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No hago nada en el trabajo
TODORELATOS » RELATOS » UNA DIOSA EN LA PLAYA
[ A chillidos de puerco, oídos de matancero. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 02 de Diciembre, 2008.
Fecha: 16-Mar-05 « Anterior | Siguiente » en Confesiones (1321 de 2314)

Una diosa en la playa

kraneo
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Me gusta ir a la playa a leer y estar tranquilo. Pero aquella diosa iba a hacer que la tarde fuera agitada. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

La afición me vino tardía. Como todos los veranos llegó el mes de los Rodríguez (Agosto), y me decidí a probarlo. Me gustó y desde entonces, son siete años ya los que soy nudista practicante. Siempre de la misma manera, sólo y con un libro. Me tumbo en la playa a leer y tomar el sol y a sentir el aire y el mar en toda la piel.

Tengo 40 años, estoy casado y no tengo hijos. Mi mujer es un poco clásica, y no he conseguido jamás que probara la experiencia. No me rindo, pero tampoco me va a ir la vida en ello. Si a ella no le gusta a mí sí, y pienso seguir haciéndolo. Ella ya lo sabe.

Lo que os cuento sucedió este verano. Acababa de mudarme por motivos de trabajo. Así que la estancia de "Rodríguez" fue más larga de lo habitual, mientras encontré casa y la preparé para la mudanza. Casi dos meses en total me tiré en esta situación.

No penséis mal. No soy un "Rodríguez" típico. No paso el mes persiguiendo turistas y jovenzuelas. Como y ceno en casa, y apenas salgo. Pero si me agrada ir a la playa por las tardes y ponerme bien moreno. Los fines de semana voy temprano y paso todo el día allí. A la vuelta tomo una copa en algún local de moda y me voy a dormir sin más. No me vuelvo loco, no me desmeleno. Hago la misma vida que cuando mi mujer está conmigo,..., solamente voy a diferentes playas que con ella.

Era mediado de julio. Y era la primera vez que iba a la playa en la localidad donde vivo ahora. Metí en una mochila el tabaco, un libro, una toalla,… lo justo para una buena jornada de playa, y me fui a buscar una buena playa nudista (ya me había informado antes en Internet).

Llegué a las diez de la mañana, y apenas había nadie, así que no tuve problemas para elegir sitio. No sé si es normal, pero siempre que voy a una de estas playas por primera vez me siento un poco como si fuera la primera vez que hago nudismo. Miro a un lado y a otro, me alejo de donde hay gente, me desnudo por fases,… había tan poca gente que no sentí nada de eso. Eché la toalla y tras desnudarme rápidamente, me tumbé a leer. No hacía aún calor, así que se estaba tan bien que me abstraje de todo lo que me rodeaba y me concentré en la lectura. La playa se fue llenando, mucho, pero yo ni me di cuenta.

Unos silbidos y un murmullo de voces y risas me sacaron de mi lectura y comprobé que la playa estaba ahora repleta de gente. Parejas, familias enteras, grupos,… Había textiles pero formando parte de grupos nudistas más grandes. Excepto aquellos.

Aquellos eran los que habían silbado y me habían devuelto a la realidad. Un grupo de 4 chavales, de unos 20 años. Todos en bañador. Silbaban al paso de una señora que llegaba. ¿Una señora? ¡Una Diosa! La verdad es que casi comprendí los silbidos de admiración. Imponente.

Vestía una camiseta de tirantes y un pareo, ambos de color amarillo vivo, como el pequeño bikini que se adivinaba debajo de ellos. Calculo que mediría 1,68, no muy alta, pero su piel morena encerraba unas formas de locura. Pechos grandes, sin exageración, y firmes como torres, piernas delgadas y bien formadas. El cabello rubio recogido con una cinta. Gafas de sol. Ligeramente maquillada. Desde donde yo la veía no podía saberlo aún, pero le imaginaba un trasero de esos que parecen que los estén sujetando desde arriba (más tarde comprobé que no me había equivocado). Una preciosidad. Y conforma se acercaba apreciaba también los rasgos suaves y perfectos de su cara. Tendría unos 30 perfectos años.

Los chavales le silbaron y le dijeron algunas estupideces. Nada insultante, pero en su conjunto la situación debía ser muy desagradable para ella, un poco humillante. La miraban como para comérsela.

Pareció no importarle, y siguió caminando hasta encontrar su sitio justo a la delante de mí. ¡Era mi día de suerte! Aquel bombón se puso a escasos tres metros a mí izquierda, extendió la toalla y se preparó para tomar el sol. No se desnudó enseguida. Solo se quitó al principio el pareo. Yo no quise molestarla mirándola, pero no podía evitar echar vistazos clandestinos a aquel cuerpo de ensueño.

El bikini era un pequeñísimo tanga. Por delante apenas llegaba a ocultar el abultado pubis. Por detrás permanecía medio oculto por sus turgentes nalgas, y solamente pude ver la cinta completa cuando se agachó a guardar el pareo en la bolsa. En esta postura podía ver como sus labios mayores asomaban por los bordes del tanga, y como la fina tela elástica se ajustaba a los pliegues de su piel, sin dejar nada para imaginar.

Los chavales se habían movido. Se habían sentado delante, algo alejados en la orilla y aunque ya no daban voces ni silbaban la miraban descaradamente. Ella se sentó en la toalla y se quitó la camiseta. No podía creer lo que veía. Sus pechos eran perfectos, grandes y firmes. Desde la orilla los chavales se volvieron a hacer notar involuntariamente, al comentar entre ellos. Podía entenderlo. Aquellas tetas eran las mejores que había visto jamás. Pensé en que debían ser operadas (luego supe que no). Buen tamaño, sin exageración. La estrecha franja de tela del bikini no llegaba a sujetarlos, pero tampoco lo necesitaban. Eran como dos músculos perfectos, que solos se mantenían erguidos. Las areolas de sus pezones asomaban por el borde del sujetador del bikini, y se entretuvo en ajustarlo para ocultarlas. De nuevo nos llegó el rumor de los comentarios en la orilla. Noté que ella también los oyó en que se detuvo de golpe, no siguió desnudándose. Comprendí que hubiera decidido no continuar excitando a aquellos 4. Además, debe ser muy incómodo estar desnudo siendo el blanco de los comentarios de un grupo de personas.

Sacó un libro, se tumbó y comenzó a leer. Estaba preciosa. Abstraída en la lectura parecía aún más guapa, con un aire entre inocente e intelectual. Con sus ojos en el libro no veía a aquellos 4 que babeaban incansables. Intenté hacer lo mismo, sin conseguir olvidarme de que ella estaba allí, sin conseguir concentrarme en lo que estaba leyendo, y sin dejar de echar involuntarias y subrepticias miradas a aquella diosa.

