rompen las olas del mar.
Cuando Maricela me dijo envuelta en lágrimas de emoción que
durante la Semana Santa se iría a catequizar quise hacerle dos cosas, la
primera, pedirle que me devolviera el anillo de compromiso que le había dado
hace apenas dos meses, y segunda, simplemente estrangularla. Comprendí su
emoción, pues ella había tenido ganas de vivir esa experiencia que de alguna
manera conjuga su cariño por los niños desvalidos y su fuerte devoción en
Jesucristo, sin embargo, que a causa de ello cancelara las vacaciones que ya
teníamos planeadas me ponía de muy mal humor.
Más por supervivencia que por gusto, tomé la determinación de
irme de vacaciones yo sólo, sin Maricela. Que ella se fuera a su semana de
catequización y yo a cualquier parte, a cualquier lado en el que me sintiera de
verdad lejos de ella. Mi plan era, de inicio, amargo como cualquier plan B.
Contaba con poco dinero luego de descubrir que la agencia de
viajes que nos llevaría a un paseo colonial por Zacatecas y Guanajuato no
reembolsaba en caso de cancelaciones, así que cedí los boletos a Silvio y Elvia,
una pareja de amigos que siento necesitan estar solos un rato, mientras que el
boleto que inicialmente destinaría a mi futura suegra, que obviamente nos iba a
acompañar a Maricela y a mi, serviría para que mis amigos se llevaran a su
pequeña hija.
El artículo comenzaba con una entrada más bien floja en la
que pretendía darte razones para vacacionar –como si no tuvieras suficientes
razones con la vida cotidiana de esta capital-, decía textualmente:
Como llegar: Maruata esta a 158 kms. del Puerto
Lázaro Cárdenas; toma la autopista México-Toluca y Atlacomulco-Morelia. De
ahí la autopista 37 rumbo a Uruapan, hasta Lázaro Cárdenas. Sigue por la
costera dirección Tecomám. Trayecto aproximado : 8 horas, costo de casetas y
gasolina: $964 aprox. Donde hospedarse: Sólo hay palapas y enramadas para
acampar: $30.00-$50.00 por persona, en Nexpa hay cabañas para 8 y 10
personas $500 por noche Administración de los paradores: Maruata (01 200 124
7374/76) La Ticla (01 3133288665)"
Las condiciones de viaje me parecían aceptables y con el poco
dinero que tenía me alcanzaría bien para subsistir, además, con tres tarjetas de
crédito en la bolsa podría sortear cualquier inconveniente que surgiera en el
camino. Eso de playa virgen debe ser una metáfora, sin embargo la metáfora era
desconcertante en aquello que la revista decía que Maruata y las playas
circunvecinas eran "prácticamente vírgenes". Por otro lado, un cuñado mío que
vive en Monterrey me acababa de vender un vehículo Ford Sable modelo 2001 y yo
moría de ganas de sentirlo en carretera. Mi actual Chevrolet Corsa Hatchback se
lo acababa de regalar a Maricela. En realidad el destino era lo de menos,
ansiaba manejar en carretera y escuchar música, abstraerme. Total, el único
riesgo sería que Maricela fuese a catequizar a las playas de Michoacán, lo cual
es imposible. Además, no haría yo nada malo, y en todo caso sería yo quien
tuviera que pedirle cuentas si la veo enseñándole los pecados capitales a los
vacacionistas. Por eso lo que buscaba yo era lo que la revista Chilango ofrecía:
un destino sin tumultos.
Mandé lavar y aspirar el auto para ver cuánto puede llegar a
ensuciarse en el recorrido. Llamó mi atención que las placas que llevaría serían
del estado de Nuevo León, así que quien me viese diría que soy un turista de
Monterrey. Supongo que la gente, y sobre todo la milicia o la policía, te trata
distinto según observa de dónde son tus placas. Si traes placas de Michoacán o
de Guerrero te detienen en los retenes de soldados por aquello de que seas narco
y puedas transportar drogas o armas; si traes placas del Distrito Federal te
detienen nada más para chingarte, por aquello de "Haz patria, mata un
chilango", como si los guardianes del orden, o quien sea, quisieran ver cómo
te defiendes esbozando argumentos con ese tono cantadito de nuestra manera de
hablar que ellos tanto aborrecen; si traes placas de Chiapas te detendrán los
soldados y, si alguno de los tripulantes es morenito y bajito, lo pondrán a
cantar el Himno Nacional y la segunda estrofa de Cielito Lindo,
para verificar que eres un nacional auténtico o si eres un centroamericano que
desea cruzar como indocumentado.
Si traes placas de Nuevo León puede que las fuerzas
policiales no te hagan nada, pues los regios tienen fama de ordenadillos y
previsores, aunque los maleantes podrían suponer que llevas dinero en la bolsa y
te deseen asaltar, pero es relativo; podría suceder que con las placas de Nuevo
León alguien te quiera hacer la vida imposible, también escudándose en el adagio
de "Haz patria, mata un chilango, pero light", pues en México ya varias
ciudades se disputan el título de que a sus ciudadanos les digan Chilangos
Light, y Monterrey es una dura contendiente, aunque les faltan años luz para ser
como nosotros, es fecha que no tienen una librería que se jacte de tener un
mínimo surtido, la gente lee mucho menos, las estaciones de radio son una
soberana estupidez, todavía hay demasiada censura en los medios y en las artes,
se clavan en la materialidad y aun tienen agua potable en los grifos, pueden ir
a un cajero electrónico a solas y de noche mientras que su vida todavía vale un
poco en las calles. Por los pasos peatonales la gente todavía se mira a los ojos
en vez de ver las baldosas en el suelo, con esa inquietud que cada vez se ve
menos en el Distrito Federal.
Con el coche listo e impecablemente limpio emprendí, el
jueves santo a las ocho de la mañana, mi viaje a la playa Maruata, en la costa
michoacana. Según el tiempo estimado por la revista Chilango me esperaba un
trayecto de ocho horas. Calculando eso, más lo que me demorara en comer, vendría
llegando a las dieciocho horas a más tardar. Me tocaría ver el atardecer y el
ocaso del sol tendido en las arenas de aquella playa que se antojaba
paradisíaca. Llamé a Maricela a su teléfono móvil para descubrir que lo tenía
apagado.
Salí se la Ciudad de México sin saber a dónde diablos se
había ido ella a catequizar, y ella tampoco sabría dónde estaría yo. Me sentí
libre y ese segundo de libertad me cimbró de pies a cabeza, pues se trataba de
una libertad respecto de Maricela, ¿De quién si no? De la mujer que tanto me
gustaba y me había dado el sí para casarse conmigo. ¿Por qué esa libertad
respecto de lo que más amo me ponía dichoso? No lo sé, tal vez la carretera me
ofreciera respuestas.
Dicen que el Zócalo de la Ciudad de México, y de hecho toda
la ciudad, es el Corazón de México. El estado de Michoacán tiene otra
fama, a él le dicen el Alma de México. Igual sólo se trata de frases
bonitas que se les ocurrieron a los publicistas que quieren atraer el turismo,
pero puede que la inspiración de éstos tenga algo de razón.
Tomé la carretera a Toluca, luego Atlacomulco, recorrí todo
ese tramo del Estado de México en dirección a Morelia, la capital de Michoacán.
Obvio, circulé por la carretera de cuota. Puse en el reproductor de discos
compactos la nueva producción de The Mars Volta y pisé el acelerador. The Mars
Volta es un revoltijo genial de King Crimson, Il Balleto di Bronzo, Led Zeppelín
y una que otra raíz latina; su disco "Frances the Mute" es delirante,
aunque te lleva a múltiples sitios comunes. Es, a mi juicio, un grupo en extremo
sobrevalorado, ello debido a la pobreza musical de la escena del rock, pero ello
sólo en cuanto a que se les considere innovadores, por lo demás, los grupos que
los influencian ya no suelen hacer lo que hacían antes, así que está bien que
The Mars Volta lo haga. La música estridente y mi silencio propio me permitieron
ponerme a pensar respecto del escabroso tema de las catequizaciones en manos de
gente con necesidades físicas.
Relacionado con el tema de las catequizaciones y los retiros
de cualquier índole, siempre me ha sonrojado el hecho de que chicas atractivas
vayan a ellos, y no es que piense que una chica buena de nalgas no pueda tener
también un buen corazón, sino simplemente que a mí, la verdad, me da muy mala
espina que cualquier chica linda y bienintencionada se vaya a enseñar la
doctrina de Cristo a pueblitos remotos, probablemente al Estado de Hidalgo, o a
Oaxaca, o a Puebla, sobre todo porque quienes dirigen esas expediciones siempre
suelen ser sacerdotes que en ocasiones además de estar en plena madurez sexual
son apuestos. Y si a ello le agregamos el carácter idílico de que les reviste su
figura de autoridad eclesiástica y lo caliente que puede poner a más de una la
sotana, yo veo ahí un gran riesgo.
No puedo verlo de otra manera, soy un obsesionado del tiempo
y los minutos. En realidad es como una especie de campamento disfrazado de
misión divina, como un día de campo al cual van las chicas a las que no dejan
salir sin chaperón, y que en este caso sí pueden irse y quedarse en lugares
remotos, rodeadas de desconocidos, so pretexto de que van amparadas por una
causa noble. A nuestro viaje por Zacatecas y Guanajuato nos acompañaría la madre
de Maricela, y sin embargo, a la catequización, donde también habría hombres, no
iría.
Lo pienso así porque en las comunidades estarán hablando de
Cristo unas cuatro horas al día, cuando mucho, dormirán ocho horas, por decir,
entonces quedan doce horas libres en las que el diablo puede susurrarle todo
tipo de cosas a los sacerdotes y a las voluntarias, y vaya, yo por muy sacerdote
y célibe que fuera notaría que Norma tiene una cintura exquisita, frágil como un
carrizo, unas piernas largas y bien formadas que terminan en unas nalgas
respingonas, sus pechos me traerían a la mente toda la iconografía de pinturas
celestiales y su carita de María Magdalena no podría sino enamorarme, además es
una chica buena, fanática, crédula y acrítica como cualquiera que a los
veintitrés sigue siendo virgen.
Es probable que mi mente no sea del todo objetiva, que esté
demasiado paranoico, pero no es para menos, la historia de mi mejor amigo,
Silvio, es una historia que me ha tocado conocer de cerca y me deja sin habla.
