MI CRUZ DE CENIZA
Capítulo 1: Preparando el viaje.
Este verano nos había sorprendido con un calor pringoso de chicharras
disfónicas. Era un Domingo a la mañana, yo seguía durmiendo boca abajo con mis
manos a la altura de la cara y mi culito en pompa. Mi kenzo de seda natural,
sutilmente acariciaba mi cuerpo desnudo con el oleaje que el aire acondicionado
(que tiraba aire caliente) provocaba en él.
Con una sonrisa perversa estampada en mi cara, soñaba mil fantasías que
permanecían en mi inconsciente jugando a romper barreras haciendo más evidente
mi proceso de morboso emputecimiento. Mojada entre las piernas y hablando
dormida mi Sr. me escuchó atento y en silencio, como un voyeur en mi sueno. Se
deleitó entrando donde ni yo misma me invito, para luego elaborar esas fantasías
en un plan maestro, al cual someterme para Su disfrute. Siempre he sido mi peor
enemiga, la más sádica y El lo sabe.
La noche anterior habíamos estado hablando sobre algunos de mis miedos sobre
la forma en que estaba viviendo mi sexualidad y mi preocupación sobre el
inexorable paso del tiempo. Me sentí hablando con una pared y de malas maneras
me fui de la cocina dejándolo a oscuras y dando por terminada la conversación.
Mientras subía la escalera sentía una amarga desilusión de mi misma como sumisa.
Estaba lejos de ser esa mujer abnegada que vivía en mis fantasías y a la cual
aspiraba como modelo. Frené en seco dando media vuelta para volver y pedirle
perdón.
El ambiente estaba espeso, siniestro y oscuro. Lo único que escuchaba era el
zumbido del motor de la heladera y un frío recorrió mi espalda mientras avanzaba
con precaución.
"Sr. mío, ruego perdone mi actitud", dije con voz temblorosa.
Sin embargo no hubo respuesta alguna, ni ruidos ni movimientos. Una
exhalación atravesó la espesura y vislumbré una mórbida brasa de cigarrillo
encendida entre Sus dedos. Allí estaba el bulto de Su cuerpo sentado, envuelto
en una nube de humo y esperando por mí. En ese momento una espina de
arrepentimiento se clavaba en mi alma y de ella, brotaba silenciosa, una gota de
sangre.
Tomé coraje mientras daba mis primeros y torpes pasos hacia El, llevándome
por delante algunas sillas y golpeándome el dedo meñique de mi pie izquierdo
contra la pata de la mesa. Maldije en mi interior mi flaqueza, mi torpeza, mi
pulsante meñique, mi dolor, mi existencia entera, pero sin dejar que mis labios
expresaran un solo quejido.
Finalmente llegué a Su lado arrodillándome a Sus pies. No sabía qué esperar.
Impávido, El terminó de fumar Su cigarrillo sin mediar palabras conmigo. Esos
segundos fueron siglos de tormento para mí.
"Sr., esta esclava Suya ha sido de lo más torpe e hiriente y se siente
muy arrepentida… No sabe como reparar esta situación y hará cualquier cosa
que Ud. le pida y considere acertada, Sr.".
El me contempló impasible, calmo, como si no le importase ese segundero que
repicaba en el fondo y que ya me aturdía. Yo sabía muy bien que El no me estaba
ignorando, mas bien todo lo contrario, estaba pensando mientras me miraba con la
expresión más enigmática que le haya visto jamás. Su boca jugaba con el humo que
a paso acelerado ascendía en formas caprichosas por la penumbra.
Cerré los ojos y pude ver mi herida abierta de amargo arrepentimiento,
desangrando llantos. Nunca imaginé ser capaz de albergar tanto dolor.
Entonces al abrir los ojos, observé que mi Sr. tomaba un trozo de ceniza de
Su ya extinguido cigarrillo, para deshacerlo entre Su pulgar y Su dedo mayor.
Luego tomó mi cabeza a la altura de la frente, y untando con Su pulgar, dibujó
una cruz de ceniza sobre ella.
- "Amén", sentenció Su rotunda voz, como martillo de juez.
Me dejo estupefacta, paralizada. Las palabras que hasta hacía segundos se
agolpaban verborrágicas y contradictorias en mi mente, cayeron rodando como
gotas de lluvia sobre un cristal de ventana.
Luego, en silencio, se puso de pie. Tomándome de la mano me incorporó y me guió
hacia la habitación en la que permanecimos toda la noche. En poco tiempo El se
durmió dejándome a solas conmigo misma marcada con Su cruz de ceniza que
permanecía como un estigma en mi frente.
¿Tendría ese símbolo un significado que yo debería desentrañar? Por el
momento la sentí como la firma de una sentencia, como si Su decisión ya hubiera
sido tomada. Hundido en Su sueño profundo, lo contemplé respirando rítmicamente
mientras Su piel de hormonas saladas se impregnaba de cebo por la humedad
ambiental de la noche. El sopor fue invadiéndome y finalmente me venció de la
mano del Sr. L. No era la primera ocasión que El me visitaba en mis sueños.