Era mediodía. Empezaba a hacer calor y decidí irme a bañar. Procuré no mirarla siquiera al hacerlo (a pesar de años de práctica del nudismo me sigue dando un poco de vergüenza levantarme desnudo, y mucho más junto a aquella preciosidad que me hacía sentir feo y ridículo). Pasé junto al grupo de chicos, que seguían sin quitarle el ojo de encima. Les ignoré, como ellos a mí, y me metí en el agua.

No soy gran deportista (un poco sí) pero me gusta nadar en el mar. Nado mar adentro, descanso, regreso y vuelvo a descansar. Así varias veces. Cuando ya iba a salir, después de mi último largo de regreso, noté que ella se había levantado y se dirigía al agua, por lo que me detuve y me dispuse a recrearme la vista. Sus pasos eran lentos y felinos. Cada movimiento era suave y decidido, como si lo hubiera estudiado previamente. No miraba a ninguna parte, miraba al infinito, pero con la dirección que llevaba el infinito creí ser yo.

Entre el grupo de chicos volvieron los silbidos y los comentarios en voz alta. De nuevo nada insultante, pero de nuevo la situación me pareció humillante y muy desagradable.

Ella los ignoró y empezó a meterse en el mar despacio (el agua estaba fría para esa época del año). Vi que dos de los chavales se levantaban y supe lo que iba a pasar. Dos cortas carreras y dos grandes saltos, uno a cada lado de la diosa y dos grandes nubes de espuma la salpicaron cuando ellos se lanzaron al agua. Unas carcajadas desde la orilla hicieron aún más desagradable la situación.

No tengo vocación de caballero andante (aún menos cuando estoy en pelotas) pero no pude aguantar más y me decidí a ofrecerle una tabla de salvación. Ella seguía intentando ignorar la situación, pero claramente le resultaba cada vez más difícil.

Mientras los chicos salían del agua, me acerqué a ella y le hablé:

-Te están dando la mañana, ¿no?-

Ella me sonrió:

-Estoy acostumbrada, pero ya empiezo a cansarme. Son muy pesados y muy insistentes.

- ¿Necesitas algo?

- No te preocupes. Seguramente acabe marchándome pronto. Ya vendré otro día más tranquilamente.

Seguimos así un rato comentando la situación como si no fuera con ella. El grupo parecía haberse silenciado. Seguramente en ese momento los 4 me odiaban con todas sus fuerzas. No nos quitaban el ojo de encima.

Yo por mi parte tampoco podía apartar mi vista de Charo (así se presentó). Especialmente de sus pechos. Con el agua la tela amarilla del bikini era casi transparente y se ajustaba a las curvas más mínimas de su cuerpo. Esto exponía sus pezones a mi vista sin más velo que una transparencia amarilla, que los hacía aún más apetitosos.

O conseguí que no se me notara o ella fingió no notarlo, el caso es que seguimos en el agua charlando animadamente, mientras yo recorría su piel con mis ojos. Con el agua por la cintura no se me notaba mucho, pero estaba totalmente empalmado, así que disimuladamente, bajo el agua, empleé el viejo truco de descubrir el capullo, dejándolo expuesto sin piel al frío del agua. Hizo efecto, y cuando estuvo más normal, le dije que me iba a salir, que si quería que esperara y la acompañara.

- No te preocupes.- me dijo- Parece que están mucho más tranquilos.

Eché un vistazo comprobando que era así, y me despedí con un gesto, saliendo del agua. Creí notar sus ojos verdes en mi trasero, pero me dio vergüenza volverme para comprobarlo. Si comprobé las furibundas miradas que 4 pares de ojos me dirigían desde la orilla.

Era mediodía, así que giré la toalla 90 grados, para que mis pies apuntaran hacia el sol, y disfrutar así mejor de sus rayos. Me senté mirando hacia la orilla mientras me secaba, para no mojar el libro. Ella siguió en el agua un par de minutos y finalmente salió. Al pasar junto a los revoltosos no hubo ningún comentario.

Me sonreía abiertamente mientras regresaba a su sitio y me hizo un gesto de que parecía que todo estaba bien, al que contesté sin levantarme con un amago de reverencia.

Yo me había puesto las gafas de sol, por lo que me permití recrearme la vista. Su piel tostada brillaba perlada de gotas de agua. Su caminar felino parecía estudiado para volver locos a los hombres. El top del bikini, poco más que un cordel y dos cintas, le cubría una banda en cada pecho del ancho justo de las areolas de los pezones. Pero estos eran perfectamente visibles a través de la delgada y húmeda tela. Sus pechos rebosaban la silueta de su torso. Conté sus costillas, apenas insinuadas por encima de su plano vientre. Y el tanga era un mero adorno. Mojado como estaba me permitía ver que se depilaba completamente, y que no solía hacer nudismo, al menos no del todo, pues la piel de su pubis no estaba tan morena como la del resto del cuerpo.

Todo tranquilo.- me dijo mientras se sentaba.

Encantado de haberte ayudado.- contesté.

No quise parecer un aprovechado, y como ya estaba casi seco decidí volver a sacar el libro, tumbarme y seguir leyendo. Tumbado boca abajo como estaba la veía de reojo a dos metros escasos de mí secándose a conciencia.

Cunado terminó de secarse giró la toalla, como había hecho yo anteriormente, para aprovechar mejor los rayos del sol de mediodía, y se tumbó a tomar el sol, con su cuerpo alineado con el mío. Sus pies quedaban a un metro escaso de mi cabeza, y aprovechando que no me veía volví a recrearme contemplándola.

Tenía los pies cuidados. Sus pálidas plantas no presentaban durezas ni callos, y sus uñas aparecían arregladas. Con sus largas piernas entreabiertas pude apreciar que estaba muy morena (también la cara interna de sus muslos). El monte de Venus aparecía abultado y su sexo, sólo velado por la transparente tela húmeda, se dibujaba con bastante detalle en los pliegues del tejido. La tela de nuevo se ocultaba entre sus prietas nalgas. Por encima de eso sólo veía sus pechos, ahora ingrávidos, y más allá el lejano horizonte de la silueta de su mentón. Yo creo que ni siquiera a las mujeres que me había follado hasta aquel día las había contemplado con tanto detenimiento.

Noté una nueva erección, y me concentré en la lectura para que pasara. Cuando pasó, me puse boca arriba y seguí leyendo, tratando de olvidarme que Charo estaba allí, y consiguiéndolo.

Solo fueron unos minutos.

-Juan…

Charo me llamaba. Volví la cabeza para confirmarlo. Tardé unos segundos en contestar, mirándola. Estaba sentada, con el libro a un lado. Sus piernas cruzadas por los tobillos, como una piel roja, lo que le hacía tener los muslos muy abiertos. La minúscula tela del tanga era insuficiente en esa postura para contener los pálidos, carnosos y abultados labios mayores de su sexo, que quedaban prácticamente expuestos. Fueron unos segundos, quizá solo la fracción de un segundo, pero imagino que mi mirada y mi silencio fueron inadvertidamente elocuentes, e involuntariamente dejé claro porque tardaba en contestar.