Él es un tipo normal, bueno, trabajador, se casó con Elvia, una chica muy
similar a Maricela. Su fervor religioso los hizo meterse al Opus Dei, y con ello
contrajeron distintos compromisos que de una u otra manera traducirían sus
creencias religiosas en acciones concretas, sin embargo, de la noche a la mañana
Elvia comenzó a quejarse que Silvio le lastimaba la vagina cuando tenían
relaciones. Según él me comentaba, está bien dotado en su hombría, chile, palo,
basto, verga, cipote, tronco, batuta, palanca de cambios, macana, anguila, pito,
pipirrín, miembro, falo, sinuña, gusanito que escupe, mitrozón 500, o como se le
llame, pero ella nunca se había quejado de nada.
Lo que son las cosas, llegaron al acuerdo de que sólo
tendrían sexo anal. Si bien no dudo que haya algún hombre que sería dichoso de
llegar a semejante acuerdo, el timbre de voz con que Silvio me contaba esa
intimidad me hacía percibir que él no estaba ni por asomo feliz con aquella rara
alternativa. El cortejo simple y la caricia dulce le eran ahora vedados a mi
amigo, quien al comenzar a querer a su mujer sabía que todo tenía un único fin
de calor y sensación extrema. Su sexo se había tornado, según sus propias
palabras, en un ejercicio de lujuria perverso y demoníaco. Me comentaba como la
sensación física era para él muy similar a cuando la penetraba vaginalmente, sin
embargo, Silvio me comentaba que su mente se transformaba en un demonio que
babea de ardor, que mal la penetraba deseaba regarse dentro, que de tener su
verga abrazada por el rojizo anillo que formaba el ano de Elvia le motivaba a
sentir gusto en el hecho de dañarla, de comportarse como un patán, y él no
quería ser un patán. Con semejante acuerdo Elvia había convertido el sexo puro
en un juego obsceno.
Las cosas se pusieron feas cuando Elvia salió embarazada.
Silvio se volvió loco porque estaba seguro de no haberla penetrado vaginalmente
al menos en un año, y ella en vez de discutir el punto se cerró en su religión,
lo culpó a él de sospechar de ella, quien se convirtió en una especie de extraña
para él. Silvio no me lo dijo claramente, quizá porque le apenaba mucho, pero me
dio a entender que su mujer, entre otras tantas excusas absurdas, había sugerido
la posibilidad de haber sido embarazada por el espíritu santo, justo como la
Virgen María. Tuvieron su niña, nada parecida a él, ni a ella. A partir de ahí
Silvio ha vivido en una incertidumbre que lo destruye segundo a segundo. Quiere
mucho a la niña, quiere mucho a Elvia, pero sabe que su mujer ya no le
pertenece, él cree que ella lo engaña con su religión, yo pienso que la religión
no tiene nada que ver, que se trata de un cabrón como cualquiera que supo decir
las cosas correctas para que Elvia le entregara las nalgas.
Para mi, que estoy de alguna manera fuera de la situación,
las cosas me parecen bastante evidentes: algún religioso o asesor espiritual ha
de haber tomado posesión de Elvia, comenzó por apoderarse de su fe, luego de su
alma, luego de su culo, y reservó para sí su vagina, luego la embarazó pero es
incapaz de decirle que se divorcie porque no quiere vivir con ella, sino sólo
dominarla, y desde luego cogérsea. La niña ya tiene tres años, y Silvio tiene
que seguir aguantándose el no saber a dónde va su mujer ni qué hace en sus horas
de servicio espiritual, ni por qué llega con cara de sentirse sucia y con
urgencia de bañarse, y eso es para mí lo más triste, pues supongo que con un
peligro y Elvia ni siquiera lo esté disfrutando.
Por eso para mi es un riesgo confiar la mujer a cabrones que
están lejos de ser santos pero abanderan sus actos en la divinidad. Mi amigo
Silvio es para mi un ejemplo muy triste y cercano de que este mundo es muy
culero. Me resulta tan familiar su desgracia que me da temor. Su caso me hubiera
podido pasar a mi, y al igual que él, no podría haber hecho nada para evitarlo y
estaría igual de jodido, incapaz de dejar a la mujer, permanentemente infeliz.
Un terror recorre mi espina al pensar en el caso de mi amigo y ver el resultado
de superponer los personajes, cambiando a Elvia por Maricela, y a Silvio por mi.
No puedo siquiera imaginar a Maricela llegando con uno de estos abusadores con
sotana, que éste le tiente el culo con la mano santa, que la obligue a que se
ponga de rodillas y le inste a que le lama los testículos y luego mame la verga
con fe, y pensar que ella lo hiciera con un gramo siquiera de gozo me enfurece.
Luego de que establecimos nuestro compromiso matrimonial
Maricela y yo hemos sido un poco más arriesgados en nuestras caricias. Ella en
veces me roza con su cuerpo el pene y descubre con agrado lo hinchado que se
pone. En una ocasión pude incluso lamerle ambos pechos. Se puso tan roja y tan
excitada que me quedó claro estar haciéndome de una mujer lo suficientemente
apasionada para satisfacerme, de hecho el tema de riesgo ahora parece ser si yo
le daré abasto. Yo he tenido sexo, no con ella, obviamente, y siempre me ha
parecido que el tema es tan intenso como complicado.
Crucé el límite de los estados de México y Michoacán. Suena
raro, pero así lo sentí, al rebasar la línea fronteriza que me da la bienvenida
a Michoacán, se respiró un aire distinto; las casas empezaron a tener otro
estilo y el campo mismo pareció más relajado, más brutal. Comencé a ver señores
con sombreros, verdes pastizales, pequeñas presas al lado de la carretera, y un
cielo diferente, como más grande. Eran como las once de la mañana, llevaba buen
tiempo para ser jueves santo.
Durante todo el transcurso por el estado de México no me
había tocado ver a ningún animal atropellado. En Michoacán era distinto, pues
luego de manejar unas cuantas horas ya me había tocado ver, y oler, un par de
mofetas atropelladas. Eso me hizo suponer una de dos cosas, o que había una
sobrepoblación de zorrillos en Michoacán, o que la población de esas mofetas
apestosas era normal pero que éstas eran una de las especies más estúpidas de la
fauna mexicana.
Volteaba a la orilla de la carretera y miraba los letreros
que incitaban a cuidar de la fauna. Había un letrero con una boa dibujada y
abajo decía, PROTÉGEME. Había otro más chusco que tenía dibujado un búho y decía
PRECAUCIÓN, CRUCE. "Cruce de búhos" pensé, a la vez que me reía de imaginarme a
un búho lo suficientemente idiota para cruzar la carretera a pie, pudiendo
volar. Aun estaba riéndome cuando se me atravesó ni más ni menos que un
zorrillo. La velocidad a la que iba, la cercanía del conductor que traía a mis
espaldas, y el detalle de que en el carril contrario también venía un chorizo de
automóviles, volvió inevitable el impacto.
A juzgar por como se embarraron los orines de la mofeta sobre
el cofre de mi auto supuse que la colisión tuvo su primer contacto justamente en
la vejiga. El olor no es tan apestoso, es decir, no es un olor tan
insoportablemente horrible, aunque lo cierto es que es muy fuerte y persistente,
y eso es lo que molesta. Una cosa fue clara, al embestir al pobre animalillo
éste se apuró de mear antes de morir, con tanta puntería que cayó en algún punto
de mi radiador, ventilador, reducto de ventilación o lo que sea que alimenta la
entrada del aire antes de que se transforme en la brisa fresca que mi aire
acondicionado tan dulcemente me regalaba. Desde ese instante, y hasta que no
supiera cómo reparar este daño, tuve que apagar el aire acondicionado y comenzar
a apoyarme en las ventanas para poder recibir un poco de aire fresco.
Por las mismas razones por las que no pude frenar, tampoco
pude orillarme, así que llegué a la caseta del cobro de la cuota con una mofeta
colgando del frente de mi auto. La mirada del personal que trabajaba en la
caseta fue en verdad indescriptible. Hacían muecas por el olor, gestos ante un
espectáculo grotesco que yo no alcanzaba a ver, y rostros que me acusaban de
asesino de mofetas. El reflejo en la defensa cromada de la camioneta que iba
frente a mi me daba una ligera perspectiva de que colgaba un afiche bizarro en
mi defensa, pues veía reflejada una cabeza reventada en sangre, con un ojo
colgando y la lengua jalada.
Cuando bajé el cristal para pagar supe que el olor que
portaba en el auto era más poderoso de lo que había pensado. Me orille luego de
pagar y los demás paseantes censuraron el hecho de que hubiese despedazado a la
mofeta, criticaron que arrancara el animal con un palo y tirara los restos en el
basurero. Me daba risa verme en una situación tan inmerecida. Retomé mi camino y
avancé con el cofre lleno de sangre, dejando la incógnita si había atropellado a
algún animal o algún niño. Vi un nuevo letrero, era la imagen precisamente de
una mofeta que debajo decía ¡NO ME DAÑES!. Demasiado tarde.
Llegué a la gasolinera y el chico que ahí laboraba sintió
miedo de ese asesino que al parecer yo era. Le pedí que llenara el tanque. Tomé
una manguera y, como pude, comencé a verter agua sobre el cofre, al menos para
que el olor se disipara un poco y para no ir recorriendo el camino con la imagen
de todo un carnicero. Todo ello me retrasó alguna hora.
Apenas iba llegando a Morelia y eran ya las doce del día.
Tomé la vía más directa y salí a la carretera que va a Pátzcuaro y luego me
desvié como si fuese a Uruapan, por la carretera de cuota. Seguía escuchando
discos y ensimismado en mis pensamientos. La verdad la soledad me estaba
recalando en el cansancio. Antes de llegar a Uruapan la tierra era roja, los
cerros se poblaban de coníferas y el clima era templado. Me sentí muy lejos del
Distrito Federal. Cuando me desvié en dirección a Puerto Lázaro Cárdenas eran ya
las trece horas.
Avancé y no aparecía la costa. La carretera estaba en muy
buenas condiciones, sin embargo, al preguntarle al tipo que despachaba en la
primera caseta de cobro rumbo a Lázaro Cárdenas cuanto faltaba para llegar a
Lázaro Cárdenas me dijo que se hacían dos horas o dos horas y media. Le pregunté
si había un lugar en el cual parar a comer y me dijo que no, que antes de llegar
a la tercera caseta, una que está sin funcionar aun, podía virar a la derecha,
luego otra vez a la derecha, y que encontraría un pueblito llamado Las Cañas,
que ahí podría comer. Mis tripas me recordaban que no había almorzado bien.
