Mis pulmones aspiran aire frenéticamente. Tengo ganas de
hacer algo y no sé el qué. No, esta vez no me he metido una raya. No puedo
relajarme. Estoy agobiada pero no puedo especificar la razón. Tampoco puedo
parar de pensar, mil ideas absurdas bombardean mi mente. Me miro en el espejo,
no me gusto. Tengo el pelo rubio, las orejas marcadas con señales de piercings
que no llevo desde que mi padre me arrancase uno sin cicatrizar. Peso diez kilos
menos. Tengo el pelo largo. No me muerdo las uñas. Y visto bien. Pero antes nada
de esto sucedía. Y creo que era más feliz. Al menos les confesé tras tres años
engañándoles que no estoy en Derecho. Estudio historia, y me cambié de
universidad. Dejé la carrera, el novio celoso y el trabajo en el corteinglés.
Ahora soy otra por dentro, pero no me reconozco. Me han quedado secuelas. Voy a
una tienda, me compro una falda a cuadros, saco las marteens…me pinto de negro
los ojos.
No consigo ser yo de nuevo. Eso de aunque la mona se vista de
seda es verdad. Entonces me desvisto, me voy a dar una ducha bien caliente.
Desnuda soy yo. Toco mi cuerpo, sigo siendo yo. Las estrías me recuerdan como
fui. Cae el agua, resbala por mis pechos… si, se excitan como yo por el ansia de
ser tocados. Dejo la esponja para pasar a las manos, y suave pero firme recorro
mis curvas…y un sobresalto me dice que estoy húmeda por dentro también. Dejo
entonces caer mi cuerpo, quedándome de rodillas, y comienza el baile solitario
de mi mano. Si, habéis podido con mi aspecto externo, pero mi cuerpo aun me
pertenece, es mi amante, y sólo a mi responde de tal modo… las piernas se
endurecen, mi espalda se curva, el agua sigue cayendo, quiero beberla. Ya no
pienso, mi brazo tiene toda la fuerza de mi cuerpo concentrada. Y no pienso en
nadie, me basta con mirarme chorrear para sentir contracciones y…caer. Ahí
estoy, mírame, tendida en el plato de la ducha, sin sentir las piernas… Dice el
psicólogo que tengo ansiedad. Yo lo llamo ansia de sentir. Y de ser libre.