Hola amigos,
Aquí me tenéis en la tercera vez que hice de esclava sexual
del pervertido de mi marido Carlos. La verdad es que conociéndole nadie diría
que es tan obseso, yo no lo hubiera creído hasta que perdí aquella maldita
apuesta. En fin, aquí va la tercera y la perversión sigue aumentando.
Esta vez Carlos me hizo ponerme solo unas bragas y un
vestido. Las bragas eran bastante sexys y la verdad es que a cualquier hombre le
hubiera gustado verme con ellas. Bueno, esta vez Carlos eligió una urbanización
más o menos cercana a donde vivimos en la que tiene un amigo al que va a ver de
vez en cuando. Era Sábado a mediodía y no había demasiado movimiento. Me llevó a
un chalet que estaba en obras y en el cual había una cuadrilla de moros
trabajando. Se había fijado en ellos otras veces porque cada vez que pasaba
alguna chica cerca empezaban a decirle cosas. Debían estar bastante salidos.
Aparcamos delante e inmediatamente interrumpieron su comida
para mirarnos. Salimos del coche y Carlos dijo, "¿Les importa que castigue aquí
a mi mujer?". Los moros se le quedaron mirando como si estuviera loco. "Es que
se ha portado mal y voy a castigarla y pensé que sería mejor hacerlo en público
para que escarmiente". Yo creo que los moros creían que me iba a empezar a pegar
una paliza y dejarme un ojo morado o algo. Entonces Carlos me dijo, "Ponte sobre
el coche y súbete el vestido". Lo hice dejando mi culo al descubierto para todos
aquellos moros. No vi sus caras pero seguro que les cambió la expresión de
sorpresa por otra de sonrisa. Carlos me dio dos o tres azotes. Entonces
dirigiéndose a los moros dijo, "Mejor sin bragas, verdad?" "Sí, sí" se oyeron
unas tímidas voces.
De modo que mi marido, delante de todos aquellos moros
desconocidos, me bajó las bragas hasta más abajo de las rodillas y empezó a
darme azotes. "¿Os gusta el culo de la guarra de mi mujer?", preguntó. "Ya lo
creo, vaya culo tiene esa puta", dijo uno. Después de cinco o seis azotes paró.
"¿Le doy más?" "Sí, sí, más", respondieron todos a la vez. De modo que allí
estaba yo, con las bragas bajadas enseñándoles el culo rojo de tantos azotes a
un montón de obreros moros. "Queremos verle el coño", dijo entonces uno. Parecía
que se estaban animando. "Date la vuelta", me ordenó Carlos. Y mi coño quedó
expuesto a todos. "Que abra las piernas, queremos vérselo bien", dijo uno. Así
que Carlos me hizo subirme en el capó del coche y abrirme de piernas para que
pudieran verme bien toda la raja. "Dale también en el coño", dijeron. Y Carlos
me dio varios azotes en mitad de la raja "También queremos verle las tetas",
gritaron. Y tuve que bajarme el vestido hasta la cintura. "Joder vaya tetas,
hijaputa" "Dale también en las tetas a la puta de tu mujer, tío" Y recibí
también varios azotes en cada teta.
Entonces uno de ellos dijo. "Que se desnude del todo" Miré a
Carlos y el muy cerdo solo asintió con la cabeza. De modo que me terminé de
sacar el vestido, me quité las bragas y también los zapatos. Carlos lo metió
todo en el coche y cerró. Y allí estaba yo, completamente desnuda en plena
calle, delante de un montón de moros sucios que no conocía de nada, con las
tetas y el culo rojo de tanto pegarme Carlos.
Los moros me observaban con caras de vicio, como si no
estuviera todavía bastante desnuda. Entonces Carlos se acercó y me susurró al
oído, "¿Crees que les gustaría castigarte a ellos?" "No, Carlos, te lo
suplico..." Por toda respuesta sonrió y dirigiéndose a los moros les dijo, "Mi
mujer dice que se ha portado tan mal que deberían castigarla ustedes también".