Conforme me adentré por la carretera a Lázaro Cárdenas el
calor fue haciéndose más y más terrible. Comencé a rodear una presa de
dimensiones impresionantes, pues parecía como si estuviese frente a una pequeña
bahía. Supe que estaba bordeando la presa de Infiernillo. Me cae que no había
nombre más adecuado para aquel lugar, pues el calor me resultaba sofocante. A
través de mis gafas Ray Ban miraba el color azul que regalaban las distintas
profundidades del agua de la presa. Dentro de la presa había varios islotes que
mostraban pigmentaciones de distintos colores ocres y gris, como si los niveles
del agua tiñeran de distinta forma las capas de tierra. El espectáculo era
maravilloso, pues daba la sensación de inmensidad. El cielo era de un color
celeste uniforme.
Por fin llegué a la tercera caseta. Me desvié a la derecha y
luego otra vez a la derecha. Puse pie en una pequeña fonda, cuya fachada estaba
pintada en un chillante color verde. En la entrada se leía "Comedor Las Cañas".
Eran las quince horas. Estaba comenzando a sospechar que la revista Chilango se
había permitido la ligereza de dividir el número de kilómetros del camino a
Maruata sin considerar ningún posible inconveniente. Si se es realista, uno
supondría que debía manejar a la velocidad del sonido para llegar en las ocho
horas que ellos recomendaban. Tal vez lo hicieron adrede para que cuando uno
descubriera la broma ya no conviniera regresar.
Me senté. La señora que atendía aquel lugar era una Doña
típica, con su cuerpo grueso, rebosante de salud, con trenzas, café oscuro su
piel, con un vestido de tela sencilla, de mirada viva y nariz algo aguileña, sus
zapatos eran de esos con suela de plástico y forro de tela, obviamente sin
medias, portando un delantal. Su centro de operaciones definitivamente era la
cocina. Antes de ordenar cualquier cosa le pedí el baño. Era un único baño, en
la entrada estaba colgada una jaula con un cotorro con aspecto de muy listo
adentro. Me imaginé que sería una amenaza entrar al baño y tirarse un pedo, pues
el cotorro parecía bastante capaz de remedar el sonido. Dentro del baño había un
retrete, pero sin el tanque de agua, tal vez porque no era necesario a falta de
agua entubada. En cambio, afuera del baño había un tonel con agua, supongo que
de pozo, y una tina, para bajarle.
Regresé y me senté junto a una mesa. La señora, a la que
llamaban Doña Petrita, se acercó a tomarme la orden.
-¿Qué tiene de almorzar?- Pregunté.
La doña se me quedó mirando como si fuera yo un ingenuo, y lo
era, pues estaba pidiendo un almuerzo a las tres de la tarde. Comenzó a decir
–Tengo Nopalitos con chile, tortitas de papa, tortitas de camarón, huevo...
-Ah- repuse para hacer más honda la convicción de ingenuidad
frente a la Doña al citar algo que para ella parecía ser imposible de ignorar
–Es que estamos en cuaresma, ¿Verdad?
Ella no me contestó dado lo obvio de mi brillante
observación.
Yo pregunté -¿Y de carne de res no tiene nada?
-Tengo Cecina...- dijo frunciendo las cejas, para luego
soltar la siguiente sentencia que no supe cómo interpretar -...pero Usted sabrá.
Con su "pero Usted sabrá" me estaba advirtiendo que
sus guisos de carne de res, comidos en jueves santo, condenan al infierno a
quien los coma. Me decidí por los nopales.
En otra mesa estaba una pareja. Él portaba una gorra
Rastafari con colores rojo, amarillo mango, negro y verde, propia del movimiento
reggae. Llevaba unas rastas en el cabello, que parecía apelmazado de mugre,
aunque a la vez parecía limpio. Sus barbas no habían sido rasuradas ni
recostadas en mucho tiempo. Su nariz era larga y debajo, en el cartílago que
separa una fosa nasal de otra, llevaba una argolla que atravesaba su carne. En
la ceja traía otra perforación. Vestía una playera negra y pantalones de
mezclilla muy holgados. Su mirada era feroz, y estaba afiebrada, probablemente
como fruto de haber fumado marihuana. Sus labios eran anchos, su cara ovalada.
En los brazos tenía toda suerte de tatuajes. La chica que lo acompañaba era más
bien robusta, considerablemente más limpia que él, con unos pantalones de
mezclilla de marca, levantados de la bastilla para quedarle a la mitad de los
chamorros, que eran gruesos y fuertes, quedando como pantalones de pescador. Era
algo gordita, pero tenía cintura, llevaba una blusa azul y encima una blusa
blanca de botones. Su cabello era abundante y rizado, su boca carnosa, su nariz
recta, sus ojos eran grandísimos, de un color verde deliciosamente impuro, con
cejas pobladas. Ella no llevaba ningún tatuaje o perforación visible, aunque
llevaba un tipo de arete en forma de bastoncillo de porrista en la lengua. En el
cuello se le marcaba una arruga con mucha distinción. Era poseedora de una
belleza extremadamente maternal, todo en ella era abundancia y calidez. Su boca
grande sonreía muy dulcemente, sus dientes de en medio estaban algo separados.
Ella se regodeaba en el chico y éste parecía no prestarle mucha atención. Para
mi era incomprensible que aquella mujer pareciera embobada con aquel sujeto con
tan pocas cualidades visibles. "Debe tratarse de algo filosófico o algo así"
pensé, pues no concebía esa unión atendiendo a criterios diferentes. Ambos
tendrían como veintitrés años.
Una vez que terminé de comer le pregunté a Petrita cuánto
faltaba para Lázaro Cárdenas. Me dijo que como una hora y veinte minutos. Le
pregunté que a cuánto tiempo quedaba Maruata de Lázaro Cárdenas. Ella sólo alzó
los hombros, indicándome que lo ignoraba. Desde la otra mesa se escucho la voz
del muchacho que contestaba la pregunta que no le había formulado a él.
-Cuatro horas. A Maruata vas a hacer cuatro horas.
Empecé a pedirles mayores referencias. El chico me dio
información, pero todo muy revuelto. Ellos desde luego no eran oriundos de las
cañas. Supuse que ellos querían ir hacia allá y que esas señas tan complicadas
eran para generar un sentido de urgencia en mi y hacer más fácil que les diera
un aventón. Pasó un poco de tiempo antes de que la chica dijera.
-Nosotros vamos para allá. Si te desvías un poco en Lázaro
Cárdenas nos podríamos acompañar mutuamente.
Acepté. Ellos llevaban una sola mochila, una muy grande de
cierto, la cargaba él. Ambos se miraron con asombro y burla cuando oprimí un
botón de mis llaves y la cajuela de mi auto se abrió de forma automática.
Prestaron atención en las placas de Nuevo León, luego voltearon a verme. Yo
llevaba botas negras, vaqueras, un pantalón de mezclilla Polo, una camisa de
mezclilla Guess!, que había comprado en una barata, pero ellos no tenían por qué
enterarse de eso. Se hicieron una impresión de mi. "Este Güey es Regio"
pensaron. Me preguntaron si era de Monterrey y yo, inexplicablemente, mentí, les
dije que sí, quizá por un afán de convencerme a mi mismo que no era yo el que
estaba vacacionando solo, sino otro, no yo. Me preguntaron mi nombre y les di el
real. Ángel.
Al colocar la maleta en la cajuela no pudieron sino advertir
lo ordenadita que estaba mi pequeña maleta, retraída en una esquina de la
cajuela vacía a causa de que mi cuñado me acababa de entregar el coche apenas
hace unos días. También notaron mi djembé.
Mi djembé es una de esas partes inexplicables de mi vida. El
djembé es un pequeño tambor africano que reproduce tres notas básicamente, un
bajo, un medio o slap, y un agudo, sin embargo limitar sus alcances sonoros a
esas tres notas sería tan absurdo como decir que el ser humano sólo puede
expresar veintisiete cosas por sólo contar con veintisiete letras en su
alfabeto. En realidad, quienes conocen bien a los djembés afAltagracian que uno
de estos tambores puede reprducir una cantidad mayor de sonidos que una batería
occidental. El mío era senegalés auténtico, labrado en una pieza en madera de
tweneboa, con un diseño autóctono y con una formidable piel de cabra en el área
de percusión. Mi djembé era discreto sólo en el tamaño, trece pulgadas de
diámetro en su superficie de piel, catorce de aro, y veintitrés pulgadas de
alto, sin embargo, su sonido era rudo y profundo, intenso a su manera, romántico
como una pantera.
Pero yo no soy músico, soy más bien un tipo que esta pareja
catalogaría como un regiomontano burgués, vestido con ropa de marca,
comprometido en matrimonio con una lindura impenetrable antes de tiempo, un tipo
que asiste a misa y que tiene un buen empleo, con un carro nada deportivo, más
bien señorial, entonces, ¿Cómo es que tengo el djembé?.
Sencillo, en la iglesia a la que asistimos Maricela y yo
asiste un chico que se llama Rubén, que es artesano y le gustan todas estas
cosas de tambores, collares y demás. A él, en su calidad de artesano, le es muy
difícil demostrar ingresos. Un día me pidió que le fAltagraciara como aval para
poder arrendar una casa para vivir, suponiendo acertadamente que yo soy sujeto
de crédito, y yo acepté porque me inspira confianza, así las cosas, él , para
poder pagar el importe de la renta, subarrenda la casa a otros de sus amigos.
Uno de ellos se dedicaba a tocar el djembé y otros tambores. Este amigo suyo,
que es bastante desobligado, dejó de pagarle dos meses de renta. Rubén corrió a
ponerme al tanto de que probablemente me llamarían para cobrarme. Yo le insté a
que hiciera algo con su amigo, que le embargara algún bien o algo así. Rubén
amenazó a su amigo con embargarle el djembé y venderlo para cobrarse la deuda.
El amigo de él se cagó de risa en su cara y le dijo que se lo llevara, quizá
demasiado seguro de que el djembé era un muy buen djembé y por ende nadie se lo
compraría. Rubén hizo lo único que se le ocurrió, y para no ir muy lejos, me
ofreció el djembé a mí mismo. Yo, sin pensarlo mucho, y aprovechando que había
cerrado un buen negocio, decidí comprárselo sin más, sólo porque era un artículo
absolutamente inútil para mi. Sin embargo, poco a poco fui descubriendo que el
tambor tenía un sonido muy particular, y comencé a usarlo para relajarme y
olvidarme del ajetreo diario. Me metí a internet y ahí hay unos sitios donde
pude aprender unos cinco ritmos diferentes. No me interesa aprenderme muchos
ritmos, sino tocar los que sé con fuerza y perfección.
