería.
Berenice salió enseguida para ir a casa de su abuela, allá en
la montaña. Estaba contenta, porque le gustaba caminar por el bosque, y le
gustaba estar con su abuela, que le dejaba hacer todo lo que quería, no como su
madre, que siempre la estaba riñendo.
Y Berenice, muy contenta, salió del pueblo por el camino que
ten bien conocía y se adentró en el bosque, por el sendero que conducía
directamente a la masía de su abuela. Aquel otoño había llovido bastante, y
Berenice se iba deteniendo para coger setas en los márgenes del bosque y
dárselas a su abuela para que las cocinase. A Berenice y a su abuela les
encantaba comerlas. Encontró muchos nízcalos, la especie que más le gustaba.
En uno de aquellos bosques estaba, cogiendo también setas, el
joven Eladio Lobo, el chico más gamberro del pueblo, hijo del propietario de
casi todas aquellas montañas y muchas de las casas del pueblo, como aquella que
era la vivienda y panadería de Berenice y su madre. Era un muchacho de unos
veinte años, muy peludo y bastante gordo, del que todo el mundo decía que era
muy bruto y muy astuto. En el pueblo todo el mundo le tenía mucho miedo, a él y
a sus leñadores y trabajadores de la serrería de madera de las montañas, con los
que organizaba a veces tremendas juergas y peleas en las fiestas mayores y
discotecas de los pueblos de la zona.
Y el joven Eladio Lobo vio como se acercaba Berenice al
bosque en el que él estaba, junto al sendero que llevaba a la casa de la abuela
de la niña. Cuando se dio cuenta de que era ella, sonrió, al tiempo que sentía
cómo se excitaba y se endurecía su mejor compañera y amiga, la polla más temida
de la comarca. Tenía, desde hacía tiempo, muchas ganas de tirarse a la Berenice,
pero no se había atrevido porque no sabía cómo hacerlo, en el pueblo nunca
estaba sola, y, aunque alguna vez la había invitado a venir a merendar a su
casa, siempre había ido con amigos y amigas del instituto.
La jovencita reconoció, junto al camino, el típico ruido de
la moto del joven Eladio Lobo, una enorme Harley-Davidson decorada como en las
películas del Oeste, y no se sorprendió al verlo salir del bosque.
El joven Lobo, luciendo una chulísima camiseta negra con un
escudo en el que se leía algo así como "Hell’s Angels", le preguntó a Berenice,
a dónde iba, aunque lo sabía perfectamente. La chica, que sabía que era
peligroso para ella pararse a hablar con el joven Eladio Lobo, el chaval más
gamberro del pueblo le dijo:
-Voy a ver a mi abuela, que está resfriada, a llevarle estas
tortitas y una olla de cocido que le ha hecho mi madre. Estaré con ella hasta el
domingo por la tarde. Ah, y también le llevo estas setas que he recogido por el
bosque, a mi y a mi abuela nos gustan mucho.
El joven Eladio Lobo le sonrió a la niña y le ofreció uno de
los cestos que tenía en la Harley, con unos enormes nízcalos, de los mejores,
para que se los llevase y se los comiese con su abuela.
Estuvieron hablando unos minutos, de las zonas del bosque en
las que había mejores setas, y Berenice estaba intranquila al ver que el joven
Lobo sonreía de aquella extraña y algo inquietante manera cuando la miraba al
hablarle. La niña intuía algo, pero no sabía la perversa maquinación que la
astuta mente del joven salido estaba inventando para conseguir por fin el sueño,
largamente acariciado, de tirársela y añadirla a su larga colección de
jovencitas desvirgadas.
-Pues bien -dijo el joven Eladio Lobo a Berenice,- yo pasaré
cerca de casa de tu abuela, tal vez os visite para saber cómo se encuentra ella.
Se despidieron, y la niña le dio una vez más las gracias por
el cesto de hermosas setas que él acaba de regalarle. Observó que el joven
Eladio llevaba unas espectaculares botas de cuero y unos ajustados tejanos que
hacían que su barriga desbordase por todas partes. Era realmente asqueroso y
desagradable. Le daba miedo, como a todas las chavalas del pueblo. Se contaba
cada historia de él… Había dejado preñada hacía poco tiempo a Merche, la nueva
dependienta del supermercado, una joven que luego marchó con sus psdres a la
ciudad. Mas valía tenerlo alejado, no hablar demasiado con él… No fuese que…
La niña siguió por el camino más largo, le encantaba correr
tras las mariposas y hacer ramilletes con las florecillas que encontraba para
dárselos a su abuela. El sol se estaba ocultando detrás de la montaña que daba
al oeste, y pronto empezaría a anochecer.
