Después de lo ocurrido el sábado (véase "Cintia quiere dejar
de ser buena") pasé toda la semana en un estado de euforia y excitación.
El domingo lo pasé en casa de Silvia: le conté que me había
enrollado con el chico tan guapo de las gafas, pero nada más: nada de lo
ocurrido en el callejón, nada de lo de Vane y, por supuesto, nada de mi
rollo-bollo con Patricia. Tampoco le di el tanga que me había prestado: me lo
lleve a casa para lavarlo, y al final "olvidé" devolvérselo.
El lunes y el martes los pasé con la mirada fija en el móvil,
esperando la llamada de dos personas: por una parte quería que me llamara Santi,
deseaba que quisiera verme o quisiera quedar para enrollarnos. Por otra parte,
esperaba que me llamara Patricia, para hablar de lo sucedido entre nosotras.
Pero sólo me llamó Gracia, que me sometió a un verdadero interrogatorio:
- ¿Es verdad que pillasteis a Vane follando con un tío en el
Galaxy?
- ¿Y a ti quién te lo ha contado?
- ¿Y es verdad que le dejó que se lo hiciera por detrás, y
que se corriera en su cara?
- ¡Joder Gracia! ¿Métete en tu vida, no?
- ¿Y es verdad que estaba todo el mundo mirando, lo menos
quince personas?
- ¡Es mentira! Si vimos algo te juro que sólo fuimos Patri y
yo.
Estaba temblando de miedo. Si yo no había contado nada, sólo
podían haber sido Patricia o el morenazo. Estaba convencida de que había sido
Patricia, Vanessa era su rival y haría lo que fuera para ridiculizarla. Sin
embargo yo estaba aterrorizada por mí misma; temía que la próxima pregunta
fuera: "¿y es verdad que Patri te metió dos deditos en el chocho, y tu en vez de
protestar gemías y la morreabas?". Lo peor es que no sabía la cantidad de
información que tenía Gracia, ni lo que había ido contando Patricia por ahí.
- ¿Y es verdad que el tío pagó a Vane 60 euros por el
trabajito?
- Mira: eso ya no es que sea mentira, es que es una calumnia.
La que te lo ha contado es una hija de puta que no merece llamarse amiga. – y
colgué, llena de ira. Puede que Vane fuera una puta, pero en cualquier caso era
una puta "vocacional", no "profesional". Patricia se había pasado tres pueblos.
El miércoles y el jueves me había olvidado ya de Santi, de
Patricia, e incluso de mi tensa charla con Gracia la cotilla. Sólo ansiaba que
llegara el fin de semana otra vez, volver a salir, a beber y a ligar con tíos.
Al llegar del instituto lo primero que hacía era ir al servicio para volverme a
mirar desnuda en el espejo. Parecerá una tontería, pero desde que me había
enrollado con Santi me veía a mí misma más guapa, con una frescura nueva. En mi
casa también me notaban más contenta. La verdad es que para mí era una lata ir
al instituto cuando Vane y Patricia, que antes iban a clase conmigo, estaban ya
en la universidad. Yo, que siempre había sacado muy buenas notas, perdí un curso
por una depresión, pero esa es otra historia que contaré más adelante.
Por fin llegó el viernes. Ese día éramos sólo cuatro, porque
Patricia había quedado con su novio. A pesar de ello, el ambiente era malísimo:
Vane estaba enfadada con Patri y conmigo, yo estaba enfadada con Patri y con
Gracia y Gracia probablemente estaba enfadada conmigo por haberla colgado. Casi
nadie hablaba, y el aire se podía cortar con un cuchillo. Sólo Silvia, ingenua,
intentaba animar la conversación. En vez de ir a beber al "Manolo" fuimos a un
pub.
- ¿Qué vais a tomar? – preguntaba Silvia, ignorante de todo
lo que había pasado.
- Coca-cola
- Coca-cola
- Yo, un café.
- ¡Joder, tías! ¿Es que hoy no va a beber nadie? ¡Vaya rollo!
- Yo es que pensaba irme hoy pronto a casa.
- Y yo.
- Y yo.
- Jooooo….
Sil debía ser muy ingenua si no sospechaba que pasaba algo
raro.
Cuando Vane fue al baño, nadie aprovechó para hacer
comentarios sobre lo ocurrido el sábado anterior. Vane era "líder" por
naturaleza, y a pesar de lo ocurrido nos seguía inspirando un profundo respeto y
temor.
En definitiva, que ese viernes a las 12:30 ya estaba en
casita. Y me temía algo peor si el sábado aparecía Patricia.
Pero el sábado es el gran día de la semana, y no lo íbamos a
echar a perder por un simple pique entre amigas. El sábado todas hicimos como
que no ocurría nada, y reinó la hipocresía: besos, sonrisas, y mucho "qué guapa
te has puesto", "no, que va, tu estás mucho más guapa".
