[ Inicio ] [ Novedades ] [ Top100 ] [ Relatos Hablados ] [ SexShop ]
 Enlace Recomendado del día: [ Contactos Personales ]
 1,144,615 Miembros | 12,854 Autores | 54,290 Relatos | 2,178 Usuarios Online Bienvenido a TodoRelatos.com! 
TODORELATOS
RELATOS
AUTORES
PANEL / INFO
VARIOS
 
 
SEXSHOP
RELATO HABLADO

La dependienta más guarra
TODORELATOS » RELATOS » RISQUI BISNES
[ Cualquiera programa, cuándo funciona, está obsoleto ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 05 de Diciembre, 2008.
Fecha: 13-Ene-05 « Anterior | Siguiente » en Transexuales (450 de 1181)

Risqui bisnes

Vlad
Accesos: 5,290
Valoración media:
Tiempo est. lectura: [ 54 min. ]
 -   + 
Los inicios de un próspero negocio de travestís relatado por su joven empresario. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Desde que con trece años tuve mi primera erección viendo un comic de segunda mano, en el que la protagonista de una de aquellas truculentas historias era una investigadora transexual; quien, entre caso y caso, se follaba a todo tío macizo con el que se tropezaba; me han atraído morbosamente los hombres vestidos de mujeres. En la soledad adolescente de mi cama, aferrado a mi falo para no perder el rumbo, fantaseaba sobre los mil ocultos placeres que me serían revelados el día que consiguiera encontrarme con alguno de aquellos fenómenos de la naturaleza.

No obstante, siendo consciente de lo extravagante de mis preferencias sexuales, guardé celosamente mi secreto. No podía compartirlas con mis amigos y durante la adolescencia era muy difícil poder encontrar un objetivo acorde con ellas. Los años, afortunadamente para mí, fueron pasando mientras yo mataba el tiempo sacándole brillo a mi enano cabezón, tema en el que, si hubiese habido reconocimiento oficial, habría sido doctor Honoris Causa por varias universidades de ambos lados del océano.

Para satisfacer mi curiosidad, después de cumplir los dieciséis, cuando se ponía el sol cogía mi MRX, bajaba de Sant Just y me acercaba petardeando al campo del Barça, me escondía donde Dios me daba a entender y, si tenía suerte, espiaba agazapado como follaban los travestidos o como se la meneaban a una peña de gordos sebosos, para a continuación hacerme una pajilla rápida y regresar a casa. Si no tenía suerte, lo más probable era que acabase corriendo perseguido con patente hostilidad hacia mi persona por algún chulo rumano malcarado o algún cliente agresivo que no comprendía mis inclinaciones. Pero, si tenía verdadera mala suerte, delante de quien acababa corriendo era la Guardia Urbana, lo que me acojonaba bastante más, no solo por las hostias que me iban a propinar sino por las explicaciones que hubiera tenido que dar.

Sin embargo, todo esto terminó cuando hace un par de años, al terminar el primer curso en la universidad, mi familia, como premio, me regaló quinientos euros para hacerle unos arreglillos a la moto, pero yo, inmediatamente, supe que otro fin les daría. Esa misma noche, me armé de valor, y en mi moto me fui a la Campo del Barça. Había decidido que aquella sería la noche de mi bautizo.

Estuve un rato dando vueltas por ahí para tranquilizarme, hacía calor y era muy agradable sentir correr el aire sobre la MRX. La avenida era un río de luces de coches, frente a mí descendiendo las luces traseras brillaban con un rojo intenso, en la dirección contraria, ascendiendo, de un blanco cegador. A los lados se alineaban las travestís, pero era difícil adivinarlas a través de la muralla de coches estacionados que intentaban hablar con ellas.

De pronto, vi a una morenaza que estaba muy buena. Era una negra alta; lucía una cabellera larga, color azabache, que lanzaba destellos azulados bajo la fría luz de los fluorescentes urbanos; tenía unos pechos enormes y un culo prieto, rotundo, curvilíneo, delicioso y excitante. Me detuve, las manos me sudaban bajo los cubremanetas de plástico, me quité el casco y me puse a hablar con ella intentando ocultar mi nerviosismo.

¿Cómo te llamas? —le pregunté, sin saber muy bien como empezar.

Carla… —me respondió, al tiempo que me miraba sorprendida

…Esto …bueno …¿De dónde eres? —insistí, todavía planeando como encarar el tema de la contratación.

Del Brasil… ¿Y tú? —volvió a responder con una sonrisa amplia que me permitió admirar la admirable blancura de su dentadura, que parecía pintada con Tipex.

De Barcelona… Bueno, ¿Cuánto me costará pegar un polvo contigo? —me atreví a decir.

¿Es la primera vez, no? —me preguntó ella a su vez intuyendo con clarividencia que se las tenía que ver con pardillo primerizo.

—le respondí.

Você é virgem? —insistió

Sí, sí.. soy virgen

Estou excitadíssima. Passei o dia de pau duro.... Así que como me gustas te haré una rebajita. Te lo dejo en cincuenta euros — agregó.

¿Dónde podemos ir? —le pregunté

Súbeme en la moto y un par de calles más arriba hay un parque público —respondió.

Cuando llegamos allí, me dijo que aparcara la moto. Ella descabalgó, entró en el parque sin siquiera mirar si la seguía y se dirigió a unos árboles que estaban cerca. Yo empitoné la moto y con el casco en la mano la seguí.

Recuerdo vívidamente su cadencioso contoneo, como bamboleaba su poderoso culo de jugadora de rugby bajo una minifalda imposiblemente corta. Cuando llegamos, dejé el casco en el suelo, sobre la pinaza seca, y le di cincuenta euros. Ella se quitó la camiseta que llevaba puesta y la mini, quedándose tan solo con unas diminutas bragas lilas, ridículamente pequeñas sobre sus formidables cuadriceps, y unos zapatos de tacón de aguja. Pude así admirar libremente la hercúlea anatomía que mal podían disimular sus exiguas ropas. Se acercó a mí me acarició con dulzura e hizo que me quitara la camisa que llevaba. Al notar sus largas uñas pintadas de rojo deslizarse sobre mi pecho, mi polla se puso tan dura como misil balístico intercontinental.

Carla me castigaba con unos lengüetazos mínimos sobre mis tetillas, y me lamía el cuello con la devoción de una perra en celo. Yo ya estaba completamente excitado y busqué la humedad de sus labios. Ella se negó y siguió lamiéndome el pecho. Con una mano me abrió la bragueta y mi pene como un resorte se disparó hacia el exterior. Yo nunca había sabido que tenía un buen miembro, hasta que ella la cogió y me dijo:

Es como una pala excavadora —lanzando un silbido admirativo

¡O, Dios que placer! —pude responder yo únicamente, al sentir sus dedos sobre miembro, tanto tiempo anhelante de aquel tipo de contacto

Querido, você está excitado, heim?— Y sin más, se arrodilló y se la metió en la boca.

Apenas dos minutos y le tuve que avisar que me iba a correr. Se levantó y mientras ella me hacía una paja me corrí en su mano, momento que ella aprovechó para darme su lengua y morrearnos durante largo rato. Paramos al oír un ruido de cristales rotos, pero se trataba únicamente de la habitual banda de gitanos rumanos reventando una cabina telefónica en la linde del parque. Afortunadamente no nos habían visto ocultos entre los árboles.

Aún no se muy bien porqué, pero me arrodillé sobre la pinaza del parque urbano y rebusqué en su entrepierna, encontrando una serpiente negra larga y delgada. La tomé con mano temblorosa y como ella me la metí en la boca y empecé a mamársela. Carla, notando mi inexperiencia, me decía como tenía que hacerlo. Estuve bastante rato mamando aquella verga que ya no cabía en mi boca. Me levanté y la volví a besar en la boca.

¿Quieres follarme? —le pregunté

—respondió, al tiempo que sus manos se dirigieron a mi culo

Nos volvimos a fundir en un beso y, poco a poco, me dio la vuelta. Se arrodilló detrás de mí y sumergió líquidamente su tibia lengua en mi culito, hasta entonces cerrado como culo de muñeca, haciéndome intuir las bondades del paraíso. De su bolso cogió un tubo de crema y me lubricó el contorno del ano.

Ha..ha..ha...temos aqui um cabacinho...ui..vou adorar meter os dedos em seu cuzinho —dijo

Un dedo, otro, hasta que logró introducirme tres dedos a la vez. A mí me dolía, pero no decía nada tan solo cogía aire y lo soltaba muy despacio. Me pidió que se la volviera a mamar. Cuando la tuvo en su pleno apogeo me dio la vuelta de nuevo y me dijo:

Echa el cuerpo un poco hacia delante.

Puso la punta de su descomunal "rey de bastos" en mi entrada y apretó muy despacio.

¡Por la puta calavera de Caifás… me estás destrozando el culo! —aullé rabioso de dolor

Está bien, está bien, voy a parar, pero no la sacaré para se te dilate bien el esfínter —respondió

Poco a poco siguió, aunque a mí me seguía doliendo. Después de un rato que me pareció interminable, advertí como sus testículos rozaban mis nalgas. Ella me susurró al oído:

Ya la tienes toda dentro. Ahora me moveré muy despacio para no lastimarte. Quero te ver gozar, amor. Cuanto más te lo follen, más placer te dará que lo hagan y te correrás antes por el culo.

En cuestión de un par de minutos, el dolor desapareció y un placer indescriptible me llenó por completo, tanto que ya no podía parar de bramarle:

¡Fóllame! ¡Por Dios…! Me encanta tener toda tu polla dentro mi culo… No pares… ahora no pares… Más fuerte… más fuerte… mucho más fuerte.

Carla cada vez se excitaba más, clavándome sus uñas en mi espalada y dándome palmadas en mis nalgas, mientras me decía:

Goza meu amor que quero te matar de tanto gozo!

Yo estaba inmerso en un océano de placer que nunca hubiera creído que pudiese existir. Empezó a anunciarme a que se corría por lo que sus envites eran más fuertes hasta que sentí como su verga se hinchaba dentro del anillo de mi esfínter anal y ella se corría con dos o tres contracciones súbitas. Al poco me soltó y yo caí al suelo inmerso en un éxtasis místico.

Carla se sentó encima de mi camisa y me besó en la boca. Su aliento, después de haber lamido mis hemorroides era parecido al de una hiena con halitosis. Me acarició con sus largas uñas y se volvió a meter mi morcilla en su boca. Aunque mi erección fue inmediata, le dije:

Me encanta como la chupas, pero me he matado a pajas soñando que un travestí como tú me desvirgaba el culo con la dulzura con que tú lo has hecho. Esta ha sido para mí una noche perfecta.