Cuando Berenice desapareció de su vista, el joven Eladio Lobo
saltó a su Harley, y, a través de los senderos del bosque que él conocía, echó a
correr a toda velocidad, por el camino más corto, hacia la casa de la abuela de
la niña.
No tardó mucho en llegar, apenas unos minutos. Faltaba
bastante para que Berenice llegase a casa de su abuela. El joven Eladio Lobo
pensó que ya sería de noche. Sonrió pérfidamente. Si sus astutos planes se
cumplían, la niña no tardaría mucho en conocer su polla. Y, por la cuenta que
les tenía, nadie hablaría. Tal vez ni tan sólo lo llegase a saber nunca la madre
de la jovencita.
El joven Eladio Lobo llamó a la puerta de la casa de la
abuela de Berenice: pum, pum…
-¿Quien anda ahí? -se oyó la voz de la abuela de la
adolescente -, ¿Eres tu, Berenice?
- Sí, soy yo - dijo el joven Eladio Lobo desfigurando su voz
para imitar la de Berenice - Te traigo unas tortitas de miel, una olla de
cocido, unas setas muy buenas que he cogido en el bosque, abuela!
La buena abuela, que estaba en cama por encontrarse algo mal,
bastante resfriada, le gritó desde el piso de arriba, donde estaba el
dormitorio:
-Da la vuelta a la llave y empuja la puerta, la he dejado
abierta.
El joven Eladio Lobo hizo girar la llave y la puerta se
abrió.
El gamberrote subió al primer piso y entró en el dormitorio.
La abuela de la niña puso una tremenda cara de sorpresa al verle, él, Eladio
Lobo, el chico más bestia y temido del pueblo, allí en su casa, en su
habitación. Se quedó parada, no entendía nada, pero, poco después, al verlo
sonreír, adivinó horrorizada porqué estaba allí, entendió, aunque pareciese
imposible, lo que él pretendía hacer… E intentó levantarse del lecho y gritar
para advertir a su nieta que no se acercase a la casa…
Pero era tarde. Con la velocidad del rayo, y usando su
tremenda fuerza de leñador, el joven Eladio Lobo se hizo con la abuela, la
sujetó, le tapó la boca, la arrastró hasta la habitación contigua, la amordazó
metiéndole un trapo en la boca y, con unas cuerdas que había traído en la moto
la ató a los barrotes de una vieja cama que había. Después de asegurarse que no
podía moverse ni emitir ningún sonido, miró sonriendo a la vieja mujer, que le
mostraba con la ira de los ojos todo el odio y desprecio que sentía por él.. Se
acercó a ella. La miró despectivo, y le dijo:
- Tu nieta se va a encontrar hoy una "abuelita" que le va a
hacer unas cositas que no olvidará nunca, sabes ?
Volvió a sonreír al ver los ojos, ahora de furia infinita, de
la anciana.
-Espero que sea tan puta como dice mi padre que era tu hija,
vieja. Mira, te dejaré la puerta abierta para que puedas oírlo todo.
El joven Eladio Lobo salió de la habitación dejándola a
oscuras, pero con la puerta abierta. Era divertido pensar que oiría sus rugidos
cuando estuviese encima de la jovencita. Cogió el teléfono móvil y llamó a su
capataz de leñadores para decirle que había ido a un asunto suyo, que no le
esperasen, no sabía a qué hora volvería. Normalmente el capataz sabía que eso
quería decir que el hijo del amo se había ido de putas, pero, no se imaginaba
que hoy no se trataba de putas, sino de una putita encantadora. Eladio miró por
la ventana. Había anochecido. La niña debía estar bastante cerca. Para que no se
extrañase y cogerla desprevenido había dejado la Harley en el bosque, al otro
lado de por donde llegaría la jovencita.
Dejó la puerta abierta, como la tenía la abuela, apagó la
luz, dejó que el resplandor del fuego de la chimenea iluminase tenuemente la
planta baja y se fue a la habitación de la abuela. Se desnudó completamente,
miró satisfecho su pene, que se ponía enorme tan sólo pensando en el cuerpo de
Berenice, tal como lo había visto aquel verano en la piscina del pueblo, cuando
ella se bañaba con sus amigas llevando un pequeño bikini, se metió en la cama y
se tapó con las mantas. Se estaba bien allí dentro. Estaba a oscuras, tan sólo
una suave luz de la luna entraba por la ventana del balcón, entreabierta, y
permitía adivinar las formas y muebles de la habitación, aunque no distinguir
los rasgos de la cara. Y el joven Eladio Lobo oyó un pum, pum que venía de la
puerta.
