La afición me vino tardía. Como todos los veranos llegó el
mes de los Rodríguez (Agosto), y me decidí a probarlo. Me gustó y desde
entonces, son siete años ya los que soy nudista practicante. Siempre de la misma
manera, sólo y con un libro. Me tumbo en la playa a leer y tomar el sol y a
sentir el aire y el mar en toda la piel.
Tengo 40 años, estoy casado y no tengo hijos. Mi mujer es un
poco clásica, y no he conseguido jamás que probara la experiencia. No me rindo,
pero tampoco me va a ir la vida en ello. Si a ella no le gusta a mí sí, y pienso
seguir haciéndolo. Ella ya lo sabe.
Lo que os cuento sucedió este verano. Acababa de mudarme por
motivos de trabajo. Así que la estancia de "Rodríguez" fue más larga de lo
habitual, mientras encontré casa y la preparé para la mudanza. Casi dos meses en
total me tiré en esta situación.
No penséis mal. No soy un "Rodríguez" típico. No paso el mes
persiguiendo turistas y jovenzuelas. Como y ceno en casa, y apenas salgo. Pero
si me agrada ir a la playa por las tardes y ponerme bien moreno. Los fines de
semana voy temprano y paso todo el día allí. A la vuelta tomo una copa en algún
local de moda y me voy a dormir sin más. No me vuelvo loco, no me desmeleno.
Hago la misma vida que cuando mi mujer está conmigo,..., solamente voy a
diferentes playas que con ella.
Era mediado de julio. Y era la primera vez que iba a la playa
en la localidad donde vivo ahora. Metí en una mochila el tabaco, un libro, una
toalla,… lo justo para una buena jornada de playa, y me fui a buscar una buena
playa nudista (ya me había informado antes en Internet).
Llegué a las diez de la mañana, y apenas había nadie, así que
no tuve problemas para elegir sitio. No sé si es normal, pero siempre que voy a
una de estas playas por primera vez me siento un poco como si fuera la primera
vez que hago nudismo. Miro a un lado y a otro, me alejo de donde hay gente, me
desnudo por fases,… había tan poca gente que no sentí nada de eso. Eché la
toalla y tras desnudarme rápidamente, me tumbé a leer. No hacía aún calor, así
que se estaba tan bien que me abstraje de todo lo que me rodeaba y me concentré
en la lectura. La playa se fue llenando, mucho, pero yo ni me di cuenta.
Unos silbidos y un murmullo de voces y risas me sacaron de mi
lectura y comprobé que la playa estaba ahora repleta de gente. Parejas, familias
enteras, grupos,… Había textiles pero formando parte de grupos nudistas más
grandes. Excepto aquellos.
Aquellos eran los que habían silbado y me habían devuelto a
la realidad. Un grupo de 4 chavales, de unos 20 años. Todos en bañador. Silbaban
al paso de una señora que llegaba. ¿Una señora? ¡Una Diosa! La verdad es que
casi comprendí los silbidos de admiración. Imponente.
Vestía una camiseta de tirantes y un pareo, ambos de color
amarillo vivo, como el pequeño bikini que se adivinaba debajo de ellos. Calculo
que mediría 1,68, no muy alta, pero su piel morena encerraba unas formas de
locura. Pechos grandes, sin exageración, y firmes como torres, piernas delgadas
y bien formadas. El cabello rubio recogido con una cinta. Gafas de sol.
Ligeramente maquillada. Desde donde yo la veía no podía saberlo aún, pero le
imaginaba un trasero de esos que parecen que los estén sujetando desde arriba
(más tarde comprobé que no me había equivocado). Una preciosidad. Y conforma se
acercaba apreciaba también los rasgos suaves y perfectos de su cara. Tendría
unos 30 perfectos años.
Los chavales le silbaron y le dijeron algunas estupideces.
Nada insultante, pero en su conjunto la situación debía ser muy desagradable
para ella, un poco humillante. La miraban como para comérsela.
Pareció no importarle, y siguió caminando hasta encontrar su
sitio justo a la delante de mí. ¡Era mi día de suerte! Aquel bombón se puso a
escasos tres metros a mí izquierda, extendió la toalla y se preparó para tomar
el sol. No se desnudó enseguida. Solo se quitó al principio el pareo. Yo no
quise molestarla mirándola, pero no podía evitar echar vistazos clandestinos a
aquel cuerpo de ensueño.
El bikini era un pequeñísimo tanga. Por delante apenas
llegaba a ocultar el abultado pubis. Por detrás permanecía medio oculto por sus
turgentes nalgas, y solamente pude ver la cinta completa cuando se agachó a
guardar el pareo en la bolsa. En esta postura podía ver como sus labios mayores
asomaban por los bordes del tanga, y como la fina tela elástica se ajustaba a
los pliegues de su piel, sin dejar nada para imaginar.
Los chavales se habían movido. Se habían sentado delante,
algo alejados en la orilla y aunque ya no daban voces ni silbaban la miraban
descaradamente. Ella se sentó en la toalla y se quitó la camiseta. No podía
creer lo que veía. Sus pechos eran perfectos, grandes y firmes. Desde la orilla
los chavales se volvieron a hacer notar involuntariamente, al comentar entre
ellos. Podía entenderlo. Aquellas tetas eran las mejores que había visto jamás.
Pensé en que debían ser operadas (luego supe que no). Buen tamaño, sin
exageración. La estrecha franja de tela del bikini no llegaba a sujetarlos, pero
tampoco lo necesitaban. Eran como dos músculos perfectos, que solos se mantenían
erguidos. Las areolas de sus pezones asomaban por el borde del sujetador del
bikini, y se entretuvo en ajustarlo para ocultarlas. De nuevo nos llegó el rumor
de los comentarios en la orilla. Noté que ella también los oyó en que se detuvo
de golpe, no siguió desnudándose. Comprendí que hubiera decidido no continuar
excitando a aquellos 4. Además, debe ser muy incómodo estar desnudo siendo el
blanco de los comentarios de un grupo de personas.
Sacó un libro, se tumbó y comenzó a leer. Estaba preciosa.
Abstraída en la lectura parecía aún más guapa, con un aire entre inocente e
intelectual. Con sus ojos en el libro no veía a aquellos 4 que babeaban
incansables. Intenté hacer lo mismo, sin conseguir olvidarme de que ella estaba
allí, sin conseguir concentrarme en lo que estaba leyendo, y sin dejar de echar
involuntarias y subrepticias miradas a aquella diosa.
Era mediodía. Empezaba a hacer calor y decidí irme a bañar.
Procuré no mirarla siquiera al hacerlo (a pesar de años de práctica del nudismo
me sigue dando un poco de vergüenza levantarme desnudo, y mucho más junto a
aquella preciosidad que me hacía sentir feo y ridículo). Pasé junto al grupo de
chicos, que seguían sin quitarle el ojo de encima. Les ignoré, como ellos a mí,
y me metí en el agua.