Se divertía con mi cuerpo atado con cánulas de goma a una camilla
ginecológica dentro de una caverna. Me sometía a estímulos eléctricos y
ungüentos de menta con los que pegaba electrodos sobre mi piel. Yo me estremecía
con cada golpe y vibración provocada. Al mismo tiempo pensaba cuan bien le
quedaba ese ambo blanco, los guantes y el estetoscopio colgando de Su nuca. Mi
respiración se aceleraba excitada y mis pezones se ponían erectos mientras él me
masturbaba con una vibración intensa y de baja velocidad sobre mi clítoris.
Mis labios vaginales se sentían como terciopelo adormeciéndose por la
reberverancia y mi interior comenzó a contraerse con fuerza buscando una
penetración. Sentía un fuerte espasmo rítmico sobre las paredes pegadas desde
las que escurrían jugos de lo más viciosos. El estímulo cesó repentinamente
dejándome al borde de una cuasi levitación.
Mis ojos perdidos, buscaron besar la sonrisa pícara en los ojos del Sr. L que
se relamía de gusto al verme a Su merced. Luego, bajó Su mirada, con gesto de
científico loco de cabello ensortijado, para ponerse a hurgar dentro de varias
cajas metálicas. Podía percibir el tintinar varios instrumentos en su interior.
La curiosidad me llenaba de ansiedad y a la vez la situación me calentaba
muchísimo. Como Jack in the box, sacó unas largas pinzas metálicas con mango de
tijeras, me las colocó en los galopantes pezones y las entrelazó a unas
cadenitas de las cuales tensó hasta el límite. Mi respuesta instintiva fue mirar
hacia arriba.
Entonces encontré varias gruesas y oxidadas cadenas cruzando de pared a pared
con muchísimo instrumental médico de formas extrañas, como si hubieran sido
reformados por las mentes más perversas. Mas allá de estas cadenas, el techo era
de roca natural, sobre el cual se plasmaban las sombras deformes y macabras de
lo que ocurría (al mejor estilo Nosferatum). Por algunas grietas se filtraba
agua en forma de numerosas goteras, repiqueteando a ritmos alternos.
El ambiente estaba inundado con olor a sedimentos y se escuchaba el constante
roer del agua, como si estuviéramos bajo el lecho de algún río. A mi alrededor
había varios generadores eléctricos, camillas, maquinaria con aspecto antiguo y
bizarro, cables forrados de genero viejo, transformadores, bobinados,
conectores, objetos de baquelita y de vidrio delgado, dentro de los cuales
bailaban vivaces luces violetas.
Sobre una hendidura en la roca, había varios frascos conteniendo insectos de
aspectos diferentes y una pecera con animales casi antropológicos, con escamas
gruesas, garras afiladas y amenazantes lenguas bifurcadas. A mi lado había una
larga mesa de metal brillante, sobre la que el Sr. L posaba pipetas e
instrumental que yo ya no alcanzaba a descifrar.
EL Sr. L levantó un telón dividiendo mi cabeza del resto del cuerpo. De pie a
mi derecha, apoyó Su mentón con hoyuelo sobre esa división. Colocó Su mano sobre
mi pubis favoreciendo el contacto de los parches, mientras me descargaba fuertes
coletazos de corriente eléctrica que me quitaban el aire.
Disfrutaba observando mi expresión de dolor y deseo, regodeándose en apretar
botones con Sus dedos montañeses. Yo me reflejaba en Sus pupilas borrachas de
morbo. En ese momento descubrí Su canino izquierdo asomando por la comisura de
Su labio inferior (Su lado animal).
Del otro lado del telón se prendió una potente luz con la que nacieron formas
que se plasmaron sobre el género, como sombras chinas que exageraban todo. Hubo
un crujido de apertura de una puerta de madera vieja. Sonaba pesada y
chirriante, luego resonaron varios pasos, algunos murmullos, y movimientos de
muebles sobre el piso de piedra. Yo me inquieté por esas presencias de perfumes
agrios y extraños para mí.
Dos petisos, viejos y arrugados personajes como Yoda, se acercaron uno a cada
lado de mi cabeza. El Sr. L tomó un reformado espéculo de metal que se adivinaba
pavoroso. Me lo mostró, dejando en claro en sus movimientos, que lo conectaría
al impulso eléctrico. Luego se dirigió hacia el otro lado del telón para
colocarse entre mis piernas, que temblaron de terror tirando de sus ataduras
para liberarse.
Sentí como se me cerraba la garganta, y las viscosas paredes de mi vagina se
plegaban sobre si mismas intentando impedir esa entrada. Apenas apoyó ese frío
metal sobre la entrada de mi contracturada abertura, las aguas de mis ojos se
rebalsaron en copiosas lágrimas que rodaron hasta mis orejas gritando por
piedad.
Los dos Yodas me miraron fijo, y abriendo sus bocas con lenguas de fuego,
exhalaron un aliento ahumado de tabaco, hundiéndome en un estado de vigilia…
Entre lagañas pude enfocar a Mi Sr. que estaba despierto y fumando a mi lado.
Lo besé, sintiendo aún presente la sensación del amenazante espéculo del Sr. L
entre mis piernas, que no había logrado penetrarme.
Sonreí cuando recordé que hoy era Domingo, el día que visitaríamos al Sr. L.