ALMENDROS EN FLOR
MÁRTIRES GAYS
Cuando estuve haciendo mi tesis de
filología en lengua árabe, tuve que pasar encerrado muchos días en las
principales bibliotecas que en el sur de España contienen maravillosos libros de
poetas, filólogos y sabios, que en esta lengua nos legaron su sabiduría durante
los muchos años que vivieron entre nosotros.
Pero de lo que voy a escribir hoy no es de ninguno de ellos,
lo haré en otra ocasión porque en la literatura gay que nos dejaron, que es la
que me interesa, hay escritos verdaderos tesoros.
No sé si por equivocación del archivador encontré, buscando
incunables musulmanes en la Universidad de Granada, un pergamino muy antiguo, no
era un libro como lo entendemos actualmente, sino un rollo de hojas de papiro
que había que tener verdadero cuidado no estropear al desenrollar e intentar
leer y que por su escritura jeroglífica me pareció más originario de zonas
próximas al sol naciente que al oriente medio.
Tuve la suerte que en aquellos días, según me dijo el
bibliotecario al que enseñé lo encontrado, quien tuvo la amabilidad de
presentármele, estaba estudiando en el mismo centro un sabio japonés, que aceptó
dedicarme algo de su tiempo. No pudo darme todo el necesario para descifrar a la
perfección el manuscrito, pero robando horas a su estudio, me lo tradujo de
manera que me fue posible entenderlo.
Quedé maravillado de la historia que contaba. Intentaré
narrarla buscando palabras propias que os puedan conmover como me lo hizo a mí.
Describe la muerte en una remota antigüedad de unos mártires
de la homosexualidad, adolescentes, que se opusieron al poderoso y desafiaron su
enojo por defender el mutuo amor que sentían brotaba incipiente en su interior.
Se desarrolla durante el reinado del emperador Gosai,
lo que sitúa la historia en el siglo IV antes de J.C., en una de las
islas del archipiélago japonés de de las Kiw-Siw, de nombre Hundo.
He buscado su emplazamiento y comprobado no es de las islas
más grandes ni de tampoco de las pequeñas. Tiene, como la mayoría de sus
hermanas, un monte cónico en el centro, considerado sagrado por sus habitantes,
de nombre Akido, donde hace milenios, un volcán vomitaba fuego,
lava y piedras, que amontonadas sobre el lecho marino, dio origen a la
existencia de la isla.
Me fue posible vislumbrar fotografías actuales del enorme
cráter, ahora apagado y de las verdes laderas del Akido, trazadas
en perfectos escalones, donde feraces y muy cuidadas tierras de labrantío se
extienden hasta las orillas de un mar azul, produciendo todas las numerosas,
desconocidas y sabrosas especies vegetales del oriente.
En las coralinas orillas de ese océano azulado que la rodea,
rico en especies marinas comestibles, muchos barquichuelos de madera y junco,
recogen actualmente, todos los días, una gran cosecha de pescado que
posteriormente se vende y distribuye por la isla.
Leo también algo de su historia y costumbres.
"Los habitantes de la isla de Hundo,
como la mayoría del resto del Japón estaban divididos, en aquella época, en dos
castas, los samuráis, nobles, ricos descendientes de guerreros y
poseedores de las tierras y los somanes o gente común. Estos estaban
totalmente sometidos al dictado de los primeros, que les dirigen, explotan y a
los que deben total obediencia. Los somanes no sufrían grandes hambres o
penalidades porque lo que producía la isla y lo que les proporcionaba el mar,
era suficiente para su alimentación y para pagar los impuestos que deben hacer a
su casta dirigente, pero sí sufren su tiranía".
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La Fiesta de la Primavera
era y sigue siendo una de las principales celebraciones del Japón. Coincide con
la máxima floración de los árboles frutales, cuando alcanzan su plenitud y la
naturaleza les viste de multicolores y bellas flores. El almendro, el árbol más
bello de los que crecen en este lugar del mundo y que más atención suscita, se
cubre en esta época, cuando los fríos y helados días desaparecen y el sol
calienta las tierras de labrantío, de las más blancas y maravillosas flores que
un ser humano pueda admirar. Se le elige en todo el imperio, por su belleza,
como imagen representativa de esta celebración.
Los almendros son venerados en todo el archipiélago japonés
porque para los campesinos son los que señalan la magnanimidad de sus dioses
para con los hombres que trabajan y viven del campo. El año que aparecen muy
florecidos y adornados de hermosos capullos, significa que las divinidades están
satisfechas y bendecirán las tierras cultivables con sus dones, para obtener
frutos abundantes y sabrosos.