Lo cierto es que Vane y Patricia parecían competir a ver
quien vestía más sexy:
Vane llevaba una minifalda marrón, botas negras y camiseta
blanca escotada, no exageradamente, pero resaltando sus pechos. El pelo lo
llevaba suelto y los ojos muy maquillados, en negro.
Patri lucía "look" de colegiala: minifalda tableada muy
corta, blusa blanca con muchos botones desabrochados… Llevaba el pelo recogido
pero no cayó en la horterada de las coletitas.
A su lado, Silvia y yo volvíamos a parecer insignificantes.
Yo iba toda de negro, enseñando poco pero marcando mucho, con los pantalones más
ajustados que encontré en el armario.
Silvia llevaba unos vaqueros muy bajos de cintura y top y
chaquetilla a juego. Nada más llegar yo me apartó a un lado.
- Oye, Cindy, ¿se me ve el tanga? – y se agachó delante de
mí, como si buscara algo en el suelo. Claro que se le veía, era uno de los
blancos de su colección.
- No, para nada- la engañé.
En el "Manolo" teníamos mesa reservada. Ese día pasamos del
calimocho y pedimos minis de cubata, al gusto de cada una: whiskey-cola,
vodka-limón…
Pero Vane siempre está dispuesta a mejorar la fiesta. Llegado
un momento sacó una botellita de agua mineral del bolso. En su interior había un
líquido extraño.
- ¿Qué es eso, Vane?
- Absenta. Es lo que bebe mi padre.
- ¿Absenta?
- Sí, es el licor con más porcentaje de alcohol que existe.
Un trago de esto y no necesitas beber más en toda la noche. Vamos, que te
ahorras las copas.
- Yo quiero probarlo.
- ¿No nos sentará mal?
Al final nos animamos todas. Buscamos cinco vasos de chupito.
Vane fue echando un culín, una cantidad nimia en cada uno de ellos.
- Venga, a la de una, a la de dos y a la de…
Bebimos todas a la vez, y al instante comenzaron las toses,
los escalofríos y el llorar de ojos. Aquel líquido ardía en la garganta.
- ¡Aggghhh, esto es fortísimo!
- ¡Jo, que estómago debe tener tu padre!
Convencimos a Vane para que guardara la absenta para mejor
ocasión.
La conversación siguió por otros temas. Nadie hablaba del
sábado pasado, lo que en parte me molestó porque no pude presumir de mi aventura
con Santi.
Hubo un momento en que Silvia perdió una lentilla. Mientras
todas estábamos buscándola, Vane, con toda naturalidad, volvió a sacar la
botellita de absenta y la vertió, lentamente en el vaso de mini de Patri, hasta
que la vació. Sólo yo me percaté de la operación, las otras no se daban cuenta
de nada. Ante mi cara de pasmada Vane me sonrió pícaramente y me guiñó un ojo.
Yo pensaba que Patri se daría cuenta, pero siguió bebiendo su
mini de vodka-limón, ahora aderezado con el famoso licor, como si nada. Al rato
el brebaje empezó a hacer efecto:
- Joder, que pedo me estoy pillando – decía – esto debe ser
garrafón.
Y se quitó otro botón de la camisa, mostrando ya obscenamente
el sujetador por el escote.
Cuando nos levantamos para irnos del bar, Patri se tambaleaba
peligrosamente.
- Que mal me encuentro… creo que voy a vomitar.
Vanessa y Silvia la acompañaron al servicio.
Al poco vino Sil y me empezó a cuchichear al oído. Me dijo
algo sobre bragas y Patricia, que no entendí. Gracia, que estaba conmigo, nos
miraba con cara de "os odio por no contarme los secretos".
Fui al servicio a ver que pasaba. Patricia acababa de vomitar
y estaba frente al espejo. Tenía la mirada perdida, sus bellos ojos azules
aparecían ahora vidriosos. Vane la hablaba con la voz que se habla a un niño
pequeño:
- Y ahora te vas a quitar el sujetador. ¿No es lo que te ha
gustado siempre, estar sexy y provocar a los tíos?
Sorprendentemente, Patri obedeció. Se quitó el sujetador y lo
guardó en el bolso. Su pecho ahora estaba cubierto sólo por una blusa
semitransparente. Se movía como un autómata. ¿Qué sería lo que le había echado
Vane en la bebida, alcohol o un líquido inhibidor de la voluntad?
- Y ahora lo que tienes que hacer es refrescarte. – dijo
Vane, y empezó a echar agua por la cara y el cuello de su amiga, pero
centrándose sobre todo en el pecho. La blusa, completamente mojada, se le pegaba
ahora a las tetas. Era como si fuese desnuda, o todavía más sensual que si fuese
desnuda.