Dime, Charo.

Ella tenía un cigarro entre los dedos que me mostró mientras me decía -¿Tienes fuego?

Empecé a buscarlo en la bolsa, y ella se levantó y se agachó junto a mí. Yo buscaba el mechero. Cuando lo encontré volví mi vista hacia ella, notando que el tanga se le había metido por el coño, que quedaba casi entero al aire. Le ofrecí la llama y me atreví a decirle- Se te ha metido el tanga, Charo.

Se miró y sonrió.-Gracias.- Sin darle importancia, agachada como estaba, comenzó a ajustárselo despacio.- No lo llevaría si no fuera por esos 4.- mientras decía esto desvió su miraba hacia mi vientre y la mantuvo unos segundos así mientras discretamente se lo acababa de ajustar.

Sonrió divertida. – Tú también deberías hacer algo- me dijo por fin haciendo un gesto con la cara hacia mis partes.

Me miré y vi que tenía el rabo bastante crecido de nuevo. No tenía una erección completa, pero era evidente que algo estaba pasando por allí abajo. Además el capullo seguía al descubierto como en el agua y en su punta brillaba una gotita.

Perdón.- murmuré avergonzado mientras me giraba hasta quedar boca abajo.- Discúlpame.- insistí.

Ella mantuvo sus ojos fijos en mi rabo hasta que lo oculté con el cuerpo. Luego, sin dejar de sonreír me miró divertida y me dijo- No pasa nada. Es normal.- y me guiñó un ojo para reforzar esa complicidad.

Cuando se levantó para marcharse la vergüenza había acabado con mi incipiente erección. Así que me centré en el libro y traté de olvidarme de lo demás. Ahora no tuve éxito. No podía dejar de darle vueltas a todo, y aunque estaba demasiado avergonzado como para mirar, no pude dejar de notar su muy cercana presencia. Iba a ser difícil no tener más erecciones y no ser molesto, así que decidí acercarme a un chiringuito y tomar algo, antes que terminar dando el cante y ofenderla involuntariamente.

Me senté y comencé a ponerme los bermudas. - Voy a tomar algo. Hace mucho calor.- Notaba que ella me miraba mientras me vestía.

-Yo intentaré aprovechar unos rayitos más.

Cuando acabé (ya vestido me siento mucho más caballero) le ofrecí mi mano y le dije – Ha sido un placer, Charo. Espero volver a verte.- Eso no me comprometía demasiado, y dejaba muchas puertas abiertas.

Ella fue igualmente discreta al contestar.- Seguro que nos vemos. Yo vengo mucho por aquí. Suelo ponerme en esta zona. Ha sido un placer para mí.- No dejó de sonreírme ni de mirarme a los ojos mientras me contestaba.

Chao.

Chao.

Y eché a caminar hacia el chiringuito. Estaba a unos 200 metros de donde había estado tumbado. Encargué una ensalada y una fritura de pescado, pedí una cerveza y ocupé una mesa. Inconscientemente me había sentado mirando hacia el lugar donde permanecía Charo. No la veía, así que al poco perdí el interés, y me centré de nuevo en el libro.

Solo pasaron 10 minutos, incluso menos, porque aún seguía esperando la comida cuando unas voces conocidas me sacaron de la lectura. Levanté la cabeza y vi en primer lugar, a unos 100 metros, a Charo, ya vestida con el pareo y la camiseta, y como a unos 50 metros de ella tres de los chicos de antes, que seguían hablando en voz alta y bromeando. No le decían nada a ella, ni siquiera parecían hablar de ella, pero era evidente que intentaban hacerse notar (yo les había oído desde más de 100 metros). Todos caminaban en mi dirección, hacia el chiringuito junto al que estaba el parking de la playa. En la cara de Charo, y en su caminar furioso noté que estaba harta de la situación. Pensé que seguramente se marchaba incómoda con la mañana de playa que estaba teniendo.

Justo en ese momento me trajeron la comida. A veces pienso rápido, y esa fue una de ellas. Creedme que no estaba ligando, solo estaba tratando de aliviar a una chica en apuros. De lo que llevaba a otra mesa el camarero cogí tenedor, cuchillo, vaso y servilleta y una bebida (acallando las protestas del camarero con un billete de 5 euros) y monté un servicio de mesa más en la mía con el plato de fritura, dejando en mi sitio la ensalada. Cuando estuvo más cerca me levanté, la llamé y le hice señas con la mano.

Se le iluminó la cara al verme. Volvía a ser su tabla de salvación. Los chavales enmudecieron, pero continuaron andando tras de Charo, a la expectativa.

Charo se acercó a mi mesa, y yo me levanté y le hice un gesto para que tomara asiento donde le había preparado.

Está visto que hoy estás destinado a ser mi caballero andante.

Jejeje. Y ahora vestido, que me resulta más fácil.

Ambos reímos y comenzamos a charlar. Cuando llegaron los chavales sus caras reflejaban una tremenda decepción. Estaba sentada en mi mesa, charlando conmigo delante de un plato. Aún así pidieron unas cervezas y se quedaron en la barra lanzándome miradas de odio, como desafíos, mientras tomaban unas cervezas.

No soy Rambo. Pero soy fuerte y se me nota. La edad no perdona, y mis músculos no se perfilan como antes, pero se nota que están ahí. Además, determinados desafíos me asustan menos cuando me los hacen en un sitio público y abarrotado de gente. Así que aguanté el chaparrón y evité que ella se diera cuenta de que estaban allí. Luego conseguí que probara el pescado, y esto pareció ser la señal que aquellos necesitaban para rendirse. Pagaron, montaron en sus motos y se marcharon.

-Ya se han ido. ¡Por fin!- cuando se lo dije no reparé en que ella no los había visto entrar en el bar. Puso cara de extrañeza y se volvió para ver que estaba mirando yo, dándole el tiempo justo de verlos desaparecer en sus motos.

Ahora fue ella quien se ruborizó, se volvió con los ojos muy abiertos, sorprendida.- ¿Estaban aquí? Ni me he enterado.- Miró al plato, del que se había comido buena parte, y dijo- Y esta debe ser tu comida.- Parecía más morena por el rubor de su cara. Sus orejas estaban rojas como tizones encendidos.- Discúlpame tu ahora. No me he dado ni cuenta. Estaba tan a gusto…- Hizo amago de levantarse.

No, por favor. Yo estoy tan a gusto como tú. Pedimos otra ronda si me quedo con hambre. Será un placer que aceptes comer conmigo.