Pero bueno. A la pareja le sorprendió ver que traía una
maleta insignificante, más otra con un pesado y fuerte tambor. Por cierto, él
decía llamarse Brontis, y ella Altagracia, y al parecer eran de Guadalajara.
Desde Las Cañas a Puerto Lázaro Cárdenas Brontis fue mi
copiloto. Él hurgó mi caja de discos y los apartó sin mucho interés. Tanto él
como Altagracia olían a aceite de sándalo, y uno de ellos, no puedo determinar
quién, se lo había untado encima de la mugre que se almacena en el cuerpo luego
de un día de no haberse bañado.
Brontis, por sacar tema, me preguntó acerca de mi djembé. Yo
comencé a explicarle lo feliz que era tocándolo y la forma en que lo había
adquirido. Juro que quise ser humilde al señalar que por razones obvias mi amigo
Rubén no era sujeto de crédito y yo sí, reduciendo mis méritos económicos a mera
suerte, o sugiriendo, sin estar convencido de ello, que si bien Rubén no era
sujeto de crédito para que alguien le rentara una casa, sin duda era más libre
que yo. Brontis se enfadó de todas maneras, como si pensara que yo era un mamón
presuntuoso, pero en cambio Altagracia, que se veía a leguas que provenía de una
mejor cuna, no me censuró el hecho de tener éxito, ella dijo con una voz muy
dulce.
-No te sientas mal. El estar jodido no tiene nada qué ver con
la libertad. Puedes ser exitoso y libre, o jodido y esclavo. Me da la impresión
de que no confundes el sol con una bombilla.
Brontis se retorció, como si Altagracia le hubiese arrojado
una discreta pedrada. Sentí que yo y mis opiniones éramos tema para la
continuación de una discusión que ellos ya sostenían desde antes. Cruzamos el
Río Balsas y vi un letrero que decía BIENVENIDOS A MICHOACÁN. "Pero cuándo
salimos de Michoacán, que no me di cuenta", pensé en voz alta. Ninguno de mis
acompañantes tomó en serio mi pregunta.
Mal cruzamos el puente del Río Balsas noté que estaban
apostados en una caseta de cobro un grupo de personas. Su presencia no era nada
amable. Según pude advertir, se trataba de unos trabajadores despedidos desde
hacía algún tiempo que alegaban que la empresa NKS no les quería pagar. Eran
muchos, en su mayoría con pinta de mineros en paro. La caseta estaba tomada por
ellos, quienes cobraban la misma cuota de once pesos que cobraría el
permisionario que había edificado la carretera, pero estos once pesos se los
embolsarían ellos y no darían a cambio ningún comprobante. Yo vine a descubrir
cómo estaba la cosa por un ligero roce que tuve con ellos.
En primer lugar, supuse que se trataba de una cooperación
voluntaria, así que cuando le extendí al supuesto ex minero la moneda de diez
pesos, de inmediato se apresuró a aclararme ciertas cosas:
-Falta un peso.
-¿Perdón?
-¡Que falta un peso!- dijo alzando la voz y mirando a varios
de sus compañeros, quienes se comenzaron a agrupar alrededor del auto, sin duda
para intimidarme. El tipo con la tabla con clavos se quedó en su lugar, quizá
para tirar la tabla poncha llantas en caso de que yo quisiese huir sin pagarles
los once pesos.
-Que no es voluntario.
-No. Es una cooperación fija.
-¿Y se puede saber con qué estoy cooperando?
-Somos trabajadores despedidos injustamente y pedimos este
apoyo hasta en tanto la empresa nos pague los sueldos caídos.
-¿Y cuándo te paguen nos vas a regresar nuestro dinero?
No me contestó. Le dijo a sus compinches que no me dejaran
pasar.
-Espérate- aclaré –Ten tu peso. Sólo quiero saber. A mi
también me cuesta ganar el dinero. Sólo preguntaba.
-Ya vete a chingar a tu madre.
Arrancamos. Uno de aquellos miserables le dio con un tubo a
uno de mis reflectores traseros. Maldije mi testarudez, pues aquel peso
regateado me costaría cerca de dos mil cuatrocientos pesos, que sería el precio
de reponer el reflector. Yo estaba indignado. ¿Que eran trabajadores? Yo vi puro
cabrón güevón. Con razón no avanzan. ¿Acaso no podían esperar el fallo de las
autoridades trabajando? Digo, en vez de estar asaltando a toda la gente. A mi
mente vinieron las fantasías militares más simplonas, de esas en las que le
vuelo la cabeza con una bazooka al cabrón que me exigía el peso adicional, y con
otro disparo le vuelo los testículos al de la tabla con clavos, mientras que al
hijo de puta del tubo lo mataría a punta de piquetes de hormiga. Este incidente
me hizo, sin embargo, pensar en lo absurdo de mi burguesía. Hice un berrinche,
pero siento que fue constructivo. Redimensioné el sentido de triunfo en
cualquier discusión. En un país como este, plagado de injusticias, es menester
no preocuparse por sutilezas y procurar que todos salgan adelante. En el fondo
agradecí el desplante del ex minero.
Altagracia me recordó que teníamos que desviarnos a Puerto
Lázaro Cárdenas. Yo cumplí mi palabra. Ella quería comprar unas sandalias, y yo
quería pasar por un taller eléctrico para revisar que las luces del faro
golpeado funcionaran. Eran ya las cinco y media de la tarde. Habían transcurrido
nueve horas y media desde que salí de mi cochera, la revista Chilango había
prometido que estaría rascándome la panza en la playa en ocho horas. Era,
obviamente, mentira.
Afortunadamente frente al tianguis en donde vendían las
sandalias había un taller mecánico y eléctrico. Me revisaron el foco de la vista
trasera y me colocaron uno nuevo. El sol estaba muy fuerte pese a que las peores
horas deberían haber pasado ya. Nos adentramos al tianguis e Altagracia se
compró un par de huaraches de piel que se le veían muy bonitos. Las uñas de sus
pies estaban pintadas al estilo francés con un tono rosa, su empeine y sus dedos
daban señas de una mujer que oscilaba entre un peso y otro, sin embargo, dudo
que algún día haya estado verdaderamente delgada, aunque viéndolo bien, delgada
perdería toda esa gracia que ahora tiene. Delgada se vería tosca, con su actual
peso se veía voluptuosa.
A mi paso por el tianguis sentí que la gente me miraba con
curiosidad, pues esra obvio que yo era fuereño, de hecho todos vestían ropa
mucho más fresca que la que yo portaba, y el colmo venían a ser mis botas, que
si bien son inusuales en el Distrito Federal, acá lo eran aun más por el calor
que puede llegar a encerrarse en ellas. Descubrí que había olvidado echar en la
maleta cualquier sandalia de piel o calzado más apropiado para la playa. Me
compré unos huaraches bastante autóctonos, de esos con suela de llanta. Eran
nada más para sobrevivir.
Altagracia tuvo un gesto que me hizo sentir muy inquieto. Me
dijo.
-Esa cara que tienes se va a quemar muy feo con el sol. ¿No
traes gorra?-
-Odio las gorras-
-¿Sombrero?-
-No tengo.
-Eso no es posible Vaquero. Debes de tenerlo. Te va.
-Tendría que comprar uno.
-Mira, precisamente allá venden unos.
Nos acercamos a una sombrerería y ella me hizo comprar un
sombrero bastante caro tejido en cerdas de algún tipo de vegetal seco, en un
color café ámbar y uno que otro destello rojo, como si se hubiese chisporroteado
sangre en el sombrero. El sombrero me ajustaba muy bien en la cabeza, me daba
sombra y, sorprendentemente, hacía un juego de ventilación muy interesante que
refrigeraba mi cerebro.
Una vez que me lo puse Altagracia remató.
-Te vez muy atractivo Vaquero.
Me puso nervioso porque su voz y su presencia en general me
parecía muy sensual, con todo y que era lo opuesto a mi gusto personal, que eran
las chicas delgadas. De paso me inventó un apodo. Si a las siete de la mañana me
hubieran apostado que al cierre del día contaría yo con un apodo auténtico yo
hubiese apostado diez a uno a que no, pues era algo absolutamente improbable,
sin embargo, eran las seis de la tarde y yo no era ya Miguel Ángel, sino un tipo
mejor conocido como Vaquero. Un orgullo muy extraño se apoderó de mí por ese
simple detalle de tener un apodo. Nunca en la vida había tenido yo apodos, ya
sea porque nunca fui singular, o porque mi gente de confianza no acostumbraba
ponerlos, en fin, sin embargo, granjearme un apodo a mis veintisiete años, con
toda esa aceptación y confianza que un apodo generoso tiene, y sobre todo que no
era un sobrenombre ofensivo, me hacía sentir feliz.
Tomamos la carretera a Playa Azul y antes de llegar a dicho
lugar nos desviamos en un entronque que da a Manzanillo. Era el kilómetro cero,
y Maruata estaba todavía a ciento cincuenta kilómetros. Si bien habíamos salido
de Puerto Lázaro Cárdenas a las seis de la tarde, el llegar al entronque nos
llevó media hora con todo y que quedaba sólo a unos diecisiete kilómetros, pues
hay un tráfico intenso de gente que no sabe manejar, si a ello agregamos a uno
que otro perro suicida, y sobre todo, los reductores de velocidad con diseños
realmente salvajes ubicados a casi cada setecientos metros, podemos hablar de un
camino muy tedioso.
El sol comenzaba a caer. Sentí alegría de saber que ya de
perdido estábamos bordeando el mar. El cielo comenzó a adquirir tonalidades
azules y anaranjadas, el sol lucía fuerte y voraz. El azul del mar era
bellísimo. Fue poco el tiempo que pudimos avanzar con luz del sol.
La música pareció tender un puente entre Altagracia y yo.