Salimos a la calle. Por el camino, Patricia iba cubierta por
el abrigo y no iba dando el espectáculo. Sólo que necesitaba la ayuda de alguna
de nosotras para caminar. Pero al llegar al sótano del Galaxy, se quitó el
abrigo y sus tetas quedaron a la vista de todos los clientes del bar, sólo
cubiertas por la telilla de la mojada blusa, completamente pegada a la piel. La
verdad es que tiene un pecho realmente bonito, de tamaño mediano, con pezones
pequeños pero muy marcados. Para colmo de males ese día el Galaxy estaba lleno
de amigos de Patricia que se acercaban a hablar con ella. Patri poco menos que
se recostaba sobre ellos para no caerse y los tíos, que se daban cuenta de que
llevaba el pedo de su vida, aprovechaban primero para agarrarle de las caderas y
luego para sobarle el culo descaradamente.
Estaba claro de que si Vane quería vengarse de Patricia lo
estaba consiguiendo. Yo me temía ser la próxima víctima de sus maquinaciones.
Pero el diabólico cerebro de Vanessa había preparado algo peor. Mientras Silvia
y yo intentábamos deshacernos de unos pesados, me fijé en que Vane estaba
hablando con un conocido de Patricia al que llaman "Cebolla". Cebolla es el tío
más feo del mundo, con el pelo grasiento, los ojillos pequeños, la narizota
aplastada y los dientes podridos y amarillos. Me acerqué disimuladamente por si
me enteraba de algo.
- Que sí tío, que me ha contado que está deseando enrollarse
contigo. – decía mi amiga.
- Sí, y yo que me lo creo. ¿Qué va a ver una diosa como ésta
en un tío como yo?
- Ella tampoco es tan guapa, ni tú tan feo.
Finalmente Vane cogió a Cebolla de la mano. Se fue a donde
estaba Patricia, rodeada de tres babosos salidos, y la cogió de la otra mano.
Los llevó a los dos al banco largo del Galaxy, el sitio ideal para un rollo, y
juntó sus manitas. Luego, ellos dos estuvieron un rato hablando. Cebolla hablaba
muy cerca del oído de Patri, y ella miraba al frente con la mirada perdida.
Patri tenía las piernas un poco separadas, y desde donde estaba yo podía ver por
debajo de la faldita que se había quitado también las bragas, como me había
contado Silvia. Afortunadamente para ella Cebolla y los demás tíos estaban tan
ocupados mirándole las tetas que no se percataron de este detalle.
Finalmente Cebolla se lanzó y la besó en la boca; ella,
semi-inconsciente, se dejaba hacer. Cebolla tenía pinta del típico tío
hipersalido que nunca se ha comido nada, por lo que estaba aprovechando la
ocasión: sus manos no paraban quietas, recorrían los muslos, las caderas y los
pechos de amiga. Incluso metía la mano por debajo de la blusa para sobarle las
peras directamente sobre la piel.
Alrededor de la parejita se había formado un semicírculo de
espectadores. Entre los amigos de Patricia había división de opiniones; unos
comentaban "joder con la Patri, menudo zorrón" y otros "que hijo de puta
Cebolla, aprovecha que la tía va borracha para abusar de ella". Silvia, Gracia y
yo nos mirábamos pasmadas, incapaces de tomar la iniciativa para hacer lo que
hubiera hecho una buena amiga, que era llevarse a Patri a casa. Vane sonreía con
cara de mala, y creo que la cabroncilla de Gracia sonreía un poco también.
Cebolla ya iba crecido y, sin sacar la lengua de la boca de
mi amiga, empezó a meter la mano por debajo de su faldita de colegiala.
Seguramente que le estaba ya tanteando el coño. Curiosamente fue Vane la que
reaccionó.
- ¡Bueno Cebolla, ya te estás pasando! ¡Estás dando el
espectáculo!- creo que hubo incluso aplausos entre los teóricos amigos de Patri
ante esta reacción. El chico soltó a mi amiga y el grupillo de espectadores se
disgregó. Vane siguió hablando largo rato al oído de Cebolla ¿Qué le estaría
contando? Luego se acercó a nosotras.
- Cintia, ven conmigo. Vosotras dos, esperadnos por aquí. –
Cuando Vane se pone mandona ninguna nos atrevemos a rechistar.
- Vamos a subir a Patri arriba para que descanse un poco y se
recupere. – esta actitud de salvadora me parecía hipócrita y vergonzante cuando
yo sabía que era ella la que había emborrachado a Patri y había convencido a
Cebolla de que se la podía comer.