Los festejos de los que viven de la tierra, aclamando la
marcha del crudo invierno y la llegada del buen tiempo, se desarrollaban en
todos los rincones campesinos del archipiélago. Elegían como mejor lugar de
celebración donde la naturaleza mostrase su mayor pujanza y belleza y ésta
coincidía siempre con la existencia de una concentración de almendros en plena
floración.
En la isla de Hundo donde más los había era en
las laderas de la montaña Akido, las que estaban orientadas al
sur, donde recibían más calor del sol. En ordenados peldaños, perfectos
escalones y alineados parterres, la rica tierra se había mezclado con la lava
que el viejo volcán depositó durante siglos y generaciones de campesinos,
plantaron, podaron, cuidaron y recogieron las mejores almendras que se pudieran
encontrar en todo el Japón y que siempre estaban presentes en la mesa del
palacio imperial de Tokio, donde las enviaban, en cuanto se recogía la cosecha.
Los almendros de estas laderas, cuando mostraban sus bellas
flores, tenían fama de ser los mejores de toda la región septentrional de Japón
y acudían a contemplarlos todos los años durante la Fiesta de la Primavera, el
propio mandatario, los principales samurais y gente noble de los
alrededores, acompañados de vistosos séquitos, formados por guerreros a sus
órdenes, cuidadores de su seguridad y de multitud de servidores para atenderles,
así como en algunos casos de su familia y principales concubinas.
Una gran explanada, al acabar la ladera, permanecía reservada
para poder celebrar la fiesta. Estaba prohibido sembrar en ella, permitiendo
sólo crecer la hierba, que se aprovechaba como pasto comunal, después de
terminada la fiesta. Allí se montaban las tiendas donde los principales de la
isla e invitados forasteros, gozarían de la vista de la ladera blanca de flores
y del resto de festejos en honor de la llegada del buen tiempo y de los dioses
de la fecundidad.
En una zona anexa, separados por una valla de seguridad
cuidada por guerreros armados, todos los campesinos de la región participaban en
los ritos religiosos que daban las gracias a sus dioses por lo florido de los
almendros que les auguraba una buena cosecha, mientras gozaban de unos alegres
festejos anunciadores que, el tiempo del frío se había alejado, y era el momento
de sembrar sus tierras con el resto de las especies vegetales que se cultivaban
en el Japón.
En la isla de Hundo, como en todas las
importantes del imperio japonés, la máxima autoridad estaba representada por el
sakuy elegido por el emperador, representante de su dios en la
tierra, al que se le debía total sumisión, como la correspondiente a alguien que
tiene autoridad, por concesión divina, sobre la vida y la muerte de todos sus
súbditos. Lo hacían entre la casta dirigente de los samuráis y
quien por representación y delegación suya, se le debía obedecer y pagar los
impuestos que después obligatoriamente haría llegar a la capital del reino.
El sakuy de esta isla vivía en un palacio de la
capital, situada en la orilla más cercana a Tokio, donde habitaba el dios del
Sol Naciente, hacia sido construido varios siglos antes para ser habitado por
quien ostentase el mando de ella. En los tiempos en que sucedió lo que narraba
el manuscrito, se llamaba Okwezi, era un samurai que se había
distinguido durante las guerras en defensa de Dubai, su emperador
y éste lo había pagado con su nombramiento.
En este inicio de primavera, cuando comienza nuestra
historia, los almendros de la montaña Akido estaban en todo su
apogeo floral. Los miles plantados en sus laderas habían florecido
y se mostraban más hermosos, fuertes y poblados que nunca. Una comitiva
presidida por el sakuy, siguiendo una costumbre ancestral, se iba
a acercar hasta el monte para celebrar la Fiesta de la Primavera de ese año y
admirar la belleza que les ofrecía la naturaleza y también permitir que los
somanes pudieran dar las gracias a sus dioses por la buena cosecha que se
anunciaba.
La comitiva reunida en torno al palacio del sakuy,
con Okwezi a la cabeza, acompañado de un séquito formado
por todos los nobles de la región y los de lejanos lugares que habían sido
invitados, salió hacia las laderas de los almendros al asomar en el cielo los
primeros rayos del sol, para estar en el lugar cuando el astro rey estuviese en
su apogeo.