Durante el trayecto de los primeros cincuenta kilómetros, es decir, desde el
entronque hasta un poblado que se llama Caleta de Campos, en el reproductor de
discos compactos sonaba el disco número dos de grandeSéxitos, de Fratta. Durante
ese trayecto Brontis se fue al asiento de atrás a dormir un poco, y como
copiloto iba Altagracia, quien sin mucho prejuicio trepó sus pies en el tablero
del coche, dejando a mi vista sus pies, que eran como un par de enanos gráciles
que bailaban fascinados. A mi me gusta recorrer carreteras escuchando Fratta, y
esta carretera en particular, algo sinuosa, con mar a un lado, con sol en ocaso,
con olor a selva tropical, era definitivamente ideal para recorrerse oyendo esa
música. Yo comenté:
-Sabes, cuando uno va manejando por carretera no se necesita,
en realidad, música; lo que se necesita es una banda sonora para el recorrido.
-Estoy de acuerdo. ¿Quién es ese cantante?
-Es Fratta...
-Tiene un timbre muy particular de voz.
-A algunos no les gusta. Pero si te acostumbras a...
-No lo digo porque no me guste. Me gusta. Pero al principio
no sabía si se trataba de un hombre o de una mujer.
-¿No lo distinguías?
-Si. Sólo que el timbre de voz es de hombre, pero la
sensibilidad es de mujer.
-Para mi eso es genial. Escucha lo que va a decir justo ahora
–y canté- "No quiero rosas sobre mi cuerpo, sólo quiero tierra fresca donde me
siembren".
-Es bonito.
-A mi me encanta.
-¿Esta es su foto?- preguntó Altagracia encendiendo una
lamparilla.
-Si.
-Es como la evolución pokemón del vocalista de Café Tacvba.
-Muy evolución pokemón, diría yo. Se parece también a John
Waters cuando se corta el bigotillo de manera finita. Mira, presta atención en
esta canción, se llama Angustiado Tiempo. Siento que sólo puede
escribirse esa canción si se vive en el Distrito Federal.
Comencé a cantarla con todo el sentimiento que esa canción me
produce, moviendo la cabeza de un extremo a otro al rezar la letra, con los ojos
humedecidos a cada instante que cualquiera de sus palabras me tocara un recuerdo
de mi ciudad, de los sueños que he tenido en ella, de los pocos que se han
cumplido, de los muchos que se han roto, de la fe que no decae.
Angustiado tiempo dame claridad para mirar
Todos estos muertos en mi corazón
Y no llorar
Tengo el alma llena
Tengo llena el alma.
Angustiado tiempo dame la razón para soñar
Algo más de viento para respirar, y no dejar
Todo este calor, color, sudor, terror y la humedad
De mi piel cansada de la suciedad de mi ciudad
Estaríamos todos para ver el sol caer en mi
Estaríamos todos para ver el sol
Angustiado tiempo duerme mi razón para soñar.
Estaríamos todos para ver el sol caer en mi, caer en ti.
Angustiado tiempo duerme mi razón para soñar.
Estaríamos todos para ver el sol caer en mi, caer de amor.
Caer en ti.
-Eres un misterio Vaquero. Se me hace muy raro que un
chico como tú estés camino a Maruata, solo, sin compañía alguna.
-No conozco Maruata, no podría decirte que tiene de
particular este viaje. Además me llama la atención que digas "un chico como
tú". Explícame, ¿Cómo es un chico como yo?. Me muero de curiosidad de saber
como me ve a mi una chica como tu.
-No se. Tu carro es un carro muy serio. Luego traes placas de
Nuevo León, pero hablas un poco como en el Distrito Federal. Vistes botas siendo
que vas a la playa. Tu ropa es de marca. Pareces como muy integrado al sistema
económico. Solo porque no te veo el anillo, si no diría que estás casado. Esa es
tu parte fea. Pero llevas un djembé en la cajuela y dices que te gusta tocarlo,
la música que traes es muy especial, toda, no he escuchado nada mediocre en tus
bocinas, eso habla de tu gusto más personal. Veo como cantas las canciones de
Fratta y pienso que estás muy identificado con su música y con esa sensibilidad
de que te hablo. Vi que no te fue indiferente que te dijera hace un rato que te
veías muy atractivo. Te pusiste rojo. Eres un misterio. Me da la impresión que
no has hecho más cosas porque no te has colocado en el camino y compañía
correcta, pero que tu potencial da para muchas cosas.
-¿Y eso que tiene que ver con Maruata?
-Todo. Tal vez Maruata sea un sitio ideal para ti.
-Altagracia!- se escuchó desde el asiento trasero –Te
necesito.
Altagracia volteó a verme y me dijo –¿Te molesta si Brontis y
yo nos queremos un poquito allí atrás mientras manejas?
Yo haciéndome el de mente abierta le contesté que desde luego
no habría ningún problema.
Altagracia se pasó para atrás por el espacio que hay entre
los dos asientos delanteros, y en su maniobra me movió un poco el espejo
retrovisor. En la posición que quedó el espejo pude ver hacia el asiento
trasero. El espejo apuntaba justo en dirección de la verga de Brontis, misma que
estaba ya fuera del pantalón y con una erección sorprendente. De inmediato, mi
cuerpo comenzó a vaporizar del todo, una ráfaga de sangre pareció inundar las
venas de mi cabeza y mi respiración se hizo pesada. Sólo había visto la verga de
Brontis, pero sabía que Altagracia haría algo muy interesante con dicha pieza.
Había yo tenido sexo, un sexo muy regular supongo. Durante algún tiempo estuve
jodiéndome a una prima menor que yo que me había amenazado de entregarse a
cualquiera si no la poseía yo, también había disfrutado del cuerpo de tres
novias que había tenido, siempre en un ambiente marcado por el recato, y ahora,
estaba en el mismo auto, en mi auto, con una pareja que no tenía escrúpulo ni
vergüenza alguna, que podrían hacer el amor en mis narices en un exhibicionismo
pleno. ¿Qué hacía que esta chica medianamente elegante sucumbiera a un chasquido
de dedos de este zarrapastroso? No lo sé, tal vez el poder de esa verga que vi,
pero era más pequeña que la mía.
Escuché cómo se besaban a mis espaldas, era un sonido de una
mutua y frenética sofocación. En el espejillo veía la mano de ella empuñando el
pene de Brontis, rozándolo apenas con los dedos, haciéndolo temblar como la
aguja festiva de un metrónomo, para luego sujetarlo en el puño y agitarlo de
arriba a abajo. Era para mi evidente que aquel sube y baja de la mano le
producía a él gran placer, y a ella una caricia pasiva muy intensa en la palma
de la mano. En el aparato de sonido de mi auto se escuchaba Dentro de tu
Cuerpo de Fratta. Le subí al volumen.
Por el retrovisor pude ver como Altagracia acercó su cara al
pene de Brontis. A cincuenta centímetros de la verga era todavía su cara la de
una chica divertida, no comprometida con la situación; a los cuarenta
centímetros ella sonreía como puede a uno sonreírle una desconocida en la calle,
a los treinta comenzó a ser consciente de lo que iba a hacer, a los veinte
centímetros no había cambio alguno, a los diez centímetros ella sonrió
complacida, pero al estar a cinco centímetros de aquel miembro su cara se
desfiguró por completo, una aureola de hambre le rodeó los ojos, a los cinco
centímetros ella ya tenía aquella verga en la boca sin siquiera haberla
engullido, a los cinco centímetros ya no había farsa alguna, ni temblor, ni
duda, su cara pasó de la ligereza a la densidad, como la metamorfosis que se
suscita en el rostro de una perra cuando le acercas al hocico un bistec y finge
estar simplemente contenta, pero que a cinco centímetros del bistec le absorbe
un sentido de avaricia, codicia y lujuria oral, que vuelve peligroso
interponerse entre su bocado y sus colmillos. Abrió la boca y de manera
inevitable rodó una gota cristalina de saliva que daba razón de su antojo.
Altagracia abrió su boca lo más que pudo y cubrió con ella el
particular pene de Brontis, como si quisiera meterlo hasta su garganta cuidando
de que ninguna pared interna de sus mejillas, o su lengua o paladar, tocara
aquel moreno cilindro de carne, tal como si estuviese jugando con uno de esos
muebles científicos en los que uno debe evitar el contacto de dos superficies so
riesgo de que suene una chicharra. Una vez que tuvo bien dentro de su boca el
pene, cerró sobre éste esa trampa caliente que era su boca, y Brontis, como si
fuera dueño corporal de un pececillo que cae prisionero en las faldas mortales
de una medusa, tembló. Altagracia mantuvo el pene prisionero por unos segundos,
sin hacer nada más, como si sólo le preocupara que el pene supiera dentro de qué
estaba, que sintiera el calor, la humedad, la asfixia. Luego de eso ella comenzó
a mover su boca de arriba hacia abajo con el ritmo de unas caderas, mojando
aquella verga prieta, volviéndola brillante, mojada, más dura que antes.
Brontis echó la cabeza sobre el respaldo del asiento y dejó
que Altagracia hiciera aquella tarea que parecía conocer muy bien. Mi propia
verga estaba hinchadísima de la envidia, pero estaba prisionera de mis
pantalones. Para mi fue muy difícil controlar el auto dado que todo mi interés
estaba puesto en ver cómo hacía Altagracia su trabajo. Reduje la velocidad hasta
parecer un caracol. Aquello que ella estaba haciendo me parecía nuevo. Si bien
ninguna de mis novias me practicó el sexo oral y la única experiencia que tenía
al respecto era la boca de mi prima mordiéndome el miembro, debía reconocer que
aquello que mi prima había hecho no era en sí una mamada en forma, no como ésta
al menos, sino que mi primita simplemente se había echado a la boca mi trozo,
más como requisito sexual que como práctica gustosa. Descubrí, sólo de ver hacer
a Altagracia, que a algunas mujeres les gustaba mamar por el gusto de su boca y
no tanto por el gusto que producen en su compañero, es decir, había visto buenas
mamadas en una que otra película pornográfica que había visto, pero siempre me
quedaba la duda de si las mujeres intentarían esa práctica sin el entusiasmo de
un pago, es decir, por el mero gusto.
Cuando las manos de Altagracia participaron más activamente
en la mamada el pobre de Brontis se retorció como si estuviese desollado y le
hubiesen vertido encima una tina de jugo de limón. Los dedos índice y pulgar de
la mano derecha de Altagracia eran un arillo de placer que estimulaba el semen a
correr, impulsando ráfagas de gozo desde abajo hacia la punta. Por el espejo
sólo alcanzaba a ver cierto brillo vibrante en el glande de Brontis, era el
arete de bastoncillo que Altagracia llevaba en la lengua, mismo que movía con
mucha habilidad para producir vibraciones en la hinchada verga de Brontis.