-¿Quién es? - dijo Eladio Lobo, imitando la voz de la abuela
Berenice, que oyó la ronca voz del joven Eladio Lobo sin
reconocerla, tuvo algo de miedo al principio, pero recordando que su abuela
estaba resfriada y acatarrada, pensó que se estaba quedando afónica, y
respondió:
-Soy tu nieta, Berenice, que te traigo unas tortitas de miel,
una olla de cocido que ha hecho mamá y unas setas que he recogido por el camino.
-El joven Eladio Lobo le gritó, intentando dulcificar un poco
su voz para que no sospechase nada:
-Da la vuelta a la llave y empuja la puerta.
Berenice hizo girar la llave y la puerta se abrió.
Eladio Lobo, al oír que la niña ya había entrado, dijo:
-Guarda lo que traes en la despensa y sube aquí, a la
habitación, a estar conmigo.
La abuela, con los ojos rabiosos, lo oía todo desde la
habitación en la que el joven Eladio Lobo la había dejado maniatada y
amordazada.
Berenice se quitó el anorak y lo guardó todo en la despensa y
la nevera. Se estaba bien allí, con el calorcito del fuego. Subió hacia la
habitación a ver a su abuela y estar con ella.
El joven Eladio Lobo, al ver dibujarse la silueta de la niña
entrando en la habitación, le dijo, ocultándose en la cama, debajo de la ropa:
- Ven a acostarte, que ya es muy tarde, se ha hecho de noche
y debes estar cansada del camino.
La niña continuó extrañándose de la ronca voz de su abuela.
Debía de tener un catarro muy fuerte.
Berenice se desnudó. El joven Lobo se las ingenió para
observarla desde dentro de las sábanas, y la tenue luz de la luna iluminaba
suficientemente el cuerpo de Berenice ante los ojos del joven Eladio Lobo,
acostumbrados ya a la oscuridad de la habitación. Espió cómo la niña se quitaba
los pantalones, y la silueta de los bellos muslos se dibujó en la penumbra.
Y cuando se quitó el jersey y la camiseta las manzanitas de
los pechos se dibujaron enhiestas, con las puntas de los pezones hacia delante.
Y el joven Eladio Lobo sintió como su polla se endurecía agigantándose cuando se
dio cuenta de que la jovencita se estaba bajando la braguita para meterse en la
cama.
En su habitación, la abuela, habiendo oído las voces, pugnaba
por liberarse, sin conseguirlo, de sus mordazas y ataduras, impotente al darse
cuenta de que no podría evitar que el brutal gamberro Eladio Lobo desvirgase a
su nieta en los momentos siguientes. Intentaba transmitirle, un pensamiento de
que huyese…
Eladio Lobo notó que por fin la niña separaba las sábanas y
la manta y se metía en la cama, acostándose a su lado. Como la cama no era muy
grande, notó enseguida el contacto del costado del cuerpo de la jovencita en el
suyo, y cómo los pies se tocaban.
Berenice se pegó al cuerpo de su abuela, al notar el
calorcito agradable que daba su piel caliente. Se abrazó a su abuela, pero se
asombró al notar como era.
La niña notó que su abuela pasaba sus brazos por su cuerpo,
llevándola hacia ella, pero notó que eran peludos y largos.
- Abuela, ¡ Qué brazos tan largos tienes !
-Es para abrazarte mejor, hija mía
- Abuela ¡ Qué peludos tienes los brazos !
-Es para darte más calor, hija mía…
Notó entonces Berenice que su abuela le acariciaba los
pechitos y metía sus piernas en medio de las suyas, como separándolas. Pero le
pareció que eran muy grandes, no recordaba haberse fijado que su abuela las
tuviese tan grandes… También le sorprendió notar que su abuela tenía una barriga
que no se notaba cuando estaba vestida.
-Abuela, ¡Qué piernas tan gordas tienes !
-Es para correr mejor a recibirte cuando me vienes a ver,
hija mía…
Berenice sintió ahora que su abuelita le estaba dando besos
en el cuello, en la cara, ahora tenía la cara de ella muy cerca, no la veía bien
estaba en la oscuridad, aunque su abuela a ella si podía verla, porque le daba
la luz de la luna…
-Abuela, ¡Qué labios tan grandes tienes hoy !
