C O M P R A D E U L T I M A H O R A
Esa mañana me levanté como siempre para ir al trabajo, pero
llena de bronca me senté unos minutos al borde de la cama, en silencio.
Ya llevaba unos cuantos días sin un hombre y no sabía qué
hacer. No sólo era una cuestión de cama, tampoco había logrado salir a
divertirme demasiado en los últimos meses. Maldita rutina. Pensé en aprovechar
el primer fin de semana que viniera, pero recordé que por increíble que parezca
todos tenían planes hechos de antemano: Luciana y Adrián iban a salir con un
matrimonio amigo, Aldana ya tenía planes por su cuenta para esa noche y varias
de las chicas del gimnasio y del trabajo ya se habían ido de vacaciones.
Estaba por entrar a casa a la vuelta de la oficina, cuando de
repente recordé aquel segundo encuentro con Luciana. Más bien lo que recordé fue
el terrible consolador con el que ella me había cogido por la concha, y no voy a
negarlo, me excité de sólo recordarlo. Entré a casa pensando que a lo mejor esa
sería la solución para esta clase de momentos en que no tengo a nadie, ni hombre
ni mujer, que se haga las delicias con mi cuerpo, por lo que subí a ponerme algo
más cómodo para "ir de compras".
Me quedé sin corpiño y cambié mi camisa por una remerita
verde un poco suelta pero con un gran escote redondo, debajo del cual asomaban
mis enormes tetas muy juntitas, mostrando una larga y profunda raya entre ambas.
Ya me quedaba tan corta que me dejaba un poco de pancita al descubierto. Y me
saqué la pollera del traje para reemplazarla por una blanca y larga por debajo
de las rodillas, más fresquita, y unas sandalias blancas bajitas me terminaron
de vestir. Hacía demasiado calor para dejarme las medias, y pensé en ponerme una
tanga blanca muy finita atrás (la del portaligas), pero al final me dejé la
bombacha que llevaba puesta, blanca también.
Así me decidí a salir y meterme en el primer sex shop que
encuentre, previo retiro de plata del cajero. Terminé entrando en un local
dentro de una galería por el barrio de Caballito, a eso de las diez de la noche.
Al entrar y cerrar la puerta vi un hombre de unos cuarenta y pico de años, de
aspecto joven y bronceado, que con una media sonrisa me invitó a pasar. En la
pared de mi izquierda había retratos de él con mujeres a cada lado, todos
desnudos, y por debajo había una repisita con varias cintas de video. Del otro
lado era diferente. No sé por qué, pero al ver todos esos consoladores y
vibradores y cosas de todo tipo rodeándome me enardecí en seguida. Me preguntó
qué andaba buscando y le dije que al entrar ya había respondido esa pregunta.
Pregunté por los precios de algunos consoladores de un tamaño aceptable, pero no
podía sacarle los ojos de encima a uno realmente gigante que había en una repisa
a mi derecha. Mientras hablaba calculaba qué comprar y miraba a mi alrededor
para verlos bien a todos, pero siempre volvía a fijar la vista en ese mismo. Era
demasiado grande y gordo, y me atraía profundamente, pero era muy caro también.
Al final terminé comprando uno de los primeros que vi, y después de abrir el
cartón para guardarlo en la cartera y esperar el vuelto, seguía con la vista
fija en el otro. Al despertar de mi fijación el vendedor me estaba mirando a los
ojos de manera muy elocuente.
No podíamos dejar de mirarnos, hasta que lentamente fui
sacando el consolador de mi cartera y metiéndomelo en la boca, para chuparlo
despacio de la manera más sensual que pude. Sin siquiera parpadear lo seguía
mirando mientras el deseo me hacía tragarme el consolador hasta el fondo, hasta
que el tipo no pudo aguantarse más y rodeando el mostrador corrió las cortinas y
apuró el paso hacia la puerta, cerrándola con llave.
Dejé mi consolador en la cartera de nuevo y al darme vuelta
él me agarró con las dos manos del escote, dando un fuerte tirón para abajo que
me rasgó la remera en jirones, cayendo al suelo y soltando mis blandas y
voluminosas tetas, que se balanceaban a los lados hasta detenerse, con mis dos
grandes y rosados pezones erectos. Empecé a desabrocharle la camisa con
desesperación, pero él se deshizo de su pantalón y su slip aún más rápido, y sin
darme cuenta me encontré de repente sin la pollera, con la bombacha en el suelo
(enganchada en uno de mis tobillos) y con las piernas bien separadas y mis tetas
aplastadas sobre el mostrador.