Los moros enloquecieron, "Sí sí, que venga aquí" "Pasa, puta, que vas a aprender
a portarte bien".
De modo que, completamente desnuda como estaba, Carlos me
obligó entrar en la parcela. Dios mío, no podía creer que fuera a dejarme en
manos de aquellos moros sudorosos. Entré despacio porque me dolía andar
descalza. Una vez dentro Carlos les dijo, "Podéis castigarla como queráis, y
también manosearla por todos sitios. Es tan guarra que va a dejarse hacer de
todo. Entonces empezaron a manosearme y a sobarme por todos sitios. Me sobaban
la raja del coño, me daban azotes, me cogían las tetas. Varios tenían las pollas
fuera hace rato. Entonces uno me dijo, "Arrodíllate ahí, que vas a ver lo que es
un castigo".
Antes de que pudiera decir yo nada, Carlos le dijo. Lo
siento, nada de follar. Podéis manosearla y castigarla y luego ducharla con
vuestras corridas, pero nada de follar. Temerosos de que se les cortara el
rollo, pero de mala gana, obedecieron. Lo malo fue que aquello solo sirvió para
que el castigo se hiciera más duro. Dos de ellos me estaban dando azotes
bastante fuertes (pensé que algún vecino nos oiría). Empezaron a pegarme también
fuerte en las tetas y a tirarme de los pezones. "Cacho puta, vas a aprender a
portarte mal, guarra" "Toma putón, toma". Todo esto lo hacían con una mano
mientras con la otra se hacían pajas. Uno de ellos mientras me sobaba a
conciencia la raja del coño. Yo me estaba poniendo bastante excitada. No sé,
pero lo de que me pegaran azotes todos aquellos moros mientras su compañero me
sobaba a conciencia me estaba excitando mucho. "Seguíd a ver si se corre,
animaba Carlos desde fuera". Uno me agarró del pelo mientras me daba bofetadas
aunque no muy fuertes.
Yo ya no iba a aguantar mucho más. Aaaaghhh, cabrones, ¿qué
me hacéis? Aaaaahhh. "Pero que putón eres Nuria, ¿te vas a correr ahí en medio,
guarrona?" C-creo que s-s-í, aaahhh. Carlos estaba también a punto. Mientras los
otros seguían dándome azotes en el culo y las tetas y tirándome de los pezones.
"Toma puta, cabrona". Carlos eyaculó sobre la valla. Al verlo no pude más y me
corrí entera. "Aaahhh putos moros, no paréis que me corrrrrooooo" Aquello
aumentó la fuerza de los azotes y de la frotada de coño mientras algunos
empezaron a echarme encima su semen. "Aaaghhh, puta guarra, me corrrroooo" "Mira
como duchamos a tu puta esposa tío" "Nos corremos encima de ella, aaaahhhh".
Fue increíble. Me ducharon entera. Uno de ellos se arrodilló
detrás de mi y me echó todo el semen en el coño mientras me estaba corriendo.
Noté como resbalaba por mi raja. Los demás me lo echaron en la espalda, la cara,
los brazos,... Cuando terminaron estaba toda dolorida y pegajosa. Salí de la
obra y Carlos me dio el vestido para que me lo pusiera encima de todo el semen.
"Bueno, gracias por todo y hasta otra", dijo Carlos. "Traiga
a esa puta la próxima vez que se porte mal y le daremos su merecido", dijeron.
Y volví a casa con todo el cuerpo ardiéndome y el vestido
pegado a la piel por culpa de toda la cantidad de semen de moro que me habían
echado encima. Pero por lo menos, había tenido uno de los orgasmos más fuertes
de toda mi vida. Al llegar a casa me duché.
Carlos espera que os corráis igual que hicieron aquellos
moros. Besos y hasta la próxima.
-Nuria-