Para algunas personas las casualidades y coincidencias no
existen, pero así fue como entraste a mi vida, casi por accidente, cuando menos
lo esperaba y a la vez más quería, cuando juraba no volvería a caer en lo que a
lo largo de mi vida ha sido el constante detonador de mi sufrimiento y el
implacable cazador de mi amor propio, cuando lo que menos necesitaba era otra
ilusión fallida más.
Todo sucedió en el transcurso de una noche fría dentro de
aquel café oculto detrás de la soledad de la carretera, detrás de la oscuridad
de mi travesía de regreso a casa. Fue una noche breve pero inolvidable que al
terminar colgué en el retrovisor como adorno para próximas horas con la voz del
radio como única compañía para el fastidio de estar sentado a mi lado. Fue una
noche que duró poco menos de tres pestañeos pero que aún sigue conmigo a pesar
de la crueldad y la capacidad de olvido que caracterizan al paso de los años.
Yo volvía de una visita a mi destino que por enésima ocasión
en un corto lapso me abofeteó con la pérdida de un amor, uno más en la confusa
cuenta. No se si fue escucharle decir adiós o mi distorsionado reflejo, pero en
mi lugar conducían la intención de tirar todo al abismo y el ruego por encontrar
pronto alivio. Por fortuna no crucé con otro aventurero vagando por aquellos
caminos peligrosamente curvos contra quien descargar mi falta de vida y sí con
un anuncio grande y alguna vez luminoso que llamó mi atención. Me topé con "La
casa de Alicia", ahí, abandonada y dolida como yo, en medio de la nada.
Estacioné mi auto y entré al lugar. Además de restos de
corazones de otros desafortunados viajeros sólo se encontraba en el lugar la
persona que hacía tanto de mesera como de cocinera o lava platos. Pensé sería la
Alicia que daba nombre al lugar, pero por lo que pude leer en el broche pegado a
su mandil el suyo era Florencia. Por un momento llegué a sentirme un poco mejor
al ver la desaliñada apariencia de esa mujer y pensar que sería de su vida, si
se encontraría sola en ese sitio tan poco acogedor.
Con sus ojos apenas detectables, sepultados debajo de varias
capas de grueso vidrio, me miró y me preguntó que deseaba ordenar. Ante la gran
gama de posibilidades estuve obligado a hacer uso de mi característica capacidad
de rápida decisión y respondí que un café, y una dona. Después de rascar su
cabeza rodeada de cabellos con millones de estrellas a causa de la caspa y
escribir mi orden en una libreta ayudada por su mano dueña de unas uñas de gran
longitud comparable a la antigüedad de su vestido dio media vuelta y a paso
lento por el desequilibrio que mostraban sus extremidades inferiores caminó
hacia la cocina, dejándome ahí sentado, solo con mis necios y sádicos
pensamientos.
Sin previo aviso pero sí con una gran fuerza comenzó a
llover, como si faltara un ingrediente más en aquella patética sopa digna de
pena ajena. El cielo lloraba con más tristeza de la que yo guardaba en mi
cuerpo, como si no lo hubiera hecho en ya un par de siglos, daba señales de no
querer parar de pronta manera, por lo que me resigné a pasar más tiempo del
deseado en ese sitio falto de calidez y rico en aburrimiento. Le di un trago a
mi café y suspiré, pensando en el último que pasó por mi cama y kilómetros antes
me colocó como un trofeo más, sin importancia después de haberse obtenido y
estar en busca del siguiente, en su pizarra.
Mi mirada estaba perdida, fija en la ventana, observando el
disparejo deslizar de las gotas sobre ella, gotas que a su paso dibujaban
figuras asimétricas que intentaban descifrar el porque de mi miseria en una
competencia hasta el final del vidrio cuando en eso apareciste, como la calma en
medio de la tormenta, dándole un poco de sabor al ambiente, un sabor agridulce
con textura fina y suave que deleitó al paladar de mis sentidos. Pelo negro
hipnótico y ojos color miel, tan dulces y dañinos como mi sed de revancha. Te
dirigiste directo a la cocina y al igual que yo, a pesar de las mil y un
opciones, pediste un café y una dona para después flotar como un ángel, como en
cámara lenta y con la atención de todos los fantasmas dueños del lugar puesta
sobre ti, hasta la silla ubicada al frente de la que sostenía mi peso.
Antes de que alguno de los dos se atreviera a pronunciar
cualquier frase fuera de lugar como mal intento de romper con el hielo y notarse
amistoso nuestras miradas se cruzaron y se entrelazaron en un juego de palabras
silenciosas tras el cual no fue necesario hablar, lo sabíamos todo el uno del
otro, todo lo necesario e indispensable, tú que me hacía falta un poco de cariño
y yo que estabas dispuesto a dármelo hasta que no pudiera soportarlo.