Comencé a sentir como sus manos me recorrían las dos piernas
hasta encontrarse en mi vulva, toda húmeda de excitación. Sus dedos entraban y
salían a gusto de mi concha babosa, ya medio abierta, hasta que acercó la cabeza
a mi entrepierna, engulléndose mi vulvita mientras su lengua se escondía casi
toda dentro de mi cueva llena de jugos. Así de cuclillas me la chupó despacito,
mientras yo me retorcía casi parada delante del mostrador, apretándome las gomas
y pellizcándome los pezones del gusto, disfrutándolo con los ojos cerrados y la
boca abierta. Tanto me hizo hervir, que no sin esfuerzo me separé del mostrador
y haciéndolo pararse me agaché en busca de su pija. Ahí lo vi bien por primera
vez, y sin temor a equivocarme puedo dar fe de que era mucho mejor que
cualquiera de los consoladores que él mismo vendía. Era larga y gruesa por
demás, con una cabezota grande y coloradísima, toda la berga tan dura y parada
que se cubría de pequeñas venitas. Dos grandes y rojizos testículos pendían
desde la base del enorme tronco. Duros, abultados y muy cargados de semen,
parecían a punto de explotarme en la cara.
Me arrodillé delante de él y al acercarse a mí me agarró las
tetas con las dos manos y apoyándome la tremenda pijota entre medio de ellas las
juntó de nuevo, fregándose lentamente.
Disfrutando de la generosidad y suavidad de mis desmesurados
pechos se le hinchó tanto que creo que casi le dolía. Luego de unos minutos
pensé que ya estaba lo suficientemente dura como para empezar con lo mío.
Agarrándolo de las caderas ubiqué la cabeza de su pito de
frente y lo fui acercando a mi boca abierta hasta hacerlo desaparecer,
acariciándolo con los labios y rodeándolo con la lengua. Al sentirlo alojado en
mi garganta cerré los ojos y con toda esa tremenda tranca en la boca acerqué su
cintura con ambas manos hacía mi, mientras yo avanzaba con la cabeza, entre
gorgojeos y amagues de arcadas, desesperada por comerme ese pedacito que le
quedaba afuera. Casi ahogándome me puso las manos detrás de la cabeza y
avanzando un poquito me la hizo comer toda, hasta presionarle los huevos con los
labios y pegar mi cara a su vientre. Ya habiéndolo logrado traté de ir un poco
para atrás, pero sus manos detrás de mi cabeza hicieron presión para que no me
moviera y permanecí así unos minutos mientras él parecía gozar bastante,
gimiendo y respirando como podía.
Cuando me soltó me fui para atrás abriendo la boca, para ver
como esa hermosa berga salía de ella brillante e impregnada de mi saliva, que
hacía un hilo grueso desde la punta de la cabeza hasta mis labios, y que devolví
a mi boca al comérsela de nuevo. Chupé esa tranca como si nunca lo hubiera hecho
en mi vida, despacio y disfrutando suavemente de cada centímetro que pasaba por
mis labios, de punta a punta. Fue una mamada inolvidable que casi diría la mejor
que haya hecho jamás, los dos lo sentimos a pleno. Me aparté un mechón de pelo
de la cara sin dejar de chuparlo y de vez en cuando me la sacaba para darme
golpecitos en la cara con ella o para lamerle los huevos dejando que su pija
descansara durísima sobre mi cara. Me ayudó a incorporarme un poco, y al quedar
medio agachada seguí mamándole el pito como si nada pasara mientras él me pasaba
mis propios jugos por el ano y empezaba a meterme los dedos.
Segundos después ya estaba lista para coger y nos pusimos de
costado sobre el suelo alfombrado; él se pegó detrás de mi y yo levantaba mi
pierna izquierda por encima de la suya, abriéndome completamente para recibir
ese tronco infernal.
Me di vuelta un poco para verlo, y mientras metíamos la
lengua en la boca del otro él agarraba su berga durísima y me acariciaba toda la
vulva con ella, haciéndome mojar como loca, hasta que finalmente me la metió y
de un solo envión me la hizo sentir entera, con sus huevos apretados a mi
entrepierna. Exhalé un suspiro de excitación durante el breve tiempo que la dejó
clavada dentro de mi conchita, para luego sacarla y hacerme lo mismo en el culo,
que ya estaba relajado después de la penetración en mi vagina y medio abierto
por los dedos de él. Apoyó la gran cabeza en mi esfínter y empujó sin detenerse
hasta, metiéndomela toda, centímetro a centímetro sin parar hasta que sentí sus
grandes huevos pegados a mi ano y la cabeza apretándome bien adentro el fondo
del culo. La sentía apretada como un guante y clavada en lo más profundo de mí,
y al dejármela enterrada de esa manera no pude por menos que largar un gritito
con la boca abierta. Empezó a bombear despacito y de a poco, como disfrutando de
mi agujero abierto, haciéndome sentir lo llena que me tenía y lo tirante que
estaba mi culo atravesado, repitiendo una y otra vez la sensación de gusto que
me dio al penetrarme. Seguía un ritmo muy suave que era enloquecedor del placer
y de vez en cuando lo complementaba sacándomela entera para volver a meterla
sólo hasta la cabeza o un poco más, jugando varias veces a vencer la resistencia
de mi ano hasta que estuvo abierto por completo del ancho de su pija, y la
volvió a meter para dármela un poco más rápido. Me estaba haciendo gozar como
loca y él también se la pasaba en grande entrando y saliendo de colita,
disfrutándome a sus anchas cuanto quiso, hasta que cambiamos de posición; él se
acostó boca arriba y yo me senté sobre él, ayudándolo a metérmela de nuevo hasta
que dio con mi agujero y con sólo apoyar la cabeza bastó un empujoncito para que
entre con mucha facilidad, empalándome otra vez.