Llevamos a Patricia entre Cebolla y yo, poco menos que en
volandas porque era incapaz de subir los escalones. Vane iba delante.
Llegamos al "chill-out". Estaba lleno de chavales fumando
porros. Vane les habló:
- Hay redada policial en todos los bares de esta calle. Más
vale que os vayáis de aquí.
Salieron todos pitando menos una pareja.
- Nosotros no estábamos fumando y no vamos a pirarnos.
- ¿No me habéis oído?- gritó Vane – ¡Fuera de aquí,
pringaos!.
Sorprendentemente los chavales agacharon la cabeza y se
fueron. Sentamos a Patri en el mismo sillón donde la habíamos sorprendido
follando el sábado anterior. Estaba claro que Vanessa había planificado bien su
venganza.
- Cintia, vigila la puerta. – me ordenó. – Bueno, Cebolla, mi
amiga Patri dice que lo que le apetece ahora es comerte la colita.
Cebolla sonreía nervioso, enseñando sus dientes putrefactos.
- Tía, tampoco te pases, yo creo que…
Vane empezó a acariciarle el paquete a Cebolla por encima del
pantalón. Estaba visiblemente empalmado.
- ¿Verdad que sí, Patricita? ¿Verdad que le vas a hacer una
buena mamada a este señor?
- No… no… - balbuceaba ésta.
- Sí – decía Vane con voz imperativa.
- Bueno, ¿a quién?
Llegado a este punto Vanessa se hartó de esperar. Después de
todo, Patri había dado su aprobación. Desabrochó el cinturón a Cebolla, luego le
quitó el botón de los vaqueros, luego le bajó la cremallera. Un miembro de buen
tamaño, totalmente erecto, apareció ante nosotras. Estaba visto que lo menos feo
que tenía Cebolla en su cuerpo era la polla.
Vane tomó al chico directamente de la polla y la aproximó a
la boca de su amiga, introduciéndole el glande entre los labios. Patri,
completamente ida, no opuso ninguna resistencia.
En ese momento mi deber hubiera sido salir corriendo de allí
y llamar a la policía para denunciar a Vane y a Cebolla por abusos sexuales. Sin
embargo dos cosas me paralizaban.
La primera era el terror que me producía saber que yo podría
ser la siguiente víctima de Vanessa: Yo también la había estado espiando y yo
también me había burlado de ella cuando apareció con la cara empapada en
esperma.
La segunda, no menos importante, era que Patricia no parecía
de ninguna manera una mujer violada. Aun estando totalmente aturdida, colaboraba
activamente en la felación. Succionaba el glande de Cebolla con fuerza,
emitiendo el típico sonido que hace una pareja al besarse, mientras le pajeaba
el resto del miembro. Luego, sin dejar de masturbarle con la mano, se centraba
en sus testículos, metiéndose en la boca primero uno, luego otro, y
succionándolos también. Seguidamente, recorría toda su polla con rápidos
movimientos de lengua para acabar de nuevo en su glande.
Estaba claro que no era la primera polla ni la segunda que
Patri se comía. Por una parte la compadecía, pero por otra me daba envidia que
supiera hacer "eso" tan bién a un chico aun yendo totalmente borracha.
Había dejado de prestar atención a Vanessa. De repente me di
cuenta de que había sacado una cámara digital del bolso.
- ¿Qué haces? – pregunté angustiada.
- Bueno, como Patri va diciendo por ahí que tiene fotos mías,
ahora yo también las tengo suyas. Que se atreva a enseñarlas a alguien.
Horrorizada, pensé que Vanessa debía tener el correo
electrónico de todos los amigos y amigas de Patri, de su novio… ¡y también de
sus padres y sus hermanos!. Nada más fácil que hacerles llegar las fotos por
internet.
Vane fotografiaba la mamada desde todos los ángulos posibles.
También dejo constancia gráfica, divertida, de cómo Patricia se había metido una
mano debajo de la falda para tocarse sus cositas.
Aquella situación era demasiado para Cebolla, cuya
experiencia sexual se limitaba probablemente a sus películas porno y sus fotos
guarras bajadas de internet. Se corrió blasfemando con los ojos en blanco, y su
semen empapó toda la cara de Patricia y también las manos de Vane que
fotografiaba la secuencia a sólo 20 cm. de distancia.
Vane hablaba a Patricia como un fotógrafo le habla a la
modelo que está inmortalizando.
- ¡Muy bien! ¡Ahora una sonriendo! ¡Muuuyyy bien! ¡Ahora
sórbele las últimas gotitas!
Cuando se cansó de hacer fotos, vino hacia mí.
