El Viaje
Un joven va camino a casa acompañado por secretos y torturas…
Yo estaba bocabajo, apoyado sobre mis codos y con mis manos
aferradas al borde del colchón, mientras él me penetraba con furia. Sostenía su
cuerpo en sus manos evitando que su torso rozara el mío, como si le diera asco
tocarme más que con su enorme verga. En realidad no me tocaba, me perforaba, era
como si intentara atravesar todo mi cuerpo con su pija, pero no me importaba,
finalmente después de tanto fastidiarme me estaba haciendo suyo. ¿Mi orgullo? A
la mierda con eso, me importaba un bledo ser sometido por semejante hombre. ¿El
qué dirán? Pues a la mierda con ellos también, lo único que quería era disfrutar
al máximo ese miembro abriendo mi culo, partiéndolo en dos como una fruta,
recibirlo como un rey, el rey de mis entrañas. Estaba él en pleno fogueo,
metiendo y sacando su miembro con rudeza cuando de repente: <<¡¡¡Déjame dormir,
maricón!!!>>>
¡Cómo lo odiaba cuando me llamaba maricón! Pero es que había
dejado de ser el macho de mis sueños y era nuevamente el despreciable ser con el
que tenía que volver a casa. Estaba soñando otra vez, al menos esta vez dormido.
Parece que estaba gimiendo de verdad porque se despertó molesto diciéndome que
parecía una perra.
Les explico, yo vivía en un pueblo del interior, no muy
pequeño pero sí lo suficiente como para no tener una universidad y ser muy
aburrido. Cuando terminé el liceo, mis padres tuvieron que dejarme ir a estudiar
a otra ciudad, un poco más grande y no tan aburrida.
Ellos siempre fueron muy protectores conmigo, por lo que no
querían dejarme ir solo, y bueno, sobra decir que yo lo que estaba era muriendo
por vivir solo. Sin embargo tuve que suprimir mis anhelos, resolvieron que me
iría a vivir con el hijo de la vecina. El tipo siempre me cayó mal, e inclusive
le tenía miedo, pero a mis padres nunca les llevé la contraria, ni más faltaba.
En fin, en lo que me establecí en la nueva ciudad mis planes de vivir mi
sexualidad a plenitud se vieron truncados de raíz, gracias al vecino en cuestión
que de ahora en adelante tan solo llamaré "despreciable".
Habíamos salido a vacaciones y mis padres me pidieron que
fuera a casa a visitarlos. La verdad que los extrañaba pero imaginarme el viaje
de dos días en carro hasta mi pueblo al lado del despreciable me pareció un
castigo. Desde que tengo memoria ese tipo me ha fastidiado. Siempre diciéndome
mariquita, mujercita, afeminado, putita, maricón y ustedes imagínense cuantas
cosas más. Yo creo que él es el culpable de lo que soy, de tanto decírmelo me lo
creí.
No sé como será hoy día, pero ser homosexual en la época de
mi adolescencia en un pueblo pequeño no era nada fácil. Recuerdo mi profesora de
catecismo que siempre me llamaba a parte al final de la clase para narrarme la
historia de Sodoma, de cómo Dios los quemó a todos "por ser maricones" y de cómo
vomitaba por su boca a los practicantes de sodomía. Mis maneras siempre me han
delatado, pero lejos de ayudarme, sus relatos me daban pánico, creo que por eso
morí sin recibir el amor de otro hombre.
Para colmo de males en mis fantasías siempre aparecía el
despreciable. No Juanjo, que siempre me mira como preguntándome algo y por eso
le huyo para no decirle nada; no mi antiguo profesor de Matemáticas, que siempre
me tocaba el hombro paternalmente y quien me decía que era su alumno favorito.
Ni siquiera aquel albañil con pectorales de acero que me hicieron tener una de
mis primeras erecciones, no, sino el patán que no cesaba de torturarme con sus
insultos cada vez que se la antojaba.
Mis gemidos en la noche fueron el colmo. No pude dormir el
resto de la noche imaginándome las burlas del despreciable al día siguiente. Ese
día había sido insoportable, él con sus comentarios desagradables, como cuando
me dijo que habían descubierto una nueva enfermedad que atacaba sólo a los
maricones que les bajaba las defensas y se morían desfigurados porque se les
caía la piel y que seguro que yo me iba a morir de eso.
Y yo con mis alucinaciones como cuando me imagine que de
repente paraba el carro violentamente a una orilla de la vía y se lanzaba sobre
mí, ahogando mis gritos con sus besos salvajes y despedazando mi ropa en jirones
dejándome totalmente desnudo y a su voluntad; apretaba mi cuerpo con sus manos
fuertes y me envolvía en sus brazos para neutralizar todos mis movimientos,
aprisionándome entre el asiento tumbado y su musculoso cuerpo, respirando
agitado, loco por poseerme, mordiendo mi cuello, mis orejas, mis labios,
arañando mis carnes, penetrándome con su enorme miembro erecto, todo hasta el
fondo de mi ser mientras me asfixiaba aplastándome contra el asiento, sin
respirar, sin pensar, solo sintiéndolo a él entrar y salir de mí, adueñándose de
mi virginidad, fundirme en ese hombre que se apodera de mi voluntad y evapora
mis miedos a punta de sexo y violencia, placer y dolor, piel y sudor.