Estaba ardiendo de calentura, así que me incliné un poco
sobre él poniéndole mis tetas a la altura de la cara, y enseguida su boca
encontró mi pezón para chuparlo y morderlo mientras una de sus manos me apretaba
con fuerza la otra teta y con la otra me daba unas sonoras palmadas en las
nalgas. Yo subía y bajaba eufórica, con mi culo ardiendo por su berga dentro de
mí, clavándome yo misma esa tremenda pijota que por momentos parecía endurecerse
un poco más, hasta que me agarró la cabeza y me la hizo apoyar contra su
mejilla, sin que pudiera seguir cabalgando sobre su tranca.
En ese momento me dio dos empujones fortísimos y muy
profundos que me hicieron gritar, y tras sujetarme fuertemente la sacó casi por
completo para metérmela bruscamente y bombear fuerte y rápido. En ocasiones
paraba unos segundos para meterme un dedo, además de la pija, que me ensanchaba
el culo hasta el dolor pero me hacía sentir cosas increíbles, para luego sacarlo
y seguir dándomela fuerte como antes. Mientras él me cogía de semejante manera
yo no podía parar de gritar, hasta que sacándomela del todo me hizo salir de
encima suyo para que se la chupe. El se paró, y yo de rodillas se la chupé
entera de principio a fin como si fuera la primera vez hasta que de repente me
volvió a sujetar de la cabeza con las dos manos y empezó a bombearme en la boca,
por lo que yo apreté los labios para excitarlo todavía más. Sus entradas en mi
boca eran cada vez más profundas hasta que después de gritar un par de veces me
la dejó adentro y me largo un gran chorro de semen, espeso y caliente, muy
abundante, que me llenó la boca al momento. Tragué una buena parte pero el resto
que su pija todavía me seguía dando fue demasiado, y empezó a caerse por las
comisuras de mis labios, que tomando una forma circular se movían para adelante
y para atrás para seguir chupándosela. Después de tragarme sus últimas gotas
agarré la pija por la base y empecé a lamerla por todos lados, acariciándome la
cara con ella y volviéndola a chupar, aprovechando los restos de leche mezclada
con saliva que la cubrían, hasta que él se relajó.
Pero no por eso la cosa terminó ahí. No daba señales de
abandonar y al instante vio en mis ojos el infierno que llevaba en la
entrepierna y mis súplicas silenciosas por no dejar de coger.
Sin perder tiempo, aprovechó que todavía la tenía un poco
dura y sin decirme nada yo me di vuelta y me puse en cuatro patas en el suelo,
con las piernas bien separadas. Esa sola mirada alcanzó para que los dos sepamos
lo que seguía. De la nada, sentí como los labios de mi vagina se abrían y mi
cueva se ensanchaba tanto que me dejó muda de la sensación, ahogando un grito
con los ojos y la boca abiertos. El desgraciado había ido a buscar el consolador
que yo deseaba tanto, pero que además era demasiado grande, aún para una vagina,
y ahora tenía esa terrible cabezota de silicona entrando lenta y un poco
dolorosamente en mi conchita, hasta que una vez adentro el resto se me metió
fácilmente y lo único que me dio fue una sensación estupenda. De eso disfrutaba
con una sonrisa, hasta que él lo siguió empujando dentro de mí y el consolador
desapareció entero dentro de mi feminidad cuan largo era. Mis labios vaginales
se habían cerrado sobre el consolador cuando estuvo adentro del todo y no se lo
veía desde afuera en absoluto, tenía que separarme los labios con los dedos para
verlo, aunque ya con sentirlo de esa manera tenía más que suficiente. Se sentía
hermoso y lo tenía bien atorado adentro. Fue entonces cuando creí que me moría.