No soy gran deportista (un poco sí) pero me gusta nadar en el
mar. Nado mar adentro, descanso, regreso y vuelvo a descansar. Así varias veces.
Cuando ya iba a salir, después de mi último largo de regreso, noté que ella se
había levantado y se dirigía al agua, por lo que me detuve y me dispuse a
recrearme la vista. Sus pasos eran lentos y felinos. Cada movimiento era suave y
decidido, como si lo hubiera estudiado previamente. No miraba a ninguna parte,
miraba al infinito, pero con la dirección que llevaba el infinito creí ser yo.
Entre el grupo de chicos volvieron los silbidos y los
comentarios en voz alta. De nuevo nada insultante, pero de nuevo la situación me
pareció humillante y muy desagradable.
Ella los ignoró y empezó a meterse en el mar despacio (el
agua estaba fría para esa época del año). Vi que dos de los chavales se
levantaban y supe lo que iba a pasar. Dos cortas carreras y dos grandes saltos,
uno a cada lado de la diosa y dos grandes nubes de espuma la salpicaron cuando
ellos se lanzaron al agua. Unas carcajadas desde la orilla hicieron aún más
desagradable la situación.
No tengo vocación de caballero andante (aún menos cuando
estoy en pelotas) pero no pude aguantar más y me decidí a ofrecerle una tabla de
salvación. Ella seguía intentando ignorar la situación, pero claramente le
resultaba cada vez más difícil.
Mientras los chicos salían del agua, me acerqué a ella y le
hablé:
-Te están dando la mañana, ¿no?-
Ella me sonrió:
-Estoy acostumbrada, pero ya empiezo a cansarme. Son muy
pesados y muy insistentes.
- ¿Necesitas algo?
- No te preocupes. Seguramente acabe marchándome pronto. Ya
vendré otro día más tranquilamente.
Seguimos así un rato comentando la situación como si no fuera
con ella. El grupo parecía haberse silenciado. Seguramente en ese momento los 4
me odiaban con todas sus fuerzas. No nos quitaban el ojo de encima.
Yo por mi parte tampoco podía apartar mi vista de Charo (así
se presentó). Especialmente de sus pechos. Con el agua la tela amarilla del
bikini era casi transparente y se ajustaba a las curvas más mínimas de su
cuerpo. Esto exponía sus pezones a mi vista sin más velo que una transparencia
amarilla, que los hacía aún más apetitosos.
O conseguí que no se me notara o ella fingió no notarlo, el
caso es que seguimos en el agua charlando animadamente, mientras yo recorría su
piel con mis ojos. Con el agua por la cintura no se me notaba mucho, pero estaba
totalmente empalmado, así que disimuladamente, bajo el agua, empleé el viejo
truco de descubrir el capullo, dejándolo expuesto sin piel al frío del agua.
Hizo efecto, y cuando estuvo más normal, le dije que me iba a salir, que si
quería que esperara y la acompañara.
- No te preocupes.- me dijo- Parece que están mucho más
tranquilos.
Eché un vistazo comprobando que era así, y me despedí con un
gesto, saliendo del agua. Creí notar sus ojos verdes en mi trasero, pero me dio
vergüenza volverme para comprobarlo. Si comprobé las furibundas miradas que 4
pares de ojos me dirigían desde la orilla.
Era mediodía, así que giré la toalla 90 grados, para que mis
pies apuntaran hacia el sol, y disfrutar así mejor de sus rayos. Me senté
mirando hacia la orilla mientras me secaba, para no mojar el libro. Ella siguió
en el agua un par de minutos y finalmente salió. Al pasar junto a los revoltosos
no hubo ningún comentario.
Me sonreía abiertamente mientras regresaba a su sitio y me
hizo un gesto de que parecía que todo estaba bien, al que contesté sin
levantarme con un amago de reverencia.
Yo me había puesto las gafas de sol, por lo que me permití
recrearme la vista. Su piel tostada brillaba perlada de gotas de agua. Su
caminar felino parecía estudiado para volver locos a los hombres. El top del
bikini, poco más que un cordel y dos cintas, le cubría una banda en cada pecho
del ancho justo de las areolas de los pezones. Pero estos eran perfectamente
visibles a través de la delgada y húmeda tela. Sus pechos rebosaban la silueta
de su torso. Conté sus costillas, apenas insinuadas por encima de su plano
vientre. Y el tanga era un mero adorno. Mojado como estaba me permitía ver que
se depilaba completamente, y que no solía hacer nudismo, al menos no del todo,
pues la piel de su pubis no estaba tan morena como la del resto del cuerpo.
Todo tranquilo.- me dijo mientras se sentaba.
Encantado de haberte ayudado.- contesté.
No quise parecer un aprovechado, y como ya estaba casi seco
decidí volver a sacar el libro, tumbarme y seguir leyendo. Tumbado boca abajo
como estaba la veía de reojo a dos metros escasos de mí secándose a conciencia.
Cunado terminó de secarse giró la toalla, como había hecho yo
anteriormente, para aprovechar mejor los rayos del sol de mediodía, y se tumbó a
tomar el sol, con su cuerpo alineado con el mío. Sus pies quedaban a un metro
escaso de mi cabeza, y aprovechando que no me veía volví a recrearme
contemplándola.
Tenía los pies cuidados. Sus pálidas plantas no presentaban
durezas ni callos, y sus uñas aparecían arregladas. Con sus largas piernas
entreabiertas pude apreciar que estaba muy morena (también la cara interna de
sus muslos). El monte de Venus aparecía abultado y su sexo, sólo velado por la
transparente tela húmeda, se dibujaba con bastante detalle en los pliegues del
tejido. La tela de nuevo se ocultaba entre sus prietas nalgas. Por encima de eso
sólo veía sus pechos, ahora ingrávidos, y más allá el lejano horizonte de la
silueta de su mentón. Yo creo que ni siquiera a las mujeres que me había follado
hasta aquel día las había contemplado con tanto detenimiento.
Noté una nueva erección, y me concentré en la lectura para
que pasara. Cuando pasó, me puse boca arriba y seguí leyendo, tratando de
olvidarme que Charo estaba allí, y consiguiéndolo.
Solo fueron unos minutos.
-Juan…
Charo me llamaba. Volví la cabeza para confirmarlo. Tardé
unos segundos en contestar, mirándola. Estaba sentada, con el libro a un lado.
Sus piernas cruzadas por los tobillos, como una piel roja, lo que le hacía tener
los muslos muy abiertos. La minúscula tela del tanga era insuficiente en esa
postura para contener los pálidos, carnosos y abultados labios mayores de su
sexo, que quedaban prácticamente expuestos. Fueron unos segundos, quizá solo la
fracción de un segundo, pero imagino que mi mirada y mi silencio fueron
inadvertidamente elocuentes, e involuntariamente dejé claro porque tardaba en
contestar.
Dime, Charo.
Ella tenía un cigarro entre los dedos que me mostró mientras
me decía -¿Tienes fuego?