Nos vestimos y salimos hacia la carretera. Cuando ya estaba sentado en la moto, de nuevo me besó y me dijo:

¿Quieres pasar esta noche conmigo y con dos amigas más? Vivo en un piso compartido.

¡Coño, por supuesto que sí! — le contesté.

Entonces regresa a buscarme dentro de tres horas —me ordenó.

Sacó de su bolso un consolador, y dándomelo me aconsejó:

Vete a casa, métetelo con mucha crema que el esfínter siga dilatado.

Me guardé el artilugio, arranqué la moto y me fui del lugar. Antes de remontar hacia la Diagonal me entretuve dando una vuelta por las cercanías. Inesperadamente entreví a otro mulato travestido, alto, de hombros anchos y ya sin miedo alguno, paré y me puse a conversar con ella.

¿Cómo te llamas? –le pregunté

Marcela —respondió

Marcela, ¿Cuánto quieres por un completo? —pregunté, esta vez con bastante más aplomo— ¿Eres activa? …quiero que me follen —inquirí, pues quería volver a probarlo

Sesenta euros —respondió, y al ver mi expresión de desacuerdo, añadió— É que eu cobro, dos euros por cada centimetro que eu vou enfiar no seu rabinho, paixao

Me reí de su ocurrencia, pero estuve de acuerdo. Subí a mi nueva amiga en la moto a pesar de las protestas de los amortiguadores de gas que llevaba montados. La llevé hasta el parque, tal y como había aprendido, aparqué, volví a empitonar la moto y seguí a este nuevo travestí.

Marcela era más joven que Carla, tenía un par de glúteos musculados, enjutos y fibrosos de corredora olímpica de mil quinientos metros; una espalda amplia; unas piernas robustas, con unos muslos masivos y unos gemelos abombados; el cabello teñido de rubio, o quizá fuera un peluca; y delante de ella brincaban alegremente un par de descomunales tetazas.

Nos apartamos del camino y me dijo:

Ahora dame los sesenta euros.

Le di su dinero y empezó a quitarse la poca ropa que llevaba. Se quedó con mini tanga negro con encaje, que apenas podía esconder un tremendo bulto en la entrepierna, y con unas botas negras de tacón que le llegaban por encima de la rodilla. Me arrodillé y liberé su pene de la prisión de tela. Si con Carla mi mano había temblado, ahora mi pulso era tan firme como el de un ladrón de panderetas.

Abre a boquinha… não engole ainda –sugirió ella

Así que yo me lo introduje en la boca y empecé a mamarlo. Estaba semi erecta pero de improviso se puso a cien y aquello apenas me cabía en la boca. La sopese con mis manos y pude vérsela en su máximo esplendor.

Tendría como veintiséis centímetros de largo y era grueso, muy grueso. Ella me ordenó:

Abre a boca que eu vou te dar o meu presente

Señalando que me lo metiera en la boca. Como me vio dubitativo, añadió:

Chupa meu pau!!!

Sin embargo, apenas me cabía la mitad, me rozaba en la campañilla y me vinieron arcadas, por lo que empecé a darle largos lengüetazos.

En un momento dado, flexionando los abultados músculos de sus extremidades superiores, me levantó en el aire con sus poderosos antebrazos de Popeye, me desabrochó el pantalón y al igual que Carla me afirmó que yo también iba muy bien armado. Me puso un condón y se la metió en la boca, haciéndome una mamada fascinante, pues a la vez que la chupaba, me metía una par de sus largos dedos en mi ano.

Relaxa esse rabinho, deixa eu alargar ele um pouquinho pra eu te comer bem gostoso, seu cuzinho é realmente virgem, to loquinha pra tirar o seu cabacinho.

Paró, sacó de su bolso un condón y una crema. Me lubricó el ano y me puso en posición. Sin miramientos me la metió de un solo golpe, por lo que grité como un cerdo y le supliqué que la sacara, que me dolía mucho, pero ella haciendo caso omiso de mis lamentos siguió follándome sin compasión, a la vez que me insultaba, diciéndome:

Isso puta, rebola no meu caralho, voce é meu agora, vai dar pra mim direto, quero que voce seja meu cuzinho oficial!!

El dolor poco a poco despareció y empecé a sentir de nuevo un exquisito placer, tanto que le dejé hacer todo lo que quiso, entonces preguntó:

Você agüenta meu pau?

Sí, sí, así… lléname el culo, cabrón —le respondí

Marcela me la clavaba con un ímpetu salvaje. Yo notaba como sus testículos como se estrellaban contra mis nalgas. Yo por mi parte le suplicaba:

¡Déjame saborear tu leche!

Como, quien paga, manda, cuando estaba a punto de correrse, me la sacó, me agachó y me la metió en la boca de nuevo, preguntándome:

Você quer o meu leite?

Asentí con la cabeza y, al poco, percibí en mi boca tres o cuatro borbotones espesos y caldosos de lefa grumosa, que embuché gustosamente. Seguí un buen rato mamándosela, tenía un sabor dulzón que me volvía loco.

Cuando terminé me levanté. Ella me rogó:

Me chupa os peitinhos... ¡Bésame las tetas! Eso me vuelve loca

Me abalancé como un lobo hambriento sobre aquellas suculentas esferas de cacao y con mi lengua recorrí muy despacio sus pezones, sólidos como canicas, mientras ella estrujaba los míos. Yo estaba súper salido, por lo que le dije:

¿Cuánto me costaría acostarme contigo?

Olha gatinho , o programa é 100 € e eu sou o que você quizer—me dijo.

¡Hecho! ¿Dónde vamos?

A una pensión muy discreta que está en el centro, pero luego me tienes que traer de nuevo aquí —me respondió cambiando al castellano

Montó en mi moto al estilo amazona y nos dirigimos a la pensión cruzando el tráfico y, de paso, provocando algunos accidentes cuando los conductores de los coches que adelantaba veían el rabo de mi pasajera colgando entre las piernas. Ella durante el camino no paraba de tocarme el pepino por encima del pantalón. Por suerte para ambos, llegamos en un santiamén. La pensión resultó que estaba realmente, en el centro, cerca de la calle dels Angels, en un típico callejón del casco viejo de Barcelona; de esos tan llenos de sabor, que si tuvieran techo serían una cloaca.

Al llegar, aparqué la moto y de la mano nos encaminamos al portal de un edificio algo antiguo y arruinado. Antes de entrar me pidió que le pagase. Lo hice y llamó al timbre. Pidió una habitación, la pagó, nos dieron sábanas y dos toallas, cosa que no acabé de entender. La habitación que nos tocó en suerte era una pocilga que olía a meados, pero tenía un lavabo y un bidet, pero no water, así que me dirigí al lavabo comunal a vaciar mi vejiga. La comuna parecía una piscina, el water y el lavabo estaban embozados y flotaba en este último una sustancia viscosa e irisada muy del gusto de las moscas. Cuando regresé a la habitación, puse el pasador en la puerta, Marcela me ordenó que me desvistiera y así lo hice, por su parte, ella también se quitó la ropa quedándose solo con sus botas.

Con la luz de la habitación, pude admirar su cuerpo entero y noté un cosquilleo me recorría todo el cuerpo ante aquel émulo mulato de Arnold Schwarzenegger con tetas: la larga melena teñida de rubio sobre su piel morena, una boca y labios grandes y carnosos, descomunales pechos con unas aureolas muy marcadas. Un fornido cuerpo de atleta sin un gramo grasa. Manos femeninas con largas uñas pintadas de blanco. Una cintura divina. Un culo con dos hermosas nalgas redondas de nadadora, elásticas y prestas y un rabo de impresión. Unas piernas de acero pulido, largas y depiladas, lisas como la piel de una rana con alopecia.

Extendimos las sábanas, nos lavamos y nos acostamos en la cama. De su bolso sacó algunos condones y un bote de crema. Me hizo tumbarme boca arriba y se ubicó encima de mí. Me empezó a palpar el pecho y a chuparme las tetillas y los pezones, que rápidamente se pusieron como balas. Con su lengua empezó a bajar por mi cuerpo, agarrándome la zanahoria con una mano. Le dio un par de besitos y empezó a lamerla. Yo veía todo y me ponía muy cachondo. A través de los tabiques se oían expectoraciones, jadeos y, esporádicamente, unos pedos atronadores.

Marcela por su parte me miraba a los ojos, con una mirada llena de morbosidad. Comencé a gemir, sintiendo como su lengua recorría mi falo. Me preguntó:

¿Te gusta?

Sí, me encanta… sigue… no pares…

Quero meterla na tua bunda —me dijo

¿En dónde…? —pregunté yo

En tu culo… na tua bunda— respondió.

Se retiro, cogió un condón, me lo puso y se sentó encima de mí. Yo veía como le entraba y le salía.

El movimiento de su polla, enorme y oscura como una anaconda, y como se la agarraba. Sus pechos se bamboleaban a la par. Y su lengua recorría sus labios, haciéndome volver loco de placer. Le dije que estaba a punto de correrme por lo que ella paró y se movió más despacio. Se la sacó y me mandó que se la chupara. Me incorporé y como un poseso me la metí en la boca y empecé a mamársela. Ella asió mi trabuco y también me lo lamió. Buscó su bote de lubricante KY y se puso en los dedos.

Mientras se la chupaba empezó a clavarme los dedos en el ano. Todo a la vez, yo se la chupaba, ella me la chupaba y me follaba con sus dedos. Así estuvimos un buen rato. Paramos y de su bolso sacó algo parecido a una pirámide en pequeño, pero de goma. Me hizo chapársela de nuevo y con mi culo a su entera disposición, empezó a meterme ese "juguete" que ella llamaba consolador.

Notaba con mi ano se abría y se cerraba. Y así durante un buen rato. En un momento dado, Marcela se levantó y buscó algo en su bolso, momento que yo aproveché para palparme el ano. ¡Increíble, lo tenía tan dilatado que pude meterme cuatro dedos sin dolor alguno! De nuevo me la metí en la boca mientras ella seguía con su "masaje" tan particular. Al cabo de diez minutos. Me preguntó:

¿Querido, has probado alguna vez el fist fucking?

Yo le respondí que no sabía que era eso pero que estaba dispuesto a dejarme hacer lo que fuera.

Ella se tumbó en la cama boca arriba y se puso un condón, haciéndome sentar sobre su pene, el cual penetró sin problema alguno. Mientras ella me follaba, yo le tocaba los orondos senos pellizcando sus pezones. Me di la vuelta y seguí con el mete saca. A la vez me agarraba la tranca que estaba a punto de reventar. No quería correrme, por ahora. Ella me detuvo y extrajo su rígida palanca de cambios de mi ano.

