Cuatro Pecados
Vanidad. Envidia. Ira. ¿Lujuria?
Hola. Soy Rogelio. Y no les hablo más de mí porque me
deprimo. Bueno, ahora tengo que explicarles por qué me deprimo. Olvídenlo, eso
ni mi psicólogo lo sabe, ese doctor de porquería que tienen en esta cárcel; el
otro día me dijo que la culpa de mi infelicidad la tenía mi mamá, ¡Ja!, ni
siquiera la conoce y ya habla pestes de ella, que abuso de confianza, de verdad.
Ajám, sí, estoy en la cárcel. Y la razón de mi cautiverio es el motivo de este
escrito. De mis aventuras aquí dentro no les hablo, aunque puedo decirles que
soy muy popular, jejeje.
Bueno, al grano. Yo siempre he sido un tipo triste,
solitario, aburrido de todo, apático. Ya no, ahora me siento no sé, calmado, no
feliz pero sí… no sé, es raro. En fin, mi vida era fea y gris, igual que mi
trabajo. Lo odiaba pero de algo tenía que vivir. Me gradué a duras penas de
administrador y encontré a duras penas un trabajito en una compañía pequeña.
Gerenciada por su propio dueño o algo así. Era el típico trabajo de oficina,
cansón y monótono. Mis compañeros me trataban mal y creo que hablaban mal de mí
a mis espaldas. Jejeje, ¡me imagino lo que dirán ahora!
El cuadro lo completaba lo completaba el hijito del dueño
cada vez que iba a ayudar a su papi a la oficina. Era pedante como él solo, se
notaba en su perfume y en su ropa que no tenía reparos en gastarse el dinero de
su padre, y siempre cargaba esa sonrisa de satisfacción en la boca. Los otros
empleados se encargaban de aumentar sus ínfulas con halagos y atenciones al
heredero. ¡Chupamedias!
El muchacho en cuestión, que a lo sumo tenía diecinueve, le
encantaba pasearse orondo en la empresa haciendo gala de su vida privilegiada.
Él era peor que mis compañeros porque ni siquiera me consideraba; como si no
existiera pues, más importante era el trapo de limpieza. De vez en cuando había
que buscar o llevar un pedido a cualquier parte, y el dueño me llamaba para que
acompañara a su hijito a cargar las cajas. La primera vez, cuando terminé de
cargar las cajas fui a sentarme en el puesto de copiloto de la camioneta, me
dijo que no, que en el camino iba a pasar por casa de su novia a llevarla a no
se donde, que me quedara atrás con las cajas. Nunca pasó por su novia, entendí
que quiso decirme. Siempre que llevábamos los pedidos, pues yo viajaba atrás,
con las cajas.
Como podrán imaginarse, comencé a odiarlo, cada vez que
llegaba a la oficina con sus ademanes de príncipe heredero, pavoneándose de su
juventud, posición y buena vida me invadía una arrechera descomunal. El
psicólogo me dijo que lo que tenía era envidia. ¡Así, con esas palabras! ¡¿Lo
pueden creer?! Ahí fue cuando le pregunté que si prefería que lo llamara
sacerdote o licenciado. ¡Qué tipo tan pirata! Pero bueno, hablemos de un
miserable a la vez, o sea, continuemos conmigo.
En mi mente lo único que cabía era el resentimiento. Tenía
que vengarme de esta puta sociedad de alguna forma. No era posible que todos
fuesen felices menos yo. Felices, como el hijito de mi jefe. Felices, como mis
compañeros que se ríen a carcajadas y callan cuando paso a su lado. Felices,
como me dijeron mis padres que eran antes de yo nacer. Felices. Malditos.
Un día se me ocurrió una idea: el hijo de mi jefe me iba a
acompañar en mi tristeza. Sí. Él tenía que ver que no se puede andar por ahí
burlándose de las desgracias de los demás, ni despreciándolos porque no han
tenido la misma suerte que él. Le haría una jugada pesada y luego le diría con
una sonrisa de oreja a oreja: "Bienvenido al Club, bastardito". Jejejeje,
todavía me divierte su cara de tragedia.
