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No hago nada en el trabajo
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 TODORELATOS.COM Fecha: 02 de Diciembre, 2008.
Fecha: 11-Mar-05 « Anterior | Siguiente » en Gays (2958 de 6569)

Cuatro Pecados

ians
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Vanidad. Envidia. Ira. Lujuria. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Cuatro Pecados

Vanidad. Envidia. Ira. ¿Lujuria?

Hola. Soy Rogelio. Y no les hablo más de mí porque me deprimo. Bueno, ahora tengo que explicarles por qué me deprimo. Olvídenlo, eso ni mi psicólogo lo sabe, ese doctor de porquería que tienen en esta cárcel; el otro día me dijo que la culpa de mi infelicidad la tenía mi mamá, ¡Ja!, ni siquiera la conoce y ya habla pestes de ella, que abuso de confianza, de verdad. Ajám, sí, estoy en la cárcel. Y la razón de mi cautiverio es el motivo de este escrito. De mis aventuras aquí dentro no les hablo, aunque puedo decirles que soy muy popular, jejeje.

Bueno, al grano. Yo siempre he sido un tipo triste, solitario, aburrido de todo, apático. Ya no, ahora me siento no sé, calmado, no feliz pero sí… no sé, es raro. En fin, mi vida era fea y gris, igual que mi trabajo. Lo odiaba pero de algo tenía que vivir. Me gradué a duras penas de administrador y encontré a duras penas un trabajito en una compañía pequeña. Gerenciada por su propio dueño o algo así. Era el típico trabajo de oficina, cansón y monótono. Mis compañeros me trataban mal y creo que hablaban mal de mí a mis espaldas. Jejeje, ¡me imagino lo que dirán ahora!

El cuadro lo completaba lo completaba el hijito del dueño cada vez que iba a ayudar a su papi a la oficina. Era pedante como él solo, se notaba en su perfume y en su ropa que no tenía reparos en gastarse el dinero de su padre, y siempre cargaba esa sonrisa de satisfacción en la boca. Los otros empleados se encargaban de aumentar sus ínfulas con halagos y atenciones al heredero. ¡Chupamedias!

El muchacho en cuestión, que a lo sumo tenía diecinueve, le encantaba pasearse orondo en la empresa haciendo gala de su vida privilegiada. Él era peor que mis compañeros porque ni siquiera me consideraba; como si no existiera pues, más importante era el trapo de limpieza. De vez en cuando había que buscar o llevar un pedido a cualquier parte, y el dueño me llamaba para que acompañara a su hijito a cargar las cajas. La primera vez, cuando terminé de cargar las cajas fui a sentarme en el puesto de copiloto de la camioneta, me dijo que no, que en el camino iba a pasar por casa de su novia a llevarla a no se donde, que me quedara atrás con las cajas. Nunca pasó por su novia, entendí que quiso decirme. Siempre que llevábamos los pedidos, pues yo viajaba atrás, con las cajas.

Como podrán imaginarse, comencé a odiarlo, cada vez que llegaba a la oficina con sus ademanes de príncipe heredero, pavoneándose de su juventud, posición y buena vida me invadía una arrechera descomunal. El psicólogo me dijo que lo que tenía era envidia. ¡Así, con esas palabras! ¡¿Lo pueden creer?! Ahí fue cuando le pregunté que si prefería que lo llamara sacerdote o licenciado. ¡Qué tipo tan pirata! Pero bueno, hablemos de un miserable a la vez, o sea, continuemos conmigo.

En mi mente lo único que cabía era el resentimiento. Tenía que vengarme de esta puta sociedad de alguna forma. No era posible que todos fuesen felices menos yo. Felices, como el hijito de mi jefe. Felices, como mis compañeros que se ríen a carcajadas y callan cuando paso a su lado. Felices, como me dijeron mis padres que eran antes de yo nacer. Felices. Malditos.

 

Un día se me ocurrió una idea: el hijo de mi jefe me iba a acompañar en mi tristeza. Sí. Él tenía que ver que no se puede andar por ahí burlándose de las desgracias de los demás, ni despreciándolos porque no han tenido la misma suerte que él. Le haría una jugada pesada y luego le diría con una sonrisa de oreja a oreja: "Bienvenido al Club, bastardito". Jejejeje, todavía me divierte su cara de tragedia.

