Como el relato anterior, este va dedicado a una amiga muy
especial.
Después de mi primera experiencia con Mariam, yo solo deseaba
repetir. Es más, lo necesitaba.
Cuando era estudiante del instituto, siempre me masturbaba
pensando en Mariam y sus tetas. Soñaba con meterle mi polla hasta el fondo y
correrme en su cara. Ahora que ya había cumplido parte de mi sueño, mi cuerpo me
pedía sexo, mucho sexo. Y esperaba que ella sintiera lo mismo.
Gracias a Dios la suerte estuvo de mi parte y Mariam tenía
tantas ganas de follar como yo. Nuestro segundo encuentro tuvo lugar al cabo de
tres días. Tres días que se me hicieron eternos pero que valió la pena esperar.
Mi última clase había acabado, así que me disponía a irme a
casa cuando encontré una nota en mi taquilla. Decía:
TE ESPERO EN EL VESTUARIO DE PROFESORES A LAS 18:00
No estaba firmada pero supe enseguida de quien era. Faltaba
una hora para las seis, así que maté el tiempo haciéndome una paja en los
lavabos para aguantar más con Mariam.
A la hora en punto llamé a la puerta del vestuario. Estaba un
poco nervioso y muy excitado. Tardó en abrir, quizá quería hacerse rogar un
poco. Cuando lo hizo, yo me quedé en la puerta mirándola con cara de atontado.
Llevaba lencería roja, concretamente un sujetador que perfeccionaba, si eso es
posible, sus pechos y un tanga rojo tan bonito como pequeño. En el aire flotaba
una nube de vapor porque las duchas estaban abiertas. Eso le daba un aire aún
más mágico a la situación.
- No te quedes en la puerta –me dijo ella tirándome del
brazo- que voy a coger frío.
- Estás realmente espectacular.
Ella me respondió con un beso que habría resucitado a un
muerto. Después de tres días nuestras lenguas volvieron a encontrarse. Se abrazó
a mí con fuerza y apretó sus pechos contra mi corazón. Para acabar de pegarnos
él uno al otro me agarré con mis dos manos a su culo. Tenía el culo de una mujer
veinte años más joven: duro y suave al tacto. En esa posición, ella pudo notar
perfectamente como mi polla empezaba a crecer dentro de los pantalones.
Estuvimos besándonos un rato hasta que Mariam se sentó en un
banco que había apoyado en la pared y su cara quedó a la altura de mi
cremallera. Evidentemente, yo adiviné lo que venía a continuación, de manera que
mi polla se acabó de convertir en una piedra.
Mariam me quitó los pantalones y los calzoncillos mientras y
yo me acababa de desnudar. Supongo que la imagen de tenerme delante de ella con
el miembro apuntando a su cara le gustó mucho porque soltó un suspiro y se llevó
la mano al coño. Se lo frotó con fuerza y ansía.
Yo la agarré del cuello y acerqué sus labios a mi pene. Ella
dejó a un lado su coño y se concentró en mi aparato. Empezó por hacerme una
señora paja. Me la cogío con dos manos y me ordeñó como a una vaca. También me
apretó los cojones mientras me acariciaba la zona que está entre la polla y el
ano. Eso me volvía loco.
Siguió con lo que yo deseaba: su boca. Al principio solo me
la besaba, me daba pequeños besitos alrededor del tronco. A continuación, pasó
la lengua por toda su longitud. Desde la base de mis huevos a la punta de mi
glande. Era maravilloso. Se notaba que era una verdadera experta en chupar
pollas y que, además, eso le encantaba.
Prosiguió la mamada con una demostración de garganta
profunda. Con una mano me agarró fuertemente los huevos y con el índice y el
pulgar de la otra me sujeto la base del nabo. Entonces cerró los ojos, rodeó la
punta con los labios y se la comió entera, hasta que la punta de su nariz chocó
contra mi cuerpo. En ese momento soltó un gruñido y me miró a los ojos. Tuve que
sujetarme a la pared para no desmayarme. La imagen de mi antigua profesora, mi
primera fantasía, con mi polla metida hasta la campanilla y mirándome fijamente
era espectacular.
Su boca empezó a retroceder hasta que solo le quedó dentro el
capullo. Se paró, lo succionó como si fuera un bebé con el pecho de su madre y
volvió a avanzar con decisión. Repitió este movimiento muchas veces, pero cada
vez más rápido y acompañado de gemidos ahogados por mi miembro.
Gracias a la paja que me había hecho antes, pude retrasar mi
eyaculación mucho tiempo. Eso me permitió disfrutar de la mejor mamada de mi
vida, no creo que ninguna mujer sea capaz de superarla.
