SEXO EN EL QUIRÓFANO
(Dedicado a los "foreros" de "Hospital tropical")
Me era imposible apartar la mirada de aquel culo. La luz del
atardecer entrando por la ventana, permitía ver con toda nitidez las braguitas
que llevaba bajo el uniforme, su inclinación sobre el anciano resaltaba la
redondez de las formas.
En aquel momento reparé en ella.
Llevaba yo varios meses acudiendo por las tardes, al
geriátrico local, en una especie de voluntariado; Charlaba con los vejetes, les
acompañaba a dar cortos paseos y –en definitiva- les ofrecía un poco de
compañía.
No negaré que entre las cuidadoras había unas cuantas que me
ponían a tono y a las que cortejaba sutilmente con pocas esperanzas de éxito,
pero yo estaba allí por una razón totalmente altruista y además siempre he
sentido una cierta prevención ante el personal sanitario.
Paquita era nueva en la casa, de hecho era aquella su primera
guardia. Ya había cumplido los cuarenta pero su negra cabellera y sus ojos
verdes actuaron como un imán sobre mi, la promesa de insólitos placeres bajo
aquellas blancas braguitas acabaron por decidirme a un ataque organizado y no a
simples escaramuzas como solía hacer con sus compañeras.
Me acerqué solicito a ella.
-Quieres que te ayude?
Me miró agradecida.
-Si, por favor, quiero sentarle en la silla de ruedas y yo
sola no puedo. Tu eres Ricardo, verdad?,mis compañeras me han hablado de ti.
-Supongo que bien…
-Claro!,están encantadas contigo.
Su sonrisa era radiante y la voz aterciopelada.
Al levantar al anciano nuestras manos se tocaron, las noté
calidas y suaves, ninguno de los dos rehuyó el contacto que se prolongó de
manera innecesaria. Me miró con una sonrisa de inteligencia, como confirmándome
que estaba abierta a mis propuestas.
A partir de aquella tarde los abuelos quedaron en segundo
plano pues toda mi atención estaba concentrada en el "acoso y derribo" de mi
presa.
Ella colaboraba abiertamente, era verano y su ropa se redujo
a la mínima expresión: sujetador, tanga y la bata blanca reglamentaria que con
su transparencia hacía aumentar mi deseo.
Estábamos levantando de la cama a una interna y
–deliberadamente-apoyé mi endurecido paquete contra su rozagante culo, ella
empujó sus nalgas hacia mí con un ligero vaivén que logró excitarme todavía más
y mis manos aprisionaron sus pechos mientras reafirmaba mi presión sobre su
culo.
-Estas loco, no tienes ninguna consideración!
Callé y mis manos pasaron a sobar directamente sus pezones
mientras la anciana permanecía absorta, ignorando también ella nuestra
presencia.
-Está bien, vamos a levantarla y luego hablamos tu y yo.
Bajé mi mano hasta el vértice de su tanga y lo noté húmedo,
eso me convenció de su disposición a mantener una "charla" conmigo y colaboré
con ella. Llevamos a la abuela hasta la sala común.
Me hizo un gesto con la cabeza y la seguí por los desiertos
pasillos hasta el cuarto donde guardaban la ropa de cama y las toallas.
Entramos.
-Tu estás loco, los viejos se enteran de todo y cualquiera de
ellos se va de la lengua con la gobernanta!.
Mis oídos estaban sordos, así su cintura con las dos manos y
comencé a besarla en el cuello mientras a ella parecieron flaquearle las piernas
y su respiración se hizo agitada y convulsa.
Caímos sobre un montón de mantas. Los botones de la bata
saltaron sin dificultad, el cierre del sujetador resultó algo más difícil pero
valió la pena. Dos hermosos pechos, no muy grandes, pero con el valor añadido de
la marca del escueto bikini que debía usar en la playa. El contraste de las dos
zonas me excitó en demasía y mis manos y mi boca no daban abasto; ora mordía el
pezón derecho, ora el izquierdo y el que quedaba libre era masajeado con avidez
por la mano que no intentaba alcanzar la vellosa coronación de su abultado monte
de Venus.
