Lo pensé mejor y me arrepiento de lo que dije. Acabo de
regresar de hacerme unos estudios y créeme cuando te digo que lo siento más aún
cuando leo tu carta:
Me estoy tomando el tiempo de escribir porque a nadie
le importa mi vida y mucho menos lo que escriba. Hace ya mucho tiempo que
perdí la esperanza de seguir luchando contra esta enfermedad. Me siento
solo. Estoy en una prisión cuya condena es cadena perpetua. No sé qué
hacer y estoy desesperado.
La historia de mi sufrimiento comenzó hace algún
tiempo. Aún lo recuerdo como si hubiese sido ayer. Eran las tres de la
mañana cuando sonó el teléfono, hablaban del hospital. Mi hermano había
sufrido un accidente y necesitaban un donador compatible urgente. No lo
pensé y salí de inmediato. Al llegar, desesperado busqué al doctor que lo
atendía y me ofrecí para la donación de sangre. El doctor dijo que primero
tenían que hacerme unos análisis de compatibilidad de sangre. Pasé a un
cubículo pequeño, tomaron una muestra de sangre y me hicieron esperar.
Apareció el doctor y me hizo pasar con él. Fue directo
en su respuesta: "Usted es seropositivo, no puede ser donador. Su
sangre es compatible pero no podemos autorizar la transfusión, lo siento
mucho". En ese momento sentí que todo pasaba lentamente, como si el
tiempo se hubiese detenido en el momento en que el doctor emitió el sonido
de mi camino. No supe qué decir, me había quedado sin palabras.
Innumerable cantidad de cuestionamientos pasaron por mi cabeza. Obviamente
la primera pregunta que me hice fue cómo me infecté, e inmediatamente la
segunda, qué va a ser de mi vida y la de mi hermano.
El doctor ante mi situación, al ver mi cara de
sorpresa, exclamó que no me preocupara tanto, que esto es un problema que
cada vez más está creciendo en el mundo, pero lo que importaba en ese
momento era conseguir un donador compatible.
Ya había llamado a mis padres cuando iba en camino
hacia el hospital y en unos instantes más, después de recibir la noticia,
llegaron. Pasaron rápido a hacerse la prueba de compatibilidad, pero
lamentablemente, para cuando llegaron mis padres ya era demasiado tarde,
mi hermano había fallecido. He vivido con ese remordimiento toda mi vida.
Yo pude haber salvado la vida de mi hermano pero todo por este maldito
virus.
Salí frustrado del hospital y me dirigí a mi
departamento. Mientras conducía pasaron muchas imágenes de lo que había
sido mi vida. Pensé en lo mucho que había disfrutado y de lo mucho que
había desperdiciado. Cómo me infecté, cuánto tiempo me quedaba, cómo
decirlo a mi familia.
Cuando llegué a casa, lo único que hice es recostarme
sobre mi cama e inevitablemente me puse a llorar. No lloraba por el hecho
de tener VIH, sino por no poder hacer nada por mi hermano y por lo injusta
que había sido la vida conmigo. A penas tenía 23 años y ya sabía que mi
vida pronto terminaría.
La vida es injusta porque nunca me ha dejado ser
completamente feliz. Cuando estaba en la secundaria me di cuenta que no
era como mis demás compañeros, que tenía gustos diferentes y ello me
atemorizaba. Descubrí que era gay pero nunca me decidí a contarlo. Mis
padres son muy conservadores, muy devotos a la religión y de mentalidad
cerrada.
Pasaron los años y conocí a varios chicos, entre ellos
Jorge un chico de mi edad que conocí en la escuela y de quien me hice muy
amigo. Sabía que yo le gustaba pero no me llamaba la atención. El día de
la graduación de la prepa se atrevió a decírmelo. El esperaba que dijera
lo mismo, pero yo no le correspondí. En venganza, llamó a mi casa para
contarle ante mi familia mis preferencias y no sé qué más cosas.
Ese día lo recuerdo muy bien. Tenía planeado hacer un
viaje al extranjero; todo se canceló. Mi padre me gritó e intentó
golpearme. Todo había terminado con esa llamada. A partir de ese día las
cosas cambiaron hacia mí, pasaron meses de hostilidad y opté por salirme
de mi casa; ya no soportaba la situación.
Llamé a Carlos, mi mejor amigo, para contarle lo
sucedido y para pedirle alojamiento. Calos es un chavo poco más grande que
yo y que conocí un dia en una fiesta, y a partir de allí no seguimos
hablando y viendo para tener encuentros sexuales. Pero eso ahora no es lo
que importa, el punto es que me aceptó en su departamento y pasé con él
las mejores experiencias de mi vida.
Desde el día que huí de mi casa nos hicimos más que
amigos pero nunca formalizamos nada y es por eso que tuvimos encuentros
sexuales por separado (con chavos diferentes mientras vivíamos juntos) y
fue en alguna de éstas donde me contagié de VIH. En ese entonces tendría
como 18 años cuando comencé a trabajar e ir a la universidad al mismo
tiempo. Pasó algún tiempo antes de que me separara de Carlos y tener mi
propio departamento; esto fue cuando ya había terminado la universidad y
tenía un trabajo muy bien pagado.