Abrían la marcha de la larga caravana los carruajes del
propio mandatario, tres nagg, grandes carros de viaje tirados por cuatro
parejas de fuertes y robustos mulos de carga que transportaban las tiendas, los
víveres, los vestidos y útiles necesarios para un buen desarrollo de los
festejos y tres begg o carros ligeros, arrastrados solamente por
una pareja de animales, en los que viajaban cómodamente el mismo Okwezi,
con su ayudante principal, su wakashu,
dos elegidas concubinas, el mayordomo y cuidadores personales.
Detrás seguían los más diversos vehículos, en los que
viajaban todos los nobles invitados a la fiesta y multitud de guerreros a
caballo.
Criados, guardas y campesinos andando, entonando canciones,
marchaban tras el séquito de sus dueños y señores.
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Los wakashu
eran muchachos de buenas familias que entre los 13 y 20 años pasaban a estar
bajo la protección de un prestigioso hombre mayor que les enseñaba y preparaba
para su vida de adulto, acorde al rango que exigiese su nacimiento. Aprendían
las artes de las armas tanto a caballo, como pie a tierra, con su katana
o largo sable o el pequeño puñal que llevaban en el cinto, la conversación
cortesana y nociones de la vida que llevará posteriormente, así como la
dirección de sus posesiones si las iba a heredar y otras artes necesarias para
ser un buen samurai.
El wakashu que viajaba en el séquito del
mandatario de la isla se llamaba Konín y tenía trece años cuando
fue puesto bajo su protección. Ahora alcanza los 16 años y era un muchacho muy
bello, despierto, amable y cariñoso. Fue el propio emperador Gosai
quien lo hizo. Habiéndose quedado huérfano y siendo su madre prima de la
emperatriz, consiguió fuese el propio Sol Naciente quien le buscase protector
adecuado. Fue asignado Okwezi, para enseñarle las artes, que de
joven, le habían dado fama de ser un terrible y temido guerrero samurai.
Permanece sentado en uno de los begg junto a
dos de las concubinas que su protector ha elegido para acompañarle en este
viaje. Durante los tres años de estancia bajo su protección había cumplido con
la obligación de atender y respetar a su maestro en todo lo que le solicitó, y
aprendido rápidamente todo lo que le pidió, menos en una cosa que a Okwezi
le hacía muy desgraciado.
Su preceptor se había enamorado de él perdidamente en cuanto
le vio cerca de sí y durante los tres años que llevaba bajo su custodia había
intentado se rindiera a su adoración. Le había hablado del amor, de los
sentimientos que le iban a florecer, de los deseos sexuales que le inundarían al
crecer y le contó la historia de por qué en aquella isla el amor homosexual se
llamaba duanxiu (manga cortada), era el más aceptado y el que más
representaba la entrega total, el amor puro y desinteresado del ser humano.
- Ha tomado ese nombre, que la tradición oral ha mantenido,
para señalar la sublimidad del amor entre hombres, por una acción que efectuó en
tiempos remotos, uno de los hijos del Emperador del Japón en ocasión que visitó
esta isla. Delante de todos los asistentes a la gran fiesta que habían preparado
para él, fue capaz de cortarse la manga de su maravilloso, rico y bordado
kimono, delante de todos los asistentes, por no despertar al joven que le
acompañaba, que se había quedado dormido sobre su brazo.
Tal señal de amor, viniendo de tan gran señor, caló en el
alma de los súbditos de Hundo y quedado como muestra del amor más sublime
que se puede sentir".
Cuando su maestro quiso ejecutar con él duanxiu se
defendió diciéndole.
Señor quiero cumplir con lo que me has enseñado. Deseo que en
un futuro pueda entregar mi amor a la persona de la que esté enamorado. Quiero
ser como aquel príncipe antiguo que fue capaz de sacrificarse por el ser que
amaba.
El sakuy tuvo que aceptar tan sabias palabras
del chiquillo, aunque en su fuero interno comenzó a acumular no solo amor sino
enfermizos celos hacia la persona que fuese capaz de entrar y abrir el corazón
del joven, que deseaba solo para sí.
Se decía.
- Konín debe de ser para mí solamente. Si no puedo
conseguir su amor de hombre lo haré manteniendo su respeto de wakashu y
cuando crezca le adoptaré y será amor filial el que sienta por mí. Pero que
nadie ose intentar quitarlo nunca de mi lado.
El chiquillo mientras se mece en el begg y mira
hacia la montaña que se va acercando, recuerda cuando llevaba muy poco tiempo en
el palacio e intentaba atender y sobre todo obedecer lo que su maestro le
enseñaba, como le había ordenado hiciera su madre, cuando la dejó llorosa en su
casa.