No tuve que insistir. Estaba claro que estaba cómoda y a gusto, y mucho más desde que había dejado de sentirse presionada por los gamberros. Charlamos, comimos y bebimos. Me contó que era casada (yo ya había visto su alianza) y que tenía dos hijos. Los hijos estaban en Inglaterra, en un programa de intercambio, y su marido seguía trabajando en Julio con lo que ella se había venido sola a un apartamento que tenían cerca de esta playa. Curiosamente su marido trabajaba cerca de donde yo, pero no le gustaba la playa y no venía durante la semana (como me alegré de oír esto). Yo por mi parte le conté mi vida. Charlamos un buen rato. Ahora no miré sus pechos. Me concentré en sus ojos verdes y los marcados, pero suaves rasgos de su cara. ¡Que preciosidad!

Mientras tomábamos unos cafés se hizo necesario saber que iba a pasar ahora.

Bueno Charo, yo voy a volver un rato a la playa. ¿Qué haces tú? Tengo ahí el coche, así que podría llevarte a algún sitio si no vuelves a la playa.

Cuando vine esta mañana tenía intención de pasar el día en la playa, pero después de esos 4 pesados no sé si quiero volver aquí hoy. Además ahora está llena.

Era verdad. Sería difícil encontrar un sitio cómodo.

Tienes razón. ¿Te llevo a tu casa entonces?

Quedó pensativa un instante. Luego, mirando todavía a la abarrotada playa me dijo:

Conozco un sitio. Está un poco retirado, pero seguro que merece la pena. Como hay que andar un par de kilómetros la gente no va, y es una playa preciosa. ¿Te apetece?

Aquello era más de lo que había esperado. ¡Me estaba invitando a pasar una tarde en la playa con ella! Por supuesto, dije que sí, intentando disimular mi excitación. De pronto recordé.

Lo único… Bueno, me quedaré con los bermudas. Es que como venía aquí, vengo sin bañador. Pero no pasa nada. Vamos.

No te preocupes. Allí tampoco te hacen falta. Vamos.

Recogimos nuestras bolsas, pagué y empezamos a caminar hacia el coche. Ella caminaba delante. Mientras caminaba se quitó el sujetador del bikini sin quitarse la camiseta. Sus pechos siguieron apuntando firmes hacia el frente, sin notar la perdida de sustentación.

Esta playa a la que vamos también es nudista. Lo único es que como no se puede llegar en coche no es tan conocida, y suele estar casi vacía. Estaremos más cómodos.

Abrí las ventanas del coche para ayudar un poco al aire acondicionado y empecé a maniobrar. Una vez en marcha ella me guiaba. Cuando el climatizador empezó a enfriar cerré las ventanas y unos minutos después llegamos a un bar de carretera, a unos 10 kilómetros de donde habíamos salido, donde me dijo que aparcara. Lo hice. Y echamos a andar. Tras el bar, en un bosquecillo de pinos salía una pequeña senda que se iba estrechando. Ella se puso delante cuando la senda impidió que camináramos al lado. Charlaba animadamente. Yo hablaba menos. Iba concentrado escudriñando en su pareo, tratando de imaginar lo que había debajo. Como si lo hubiera sabido, se lo desanudó y se lo quitó, dejándome apreciar sus nalgas apretadas y bamboleantes. Las chicharras cantaban fuerte, muy fuerte. Hacia mucho calor, y ambos sudábamos.

El camino volvía a ensancharse. Los pinos estaban más alejados unos de otros y el terreno empezaba a ser más arenoso. Luego los pinos desaparecieron y el camino empezó a ser una sucesión de collados entre las dunas. Al descrestar de una de ellas apareció la playa. Me detuve un momento a contemplarla. Había unos 4 kilómetros (2 a cada lado) de playa apenas ocupados por bañistas. Al final de esta franja, junto a dos grupos de casas la ocupación volvía a ser masiva. Pero en unos dos kilómetros de playa, los únicos ocupantes eran una pareja y un grupo de tres chicas que por su posición deberían haber llegado por donde nosotros.

- Toda la playa es nudista. Pero aquí no viene casi nadie al estar tan apartado.- me dijo Charo.

Eligió un sitio entre la pareja y el grupo de chicas, a unos 50 metros de cada uno, y dejó la bolsa.

- Vuelvo enseguida.- y se acercó al grupo de chicas con las que quedó un rato charlando. Se ve que se conocían.

Puse mi toalla al apuntando al sol y me senté. No me atreví a hurgarle en la bolsa para buscar su toalla.

Solamente me quité la camiseta, pues aunque la playa fuera nudista, recordaba que ella no se había quitado el bikini y me pareció más oportuno.

Después de unos minutos ella volvió. Por el camino se quitó la camiseta y por primera vez ese día vi sus pechos totalmente desnudos. Volví a aprovecharme de las gafas de sol para permitirme observarla detenidamente. Ella caminaba muy despacio, como invitándome a mirarla. Vestida solo con el insuficiente tanga, que volvía a llevar casi metido en su raja, me parecía un sueño.

Hasta que cuando se aproximó me hizo un gesto no me había dado cuenta de que traía una bolsa.

- Cerveza.- me dijo tendiéndome una de las dos que traía.- Como aquí no hay chiringuito…

La abrí y comencé a beber.

Tendió su toalla junto a la mía y me dijo- ¿No te quitas el pantalón?- soltó dos clips de su tanga y de un rápido tirón se lo quitó quedando desnuda totalmente ante mis ojos.- Ya te dije que si no hubiera sido por aquellos 4 me lo habría quitado en la otra playa.- Quedó unos instantes de pie, como esperando mi respuesta. Por toda respuesta me quité los bermudas. Ella se tumbó despacio junto a mí, y ambos tumbados quedamos un rato callados.

Creo que llegué a dormirme. Cuando después de unos minutos abrí los ojos ella estaba sentada. No eran figuraciones mías, no. ¡Me estaba mirando el rabo! Eso fue suficiente para notar en él de nuevo el pulso de mi sangre. Ella no apartaba la vista de allí, y yo no quería incomodarla haciendo ver que me había dado cuenta así que la dejé y solamente la miré. Un par de veces me miró a la cara. Ambos con las gafas de sol, calculé que no podía saber si tenía los ojos abiertos o cerrados. Acerté, puesto que después de cada mirada ella volvía a concentrarse en mi sexo. Mi erección era ya muy evidente, pero esta vez no me importó. Ella pensaba que yo estaba dormido. Me alegré de enseñarle aquel poderío (no es que tenga un rabo espectacular, pero una erección es una erección). Di un paso más. Como inadvertidamente me toqué el nabo, como si me molestara algo allí, y dejé la mano puesta. Ella no se movió. Siguió sin apartar la mirada de donde la tenía.

Divertido decidí acabar con aquello y comencé a incorporarme, como si me acabara de despertar. Me hice el sorprendido al ver mi erección.- Y los sueños, sueños son.- dije a modo de disculpa. Ella sonrió.

Creo que debería darme un baño.- dije - pero con esto así…

Yo te cubro.- dijo ella levantándose y tendiéndome la mano.