- Ahora, Cindy, sabes ya lo que cuesta desafiar a Vanessa
López. Más os vale a las dos que no se sepa por ahí nada de lo ocurrido el
sábado pasado. No te voy a hacer nada parecido porque me caes bien, pero
deberías intentar llevarte bien conmigo y pasar de esa zorra. ¿Entendido,
carrillitos?
Y me pellizcó la mejilla como se hace con un niño pequeño,
antes de marcharse. Yo estaba muerta de miedo. Cebolla se había volatilizado.
Levanté como pude a Patricia y la llevé al servicio, antes de que viniera más
gente y pudiera verla. Ahora era ella la que estaba humillada, con la cara llena
de semen.
La lavé como pude. Aunque Vane no enseñara las fotos, la
situación de Patricia no era nada envidiable. Cebolla lo iría contando todo, y
el rumor podría llegar a oídos de su novio. Aunque bueno, su novio siempre había
sido un poco tonto. Pero para los tíos había pasado de ser "Patri, ese
bomboncito rubio de ojos azules y piernas perfectas" a "Patri, la que se enrolló
con Cebolla".
Estábamos las dos solas en el baño. De repente ella dijo:
- Cindy… cariño… - y me abrazó. Inmediatamente junté su boca
con la mía y empecé a morrearla. Sabía a semen y alcohol. A decir verdad,
presenciar la humillación de Patricia me había puesto bastante cachonda. Sin
embargo, pronto me di cuenta de que había malinterpretado a mi amiga; su abrazo
había sido sólo amistoso. A pesar de todo, me recreé durante un rato besándola y
palpando alternativamente sus pechos y los míos. Envidiaba el efecto que habían
causado las tetas semidesnudas de Patri al entrar en el local, y aproveché la
circunstancia para comprobar que eran de dureza y forma similar a las mías, las
mías incluso un poco más grandes.
Luego la ayudé a bajar las escaleras. ¿Qué haría con ella?
Apenas si se mantenía en pie. Además, cada vez me sentía peor: había entrado en
el club de los que habían abusado de Patricia aprovechando su estado.
Por fin encontré a Silvia, que habría de ser mi salvación.
- Mira Sil, lo mejor que puedes hacer por Patri es llevártela
a tu casa. Imagínate que sus padres la ven así.
- ¿Y mis padres que van a decir?
- Tus padres nunca dicen nada.
- Bueno, vale, ¿pero qué ha pasado arriba?
- Nada, no ha pasado nada. Que la hemos ayudado a vomitar, y
eso.
Finalmente, Silvia se llevó a la borracha y yo me quedé
bailando con las demás.
Después del Galaxy Vane nos llevó a otro pub de la zona. Era
un antro muy oscuro y atestado de gente, era imposible bailar o ni siquiera
moverse. Yo estaba totalmente descentrada, no podía dejar de pensar en la putada
que le habían hecho a Patricia.
Los grupos de tíos comenzaron a revolotear a nuestro
alrededor, buscando rozarse con Vane y conmigo. Eran muchos los que al pasar me
tocaban el culo más o menos disimuladamente. Me pedí una copa: cuando la terminé
estaba preocupada en un 5% por lo de Patri y en un 95% por la posibilidad de
comerme un tío esa noche.
Un grupillo de 5 o 6 chicos había entablado conversación con
Vanessa. Nos los presentó a todos, pero al minuto ya había olvidado sus nombres.
Mientras los dos de mejor pinta cortejaban a la mi rubia amiga, un narizotas se
quedó dándome la brasa, muy chulito él, en plan "soy el mejor y el más guapo y
tienes mucha suerte de que venga a ligar contigo". No tardé en mandarlo a paseo.
Pensé que no iba a sacar nada en claro de este grupito, pero como Vane y Gracia
estaban muy a gusto hablando con ellos tendría que quedarme allí. Entonces me
fijé en que uno de los que me habían presentado estaba también sólo, aburrido de
que sus amigos estuvieran dando la brasa a mis amigas. No se parecía al resto
del grupo, mientras los demás iban vestidos bastante pijos, con ropa de marca y
bufandas, él llevaba una sudadera de un grupo heavy. Como no tenía otra salida
me acerqué a él.
- Hola. ¿Cómo es que no bailas? ¿No te gusta la música?
- Hola Cintia. Pues no mucho, la verdad.
Me encantó que se acordara de mi nombre. Era muy guapo,
prácticamente imberbe (no debía llegar a 18 años), con el pelo un poco largo
peinado con raya al medio. Olía a suavizante; en ese antro de cuerpos sudorosos
camuflados con colonia era un placer que alguien oliera a limpio nada más. Me
acerqué a él todo lo que pude: donde esté un heavy limpio que se quiten mil
pijos perfumados.
- Venga, baila conmigo.
- Es que no se bailar...