Lo único que le desagradaba de su protector, en aquellos
primeros tiempos, eran los intentos constantes de caricias y de besos con que le
premiaba cualquiera de las acciones que hiciese, siempre consideradas buenas y
merecedoras de premios en forma de besuqueos constantes o toqueteos de su cara o
cuerpo.
Pasado un tiempo entendió perfectamente lo que deseaba de él
con estos demostrados afectos, pero valiéndose de que era wakashu
y utilizando las mismas palabras que le había enseñado consiguió apartarle
físicamente.
Lo que no había conseguido evitar era su constante
vigilancia, lo que se traducía en desear que estuviese siempre en palacio y solo
saliese cuando iba en su compañía.
Mientras fue creciendo y llegó a notar que sus hormonas le
bullían nacientes e inquietas en su interior, como le habían pronosticado, mas
nadie supo que no le encaminaban a desear seres femeninos, sino a ser amado por
un chico como él, a quien pudiera entregar todo el amor, que como el volcán
tiempo atrás encendido y llameante de la montaña sagrada, nacía en su ardiente
corazón.
No había encontrado ese amor que esperaba soñando y mirando
al cielo azul durante el día y las brillantes estrellas por la noche, a la vez
que solicitaba a su dios preferido Zuyú que representaba la
juventud, la fuerza y el amor.
- Dame prontamente un chico al que amar porque un fuego
interno me quema y consume y necesito compartirlo con alguien.
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En una de las carretas,
puestas a disposición de la servidumbre de los nobles forasteros, marchaba
sentado alegre y sonriente, un chiquillo llamado Hedu-san.
Tenía catorce años y era chigo del sakuy
de la isla de Dongein más pequeña que Hundo, menos
rica e importante, que asistía a los festejos de la primavera como invitado de
honor.
Cercanas a él, sentadas en varios sacos de paja, le
acompañaban dos de las criadas jóvenes de su señor, que cuchicheaban entre sí y
que de vez en cuando le miraban, señalaban y hacían gestos burlescos.
El lento caminar de la larga columna marcada por el paso de
los animales de tiro, el polvo que levantaban tantas personas en marcha y el
calor que comenzaba a ofrecer el sol, hacían que las chicas además de frescor
para su cuerpos busquen diversión que las entretenga y se divierten lanzando
puyas a Hedu-san que las mira despreciativo.
No le importa en absoluto su opinión ni tampoco las muecas de
atrevimiento que le hacen, mediante levantamientos intencionados de sus
vestidos, enseñándole sus desnudos, rollizos y sabrosos muslos con la intención
de encenderle sexualmente y burlarse después de él, cuando notasen el
abultamiento de sus atributos sobre su corto vestido.
Ellas desconocían que solamente se le hubieran alborotado sus
genitales si fuesen chicos como él y le enseñasen lo que ellas le mostraban o
cuando dejaba volar su imaginación y soñaba encontrarse con alguien hermoso y
bello que le deslumbrase y le hiciera suspirar de pasión, del que después se
enamorara y compararía su cuerpo.
Los chigos eran también chicos que podían pasar
al servicio de un señor protector desde los 10 a los 17 años. Este debía
cuidarles, defenderles y enseñarles algo que les valiese posteriormente para
ganarse la vida. Los utilizaban como pajes, servidores o para ayuda de los
trabajos del campo. Muchos de ellos servían de solaz sexual de su dueño.
El chigo se ponía bajo esta protección por
decisión de sus propios familiares o por el anciano jefe del consejo del pueblo
que presidía los actos de justicia en el lugar y quien hacía su asignación como
pago de una deuda o protección del niño desamparado. El protector podía cederle
a otro de sus mismas condiciones, aduciendo no podía alimentarlo, aunque la
cesión tenía que ser aceptada por la autoridad.
Hedu-san Había sido transformado a chigo
cuando tenía once años. Su padre era pescador de la isla de Dongein
y se ahogó debido a una fuerte tormenta que lo arrastró a las profundidades
del mar. Su madre no lo podía alimentar porque aunque trabajó duramente, no
poseía tierras y tenía dos hijos más pequeños. Le ofreció de chigo
y por influencia del anciano del tribunal de asignación de su pueblo, le pudo
colocar en el palacio del señor de la isla.
Hasta ahora había tenido suerte, aunque su nuevo dueño era un
déspota y a veces terrible en los momentos de ira, su sexualidad solamente se
inclinaba hacia las mujeres, de las que poseía multitud de concubinas y le había
utilizado hasta entonces como criado para ayudar en los menesteres del palacio.