Empecé a buscarlo en la bolsa, y ella se levantó y se agachó
junto a mí. Yo buscaba el mechero. Cuando lo encontré volví mi vista hacia ella,
notando que el tanga se le había metido por el coño, que quedaba casi entero al
aire. Le ofrecí la llama y me atreví a decirle- Se te ha metido el tanga, Charo.
Se miró y sonrió.-Gracias.- Sin darle importancia, agachada
como estaba, comenzó a ajustárselo despacio.- No lo llevaría si no fuera por
esos 4.- mientras decía esto desvió su miraba hacia mi vientre y la mantuvo unos
segundos así mientras discretamente se lo acababa de ajustar.
Sonrió divertida. – Tú también deberías hacer algo- me dijo
por fin haciendo un gesto con la cara hacia mis partes.
Me miré y vi que tenía el rabo bastante crecido de nuevo. No
tenía una erección completa, pero era evidente que algo estaba pasando por allí
abajo. Además el capullo seguía al descubierto como en el agua y en su punta
brillaba una gotita.
Perdón.- murmuré avergonzado mientras me giraba hasta quedar
boca abajo.- Discúlpame.- insistí.
Ella mantuvo sus ojos fijos en mi rabo hasta que lo oculté
con el cuerpo. Luego, sin dejar de sonreír me miró divertida y me dijo- No pasa
nada. Es normal.- y me guiñó un ojo para reforzar esa complicidad.
Cuando se levantó para marcharse la vergüenza había acabado
con mi incipiente erección. Así que me centré en el libro y traté de olvidarme
de lo demás. Ahora no tuve éxito. No podía dejar de darle vueltas a todo, y
aunque estaba demasiado avergonzado como para mirar, no pude dejar de notar su
muy cercana presencia. Iba a ser difícil no tener más erecciones y no ser
molesto, así que decidí acercarme a un chiringuito y tomar algo, antes que
terminar dando el cante y ofenderla involuntariamente.
Me senté y comencé a ponerme los bermudas. - Voy a tomar
algo. Hace mucho calor.- Notaba que ella me miraba mientras me vestía.
-Yo intentaré aprovechar unos rayitos más.
Cuando acabé (ya vestido me siento mucho más caballero) le
ofrecí mi mano y le dije – Ha sido un placer, Charo. Espero volver a verte.- Eso
no me comprometía demasiado, y dejaba muchas puertas abiertas.
Ella fue igualmente discreta al contestar.- Seguro que nos
vemos. Yo vengo mucho por aquí. Suelo ponerme en esta zona. Ha sido un placer
para mí.- No dejó de sonreírme ni de mirarme a los ojos mientras me contestaba.
Chao.
Chao.
Y eché a caminar hacia el chiringuito. Estaba a unos 200
metros de donde había estado tumbado. Encargué una ensalada y una fritura de
pescado, pedí una cerveza y ocupé una mesa. Inconscientemente me había sentado
mirando hacia el lugar donde permanecía Charo. No la veía, así que al poco perdí
el interés, y me centré de nuevo en el libro.
Solo pasaron 10 minutos, incluso menos, porque aún seguía
esperando la comida cuando unas voces conocidas me sacaron de la lectura.
Levanté la cabeza y vi en primer lugar, a unos 100 metros, a Charo, ya vestida
con el pareo y la camiseta, y como a unos 50 metros de ella tres de los chicos
de antes, que seguían hablando en voz alta y bromeando. No le decían nada a
ella, ni siquiera parecían hablar de ella, pero era evidente que intentaban
hacerse notar (yo les había oído desde más de 100 metros). Todos caminaban en mi
dirección, hacia el chiringuito junto al que estaba el parking de la playa. En
la cara de Charo, y en su caminar furioso noté que estaba harta de la situación.
Pensé que seguramente se marchaba incómoda con la mañana de playa que estaba
teniendo.
Justo en ese momento me trajeron la comida. A veces pienso
rápido, y esa fue una de ellas. Creedme que no estaba ligando, solo estaba
tratando de aliviar a una chica en apuros. De lo que llevaba a otra mesa el
camarero cogí tenedor, cuchillo, vaso y servilleta y una bebida (acallando las
protestas del camarero con un billete de 5 euros) y monté un servicio de mesa
más en la mía con el plato de fritura, dejando en mi sitio la ensalada. Cuando
estuvo más cerca me levanté, la llamé y le hice señas con la mano.
Se le iluminó la cara al verme. Volvía a ser su tabla de
salvación. Los chavales enmudecieron, pero continuaron andando tras de Charo, a
la expectativa.
Charo se acercó a mi mesa, y yo me levanté y le hice un gesto
para que tomara asiento donde le había preparado.
Está visto que hoy estás destinado a ser mi caballero
andante.
Jejeje. Y ahora vestido, que me resulta más fácil.
Ambos reímos y comenzamos a charlar. Cuando llegaron los
chavales sus caras reflejaban una tremenda decepción. Estaba sentada en mi mesa,
charlando conmigo delante de un plato. Aún así pidieron unas cervezas y se
quedaron en la barra lanzándome miradas de odio, como desafíos, mientras tomaban
unas cervezas.
No soy Rambo. Pero soy fuerte y se me nota. La edad no
perdona, y mis músculos no se perfilan como antes, pero se nota que están ahí.
Además, determinados desafíos me asustan menos cuando me los hacen en un sitio
público y abarrotado de gente. Así que aguanté el chaparrón y evité que ella se
diera cuenta de que estaban allí. Luego conseguí que probara el pescado, y esto
pareció ser la señal que aquellos necesitaban para rendirse. Pagaron, montaron
en sus motos y se marcharon.
-Ya se han ido. ¡Por fin!- cuando se lo dije no reparé en que
ella no los había visto entrar en el bar. Puso cara de extrañeza y se volvió
para ver que estaba mirando yo, dándole el tiempo justo de verlos desaparecer en
sus motos.
Ahora fue ella quien se ruborizó, se volvió con los ojos muy
abiertos, sorprendida.- ¿Estaban aquí? Ni me he enterado.- Miró al plato, del
que se había comido buena parte, y dijo- Y esta debe ser tu comida.- Parecía más
morena por el rubor de su cara. Sus orejas estaban rojas como tizones
encendidos.- Discúlpame tu ahora. No me he dado ni cuenta. Estaba tan a gusto…-
Hizo amago de levantarse.
No, por favor. Yo estoy tan a gusto como tú. Pedimos
otra ronda si me quedo con hambre. Será un placer que aceptes comer
conmigo.
No tuve que insistir. Estaba claro que estaba cómoda y a
gusto, y mucho más desde que había dejado de sentirse presionada por los
gamberros. Charlamos, comimos y bebimos. Me contó que era casada (yo ya había
visto su alianza) y que tenía dos hijos. Los hijos estaban en Inglaterra, en un
programa de intercambio, y su marido seguía trabajando en Julio con lo que ella
se había venido sola a un apartamento que tenían cerca de esta playa.