-Es para besarte mejor, hija mía…
Berenice notó unos ojos brillantes junto a ella. Eran
grandes, como especiales, no los recordaba así, aquello era muy raro y extraño,
su abuela le estaba ahora tocando su sexo… Le gustaba, como también que le
apretase los pechitos, pero nunca su abuela le había hecho aquellas cosas… Y
debía de tener mucha fiebre, notaba su cuerpo muy caliente… Y su abuela la había
colocado de espaldas en la cama, al tiempo que ella se le había ido colocando
encima… Se estaba bien, pero, nunca se había comportado así…Además, con su
abuela encima de ella, le parecía que pesaba mucho, su cuerpo la aplastaba, su
barriga le seguía pareciendo enorme.
-Abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes !
-Es para verte mejor, hija mía…
Y ahora su abuela le besó los pechitos, y apretó fuertemente
sus labios contra los suyos. Su abuela debía estar realmente enferma, porque su
aliento era de vino y de tabaco, y le parecía que su abuela no fumaba… Y los
labios eran tan gruesos.
-Abuela, ¡qué barriga tan grande tienes hoy !
-Es que me traes pastelitos muy buenos, pequeña…
Y ahora le estaba mordiendo el cuello, la cara, los pechitos,
hasta casi hacerle daño, pero le gustaba…
-Abuela, ¡qué dientes más largos que tienes hoy!
-Es para morderte mejor, hija mía !
Y su abuela le volvió a dar un largo beso en los labios, pero
ahora sacó la lengua, una gran lengua, y con ella le abrió la boca y se la metió
dentro de la suya…
-Abuela, ¡qué lengua más grande tienes hoy!
-Es para lamerte mejor, hija mía!…
Y, entonces, notó que había algo muy grande y caliente, como
una especie de palo hirviendo, que estaba empezando a meterse dentro de ella,
como si quisiera penetrar en su cuerpo. Berenice bajó la mano, y encontró algo
largo, grande, gordo, caliente, como un plátano ardiente y muy largo, que salía
del vientre de su abuela y empezaba a meterse en el suyo,
-Abuela, ¡¡¡ qué es esto tan grande que tienes en el vientre
???!!! - casi gritó la niña, muy alarmada
- ¡¡¡ Es algo para follarte mejor, jodida putita !!! ¡¡¡ No
soy tu abuela, imbécil, tonta del culo, soy Eladio Lobo, el mejor follador del
pueblo, ya sabes, hemos estado juntos esta tarde, no he conocido una tía tan
gilipollas como tú, ¿eres tonta o sólo lo pareces? !!!
Y entonces, él echó cuerpo de golpe hacia adelante, en una
gran sacudida, y le metió de golpe aquello tan grande en el cuerpo, al tiempo
que la sujetaba con toda su fuerza para que no se resistiese.
Berenice sintió, al mismo tiempo, el golpe de terror al darse
cuenta de que aquel extraño ser que no se parecía a su abuela no era,
efectivamente, su abuela, sino el chico asqueroso que se había encontrado antes
en el bosque, el joven Eladio Lobo, y el dolor, una especie de gran pinchazo que
notó de pronto, como si algo la cortase por dentro, cuando de golpe el chaval le
acabó de meter el enorme pene en su sexo, penetrándola y desvirgándola
completamente, y gritó, gritó, gritó….
