La coincidencia que tuve con Violeta fué extrañamente similar
a la que me llevó a desflorar a Rosa en la arena de esa mismísima playa, dos
años antes.
Tal vez fue una extraña suma de soledades la que me hizo
descubrirme una fresca madrugada con la hermosa Violeta montada sobre mis
caderas, gozando de nuestra unión a rienda suelta. Pero no he de adelantarme.
Llegué con algunos amigos a las palapas y tendimos las
hamacas a nuestras anchas, disfrutando entre nubes de humo de mariguana y
cientos de cervezas, acompañando ocasionalmente con camarones frescos o pescado
frito, playa virgen en todo su esplendor.
A los pocos dias Violeta y yo nos encontramos en la misma
mesa y nos identificamos como amigos de amigos, luego coincidimos en algunos
paseos y comidas. Me gustaron su aire sereno y la ropa ligerísima con la que
cubria su cuerpo menudo. En un par de dias trabamos amistad, y sin haber ninguna
atracción sensual de pormedio, hicimos mancuerna en estancias y paseos, sin
contar las partidas de dominó que se prolongaban hasta la madrugada.
Finalmente fue nuestra facilidad para reir juntos la que me
hizo notar la tirantez que sentía en el vientre cuando ella estaba cerca de mí,
compartir el gozo invita a la cercanía, y para cuando caí en cuenta, estaba
prácticamente entre sus brazos.
Recuerdo que era de noche cuando ella entró en mi tienda de
campaña, cruzamos 3 palabras y de pronto algun velo que nos separaba se razgó
súbitamente, sin saber cómo empezamos a besarnos, a explorar nuestros cuerpos
mientras nos desnudábamos el uno al otro. En un instante nos hallamos totalmente
desnudos, devorando a besos cada rincon de la piel del otro.
Violeta tenía un cuerpo esbelto, sus pechos eran pequeños y
descubrí que tenían los pezones hacia adentro. Esa peculiaridad me llevó
prontamente a introducir la punta de la lengua allí en donde el pezon debería de
sobresalir y solo se hallaba un huequito. Ante el primer estímulo sus pezones se
alzaron erectos, y nos convidaron con un buen rato de placer, al dejarse lamer y
mamar sin restricción alguna.
Para tener sus senos al alcance de mi boca, ella me hizo
sentar en cuclillas y luego se sentó sobre mis piernas, rodeando mi torso con
sus muslos, apretando mi erección entre nuestros vientres y ofreciéndome ansiosa
sus pezones erectos.
La presión que sentía en el pene, atrapado entre nuestros
vientres se volvió insoportable cuando ella empezó a frotar su pubis contra mí,
en movimientos circulares. En seguida se echó hacia atrás, y ya no fué su pubis
sino los labios de su vulva los que frotaron mi erección.
En un instante me tubo cubierto con sus fluídos, frotando mi
glande entre los pétalos del capullo que florecía húmedo y rojo entre sus
muslos. Bajó la mano y quiso guiarme hacia adentro, pero la detuve un momento,
no podía dejar pasar la oportunidad de beber aquel nectar abundante antes de
mezclarlo con el mío.
La hice acostarse sobre la espalda, y ella de inmediato abrió
los muslos exponiendo su sexo. Me inqué ante ella, entre sus piernas, y recorrí
la sedosa piel inerior de los muslos con la punta de mis dedos antes de
decidirme a libar aquella miel cuyo aroma me tenía ya totalmente embriagado.
Ella me insitaba a tomarla de una buena vez, alzando el pubis hacia mí,
llamándome "tómame ya, por favor...". Finalmente me acerqué a su centro, y
separando sus labios hinchados con mis manos, hundí lentamente mi lengua en su
vagina.
El largo gemido que dejó escapar me indicó que le parecía
correcto el procedimiento, y cuando mi lengua hizo contacto con su clítoris,
ella lo celebró vivamente; "sí, sí, allí, más, más" me sugería entre jadeos.
Queriendo prolongar las sensaciones, mi lengua a penas tocaba
su sensible botoncillo, rodeaba su base, lamía los pétalos de su vulva, se
insinuaba en la vagina, y regresaba a la semilla secreta.
De pronto sentí sus manos en mi cabello, tirando hacia arriba
con urgencia. Dejándome llevar monté en ella, y empecé a frotar mi glande contra
su vulva hinchada, recorriendo toda su longitud, sin penetrarla. Esto casi la
hace enloquecer. Empujó mi pecho con sus manos y me hizo levantarme y tenderme
sobre mi espalda, montando en seguida sobre mi cadera. Tomó mi erección en su
mano y frotó frenéticamente su clítoris con mi glande hasta desencadenar el
inicio de un orgasmo.
Fué extraordinario observarla lograr el éxtasis. Justo antes
de la cúspide me guió hasta su entrada y en un solo movimiento me hizo entrar
por completo, sentándose sobre mi pene. La penetración desencadenó una serie de
contracciones rítmicas en su vagina y regó mi vientre con un chorro abundante de
flujo lechoso. Me sorprendió que en el momento de hacerme entrar en ella
comenzara a reir, y riera a carcajadas mientras alcanzaba la cúspide. Finalmente
sus sensaciones amainaron un poco y con un suspiro inmenso se recostó sobre mi
pecho, aún teniéndome profundamente insertado en ella.
La dejé reposar unos instantes antes de tomarla por las
nalgas y empezar a moverme en ella. Pronto resurgió su exitación, y con ella su
risa. Alargué mi movimiento hasta hacer un vaivén que casi me sacaba de su sexo
caliente y luego me llevava hasta lo mas adentro de su vientre. Le gustó la idea
y pronto hizo compás con mi movimiento, proyectando su cadera al sentirme entrar
y retirándola después. Mi exitación se acercó al borde del no regreso, pero
antes de dejarme correr, ella se separó de mí, y poniéndose a gatas me ofreció
su trasero, "así quiero que me llenes" dijo volteando sobre su hombro.
No me hice del rogar y de inmediato me coloqué tras ella,
separé sus nalgas con mis manos y la penetré profundamente. Mi exitación era tal
que a penas pude moverme un par de veces en ella antes de sentir la constricción
en mis testículos que indicaba el punto del no regreso. Asiéndola por las
caderas la atraje hacia mí, para entrar lo más profundamente posible antes de
que las oleadas del orgasmo me quitaran el control de mi cuerpo. El éxtasis me
envolvió en su corriente pulsante y en una larga serie de espasmos derramé mi
semen en ella.
Salí aún erecto, goteando, y de inmediato ella se volteó,
lentamente se introdujo mi miembro en la boca y empezó a succionar. La sensación
era tan intensa que el mas leve roce de su lengua era casi doloroso. Lamió la
humedad que quedaba en torno del falo ahora semi erecto, y con un suspiro de
satisfacción se acurrucó entre mis brazos.
Recuerdo que justo antes de caer dormido pensaba: "si este es
solo el primer encuentro, que interesantes vacaciones nos esperan"