El moño de Paquita se había deshecho con mis ansiosos embates
y los largos mechones de negro cabello ocultaban su rostro parcialmente; intenté
apartárselos pero desistí del empeño, tenía los ojos en blanco y su cabeza se
movía, convulsa, de un lado a otro.
Mi dedo índice acariciaba hacia rato su erecto clítoris y una
cercana toalla resultó providencial para apagar su agudo aullido cuando alcanzó
el orgasmo.
No debió ser suficiente porque a los pocos segundos oímos la
voz de un interno buscándonos:
-Paquita, Ricardo, donde coño estáis…..?
La escaramuza me dejó en un estado lamentable. Mientras
Paquita salía apresuradamente para atender tan intempestivas voces, yo
contemplaba desolado el lento declinar de mi prolongada erección.
No me di por vencido y considerando que la tarde era joven,
esperé una nueva oportunidad que sin duda se presentaría.
Regresé a la gran sala. Paquita se afanaba con las meriendas
y me miró apesadumbrada. Seguía con el cabello suelto y volví a excitarme
recordando la escena anterior.
Uno de los abuelos me llamó con discreción, me hizo agacharme
a su lado y me murmuró al oído:
-Ya se lo que estabais haciendo tu y la Paqui. Te voy a decir
el mejor sitio para que nadie os moleste. El quirófano!, allí no entra nadie
desde hace años y no os encontrarán. No enciendas la luz, porque se ve desde el
pasillo y follate a esa cachonda a mi salud.
-Gracias, Don Matías, no sabe lo que le agradezco el consejo.
Uno irá por usted.
Nos guiñamos un ojo con complicidad y me acerqué a Paquita
para ayudarla y comunicarle la buena noticia.
Tras la merienda, los abuelos parecieron entrar en una
especie de sopor. La tarde era calurosa, las persianas estaban bajadas y la
penumbra existente nos ayudó a llegar discretamente hasta el quirófano.
Tal como me había indicado Matías, no encendimos las luces y
en la, casi, absoluta oscuridad nos desnudamos y reiniciamos la sesión donde la
habíamos interrumpido.
Una sorpresiva y profunda mamada me hizo reafirmar mi buena
opinión sobre la capacidad amatoria de Paquita. Amante como soy de las
matemáticas más elementales, propuse (y fue aceptado), un 69 que resultó
sumamente sabroso y fructífero. Llegados a este punto, la tumefacción de su
vulva y la enorme presión en el cuerpo cavernoso de mi verga nos empujaron a la
penetración.
La mesa de un quirófano no es el lugar más adecuado para
estos menesteres pero forzamos las posturas hasta límites inconcebibles y en la
última de ellas, con Paquita a cuatro patas y yo embistiendo desaforadamente por
detrás y agarrado a sus pechos, alcanzamos un brutal orgasmo acompañado de
rugidos y alaridos propios de un parque zoológico. Caí exhausto sobre ella y
cuando ya solo se oía nuestro entrecortado jadeo…una atronadora salva de
aplausos resonó tras la cristalera del quirófano.
Aguzando la vista pudimos ver a Matías y todos sus compañeros
con los ojos brillantes y la baba cayéndoles por la comisura de los labios.
Alguno, incluso, tenía la bragueta abierta y su pene semi erecto tratando de
recordar glorias pasadas.
Saludamos un tanto avergonzados y nos vestimos lentamente
mientras del otro lado todavía se escuchaban "bravos" y "que se repita".
Sorprendentemente, la dirección del centro no se enteró nunca
de aquella "perfomance" y aunque recibimos muchas solicitudes de repetición,
decidimos buscar otro local menos concurrido para las siguientes actuaciones.