Estando todavía en cuatro patas y con semejante consolador llenándome la concha,
el tipo se ubicó por encima de mí para montarme. Estaba muerta de miedo, pero
tampoco hice nada por detenerlo. Es más, deseaba con toda el alma que lo
hiciera, y lo hizo. Me puso una buena gota de saliva en el ano y empezó a
fregarme la pija sobre él, dilatándomelo de nuevo y poniéndose la tranca dura
otra vez, hasta que en unos segundos ya tenía la gorda y colorada cabezota
abriéndome el vencido esfínter y entrando en mi agujero para empalarme por
tercera vez con total impunidad. Siguió y siguió metiéndomela sin parar,
haciendo caso omiso de mis gritos y súplicas hasta hacerla tocar fondo de nuevo,
y fue ahí, al sentir las dos grandes cabezotas juntarse dentro de mí cuando no
pude contenerme más y largué un grito mezcla de miedo y placer, que lo calentó
de una manera tal que yo no hubiera creído posible. Ya estaba lista para el
mejor atraco de mi vida, entregada por completo a su voluntad y a su tremendo
pito dominador, que me sodomizaba sin piedad y que aún sin moverse crecía en
tamaño y dureza dentro de mí, para cogerme y reventarme el culo como a la más
puta de todas.
Se inclinó hacia delante sobre mi espalda, y agarrándome
fuertemente las tetas desde abajo, las apretó y empezó a bombearme con
violencia, despacio pero fuerte. Cada empujón se sentía terriblemente
placentero, y más todavía cuando la cabeza de la pija se acercaba a la del
consolador, haciéndome gritar de lujuria y deseo con cada envestida. Estuvo
dándomela por detrás bien duro durante varios minutos, hasta que movida por la
enorme calentura le pedí por más, más rápido y más fuerte. Sin mediar palabra me
soltó las tetas y agarrándome del pelo me la hincó tan profundo y fuerte que
pensé que me iba a desfondar, pero a él le encantaba y yo estaba gozándolo como
la puerca que soy, gimiendo fuerte y gritando todo tipo de obscenidades, con tal
de que siguiera satisfaciendo mi hambre de sexo. Mantuvo ese ritmo demoledor por
algunos minutos, después de los cuales el placer de ambos era impresionante.
Mis gritos y mi excitación le hicieron cogerme y disfrutarme
de esa manera, hasta que sin darnos cuenta mi ano se enrojeció demasiado y
empezó a sangrar. Segundos después empecé a sentir ese mismo placer multiplicado
varias veces, subiendo desde algún punto entre mi culo perforado sin compasión y
mi vagina llena y tirante como mi culo, placer que subió rápidamente por mi
cuerpo poniéndome las tetas muy hinchadas y los pezones parados y duros como
piedras. El corazón me latía con violencia y grité el mejor y más placentero
orgasmo de mi vida, bien intenso y brutal, nacido de la unión de la pija y el
consolador en mi entrepierna, y de la monumental cogida que me estaban dando.
Fueron varios segundos de gritar como una marrana mientras
ese placer infinito me hacía apretarme las tetas yo misma de gusto hasta el
dolor.
El bombeó en mi culo unos minutos más hasta que sin
importarle como me lo había dejado me la clavó tan profundo como pudo, y en
medio de un grito me acabó adentro, inundándome con su esperma espeso y
ardiente.
Su berga me daba pequeños empujoncitos apretándome bien el
fondo con la cabeza, mientras largos y pegajosos chorros de su crema fueron
llenando mi ano hasta que empezó a salirse de él, cayendo por mi vulva y mis
piernas temblorosas al suelo, mezclado con la sangre que salía de mi esfínter
roto ya varias veces.
Llenos de placer y muertos de cansancio nos desplomamos en el
suelo, él encima de mí, todavía con la pija dentro de mi culo y el consolador
enterrado en mi concha.
No pude recordar lo que pasó en los minutos siguientes, creo
que me desmayé o algo así.
Sólo había pasado un momento cuando me desperté, y él seguía
a mi lado. Noté que me había sacado delicadamente el consolador y al verme
despierta se levantó para empezar a vestirnos. Eran cerca de la una de la
mañana. Mientras él se vestía satisfecho y sonriente igual que yo, yo me puse la
pollera y las sandalias, pero de la remera no quedaba nada. Me dio gentilmente
la suya y se quedó con un suéter medio caluroso que tenía por ahí. Se lo
agradecí mucho, tanto eso como la gran cogida queme había dado, y al revisar la
cartera para irme vi el consolador adentro, pero no el mío, sino el que él me
había metido en la concha. Antes de que pudiera preguntar por qué, me dijo que
me lo había ganado, que me lo merecía y que me lo regalaba, esperando volver a
verme algún día. Sonriendo lo besé y le prometí que así sería, pero en mi
departamento.
Salimos juntos de la galería, le di mi dirección y teléfono y
tras despedirme de él otra vez usé lo que me quedaba de plata para tomarme un
taxi a casa, completamente satisfecha por mi compra y por la estupenda atención
al cliente.