JUNTAS
Desde que la perdí no puedo dejar de pensar en ella. Cada
noche, al cerrar los ojos, su rostro se dibuja en la oscuridad de mi mente y una
presión rodea mi muñeca, tirando suave, pero con insistencia.
Aquel día fuimos al cine. Al salir, una inesperada lluvia nos
pilló por sorpresa. Lejos de evitarla, caminamos por las calles en dirección a
nuestro apartamento, mientras las gotas iban empapando la ligera vestimenta
otoñal.
La gente nos miraba sorprendida bajo sus paraguas. Ya no
éramos unas niñas, sin embargo cuando estábamos juntas volvíamos a serlo.
Disfrutábamos de cada momento con la inocencia intacta, con la seguridad de
tenernos la una a la otra.
Tan patosa como siempre, cerca estuve de caer al resbalar en
un charco, pero su mano firme salió a mi encuentro, sujetándome con fuerza. Ya
no me soltó. Cogidas de la mano avanzamos bajo la tormenta, dejando a nuestro
paso más de un comentario desagradable. Nada nos afectaba. Después de toda una
vida dando rodeos, nos sentíamos, al fin, tan felices...
Entre las dos sumábamos tres divorcios, cuatro hijos y más de
cien años. Todo quedó atrás el día que decidimos compartir nuestras vidas. Pocas
personas quisieron comprendernos, pero a pesar de todo seguimos adelante.
Al llegar a casa corrimos hacia el baño. Mientras el agua
caliente iba llenando la bañera, nos despojamos de la ropa entre risas y
caricias. Nuestros cuerpos ya no tenían el esplendor de la juventud, sin embargo
eran igualmente bellos, igualmente apetecibles.
Sumergidas en el agua perfumada, era como volver al seno
materno, a aquel lugar donde ya nos hubiera gustado estar juntas, como gemelas,
como dos mitades de una misma esencia. No importaba la circunstancia o el lugar,
en todo momento teníamos la necesidad de estar unidas. El roce de una pierna,
los dedos ligeramente entrelazados, la mano escondida bajo la mesa, todo valía
con tal de sentirnos una.
Recostada sobre mi pecho, gozaba de mis húmedas caricias,
separando las piernas todo lo que le permitía la estrecha bañera, ansiosa porque
mis dedos llegaran más y más abajo. Con una mano recorría sus pechos, con la
otra me hundía en su sexo, satisfaciéndola con veneración.
Ya secas y en la cama, fue ella la que se dedicó a mí,
regalándome un placer más allá de lo corporal. Después, quedamos profundamente
dormidas, estrechamente abrazadas como cada noche.
Estas horas son el último recuerdo que guardo con claridad.
La mañana siguiente la oí muy temprano trastear en la cocina. Después se
despidió de mí con un beso. Tenía que conducir hasta el pueblo de sus padres,
que ya ancianos la necesitaban para realizar unas gestiones. Apenas me volví
para desearle buen viaje y ella no quiso despertarme. Eso fue todo.
Mientras me preparaba el desayuno recibí la noticia. Se había
salido de la carretera precipitándose al vacío. Nada se pudo hacer por ella,
falleció en el acto.
Partida por el dolor, tomé el teléfono para avisar a su hija.
Entre gritos y sollozos me dijo que me mantuviera al margen, que "su familia" se
ocuparía de todo.
Desde entonces estoy ciega, muda, sorda y rota. Sobrevivo
esperando la noche, pues es entonces cuando, tendida en nuestro lecho, su
presencia se hace palpable y algo tira de mi muñeca.
Han pasado doce días y su visita va tornándose cada vez más
breve e imperceptible. Hoy, como cada noche, la espero en nuestra cama y su
rostro vuelve a dibujarse en mi mente, sin embargo, ya no sonríe, su cara
muestra ahora un profundo desconsuelo. Su voz resuena en mi interior: YA NO
PUEDO ESPERAR MÁS.
Qué tonta he sido. Ahora lo entiendo todo.
Montada en el coche sigo el camino que ella siguió aquella
noche, tomo el desvío que ella tomó y recorro la estrecha carretera de montaña
que ella recorrió. Nadie me dijo en qué punto fue. Da igual, no hace falta, ella
me está guiando. ES AHÍ. Giro el volante.
Mientras caigo, voy sintiéndola cada vez más cerca de mí, y
con una sonrisa en los labios no dejo de repetirle:
YA VOY, MIS OJOS SE CIERRAN,
YA VOY, YA SIGO LA SENDA,
YA VOY RECOGIENDO LA CUERDA
QUE HAS PRENDIDO A MI MUÑECA.