El fin de la inocencia
Dos de la tarde de un domingo de verano. El sol calienta sin
piedad la tierra, resecándola y agrietándola. Las chicharras cantan, y los
perros duermen al amparo de cualquier sombra disponible. En las calles, ni un
alma: las familias están de sobremesa, o rumbearon por la mañana temprano hacia
el club para refrescarse en las piscinas.
Encaramados en la rama de un árbol, tres mocosos que recién
despuntan los doce años miran expectantes hacia la planta alta de la casa de la
casa vecina, en donde se encuentra uno de los dormitorios. Esa parte de la
construcción está protegida por un frondoso encino, y por eso la persiana está
levantada y la ventana abierta a pesar del calor.
Los muchachitos cuchichean y sofocan risitas, chistándose
cada tanto para no hacer ninguno ruido fuerte que llame la atención de la
parentela que sigue reunida en el comedor prolongando el almuerzo dominguero.
De repente, la figura de una jovencita se recorta en el hueco
del ventanal vecino, logrando que los tres fisgones se callen de golpe. La
muchacha debe rondar los veinte años, es alta y delgada, y lleva el largo
cabello rubio recogido con una hebilla. Tiene puesta una blusa ligera sin
mangas, y una falda corta que deja ver sus bellas y bien torneadas piernas. Se
mueve presurosa por la habitación, y ajena a los ojos que la siguen atentamente
abre un cajón y saca de su interior un traje de baño mínimo que deja sobre la
cama. Después se acerca a la ventana para cerrar las cortinas, y en ese momento
descubre a sus observadores.
La mueca de fastidio de la joven, seguida de las risitas de
los rapazuelos, da a entender que no es la primera vez que esto ocurre. Pero los
chicos saben que aquí termina la función, y descuentan que – como siempre - la
amoscada muchacha bajará abruptamente la persiana.
Sin embargo, esta vez eso no sucede.
Durante unos segundos la joven los mira con gesto adusto, el
que poco a poco se va distendiendo hasta iluminarse con una sonrisa pícara.
Después, la muchachita se asoma y mira hacia los costados, como para asegurarse
que nadie más ronda por allí, y entonces lleva sus manos hacia el pecho.
Los niños acallan sus risitas y se miran, extrañados por la
inesperada alteración de la rutina.
La bella rubia sonríe y despacio, muy despacio, comienza a
desprender uno a uno los botones de su blusa. Es un sensual recorrido cuesta
abajo por un camino de ojales y cuentas negras, por el que transitan las manos
de la fémina y los ojos de los mocitos.
Cuando llega al último botón, la muchacha abre lentamente la
prenda y rebela la belleza y turgencia de su busto semioculto por un sostén
negro con encajes, arrancándoles exclamaciones de asombro a los niños.
"Joder!!. Qué buen par de tetas!!".
Después, la joven hace deslizar la blusa por sus hombros.
Primero por el izquierdo. Después por el derecho. Y finalmente, por sus brazos,
hasta que cae al suelo.
Aferrados a la rama, los tres párvulos no dan crédito a sus
pupilas. Y menos aún cuando la blonda ninfa da la media vuelta, lleva sus manos
a la cintura y comienza a bajarse con la misma calma la breve falda,
deslizándola sinuosamente por sus caderas.
A medida que la prenda escurre por sus largas piernas, la
muchacha quiebra la cintura y arquea el cuerpo ofreciéndole a su jovencísimo
público la vista de su perfecto trasero, apenas tapado por una tanga negra
también adornada con finos encajes.
"Pero mira que culo, Paco!. Es mucho mejor que el de la
novia de tu hermano!!".
Cuando la pollera cae al piso la joven se incorpora, y
manteniéndose de espaldas gira la cabeza hacia la ventana. Una sonrisa sensual
baila en sus labios carnosos, y una chispa de picardía brilla en sus ojos
celestes cuando lleva sus manos a los broches del corpiño.
Maravillados, los críos observan embelesados el exclusivísimo
espectáculo que se les está ofreciendo. Los tres sienten un extraño cosquilleo
en todo el cuerpo, un calor que inflama la sangre que corre por sus venas, e
inconscientemente refriegan sus entrepiernas contra la rama sobre la que están
montados. Es la misma sensación que experimentan cuando hojean a escondidas
alguna revista de modas en la aparecen diosas paganas de ensueño, vestidas con
bañadores ínfimos que apenas cubren "esas" partes. La gran diferencia es que
esta vez la diosa no una imagen fría en papel, sino una mujer de carne y hueso
plena de vida.
La muchacha continúa con su faena exhibicionista, y son
apenas unos segundos los que necesita para desprender el sostén y dejar
completamente desnuda su angelical espalda. Después, con su mano izquierda se
quita la prenda y la sostiene por unos instantes, alejada de su cuerpo, para
finalmente dejarla caer a sus pies. Entonces, muy lentamente, comienza a darse
la vuelta.
Con las mandíbulas abiertas y los ojos como platos, los
rapazuelos esperan como en un sueño. Se han olvidado de la familia, del calor y
hasta del tiempo, el que avanza al paso que marca la rubia beldad con sus
movimientos.
Por fin, la muchacha queda de frente a la ventana. Su brazo
derecho le cubre los pechos, pero de manera tal que sólo los pezones quedan
ocultos a la vista de los púberes. Entonces entrecierra los ojos, frunce sus
deseables labios como para decir una "U" prolongada, y llevando el índice
izquierdo a la boca arroja un beso a sus espías devenidos en subyugados
admiradores. Y entonces cierra las cortinas.
Arrobados, como sumidos en un dulce letargo, los mocosos
permanecen por unos cuantos segundos montados en la rama luego que muchacha
despareciese tras el cortinado. Después, en silencio y con los corazones aún
galopando, los tres párvulos bajan uno a uno del árbol. Quizá no podrían
explicarlo con palabras, pero son vagamente conscientes que la sensual vivencia
ha echado a rodar un cambio en ellos.
Lentamente, los mocosos retoman el sendero a la casa.
Durante los primeros instantes de la caminata, los hombres
que algún día serán comentan en murmullos la agitación que sus cuerpos aún
experimentan allí por debajo de la cintura.
Pero segundos después, los niños que todavía son discuten a
viva voz para establecer a quien de ellos la rubia beldad le arrojó el beso.