Me puso a su derecha y me dijo que siguiera comiéndole el pene. Al fin pude ver lo que buscaba en su bolso. Era un guante de látex, de los que se usan en los hospitales. Se lo colocó y me buscó el ano. Se puso más crema y empezó de nuevo a introducirme los dedos. Yo seguía mamándole la oscura y nervuda tranca y ella sollozaba de placer, hasta que en un momento me dijo:

¿Te está gustando, putinha? Ya Tienes cuatro dedos dentro del culo…

Sí, por favor, sigue —le respondí

Poco después, me comunicó:

Ya tienes los cinco dedos dentro, pero ahora debemos de cambiar de postura.

Me puso boca arriba y me colocó la almohada debajo de las nalgas, haciéndome subir y abrir las piernas. Se puso más crema y siguió metiéndome los dedos. Lo hacía muy despacio. Hasta que sentí de nuevo dolor.

¡Hostias, cómo duele! —exclamé

Respira profundamente que ya voy a hacerlo —fue su respuesta

Cogí aire y lo hizo. Me metió su mano enguantada en mi ano y volví a gritar. El dolor en pocos segundos despareció y de nuevo empecé a sentir placer. Marcela no paraba de mover su mano en mi interior.

Primero muy despacio y rítmicamente, después pisando el acelerador. La sacó y puso más aceite lubricante en mi ano, volviéndola a meter. Yo estaba en el cielo, y sin poder remediarlo y sin tocarme me corrí de la forma más feroz y bestial que conocía. Mi cuerpo empezó a tener espasmos mientras que de mi pene emergía como un surtidor toda la lefa que tenía acumulada. Cuando terminé, ella seguía con su mano en mis entrañas. Sacó el guante todo manchada de excrementos y me preguntó:

¿Te ha gustado, cielo?

Le dije que si, que me había encantando. Se puso de nuevo boca arriba y me conminó:

¡Agora, chupa a pica da Marcela!

De nuevo a su derecha me la metí en la boca con verdaderas ansias. Marcela me introdujo de nuevo la mano y se puso a follarme con ella. Me anunció que se iba por lo que aceleré mi ritmo. Esta vez expulsó algunos litros menos de esperma hirviente que, no obstante, seguía estando delicioso. Como antes estuve un rato chupándosela hasta que ella me paró. Sacó la mano de mi culo. Oí como se descorcha una botella de champán y me senté en la cama, mientras seguía acariciándola. Se levantó y se sentó en el bidet a lavarse. Cuando ella terminó, yo ocupé su sitio.

El agua me quemaba el ano pero me sentía satisfecho. Mientras estaba secándome, Marcela me dio un poco de crema hidratante para que me la esparciera en el ano. Me aconsejó que comprase más crema y que me la pusiera durante unos días. Yo le dije que quería que mi ano siguiera dilatado, pero que no sabía como hacerlo.

Antes de llevarme a donde me has encontrado, me acompañarás a un "sex shop" para decirte lo que tienes que comprar para que tu ano esté siempre listo —me dijo

En la calle y de la mano, llegamos a uno que está en la calle de l’Hospital. Entramos y dejé que ella pidiera. Pagué y salimos a la calle. Cerca de la moto nos sentamos en un banco tapizado de cagadas y paloma donde ella me explicó con paciencia como debía de utilizar los dildos y demás parfernalia, despertando el interés de un vagabundo que dormitaba la borrachera junto a nosotros. Deposité la bolsa en el maletín de la moto, arranqué y la lleve de nuevo junto al Nou Camp. Me despedí de ella con un suave beso, me dio su teléfono y quedé en volverla a llamar.

Después subí hasta donde me había encontrado a Carla y después de esperar un rato, le devolví el consolador que me había prestado y excusándome, explicándole que me habían llamado por teléfono, me despedí de ella no sin antes tomar nota también el número de teléfono. Carla me dio un apasionado morreo con lengua incluida. Sin más, me dirigí a la salida y me fui para mi casa. Me di un baño relajante y me metí en la cama con mis nuevos juguetes. Me puse lubricante y me metí un consolador.

Después de estar en mi habitación, casi sin salir, dilatándome a tope mi ano, decidí llamar a Carla. Llamé al mediodía, sobre las cuatro de la tarde. Me contestó una voz soñolienta y femenina, y pregunté por Carla. A su vez me preguntaron de parte de quien. Tras un par de minutos de espera se puso al aparato.

Perdona si te despertado o molestado —me disculpé

No pasa nada, no tiene importancia. Ya era hora de que me levantase de la cama —respondió.

Sin más entre directo al grano y le dije:

Quiero verte.

— ¿Cuándo? —me contestó ella

Hoy por supuesto —repliqué—.

¿A mi sola o con mis amigas?

Primero a ti sola y luego con quien quieras —repliqué.

Me dio la dirección. Quedamos esa misma tarde en su casa. Vivía en Les Corts, cerca de una parada de metro. Tenía que estar en su casa a las nueve en punto. Nos despedimos y colgamos.

Volví a Sant Just, allí, de nuevo en mi habitación, me puse a enredar con mis recién adquiridos juguetes. Para los dos más pequeños apenas necesitaba crema lubricante, pero con los dos mayores la cosa era diferente, pues aunque sí podía introducírmelos, tan solo me cabía la punta, y notaba que mi ano necesitaba algo de ayuda.

Me penetré con el consolador mediano, y me lo estuve metiendo y sacando durante una media hora, hasta que me corrí. Tal y como me había dicho Marcela, podía dejarlo dentro de mí, siempre que me pusiera un slip para que no se me saliera.

En la casa solo estaba nuestra sirvienta búlgara, que tenía el mismo morbo que la comunión de Tintín, por lo que decidí pasar de pellizcarle el culo, me puse el traje de baño y bajé a la piscina.

Me metí en el agua, me apoyé en el borde, y empecé de nuevo a jugar con el consolador. La sensación era maravillosa, no solo por el roce del consolador contra mi ano, sino por sentir el agua en mi esfínter. Me dije "esto lo tengo que probar, pero con una buena salchicha caliente".

Salí y me puse a tomar un poco el sol. Sin darme cuenta me dormí. Cuando desperté eran cerca de las seis. Subí a mi habitación, y me preparé para mi "misión imposible". Veréis el consolador más grande, lo apoyé en una silla y me unté el ano con gel. Me acerqué a la punta, y poco a poco empecé a metérmelo.

Despacio sin prisas. Al principio todo iba muy bien, me quedo insertado sin problemas pero al moverme el consolador no se quedaba quieto, por lo que cogí un pegamento de contacto y lo pegue a la silla. Esperé un poquito, y de nuevo me lo empecé a meter.

Ahora si que podía moverme sin problemas, el consolador estaba bien pegado y yo gozaba como un loco, tenía mis brazos libres y podía tocarme el resto de mi cuerpo sin problemas.

Después de un rato de estar follándome con el consolador, di por terminada la sesión. La silla era plegable por lo que la guarde en mi armario sin problemas. Me metí en el baño y me rapé al cero. Después me rasuré los pelos de mis partes, y me metí en el baño. La entrepierna me picaba por lo que decidí darme un poco de gel de aloe vera para calmarme el picor. Empecé a vestirme. Ya sabía que ropa me iba a poner. Me puse unos calzoncillos Calvin Klein que tienen un par de cintas traseras dejándote las nalgas sin cubrir. Un pantalón vaquero súper roto. Unas zapatillas de deporte y una camiseta un poco ajustada.

Me despedí de la sirvienta, y le dije que me iba a dar una vuelta con unos amigos y que tal vez no vendría a dormir, para que se lo dijera a mis padres. Ella respondió afirmativamente con la misma frialdad que un guardia fronterizo en el telón de acero.

Serian las siete y media, aún tenía tiempo. Me fui a casa de Quim, un amigo que no sabe nada, y le compré algo maría, porque el siempre tiene canela fina. A las ocho me dirigí hacia casa de Carla. Llegué un poco pronto, por lo que decidí darme una vuelta por el Campo del Barça. Casi en el mismo sitio vi de nuevo a Marcela. Paré la moto y me puse a hablar con ella.

¡Vaya mierda de tarde! Fíjate la hora que es y aún no he hecho nada. ¿Tú quieres hacer alguna cosa? Solo para ver si me estreno —me dijo al abordarla

Me gustaría ayudarte, pero no sé si llevo suficiente dinero —le respondí, aunque era mentira, ya que llevaba cien euros en el bolsillo

— ¿Cuánto tienes? —me preguntó.

Apenas diez euros —mentí como un bellaco

— ¿Me regalas un cigarrillo?

Sí, claro

Saqué mi paquete de Ducados y le di uno. Lo encendió y me echó el humo en la cara, diciendo:

Ven, deja ahí la moto y acompáñame.

Inmovilicé la moto y la seguí detrás de unos árboles. Me dijo:

Tengo ganas de correrme de una puta vez, llevo toda la tarde pensando en pollas y voy a cien

Por lo que ni corto ni perezoso me incliné, extraje su pollón y empecé a mamárselo con devoción mariana.

Engula tudo… põe tudo na sua boquinha —me ordenó

En un momento se puso tan duro como la cara de Aznar. Ella mostró un condón, me lo dio y yo se lo puse con la boca, un poco torpe, pero se lo puse. Me di la vuelta, me bajé el pantalón y le supliqué que me follara. En cuanto advertí su polla en mi agujero, ella se quedó sorprendida:

¡Garoto, veo que me hiciste caso! ¡Ahora si lo tienes como una verdadera putinha!

¡Dame por el culo! ¡Fóllame!... Lo necesito —le supliqué agobiado por la necesidad

Empezó a moverse rápido mientras me nalgueaba, yo gemía:

Soy tu putita. Mi culo estará abierto para ti siempre que quieras

Ella, después de casi diez minutos de joderme, también empezó a gemir. Me dijo que sé venía, por lo que me la saqué, le quité el condón y me la metí en la boca. Enseguida percibí mi boca atiborrada de semen, que tragué, relamiéndome lo que se escapaba entre las comisuras de mis labios. Ella dio por terminada la sesión.

Tengo que ponerme a trabajar —se despidió.

Me dio un beso y se despidió, diciéndome que no me olvidara de llamarla. Yo me quedé entre los árboles, arreglándome y liándome un petardo de maría.

Cuando estaba en plena fumata, la vi de nuevo en la lejanía. Estaba hablando con otra travestí. Una enorme mulatona con una peluca rubia, de formas desproporcionadas. Cerré los ojos y me desvarié unos instantes tratando de imaginar a esa otra mulata penetrándome. Debía tener una pértiga interminable colgando entre sus muslos superdesarrollados.