Me levanté y echamos a andar hacia el agua cogidos de la mano. Ella caminaba delante, muy cerca de mí para taparme el rabo. No pareció molestarle que de esta forma mi poya tropezase repetidamente con su mano y con sus nalgas.

Ya en la orilla solté su mano y me lancé rápido al agua. Ella entró más despacio, sin parar de sonreír. No nadamos. Nos quedamos allí charlando. Volví a emplear el truco de descubrir el capullo al frío del agua, aunque cada vez me importaba menos que ella me viera trempado. Después de un rato Charo preguntó:

- ¿Como va eso?- y adelantó su mano hasta cogerme la poya. Aunque me sorprendió, no di un paso atrás. El agua había echo algún efecto, pero la desnudez de Charo y notar su mano en mi sexo hicieron que siguiera aún bastante tieso.- Uffff. Daría un brazo por saber que estabas soñando.- y me sonrió volviendo a guiñar un ojo.

Va a ser mejor que me dejes un rato solo, Charo.

Vale. Además me ha dado un poco de frío.- se señaló los crecidos pezones a la vez que lo decía. Salió del agua.

Cuando noté que aquello había bajado lo suficiente empecé a salir también del agua. Ella se había sentado en la toalla mirando hacia la orilla. Abrazaba sus rodillas con sus brazos. Volvía a tener las gafas puestas y aunque no vi sus ojos supe que no me quitaba la vista de encima. No me miré el rabo. Lo notaba colgar, pero aún de buen tamaño después de lo pasado. Notaba la brisa en el capullo aún descubierto. Estuve satisfecho de que ella lo estuviera viendo.

Con la postura que ella tenía su sexo quedaba también expuesto a mi vista mientras volvía. Sus labios menores asomaban entre los carnosos labios mayores. Al llegar me tumbé boca abajo. Ella hizo lo mismo. Yo la miraba a ella mientras hablábamos. Ella miraba al frente. En un momento dado ella me hizo un gesto con la barbilla. Miré adonde señalaba. La pareja estaba en esa dirección. Ambos estaban tumbados boca arriba, y estaban tocándose el uno al otro en sus partes más sensibles. Se giraron, quedando uno frente a otro, y ella comenzó una lenta paja a su novio mientras este le acariciaba el coño.

Me giré, tumbado de costado mirando a Charo.- Está visto que hoy me voy a tener que pasar la tarde en el agua.

Charo también se giró volviéndose hacia mí, y notando que volvía a crecerme algo en la entrepierna.- No te preocupes más por eso. En esta postura solo lo vemos nosotros, y a mí no me importa. Es más, me he sentido halagada. Olvídate, que te prometo que no me molesta.- me acarició la cara al decirlo.

Pues ya está. Me había dado carta blanca y lo aproveché. Mientras hablábamos le miraba sin disimulo, incluso me quité las gafas para que ella supiera hacia donde se dirigían mis ojos en cada momento. Aprecié su pubis enrojecido después de un rato de sol y descubrí una fina línea de corto vello rubio que la costura del tanga me había enmascarado. Vi sus ojos verdes. Miré sin disimulo sus pezones, creyendo descubrir en ellos sus erecciones. Recorrí sus caderas, su costado, sus piernas, con mi mirada. Ella, también sin gafas de sol, hizo lo mismo. Pero solo miraba mi rabo y mi cara. Mi rabo colgaba como una tranca, apoyado el la toalla, como si apuntalara mi cuerpo. Hablábamos de nuestras vidas, de nuestros problemas, de cosas íntimas que ni nuestras parejas conocían probablemente.

Nos bañamos de nuevo, y en el agua buscamos ambos el contacto. Procuramos tocarnos, primero como inadvertidamente. Luego nos acariciábamos la cara o las brazos sin disimulo. Finalmente ella me abrazó, y sentí su cuerpo pegado al mío, y supe que eso era la felicidad, que mi vida tenía sentido solo por aquel abrazo. Nos besamos. Permití que mi rabo se colara entre sus piernas, y ella movió los muslos para acogerlo. Cuando aflojamos el abrazo ella no se alejó demasiado. Nos mirábamos aún sonriendo, sin decir nada que pudiera romper la magia del momento. Finalmente ella se retiró hacia la orilla, y yo preferí nadar un poco para ordenar mis ideas.

Desde dentro miré hacia ella. Estaba de pie, con el agua a medio muslo, y las piernas un poco separadas. Tenía una mano en la cadera, mientras que con la otra se tapaba el chocho. ¿Se lo tapaba? No, solamente se lo tocaba descuidadamente. Mientras volvía nadando despacio y sin dejar de mirarla pensé que debía haberla desconcertado cuando me fui a nadar. Decidí solucionarlo, y cuando llegué a su altura le di un corto beso en los labios y me senté, haciéndole gestos de que se sentara. Ella lo hizo y nos miramos en silencio unos instantes.

Sonreí y le dije- Me parece que no vamos a tener más remedio que follar esta tarde.

Como si lo hubiera estado esperando, soltó una carcajada, y me abrazó de nuevo haciéndome caer hacia atrás. Se echó sobre mí, y nuestros cuerpos volvieron a juntarse. Cuando pude volver a sentarme ella se giró, quedando flotando boca arriba delante mía. Sus brazos guiaron a los míos para que la abrazara desde atrás. Ella quedó flotando delante mía. Mis manos rozaban sus pechos llenos. Mis dedos jugaban con sus duros pezones.

Luego se sentó encima mía, y nos quedamos un buen rato así. Asomado por encima de sus hombros veía su cuello y su perfil perfecto. Veía sus pechos erguidos y prolongados por unos hinchados pezones que yo procuraba rozar a la menor ocasión. Dejé caer mis manos hacia su regazo, y allí jugué con los pliegues de la piel de sus ingles. No pesaba mucho, y menos aún en el agua, pero notaba sus nalgas sobre mis muslos, y dependiendo de sus movimientos mi poya se encajaba entre ellas. Volvió la cara y volvimos a besarnos.

Se separó y me dijo- ¿Nos vamos?

Asentí y echamos a andar. No me molesté en ocultar mi nueva erección. Creo que nunca me la había visto así en los últimos 10 años. Tiesa que casi me pegaba en el ombligo, y con la piel aún retrasada, mi glande parecía enorme. Nadie nos miraba.

Cogí mi toalla y la sacudí para secarme. Ella me ofreció una toalla, y antes de que yo pudiera equivocarme me cogió la mía y comenzó a secarme a mí. Se entretuvo en todo mi cuerpo, pero especialmente en mis partes, que secó agachada, con su cara a un palmo escaso. Luego la sequé yo a ella. Recreándome en cada milímetro de piel. Notando que contenía sus gemidos cuando mis manos envueltas en tela restregaban sus zonas más sensibles. Finalicé arropándola con su toalla y tanteándole las nalgas a modo con la excusa de secárselas.