Lo planeé todo muy bien, el sueldo de tres meses lo invertí
todo en mi venganza. Alquilé una casa que se caía a pedazos en las afueras de la
ciudad, luego en la oficina inventé un pedido falso a nombre de un nuevo cliente
y di la dirección de la casucha como el punto de entrega del pedido. El día de
la entrega llegó, y mi jefe nos encomendó a mí y a su hijo llevar los paquetes.
Todo había salido perfecto.
Llegamos al sitio, me bajé de la parte de atrás de la
camioneta y le dije al gamberro que iría a ver si ese era el sitio de entrega.
Me dijo que me diera prisa, no estaba muy cómodo, creo que nunca antes había
estado en esa zona, que además era espantosa. Entré a la barraca, estuve un rato
adentro y luego de la puerta le hice un ademán para que entrara. Dudó un
momento, pero finalmente se bajó del carro y vio el cartel que yo había mandado
a hacer con el nombre de la empresa fantasma, como por convencerse de que
efectivamente ese era el sitio.
Cuando entró no encontró una secretaria odiosa limándose las
uñas sino un batazo en la cabeza que lo dejó mareado y confundido. Me moví
rápido, en lo que cayó al piso gritando me lancé sobre el y lo arrastré al
centro de la taguara aquella. Allí había levantado cuatro cabillas bastante
gruesas de forma que simularan los cuatro vértices de un rectángulo. En las
cabillas soldé una base a la altura adecuada para que sostuvieran las cuerdas
con que até al bastardo. Lo amarré con la cara hacia el piso y sus extremidades
extendidas por las cuerdas, las que ataban las manos las puse más altas para que
el cuerpo quedara inclinado y facilitarme el trabajo.
Cuando más o menos se recuperó del golpe preguntó qué estaba
pasando. Me sentí poderoso al verlo asustado e indefenso. Solté una risa
diabólica que no sé de donde salió, y le respondí tajantemente: "Te voy a
violar". Wow, es la mejor respuesta que he dado en mi vida, y la reacción de él
fue aún mejor, se puso a llorar y decía cosas incomprensibles. Escucharlo decir
bobadas lloriqueando me alteró, y le metí una patada en el estómago. El grito de
dolor no hizo sino excitarme, estaba súper alebrestado y lo único que quería en
ese momento era hacerle más y más daño. Y se lo hice.
Busqué el cuchillo que había afilado la noche anterior y le
rompí la camisa a tajos. De vez en cuando le hería la piel, pero tampoco quería
despedazarlo así que trate de no cortarlo mucho. El muchacho se movía como un
gusano, estaba desesperado y me rogaba que no le hiciera daño, cuando lo corte
por primera vez lo que empezó a decir fue por favor, por favor, no, no, ¿porqué
me haces esto? Bla bla bla. Así me relatase el discurso de Martin Luther King no
lo iba a escuchar. Además en ese momento el puto jean que cargaba me hacía el
trabajo difícil, por lo que resolví bajárselo hasta los tobillos junto con el
boxer. Era todo un espectáculo ver al jovencito desnudo con los pantalones abajo
y el culo al aire tratando de zafarse de las cuerdas y llorando pidiendo
clemencia. Uff, esa imagen todavía me levanta el ánimo, jejeje.
Me desnudé lo más rápido que pude, emocionado por romperle el
culito, cuando me acerqué al chico, empezó a gritarme. Me dijo imbécil,
marginal, nerd, mal nacido, hijo de puta, pelele, don nadie. Fue ahí cuando me
encolericé. Agarré el bate y le pegué tan duro que después me enteré que no le
había dejado una sola costilla entera, le di patadas hasta en la madre, y le
partí la cara a correazos. No le pegué con el cuero, sino que usé la correa como
látigo dejando la hebilla en la punta y eso era lo que maltrataba su cara tantas
veces pedante. Fue como si con él me vengaba de todo el mundo y de todos
aquellos que me habían hecho daño.
Después de demostrarle quién mandaba esa tarde, no volvió a
insultarme, se limitó a llorar su desgracia. Pero de todos modos se me había
bajado la erección, sin embargo no lo iba a dejar así no más. Entre las cosas
que llevé a la casucha tenía una escoba, le quité las cerdas y use el palo para
desvirgar al muchacho. Me pare por detrás y sin ningún aviso le empujé el madero
por el culo. Uuuuuu, ¡qué grito el que pegó! Wow, fue genial, enseguida estaba
nuevamente empalmado, gritó como loco, o loca no sé, el punto es que las paredes
de la casucha retumbaron y por poco no se cayeron ahí mismo.