Curiosamente su marido trabajaba cerca de donde yo, pero no le gustaba la playa
y no venía durante la semana (como me alegré de oír esto). Yo por mi parte le
conté mi vida. Charlamos un buen rato. Ahora no miré sus pechos. Me concentré en
sus ojos verdes y los marcados, pero suaves rasgos de su cara. ¡Que preciosidad!
Mientras tomábamos unos cafés se hizo necesario saber que iba
a pasar ahora.
Bueno Charo, yo voy a volver un rato a la playa. ¿Qué
haces tú? Tengo ahí el coche, así que podría llevarte a algún sitio si no
vuelves a la playa.
Cuando vine esta mañana tenía intención de pasar el día
en la playa, pero después de esos 4 pesados no sé si quiero volver aquí
hoy. Además ahora está llena.
Era verdad. Sería difícil encontrar un sitio cómodo.
Tienes razón. ¿Te llevo a tu casa entonces?
Quedó pensativa un instante. Luego, mirando todavía a la
abarrotada playa me dijo:
Conozco un sitio. Está un poco retirado, pero seguro
que merece la pena. Como hay que andar un par de kilómetros la gente no
va, y es una playa preciosa. ¿Te apetece?
Aquello era más de lo que había esperado. ¡Me estaba
invitando a pasar una tarde en la playa con ella! Por supuesto, dije que sí,
intentando disimular mi excitación. De pronto recordé.
Lo único… Bueno, me quedaré con los bermudas. Es que
como venía aquí, vengo sin bañador. Pero no pasa nada. Vamos.
No te preocupes. Allí tampoco te hacen falta. Vamos.
Recogimos nuestras bolsas, pagué y empezamos a caminar hacia
el coche. Ella caminaba delante. Mientras caminaba se quitó el sujetador del
bikini sin quitarse la camiseta. Sus pechos siguieron apuntando firmes hacia el
frente, sin notar la perdida de sustentación.
Esta playa a la que vamos también es nudista. Lo único
es que como no se puede llegar en coche no es tan conocida, y suele estar
casi vacía. Estaremos más cómodos.
Abrí las ventanas del coche para ayudar un poco al aire
acondicionado y empecé a maniobrar. Una vez en marcha ella me guiaba. Cuando el
climatizador empezó a enfriar cerré las ventanas y unos minutos después llegamos
a un bar de carretera, a unos 10 kilómetros de donde habíamos salido, donde me
dijo que aparcara. Lo hice. Y echamos a andar. Tras el bar, en un bosquecillo de
pinos salía una pequeña senda que se iba estrechando. Ella se puso delante
cuando la senda impidió que camináramos al lado. Charlaba animadamente. Yo
hablaba menos. Iba concentrado escudriñando en su pareo, tratando de imaginar lo
que había debajo. Como si lo hubiera sabido, se lo desanudó y se lo quitó,
dejándome apreciar sus nalgas apretadas y bamboleantes. Las chicharras cantaban
fuerte, muy fuerte. Hacia mucho calor, y ambos sudábamos.
El camino volvía a ensancharse. Los pinos estaban más
alejados unos de otros y el terreno empezaba a ser más arenoso. Luego los pinos
desaparecieron y el camino empezó a ser una sucesión de collados entre las
dunas. Al descrestar de una de ellas apareció la playa. Me detuve un momento a
contemplarla. Había unos 4 kilómetros (2 a cada lado) de playa apenas ocupados
por bañistas. Al final de esta franja, junto a dos grupos de casas la ocupación
volvía a ser masiva. Pero en unos dos kilómetros de playa, los únicos ocupantes
eran una pareja y un grupo de tres chicas que por su posición deberían haber
llegado por donde nosotros.
- Toda la playa es nudista. Pero aquí no viene casi nadie al
estar tan apartado.- me dijo Charo.
Eligió un sitio entre la pareja y el grupo de chicas, a unos
50 metros de cada uno, y dejó la bolsa.
- Vuelvo enseguida.- y se acercó al grupo de chicas con las
que quedó un rato charlando. Se ve que se conocían.
Puse mi toalla al apuntando al sol y me senté. No me atreví a
hurgarle en la bolsa para buscar su toalla.
Solamente me quité la camiseta, pues aunque la playa fuera
nudista, recordaba que ella no se había quitado el bikini y me pareció más
oportuno.
Después de unos minutos ella volvió. Por el camino se quitó
la camiseta y por primera vez ese día vi sus pechos totalmente desnudos. Volví a
aprovecharme de las gafas de sol para permitirme observarla detenidamente. Ella
caminaba muy despacio, como invitándome a mirarla. Vestida solo con el
insuficiente tanga, que volvía a llevar casi metido en su raja, me parecía un
sueño.
Hasta que cuando se aproximó me hizo un gesto no me había
dado cuenta de que traía una bolsa.
- Cerveza.- me dijo tendiéndome una de las dos que traía.-
Como aquí no hay chiringuito…
La abrí y comencé a beber.
Tendió su toalla junto a la mía y me dijo- ¿No te quitas el
pantalón?- soltó dos clips de su tanga y de un rápido tirón se lo quitó quedando
desnuda totalmente ante mis ojos.- Ya te dije que si no hubiera sido por
aquellos 4 me lo habría quitado en la otra playa.- Quedó unos instantes de pie,
como esperando mi respuesta. Por toda respuesta me quité los bermudas. Ella se
tumbó despacio junto a mí, y ambos tumbados quedamos un rato callados.
Creo que llegué a dormirme. Cuando después de unos minutos
abrí los ojos ella estaba sentada. No eran figuraciones mías, no. ¡Me estaba
mirando el rabo! Eso fue suficiente para notar en él de nuevo el pulso de mi
sangre. Ella no apartaba la vista de allí, y yo no quería incomodarla haciendo
ver que me había dado cuenta así que la dejé y solamente la miré. Un par de
veces me miró a la cara. Ambos con las gafas de sol, calculé que no podía saber
si tenía los ojos abiertos o cerrados. Acerté, puesto que después de cada mirada
ella volvía a concentrarse en mi sexo. Mi erección era ya muy evidente, pero
esta vez no me importó. Ella pensaba que yo estaba dormido. Me alegré de
enseñarle aquel poderío (no es que tenga un rabo espectacular, pero una erección
es una erección). Di un paso más. Como inadvertidamente me toqué el nabo, como
si me molestara algo allí, y dejé la mano puesta. Ella no se movió. Siguió sin
apartar la mirada de donde la tenía.
Divertido decidí acabar con aquello y comencé a incorporarme,
como si me acabara de despertar. Me hice el sorprendido al ver mi erección.- Y
los sueños, sueños son.- dije a modo de disculpa. Ella sonrió.
Creo que debería darme un baño.- dije - pero con esto
así…
Yo te cubro.- dijo ella levantándose y tendiéndome la
mano.
Me levanté y echamos a andar hacia el agua cogidos de la
mano. Ella caminaba delante, muy cerca de mí para taparme el rabo. No pareció
molestarle que de esta forma mi poya tropezase repetidamente con su mano y con
sus nalgas.
