« Oportunas Confesiones »
Melissa nunca había sido buena en los estudios. Era
lenta y poca aficionada, una adolescente sosa. Y para empeorar las cosas, su
relación con su madre y su novio iban en picada. Por una parte, ella era una
muchacha especial. Desde que había cumplido los dulces dieciséis se había dado
cuenta que su ego se fijaba sólo en cosas materiales. Por eso y muchas razones
ya no le atraía tanto su novio Eusebio, un escuálido muchacho deportista. Y
Eusebio era la sensación en el colegio, el muchacho fornido atractivo que traía
loca a todas las colegialas. Melisa había cambiado su forma de pensar, en una
más madura y fuera del irraciocinio de su naturaleza de adolescente inexperta. Y
aunque ahora ya no le interesaban tanto los muchachos, prefirió tener amistades
que no vincularan a lo sexual. Se fijó en los estudios y en las buenas
amistades, y no en las sombras burocráticas que era su grupo de amigos,
muchachas rubias y de piel blanca, altas y con tendencias poperas. Melisa pensó
que eso ya no iba con ella, y por eso se fijó en la amistad de Lucía, una niña
que era lista pero extraña, casi no tenía amigos y sobre todo, Melisa había
descubierto que era una muchacha de muy buenos sentimientos. No era tan hermosa
como Melisa, Lucía tenía lo suyo, algo casi englobado en lo único. Era de
estatura media, piel blanca y cabello negro, lacio y largo. Aunque no lo cuidaba
tanto como al castaño de Melisa, lo peinaba sencillamente con una cola de
caballo y lo aromatizaba con perfumes estéticos. Esto encantaba a Melisa, que se
la pasaba oliendo su cabello mientras acostadas juntas escuchaban música, leían
revistas y demás actividades que preferían hacer, las dos juntas. Muchos
criticaron a Melisa, ¿Por qué prefirió la amistad de, según ellos, una sombra
social? Y la verdad era que Melisa había estado ciega por mucho tiempo para no
ver a las distintas personalidades que la rodeaban, y sobre todo, a los que
valían y no la pena. Melisa dejó a su novio, sobresalió en las clases, conoció a
los amigos de Lucía con quién simpatizó muy bien y pensó, que por primera vez en
su vida, se sentía a gusto en todos los sentidos con una amistad. Ya no había
presión ni por qué presumir o dar el sí a un muchacho guapo sólo por eso, por
que es guapo. Por primera vez era como ella misma era, sin máscaras, sin nada
artificial. Y aunque Melisa renunció a los muchachos por un tiempo, no pudo
evitar fijarse en José Luis, un poeta obeso del tercer grado. Aunque era alto,
gordo y lleno de espinillas, además de ser negro y con cabellos lacios y
parados, le llamó la atención su forma de pensar. Y con todo eso, Melisa se
había transformado en una nueva personalidad. En cierto momento Melisa habló a
Lucia un Sábado por la noche, invitándola a salir. La cita era en un restaurante
de comida china, y Lucía, después de pretextar que tenía tarea o que no tenía
hambre, accedió a ir a cenar con Melisa. Esta llegó a la cita con una minifalda
de piel negra, botas del mismo estilo, un top blanco que le apretaba los senos,
dejando ver sus hombros eróticamente desnudos y sobre ellos, descansaba
sensualmente su desgrafilado cabello castaño, que contrastaba con sus ojos
azules y sus pecas. Se había retocado la cara con lápiz labial de brillo y se
había maquillado sus mejillas y alzado sus hermosas pestañas. Después de media
hora, Lucía llegó a la cita. Su cuerpo no era tan descomunal y atractivo,
normal, sin que le falte o le sobre nada. Un conjunto de mezclilla la acompañó
durante la velada, con su largo cabello negro descansando en su espalda.
Hablaron toda la noche, política, música, cultura, y llegó el tan afamado tema
del sexo.
---¿Quieres decir que eres virgen Lucía? ---Melisa acompañó
con una sonrisa amistosa su gesto de sorpresa, para no hacer sentir mal a su
amiga.
----No bueno, es que, si he estado con un hombre pero ....
---Lucía parecía incómoda.
----¿Pero? ---Melisa se inclinó hacia delante, alentándola a
hablar.
Lucía miró arriba y luego abajo, encogiéndose de hombros.
----Es que no me gustó. ---confesó.
----¿Qué fue lo que no te gustó? ¿se vino muy rápido? ¿no te
hizo gozar? ¿es eso caso? ---Lucía la miró por un largo rato, pasó de sus senos
a su boca, a sus ojos, a sus senos y de nuevo a sus ojos.
----La verdad ---tragó saliva ---no me gustan los hombres.
----Bueno algunos son muy lindos ---Melisa mordió el popote
de su soda. Notó que Lucía la contemplaba de otra manera ---ya encontrarás
alguno.
----Quiero decir que me gustan más las chicas ---Lucía apartó
la mirada, esperando la reacción de Melisa. Esta no dijo nada. Se acabó su soda
y un silencio incómodo reino entre ellas, desapareciendo la que una vez fue una
bonita conversación.