Recuerdo que me despertó de mi sueño golpeándome el brazo y
diciéndome que había conocido un tipo que por quedarse tanto tiempo pensativo
las hormigas se lo comieron vivo. Él siempre tan sutil.
Con el alba comenzó el fin de mi viaje. Como en la noche no
pude dormir me desperté tarde, eran como las once, pero mi sorpresa no era la
hora sino el estado en que amanecí: desnudo. No pude moverme. Por mi mente se
atravesaron miles de preguntas, ¿Por qué estaba desnudo? ¿Quién me desnudó? ¿Fui
yo? No puede ser el despreciable, ¿o si? Ay Madre Santa ¿Qué está pasando? Mi
sorpresa fue aún mayor al ver al despreciable también desnudo, sentado al otro
lado de la cama con una sonrisa de burla como nunca. << ¿Cómo amaneció la putita
de barrio? >> Me dijo, <<Anoche estuviste estupenda, gemías como una perra>> Me
levanté y salí corriendo a encerrarme al baño.
¿Cómo era posible que no recordara nada? Lo del sueño fue un
sueño, ¿o si ocurrió y yo soñé que era un sueño? En ese momento estaba más
asustado que nunca, no sabía nada y no sabía que hacer. De afuera el
despreciable me pegó un grito diciéndome que me apresurara porque ya era tarde y
quería volver a cogerme.
<< ¿Quéeeee? ¿Volver a cogerme? >> fue lo que dije,
<<Jajajajaja, tienes un culito jugosito y gozón, y me lo quiero comer otra
vez>>. Recuerdo que salí gritando y me lancé a golpearlo y a decirle que no
tenía derecho a tratarme así. No le costó mucho lanzarme a la cama de un golpe,
pensé que haría de mí su juguete nuevamente, que me haría suyo sin pedirme
permiso, pero esta vez sí lo iba a sentir, y lo iba a disfrutar.
Las emociones encontradas de la mañana y mi calentura me
impidieron ver que el despreciable ya estaba vestido y su cara no mostraba
muchas ganas de sexo sino más bien de molerme a golpes, por eso cuando me dijo
que dejara la mariquera y me vistiera de una vez me desilusioné un poco. De
verdad esperaba otra cosa.
La maraña de sentimientos que tenía en ese momento no se
puede explicar, al menos yo, con lo poco que pude aprender mientras viví, no soy
capaz de expresarlo con palabras. Es increíble el dolor que se puede infligir a
otra persona con algunas frases mal intencionadas. Es impresionante cómo un
hombre puede reducir la dignidad de otro a cenizas en tan poco tiempo. Bueno,
tampoco tan poco, que casi toda mi vida escucharle decirme estupideces no es
poca cosa. Pero esa mañana me dio como quien dice la última estocada.
Salimos del motelucho y reanudamos nuestro viaje en completo
silencio. En mi mente ya no cabía la imagen que me había formado de ese hombre
que entraba en las noches en mi cuarto y me hacía el amor con dulzura, de ese
hombre con el que hacía el amor de costado, yo delante y el detrás, con nuestras
piernas cruzadas y sus brazos rodeándome, con mis manos acariciando sus nalgas
firmes y las suyas recorriendo mi torso desnudo, penetrándome, nunca de otra
forma, siempre insertando su enorme miembro en mi culo virgen que le ofrecía sin
remordimientos, disfrutándonos, noches placenteras nunca consumadas, besos
amorosos jamás realizados, caricias de amantes por siempre irreales.
Rompí en llanto. Lloré por mi desdicha y por la desgracia de
mi vida. Nunca sería feliz en un mundo donde los diferentes somos pecadores. <<
Esto es lo que faltaba, marica y llorón, a los raros como tu deberían quemarlos
en una hoguera como a las brujas de antes >> En ese momento pensé lo mismo; si
los tipos como yo somos tan despreciables no deberíamos haber nacido nunca. Que
idiota fui. Abrí la puerta y me lancé del carro andando, mi cráneo se quebró al
golpear el piso y una rueda pasó por encima de mi vientre. Lo último que vi fue
el carro del despreciable desviarse y parar en medio de la llanura. Les digo, no
existe el cielo, menos el infierno, solo somos nosotros en medio del espacio,
materia orgánica flotando sin sentido alguno. Aprovechen mientras vivan, después
no hay nada.