La labor de Altagracia arreció, la mano comenzó a agitarse
más veloz cada vez y su boca engullía la verga de Brontis con más voracidad que
antes, babeando, dejando espuma de saliva a cada bocado, regando líquido por
todas partes, como si Brontis se hubiese regado ya en la garganta de Altagracia.
Fue entonces que Fratta, cual si fuese flautista de Hamelin
de la semilla de Brontis, terminaba en su disco la canción Llorando Arroz
diciendo "...porque llevas en la piel, mi sabor", y tal como si aquella estrofa
fuese una orden para Brontis, éste comenzó a manar su blanca leche en la boca de
Altagracia quien al contacto de la primera gota en su paladar se abalanzó con
ferocidad sobre el indefenso pene, seguramente con intención de no dejar escapar
ni una sola gota de semen. La rudeza de las mamadas que Altagracia le prodigaba
al miembro de Brontis se hicieron más tenues, pero no por ello menos decididas.
Si antes mamaba, ahora aspiraba. Sus manos rodeando el tronco de la verga de
Brontis temblaban como las de un asesino que lleno de emocionante adrenalina
estrangula a un semejante y sabe que, pese al calor que todavía despide el
cuerpo ajeno, éste está ya en terrenos de la muerte. Primero el forcejeo, un ser
intentando zafarse, el otro asiéndole con fuerza en una lucha que gana el
placer, para al final dejar en claro que en este tipo de historias siempre hay
una ganadora. El pene, exangüe, cayó abatido; Altagracia no lo había matado,
sólo había extraído lo mejor de él.
El olor dentro del auto era muy sensual, a sudor y sal, a
carne. Si me hubiesen preguntado apenas ayer si este tipo de olor me sería
atractivo, o si lo quería dentro de mi recién adquirido auto, diría rotundamente
que no, que sería algo asqueroso, pero era evidente que en estas pocas horas de
viaje me correspondía aprender muchas cosas. De hecho, si hubiera tenido más
confianza, le hubiera rogado a Altagracia, o incluso a Brontis, que me dejaran
olerles el sexo, olerles la mata de cabello que rodea sus genitales, olerle a
Altagracia la boca, detrás de sus orejas, en la nuca, oler los aceitosos labios
de su coño distante de la acción pero partícipe del placer.
Fratta seguía cantando en mi reproductor de discos compactos.
Detrás de mí se escuchaba el sonido laxo de respiraciones profundas, meditativas
en su propio gozo. Nadie quería romper el silencio porque el silencio estaba
bien. El silencio duró veintiún minutos con cinco segundos, circunstancia que
puedo afirmar tan metódicamente porque es lo que duran los cortes diez al
catorce del disco uno de GrandeSéxitos de Fratta, tomando en cuenta que
siempre adelanto el corte doce porque no me agrada la versión de Tengo unos
Monstruos que se incluyó en esta recopilación. Y digo que duró el silencio
porque siguió el corte quince, Música del Azar, que inevitablemente canto, y más
si voy en carretera a la playa. Me fascina cuando canta "Descubro en mí, la
sonrisa del animal. La ruta al fin, nos conduce hasta el alba". El silencio se
rompió porque yo canté, o debo decir, les canté a mi par de huéspedes.
Brontis se pasó para el asiento del copiloto y sugirió:
-Ya es muy tarde. Sugiero nos quedemos en Barra de Nexpa.
Efectivamente era tarde, tal vez no por la hora, pues eran
las nueve de la noche, pero sí por la oscuridad y por mi cansancio. El tiempo
había pasado muy lento porque conforme la noche invadía la carretera ésta se iba
haciendo más incierta. Había vaquillas y chivos en los alrededores, además de
uno que otro burro. A partir de un poblado que se llama Tizupan la carretera se
había radicalizado en cuanto a sus curvas, que eran cada vez más cerradas. Me
volví a repetir a mis adentros que era sencillamente imposible llegar a Maruata
en ocho horas desde el Distrito Federal.
Con los ojos cansados vi a lo lejos, sobre la carretera, a
unos cabrones con máscaras de diablos y brujas, y a ambos lados de la carretera
sostenían una soga que en medio tenía un pañuelillo rojo. La idea es que
teníamos que pararnos. Su estancia se alumbraba con unos botes que desprendían
fuego. Supuse que el alejarme del Distrito no me salvaría de un asalto rapidito.
Le pregunté a Brontis.
-¿Y estos qué?
-Piden dinero amablemente.
-¿Bajo qué pretexto?
-¡Qué importa! Por favor no discutas con ellos, estamos bien
lejos de cualquier ser humano.
Era cierto. Había intentado contar los autos que se habían
topado con nosotros y debo admitir que desde Caleta de Campos hasta donde
estábamos sólo habían cruzado camino con nosotros dieciséis autos, y trece de
ellos lo habían hecho en los primeros quince kilómetros. Llegué hasta donde
estaban los falsos demonios.
-Buenas noches.
-Para el Judas- exigió un cabrón con máscara de simio.
-Toma- le extendí una moneda de veinte. El resto de adefesios
hurgaban con la vista al interior del auto, para ver si llevábamos cervezas o
algo más que nos pudieran quitar. Lo único que vieron fue el cuerpo voluptuoso y
recostado de Altagracia.
-Está muy bonita tu amiga, no nos las enseñas...
Aceleré dejándoles atrás. No tenía por qué seguir
escuchándolos.
Brontis aclaró –Nunca son groseros. Estos han de ser nuevos y
te han de haber querido hacer sentir mal.
Sin duda querían molestar, pues uno de los sujetos había
arrojado sobre el asfalto unos alambritos para poncharme las llantas. Mis
llantas eran de esas que no se ponchan, sin embargo fueron varios las púas que
me pusieron en el camino y kilómetros más adelante pude sentir que la llanta
frontal derecha estaba sensiblemente baja.
Nos orillamos en un milagroso hueco que había del lado del
carril contrario, pues es imposible imaginar un acotamiento formal en esta
carretera angosta y sinuosa. Cambiamos la llanta entre Brontis y yo mientras
Altagracia se bajaba del auto y se ponía a admirar el cielo. Se desilusionó al
ver que había demasiada bruma, a manera que no se podía ver la inmensidad del
mar, sino una densa niebla, y el cielo estaba con muchas nubes, al grado que la
luna estaba oculta gran parte del tiempo. Yo sólo veía la silueta oscura de
Altagracia y el mar brillante a sus espaldas. Ella disfrutaba viéndonos
trabajar. Llegamos a Barra de Nexpa a las diez de la noche.
En realidad pude haberme tardado mucho menos, pero habían
surgido tantos imprevistos que las cosas eran como eran. Pregunté si había
cabañas en Barra de Nexpa y Brontis, que era quien conocía los alrededores me
comentó que había unas cuantas, pero que sin duda estaban ocupadas. Yo decidí
que preguntáramos. En efecto, todo estaba repleto.
-Así va a estar todo. ¿No me digas que no traes casa en donde
quedarte, que dependes de que alguien te rente una cabaña?
-Si -La pareja se rió de mi.
-Has sido muy amable Vaquero. ¿Por qué no te quedas con
nosotros, en nuestra tienda?
Volteé a ver a Brontis, que era quien se quejaría de esta
intromisión. Él sonreía, como si estuviera muy de acuerdo.
Metí el auto por una brecha y lo detuve cuando ya se veía la
playa y en medida que supuse que el coche no se atascara, que era lo único que
me faltaba. Bajamos las cosas, su maletota, mi maletilla, mi djembé. Brontis se
encargó de montar la tienda y me preguntó si llevaba algún tipo de cobija o
cobertor. Le dije que no. Hizo una mueca y sólo esbozó "Aquí hace frío en la
noche". Yo era todo un principiante en materia de campamentos en la playa. No
llevaba tienda, no llevaba cobija.
Brontis llevaba una bolsa de dormir tamaño matrimonial, lo
cual era un artículo que yo no había visto antes. Había algunos grupos de
personas en la playa, algunos habían encendido fogatas y otros sencillamente se
disponían a dormir. Barra de Nexpa es una playa que tiene fama por sus olas
ideales para practicar el surf, de noche esto no es posible, y si lo es
no es algo que yo no intentaría, aunque tampoco intentaría treparme a una tabla
para deslizarme a pleno mediodía. Lo cierto es que el tronar de las olas es muy
vigoroso, como si miles de djembés sonaran al unísono en ritmos delirantes.
Imagino la cantidad de peso que irrumpe noche tras noche en estas arenas y
siento pulsar la fuerza del mar en mi interior.
Yo no me adherí a ningún grupo, más bien caminé hasta muy
lejos para poder tocar un rato el djembé, que representaba para mi una actividad
reconfortante luego de estar todo el día manejando y sujetando el volante. Me
coloqué en una apartada duna de arena y me acomodé para tocar el djembé. Es
sorprendente notar, ya que uno se adentra en los misterios de este tambor, que
todo el mundo se apresura a intentar dominar ritmos cuando la lección
primordial, la más bendita, es cómo sentarte con tu djembé, cómo acomodarlo para
que los brazos golpeen con el peso correcto, para no montarlo como si fuese un
caballo de madera, para que la resonancia sea la adecuada.
Me senté y comencé a tocar el ritmo que más me gusta que,
según entendí, se llama Senegal, como el país. Los pasos son simples, quitarme
las pulseras que lleve y el reloj, anillos igual van fuera, y comenzar a
golpear. Comienzo lento, para que las manos entren en calor, luego voy
apresurando el ritmo, para después intercalar el ritmo con los solos que se me
vengan a las manos, que no a la mente ni a la cabeza. Así estuve cerca de una
hora, golpeando el tambor sin ver mis manos, dejándolas hacer, permitiendo que
éstas demuestren lo mucho y lo a ciegas que conocen el mágico círculo de cuero y
pronuncien los encantamientos que cada golpe encierra. Lo que me gusta del
djembé es que cuando lo toco no pienso en nada, sino que me sumerjo en el sonido
y busco la resonancia que cada golpe tiene en mi propio cuerpo, al grado que me
gustaría separarme en dos para que una parte de mí tocara el djembé y la otra
bailara en un ritual inexistente que se inventa y extingue a cada golpe de
tambor. Poco a poco las manos se me convierten en las de un gorila negro, se me
ponen callosas y fuertes, la piel me duele pero es un dolor que disfruto, como
si las colocara palmas arriba en una furiosa cascada, como si diera de nalgadas
a una yegua, como si las yemas de los dedos pulsaran a un ritmo distinto que el
corazón.