Ya en la orilla solté su mano y me lancé rápido al agua. Ella
entró más despacio, sin parar de sonreír. No nadamos. Nos quedamos allí
charlando. Volví a emplear el truco de descubrir el capullo al frío del agua,
aunque cada vez me importaba menos que ella me viera trempado. Después de un
rato Charo preguntó:
- ¿Como va eso?- y adelantó su mano hasta cogerme la poya.
Aunque me sorprendió, no di un paso atrás. El agua había echo algún efecto, pero
la desnudez de Charo y notar su mano en mi sexo hicieron que siguiera aún
bastante tieso.- Uffff. Daría un brazo por saber que estabas soñando.- y me
sonrió volviendo a guiñar un ojo.
Va a ser mejor que me dejes un rato solo, Charo.
Vale. Además me ha dado un poco de frío.- se señaló los
crecidos pezones a la vez que lo decía. Salió del agua.
Cuando noté que aquello había bajado lo suficiente empecé a
salir también del agua. Ella se había sentado en la toalla mirando hacia la
orilla. Abrazaba sus rodillas con sus brazos. Volvía a tener las gafas puestas y
aunque no vi sus ojos supe que no me quitaba la vista de encima. No me miré el
rabo. Lo notaba colgar, pero aún de buen tamaño después de lo pasado. Notaba la
brisa en el capullo aún descubierto. Estuve satisfecho de que ella lo estuviera
viendo.
Con la postura que ella tenía su sexo quedaba también
expuesto a mi vista mientras volvía. Sus labios menores asomaban entre los
carnosos labios mayores. Al llegar me tumbé boca abajo. Ella hizo lo mismo. Yo
la miraba a ella mientras hablábamos. Ella miraba al frente. En un momento dado
ella me hizo un gesto con la barbilla. Miré adonde señalaba. La pareja estaba en
esa dirección. Ambos estaban tumbados boca arriba, y estaban tocándose el uno al
otro en sus partes más sensibles. Se giraron, quedando uno frente a otro, y ella
comenzó una lenta paja a su novio mientras este le acariciaba el coño.
Me giré, tumbado de costado mirando a Charo.- Está visto que
hoy me voy a tener que pasar la tarde en el agua.
Charo también se giró volviéndose hacia mí, y notando que
volvía a crecerme algo en la entrepierna.- No te preocupes más por eso. En esta
postura solo lo vemos nosotros, y a mí no me importa. Es más, me he sentido
halagada. Olvídate, que te prometo que no me molesta.- me acarició la cara al
decirlo.
Pues ya está. Me había dado carta blanca y lo aproveché.
Mientras hablábamos le miraba sin disimulo, incluso me quité las gafas para que
ella supiera hacia donde se dirigían mis ojos en cada momento. Aprecié su pubis
enrojecido después de un rato de sol y descubrí una fina línea de corto vello
rubio que la costura del tanga me había enmascarado. Vi sus ojos verdes. Miré
sin disimulo sus pezones, creyendo descubrir en ellos sus erecciones. Recorrí
sus caderas, su costado, sus piernas, con mi mirada. Ella, también sin gafas de
sol, hizo lo mismo. Pero solo miraba mi rabo y mi cara. Mi rabo colgaba como una
tranca, apoyado el la toalla, como si apuntalara mi cuerpo. Hablábamos de
nuestras vidas, de nuestros problemas, de cosas íntimas que ni nuestras parejas
conocían probablemente.
Nos bañamos de nuevo, y en el agua buscamos ambos el
contacto. Procuramos tocarnos, primero como inadvertidamente. Luego nos
acariciábamos la cara o las brazos sin disimulo. Finalmente ella me abrazó, y
sentí su cuerpo pegado al mío, y supe que eso era la felicidad, que mi vida
tenía sentido solo por aquel abrazo. Nos besamos. Permití que mi rabo se colara
entre sus piernas, y ella movió los muslos para acogerlo. Cuando aflojamos el
abrazo ella no se alejó demasiado. Nos mirábamos aún sonriendo, sin decir nada
que pudiera romper la magia del momento. Finalmente ella se retiró hacia la
orilla, y yo preferí nadar un poco para ordenar mis ideas.
Desde dentro miré hacia ella. Estaba de pie, con el agua a
medio muslo, y las piernas un poco separadas. Tenía una mano en la cadera,
mientras que con la otra se tapaba el chocho. ¿Se lo tapaba? No, solamente se lo
tocaba descuidadamente. Mientras volvía nadando despacio y sin dejar de mirarla
pensé que debía haberla desconcertado cuando me fui a nadar. Decidí
solucionarlo, y cuando llegué a su altura le di un corto beso en los labios y me
senté, haciéndole gestos de que se sentara. Ella lo hizo y nos miramos en
silencio unos instantes.
Sonreí y le dije- Me parece que no vamos a tener más remedio
que follar esta tarde.
Como si lo hubiera estado esperando, soltó una carcajada, y
me abrazó de nuevo haciéndome caer hacia atrás. Se echó sobre mí, y nuestros
cuerpos volvieron a juntarse. Cuando pude volver a sentarme ella se giró,
quedando flotando boca arriba delante mía. Sus brazos guiaron a los míos para
que la abrazara desde atrás. Ella quedó flotando delante mía. Mis manos rozaban
sus pechos llenos. Mis dedos jugaban con sus duros pezones.
Luego se sentó encima mía, y nos quedamos un buen rato así.
Asomado por encima de sus hombros veía su cuello y su perfil perfecto. Veía sus
pechos erguidos y prolongados por unos hinchados pezones que yo procuraba rozar
a la menor ocasión. Dejé caer mis manos hacia su regazo, y allí jugué con los
pliegues de la piel de sus ingles. No pesaba mucho, y menos aún en el agua, pero
notaba sus nalgas sobre mis muslos, y dependiendo de sus movimientos mi poya se
encajaba entre ellas. Volvió la cara y volvimos a besarnos.
Se separó y me dijo- ¿Nos vamos?
Asentí y echamos a andar. No me molesté en ocultar mi nueva
erección. Creo que nunca me la había visto así en los últimos 10 años. Tiesa que
casi me pegaba en el ombligo, y con la piel aún retrasada, mi glande parecía
enorme. Nadie nos miraba.
Cogí mi toalla y la sacudí para secarme. Ella me ofreció una
toalla, y antes de que yo pudiera equivocarme me cogió la mía y comenzó a
secarme a mí. Se entretuvo en todo mi cuerpo, pero especialmente en mis partes,
que secó agachada, con su cara a un palmo escaso. Luego la sequé yo a ella.
Recreándome en cada milímetro de piel. Notando que contenía sus gemidos cuando
mis manos envueltas en tela restregaban sus zonas más sensibles. Finalicé
arropándola con su toalla y tanteándole las nalgas a modo con la excusa de
secárselas.