El llanto del bastardito se tornó aun más amargo, me
encantaba la forma en que lo estaba sufriendo, porque era tal como lo había
planeado. Moví el palo como si estuviese atizando fuego en el culo del chico, le
daba vueltas, lo metía y lo sacaba, y cuando salía veía que estaba lleno de
sangre, de verdad le estaba haciendo daño. Pero no aguanté más la excitación,
tiré a un lado el madero y me dispuse a penetrarlo yo mismo.
Me lancé sobre ese culito ensangrentado, y sin más le ensarté
mi tranca. No es muy grande que digamos pero ese día estaba más hinchada que
nunca. El pedante lo único que hacía era rogar y llorar, "no por favor, no,
para, nooooo, ay, ay, noo", es indescriptible la emoción que sentía en ese
momento. El contacto de su piel con la mía, la sangre de su ano que hacía
resbalar mi verga, la furia con que empujaba mi trozo dentro de sus entrañas, el
lamento y el dolor del violado, todo era perfecto.
Me vine casi de inmediato, fue la corrida más salvaje y
placentera de mi vida, las paredes de la barraca volvieron a temblar, pero esta
vez por mi grito de satisfacción al eyacular. Fue un ¡Aaaaahhhhh! Eterno y
sonoro. Que rico. Mientras descargaba seguía empujando aquel culito maltrecho,
cuando finalmente terminé me deje caer sobre las espaldas de mi victima, nada
despreciables esas carnes. Ahí me hubiese quedado sino hubiese un extraño
movimiento en la luz que entraba por uno de los orificios de la ventana. Me
levanté extrañado, saqué mi verga del culo del sometido, y mi asombro se
convirtió en susto cuando escuché voces afuera. Me paré violentamente, y los de
afuera se dieron cuenta porque luego escuché carreras y la luz dejó de moverse.
Me vestí tan rápido como pude, si me vieron no tardarán en
llamar a la policía, pensé. Me dispuse a salir de la casucha dejando al muchacho
ahí amarrado. Lo único que le dije fue "Chao, jefecito". Me asomé, no había
nadie en la calle, busqué las llaves de la camioneta en el jean de mi victima.
Vi su miembro flácido señalando el piso mientras colgaba, y escuché el llanto
incansable que manaba de su garganta. Fue la última imagen que tuve de él. Me
monté en la camioneta que ya no tenía carga pues se la habían robado. Y me fui
hasta mi apartamento. Cuando llegué reí como nunca durante toda la noche, esa
noche no dormí.
Pensé que al siguiente día me irían a buscar temprano. No fue
sino en la noche que recibí una llamada de mi jefe preguntando que si sabía
donde estaba su hijo, que porque yo no había ido a trabajar hoy, que iba a
denunciar a su hijo como desaparecido, que donde demonios estaba la camioneta,
que lo acompañara a la comisaría para atestiguar.
Por supuesto que no fui. A la mañana siguiente si fueron a
buscarme. Mejor dicho, me entregué, buscaron al muchacho en la barraca, y lo
encontraron amarrado sólo a una de las cabillas por su mano derecha. Durante el
juicio, me preguntaron quienes eran los otros hombres que habían violado al
muchacho puesto que encontraron semen de varias personas en su cuerpo. No pude
evitar reírme, pensé "seguro que fueron los sinvergüenzas que me espiaron por la
ventana" y se me escapó, "Dios los bendiga estén donde estén". Me dieron 30 años
de prisión. Espero morir antes.
P.D.: Los hechos antes descritos pertenecen estrictamente a
la fantasía. No se puede negar que lo mórbido gusta y mucho, sino el Marqués de
Sade no fuese tan famoso; sin embargo cabe acotar que nadie merece ser obligado
a hacer o ser algo que no se quiere. Los gays conocemos muy bien que se siente
vivir en esa situación y muchos han vivido la humillación en carne propia.
Infligir dolor sin el consentimiento del que lo recibe es un acto miserable y no
tiene perdón, así que si has pensado en tomar la actitud de Rogelio por x o y
causa, espero te retractes lo antes posible. De más está decir que el objetivo
de este relato no es, en lo absoluto, alentar tales comportamientos. Un abrazo
afectuoso, Ians.