Mi mano mezclaba mi bebida, el toque de tus dedos sobre la
otra, mis ansias empezaron a subir hasta el nivel de mis huesos. Mi pie buscaba
el tuyo y éste ya fuera del zapato acariciaba por debajo del mantel mi
entrepierna, todo rastro de razón o arrepentimiento se había esfumado para
entonces. Florencia, quien había terminado de preparar el café estaba parada a
un lado de nuestra mesa y yo aproveché ese instante de distracción para escapar
con rumbo al baño.
Dejé la puerta abierta para que la luz pudiera escapar y se
desempeñara como tu guía hacia la desesperación de mi enorme deseo por ti. Me
despojé de mi pantalón y ropa interior para recibirte con una cara más adecuada
a la situación. Tardaste un poco en llegar, sospeché que era una artimaña para
elevar la sangre de mis piernas impulsada por las corrientes de aire que
erizaban mi cuerpo y lo conseguiste. Al entrar me viste recargado sobre el
lavabo dándote la espalda y con ella la iniciativa. Aún después de nuestra larga
conversación quedaban un poco de dudas, pero finalmente te abalanzaste sobre mí
para calmar mi avariciosa necesidad por tenerte.
La experiencia de tus manos recorrió mi cuerpo liberándome de
inhibiciones mientras las mías dejaban salir al que parecía era el mejor de tus
rasgos, el cual de inmediato chocó contra mí para después iniciar un roce
constante con la arena caliente en que se había convertido mi piel. El lugar era
bastante pequeño e inclusive incómodo, pero nuestra pasión era lo
suficientemente grande como para darnos posada. No hacía falta nada, ambos
rogábamos por ello y estábamos listos, ya no resistía un segundo más sin que
ocuparas con tu calor esos espacios vacíos por el insaciable golpeteo de la
vida. El enciende y apaga del foco ubicado encima de nuestras cabezas marcó el
comienzo de tú exploración hacia mi mundo interno y después el ritmo de tu
vaivén acompañado de una transformación de mi rostro de ligero dolor a gozo
pleno y, con la ayuda de un factor extra que sirvió de aderezo para nuestras
carnes, insospechado. Florencia nos observaba tan sorprendida como excitada por
la apertura que dejaba la puerta sin saber que su imagen estaba a nuestro
alcance gracias a la indiscreción del espejo, apresurando e incrementando el
momento máximo de placer. La intensidad de tu respiración susurraba poesía a mi
oído y la humedad de tus labios dibujaba un cuadro abstracto sobre el lienzo de
mi cuello. Tus dedos ensortijados entre mi abundante y larga cabellera y tu
larga humanidad meciendo esos pocos entre mis glúteos.
Y sentí que te amaba con cada poro y que tú, en una muestra
de lástima y generosidad me correspondías a pesar de tu negativa por involucrar
a los sentimientos en los actos vanos de la carne. Todo era perfecto y todo lo
demás no existía dentro de ese pequeño mundo con paredes fabricadas por nuestra
transpiración que en aquel sanitario construí, sólo se escuchaban el sonido de
nuestros cuerpos frotando uno al otro y el latir del corazón de la testigo de
tanto amor opacando los gritos callados de nuestros orgasmos simultáneos, el
azotar de nuestra esencia contra el blanco del lavamanos y el negro de mis
adentros y los truenos que se volvían a escuchar anunciando que estábamos de
vuelta en la realidad.
Un trozo de papel se llevó hasta la última evidencia de esos
minutos de furtivo amor y otro se depositó en mi bolsillo con el número
telefónico del placer y la dirección de la lujuria. Le obsequiaste un beso a mis
labios que me dejó sabor a sexo ocasional, a disfrute que dejar atrás.
La lluvia finalmente se había ido y para mi desgracias con
ella también se marchó tu pasajero amor, que huía de la misma manera repentina
en que llegó, se despedía sin haberme arrebatado alguna de mis penas y dejándome
en cambio una tristeza más profunda y arraigada.
Florencia me miró con una mezcla de envidia y condena hasta
el justo momento que salí del lugar para volver a adentrarme en la soledad de la
carretera esperando que la noche me trajera otra vivencia como la que acababa de
experimentar, una que terminaría por dejarme más vacío que en un principio pero
me hiciera olvidar por unos segundos que estaba vivo.
Muchas de esas experiencias antes citadas tocaron a mi
puerta, a algunas les permití el paso en días de debilidad y poco autoestima y a
otras les di un boleto de regreso más que por convicción propia por miedo, pero
ninguna pudo borrar esa noche en aquel café a mitad de la carretera de mi pesar
y tu oportunismo, ninguna pudo evitar que tirara ese papel que pusiste en mi
bolsillo antes de tu partida, el mismo que hoy tengo entre mis manos para
facilitarme el encontrar tu casa, para hacerme más sencillo el viaje hacia el
fondo de tu alma donde seguramente encontraré la mía, seca y marchitada.