El mar no tiene errores de ritmo, su ritmo es perfecto. El
mar y mis manos formaron un ensamble de tambores en el que yo era, sin duda, el
más neófito, el principiante, el más inexperto, mientras el mar, poderoso
ejecutante, sonaba los cueros de la arena con un frenesí inhumano, él abstraído,
yo aprendiéndole cosas. Le miraba fijamente y le marcaba mi ritmo, y el mar
ejecutaba un solo interminable. A lo lejos, sobre la arena, bajo la luz de la
luna, envuelta en una aureola mágica de un pescador de almas, se acercaba la
oscura silueta de una mujer. Supuse que era Altagracia, aunque ya no llevaba
pantalones, sino una falda y un pareo. Sé que se escucha muy arrogante, pero si
me preguntan quién es mi maestro de djembé, contestaría subjetivamente que el
mar, total, lo bien que él enseña no tiene nada que ver con lo mal que yo
aprendo.
Estaba yo bastante lejos de cualquier fogata, en una de ellas
un tipo traía otro djembé, y yo, lejos de pretender unírmele en un ejercicio de
protagonismo, decidí alejarme a tocar mi tambor bien lejos, unos cien pasos más
allá del último paso en que alcanzaba a escuchar con claridad el otro djembé.
Supuse que si yo no lo escuchaba él no me escucharía a mi. La silueta se fue
haciendo más notoria conforme se acercaba. Era Altagracia, en efecto.
-Hola Vaquero.
-Hola Altagracia. ¿Y Brontis?
-Ya sabes, se unió a una fogata para que le obsequiaran una
cervezas.
-¿Y tú por qué no te les uniste también?
-Lo hice, pero fundamentalmente decían puras estupideces.
Preferí venirme para acá. Claro que si te incomoda me regreso...
-No, de ninguna manera, qué bueno que vienes.
-Tocas mucho mejor que el chico de allá. Él tiene
definitivamente más imagen, trae rastas, una hebilla del cinto con forma de una
hoja de marihuana y esas cosas, pero siento que tiene que compensar con moda su
falta de talento para pegarle al tambor.
-Agradezco el cumplido.
-¿Te molesta si bailo mientras tocas?
-En lo absoluto. Pero te advierto que me podrían venir ganas
de verte, y no quisiera incomodarte.
-¿Siempre eres tan propio?
-No veo razones para no serlo. Además te respeto.
-"Además te respeto"- me remedó- Eres muy lindo con todo y lo
raro que eres. Toca Vaquero. Primero te veo y luego, si la música me llama,
bailo.
Comencé a tocar sin ningún tipo de pánico escénico frente a
la mirada de escrutinio de Altagracia. Yo azotaba el djembé y éste escupía tonos
graves que necesariamente golpeaban el abdomen, mientras que los eslaps,
que yo por amor al idioma llamo nalgadas, despeinan los cabellos del corazón,
mientras que los agudos se clavan en la garganta y en el entrecejo, según
provengan de la mano izquierda o derecha. En su conjunto el ritmo comenzó a
alterar las caderas de Altagracia, quien pasó de mover sólo la cabeza a mover
todo el tórax y pecho. Me miraba con cierta admiración. Yo me convertí en un
simple ejecutante de djembé, el más humilde de todos, dejando que el tambor se
posesionara de mi, dejando que el sonido mismo fuese más importante que yo y,
desprendiendo mi espíritu de mi cuerpo, me fui a bailar junto a Altagracia de
manera etérea.
Ella percibió la repentina compañía de mi espíritu, pues
comenzó a moverse con más vigor y más cadencia. Comenzó ella a sudar y a expedir
con ello un aroma de almizcle que me embriagó por completo. Sus pies se hundían
en la arena y la falda se le corría a los lados, dejando al descubierto sus
voluminosas piernas que temblaban al golpear el suelo, activando cada músculo,
marcándose cada uno de ellos con esa firmeza y peso que tenían, con la dureza de
la carne y el temblor de la grasa que hacía de aquel par de piernas algo real y
asequible. Sus nalgas parecían ondular más redondas que nunca mientras bailaban.
El abdomen de Altagracia, que estaba descubierto, temblaba como si sufriera
espasmos, como si tuviera contracciones de parto en una danza tremendamente
creativa. Sus pechos enormes botaban en el aire y dejaban en claro su volumen y
su gravedad, subiendo y bajando redondos. Eventualmente abría los ojos y me
miraba. Su boca estaba abierta en todo momento.
Eso era lo que cualquiera podía ver, pero lo interesante era
lo invisible. Cada rebote de sus nalgas tenía que ver con mi sexo, le invitaba a
un carnaval instantáneo. Mi espina dorsal estaba encendida y al tocar el tambor
mi pelvis bombeaba hacia la nada involuntariamente, como si penetrara todas las
hembras del mundo, y Altagracia era todas las mujeres del mundo para mí. Cada
golpe al tambor era como si azotara mi palma en las nalgas de la bailarina y
éstas vibraran hechas sonido. Estaba excitadísimo. No supe ni como el ritmo fue
acelerándose hasta llegar a un frenesí absoluto. En un momento preciso superé al
mar y éste arremetió con una ola ensordecedora que acabó con mi ejercicio de
tajo. La ola reventó en un tono grave lleno de fuerza, yo clavé dos tonos
abiertos o graves en el centro del tambor y Altagracia se derrumbó sobre la
arena. Era como si estuviésemos penetrando a Altagracia el Mar y yo, él por el
culo y yo por delante, o al revés, pero que en ese instante sufriéramos un
orgasmo simultáneo los tres, quedando con nuestra mente en blanco. Nos repusimos
hasta después, no sabría decir cuanto tiempo después, pues sentí que dormimos
sin querer. Yo metí el djembé en su funda y Altagracia se sacudió la arena de
sus ropas. Nos dirigimos simplemente una sonrisa y emprendimos el regreso. A
ambos nos temblaban los labios y sabíamos que habíamos tenido una experiencia de
éxtasis que, pese al nulo contacto entre nosotros, había sido poderosamente
sexual. Yo llevaba mi pene con una erección que no cedería hasta la mañana
siguiente, y podría jurar que los labios de la vulva de Altagracia estaban
hinchados y plenamente aceitados por su propio néctar.
Nos metimos a la tienda. Dentro de la bolsa de dormir ya
estaba acostado Brontis. Probablemente muy ebrio. Altagracia se desnudó y se
metió rápidamente en la bolsa. Quedaría en medio de nosotros. Yo me metí vestido
con mi pantalón y camisa, ambos de mezclilla. Una vez que estuvimos dentro los
tres, cerré el cierre de la bolsa. La brisa del mar entraba por una ventana. La
bolsa era un saco donde convivían tres aromas muy particulares. Estaba Brontis,
quien al parecer estaba enemistado con el concepto desodorante, oliendo a un
sudor matizado por el aroma de las cervezas que había tomado minutos antes. En
medio estaba Altagracia, oliendo a aceite de sándalo y a sí misma, expeliendo
feromonas con tanta intensidad que no me sorprendería asomarme a la ventana y
notar hombres merodeando nuestra tienda con sus penes de fuera y con sus hocicos
babeando, tal era la invitación al placer gratuito que ella emanaba. Y del otro
extremo estaba yo, vestido y oliendo a los últimos minutos de efectividad de mi
desodorante y a un lejano matiz de la fragancia Visit, de Drakkar,
que huele al incienso y copal que queman en las catedrales, adicionado con
algunas maderas que componen una combinación que podría definirse como el olor
de un confesionario de madera que ha sido utilizado para hacer el amor.
Era irónico suponer que Altagracia y yo dormiríamos de
inmediato, pues nuestros cuerpos aun temblaban de excitación. El cuerpo de
Altagracia estaba ardiendo de tal manera que la bolsa parecía el interior de un
vaporizador. Dado que las dimensiones de la bolsa eran relativamente estrechas y
Brontis estaba un poco a sus anchas, Altagracia tuvo que acostarse de lado,
colocando sus pechos casi rodeando mi brazo derecho, mientras que su cara
quedaba a pocos centímetros de la mía. Las nalgas, obviamente, daban frente a
Brontis. Yo estaba tieso, como un faraón recién embalsamado, en posición recta y
boca arriba, con los brazos cruzados sobre mi pecho, pero sin cetro alguno. La
respiración de Altagracia me inquietaba, al igual que el olor de su aliento, que
era caliente.
El olor de la entrepierna de Altagracia surgió en forma de un
vapor dirigido que se depositó en las fosas nasales de Brontis, quien comenzó a
estirarse para rodear con su brazo la cintura de Altagracia y dirigirle a la
nuca una mordida muy tierna. Al recibir la mordida, Altagracia echó el culo
hacia atrás para aplastar con él los testículos de Brontis, quien dejó de estar
boca abajo para colocarse de lado y detrás de Altagracia, a fin de comenzar a
restregarle la verga en las nalgas. La respuesta de Altagracia no fue discreta,
pues empujó sus nalgas hacia atrás, pidiendo algo muy concreto. Sin dificultad
Brontis se deshizo de un pareo que se había amarrado como falda para dormir y
levantó la falda de Altagracia y, sin más, la penetró de una sola embestida,
haciendo que Altagracia me lanzara un gemido de gozo en la oreja.
Aun dormido, Brontis comenzó a penetrar con mucha fuerza a
Altagracia, quien con sus puños se agarraba de mi camisa como si ésta fuese un
almohadón, y yo el relleno, por supuesto. La idea de que estuviésemos los tres
dentro de una bolsa de dormir, que Altagracia estuviese desnuda y que Brontis se
la estuviese jodiendo, me llenó del morbo más salvaje. El golpeteo de las
caderas de Brontis en las nalgas de Altagracia podía yo sentirlo de manera
indirecta, pues a cada embiste se sacudía toda la bolsa, la cual vista de afuera
parecería un gusano convulso, poseído por tres demonios de distintos oficios.
Las garras de Altagracia me tenían bien sujeto de la camisa, sus pechos ya
estaban totalmente posados sobre mi. Para mayor comodidad, Altagracia colocó su
cara sobre mi pecho, y así, susurraba de primera mano a mi corazón todo lo que
ocurría en sus caderas. Mi oído fino podía distinguir la densidad del sonido de
la verga de Brontis adentrándose en la carne de Altagracia.
Altagracia tomó una de mis manos y comenzó a mamarla como si
ésta fuese un pene. Mis dedos recibieron esta caricia con suma dicha, pues aun
estaban adoloridos y sensibles por el frenesí de golpear el djembé. Mis dedos
hinchados y rojos, con la sensibilidad de carne viva de tanto golpear el cuero
del tambor, sentían gran alivio al contacto del calor y la humedad de su boca.