La lejanía que había tenido con mi familia durante
tanto tiempo me hizo reflexionar y un día me decidí a llamarles. Habían
pasado cinco años desde aquél día de mi graduación y estaba arrepentido de
que en todo este tiempo nunca les llamé ni les hice saber de mí. Entonces
les llamé. Se pusieron contentos de oír mi voz y pronto nos reunimos, era
un viernes por la tarde. Lamentablemente el domingo siguiente es cuando mi
hermano sufrió el accidente automovilístico que lo llevo al hospital y
luego a perder la vida, y que aún recuerdo fuertemente.
Estuve viendo a mi familia en el velorio y en el
entierro. Y esperé un tiempo antes de decirles a mis padres de mi
situación. Preferiría no haberles dicho nada. Cuando se enterarron,
cayeron en depresión y me responsabilizaron de todo. Dijeron que mi
enfermedad era un castigo por mis preferencias. Hubo un rechazo total y
otra vez nos distanciamos. En esta ocasión intenté hablar con ellos en
innumerables ocasiones pero siempre fui humillado y rechazado.
Fue mi inmadurez e irresponsabilidad la que me hizo
caer en esta situación. Aún recuerdo que de alguna manera en mi trabajo se
enteraron de mi enfermedad y ante la imposibilidad que tenían mis jefes de
despedirme alegando mal desempeño laborar, solicitaron mi renuncia porque,
según ellos y cosa que aún me molesta, la presencia de mi persona en la
empresa impedía que inversionistas extranjeros firmaran un importante
contrato. Nunca se firmó dicho contrato.
Me siento todavía frustrado de cómo una persona de mi
edad tenga la vida truncada de esta manera y que no pueda hacer nada por
recuperarla. Siento que nadie me comprende. Todo el mundo se ha puesto en
mi contra, incluso mi querido Carlos.
Un día me llamó, no sé como consiguió mi número, y me
dijo que quería verme porque necesitaba que habláramos de nosotros. Nos
quedamos de ver un jueves por la tarde para tomarnos un café. Me dio mucho
gusto de verlo. Hablamos de muchas cosas, de lo que había hecho desde que
tuve mi propio departamento y de los logros que había tenido en mi
trabajo.
Le conté todo lo sucedido en mi familia y trabajo, pero
no el motivo por el cuál mis padres no me hablan o por qué no tengo más mi
exitoso trabajo, solo dije lo más superficial posible porque temía
perderlo a él también.
Carlos cayó como una gota de agua en el ardiente
desierto y me permitió olvidarme de los problemas que tenía. Me platicó de
sus planes de trabajar en el extranjero y que requería de compañía. Por
una semana todo estuvo bien hasta que llegó el momento de que decidiera si
iba o no con él. Acepté. Sin embargo, el remordimiento de no decirle que
estaba infectado me comenzó a consumir y exploté, tuve que decirle todo.
-Carlos necesito hablar de algo muy serio contigo.
-No me digas que ya te arrepentiste de ir conmigo.
-No. No es eso. Es sobre mí.
-Pues bien, dime.
-Tengo VIH y aunque aún no manifiesto lo síntomas,
tengo conocimiento de ello desde la muerte de mi hermano.
-No puede ser, ¿por qué no me lo dijiste?
-Temí tu rechazo.
-¿Cuándo te infectaste?
-Al parecer después de que me salí de casa de mis
padres y me fui a vivir contigo.
-¿Entonces yo también puedo tener?
-Muy probablemente sí
Me hizo salir de su departamento, muy molesto. Me dijo
cosas que prefiero no escribir, pero que nunca se borrarán pues hirieron
mi corazón. No me ha llamado, no me contesta las llamadas, no me abre su
puerta. Estoy desesperado. Y lo peor es que no le pude decir lo mucho que
lo quiero, que fue y es la persona más importante en mi vida. Pero sin él
la vida ya no tiene sentido. ¿Para qué un día más de sufrimiento?
Carlos si bien no te lo pude decir de frente, recibe
esta carta donde te escribo y te hago saber algunos detalles del porqué
hoy me quito la vida. No quiero experimentar los síntomas físicos de la
enfermedad; los emocionales me han destrozado. Solo recuerda que fuiste el
amor de mi vida.
Te quiere Fer.
No pensé las cosas bien, perdón por lo que te dije Fer.
Tampoco te lo pude decir pero también fuiste el amor de mi vida. No sabes cuánto
sufro por tu ausencia, desde el momento en que te apartaste de mi vida.
Hablé a tu antiguo trabajo para conseguir tu número, después
de mover la tierra para saber dónde trabajabas. Pero eso ya no importa. El
motivo por el cual quería que viajaras conmigo era porque quería pedirte
matrimonio y casarnos en España, pero ahora ya no se puede, y sin ti no existe
mi felicidad. Yo, Carlos, te amo a pesar de lo sucedido.