Con una palmadita en el trasero le indiqué que habíamos
acabado y comencé a vestirme y a recoger. Acabé antes que ella pues solo tuve
que ponerme los bermudas y una camiseta. Ella aún tardó algo más en recoger. No
hice ni amago de ayudarla. Me dediqué a mirarla desnuda mientras recogía. Por su
expresión pícara supe que me estaba regalando esa nueva exhibición de sus
encantos. Cuando hubo acabado de recoger sacó un bote de loción hidratante y
empezó a untarse con ella toda la piel. Me miraba mientras lo hacía. Se detuvo
especialmente en los pechos. No dejaba de mirarme sonriéndome. Bajó por su
vientre volviendo a detenerse en el pubis, y no conforme con eso, se giró para
que viera como se lo untaba en la parte de atrás de los muslos y en las nalgas.
Incluso se las separó un poco para darse entre ellas. Acabo untándose las
piernas, mientras permanecía de espaldas ofreciéndome una visión inmejorable de
todos sus agujeros y grietas. Conservé la compostura, aunque no la tranquilidad.
Cuando terminó, se vistió completamente. Se tiró bien hacia
arriba para ajustarse bien el tanga, haciendo que sus labios rebosaran la
estrecha tela, y se puso el sujetador, la camiseta y el pareo.
Los restantes ocupantes de la playa se estaban marchando
también. Ella se entretuvo un rato, dando tiempo a que se fueran. Empezaba a
ponerse el sol, y por la playa ya se veían solamente paseantes, de los que
ninguno llegaba hasta la zona. Por un momento pensé… Pensé que era mejor esperar
y ver.
Comenzamos a caminar. Íbamos de la mano, despacio. Hablábamos
poco. Cuando el camino se estrechó intenté soltarme para adelantarme, pero ella
retuvo mi mano haciéndome detenerme. Quedé frente a ella. Nos miramos, y ella
comenzó a caminar en otra dirección arrastrándome tras ella. No hizo falta
hablar. No sabía adonde iba, pero sí sabía a qué. Deambulamos unos minutos por
el bosquecillo, sin rumbo fijo. Llegamos a un punto en el que unos matorrales
crecían dejando un único punto de entrada a un pequeño claro de unos 4 metros de
diámetro, donde las agujas de los pinos casi ocultaban por completo la arena de
las dunas. Los pinos eran más pequeños y frondosos en esa zona, y proporcionaban
frescura ante los aún tórridos rayos del sol en retirada. Se detuvo y me miró,
dándome una última oportunidad de huir. Ni se me pasó por la cabeza. Tiré la
bolsa al suelo, y la abracé buscando su boca con la mía. Ella respondió, y su
lengua exploró ávidamente mi boca. Cuando sus manos sopesaron mi trasero decidí
que las mías repasaran también su cuerpo. Por encima de la ropa acaricié su
espalda y sus nalgas, y luego recorrí con mis dedos el borde del sujetador,
notando como se estremecía cuando rocé sus pezones. Bajé mi mano por su vientre
y esta vez fueron las tiras de su tanga las que empecé a seguir con mis dedos
por encima del pareo. Ella se lo desanudó, y noté en mis dedos el tacto caliente
de su pubis, la carnosa suavidad de su sexo desbordado. En este punto, ella me
bajó la cremallera de los bermudas, y me acarició el pene dulcemente. Sus dedos
me lo rozaban apenas, como si temiera romperlo, produciéndome sensaciones nuevas
en aquella parte de mi cuerpo.
- No quiero dejarte a medias.- dije separándome.- Han sido
demasiadas erecciones, y si sigues así me voy a ir sin contar contigo.
Saqué la toalla y la extendí en el suelo, mientras ella se
quitaba la camiseta. Ella se sentó, y volvió a abrazarse las rodillas con los
brazos. En esa posición su sexo, apenas tapado por el tanga, quedaba expuesto a
mis ojos. Aún de pie lo miré unos instantes, notando lo excitada que ella estaba
en la mancha húmeda de la prenda. Me arrodillé frente a ella y la besé. Luego
separé sus brazos y sus piernas y comencé a descender su piel a besos. El largo
cuello. Los hombros delicados. En sus pechos me detuve un buen rato, retirando
las franjas de tela a los lados y mordisqueando sus oscuros e hinchados pezones.
Las areolas también aparecían abultadas, y succioné con ansia aquellos pechos.
Ella me tiró de la camiseta, y yo le facilité que me la
quitara. Aproveché también para quitarme los bermudas, pues ya empezaba a
gotearme el rabo y no quería empaparlos. Continué inmediatamente mis besos y
lametones. Mi lengua jugó con su ombligo mientras sus manos ocupaban en los
pezones el hueco que había dejado mi boca. Y yo seguí bajando. Al llegar a su
pubis, decidí que aquellas gomas ya habían oprimido bastante aquel precioso
coño, así que solté los clips, y retiré la minúscula pieza de tela. Y me preparé
para regalarle el orgasmo de su vida.
Empecé por besarle el pubis. Muchas veces. Hacía pausas entre
beso y beso, y a veces levantaba la cara para mirarla. Ella parecía enloquecer
de impaciencia, pero yo disfrutaba haciéndolo y viéndola con los ojos en blanco.
En sus ingles saboreé el recuerdo del mar en su piel. El escaso y corto vello de
su pubis raspó mi lengua agradablemente.
Sus piernas temblaban de excitación. El temblor aumentó
decididamente cuando mi lengua, ya en su sexo, probó la combinación del sabor
del mar y la dulzura de sus cada vez más abundantes y evidentes jugos. Fui de
fuera hacia dentro. Primero los abultados pliegues exteriores. Luego, cada vez
más dulce, los delgados pliegues interiores. Finalmente me ayudé con los dedos
de una mano para descubrir su clítoris, que lamí, acaricié y succioné. Con los
dedos de la otra acariciaba su esfínter, mientras que de reojo, veía como se
arreglaba ella con sus tetas. Sus gemidos eran ya ahogados grititos, hasta que
un largo gemido acompañó el estremecimiento que me anunciaba su intenso y largo
orgasmo. Una pequeña salpicadura en mi barbilla me indicó que había sido un buen
orgasmo.
Seguí unos momentos besando y acariciando con mi lengua, a
pesar de que notaba mi urgencia en la tensión de la sangre en mi miembro.
Sus manos finalmente guiaron mi cabeza haciéndome que la
volviera a besar en la boca. Ella había recogido las piernas y las había echado
de lado, de modo que mi poya descansaba (es un decir) sobre su cadera. Decidí
que era momento, y con una mano fui a guiar mi poya hacia su coño, que no veía
pero sabía perfectamente colocado para que la penetrara. Me equivoqué.
Ella me dijo:- Espera. No tomo nada.
Debió leer la sorpresa en la cara de idiota que puse, porque
inmediatamente añadió- Espera. Seguro que hay otra forma.- y con sus manos me
apartó suavemente para poder moverse. Yo, con el dolor de huevos más intenso que
recuerdo, la miraba mientras ella a cuatro patas rebuscaba en su bolso. Pensé
que buscaba condones, pero lo que sacó fue la loción hidratante que me tendió.