- Yo te enseño
Estuvimos tonteando un rato. Yo soy tímida, pero como él era
todavía más tímido, llevaba yo la iniciativa en todo. Me cortó el rollo que
apareciera… ¡Silvia!
- Sil, cariño. ¿Qué haces aquí? ¿Qué has hecho con Patri? –
le pregunté.
- La he dejado en casa durmiendo y me he vuelto. A ver si te
crees que te voy a dejar todos estos tíos para ti solita.
Una competidora más. ¿Cómo nos habría localizado?
Afortunadamente el narizotas pesado pronto empezó a hablar con ella y yo pude
seguir con mi nuevo amigo.
Los chicos nos llevaron a otro local que ellos conocían. Por
el camino, Vane iba enlazada de la cintura con dos de ellos, y el narizotas
baboso tenía amarrada a Silvia, que intentaba liberarse de su abrazo. Para no
ser menos, cogí a mi nuevo amigo de los hombros.
- ¿Dónde nos lleváis? – le pregunté.
- Ehhh, a otro garito, por aquí cerca.
- ¿Y ese está mejor?
- Pues es más de lo mismo, parecido al otro.
Al andar rozaba mis voluntariamente mis pechos contra su
brazo. Por fin se atrevió a cogerme a mí por la cintura. Los chicos del grupo
que no habían ligado, seguramente muertos de envidia, comentaban la jugada.
- Joder el Luiscar, luego dice que se aburre con nosotros y
mira como se agarra a la de negro.
Me quedé con el dato de que se llamaba Luiscar (Luis Carlos).
En el nuevo garito pedí un martini solo para mí y un cubata
para Luis Carlos, si no nos lanzábamos pronto veía que no mojaba ese sábado. Por
lo menos tuvo la decencia de pagar las copas.
Hubo un momento en que se separó de mi lado para ir a hablar
con sus amigos. Luego lo vi: estaba en un círculo con Vane y los dos amigos
suyos que llevaban intentando "hacerse" a Vane desde el principio, sentados en
los bancos altos de la barra. Estaba claro que estos dos tíos estaban muy
picados entre ellos, y yo sabía que a Vane eso le encantaba; nada la ponía más
que romper una vieja amistad con sus encantos, incluso disfrutaba si la cosa
acababa en pelea.
Cuando me acerqué al grupito Vane dijo:
- Qué maleducado eres Luiscar. Está aquí tu chica de pie y tu
sentado.
Me gustó lo de "tu chica"; esta vez reaccioné rápido.
- No te preocupes, Vane, que cabemos los dos. – y me senté
las rodillas de "mi chico".
Vanessa me guiñó un ojo como diciendo: "Vas aprendiendo".
Efectivamente, me estaba convirtiendo en una golfilla provocadora como era ella.
Tácitamente, Vane me estaba proponiendo un pacto: Haz lo que yo te diga, sé mi
mano derecha y vivirás tranquila y te conseguiré tíos; pero ahora, como sigas a
mi enemiga Patricia, puedes acabar mal. Estaba pensando en todo esto cuando
Luiscar me dijo:
- Levántate que tengo que salir un momento. Ahora nos vemos,
guapa.
Lo de "guapa" sonaba muy prometedor, así que salí tras de él.
Lo encontré hablando por teléfono a la entrada del disco-pub. Sin dejarle acabar
la conversación, me acerqué a él y lo agarré de la cintura.
- Eh… perdona, pero te tengo que colgar – decía a su
interlocutor.
Pegada a él, ahora notaba su erección contra mi barriga.
- ¿A qué has venido?
- A estar contigo.
Joder, que tío más soso, pensaba. ¿Tendré que tatuarme en la
frente un letrero que diga "cómeme los morros"?
- Yo creo que Luis y Fran van a acabar mal. – me contaba.
- Me importa una mierda.
- ¿Qué?
- Lo de tus amigos. No he venido aquí por ellos.
Por fin tomó la iniciativa y me besó en los labios. Yo
reaccioné metiendo mi lengua en el fondo de su boca. Qué bien sabía, qué bien
olía. Mis caricias recorrían todo su cuerpo y el hacía lo propio con el mío.
Notaba mi chocho chorreando, literalmente, así que me acordé de lo bien que me
lo había pasado con Santi el sábado anterior: había que buscar un lugar más
discreto.
- Vámonos – le dije.
- ¿A dónde?
- Yo te llevo.
- ¿Y los demás?
- Ahí se quedan.
Paseamos un rato hasta que encontré el sitio óptimo. Un
parque con poca luz y bancos de piedra sin respaldo. Luiscar se sentó atravesado
y yo me coloqué a horcajadas encima de él. Empezamos a morrearnos; la posición
me permitía restregar mi entrepierna contra su paquete, lo que me proporcionaba
un intenso placer y supongo que a él lo mismo.