Miré el reloj: las ocho y veinte... aún me quedaba tiempo. A mí me gusta llegar a todos los sitios puntualmente. Seguí disfrutando del mega canuto que me había fabricado. De pronto vi como Marcela venía hacia mí acompañada por la impresionante mulata. Llegaron hasta donde yo estaba y las saludé. Marcela me pidió el porro, y se lo di. La otra se presentó:

Olá como se chama ? —me preguntó

José Antonio… —respondí

Bianca da Silva

Nos dimos un beso en la mejilla y seguimos entre los tres fumando el canuto. Preparé otro y lo encendí, pero esta vez se lo di primero a Bianca. Me miró y me guiñó un ojo. No sé porque pero mi mano sé fue a su entrepierna y empecé a tocarla por encima de la mini que llevaba. Ella se dejaba hacer, no dejaba de parlotear con Marcela y de beneficiarse el porro. Me incliné y le saqué el pistolón. Me quedé hipnotizado, aquello era enorme, monumental, inhumano… y aún no estaba en erección. Empecé a hacerle una paja. Me acarició la cabeza y sonrió al decir:

¡Esse é meu clitóris, amor ..!

No lo dudé y empecé a chupársela mientras ella chupaba el canuto con la misma fruición sobre mi cabeza. Yo estaba alucinado, su pepino se hacía más y más grande por segundos. Es difícil afirmarlo, porque quizá había pillado un ceguerón de maría que me hacía ver la realidad distorsionada, pero aquello debía de medir casi treinta centímetros. A mí, desde luego, no me cabía en la boca, por más que quisiera. Así que me deleité en comerme su cabezota, que ella sola ya era monumental. Bianca se arrimó al árbol, abrió más las negras piernas y con una mano en mi cabeza, empezó a follarme la boca.

Mientras Marcela, tocaba los pechos de la recién llegada.

Quiero follarte por el culo, a ver si es verdad lo que me ha dicho mi amiga — me dijo Bianca.

Me di la vuelta y me bajé de nuevo los pantalones, dejando a su entera disposición mis nalgas.

¡Bonito culo! Vamos a ver como es tu agujerito…

Y sin más apuntó a mi dilatado esfínter y empezó a introducírmela.

Fique bem quieto, relaxe que eu vou meter. nem adianta tentar parar que eu nao vou parar enquanto minhas bolas não tocarem sua bundinha

Le hice caso y sin esfuerzo su polla ingresó en mi ano. No del todo porque sentí como me tocaba algo por dentro. Empezó a follarme, mientras yo me sujetaba en las caderas de Marcela, musitando:

Quiero que me partas el culo

Bianca, siempre atenta a mis ruegos, me la metió toda de un golpe notando sus cojones golpearme las nalgas. Yo di un respingo y le dije que me dolía.

Qué bien putinha mía, tu pediste y yo te complací. Cuando regreses a tu casa te dolerá ese culito de zorra y te acordarás de mí –respondió ella

Pero, naturalmente, no me aparté, lo único que hice fue suplicarle que fuera un poco más despacio. También esta vez me hizo caso y siguió follándome con más lentitud. Sentía en todo mi cuerpo un placer enorme.

Aquello era el paraíso del profeta. Yo me solté de Marcela y me arqueé un poco hacia Bianca. Entonces vi como las dos se daban la lengua y se magreaban las tetas, unos senos ingentes. Se pellizcaban los pezones y se los lamían. Bianca me estaba follando sin condón. Se lo dije pero me contestó que ella estaba limpia, y yo, lo siento mucho, no deseaba sacarme aquello de mi interior. De pronto me agarró más fuerte de mis caderas.

Me voy a correr. ¡Hostias, qué bueno! —bramó a mis espaldas

Yo seguía culeando y ella no paraba de nalguearme. Cuando empecé a sentir como su rechoncho banano se hinchaba todavía más, me preparé y le supliqué:

— ¡Dame toda su leche! Quiero sentirla dentro de mí.

Se corrió, por lo menos estuvo dos minutos corriéndose sin parar mientras le devoraba la boca a su amiga. Me la sacó y me mandó que se la limpiara. De nuevo en mi boca, chupé con mucho ardor aquella tremenda manga pastelera, notando a un tiempo el sabor dulzón de su crema de leche y el amargo de mis intestinos. Noté como de mi culo salía la leche de Bianca y como resbalaba y goteaba como una catarata espesa por mis muslos.

Cuando acabé, Marcela me dio un pañuelo de papel y me limpié lo mejor que pude. Me volví a vestir y unimos los tres nuestras lenguas en un beso durante un par de minutos.

Hoy quiero follarte en una cama —me dijo Bianca— …Pero otro día no dejes de llamar a Marcela –continuó, guiñándole un ojo a su amiga

¡Yo también quiero meterte ni mano! —añadió.

Y, sin más, se fueron de allí, dejándome con un placer exquisito y con el rabo pétreo ya que aún no me había corrido. Miré el reloj y vi que solo faltaban diez minutos para las nueve. Salí de los árboles, desenlacé la moto y salí zumbando el taco hacia casa de Carla.

Estaba llamando al interfono a las nueve en punto. Ella misma me respondió y me pidió que subiera. Subí hasta el segundo piso, donde ella vivía. La puerta estaba abierta, entré y la llamé. Me contestó desde el otro extremo de la casa rogándome que entrara y me acomodase en el salón. Me senté en un sillón. La sala estaba vacía. Por fin apareció en la puerta. Estaba de escándalo. Llevaba un tanga blanco con encaje de hilo dental, con ligueros y medias, todo en color blanco. Unos zapatos de tacón de aguja también blancos, que se abrochaban con unos cintas que le llegaban hasta por debajo de las rodillas. Un sujetador que dejaba al aire sus bonitos pechos y por encima una especie de tul blanco transparente.

¡Pareces una diosa! —exclamé— ¡Estas muy bonita!

¿Te gusto? —preguntó.

Sí… y mucho.

¿Quieres beber algo?

Una birra, por favor.

Se fue hacia la cocina y oí como preparaba algo. Al rato traía en una pequeña bandeja dos vasos de birra y un cuenco con un poco de maní. Se sentó en el sofá, cruzando sus largas piernas y me dijo:

¡Ven siéntate acá!

Me levanté del sillón y me acomodé a su lado. Bebimos de nuestros respectivos vasos e hicimos un brindis.

¡Por ti! —dijo ella.

¡No por los dos! —exclamé yo.

Le ofrecí un cigarrillo y le di fuego. Yo la miraba y casi no podía creérmelo. ¡Vaya mujer que tenía a mi lado! Le acaricié el muslo que quedaba más a la vista y con un dedo le toque un pezón. Me miró y cerró los ojos. Se acercó buscando mi boca, nos besamos entrelazando nuestras lenguas. Mientras nuestros labios no paraban de besarse, nuestras manos corrían locas por nuestros cuerpos. Metía sus largas manos en mi pecho y acariciaba mis tetillas. Yo por mi parte no dejaba de tocarle por detrás de la nuca y de sobarle a conciencia la teta derecha. Poco a poco fui bajando y le mimé su entrepierna. Ella paró y me dijo:

Hum...taradinho...você me quer?

Claro —le respondí yo

Mesmo sabendo que sou boneca?

Claro

Me quitó la camiseta y empezó a chuparme con su lengua todo mi pecho. Dejé de tocarle la teta y abriendo su tul me dispuse a chuparle sus grandes pezones y a darle pequeños mordisquitos que hacían que empezara a gemir. Me cogió de la cabeza y nuevamente nos besamos.

Se levantó y dándome la mano la seguí. Llegamos a una habitación abrió la puerta, pasé y ella cerro tras de mí. Caímos a la cama abrazados y ahí desembocó todo nuestro ardor. Sentados en la cama y de frente empecé a quitarle el tul y el sujetador. Con ambas manos sopesé sus pechos y metí mi cabeza entre ellos. Mi lengua no daba abasto.

Ella se tumbó en la cama, y yo poniéndome a su lado izquierdo la empecé a acariciar y a besarle aquel sorprendente cuerpo. Lentamente le bajé el tanga, descubriendo la manga de riego que me había desvirgado. La introduje en mi boca y se la mamé muy despacio, deleitándome como si fuera un caramelo.

¡O, querido, qué bien lo haces! —me decía— ¡Sigue así, no pares, putinha!

Ya con la polla erecta, mis movimientos cada vez eran más rápidos. Me sentía muy bien con aquel chupete en mi boca. Alargué una mano y le introduje dos dedos en la boca, que ella lamió. Los saqué y le toque su pezón hasta ponérselo bien duro. Me detuve y la admiré. Era como una diosa de ébano. Con su melena negra, sus pechos, dos esferas descomunales, sus piernas duras y musculadas, y la ropa que llevaba, acompañando a un pene que me enloquecía, en un perfecto cuerpo de mujer. La besé de nuevo y empezó a quitarme los jeans y las zapatillas.

¡Me enloquece como hueles, meu garoto!

¡O, qué coqueto! —exclamó riendo cuando descubrió mi calzón.

Empezó a tocarme por encima de la tela, aunque no hacia falta porque yo estaba como una moto de salido. Cuándo me desnudó del todo cogió mi falo y se lo tragó, ¡del todo! Mis ojos no podían creer lo que veían pero así era. Mi capullo rozaba con sus amígdalas y la sensación nueva para mi, me gustaba tanto que la pedí que parase, pues quería saber como lo hacia. Me explicó que tenía que ponerme tumbado en la cama y que ella me la metería en mi boca poniéndose por detrás de mi cabeza. Al principio me costo acostumbrarme, pero lo logro y por fin pude introducirme todo su pene en mi boca. Ella se echó sobre mi cuerpo y comenzamos con un rico sesenta y nueve.

Mientras estábamos dedicándonos a estudiar los secretos de la aritmética y pasar del sesenta y nueve al setenta, distinguí como se abría la puerta y aparecía una travestí de piel muy negra, color carbón, vestida solo con unas botas de vinilo rojo de tacón.

Posso participar? —preguntó educadamente

Claro que pode —le respondió Carla

Que bom, querida —respondió ella a su vez

Le alargué mi mano y se unió a nosotros. Tenía unos pechos muy duros pero no eran tan grandes como los de Carla y, a pesar de un físico de culturista, su polla tampoco parecía como la de aquella aunque estaba morcillona. Ya encima de la cama, se puso acariciar el culo de su amiga, y a lamérselo. Los suspiros de Carla pronto empezaron a sonar en la habitación.

La amiga empezó a meterle un dedo por su ano, mientras seguía acariciándole las nalgas. Nosotros paramos de hacer el sesenta y nueve

José Antonio, te presento a Jacinta… Jacinta, este es José Antonio –nos presentó

La recién llegada sacó su dedo del ano de mi amiga, me dio la mano y nos besamos cortésmente, a continuación se incorporó plenamente a nuestra sesión de sexo recreativo. Carla me preguntó:

¿Quieres algo especial?