Luego, sin mover las piernas, apoyó la cara y el torso en la toalla mientras que
con ambas manos se separaba las nalgas.
Me cambié de lugar para ver mejor el espectáculo. Lo que vi
junto con mis caricias anteriores me confirmaron que aquel culo era virgen.
Te haré daño. ¿Estas segura? No lo has hecho nunca.
Quiero follar contigo. Ahora. Y no quiero quedar
embarazada. Trátame con cariño, amor.
Pensé que ya le había dado bastantes oportunidades, pero no
obstante me propuse aguantar un poco más y tratar de que disfrutara y de no
dañarla. Volví a cambiar de posición. Me arrodillé junto a su cabeza, incliné mi
cuerpo sobre el suyo y volqué mi boca a su trasero. Mis manos sustituyeron a las
suyas en sus nalgas, y empecé a besar y lamer. Desde tan cerca veía poco posible
que aquel fruncido agujerito fuera suficiente para meter mi poya. Mucho más un
día como aquel, en que tenía los huevos cargando a tope desde bien temprano.
Pero era mejor no rendirse, y tratar de hacerlo posible, así que obligué a mi
cansada lengua a masajear aquella estrecha abertura. Inicialmente solo
acariciaba con mi lengua su ano mientras mis dedos se entretenían en su sexo.
Luego mis dedos llegaron a masajear también su ano, por la exterior, mientras
que mi lengua se abría camino en su interior. De vez en cuando salivaba y
embadurnaba su ano, comenzando a lubricárselo.
Ella mientras tanto había destapado la loción, y con una mano
embadurnada con ella me restregaba suavemente el pene. Era un contacto suave, no
aumentaba ni disminuía mi erección. Solo la mantenía con suaves caricias, sin
presionar. Bajé una de mis manos hasta allí, y con un gesto le solicité que me
echara. Estaba claro para que era, así que se apresuró a cambiar mi poya por mis
dedos, que lubricó con la crema hidratante. Cuando juzgó que era suficiente
volvió a sustituir mis dedos por mi poya, y mi mano volvió a su culo.
No intenté forzar la entrada directamente. Acaricié
alrededor, aumentando y aflojando la presión y lubricando los bordes del
agujero. Poco a poco fui notando como su esfínter se relajaba, y como empezaba a
verse menos apretado. Me pareció que había llegado el momento de empezar la
exploración, y tras echarle un par de buenos salivazos en el ojete, mi dedo
índice empezó a presionar suavemente ya en la entrada. Mi otra mano pasaba de
las caricias alrededor de su ano, a caricias en su ahora chorreante sexo.
Aprovechaba esta nueva lubricación para relevar el dedo que presionaba su
esfínter. Fue ella la que acompasando su movimiento con mi presión, empujó su
trasero hacia atrás, haciendo que la punta se introdujera. Dio un leve gritito,
al sentirlo allí, pero ni ella se retiró, ni yo saqué el dedo (le habría dolido
más). Antes al contrario seguí presionando suavemente hasta introducir dos
falanges.
Dejé de presionar más adentro, y me dediqué a jugar allí
dentro, apretando muy despacio hacia los lados, tratando de agrandar la brecha y
que disfrutara a la vez. Estaba muy predispuesta a complacerme y excitada como
una perra en celo, así que enseguida conseguí un poco de anchura por la que
colar un segundo dedo. Ahora no hubo gritito, fue un gemido de placer. Notaba
por la humedad de su chocho que todo estaba yendo de maravilla. Yo no descuidaba
su sexo, procurando que ella disfrutara también todo lo posible. Notaba como su
clítoris volvía a crecer. En estas condiciones su culo dilató rápidamente, de
manera que mis dedos entraban ya y salían sin forzar. Seguí metiendo y
sacándolos, y haciendo movimientos circulares en su esfínter, mientras con la
otra mano volví a hacerle un gesto para que me la embadurnara en crema. Cuando
lo hizo fui yo el que me la apliqué en el pene, repitiendo dos veces el gesto y
el proceso. Al untármela con la crema aprecié la tremenda erección que tenía.
Volcado en facilitar la penetración había olvidado como me dolía.
Cuando me levanté estaba claro para que me levantaba. Y ella
me hizo saber que estaba lista, separándose nuevamente las nalgas con sus manos.
Parecía un culo distinto que cuando empecé, dejando ver buena parte de la
oscuridad de su interior a través del crecido agujero. Pero parecía aún pequeño,
¡seguía siendo pequeño! Y más tal como la tenía yo de gorda en ese momento.
Aquello le iba a doler, pero yo ya no estaba en condiciones de esperar más.
Flexioné las rodillas, y apuntando con mis manos apoyé mi
tranca en su agujero. Necesitaba que dilatara casi el doble para poder
metérsela, así que empecé presionando despacio, mientras le separaba las cachas.
Al quedar sus manos libres las dedicó a magrearse el coño y los pechos. Seguí
presionando despacio, logrando asomar la punta en su interior, pero un quejido
ahogado me aconsejó ceder en el empuje y cambiar de táctica. Me retiré un poco y
volví a empujar, y así varias veces hasta que cogí ritmo. Ella se acompasó, y su
culo también empujaba buscando el empuje de mi miembro. Sus gemidos me indicaban
cuando iba demasiado deprisa. En esos momentos yo cedía un poco en la presión,
hasta que sus movimientos hacia atrás me indicaban que estaba preparada para
soportar presión.
Pero el que no podía ya esperar mucho más era yo. Aguanté
unas emboladas contenidas más, y me preparé para la definitiva. No fui brusco.
Sencillamente adelanté, aumenté y mantuve la presión un poco más, consiguiendo
que fuera ella misma la que se ensartara. Ahora si chilló. Primero me pareció
sorpresa, pero luego, cuando mantuve dentro mi poya, el gemido se volvió sordo
quejido. De todos modos no se retiró. Ni yo lo hice tampoco. Nos quedamos un
segundo quietos los dos. Cuando su quejido se redujo volví a moverme despacio.
Costaba mucho empujar y tirar en aquel estrecho agujero. Y yo tenía una incómoda
postura semiflexionado. Aproveché que la tenía ensartada, y muy despacio me
agaché aún más hasta agacharme, obligándola a quedar también de rodillas con el
cuerpo casi erguido. El movimiento le costó algunos quejidos más, pero no fue
nada comparado con el ahogado chillido que emitió cuando de un empujón
definitivo se la metí entera en el culo. Parecía habérsele estrechado aún más el
culo, así que me quedé así, con toda dentro, pero sin moverme, y volví a aplicar
las manos a su sexo y a sus pechos. Poco a poco noté que la tensión se le
aflojaba con las caricias, y volví a moverme. Comenzaron de nuevo los gemidos, y
consideré superada la fase del dolor cuando se abandonó a mis caricias. Su duro
clítoris volvía a estar hinchado y noté que estaba próximo su segundo orgasmo.