Estuvimos morreándonos una hora, tal vez dos, tal vez incluso
más. Yo le acariciaba el pecho, la espalda, el pelo: lamentablemente no llegaba
a su trasero. Él, tan tímido al principio, ya no se cortaba un pelo: me
acariciaba el culo pero especialmente por la parte del ano, para luego bajar la
mano hasta que llegaba a mi zona púbica, que me masajeaba también. También metió
una mano por debajo de mi ropa para sobarme las peras bien a gusto, sacándomelas
del sujetador.
Cuando ya teníamos los labios despellejados de tanto
besuqueo, nos levantamos y miré el reloj. Las 5:00, mis padres me iban a matar.
No me había corrido, pero estaba totalmente saciada; ya me desquitaría al día
siguiente, masturbándome en la bañera hasta el orgasmo pensando en Luiscar y en
su olor. Él, a mi lado, seguía besándome en el cuello, sin querer soltarme
todavía. Entonces me fijé en el enorme bulto de su entrepierna: el pobre llevaba
ya varias horas empalmado, aguantando el tirón. Le acaricié el paquete
cariñosamente.
- No te preocupes, cariño, que vamos a solucionar esto. –
dije, casi hablando más con su polla que con él mismo.
Tendría que hacerle una paja, no podía dejar que se fuera así
a casa. Pero hacerlo allí era arriesgado: los pajarillos del parque trinaban
anunciando la inminente llegada del amanecer, y por la calle pasaban numerosos
grupos de jóvenes que marchaban a sus casas después de una noche de juerga.
Me llevé a Luis Carlos por las calles adyacentes, buscando un
lugar apropiado para lo que pretendía; por fin lo encontré, el portal de una
casa vieja abierto.
Entramos sigilosamente, yo delante y el detrás, su pene
erecto aplastado contra mi trasero. A la izquierda, unas escaleras bajaban hasta
lo que parecía ser el cuarto de los contadores de luz: un lugar óptimo, oscuro,
apenas iluminado por un haz de luz que se colaba por un ventanuco.
Mi idea era hacerle una paja rápida e irme volando a casa
antes de que mis padres se dieran cuenta de mi ausencia; pero una vez allí, con
el morbo de no despertar a los vecinos, nos liamos otra vez con nuestros
interminables besos. Luiscar me quitó la camiseta. Luego me desabrochó el
sujetador.
- ¿Qué haces?- pregunté-
- Quiero verte desnuda. Desnuda para mí.
Mi cerebro me decía que no lo hiciera, que podía venir
alguien en cualquier momento, pero yo sólo obedecía ya a mi lascivia y mi
corazón. Me desabrochó los pantalones, tan ajustados que tuve que ayudarle a
quitármelos hasta que cayeron al suelo, a mis pies. Luego fue mi tanga,
completamente empapado y hecho un asco el que cayó. Retrocedí, separándome de su
lado, hasta situarme bajo el haz de luz. Miraba muy seria hacia el frente; yo no
podía verle a él, pero él a mí sí. Era la primera vez que un hombre contemplaba
lo que yo veía cada mañana frente al espejo: el cuerpo virginal de la que había
dejado ya de ser una niña para convertirse en mujer.
Entonces se acercó hasta mí; "eres preciosa" me dijo al oído,
al tiempo que sus dedos penetraban en mi vulva. "Preciosa" repetía, mientras yo
me retorcía entre espasmos de placer. La cuarta vez que dijo "preciosa" me vino
un orgasmo intenso que casi me hizo caer al suelo; un orgasmo bello, amoroso,
nada sucio. Un orgasmo para recordar.
Fue precisamente Luiscar el que me sacó de mi embelesamiento
romántico.
- Estás gimiendo como una gorrina, joder ¿quieres despertar a
todo el vecindario?
Ahora me tocaba a mí, y estaba dispuesta a todo. Le quité la
sudadera y la camiseta, y empecé a besar su pecho, sus pezones, mientras con una
mano le acariciaba el paquete. Bajé, recorriendo con la lengua el hilillo de
vello que llevaba hasta su ombligo y aún más abajo. Estaba dispuesta a hacerle
una mamada pero quería que él me lo pidiera. Él se bajo los pantalones y los
boxer, dejando ante mi vista su pene completamente erecto y empapado en sus
propios fluidos. No aguantaba más y me metí la cabeza en la boca. Su polla
parecía mucho más grande dentro de mi boca, creía que me iba a ahogar. Nunca
había hecho eso a un chico, pero tenía buenas maestras: Vane el sábado anterior,
Patricia con Cebolla y las fulanas de los vídeos porno que encontraba en el
ordenador de mi hermano.