Sí, ¡Quiero follarme a Jacinta mientras tú me follas a mí! —yo le contesté

Como locos nos empezamos de nuevo a meter mano, yo le mamaba el culo gustoso a Jacinta y ésta se lo chupaba a Carla. Ésta, por su parte, enterraba tres dedos en mi ano hambriento. Era el goce sublime. Paramos y Jacinta buscó un bote de crema lubricante KY que untó en su ano y en mi chorizo. Me lo pasó a mí y yo me puse un poco en mi agujero, a sabiendas de que no lo iba a necesitar. Carla, se puso un poco sobre su picha. Jacinta se colocó a cuatro patas y me mostró su apetitoso agujero separándose las nalgas con las manos, mientras me decía:

Põe em mim também, eu quero sentir esse pau.

Yo sé la metí de una sola vez y empecé a moverme. Carla se puso tras de mí, y tras decir:

Vamos fazer um trenzinho, eu no seu e você no dela...

Me la introdujo. Aquel tren era simplemente maravilloso, pues mientras yo me follaba a Jacinta, Carla me follaba a mí. Los frenéticos envites de Carla y a través de mi pija iban a parar contra los glúteos de bailarina de Jacinta que no paraba de gemir y vociferar:

Quero, enche minha bunda de leite quente!

No tardé mucho en correrme, vaciando, como se me pedía, todo el lácteo contenido de mis testículos dentro del culo de Jacinta, que lo recibió culeando más rápidamente. Como yo ya me había ido, cambiamos las posiciones.

Jacinta me follaba a mí y Carla se follaba a su amiga. Aquello duró alrededor de diez minutos más. A un lado de la habitación había un espejo, no muy grande pero lo suficiente como para poder vernos los tres mientras follábamos. Recibí la segunda corrida de mi vida dentro de mi culo mientras que Carla también eyaculó en el ano de Jacinta. Nos desacoplamos y rápidamente me puse debajo del ano de Jacinta para chuparle el aceitoso hilillo semen que resbalaba por su rico y oscuro agujero de chocolate. A su vez Carla hizo lo mismo conmigo. Cuando acabamos, nos quedamos los tres abrazados y sudorosos encima de la cama. Nadie decía nada, tan solo nos acariciábamos y de vez en cuando buscábamos la boca de uno u otro. Al final, Carla me preguntó:

Gostou lindinho..?

¡¡¡Ha sido de puta madre!!! —respondí entusiasmado

Nos levantamos pasado un rato y nos fuimos a duchar de uno en uno, ya que la ducha era muy pequeña. Carla me invito a quedarme a cenar. Mientras ella se fue a preparar algo a la cocina, nos quedamos solos en el baño Jacinta y yo.

Apenas bastó una mirada para que me arrodillara y me pusiera a mamarle su pija. En poco tiempo se endureció como una columna de hormigón. Me di la vuelta y le pedí que me la metiera. Ella se sentó en la taza del excusado y me dijo:

Siéntate encima de mí

Me introduje su polla y empecé a cabalgar como un poseso mientras le lamía los pechos. Las uñas de Jacinta me arañaban la espalada y nuestras bocas en un momento se juntaron para no volverse a separar hasta que ella me gruñó que se iba a correr. Me levanté y me metí su polla en la boca, tragándome todo de lo que ella salía. Me incorporé y la besé.

¡Métete en la pileta! —me ordenó repentinamente. Y continuó— ¡Ponte de rodillas!

Me imaginaba lo que iba a hacer por lo que abrí la boca y me acerqué a su verga ya flácida.

Toma chuva dourada! —exclamó

De repente, ella empezó a orinar y yo como podía recogía todo el orín y lo tragaba con desesperación. Mucho de él cayó por mi cara y mi cuerpo. Pero lo que pude alcanzar lo saboreé y me lo tragué, como si fuera el don más preciado. Me di una nueva ducha y salí del baño.

Carla había preparado unas croquetas congeladas y patatas fritas. Nos sentamos los tres desnudos en la mesa y dimos buena cuenta de la comida. Después ayudé a recoger la mesa y me ofrecí a lavar los platos. Eran cerca de las doce.

Me tengo que prepara para ir a trabajar —informó Jacinta

Nos quedamos solos Carla y yo en el salón, desnudos. Lié un canuto algo cargadito y ella yo nos pusimos a fumar y hablar de mil y una cosas.

Hacia la una y media de la madrugada, oímos ruidos de llaves en la puerta, por lo que nos tapamos con unos cojines. La luz del recibidor se iluminó y aparecieron en la puerta del salón dos nuevas amigas de Carla: Sabrina y Ricarda. La última parecía bastante perturbada y tenía el vestido roto.

Después de tomarse una manzanilla y más calmada nos contó lo que había pasado. Una hueste de travestís nuevas de aspecto vampiresco se había trasladado a su zona, por lo que Ricarda les llamó la atención y les dijo que allí no podía estar. Las nuevas en vez de amilanarse telefonearon a alguien y al cabo de diez minutos apareció una horda de gitanos rumanos que se liaron a hostias con Ricarda, por lo que tuvo que irse de la zona en cuestión, buscar a Sabrina y pedirle que la acompañara a casa.

Carla, después de oír el relato, se enfadó mucho.

¡Esto no va a quedar así! ¡Se va a enterar la puta esa de quién somos nosotras! —vociferó

Cogió el móvil, marcó un número con rapidez y se puso a hablar con un tal Manolo, explicándole lo que había pasado. Quedo con él en la casa en media hora. Yo seguía desnudo y con el cojín encima de mí. Carla se fue a la habitación y se vistió. Salió con unos jeans y una camiseta.

Bajo a esperar a Manolo a la calle… —afirmó recogiendo su bolso. Me dio un beso y se fue. Me quedé solo con Sabrina y Ricarda.

Yo necesito relajarme —dijo Ricarda yéndose hacia su cuarto.

Yo fui a la habitación de Carla y me puse los pantalones. Salí de nuevo al salón y me puse a hacerme un porro de hierba jamaicana que me había traído un colega.

Voy a buscar a Ricarda —dijo Sabrina.

Unos minutos después volvieron a salir las dos, Ricarda llevaba un chaleco de cuero negro ajustado y unas braguitas del mismo color. Su compañera, por su parte, se puso una camisa de camuflaje que ocultaba un poco su amplio tórax y sus superdesarrollazos deltoides que yo supuse fruto del cultivo del físico e imaginé que ella sería fiel seguidora de métodos de desarrollo corporal por correspondencia y compradora de ballestas, gomas y ruedecitas para hacer gimnasia. Compartimos el porro entre los tres y charlamos un rato.

Me puedes hacer uno para mí, quiero darme una ducha y fumármelo después tranquilamente –me pidió Ricarda

Claro –respondí, poniéndome manos a la obra

Se lo lié y ella se lo llevó, dejándonos solos a Sabrina y a mí. Ésta se sentó a mi lado para terminar el canuto anterior y me preguntó:

— ¿Tú eres amigo de Carla?

Sí, algo más que amigo –le dije guiñándole un ojo– y también conozco a Jacinta.

Pero, ¿eres cliente? —insistió

No, no soy cliente

Como parecía muy interesada en saber que hacia allí, le conté todo lo que había pasado con pelos y señales. Noté que se turbaba con mi relato pero yo quería esperar su primer paso.

Lo que ha hecho Carla no es normal. Es la primera vez que ha traído a un chico a casa —me confesó y continuó— Lo que sí le gusta es comportarse de manera muy activa… Todas nosotras ya hemos follado con ella. Ninguna ha podido resitirse a meterse el pene de Carla. Al mismo tiempo es muy cariñosa y dulce en la cama y follar con ella es un placer especial.

Sabrina cada vez estaba más cerca de mí, hasta que noté como relajaba su cuello encima de mi hombro y me acariciaba la cara con una mano. Yo la pregunté:

¿Y contigo follar también es un placer?

Busqué su boca y la empecé a morrear. Le metí la mano por debajo de la camisa y encontré unos pechitos muy pequeños.

Hace muy poco que estoy con un tratamiento de hormonas. Pero yo también soy toda una mujer —me dijo

¡No lo dudo! —respondí— Vayamos a tu habitación —le pedí.

Duermo en la misma que Ricarda. ¿Te importa? —respondió

¡No, claro que no!

La única que tiene habitación propia es Carla y con cama de matrimonio. Yo la comparto con Ricarda. Y Jacinta lo hace con una chica que ahora está en Madrid —me explicó

Nos metimos en la habitación y cerramos la puerta. Ricarda aun seguía en la ducha. Yo me senté en una cama y ella se arrodilló y me abrió la bragueta empezando a comerse mi polla, que en poco tiempo estaba más dura que el caparazón de las tortugas Ninja.

Me gustaba como la chupaba. Nos subimos a la cama y tras quitarnos la ropa busqué su pene. Este era minúsculo, con unos testículos enanos, pero me lo metí en la boca. Mientras estábamos en pleno sesenta y nueva, Ricarda abrió la puerta y nos pilló. No dijo nada, tan solo se quitó la camiseta y las bragas y se sentó en su cama mirándonos y tocándose su polla. El pene de Sabrina creció muy poco, por más que se lo chupe y chupe. Ella me dijo:

Soy solo pasiva, lo que me encanta es disfrutar de una buena polla dentro del culo.

¿Cómo la mía? —le pregunté.

¡Sí, como la tuya! —me contestó.

Pues a mí, me gusta correrme con la polla dentro de un buen culo. Es una sensación total, el ano se contrae y me aprieta la polla, es como si me la chupara hacia dentro —añadí

Me recosté sobre la cama para que Sabrina me pudiera lamer mejor mi polla. Era una experta lamedora.

¡Coño! ¡La chupas como los propios ángeles! —le comenté admirado

¡Es mi pasión comer pollas! —me aseguró.

Mientras Ricarda seguía masturbándose, pude contemplarla mejor. Tenía unos pechos parecidos a los de Jacinta pero era un poco más gruesa y su polla era mediana. Con mi mano la invité a que se uniera al festín. Se puso en pie y se sentó a mi lado, uniéndose a la comida que Sabrina me estaba haciendo.

Con mi mano derecha le acaricié el pene y empecé a masturbarla. Mientras una se la tragaba, la otra me lamía los huevos y viceversa. Dejé de tocarle el pene a Ricarda y puse mi mano en su culo. Introduje un par de dedos y empecé a follarla con ellos. A Sabrina también le introduje un par de dedos en su acogedor y cálido ano y empecé a moverlos. Las dos culeaban como hembras en celo, hasta que Sabrina paró de mamar, me pidió que le pusiera saliva en el ano y se puso a cuatro patas, mostrándome la oscuridad insondable que conducía a su recto, invitación que no pude rechazar. Se la inserté de un solo leñazo, moviéndome como una bestia en celo.