Cuando parecía que ella empezaba a cansarse se acercó mi
orgasmo. Se la sacó de la boca antes de que soltara la leche y me preguntó:
- ¿Dónde quieres correrte? ¿Boca? ¿Cara? ¿Tetas?...
- En la cara –tartamudeé.
Me acabó de dar algunas pasadas y me corrí. Se me saltaron
las lágrimas del placer y solté un grito desgarrador. Todo mi cuerpo tembló
cuando un escalofrío, que empezó por mis pies, recorrió mi espalda y acabó en la
nuca. Solté más de cinco chorros de líquido blanco que impactaron directamente
en su rostro. Su cara quedó cubierta de una espesa capa de semen. Además, ella
acabó de sacar las últimas gotas y me la dejó limpia.
La ayudé a levantarse, pues no podía ver por culpa de la
leche, y la conduje al lavabo del vestuario para que se pudiera lavar. Allí se
agachó y puso la cabeza debajo del grifo. Su culo quedó en pompa y yo me volví a
excitar. Ese tanga rojo le realzaba las nalgas de una manera especial y apenas
podía taparle los labios vaginales. La tela se le metía entre ellos y se podía
ver una gota de flujo resbalando por la pierna. La muy zorra se había mojado
chupándomela.
Mientras acababa de limpiarse, me situé detrás de ella, puse
una mano en cada nalga y froté mi polla con la raja de su culo. Maria se
sorprendió un poco al principio pero no dijo nada. Siguió quitándose esperma de
la cara y apretó sus nalgas contra mí.
Cuando mi amigo el cabo volvía a animarse, me arrodillé
delante de su culo y le bajé el tanga. Un fuerte olor a coño mojado empapó la
habitación. Ahora eran varias las gotas de jugo que descendían por sus piernas.
Recogí esas gotas con mi lengua, tenían un sabor agridulce
buenísimo. Le abrí las nalgas con las manos y observé los dos agujeros que se
abrieron ante mí. No sabía con cual empezar. Por una parte, el coño estaba más
abierto y húmedo, pero por la otra, el ano estaba más cerrado y tenía un color
rosado precioso.
Me decidí por el coño. Metí mi cabeza entre sus piernas y la
lengua en su agujero delantero. Vaya sensación, nunca había metido la lengua en
una cosa tan húmeda. Me obligó a tragarme flujo en grandes cantidades. Al mismo
tiempo le pellizqué el clítoris y se volvió loca de placer. Tuvo un orgasmo
silencioso pero lo noté por el aumento de flujo y temblores.
Pasé a buscar el otro agujero: su ano. Tuve que abrírselo con
las manos porque, como ya he dicho, estaba cerradito. Como pude, le metí la
punta de mi lengua y ella empalmó el orgasmo vaginal con el anal. Casi se
derrite del gusto. Llamó a Dios, a Jesús, a la virgen María y a todos los
apóstoles.
Después de estos orgasmos, decidí que era hora de pasar a los
dedos. Así que le metí un dedo en el coño, soltó un gemido, le metí otro en el
ano, soltó otro gemido y le lamí la piel entre los dos agujeros, aulló de
placer. Pude ver como se masajeaba las tetas por encima del sujetador mientras
yo la hacía disfrutar.
- Joder… como me gustan las mamadas que haces… -dijo entre
gemido y gemido- eres… ah… buenísimo… uf.
- Pues espera a que te la meta por el culo –respondí.
- No. Por ahí no… –dijo avergonzada.
- ¿Por qué? –le pregunté metiéndole un dedo más en cada
agujero.
- Ay… que gusto… ah… es que tengo el ano… uf… sigue… no
pares… ah… lo tengo virgen.
- Bueno –reflexioné- eso tiene solución.
Ella iba a decirme algo pero no pudo porque le metí tres
dedos en el coño y en el ano. El placer fue demasiado grande para hablar. Yo ya
empezaba a notar como su ano comenzaba a dilatarse pero era insuficiente. Si no
me hubiese esperado un poco, le podría haber hecho mucho daño. Saqué mis dedos
de sus orificios y le dije:
- Necesito meterla en caliente. Vamos a la ducha.
La cogí de la mano y me la llevé a la ducha más cercana.
Allí, la cogí por los sobacos, la levanté y la apoyé contra la pared. Ella quedó
aplastada entre mi cuerpo y la pared pero no protestó, se cogió con fuerza a mi
espalda y me rodeó con sus piernas. Estábamos totalmente abrazados.