Con una palmadita en el trasero le indiqué que habíamos acabado y comencé a vestirme y a recoger. Acabé antes que ella pues solo tuve que ponerme los bermudas y una camiseta. Ella aún tardó algo más en recoger. No hice ni amago de ayudarla. Me dediqué a mirarla desnuda mientras recogía. Por su expresión pícara supe que me estaba regalando esa nueva exhibición de sus encantos. Cuando hubo acabado de recoger sacó un bote de loción hidratante y empezó a untarse con ella toda la piel. Me miraba mientras lo hacía. Se detuvo especialmente en los pechos. No dejaba de mirarme sonriéndome. Bajó por su vientre volviendo a detenerse en el pubis, y no conforme con eso, se giró para que viera como se lo untaba en la parte de atrás de los muslos y en las nalgas. Incluso se las separó un poco para darse entre ellas. Acabo untándose las piernas, mientras permanecía de espaldas ofreciéndome una visión inmejorable de todos sus agujeros y grietas. Conservé la compostura, aunque no la tranquilidad.

Cuando terminó, se vistió completamente. Se tiró bien hacia arriba para ajustarse bien el tanga, haciendo que sus labios rebosaran la estrecha tela, y se puso el sujetador, la camiseta y el pareo.

Los restantes ocupantes de la playa se estaban marchando también. Ella se entretuvo un rato, dando tiempo a que se fueran. Empezaba a ponerse el sol, y por la playa ya se veían solamente paseantes, de los que ninguno llegaba hasta la zona. Por un momento pensé… Pensé que era mejor esperar y ver.

Comenzamos a caminar. Íbamos de la mano, despacio. Hablábamos poco. Cuando el camino se estrechó intenté soltarme para adelantarme, pero ella retuvo mi mano haciéndome detenerme. Quedé frente a ella. Nos miramos, y ella comenzó a caminar en otra dirección arrastrándome tras ella. No hizo falta hablar. No sabía adonde iba, pero sí sabía a qué. Deambulamos unos minutos por el bosquecillo, sin rumbo fijo. Llegamos a un punto en el que unos matorrales crecían dejando un único punto de entrada a un pequeño claro de unos 4 metros de diámetro, donde las agujas de los pinos casi ocultaban por completo la arena de las dunas. Los pinos eran más pequeños y frondosos en esa zona, y proporcionaban frescura ante los aún tórridos rayos del sol en retirada. Se detuvo y me miró, dándome una última oportunidad de huir. Ni se me pasó por la cabeza. Tiré la bolsa al suelo, y la abracé buscando su boca con la mía. Ella respondió, y su lengua exploró ávidamente mi boca. Cuando sus manos sopesaron mi trasero decidí que las mías repasaran también su cuerpo. Por encima de la ropa acaricié su espalda y sus nalgas, y luego recorrí con mis dedos el borde del sujetador, notando como se estremecía cuando rocé sus pezones. Bajé mi mano por su vientre y esta vez fueron las tiras de su tanga las que empecé a seguir con mis dedos por encima del pareo. Ella se lo desanudó, y noté en mis dedos el tacto caliente de su pubis, la carnosa suavidad de su sexo desbordado. En este punto, ella me bajó la cremallera de los bermudas, y me acarició el pene dulcemente. Sus dedos me lo rozaban apenas, como si temiera romperlo, produciéndome sensaciones nuevas en aquella parte de mi cuerpo.

- No quiero dejarte a medias.- dije separándome.- Han sido demasiadas erecciones, y si sigues así me voy a ir sin contar contigo.

Saqué la toalla y la extendí en el suelo, mientras ella se quitaba la camiseta. Ella se sentó, y volvió a abrazarse las rodillas con los brazos. En esa posición su sexo, apenas tapado por el tanga, quedaba expuesto a mis ojos. Aún de pie lo miré unos instantes, notando lo excitada que ella estaba en la mancha húmeda de la prenda. Me arrodillé frente a ella y la besé. Luego separé sus brazos y sus piernas y comencé a descender su piel a besos. El largo cuello. Los hombros delicados. En sus pechos me detuve un buen rato, retirando las franjas de tela a los lados y mordisqueando sus oscuros e hinchados pezones. Las areolas también aparecían abultadas, y succioné con ansia aquellos pechos.

Ella me tiró de la camiseta, y yo le facilité que me la quitara. Aproveché también para quitarme los bermudas, pues ya empezaba a gotearme el rabo y no quería empaparlos. Continué inmediatamente mis besos y lametones. Mi lengua jugó con su ombligo mientras sus manos ocupaban en los pezones el hueco que había dejado mi boca. Y yo seguí bajando. Al llegar a su pubis, decidí que aquellas gomas ya habían oprimido bastante aquel precioso coño, así que solté los clips, y retiré la minúscula pieza de tela. Y me preparé para regalarle el orgasmo de su vida.

Empecé por besarle el pubis. Muchas veces. Hacía pausas entre beso y beso, y a veces levantaba la cara para mirarla. Ella parecía enloquecer de impaciencia, pero yo disfrutaba haciéndolo y viéndola con los ojos en blanco. En sus ingles saboreé el recuerdo del mar en su piel. El escaso y corto vello de su pubis raspó mi lengua agradablemente.

Sus piernas temblaban de excitación. El temblor aumentó decididamente cuando mi lengua, ya en su sexo, probó la combinación del sabor del mar y la dulzura de sus cada vez más abundantes y evidentes jugos. Fui de fuera hacia dentro. Primero los abultados pliegues exteriores. Luego, cada vez más dulce, los delgados pliegues interiores. Finalmente me ayudé con los dedos de una mano para descubrir su clítoris, que lamí, acaricié y succioné. Con los dedos de la otra acariciaba su esfínter, mientras que de reojo, veía como se arreglaba ella con sus tetas. Sus gemidos eran ya ahogados grititos, hasta que un largo gemido acompañó el estremecimiento que me anunciaba su intenso y largo orgasmo. Una pequeña salpicadura en mi barbilla me indicó que había sido un buen orgasmo.

Seguí unos momentos besando y acariciando con mi lengua, a pesar de que notaba mi urgencia en la tensión de la sangre en mi miembro.

Sus manos finalmente guiaron mi cabeza haciéndome que la volviera a besar en la boca. Ella había recogido las piernas y las había echado de lado, de modo que mi poya descansaba (es un decir) sobre su cadera. Decidí que era momento, y con una mano fui a guiar mi poya hacia su coño, que no veía pero sabía perfectamente colocado para que la penetrara. Me equivoqué.

Ella me dijo:- Espera. No tomo nada.