Ricarda, se arrodilló detrás de mí, empezó a lamerme el ano y me metió un dedo que hizo danzar con sublime maestría en mi interior, alegrándome la próstata. Sabrina se dio la vuelta y colocó sus piernas en mis hombros y de nuevo se la metí.

¡Así cariño, metela toda! ¡Así la siento toda en mi cola!

Y empezó a jadear y gemir. Ricarda se puso en pie y de un cajón cogió un consolador que se lo metió y mientras se follaba con él nos acariciaba y chupaba a los dos. No pude resistir mucho y le dije que me iba

¡En mi culo no! ¡Hazlo en mi boca!

La saqué y de nuevo Sabrina se la embutió en la boca. Cuando empecé a eyacular la sacó y la compartió la calenturienta bebida con Ricarda, mientras yo recogía el consolador y se lo introducía de nuevo a esta última. Terminé y caí rendido en la cama. Ellas hicieron otro tanto.

Al rato escuchamos la ridícula cantinela de un teléfono móvil. Era Carla que decía que iba a tardar un poco y que me dijeran que no me fuera, que volvía en unos minutos.

Volví a ducharme, me sequé y me fui a la habitación de Carla. Me metí en la cama. Mi intención era esperarla despierto pero al final me dormí. La sentí cerca de mí un rato después. Me abrazó y nos quedamos plácidamente dormidos.

Unos meses después, hacia finales de noviembre, Carla y yo, determinamos, embarcarnos en una aventura comercial nueva. Ella ya estaba cansada de trabajar en el Nou Camp y yo hacía un mes que había empezado de nuevo las clases, por lo que con el dinero que yo tenía y con la plata que ella había reunido, decidimos, cambiar de aires. Ella dejó el piso de Les Corts y su trabajo en la zona y después de buscar bastante encontramos un piso en la calle de les Ramalleres.

Era un piso muy antiguo, pero enorme: siete habitaciones, más un salón espacioso, tres cuartos de baños en bastante mal estado y una terraza minúscula, que después de unas reformas también se convirtió a su vez en la octava habitación. Decoramos con mucho esmero y delicadeza el nuevo lugar. Basta decir que sus antiguas compañeras de piso no quisieron venirse con nosotros y que se quedaron en la zona de trabajo ya mencionado. Nuestra intención era hacer de ese piso nuevo, nuestro lugar para vivir y el negocio para seguir con la profesión de Carla, puesto que como ella siempre dice:

Yo soy puta de los pies a la cabeza y jamás dejaré de serlo. Me gusta mucho mamar, que me la metan y meterla.

Lo primero y más importante era encontrar a quien se quisiera venir a trabajar con nosotros. Y no fue tarea difícil. Una noche y en mi moto nueva, llegamos a la zona de Wellington en busca de las nuevas inquilinas. Había unas cuantas travestís pero dos de ellas nos llamaron la atención por su espectacular cuerpo. Nos acercamos a las mismas y les ofrecimos la posibilidad de trabajar con nosotros. Se llamaban Angélica Rodrigues y Susana Soares. Eran también brasileñas, y, tanto activas como pasivas. Negras, altas, delgadas, con un buen par de senos cada una y culo respingón, capaz de hacer las delicias de cualquier hombre. Quedamos con ellas en el piso al día siguiente. Pero nos faltaba otra más, puesto que la idea era que hubiera por lo menos tres travestís. Nos paramos en un bar para tomar un café y pensar como tenía que ser el tercer travestido.

Sin ninguna duda, amor mío, mulata y bien dotada, para que sea un equipo homogéneo —afirmó Carla

Yo conozco a una que creo que te va a encantar —respondí yo, ni corto ni perezoso.

Después de tomar las consumiciones nos dirigimos a la Campo del Barça en busca de Bianca.

La encontramos rápidamente y nos pusimos a hablar con ella. Yo le hice un par de guiños con los ojos para que no me descubriera, cosa que entendió a la perfección y en un momento estábamos los tres intentando resolver, que ella fuera nuestra tercera "trabajadora". Bianca no se hizo mucho de rogar pero nos impuso una condición, acababa de llegar y estaba caliente como una gata en celo.

Necesito que alguien me la mame, porque así me quedaré más relajada.

Yo, tal vez porque conocía de sobras el pollón de Bianca y porque tenía unas ganas locas de comer huevo, fui hacia ella

No, ahora quiero ver cómo se las comes a tu amiga —dijo Bianca

Carla puso cara de extrañeza, pero enseguida pude observar en sus ojos que no iba a poner ninguna traba en la condición de su nueva amiga. Nos metimos un poco entre los árboles, y Carla desabrochándose la cazadora de cuero que llevaba y dejando al aire sus excelsos pechos de ébano se agachó, y rebusco en la entrepierna de Bianca. No le costó mucho sacar el enorme huevo de la mulata y menos aún empezar a darle una mamada espectacular. Y la defino así, porque era una delicia ver como Carla se tragaba la enorme polla de Bianca y como esta de inmediato se puso a gemir, como una loca.

En poco tiempo el mástil de Bianca ya estaba totalmente erecto y más duro que los empastes de Hulk y aún así Carla no paraba de chupar y lamerlo de arriba abajo. Yo me puse a tocarle las tetas a Bianca y a apretarle los pezones. Con una mano le apretaba uno de sus pechos y con la otra mojada en su saliva le buscaba el culo. Cuando la encontré le empecé a meter dos de mis dedos. Enseguida noté como entraban y salían sin problemas por lo que me dispuse a meterle otros dos más. Bianca no paraba de gemir de placer mientras que insultaba a Carla diciéndole:

¡Sigue putinha, sigue! ¡mama mi huevo!

Carla no decía nada. Tampoco podía con esa monstruosa polla dentro de su boca.

Bianca hizo levantarse a Carla y buscando su boca las dos empezaron a besarse como poseídas. Yo por mi parte ocupe el lugar que había dejado Carla, mientras seguía con mis cuatro dedos en su cola, moviéndolos sin parar. Con la mano que me quedaba libre me desabroché el pantalón y me lubriqué mi ano. Saqué los dedos del ano de Bianca y me puse entre las dos, con mi culo en pompa para recibir la grandiosa polla aquella mulata. Mientras Bianca y Carla, no dejaban de meterse mano entre las chichis, de estrujarse los pezones y besarse.

Cuando mi pareja se dio cuenta de lo que pretendía, me hizo a un lado, ocupando ella mi lugar. Se quitó los pantalones que llevaba, que cayeron al suelo, se aparto la tanga a un lado y con un poco de su saliva se lubrico su hoyo. Le cogió el huevo a Bianca y sin contemplaciones se la metió, hasta el fondo, empezando a culear de una manera descomunal.

Bajó su cabeza hasta mi pene y se puso a lamerlo y succionarlo sin compasión. La escena era muy morbosa, mientras Bianca le reventaba el culo a mi pareja, ésta me hacía ver el paraíso con su boca glotona y juguetona. Lo más espectacular es los tres nos venimos al unísono, yo llenando la boca de Carla con mi leche, Bianca haciendo lo mismo en el culo de mi amada y ella con una paja que a si misma se estaba haciendo.

Carla me besó y jugamos con mi semen que la resbalaba por las comisuras de los labios, mientras que Bianca daba sus últimos envites. Cuando por fin nos separamos, nos limpiamos como pudimos. Yo me arrodillé y empecé a lamer el semen de Bianca que goteaba por los muslos de Carla.

Ellas se dieron un morreo final. Ya más tranquilos, quedamos con Bianca al día siguiente en el piso para ultimar los detalles. Mi amor y yo nos montamos en la moto y nos fuimos para la nueva casa.

Cuando llegamos, preparamos algo de cena y Carla como buena brasileña, se enceló, porque se había dado cuenta que yo y Bianca nos conocíamos muy bien. Le expliqué un poco por encima, como la había llegado a conocer, sin decirle que tanto ella como una amiga suya me habían follado y la amiga me había hecho el fist fucking.

Se convenció y como eran cerca de las dos de la mañana nos fuimos a la cama. En nuestra cama, de nuevo se desató el amor y estuvimos follándonos el uno al otro por cerca de una hora más hasta que por fin, nos quedamos profundamente dormidos, los dos desnudos y abrazados.

A las once de la mañana, nos despertamos. El timbre del portero automático nos despertó. Me levanté y fui a ver quien llamaba. Eran los del Corte Inglés que traían algunos muebles que faltaban aun en la casa.

Les abrí y subieron. Antes me fui a la habitación a ponerme una camiseta y un pantalón y a decirle a mi amor, que se quedara un rato más, que aun había tiempo. Cuando por fin los operarios dejaron los muebles, cada uno en su lugar y los despedí, dándoles una propina, me dirigí a la cocina a preparar algo de desayuno. En una bandeja le lleve a Carla su desayuno, recibiéndolo con muy buena gana. Yo me senté a su lado, viéndola como comía, pues no le gusta hacerlo sola. Le recordé que a las seis habíamos quedado con las nuevas chicas y que quería hacer.

¡Nada, lo que tú quieras, mi vida! Yo estoy rendido, creo que me voy a echar un rato más —le respondí.

Ella terminó su desayuno y se llevo la bandeja, cerrando la puerta a su paso. Al cabo de un rato la oí hablando por teléfono pero no le hice caso, estaba realmente cansado.

Yo estaba dormido desnudo, que es como me gusta hacerlo, cuando de repente empecé a notar unas caricias en mi pecho. Pensé que era Carla. Así le gusta despertarme y me dejé hacer. Gruñí un poquito y me quedé boca arriba con las piernas separadas, pero haciéndome el dormido. Las caricias seguían en aumento y yo apenas podía reprimir mi excitación.

He de decir que acariciarme con suavidad, hace que rápidamente me ponga más caliente que el tubo de escape de un cohete Apolo. Las caricias seguían, pero en un momento sentí como alguien (yo suponía que Carla) se metía en la cama y me empezaba a lamer y mosdisquear mis pechos. Sintiéndolo mucho mi polla ya estaba en todo su esplendor. Entreabrí un ojo y vi que estaba equivocado.

Era Alessandra quien me estaba acariciando. Ella es el esclav@ de Patricia, una travestí Ama, amiga de Carla. Con mi mano izquierda abordé su espalda y examiné su culito. Sandra, no dejaba de lamer mis pechos y mi torso. Con la mano derecha la cogí de la cara y le di un húmedo beso

¡Ya estás despierto!

¡Despierto y cachondo! —le dije

Ella me apresó la polla y la llevó a su boca, donde se la tragó con una rapidez inaudita. Con Sandra ya había tenido algún encuentro y sabía lo que le gustaba. Ella estaba vestida con tan solo unos zapatos de tacón de aguja, que estilizaban aún más sus bien contorneadas piernas.