Lo planeé todo muy bien, el sueldo de tres meses lo invertí todo en mi venganza. Alquilé una casa que se caía a pedazos en las afueras de la ciudad, luego en la oficina inventé un pedido falso a nombre de un nuevo cliente y di la dirección de la casucha como el punto de entrega del pedido. El día de la entrega llegó, y mi jefe nos encomendó a mí y a su hijo llevar los paquetes. Todo había salido perfecto.

Llegamos al sitio, me bajé de la parte de atrás de la camioneta y le dije al gamberro que iría a ver si ese era el sitio de entrega. Me dijo que me diera prisa, no estaba muy cómodo, creo que nunca antes había estado en esa zona, que además era espantosa. Entré a la barraca, estuve un rato adentro y luego de la puerta le hice un ademán para que entrara. Dudó un momento, pero finalmente se bajó del carro y vio el cartel que yo había mandado a hacer con el nombre de la empresa fantasma, como por convencerse de que efectivamente ese era el sitio.

Cuando entró no encontró una secretaria odiosa limándose las uñas sino un batazo en la cabeza que lo dejó mareado y confundido. Me moví rápido, en lo que cayó al piso gritando me lancé sobre el y lo arrastré al centro de la taguara aquella. Allí había levantado cuatro cabillas bastante gruesas de forma que simularan los cuatro vértices de un rectángulo. En las cabillas soldé una base a la altura adecuada para que sostuvieran las cuerdas con que até al bastardo. Lo amarré con la cara hacia el piso y sus extremidades extendidas por las cuerdas, las que ataban las manos las puse más altas para que el cuerpo quedara inclinado y facilitarme el trabajo.

Cuando más o menos se recuperó del golpe preguntó qué estaba pasando. Me sentí poderoso al verlo asustado e indefenso. Solté una risa diabólica que no sé de donde salió, y le respondí tajantemente: "Te voy a violar". Wow, es la mejor respuesta que he dado en mi vida, y la reacción de él fue aún mejor, se puso a llorar y decía cosas incomprensibles. Escucharlo decir bobadas lloriqueando me alteró, y le metí una patada en el estómago. El grito de dolor no hizo sino excitarme, estaba súper alebrestado y lo único que quería en ese momento era hacerle más y más daño. Y se lo hice.

Busqué el cuchillo que había afilado la noche anterior y le rompí la camisa a tajos. De vez en cuando le hería la piel, pero tampoco quería despedazarlo así que trate de no cortarlo mucho. El muchacho se movía como un gusano, estaba desesperado y me rogaba que no le hiciera daño, cuando lo corte por primera vez lo que empezó a decir fue por favor, por favor, no, no, ¿porqué me haces esto? Bla bla bla. Así me relatase el discurso de Martin Luther King no lo iba a escuchar. Además en ese momento el puto jean que cargaba me hacía el trabajo difícil, por lo que resolví bajárselo hasta los tobillos junto con el boxer. Era todo un espectáculo ver al jovencito desnudo con los pantalones abajo y el culo al aire tratando de zafarse de las cuerdas y llorando pidiendo clemencia. Uff, esa imagen todavía me levanta el ánimo, jejeje.

Me desnudé lo más rápido que pude, emocionado por romperle el culito, cuando me acerqué al chico, empezó a gritarme. Me dijo imbécil, marginal, nerd, mal nacido, hijo de puta, pelele, don nadie. Fue ahí cuando me encolericé. Agarré el bate y le pegué tan duro que después me enteré que no le había dejado una sola costilla entera, le di patadas hasta en la madre, y le partí la cara a correazos. No le pegué con el cuero, sino que usé la correa como látigo dejando la hebilla en la punta y eso era lo que maltrataba su cara tantas veces pedante. Fue como si con él me vengaba de todo el mundo y de todos aquellos que me habían hecho daño.

Después de demostrarle quién mandaba esa tarde, no volvió a insultarme, se limitó a llorar su desgracia. Pero de todos modos se me había bajado la erección, sin embargo no lo iba a dejar así no más. Entre las cosas que llevé a la casucha tenía una escoba, le quité las cerdas y use el palo para desvirgar al muchacho. Me pare por detrás y sin ningún aviso le empujé el madero por el culo. Uuuuuu, ¡qué grito el que pegó! Wow, fue genial, enseguida estaba nuevamente empalmado, gritó como loco, o loca no sé, el punto es que las paredes de la casucha retumbaron y por poco no se cayeron ahí mismo.