Debió leer la sorpresa en la cara de idiota que puse, porque inmediatamente añadió- Espera. Seguro que hay otra forma.- y con sus manos me apartó suavemente para poder moverse. Yo, con el dolor de huevos más intenso que recuerdo, la miraba mientras ella a cuatro patas rebuscaba en su bolso. Pensé que buscaba condones, pero lo que sacó fue la loción hidratante que me tendió. Luego, sin mover las piernas, apoyó la cara y el torso en la toalla mientras que con ambas manos se separaba las nalgas.

Me cambié de lugar para ver mejor el espectáculo. Lo que vi junto con mis caricias anteriores me confirmaron que aquel culo era virgen.

Te haré daño. ¿Estas segura? No lo has hecho nunca.

Quiero follar contigo. Ahora. Y no quiero quedar embarazada. Trátame con cariño, amor.

Pensé que ya le había dado bastantes oportunidades, pero no obstante me propuse aguantar un poco más y tratar de que disfrutara y de no dañarla. Volví a cambiar de posición. Me arrodillé junto a su cabeza, incliné mi cuerpo sobre el suyo y volqué mi boca a su trasero. Mis manos sustituyeron a las suyas en sus nalgas, y empecé a besar y lamer. Desde tan cerca veía poco posible que aquel fruncido agujerito fuera suficiente para meter mi poya. Mucho más un día como aquel, en que tenía los huevos cargando a tope desde bien temprano. Pero era mejor no rendirse, y tratar de hacerlo posible, así que obligué a mi cansada lengua a masajear aquella estrecha abertura. Inicialmente solo acariciaba con mi lengua su ano mientras mis dedos se entretenían en su sexo. Luego mis dedos llegaron a masajear también su ano, por la exterior, mientras que mi lengua se abría camino en su interior. De vez en cuando salivaba y embadurnaba su ano, comenzando a lubricárselo.

Ella mientras tanto había destapado la loción, y con una mano embadurnada con ella me restregaba suavemente el pene. Era un contacto suave, no aumentaba ni disminuía mi erección. Solo la mantenía con suaves caricias, sin presionar. Bajé una de mis manos hasta allí, y con un gesto le solicité que me echara. Estaba claro para que era, así que se apresuró a cambiar mi poya por mis dedos, que lubricó con la crema hidratante. Cuando juzgó que era suficiente volvió a sustituir mis dedos por mi poya, y mi mano volvió a su culo.

No intenté forzar la entrada directamente. Acaricié alrededor, aumentando y aflojando la presión y lubricando los bordes del agujero. Poco a poco fui notando como su esfínter se relajaba, y como empezaba a verse menos apretado. Me pareció que había llegado el momento de empezar la exploración, y tras echarle un par de buenos salivazos en el ojete, mi dedo índice empezó a presionar suavemente ya en la entrada. Mi otra mano pasaba de las caricias alrededor de su ano, a caricias en su ahora chorreante sexo. Aprovechaba esta nueva lubricación para relevar el dedo que presionaba su esfínter. Fue ella la que acompasando su movimiento con mi presión, empujó su trasero hacia atrás, haciendo que la punta se introdujera. Dio un leve gritito, al sentirlo allí, pero ni ella se retiró, ni yo saqué el dedo (le habría dolido más). Antes al contrario seguí presionando suavemente hasta introducir dos falanges.

Dejé de presionar más adentro, y me dediqué a jugar allí dentro, apretando muy despacio hacia los lados, tratando de agrandar la brecha y que disfrutara a la vez. Estaba muy predispuesta a complacerme y excitada como una perra en celo, así que enseguida conseguí un poco de anchura por la que colar un segundo dedo. Ahora no hubo gritito, fue un gemido de placer. Notaba por la humedad de su chocho que todo estaba yendo de maravilla. Yo no descuidaba su sexo, procurando que ella disfrutara también todo lo posible. Notaba como su clítoris volvía a crecer. En estas condiciones su culo dilató rápidamente, de manera que mis dedos entraban ya y salían sin forzar. Seguí metiendo y sacándolos, y haciendo movimientos circulares en su esfínter, mientras con la otra mano volví a hacerle un gesto para que me la embadurnara en crema. Cuando lo hizo fui yo el que me la apliqué en el pene, repitiendo dos veces el gesto y el proceso. Al untármela con la crema aprecié la tremenda erección que tenía. Volcado en facilitar la penetración había olvidado como me dolía.

Cuando me levanté estaba claro para que me levantaba. Y ella me hizo saber que estaba lista, separándose nuevamente las nalgas con sus manos. Parecía un culo distinto que cuando empecé, dejando ver buena parte de la oscuridad de su interior a través del crecido agujero. Pero parecía aún pequeño, ¡seguía siendo pequeño! Y más tal como la tenía yo de gorda en ese momento. Aquello le iba a doler, pero yo ya no estaba en condiciones de esperar más.

Flexioné las rodillas, y apuntando con mis manos apoyé mi tranca en su agujero. Necesitaba que dilatara casi el doble para poder metérsela, así que empecé presionando despacio, mientras le separaba las cachas. Al quedar sus manos libres las dedicó a magrearse el coño y los pechos. Seguí presionando despacio, logrando asomar la punta en su interior, pero un quejido ahogado me aconsejó ceder en el empuje y cambiar de táctica. Me retiré un poco y volví a empujar, y así varias veces hasta que cogí ritmo. Ella se acompasó, y su culo también empujaba buscando el empuje de mi miembro. Sus gemidos me indicaban cuando iba demasiado deprisa. En esos momentos yo cedía un poco en la presión, hasta que sus movimientos hacia atrás me indicaban que estaba preparada para soportar presión.

Pero el que no podía ya esperar mucho más era yo. Aguanté unas emboladas contenidas más, y me preparé para la definitiva. No fui brusco. Sencillamente adelanté, aumenté y mantuve la presión un poco más, consiguiendo que fuera ella misma la que se ensartara. Ahora si chilló. Primero me pareció sorpresa, pero luego, cuando mantuve dentro mi poya, el gemido se volvió sordo quejido. De todos modos no se retiró. Ni yo lo hice tampoco. Nos quedamos un segundo quietos los dos. Cuando su quejido se redujo volví a moverme despacio. Costaba mucho empujar y tirar en aquel estrecho agujero. Y yo tenía una incómoda postura semiflexionado. Aproveché que la tenía ensartada, y muy despacio me agaché aún más hasta agacharme, obligándola a quedar también de rodillas con el cuerpo casi erguido. El movimiento le costó algunos quejidos más, pero no fue nada comparado con el ahogado chillido que emitió cuando de un empujón definitivo se la metí entera en el culo. Parecía habérsele estrechado aún más el culo, así que me quedé así, con toda dentro, pero sin moverme, y volví a aplicar las manos a su sexo y a sus pechos. Poco a poco noté que la tensión se le aflojaba con las caricias, y volví a moverme. Comenzaron de nuevo los gemidos, y consideré superada la fase del dolor cuando se abandonó a mis caricias. Su duro clítoris volvía a estar hinchado y noté que estaba próximo su segundo orgasmo. Cuando le llegó, tembló descontrolada, justo en el momento en que yo no pude aguantar más y exploté en su trasero. No recuerdo eyaculación tan copiosa, pero la esperaba después de tanto tiempo trempado y tanto aguantar.