Aún siendo esclava, su sueño era transformarse en una bella travestí. Y desde la última vez que la vi, ya lo estaba consiguiendo. Siguió con el francés hasta que me corrí en su boca. Se había puesto un piercing en la lengua y era una gozada sentir el frío metal en mi pene. Cuando dio por terminada la mamada, se sentó en la cama y de nuevo me empezó a acariciar mientras hablábamos de mil cosas.

Noté como le habían crecido los pechos, antes eran un tablón y ahora eran muy parecidos a los de una niña de corta edad. Su pelo también le había crecido y se lo recogía por debajo de los hombros. Su cara también se había transformado y pude observar en ella a una futura mujer que seria la envidia de muchas travestís. Le pregunté por su Ama y por Carla, a lo que ella me respondió que hacia rato se habían bajado a compara cojines, sabanas y demás. Y que tardarían en venir. Entonces me dijo:

Estaba sola en el salón y que no he podido resistir la tentación de venir a verte.

Hacía tiempo que no nos veíamos, ¿Cómo te ha ido últimamente? ¿Has continuado probando cosas nuevas? –le pregunté yo, conociendo su curiosidad sexual

Con el Ama Patricia y un cliente me he iniciado en el fist—fucking. El otro día, después de una buena preparación, consiguieron meterme toda una mano hasta el codo.

La miré extrañado y le ordené

Acércate hasta la cómoda que hay enfrente de la cama y del primer cajón coge un bote de aceite lubricante y un par de guantes. Quiero ver si eso era verdad.

¿No te lo crees? ¡Pues ahora veras como sí es verdad! — me espetó.

¿Te has lavado y te has puesto un enema? —le pregunté

Por supuesto —respondió

Le recordé que no tenía que decirle nada a su Ama de lo que íbamos a hacer, y que tampoco podía decirle nada a Carla de que me había hecho un francés.

¡Tranquilo, ya me lo sé de memoria! —me respondió

Me levanté de la cama, me puse el pantalón y la cogí de la mano. Pasamos por el salón y vi su ropita de putita encima del sofá. La miré y se rió. Llegamos a una habitación que estaba cerrada con llave, busqué en mis bolsillos y saqué una llave. Abrí la puerta y encendí la luz. Ella se quedó extasiada y rápidamente entró.

La habitación la habíamos intentado decorar como un cuarto de sado aunque el resultado final era más parecido a la sala de juegos del conde Drácula. El suelo estaba cubierto por una moqueta más negra que las uñas de un minero, la pintura de las paredes era roja y la estancia estaba insonorizada. En el frente había una rueda con una gran equis en el medio, en la pared de la derecha una cruz, enfrente de ésta un mueble negro con dos puertas y en el centro de la habitación un potro. Del techo colgaban cadenas y cuerdas. Incluso había una polea para tener más a mano a l@s futur@s esclav@s que nos visitaran.

Como no podía dejarle marcas porque las podía ver su Ama, y ésta es muy estricta, le hice sentarse en un sillín de cuero que colgaba del techo. La amarré, y le puse unos pesos en los aretes de sus pechos. Me miraba con lujuria. Le separé hasta el máximo sus piernas y gracias a la polea empecé a tirar de la cadena. Ya estaba donde yo quería. Su culo quedaba a la altura de mi cintura. Fui al armario y saqué unos plásticos que puse encima de la moqueta. Y sin perder más tiempo empecé a regarle su culo con el aceite. Me puse los guantes (he de decir que son de los que utilizan los veterinarios en los partos de los animales de gran volumen y te llegan hasta los codos) y sin avisar le metí cuatro dedos de una vez, a lo que ella empezó a gemir como una perra en celo y decirme que quería más. Seguí con los cuatro dedos un buen rato hasta que se los saqué. Le puse más aceite y me puse el otro guante. Miré su ano completamente dilatado y era hermoso ver como estaba. Saqué del armario un consolador de gran tamaño y se lo metí. El consolador mide veinticinco centímetros de largo por diez de ancho. Fui de nuevo al armario y cogí otros dos más, aunque ya un poco más pequeños (los dos son iguales de veintiuno por cinco).

Con mi mano derecha movía el enorme consolador en su culo y con la izquierda le empecé a penetrar con uno de los gemelos. Me quedé de piedra, pero casi sin esfuerzo los dos consoladores le entraron hasta la empuñadura. Cogiendo con mi mano izquierda la empuñadura de los que ya tenía dentro, recogí de una mesita el otro gemelo, dirigiéndoselo al ano. La punta entró sin problemas pero cuando ya iba por la mitad, Sandra empezó a decirme que la dolía un poco, yo le dije que aguantara un poco, que ya no quedaba nada. Cogió aire y de un golpe se lo metí. El alarido que dio fue monstruoso, pero le duró poco porque siguió de nuevo con sus jadeos de placer.

Me moví a su lado izquierdo y con mi mano zurda no dejaba que le saliera ninguno. Mientras con la derecha la empecé a pajear. Si pollita, se comenzó a poner dura, lo suficiente como para que me dijera que si seguía así se iba a correr de un momento a otro. Dejé su pene, y le tiré de los aretes de sus pechitos, a la vez que le apretaba los pezones con verdaderas ansias. Sandra, parecía que estaba como en otro mundo, no paraba de jadear y de pedir más. En ese momento paré todo, y le fui sacando con cuidado los consoladores de su cola. La dilatación de la misma era enorme, por lo que me regué las manos con aceite y empecé a metérselas. Las dos a la vez. Primero estiradas, haciéndole un rápido mete saca. Luego saqué la izquierda y le introduje la derecha completamente cerrada. ¡Tenía razón la muy puta! ¡Le metí mi mano derecha hasta el codo sin ningún impedimento! Sandra, estaba como ida.

¿Aún quieres más? —le pregunté

¿Cuánto tienes dentro? —inquirió ella curiosa

Toda la mano, hasta el codo —indiqué.

¡Méteme las dos! —Apuntó ella sin vacilar— Pero si me duele mucho las sacas en cuanto te lo diga —añadió.

¡Como tú digas! Es tu culo, preciosa —respondí

Le saqué la derecha y uniendo amabas manos por los dedos empecé metérsela en su dilatado culo. No se quejó en ningún momento y mis manos le entraron hasta un poquito más debajo de los codos. Y sin tocarse comenzó a eyacular y a chillar como una yegua en celo. Le saqué mis manos y poco a poco la fui descendiendo hasta el suelo. Le desabroché de las cadenas y de la silla de cuero y la puse de pie. La hice voltear y agacharse. Vi su ano súper dilatado. Le dije que esperara un momento. Fui a la habitación y cogí la cámara de fotos. Volví al cuarto

Métete tú misma la mano o los consoladores, lo que tú quieras, preciosa —le ordené

A continuación empecé a disparar la cámara, una y otra vez. Cuando acabé el carrete se lo dije. Ella se dio la vuelta y nos besamos uniendo nuestras lenguas en un profundo morreo.

Ve a ducharte. Ya lo recojo yo todo —le dije

Al cabo de un rato volvió enfundada en una toalla

¡Cuándo tú quieras lo repetimos! ¡Mi culo ya no es solo de mi Ama, ahora también es tuyo! —me confesó

Me levanté y nos abrazamos. Estábamos besándonos cuando sonó mi móvil. Lo cogí y respondí.

¿Hace mucho que te has despertado? —me preguntó la voz de Carla.

Sí, hace un rato —respondí

Date una ducha. En el salón está Alessandra, la esclava de Patricia. Dentro de media hora os espero a los dos en "la Gran Muralla 17", un chino en la avenida del Paral·lel —me ordenó

Miré el reloj, eran cerca de las dos de la tarde y le dije, que no se preocupara, que en media hora estábamos allí, los dos. Colgué se lo conté a Sandra y me fui a duchar.

Cuando salí de la ducha, ella ya estaba cambiada y estaba exquisita. Vestía un conjunto de cuero rojo, con una mini que apenas le llegaba por debajo de sus nalgas. Bajamos a la calle y buscamos un taxi. Nos encontramos con mi amor y con Patricia, y no pusimos a comer. En la comida Carla me dio una grata sorpresa, tanto Patricia como su esclava, se quedaban en la casa para trabajar con nosotros, cosa que alegró porque así podría tener a Sandra a mi disposición todo el día.

Terminamos de comer a las cinco de la tarde. Nos despedimos y nos fuimos Carla y yo hacia la casa, de la mano y por la calle, porque a las seis habíamos quedado con los travestís Angélica, Susana y Bianca.

A las cinco y media, ya estábamos preparados. Carla se puso un conjunto de lencería que yo le había regalado, y que se componía de sujetador, tanga, porta ligas y medias de color negro (todo de encaje) hasta los muslos. Encima una mini que le resaltaba aun más sus redondas nalgas y una blusa también de color negra con un amplio escote. Se puso unas botas de tacón (como de diez cm) y se arreglo su bonita melena. Estaba para hacer con ella mil diabluras, pero no era el momento, debíamos de presentarnos ante las nuevas inquilinas, lo más serios posibles. Yo me puse un tanga de Calvin Klein, que por detrás solo lleva un par de cintas ajustables, dejando las nalgas al descubierto. Un pantalón de cuero, que lleva una abertura con corchetes en la entrepierna y en las nalgas, muy de amo—sado y una camiseta también de color negro. Me calcé unas botas oscuras. Parecíamos una pareja de amos esperando la vista de sus esclavos. Nos preparamos unos refrescos y esperamos la vista viendo un poco la televisión. Ninguno decía nada pero estábamos los dos intranquilos y nerviosos, de tan solo pensar en lo que podía representar la visita.

A las seis y diez sonó el interfono y raudo me apresuré a contestar.

— ¿Quién vive?

Susana y Angélica— me contestaron.

Les abrí el portón de entrada. Esperé un poco y cuando oí el ascensor en la planta abrí la puerta del piso y salí a su encuentro con los brazos abiertos en actitud papal. Me encontré con dos preciosidades en el rellano del piso. Dos diosas negras, altas, con más piernas que el museo del jamón, muy atractivas y vestidas muy provocativamente.

Detrás de Angélica, se encontraba una chica, también muy guapa, algo más baja y con una cara de ángel. Las invité a entrar. Me dieron un par de besos cada una y a la chica desconocida le acaricié la grupa, metiéndole la mano por debajo de la falda que llevaba, percatándome de que no llevaba bragas. Las llevé al salón y tras saludar a Carla, todas se sentaron en un sofá de cuero muy amplio. Yo me senté en un brazo del sillón donde estaba Carla. La primera en empezar a hablar fue Angélica:

Os presentó a Fernanda. Disculpad que no os haya avisado de que la traía conmigo. Pero seguro que después de conversar la vais a querer en el piso...

¡Antes de empezar a hablar, tenemos que esperar a otra invitada! —dijo Carla.— Mientras si queréis algo...