La abuela oyó, desde la habitación de al lado, donde estaba
atada y maniatada, el terrible y desgarrador grito de pánico y dolor de su nieta
cuando el chico la penetró. Ya no había nada que hacer…
Y el joven Eladio Lobo se volvió como loco, devorando a
Berenice, mordiéndola, besándola, cabalgándola de forma brutal y frenética, como
la más violenta de las bestias, gritando de forma inhumana mientras la chica
gemía y lloraba, sin poder resistir la descomunal fuerza que él ejercía sobre
ella…
Y el animal entró en erupción, y cuando sintió que se iba,
que torrentes de semen inundaban el interior del cuerpo de la jovencita, se
movió como mil caballos, la penetraba, se la sacaba, se la volvía a meter hasta
lo más profundo, notaba como brotaba la fuente, ella sentía el líquido
moviéndose a borbotones dentro de ella, se ahogaba…
Pero, pero, ohhh, extrañas sensaciones invadieron su cuerpo,
el dolor se transformó rápidamente en un picor muy agradable, una cosa muy rara,
le gustaba que aquello se frotase dentro de ella… se abrazó al chico, se apretó
a él, notó un placer inesperado, increíble, le gustó que la barriga de él
aplastase la suya, cruzó sus muslos por encima de las caderas del bestia que la
había desvirgado, sintió que su cuerpo se crispaba de placer, gimió, ahora no de
dolor, gritó, besó la cara del joven… Notar el pene de él moviéndose dentro de
ella ya no le producía dolor, sino un goce indescriptible y que nunca había
experimentado, ni aquellas noches en que con sus dedos se tocaba aquello…
El chico notó el cambio de ella, se dio cuenta de que los
gemidos de Berenice ahora ya no eran de dolor, que eran de placer, que la
jovencita ahora estaba disfrutando tanto como él, que no se había equivocado,
nunca lo hacía, sabía reconocer las putitas aunque aparentasen ser inocentes y
virginales doncellas… No había conocido ninguna tía, ninguna chavala que no se
pusiese bien cachonda cuando tenían su verga dentro de sus cuerpos…
Y así el joven Eladio Lobo devoró todo el cuerpo de Berenice,
tragándose su inocencia para siempre jamás…
Y no se movió en toda la noche de la cama, y volvió a
penetrar a la jovencita tres veces más hasta quedar exhausto en la madrugada,
mientras ella le dejaba hacer, desconcertada al sentir un tremendo placer cada
vez que él la cogía y la penetraba, llegando a las explosiones y orgasmos igual
que él, con la mirada perdida en el rostro, abrazándole y besándole cuando él se
lo exigía…
Y el rostro resignado de la abuela, cuando él, completamente
desnudo y satisfecho, con la enorme verga colgándole entre las piernas, y
llevando de la mano a la jovencita que se había follado tantas veces aquella
noche, también desnuda y sudorosa, con los ojos bajos, como avergonzada de
habérselo pasado tan bien siendo desvirgada y follada repetidamente por el más
bestia y gamberro del pueblo, liberó a la abuela de sus ataduras y mordazas,
advirtiéndole enseguida de lo que ella ya sabía, de que no debía de comentar
nada sobre lo que había pasado, ni ella ni su nieta porque si no… Sí, si no…
ella ya lo sabía,… no hacia falta especificarlo…
Sí, el joven Eladio sabía que nadie sabría nunca lo que había
pasado allí aquella noche… Sólo él, Eladio Lobo, ella, la abuela y su nieta,
Berenice…
Y ella, la jovencita desvirgada, lo entendía perfectamente, ,
viendo por la ventana, con su abuela, cómo el joven Eladio Lobo, se alejaba por
el camino, en su Harley Davidson, satisfecha su polla y satisfecho su estómago,
después de tragarse, en un estupendo desayuno que había hecho preparar a la
abuela y su nieta, las setas que había recogido el día anterior con unas
excelentes costillas de la despensa de la mujer, y unos buenos trozos de queso
de cabra y jamón serrano con pan montañés...
Y bebió buen vino de la bota que la vieja guardaba en un
rincón, mientras abuela y nieta le servían atentamente, e incluso él acabó
sentando en sus piernas a Berenice, acariciando sus muslos y dándole trocitos de
jamón en la boca..
Y, encima de la mesa, ostensiblemente, para que lo vieran
bien abuela y nieta, antes de marchar, les dejó tres billetes de cien euros, y
se alejó, dándole un pellizco en el culo a la jovencita y diciéndole a la
abuela, con voz achulada e insinuante:
-Comprarle ropa chula, eh? , Quiero que me la tengáis bien
guapa, y me la traes aquí siempre que te avise… eh?.., entendido?…
Y así fue como la jovencita Berenice, se transformó en una de
las putitas del joven Eladio Lobo, el muchacho más guarro y animal del pueblo.
Pero ésta no es la única aventura de Eladio Lobo. Tal vez
pronto podamos conocer, si lo deseáis, otras de sus correrías en busca de sexo y
placer…
Os podría explicar qué pasó en la Fiesta Mayor de un pueblo
cercano, llamado Hamelín, cuando Eladio conoció a Alicia, su pareja por sorteo
trucado en el Baile de las Maravillas…
Y muchas otras historias…
Abril de 2005

Historia del Manga – 1997 –
Caperucita Roja y el Lobo Feroz