El llanto del bastardito se tornó aun más amargo, me encantaba la forma en que lo estaba sufriendo, porque era tal como lo había planeado. Moví el palo como si estuviese atizando fuego en el culo del chico, le daba vueltas, lo metía y lo sacaba, y cuando salía veía que estaba lleno de sangre, de verdad le estaba haciendo daño. Pero no aguanté más la excitación, tiré a un lado el madero y me dispuse a penetrarlo yo mismo.

Me lancé sobre ese culito ensangrentado, y sin más le ensarté mi tranca. No es muy grande que digamos pero ese día estaba más hinchada que nunca. El pedante lo único que hacía era rogar y llorar, "no por favor, no, para, nooooo, ay, ay, noo", es indescriptible la emoción que sentía en ese momento. El contacto de su piel con la mía, la sangre de su ano que hacía resbalar mi verga, la furia con que empujaba mi trozo dentro de sus entrañas, el lamento y el dolor del violado, todo era perfecto.

Me vine casi de inmediato, fue la corrida más salvaje y placentera de mi vida, las paredes de la barraca volvieron a temblar, pero esta vez por mi grito de satisfacción al eyacular. Fue un ¡Aaaaahhhhh! Eterno y sonoro. Que rico. Mientras descargaba seguía empujando aquel culito maltrecho, cuando finalmente terminé me deje caer sobre las espaldas de mi victima, nada despreciables esas carnes. Ahí me hubiese quedado sino hubiese un extraño movimiento en la luz que entraba por uno de los orificios de la ventana. Me levanté extrañado, saqué mi verga del culo del sometido, y mi asombro se convirtió en susto cuando escuché voces afuera. Me paré violentamente, y los de afuera se dieron cuenta porque luego escuché carreras y la luz dejó de moverse.

Me vestí tan rápido como pude, si me vieron no tardarán en llamar a la policía, pensé. Me dispuse a salir de la casucha dejando al muchacho ahí amarrado. Lo único que le dije fue "Chao, jefecito". Me asomé, no había nadie en la calle, busqué las llaves de la camioneta en el jean de mi victima. Vi su miembro flácido señalando el piso mientras colgaba, y escuché el llanto incansable que manaba de su garganta. Fue la última imagen que tuve de él. Me monté en la camioneta que ya no tenía carga pues se la habían robado. Y me fui hasta mi apartamento. Cuando llegué reí como nunca durante toda la noche, esa noche no dormí.

Pensé que al siguiente día me irían a buscar temprano. No fue sino en la noche que recibí una llamada de mi jefe preguntando que si sabía donde estaba su hijo, que porque yo no había ido a trabajar hoy, que iba a denunciar a su hijo como desaparecido, que donde demonios estaba la camioneta, que lo acompañara a la comisaría para atestiguar.

Por supuesto que no fui. A la mañana siguiente si fueron a buscarme. Mejor dicho, me entregué, buscaron al muchacho en la barraca, y lo encontraron amarrado sólo a una de las cabillas por su mano derecha. Durante el juicio, me preguntaron quienes eran los otros hombres que habían violado al muchacho puesto que encontraron semen de varias personas en su cuerpo. No pude evitar reírme, pensé "seguro que fueron los sinvergüenzas que me espiaron por la ventana" y se me escapó, "Dios los bendiga estén donde estén". Me dieron 30 años de prisión. Espero morir antes.

P.D.: Los hechos antes descritos pertenecen estrictamente a la fantasía. No se puede negar que lo mórbido gusta y mucho, sino el Marqués de Sade no fuese tan famoso; sin embargo cabe acotar que nadie merece ser obligado a hacer o ser algo que no se quiere. Los gays conocemos muy bien que se siente vivir en esa situación y muchos han vivido la humillación en carne propia. Infligir dolor sin el consentimiento del que lo recibe es un acto miserable y no tiene perdón, así que si has pensado en tomar la actitud de Rogelio por x o y causa, espero te retractes lo antes posible. De más está decir que el objetivo de este relato no es, en lo absoluto, alentar tales comportamientos. Un abrazo afectuoso, Ians.

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