Las tres pidieron Coca Cola y Carla una birra, por lo que me fui hacia la cocina a prepara el refrigerio. Angélica le ordenó a Fernanda que me ayudara. Se presentó en la cocina y me ayudo a preparar las consumiciones y algo para picar. Yo sin mucho disimulo le empecé a meter mano por debajo de la falda, hasta que por fin la llevé a un rincón de la cocina, donde le saqué uno de sus pechos. Ella se dejaba hacer, sin oponer la más mínima resistencia. Busqué su polla y pude ver porque no llevaba bragas. Su polla era pequeña y se la había atado con un cordel de un tampón, y este se lo había metido en el ano, con lo cual su pene no se movía de su entrepierna. Me desabroché parte de la entrepierna y saqué mi erecta polla y le dije que se la comiera. Se agachó y empezó a mamarla rápidamente, metiéndosela hasta la garganta, mientras no paraba de mirarme. Su provocación era tal, que en pocos momentos me corrí en su boca, tragándose ella toda mi leche.

Me separé de ella y se levantó, se metió de nuevo el seno que yo le había sacado, se arregló un poco la ropa y me dio un beso. Yo me abroché la entrepierna y cogí una de las dos bandejas, donde habíamos preparado el refrigerio. Ya en el salón ella dejó su bandeja en la mesa de cristal y yo muy cortés fui repartiendo las bebidas.

Puse algo de música relajante y nos pusimos a hablar. Nos contaron cosas sobre su país, Brasil, sobre su estancia en Barcelona, de donde vivían. Estuvimos un rato hablando de cosas livianas. Hasta que sonó de nuevo el timbre. Miré el reloj, eran las siete menos veinticinco. Me dirigí a la puerta y cogí el telefonillo. Era Bianca. La esperé ya sin cerrar la puerta y cuando la abrí, me quedé con la boca abierta.

¡Joder, Bianca, pero qué buena estás! —le dije.

Ella alargó su mano hasta mi paquete y me dio un dio un beso con lengua más ardiente que las cenizas de Chernobyl. Me separé y le susurré:

Ya están todas aquí. Te estábamos esperando.

La acompañé hasta el salón e hicimos de nuevo las presentaciones.

¿Qué quieres tomar? —le pregunté

Lo que tú quieras —respondió ella

Me fui hasta la cocina y le preparé una Coca Cola con hielo y limón. Regresé al salón y se la serví. En ese momento Carla estaba enumerando las reglas de la nueva casa, el horario en que esta iba a estar abierta y los precios. Les dijo que la casa se quedaba con un cincuenta por ciento y que si eran buenas en su trabajo, en un mes se podían llevar cada una cuatro mil euros. La primera regla que les impuso fue que tanto ella como yo, vivíamos en esa casa y que yo era su macho y que si alguien quería tener sexo conmigo, antes se lo tenían que preguntar a ella. Yo me quedé sorprendido pero me halagó bastante su "preocupación". La segunda era que no le gustaban los papelones y que no los iba admitir. La tercera que siempre que ella y yo tuviéramos ganas, podíamos elegir alguna de ellas para que nos acompañara por la noche, dando a entender, que se podía hacer lo que los tres quisiéramos. Y así regla, tras regla hasta que llego a la décima y última. Todas aceptaron encantadas, pues la peligrosidad de la noche y el frío, les hicieron ver que se podía trabajar mejor en un piso que a pie de calle. Además el horario terminaba a las dos de la mañana, dejándoles plena libertad a partir de esa hora para hacer lo que quisieran.

¿Quién es tu amiga? —preguntó Carla a Angélica señalando a Fernanda con la cabeza

Es una travestí que vino conmigo desde Río. Es joven, pero ya tiene mucha experiencia —le respondió Angélica

¿Te gustaría quedarte con nosotros? —preguntó Carla dirigiéndose a Fernanda

Sí, por supuesto —respondió Fernanda

¡Perfecto! Ya está todo dicho… ¡Perdón! Avisaros que el próximo sábado es el primer día de trabajo y que me gusta la puntualidad —agregó Carla, mirando de reojo a Bianca.— Y ahora, si me hacéis el favor, quiero veros desnudas

Sin vacilación la primera en levantarse fue Fernanda que se desnudó en un abrir y cerrar de ojos. Se quitó el cordel y a la orden de Carla se dejó solo los tacos. Dio un par de vueltas, se tocó los pechos, el rabo y se sentó de nuevo.

¡Perfecto! —dijo Carla— ¡La siguiente!

Esta vez le tocó a Bianca, que sin muchos miramientos se encueró por completo, dejando a la vista su enorme polla mientras decía:

Eu tenho só um pequeno probleminha, é meu clitóris, é um pouco avantajado, acho que sou defeituosa, tem gente que não gosta ...

Hecho que hizo que las nuevas se pusieran a reír. Angélica y Susana, se desnudaron al unísono, mostrándonos un completito número lésbico entre travestís. Aquello estaba resultando mucho más entretenido que una manifestación de payasos y yo ya estaba más caliente que el horno de una panadería, aunque la camisola que llevaba ocultaba mi enorme excitación.

Cuando estuvieron las cuatro desnudas, Bianca le pidió a Carla que hiciera lo mismo. Carla no se hizo de rogar y en un santiamén se desnudo dejándose solo las portaligas, las medias y las botas.

Antes de sentarse Fernanda se dirigió hacia ella, se arrodilló y engulló el pene de mi amada. Mientras que Carla le acariciaba la cabeza, Fernanda no dejaba de atiborrarse de polla que pronto empezó a crecer. Yo me quité la parte de la entrepierna y la camiseta, dejando salir a mi erecto pene de su escondite. Bianca lo empezó a pajear mientras se tocaba su pene. A nosotros se unieron Angélica y Susana. Las dos se agacharon y a tiempos se metían la polla de la mulata en la boca.

Bianca dejó de pajearme para empezar darme un francés muy sabroso. Fue el momento en que miré a Carla y nuestras miradas se cruzaron. Estaba follándose a Fernanda, la jovencita, que jadeaba cada vez que mi amada le empotraba su carnoso pene en el ano. La tenía encima del sillón, con las piernas muy abiertas, mientras le nalgueaba el trasero.

Esta visión me calentó aun más, por lo que sin dudarlo descendí hasta el pollón de Bianca y me hice sitio entre las dos nuevas adquisiciones para poder mamar aquella grandiosa verga.

Susana se contentó con empezar a darme un apasionado beso negro con su apéndice baboso. Metía hasta el fondo su caliente lengua en mi ano y cuando creyó que ya era el momento, apuntó su pene hacia mi hoyo y la enterró sin miramientos. Dejé escapar un pequeño gemido pero seguí lamiendo el grueso tallo carnoso de la mulata, a medias con Angélica, entrecruzando nuestras lenguas y nuestras respectivas salivas. Bianca no dejaba de gemir de placer,

¡Parad, parad, por favor! –exclamó Bianca, cuando sintió que se venía y luego dirigiéndose a Angélica— Mójate el culito que tengo ganas de metértela para acabar.

Angélica se chupó unos dedos y se los metió en el culo. Se giró y cogiendo la verga de la mulata, la aproximó con cariño hasta su ano y se la hundió. Como no le cabía del todo se la sacó y se sentó encima de Bianca y de nuevo se la volvió a meter, empezando a cabalgar sobre ella de una forma desmedida. Mientras Susana seguía dándome por el culo y yo le tocaba los pechos a Angélica y besaba a la mulata. Carla empezó a correrse. Sus gemidos los conozco muy bien, por lo que alce un poco la vista y la vi como seguía cogiendo a la joven Fernanda, mientras cerraba lo ojos y le apretaba los pechos, razón inequívoca que estaba gozando como una hembra. Fernanda, no dejaba de culear y de pedir más. Por fin mi amada se la sacó y Fernanda se la metió en la boca para sorber mezclándose en su boca el semen de Carla y el sabor de su culo.

Noté como los frenéticos envites de Susana, se aceleraban por lo que me concentré en incrementar su placer y empecé yo también a culear y a moverme más deprisa. De pronto percibí, como el pene de Susana se inflaba aparatosamente y como eyaculaba dentro de mi recto. Cuando terminó, se quedó tendida en mi espalada y empezó a besuquearme y a lamerme las orejas y el cuello. Mientras Angélica no dejaba de cabalgar sobre la verga de Bianca.

Se unieron a nuestro grupo Carla y Fernanda, y como yo todavía no me había corrido, le dije a Carla:

Cariño, chúpamela un ratito, anda….

Me miró a los ojos, me dio un beso muy apasionado y la engulló con voracidad, invitando a Fernanda a chupar un poco de caramelo. Me recostaron sobre el sofá y entre las dos se metían mi verga en sus respectivas bocas.

Bianca estaba a mi lado, y comenzó a acariciarme el pecho. Me acerqué a ella y le dije:

Fernanda aún no se ha corrido

Bianca se puso detrás de ella y con un poco de gel lubricante que lo sacó de su bolso, le empezó a meter los dedos en la cola de la jovencita moviéndolos muy rápidamente, a la vez que la pajeaba. No tardó mucho en correrse, cosa que hizo en la boca de Susana.

Debajo de mí, Carla me preguntó:

Você vai me dar seu leite?

Y al poco también me corrí sobre su cara. Nos acurrucamos todos en el sofá, viendo con exquisita ternura como Angélica seguía cabalgando sobre la verga de Bianca.

Las dos se besaban y se tocaban los pechos. No tuvimos que esperar mucho pues un par de gemidos prolongados de las dos nos afirmaron que estaban a punto de correrse. Fernanda corrió a la verga de Angélica y se tragó el manantial de leche que brotó. Cuando Angélica se levantó, cogió la polla de Bianca y se dejó la reluciente. Susana se levantó y le lamió el semen que le salía a Angélica del ano y que le empezaban a recorrer los muslos.

Miré el reloj y no eran más que las nueve. La noche no había hecho más que comenzar. Tan solo deciros que estuvimos follando como conejos hasta las dos de la mañana en que Carla y yo nos despedimos y nos fuimos a nuestra habitación. Fernanda se fue con Bianca a otra junto con Angélica y Susana. A la mañana siguiente me desperté pronto y me dirigí a la cocina a prepararme un te. Cuando me di la vuelta me encontré en la puerta a Fernanda completamente desnuda, se acercó, me besó:

Creo que me he enamorado de ti –me disparó a bocajarro.

Yo me quedé sin saber que decir. Solo se me ocurrió decirle que seguro que era algo pasajero. Pero ella me dijo que me lo haría ver y que al final yo me convencería de que era verdad y sin más se puso de rodillas y se metió mi verga flácida en la boca.........

TodoRelatos.com © Vlad