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Cuando llegan los
diferentes begg y calesas de los señores importantes que van a
asistir a la fiesta son acercados hasta el lugar reservado para ellos, al borde
de la pradera donde comienzan los almendros en flor, debajo de un enorme toldo
que les dé sombra.
Mientras admiran la colina floreada, casi en el mismo centro
del campo se inicia el montaje de una enorme tienda. Será en ella donde se
desarrollen los actos comunitarios más importantes, el banquete y los festejos
preparados para los nobles locales y los que les visitan en esta ocasión.
Konín, al lado de todo el séquito de Okwezi,
admira también la ladera de la montaña Akido. La vista se le nubla
ante tanta belleza, parece estuviese nevada por millones de pétalos blancos de
los floridos almendros y vuelve la cabeza para que las concubinas que permanecen
a su lado, no vean que se le han escapado dos lágrimas de sus ojos.
Siente de pronto un vértigo en su cerebro y un escalofrío en
todo su ser, como si un trozo de hielo recorriese su columna vertebral. Acaba de
ver pasar por su lado, para dirigirse hacia la zona donde se desarrolla el
montaje de la tienda principal, al chico que, desde siempre, estaba esperando en
sus sueños.
- Es bello como una flor de loto, grácil como el tallo de
un jacinto y hermoso como un icono celestial - dice su corazón que intenta
salirse de su pecho pero se contiene y disimula su turbación y no grita
llamándole locamente. Ha aprendido durante la estancia en el palacio del
sakuy, a sentir interiormente, sin que su rostro manifieste lo que su
cerebro y mente anidan.
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Va a comenzar lo que todos
esperan, el gran banquete. Ya han estado visitando los almendros, se han
conmovido con la imagen de "campo nevado" que presentaba aquella
enormidad de árboles en flor. Han rezado a los dioses, junto a sus súbditos,
dándoles gracias por las futuras cosechas que esperan feraces y retirados a la
gran tienda, se preparan a festejar mediante un banquete especial, ofrecido por
Okwezi, mientras los
somanes toman posesión de los campos
designados para ellos, para comer y bailar por su cuenta.
Después de terminado el gran festín se desarrollarán los
cánticos, bailes de grupos elegidos y el resto del espectáculo, con
malabaristas, acróbatas y recitadores, que se ha preparado para pasar un día
feliz.
Todos van tomando posición arrodillados o sentados sobre una
multitud de suaves y blandos cojines de seda bordada que hay desparramados sobre
el suelo, al lado del pequeño estrado de madera que servirá de mesa. Visten sus
mejores galas que han transportado los baúles de fuerte cuero cosido, hasta
allí. Los kimonos que lucen rivalizan en colores, dibujos, filigranas y adornos
y los samuráis portan sus largas katanas que indican
su poderío, que dejan posadas junto a ellos en la mesa.
Sabrosos manjares en bellos y adornados platos comienzan a
salir de una puerta lateral, llevados por un grupo de chicos y chicas ataviados
con cortas túnicas que dejan ver parte de su núbil cuerpo, y los van depositando
ante los comensales regresando por más.
Okwezi, que preside el festín, ocupando el centro de
la tarima, enfrente de la puerta de salida de las viandas, observa como
Konín que se sienta cinco puestos a su derecha, ha posado su mirada, muy
exaltado, sobre uno de los gráciles chiquillos que porta la comida y no está
dispuesto a retirarla hasta que éste no la cruce con él.
Sigue los movimientos del criado, sin apartar los ojos de él,
por ver su reacción cuando note la mirada de su wakashu posada en
su cuerpo y mientras siente un pinchazo en el pecho al ver la cara de arrobo que
Konín esta poniendo.
Al pronto se da cuenta que le pueden observar y se dice para
calmarse.
Es un chigo bello, dejémosle que le admire, que su
sexualidad se despierte y comience a encenderse, así me será más fácil
convencerle para que me acepte.
Pero no puede dejar de atender la nueva aparición de aquel
casi niño, que va vestido de una manera tan provocativa, dejando ver sus
hermosos muslos y el bulto de sus genitales, tapados por un solo trapo blanco,
que hasta a él mismo estaba encendiendo.
Mas esta vez se da cuenta, que aquel ser desgraciado, posaba
los ojos en su Konín, daba un pequeño traspiés que casi le hace
tirar el plato que porta en sus dos manos, porque nota que su wakashu
le está mirando con arrobo desde que ha aparecido por la puerta y que
seguidamente le sonreía con agradecimiento y aceptación.