Succioné la cabezota con fuerza; entendía los temblores de
los muslos de mi amante como una señal de que lo estaba haciendo bien. También
pasaba la lengua por la piel de su capullo, pero no conseguía moverla a tanta
velocidad como había visto hacer a Patricia.
El sabor no me parecía desagradable; si había un chico al que
no me importara comerle la polla, ese era Luis Carlos. Estaba yo tan entregada,
disfrutando de mi tarea, cuando de repente él me la sacó bruscamente de la boca.
Me sentí desolada: tal vez no sabía hacerlo bien. Él dijo con
voz imperativa:
- Levántate.
Obedecí.
- Ponte de cara a la pared.- ordenó.
Lo hice y él, cuidadosamente, me separó un poco las piernas.
Así que era eso. Quería follarme. Quería que le entregara mi
virginidad. Todo mi cuerpo temblaba ante el momento tan importante de mi vida
que iba a producirse.
Noté su glande restregarse por mis labios vaginales. ¡Por
fin! Era el momento que había deseado que llegara desde hacía cuatro años, pero
especialmente los últimos cinco meses. Poco a poco, su pene iba entrando dentro
de mí. No sentí nada especial al quebrarse mi himen, más bien era toda mi vagina
la que se rebelaba ante la entrada de aquel cuerpo extraño. ¿Debía decirle que
era virgen? Tal vez así tendría más cuidado. Quizá él también lo era, sólo tenía
17 años. Notaba mi vagina totalmente llena, dolía un poco pero más bien estaba
disfrutando todo lo que los nervios me permitían.
Ni que decir tiene que estábamos los dos callados, yo me
mordía los labios para no gemir. El miedo a que nos sorprendieran nos atenazaba
a los dos, pero a la vez ponía morbo al asunto.
- ¡¡¡ NINO, NINO, NINO, NINO!!!
De repente sonó mi móvil. El shock fue tal que noté como mi
vagina se cerraba, estrangulando el pene de Luis Carlos. Caímos al suelo los
dos, él sin salir de mí en ningún instante. Buscaba el móvil como una loca entre
mis ropas, que estaban esparcidas por el suelo. Cuando lo encontré, estaba tan
nerviosa que en lugar de apagarlo descolgué.
- ¿Sí?
Era Silvia, suspiré aliviada. Si hubiera sido mi madre
preguntándome por qué no estaba en casa me hubiera meado del susto. Quería saber
qué tal me había ido la noche.
Más tranquila ya, hice un gesto a Luiscar para que siguiera a
la faena. Seguimos follando, yo a cuatro patas en el suelo y a la vez hablando
por el móvil.
- ¿Tú que tal? – pregunté, aparentando interés.
- Una mierda, tía. El pesado ese no me ha dejado en toda la
noche. ¿Y tú que tal con el heavy?
- ¡Genial, tía! Luis Carlos es un encanto de chico, el mejor
que he conocido. Nos hemos enrollado y tal, y ha sido maravilloso.
Luiscar respondía a mis halagos penetrándome cada vez más
fuerte y más deprisa.
- ¡Que suerte, tía! ¡Dos findes, dos rollos! Me alegro un
montón. ¿Oye tía, por qué jadeas?
- Es que todavía estoy yendo para casa, y como es un poco
tarde…
- ¡Jo, tía! Son las 6:00. Como te pillen tus padres te van a
matar.
- Vale tía, pues me voy corriendo. Chao.
- Chao.
No se si Luiscar cogió la indirecta del "me voy corriendo",
pero era verdad. A él también me pasaba lo mismo.
- Cintia, me parece que voy a terminar…
- No te puedes correr dentro – murmuré sin convicción.
- ¿Cómo?
No pude contestarle porque me vinieron los espasmos del
orgasmo. Al instante noté como mi vagina se inundaba de semen. Me acababa de
estrenar con un glorioso orgasmo simultáneo. Quince segundos después Luiscar
seguía vertiendo borbotones dentro de mí, era algo increíble.
Nos vestimos en silencio; tenía toda la parte del pubis
empapada de semen y fluidos. Menos mal que llevaba en el bolso una compresa de
emergencia, porque el también empapado tanga poco podría hacer.
Antes de salir a la calle me abracé a mi amante.
- Luiscar… cariño. – estaba llorando sin poderlo evitar, pero
no de pena, sino de alegría. Por fin había perdido la virginidad. Y había sido
maravilloso.
Antes de salir del portal intercambiamos números de teléfono
y luego cada cual tiró por su camino. Conseguí encontrar un taxi que me llevara
a casa. Había apuntado mentalmente el lugar de mi primer polvo: Calle Bilbao, 7.
Cuando fuera una abuelita menopáusica iría a poner cirios al santuario donde
perdí la virginidad.