----Bueno, yo respeto tus gustos, pero Lucía...
----¿Y qué hay con José Luis? ---interrumpió Lucía tratando
de suavizar las cosas en el tenso ambiente. La confesión de Lucía había puesto
más que incómoda a Melisa, tal vez la había hecho recapacitar y cambiar su
actitud hacia ella. Tal vez debería ser menos cariñosa, pensó. Tal vez ahora se
convertiría en un hola y adiós y ya no esos tan seguidos encuentros, esas
pláticas hasta media noche por teléfono y juntas en la cama, hablando de temas
que aficionaban a Melisa pero que nada interesaban a Lucía. Pero tal vez, pensó,
que su actitud seguiría siendo la misma, tal vez mejoraría, temió Melisa.
----Oh no sé. Es un muchacho lindo ---dijo ---pero, no me
llama la atención.
----¿Por qué?
-----Sólo eso, no me llama la atención.
-----Es feo, ¿no es así?
-----Bueno, Eusebio era guapo y lo dejé.
-----Anduviste con él.
-----Ya lo dejé. Ya no me fijo en esas cosas.
-----¿O es que caso es que no te gustan los hombres? ---Lucía
parecía emocionada y agresiva ---¿o es que te gustan los feos? No lo creo, José
Luis es feo y según recuerdo me dijiste que te llamaba la atención y ahora dices
que no te gusta. ¿Los guapos? No hay problema, Eusebio se muere por ti y lo
sigues rechazando.
----Confundes las cosas. Ni Eusebio ni José Luis tienen las
cosas que tendría un hombre para fijarme en él. Hace tiempo que un hombre ya no
me llama la atención. Necesito tiempo para conocerlos a todos. Tengo toda la
vida.
Lucía la miró por largo rato. Melisa sólo pestañeó y apartó
la mirada, sintió la mirada insistente de Lucía, quién no la apartaba, mordiendo
su popote, bebiendo su soda, haciendo un desagradable gesto.
----Tal vez tú estés confundida ---Lucía pasó un dedo por la
muñeca de Melisa, después, la tomó de la mano ---déjame darte la respuesta que
necesitas ---le apretó la mano.
----Vámonos ya ---Melisa se puso de pie, asustada e incómoda
----es tarde.
Melisa pagó y se dirigió a la puerta; Lucía la siguió. Camino
a la salida del restaurante, Melisa sintió la mirada insistente de los hombres,
aquellos ojos que se fijaban en su culo, forrado de esa falda negra, haciéndolo
deseable, fijos en sus senos, ese par de hermosos bultos que los volvían locos.
Sentía esas miradas, que la quemaban por dentro, esas mentes que la imaginaban
en todos sucesos y circunstancias, y ya no le pareció excitante y agradable, si
no un feo gesto por parte de ellos. Pero había sentido la diferencia de la
mirada de Lucía. Esta era más agradable; tal vez Lucía tendría que despojarla de
dudas.
Caminaron por la ciudad, rumbo a casa de Lucía. Ahí Melisa la
despediría y tomaría un taxi. Mientras caminaban, las dos permanecían calladas,
andando a paso lento, escuchando los gritos y albures de los hombres que pasaban
en sus autos y chuleaban a la hermosa Melisa, que hacía ruido al andar con sus
sensuales botas negras de piel que vestían sus piernas, largas y bonitas. Cuando
llegaron al portal de Lucía, se despidieron sólo con un abrazo, las dos,
calladas y serias: ¿esperaban algo?
----Que tengas bonitos sueños Lucía.
----Si, gracias. Cuídate.
Melisa sonrió, dio la espalda y partió. Hubiera seguido su
camino hasta su casa, con turbios y confundidos pensamientos, pero una mano la
jaló, un cuerpo la contrajo contra el suyo y una femenina boca la besó. Una
lengua jugueteó con la suya, uniéndose en un apasionante beso. Cuando se separó,
Melisa miró confundida a Lucía, quién la tenía tomada de las manos.
----Estoy enamorada de ti Melisa ---Lucía hablaba suavemente,
como si sus palabras causaran dolor ---desde la primera vez que te vi. No sabes
lo hermoso que sentí cuando comenzaste a hablarme, sobre todo cuando nos hicimos
amigas ---le apretó las manos ---yo sé que mi amor por ti es algo como un amor
platónico, yo sé sobre tus pensamientos y tus preferencias, sólo quería que lo
supieras ---le llevó una mano a sus pechos, haciendo que Melisa sintiera el
corazón palpitante de Lucía ---que siempre te llevo aquí.
Por un momento, Melisa quedó demasiado perpleja como para
mover algún músculo.
----Yo... yo no sé que decir. ---dijo al fin.
Lucía miró su portal y después a Melisa. La miró de arriba
abajo, como un enamorado ve a su novia cuando la ve lista para salir a una cita.
Melisa no sabía que hacer, mucho menos qué decir.
----¿Quieres pasar? ---inquirió Lucía.
----Sí ---contestó Melisa ante su propio asombro.