En esta posición, la penetré vaginalmente. Fue una
penetración lenta pero segura: disfrutando de cómo cada centímetro de mi polla
entraba suavemente en su agujero. De esta manera, parecía que la penetración no
iba a llegar a su fin, pero llegó y mi polla tocó fondo. Un fondo húmedo y muy
calentito. Los dos cogimos aire en ese momento porque no habíamos respirado
mientras la perforaba.
Mantuve un minuto la polla quieta, toda en su interior,
disfrutando de lo caliente que se sentía ahí dentro, antes de empezar el
mete-saca. En esta ocasión, ritmo fue mucho más relajado que en la anterior,
disfrutando de cada movimiento, de cada roce, de cada sonido de la cogida.
Cuando noté que mi polla estaba bien empapada de sus jugos se
la saqué. La puse de espaldas a mí, le agaché la cabeza y su culo quedó en
pompa. Le metí dos dedos en el ano y le dije:
- Creo que te falta un poquito de dilatación, cuando sea
capaz de meterte cuatro dedos estarás lista para perder la virginidad de este
culo tan bonito.
- Vale –respondió- pero hazlo despacio y con cuidado.
- Tranquila –le dije mientras pasaba a meterle tres dedos.
Necesitó un buen rato para que pudiera meterle el cuarto dedo
pero al fin lo consiguió e incluso fue ella la que me dijo:
- Venga, dale, que ahora creo que está listo.
Estas palabras fueron oro para mis oídos. La verdad es que
nunca he desvirgado un agujero virgen. Las mujeres con las que he follado,
siempre llegaron a mí con el rodaje hecho. Esta era la primera vez que iba a
desflorar un ano virgen y eso hizo que mi polla aumentara un poco más de tamaño.
Situé mi capullo en la entrada de su ano, puse mis manos en
sus caderas y empujé un poco, la punta resbaló sin problemas hacia el interior.
Ella suspiró y me dijo que continuara. Yo volví a empujar y entró hasta la mitad
del agujero. Ahora casi suelta un grito de dolor pero quedó ahogado porque
enseguida le llegó el placer. Para que pudiera aguantar el resto de tronco, le
metí un dedo en el coño y empujé. Entró toda y ella se mordió los labios para no
gritar. Sentí su ano apretando muy fuerte mi polla, estaba muy estrecho y me la
envolvía toda, dándome muchísimo placer.
La dejé dentro hasta que noté que su ano se había dilatado y
acostumbrado al tamaño de mi polla. Entonces empecé a retirarla, con mucho
cuidado para no dañarla. El roce entre nuestras pieles nos arrancó otro grito a
los dos. La saqué entera. La volví a meter y esta vez entró de una tirada, eso
si, despacito y con cariño.
Creo que Mariam sintió como el dolor desaparecía rápidamente
y la invadía un placer totalmente desconocido para ella: el placer anal. Sus
jadeos, gemidos y gritos fueron aumentando a medida que yo aumentaba el ritmo de
la penetración.
En ese momento me acordé de sus pechos, le desabroché el
sujetador y se los agarré con fuerza. Sus pezones estaban duros como piedras.
Noté su corazón a mil por hora mientras seguía dándole por el culo. Fue una
cogida muy bonita. Estuvimos muy compenetrados, cada uno siguiendo el ritmo del
otro. Me encantaba sentir como mis huevos golpeaban contra sus duras nalgas. Era
un sonido muy excitante tanto para mí como para ella.
A medida que nuestro orgasmo se fue acercando, fuimos
aumentando la profundidad de la cogida hasta límites increíbles. Así, cuando los
dos nos corrimos a la vez, mi semen acabó en un lugar muy profundo de su ano.
Fue un orgasmo bestial, sobretodo para ella.
Por un momento no dijo nada, solo dejó de respirar pero al
cabo de unos segundos empezaron los gritos. Eran estremecedores, como si todo el
placer de el mundo se hubiera concentrado en su cuerpo. Yo tampoco me quedé
atrás, un poco más y hubiera acabado afónico.
Cuando la retiré, un chorrito de leche se le salió del ano y
bajó por la pierna derecha hasta el suelo. Su ano estaba un poco enrojecido y no
acababa de cerrarse. Ella se irguió, me miró a los ojos y me dijo:
- Ha sido maravilloso –me dio un beso en los labios. Espero
que volvamos a repetirlo.
- Por supuesto –le contesté yo. Además, quiero que pruebes
con una polla en cada agujero de tu cuerpo.
Ella me miró con cara de asombro y sonrió.
Continuará…