Casi no atiende a sus invitados que le hablan a su lado y va
trasegando tazas de sake, que un solicito criado colocado detrás,
le llena cada vez que aprecia está vacía.
Unos terribles celos se están apoderando de su cerebro y le
martillean inmisericordes las sienes dejándole incapaz de atender a sus
invitados.
- Solo será para mí . . . . - dice creyendo hablaba
solo para sí.
- ¿Qué será para ti? - pregunta Sumiko Kiyouka,
sakuy de Dongein, a su derecha.
- ¡¡Ah nada !!, ¡¡ nada !!, pensaba en alto - le
sonríe y vuelve a vaciar su taza de fuerte sake
Ya han sacado a la mesa suficientes alimentos para que los
invitados puedan ir comiendo y los niños que han acercado las fuentes, descansan
ahora al lado de la puerta que da a las cocinas, a la espera de una señal del
mayordomo para retirar los platos utilizados.
Okwezi no come, solo hace beber y beber, al comprobar
que la mirada de su querido y amado Konín no se aparta de la de
aquel chigo, que se sonríen embelesados, que su wakashu
no prueba bocado y que su rostro irradia una felicidad que deseaba fuese
solamente para sí.
Los celos le cubren el cerebro, el desasosiego le invade, la
ira le inunda y no se da cuenta que comienza a balbucear inconexas palabras, que
los que están a su lado no entienden lo que habla y dejan de atenderle porque
piensan está totalmente borracho.
Se da la orden de retirar las fuentes utilizadas y en su
delirio celoso le ha parecido ver que aquel chiquillo, medio desnudo, con una
sonrisa de boca a boca, al acercarse al lugar de Konín, ha hecho
un gesto de asentimiento con su cabeza, al haberse éste tocado sus genitales,
invitándole a encontrarse sus cuerpos.
Intenta llamar a su wakashu para que se acerque
y quede sentado junto a él, pero su trabada lengua solo acierta a soltar sonidos
guturales sin ningún significado.
Siente ahogarse en su ira e intenta levantarse para que
Konín le pueda escuchar y atender y al sentirse torpe para levantarse
recoge su katana que tiene posada a su lado para ayudarse como si
de un bastón fuese y le ayude a elevarse.
Mientras realiza todos estos lentos y torpes movimientos
Hedu-san ha recogido fuentes vacías, las ha llevado hasta la cocina y
aparece por la puerta de nuevo portando una fuente llena de frutas, en la que
destaca un hermoso y colorado melocotón en sazón, que acerca y presenta a
Konín.
Es ahora cuando sucedió todo, sin que nadie fuese capaz de
participar y evitarlo.
Konín se levanta sonriente y ante todos los
asistentes lo recoge y muerde y luego se lo ofrece al chigo, que
posa la fuente que porta en le suelo, lo toma, lo besa y muerde a su vez.
Okwezi que ha presenciado la escena y que ha
conseguido levantarse, cegado por los celos y el odio hacia el atrevido criado,
desenvaina la katana y se lanza en pos de él.
No golpea con el sable, intenta ensartar, pinchar, atravesar
el cuerpo de aquel que ha osado poner los ojos en su amor, su querubín, su ángel
en la tierra, aquel que ha conseguido abrirle el pecho y llegar a su tierno
corazón.
La punta de la espada encuentra la espalda de aquella hermosa
y joven carne y la atraviesa, la horada sin piedad, pero sigue impulsada por la
fuerza de unos enfermizos celos hasta encontrar el cuerpo de Konín
que se ha levantado rápidamente y abrazado a su recién encontrado amor y la
katana se hunde también en su cuerpo, llega hasta su corazón de
adolescente, que acababa de saber lo dulce que es el amor, al que atraviesa.
Cuando cayeron ambos cuerpos exangües, ensartados por aquella
fatal estocada, se pudo ver al mordido melocotón quedar alojado entre ellos, a
la altura de sus parados corazones.
Nadie pudo hacer nada por sus vidas.
Desde entonces en Hundo el amor homosexual se
denomino longyang yu (el amor del melocotón mordido)
El pergamino no me decía que había sido de Okwezi
pero quiero pensar que al ser su wakashu puesto bajo sus
órdenes por el propio emperador, fue despojado de todos sus bienes, y
castigado por éste a morir en la horca, como solía ocurrir en aquellas lejanas
tierras por desobedecer al Dios del Sol Naciente.