Me retiré muy lentamente, pues seguía semiempalmado y temía hacerle aún más daño. Cuando salí de ella completamente temí que sonara como una botella de champán al abrirse. No sonó, había dilatado mucho. Charo se volvió a echar sobre la toalla como al principio, con el culo en pompa, como pidiendo que le informara de los daños. Unos hilillos de sangre le corrían por la cara interior de los muslos, pero el fluido más copioso era mi semen. No pude evitar, curioso, meter el dedo en el gran agujero que veía. Hubieran cabido muchos más dedos. Le besé el trasero y me eché de lado junto a ella, que se acostó por fin.

Gracias.- dije-¿Te he hecho mucho daño?

Sí. Pero he disfrutado mucho más de lo que he sufrido.

Durante un buen rato la besé en el cuello y en la espalda, a la vez que le acariciaba por delante. Procuraba que mis caricias fueran tiernas, y además era lo que me apetecía. Quería ser dulce con aquella extraña que me había entregado su culo. Su respiración era ahora lenta y profunda. Me separé y me arrodillé, y sacando mi toalla le limpié el trasero.

Yo no terminaba de perder la erección. Cuando ella se tumbó boca arriba, la visión de su sexo volvió a excitarme. Ella me miraba de arriba abajo, y sonrió al descubrir mi nueva erección. Por supuesto no era como la primera, pero a veces he hecho el amor con erecciones mucho más discretas.

Me arrodille para verla mejor. Continué acariciándole el sexo. Sus manos volvieron a acariciar el mío.

Yo me sorprendía de notar como volvía a crecer entre sus manos. Poco a poco habíamos ido girando, de manera que en ese momento Charo apoyaba su cara sobre mi muslo. Cuando yo me agachaba para besar su pubis notaba como mi rabo tocaba ligeramente su hombro. Ella lo acariciaba de vez en cuando, pero se concentraba en mis caricias en su sexo, y lo miraba. De nuevo lo miraba. Pero ahora desde muy cerca.

Yo por mi parte, no solo estaba preparado, sino que necesitaba de nuevo un alivio. Volvía a tener una plena erección, la presión de la sangre palpitaba de nuevo en mi miembro, y notaba los huevos llenos. Volvía a emitir gotitas de líquidos preseminales. No me atreví a pedir lo que pensaba, pero me giré como si quisiera contemplarla mejor, y de este modo, y separando un poco las rodillas, hice que mi rabo quedara muy cerca de su cara. Estaba muy manchado de mi semen, su sangre y, seguramente, de restos de sus heces. Cuando me movía se alargaban gotas de mis fluidos desde la punta hasta su cara, quedando como hilos de araña que nos ligaban.

Ella me sonreía. Sus ojos verdes me miraban entrecerrados por el placer que volvía a sentir en su vulva. Su clítoris vibró entre mis dedos cuando volvió a correrse. Y sus ojos se cerraron. Cuando los abrió de nuevo tenía en su cara una sonrisa lánguida, satisfecha. Su cara estaba pringada con mis fluidos, y me pareció por ello más bella. Yo seguía emitiendo fluidos.

En ese momento, por sorpresa, sacó la lengua, y volviendo la cara dio una corta chupada en la punta de mi pene. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. Ella empezó a besarme el rabo. La postura debía serle muy incómoda, así que me levanté despacio.

Durante el tiempo que perdimos contacto no dejamos de mirarnos a los ojos. Ella se arrodilló, y continuó la faena. Me besó la poya de arriba abajo. Se metió mis testículos en la boca, mientras me acariciaba el rabo con las dos manos. Luego continuó besando delicadamente.

No tardó mucho en pasar a lamer la poya, como si fuera un helado. Primero largos lametones que me la recorrían entera. Luego echó la piel hacia atrás, y se concentró en el glande, dando cortas chupadas. Su lengua se entretenía en el abultamiento del glande, proporcionándome sensaciones que eran nuevas para mí.

Descarada, no dejaba de mirarme mientras me hacia una mamada espectacular. Mi poya debía saber a rayos después de lo pasado. Si notó algo, su cara no lo demostró. Parecía estar a gusto, demostrándome sus habilidades.

Por fin se la metió en la boca. Primero solo la punta, y aquí fueron sus labios los que apretaban mi glande, mientras su lengua seguía lamiendo la punta. Breves contactos húmedos abrazados por la presión suave y constante de sus labios. Me quedé quieto, la dejé hacer, y fue su cabeza la que empezó a moverse. Poco a poco sus movimientos fueron haciéndose más amplios. Noté como mi poya chocaba en su paladar. Noté su lengua ávida, enroscándose en mi miembro. Algunas veces se la sacaba y la besaba, o succionaba en la punta. Luego volvía a metérsela y reanudaba sus movimientos. Cuando empecé a notar que llegaba a su garganta instintivamente retrocedí una milésima. Con sus manos en mi trasero me obligó a mantener la posición, y a partir de ahí empecé a notar como mi poya entraba cada vez más en su garganta, adaptando su forma a la del húmedo canal. En ocasiones sus labios tocaban mi pubis, con toda la tranca metida en su interior.

Ella seguía reteniéndome firme, y regulaba sus movimientos y los míos. Me temblaban las piernas de placer. Cuando el temblor aumentó anunciando mi venida sus uñas se clavaron en mi culo, empujándome hacia delante, y haciéndome pegar una única embolada a la vez que le estallaba en la garganta.

Fue nuevamente una corrida monumental. Recibió directamente la mayor parte en su garganta. Yo no podía parar de temblar, presa de un orgasmo eterno. Se la sacó rápidamente de la boca, para recibir en su cara y en su pelo el resto de mi líquido espeso. Luego acabó de ordeñarme nuevamente con sus labios, mientras me masajeaba el dolorido rabo con suavidad. No me tumbé, me derrumbé tras el orgasmo, y me recosté de lado resoplando. Ella se tumbó frente a mí, también de costado. Sonreía.

Con sus manos se limpió la cara y se chupó uno a uno los dedos, para no desperdiciar ni una gota. Luego seguimos un rato acariciándonos desnudos y volvimos a besarnos todo el cuerpo. Sudábamos, y nos vino bien, porque ayudó a limpiarnos con las toallas de tantos restos.

Nos vestimos he hicimos el camino de vuelta abrazados. Por supuesto dormí con ella en su casa. Poco dormí, pero fue allí.

Y volví todas las tardes a la playa y a su casa.

Definitivamente fue un muy buen verano.

Durante el año nos seguimos viendo con frecuencia, pero lo que de verdad quiero, lo que de verdad estoy deseando, es que llegue de nuevo el verano para volver con ella a la playa.

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