La alcoba de Lucía era tranquila, con ese mismo olor que
caracterizaba su cabello. Melisa titubeó en la puerta, observando todo. Lucía se
desvistió y dejó ver su cuerpo, alto y delgado, con sus bragas y su brasier a la
vista, eróticamente cubriendo sus partes íntimas. Melisa caminó hasta el centro
de la habitación, donde fue desvestida y nuevamente besada por Lucía, quien la
derribó haciéndola caer en la cama, completamente desnuda, con Lucía encima,
besándola apasionadamente, haciéndola sentir esa sensación que hacía tiempo no
sentía: placer y deseo. Pero algo nuevo descubrió, un sentimiento que había
estado apagado y que Lucía, esa niña seria e inteligente, sagaz, agradable y
cariñosa había despertado: el amor.
Melisa se dejó llevar por el placer. Esa boca que la
derretía, esas manos que palpaban su piel desnuda y que esa sensación la hacía
vibrar. Esos dientes que mordían sus pezones, asombrosamente erectos. Melisa no
había experimentado placer similar, era único, incomparable con los encuentros
que había tenido con hombres. Un Orgasmo simultáneo era una pobre caricia
comparado con el placer que le hacía sentir Lucía. Y fantaseaba alucinada como
sería un orgasmo compartido con ella.
Melisa sintió dos dedos entrar en ella, casi se muere del
placer sentirlos dentro de ella. Lucía no paraba de besarle la cara y sus senos,
voluminosos sobre ese esbelto cuerpo. Lucía empezó con un ritmo que hizo gemir a
Melisa, con esos dedos dentro de ella acariciando su clítoris, rozándolo y
jugándolo. Melisa se revolcó en la cama, moviéndose violentamente con una mano
en un seno de Lucía, gimiendo como animal en celo. Se miraron a los ojos, las
dos, compartiendo emociones y sentimientos.
----Me vuelves loca ---empezó a decir Melisa mientras gemía,
sintiendo acercándose el orgasmo ---desde que te conocí me gustaste mucho Lucía,
desde la primera vez que noté tu forma de ser, tan especial y original. Me
gustaste mucho desde el principio ---Melissa pasó una mano por un brazo de Lucía
---Siempre me sentí atraída por ti, pensé al principio que era algo raro y malo
lo que me pasaba, que no debía de ser, por eso me ocultaba tras la sombra de
hombres atractivos y populares, temiendo que mis verdaderas preferencias se
notaran. Pero tú lo has hecho todo. Has despertado en mis todos esos
sentimientos y sensaciones que tengo. Pensé que estaba equivocada al sentir
esto, pero ahora contigo sé lo que es: amor. Perdóname por decírtelo ahora.
Melisa reventó en un maravilloso orgasmo. Apretó las sábanas,
abrió grande su boca para escapar los gemidos de placer que explotaban en su
sexo y salían en energía sonora por su boca. Movió las caderas de aquí allá,
sintiendo los dedos de Lucía haciendo su trabajo. Frunció el ceño, lagrimeó y
meneó la cabeza, enferma del placer. Melisa terminó y Lucía descansó, suspirando
entrecortadamente, tratando de tomar aire. Besó a Lucía con vehemencia,
mirándola a los ojos mientras pasaba una mano por su sexo.
----Me haces sentir la mujer más afortunada del mundo ---dijo
Lucía.
Esta vez Melisa fue quien arribó en Lucía. Con dos dedos en
ella y otro tentando los límites de su cabello, la curva de una mejilla, su
ombligo en su vientre plano, la forma de sus nalgas, grandes y carnosas, las dos
moviéndose en un ritmo exquisito, un compás armonioso lésbico. Lucía se vino en
los dedos de Melisa, largos y generosos, donde pasó su lengua mirándola a los
ojos, chupando sus dedos, probando su propio sabor. Melisa se recostó en la
cama, jalando a Lucía, uniéndose en un apasionante beso, como tantos que habían
fantaseado juntas, sin saberlo, que algún día esos pensamientos oportunos o no
se transformarían en una realidad, una hermosa realidad, con las dos juntas,
repartiéndose amor. Jamás Lucía se hubiera imaginado a Melisa, la hermosa y
popular niña en su cama, haciéndola vibrar y jamás Melisa se hubiera imaginado
cumplir esa fantasía tan loca y escondida que tenía con Lucía. Ambas se habían
deseado tanto, ahora ese peso se descargaba en las dos, gimiendo y besándose,
dándose con los dedos hasta tener un orgasmo más. Melisa se recostó en la cama,
mordiendo las almohadas mientras la cabeza de Lucía se hundía en su sexo,
haciéndola enloquecer con su lengua y labios. Lucía pasó su lengua por los
labios de Melisa, humedeciéndolos. Su vagina era carnosa, con ese clítoris
humedecido y tibio que gozaba de orgasmos simultáneos. Cuando terminaron, Lucía
se recostó en el regazo de Melisa, suspirando las dos, agotadas. Y mirándose a
los ojos, se besaron, pensando que algo que las hacía tan feliz y amadas, no
tenía que ser tan malo.
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