Cuando le llegó, tembló descontrolada, justo en el momento en que yo no pude
aguantar más y exploté en su trasero. No recuerdo eyaculación tan copiosa, pero
la esperaba después de tanto tiempo trempado y tanto aguantar.
Me retiré muy lentamente, pues seguía semiempalmado y temía
hacerle aún más daño. Cuando salí de ella completamente temí que sonara como una
botella de champán al abrirse. No sonó, había dilatado mucho. Charo se volvió a
echar sobre la toalla como al principio, con el culo en pompa, como pidiendo que
le informara de los daños. Unos hilillos de sangre le corrían por la cara
interior de los muslos, pero el fluido más copioso era mi semen. No pude evitar,
curioso, meter el dedo en el gran agujero que veía. Hubieran cabido muchos más
dedos. Le besé el trasero y me eché de lado junto a ella, que se acostó por fin.
Gracias.- dije-¿Te he hecho mucho daño?
Sí. Pero he disfrutado mucho más de lo que he sufrido.
Durante un buen rato la besé en el cuello y en la espalda, a
la vez que le acariciaba por delante. Procuraba que mis caricias fueran tiernas,
y además era lo que me apetecía. Quería ser dulce con aquella extraña que me
había entregado su culo. Su respiración era ahora lenta y profunda. Me separé y
me arrodillé, y sacando mi toalla le limpié el trasero.
Yo no terminaba de perder la erección. Cuando ella se tumbó
boca arriba, la visión de su sexo volvió a excitarme. Ella me miraba de arriba
abajo, y sonrió al descubrir mi nueva erección. Por supuesto no era como la
primera, pero a veces he hecho el amor con erecciones mucho más discretas.
Me arrodille para verla mejor. Continué acariciándole el
sexo. Sus manos volvieron a acariciar el mío.
Yo me sorprendía de notar como volvía a crecer entre sus
manos. Poco a poco habíamos ido girando, de manera que en ese momento Charo
apoyaba su cara sobre mi muslo. Cuando yo me agachaba para besar su pubis notaba
como mi rabo tocaba ligeramente su hombro. Ella lo acariciaba de vez en cuando,
pero se concentraba en mis caricias en su sexo, y lo miraba. De nuevo lo miraba.
Pero ahora desde muy cerca.
Yo por mi parte, no solo estaba preparado, sino que
necesitaba de nuevo un alivio. Volvía a tener una plena erección, la presión de
la sangre palpitaba de nuevo en mi miembro, y notaba los huevos llenos. Volvía a
emitir gotitas de líquidos preseminales. No me atreví a pedir lo que pensaba,
pero me giré como si quisiera contemplarla mejor, y de este modo, y separando un
poco las rodillas, hice que mi rabo quedara muy cerca de su cara. Estaba muy
manchado de mi semen, su sangre y, seguramente, de restos de sus heces. Cuando
me movía se alargaban gotas de mis fluidos desde la punta hasta su cara,
quedando como hilos de araña que nos ligaban.
Ella me sonreía. Sus ojos verdes me miraban entrecerrados por
el placer que volvía a sentir en su vulva. Su clítoris vibró entre mis dedos
cuando volvió a correrse. Y sus ojos se cerraron. Cuando los abrió de nuevo
tenía en su cara una sonrisa lánguida, satisfecha. Su cara estaba pringada con
mis fluidos, y me pareció por ello más bella. Yo seguía emitiendo fluidos.
En ese momento, por sorpresa, sacó la lengua, y volviendo la
cara dio una corta chupada en la punta de mi pene. Un escalofrío me recorrió el
cuerpo. Ella empezó a besarme el rabo. La postura debía serle muy incómoda, así
que me levanté despacio.
Durante el tiempo que perdimos contacto no dejamos de
mirarnos a los ojos. Ella se arrodilló, y continuó la faena. Me besó la poya de
arriba abajo. Se metió mis testículos en la boca, mientras me acariciaba el rabo
con las dos manos. Luego continuó besando delicadamente.
No tardó mucho en pasar a lamer la poya, como si fuera un
helado. Primero largos lametones que me la recorrían entera. Luego echó la piel
hacia atrás, y se concentró en el glande, dando cortas chupadas. Su lengua se
entretenía en el abultamiento del glande, proporcionándome sensaciones que eran
nuevas para mí.
Descarada, no dejaba de mirarme mientras me hacia una mamada
espectacular. Mi poya debía saber a rayos después de lo pasado. Si notó algo, su
cara no lo demostró. Parecía estar a gusto, demostrándome sus habilidades.
Por fin se la metió en la boca. Primero solo la punta, y aquí
fueron sus labios los que apretaban mi glande, mientras su lengua seguía
lamiendo la punta. Breves contactos húmedos abrazados por la presión suave y
constante de sus labios. Me quedé quieto, la dejé hacer, y fue su cabeza la que
empezó a moverse. Poco a poco sus movimientos fueron haciéndose más amplios.
Noté como mi poya chocaba en su paladar. Noté su lengua ávida, enroscándose en
mi miembro. Algunas veces se la sacaba y la besaba, o succionaba en la punta.
Luego volvía a metérsela y reanudaba sus movimientos. Cuando empecé a notar que
llegaba a su garganta instintivamente retrocedí una milésima. Con sus manos en
mi trasero me obligó a mantener la posición, y a partir de ahí empecé a notar
como mi poya entraba cada vez más en su garganta, adaptando su forma a la del
húmedo canal. En ocasiones sus labios tocaban mi pubis, con toda la tranca
metida en su interior.
Ella seguía reteniéndome firme, y regulaba sus movimientos y
los míos. Me temblaban las piernas de placer. Cuando el temblor aumentó
anunciando mi venida sus uñas se clavaron en mi culo, empujándome hacia delante,
y haciéndome pegar una única embolada a la vez que le estallaba en la garganta.
Fue nuevamente una corrida monumental. Recibió directamente
la mayor parte en su garganta. Yo no podía parar de temblar, presa de un orgasmo
eterno. Se la sacó rápidamente de la boca, para recibir en su cara y en su pelo
el resto de mi líquido espeso. Luego acabó de ordeñarme nuevamente con sus
labios, mientras me masajeaba el dolorido rabo con suavidad. No me tumbé, me
derrumbé tras el orgasmo, y me recosté de lado resoplando. Ella se tumbó frente
a mí, también de costado. Sonreía.
Con sus manos se limpió la cara y se chupó uno a uno los
dedos, para no desperdiciar ni una gota. Luego seguimos un rato acariciándonos
desnudos y volvimos a besarnos todo el cuerpo. Sudábamos, y nos vino bien,
porque ayudó a limpiarnos con las toallas de tantos restos.
Nos vestimos he hicimos el camino de vuelta abrazados. Por
supuesto dormí con ella en su casa. Poco dormí, pero fue allí.
Y volví todas las tardes a la playa y a su casa.
Definitivamente fue un muy buen verano.
Durante el año nos seguimos viendo con frecuencia, pero lo
que de verdad quiero, lo que de verdad estoy deseando, es que llegue de nuevo el
verano para volver con ella a la playa.