En mis dedos jugaba el bastoncillo de su lengua vivificante.
Ella estaba siendo empalada con brutalidad por Brontis, sus
gemidos me tenían muy caliente. Una de las manos de Altagracia se dirigió a mi
bragueta y comenzó a manosearme el pene con el morbo de lo indebido, palpando la
dureza y el grosor que mi verga presumía. Su boca estaba muy cerca de la mía,
así que la besé, sumergiéndome en su garganta, horadando todo el terreno con mi
lengua, degustando sus dientes, su arete, aprisionando sus labios, mordiendo su
gemido recién exhalado, tomando su rostro entre mis manos. Ella me mordía, como
si quisiera traducir con su boca las sensaciones que Brontis le estaba
produciendo entre las piernas.
Brontis comenzó a empujar con fuerza, ella echó el culo hacia
atrás con similar entusiasmo, él se regaba, ella lo ordeñaba. Brontis lanzó un
bramido salvaje. Altagracia gritó. Yo guardé silencio. Nadie dijo nada.
Estábamos los tres empapados en sudor y otros fluidos.
A la mañana siguiente me desperté con un dolor de cabeza
terrible. Altagracia y Brontis dormían como angelitos. Salí de la tienda y me
dirigí al coche. Estaba lleno de arena. Abrí la cajuela y saqué mi maleta.
Comencé a buscar un sitio donde bañarme. Había ahí cerca unas regaderas.
Cobraban quince pesos el regaderazo y dos pesos el uso del retrete. Tuve que
hacer fila. Todo fue muy democrático, al hacer fila inevitablemente veías parte
de la desnudez de quienes se daban la ducha, pues eran muros de madera hechos a
las prisas, y al llegar tu turno el espectáculo serías tu. Noté que dentro de mi
estupidez no había cargado sandalias. Llevaba un pantalón de manta pero no las
sandalias, y era obvio que no podría usar los pantalones de manta con botas. Me
volví a poner los mismos pantalones de mezclilla y me cambié la camisa por una
de Perry Ellis que me gustó mucho, una que a la altura del pecho tiene
bordados un par de pájaros en colores celeste y negro, con colas adornadas con
lentejuelas color transparente, montados en una tela de algodón muy fresca. Por
mucho que pareciera que el día estaba ya bien entrado, en realidad era temprano,
como las nueve de la mañana.
Por fin se levantaron Brontis y Altagracia. Levantaron la
tienda, rearmaron su maleta, la subieron a mi coche y luego de esto fue que
comenzaron la odisea de bañarse. Altagracia lucía hinchada de la cara y Brontis
más aun, sin embargo ella seguía viéndose muy bien. Una vez que acabaron
seguimos nuestro camino a Maruata. Hicimos una hora de camino.
Eran las diez con treinta cuando aterrizamos en Maruata. Con
una decisión aventurada Brontis eligió un sitio despejado para acampar. Tal vez
no era un sitio muy socorrido porque era parcialmente peligroso, pero no había
donde más estacionarse.
Buscamos como náufragos un lugar donde comer. Llegamos donde
había unas mesitas y pedimos. Yo pedí pescado frito y me trajeron un huachinango
de dimensiones sorprendentes, cortado en trazos verticales, con una carne blanca
y fresca de sabor exquisito, con el doradito de sus bordes de un gusto fuerte e
intenso, con abundante ajo y abundante limón. Le agregué sal de grano y todo fue
perfecto. Una vez que comí me sentí en forma para revisar la playa.
No dejaba de ser raro ese trío que conformábamos. Altagracia
de nuevo en pantalones, esta vez unos pantalones de color rosa que se usan más
bien en las ciudades, igual hasta la rodilla estilo pescador, sus pies en
sandalias de color rosa, su sostén de color rosa también, que ya era más bien
parte de su traje de baño, y encima una blusa blanca de algodón, su cabello
rizado y suelto. Brontis con pantalón de mezclilla abombado de color negro, una
playera amarilla, una boina de colores jamaiquinos y su cabello ensortijado. Yo
con pantalones de mezclilla, mi camisa de pájaros, mi sombrero y mis lentes
Ray Ban. Éramos Bob Marley, Marilyn Monroe y Clint Eastwood, pero
región 4.
Fuimos a la primera playa, que es una especie de domo de roca
que flanquea en tres direcciones, dejando libre el extremo que ocupa el mar. Los
muros hacen un callejón espectral de roca. A plena luz del día la energía de las
piedras no pierde ni un ápice su naturaleza nocturna, si las miras advertirás un
sin fin de rostros retorcidos de seres atrapados en el magma milenario de la
tierra, titanes que pugnan por ser libres y devastar los poblados cercanos. En
ese rincón la tierra reniega del humano y muestra su dolor y su voluntad. En una
roca se ve claramente la silueta y los pechos de coatlicue, la diosa de la
tierra. En el fondo del domo hay sepultada una cruz de alguien que se ahogó.
Tenía veinticinco años. Encima del travesaño de la cruz están colocadas
caprichosamente unas ágatas, un ónix, un pequeño caracol, homenaje que los
amigos del difunto quieren hacer a su recuerdo. Instantáneamente se me vienen a
la mente todos los virtuales pormenores de aquella tarde, supongo que los
personajes no eran distintos a los que estaban ahora, pura gente joven, en su
mayoría todos tomados o tomando, todos en cachondeo y sin poco cuidado, imaginé
el mar, encrespado como ahora, y también la osadía del tal Beto que murió. Esta
área, dado que los tres muros de roca lo hacen de difícil acceso, es utilizado
como playa nudista por quien quiera darle ese uso.
Altagracia no lo pensó, ni tampoco Brontis, se sacaron la
ropa y se tendieron en la arena candente, y yo en consecuencia también me
desnudé. Altagracia miró con curiosidad y disimulado interés lo que me colgaba
entre las piernas, aprovechando que Brontis se desvistió mirando hacia otro
lado, aunque en el fondo creo que este par no tiene vergüenza o pudor para
sentir pena de saberse golfos.
Mi cuerpo estaba muy en forma, eso era algo que encontré muy
oportuno. Si bien mis brazos y mi cara lucían algo morenos, la piel del resto
del cuerpo, y no se diga las nalgas, que en su vida habían sabido qué es el sol,
estaban pálidas. Nos untamos un aceite de coco, que era un bronceador muy barato
que Brontis traía en su mochila, con nula protección solar que al solo
aplicármelo ya sentía que tostaba, vaya, ese aceite tostaría la piel aun de
noche. Los rayos ultravioleta comenzaron a tatuar un hermoso color canela y yo,
tendido desnudo a lado de Altagracia y Brontis, haciendo fotosíntesis con mi
ano, no me preguntaba si dentro de treinta y dos años me daría cáncer en la piel
como costo de esta tarde; igual pagaría el precio. Echados sobre la arena
intentábamos no desmayarnos y dedicarnos a que el pescado que habíamos devorado
se evaporara más o menos de nuestro estómago. Queríamos meternos a nadar.
Pasó un poco de tiempo, tampoco tanto. Nos alzamos de la
arena con un tostado uniforme. Nos acercamos al mar y el agua fría pareció
evaporarse al contacto con nuestros cuerpos de cobre. Era sólo para arrancarnos
la arena color café con leche de gruesos granos. Ninguno de nosotros se vistió.
Echamos nuestra ropa en una mochila que yo traía y nos colocamos los trajes de
baño. Caminamos en dirección a la segunda playa, que es una bahía muy brava.
Frente a esta bahía había una cantidad impresionante de tiendas de campaña,
fácilmente unas trescientas, lo que contradecía la promesa de la revista
chilango de que Maruata era un destino sin tumultos. Bueno, al menos se
respiraba en el aire que sería un Viernes Santo de recogimiento, pero no
religioso, sino de re coger, de re joder, de re fornicar, con quien se re deje.
En la segunda playa se veía una manta colocada y unas bocinas
y aparatos de sonido. Por la noche harían de la playa una discoteca. Muchos
cabrones estaban ya ebrios, otros estaban con un paquete de marihuana abierto,
limpiándole de semillas y ramas, sin que nadie les molestara en lo más mínimo.
Llegamos a un peñón, lo rodeamos y llegamos a una gran montaña rocosa que llaman
La Abuela. Se dice que las montañas rocosas que rodean Maruata son la
representación ancestral de las tortugas marinas, especie de la cual Maruata es
santuario, pues bien, a la más grande de todas le llaman La Abuela. ¿Quién le
puso así? ¿Es oficial? No se sabe, pero todos parecen estar de acuerdo en ello.
Nosotros trepamos ese risco por una vereda y llegamos a la cima, desde ahí se
ven perfectamente las cuatro o cinco bahías que componen el complejo Maruata. A
la derecha de La Abuela, y de cara al mar. Estaba, al fondo derecho, la playita
nudista, luego una playa que es como una explanada, luego una bahía más pequeña
que conecta con una bufadera, luego está La Abuela, a la izquierda de la Abuela
está una playa chiquita, luego otro apartamento nudista y al fondo una playa
larga, la de los pescadores.
Desde la cima de La Abuela se ve todo lo que Maruata es, y
más aún. En este punto Altagracia me preguntó si sufría vértigo con las alturas,
yo le dije que no experimentaba exactamente vértigo, sino una extraña sensación
de atracción aun más peligrosa que el vértigo, como si el vacío me atrajera como
un imán. Ella me hizo acostarme en una roca, mi cuerpo quedó todo tocando suelo,
excepto mi cabeza que se hallaba apoyándose en la nada, hecho esto, Altagracia
me pidió que me volteara. Estaba en la orilla de un despeñadero poblado de
plantas desérticas que emergían de la vil roca. En una hendidura un pelícano se
sostenía apenas en la longitud de la planta de sus patas. Era una caída de unos
treinta metros que remataban en una vorágine de agua que se sometía a sí misma
en remolinos que prometían tragar para siempre todo lo que cayera ahí. Las olas
chocaban en la superficie, pero transcurrida la ola, estelas de espuma
submarinas dibujaban una actividad marítima muy intensa. No importaba si por
encima el mar lucía tranquilo, era obvio que había corrientes mortales. El
distinto tono de azules indicaba la diferencia de profundidades que podías
encontrar en el subsuelo.
Estaba ahí, de cara a ese abismo, sintiendo su llamado,