LAS MARCAS DE LEE
De espaldas, cualquiera diría que se trataba de un muchacho;
alguien que con seguridad apenas si estaría dejando atrás la adolescencia. Nada
mas lejos de la realidad. Quienes lo conocían, y conocían a su familia, sabían
que Leroy, Lee para sus amigos, rondaba ya los 40. Era la maldición de los
Murray. Todos, desde el abuelo McKencie y toda su descendencia tenían esa pinta
infantil que les duraba prácticamente toda la vida. No es que no envejecieran,
por supuesto que lo hacían, pero mantenían ese cuerpo fibroso y delgado por mas
esfuerzos que hicieran por comer y desarrollarse. Ninguno del clan era gordo, y
las canas tardaban lustros en aparecerles. Rubios y pecosos, se resignaban a las
burlas de los otros y aprendían desde muy jóvenes a defenderse.
Lee no era la excepción. A los 37, con esposa e hijos, seguía
pareciendo un muchachillo que cualquiera pensaría acababa de dejar la
secundaria. Al igual que sus demás hermanos, Lee era casi lampiño. Ni sombra de
bigote o barba, piernas y brazos lisos y blancos, y sólo su esposa podría
informar tal vez de sus partes privadas.
A diferencia de los demás, a Lee esta cuestión del vello de
verdad sí le importaba. Por años se aplicó cremas y remedios en el pecho y en
las piernas, con la esperanza de que los hábiles vendedores que se las
recomendaban dijeran alguna vez la verdad, pero nunca obtuvo los resultados que
esperaba. En secreto, Lee admiraba a esos hombres que podían mostrar orgullosos
una camisa abierta y un pecho virilmente cubierto de pelos. Les miraba en la
cantina, los antebrazos apoyados en la barra, envidiando secretamente la oscura
sombra que los poblaba. Miraba de reojo sus mentones sin afeitar y se preguntaba
qué se sentiría tocar esa piel rasposa como una lija por las mañanas.
Tal vez por esa curiosidad malsana, Lee terminó metiéndose en
problemas.
Había ido al pueblo a los negocios de costumbre. Temprano al
banco, a la tienda de pertrechos a abastecerse de lo necesario para las labores
diarias, un par de visitas a familiares y por último a la cantina a empujarse
unos tragos antes de volver a la granja y a sus actividades cotidianas.
En la barra, los viejos amigos de siempre. Las mismas bromas
gastadas preguntando al dueño porqué permitía la entrada a menores de edad,
haciendo alusión a la esmirriada figura de Lee, quien festejó cansadamente las
poco originales chanzas. Todo tan familiar y conocido. Todo, con excepción del
polvoriento forastero al final de la barra. Bebía solo, sin platicar con nadie y
con la vista fija en las puertas de la calle. Pasaba desapercibido para todos,
excepto para Lee, que acostumbrado a fijarse en cierto tipo de hombres había
descubierto un par de antebrazos completamente cubiertos de vello oscuro y
rizado. Inmediatamente cambió de posición, de tal suerte que el espejo frente a
la barra le devolviera la imagen del forastero. Pronto descubrió que bajo el
pañuelo anudado al pescuezo asomaba una fina pelambre que prometía un pecho
igual de velludo.
Como siempre, Lee se regañó a sí mismo por notar semejantes
detalles en los demás hombres. Se recordó también que no se trataba de
pensamientos libidinosos, sino simple, pura y sana envidia. Como fuera, el
forastero pagó su última ronda y abandonó la cantina, lo que dio por terminada
la cuestión para Lee, quien media hora después se despidió de los conocidos y
emprendió el viaje de regreso a casa.
La carreta cargada de provisiones hizo lento su regreso, y la
tarde comenzó a caer finalmente en los solitarios caminos. Lejos ya del pueblo,
pero todavía con suficiente luz, decidió hacer un alto para orinar. Amarró la
mula en un árbol y se internó un par de metros entre el follaje. Terminaba ya
cuando unos quejidos llamaron su atención. Con cierta curiosidad y bastante
cautela se aventuró a investigar el origen de los sonidos. Poco mas allá, un
hombre malherido trataba de incorporarse. A pesar de los golpes, Lee reconoció
al forastero de la cantina.
Pero que le ha pasado? – le preguntó ayudándolo a
incorporarse.
Bandidos – masculló el hombre, cayendo al piso nuevamente
doblado por el dolor.
Lee había dejado el arma en la carreta y no había tiempo de
volver a buscarla. Decidió que si los bandidos aun andaban por allí lo mejor era
ocultarse. Ayudó al hombre a tenderse al amparo del follaje, y se recostó a su
lado.
Será mejor que esperemos ocultos aquí por un rato – le
dijo cauteloso, mientras arrastraba al hombre tratando de ponerlo cómodo.
Como digas – contestó el otro.
En silencio, Lee comenzó a revisar los daños en el hombre. Le
preocupaba la camisa manchada de sangre, y se la quitó para ver si la herida era
grave. En realidad la sangre había salpicado de una cortada en la mejilla y sólo
tenía moretones y golpes. Lee no perdió la oportunidad para mirar a sus anchas
el peludo pecho del forastero. Jamás había tenido la oportunidad de observar un
pecho así tan de cerca. El calor que emanaba de aquel cuerpo le resultó
perturbadoramente extraño.
Seguramente tengo un par de huesos rotos – se quejó el
hombre.
Lee comenzó a revisarlo. Lo había hecho cientos de veces con
caballos, mulas y ovejas. Jamás con un hombre. Sus manos palparon clavículas,
omóplatos y espalda. Sus finas y blancas manos contrastaban sobre la oscura y
velluda piel del individuo. El pecho no tenía huesos que pudieran romperse, pero
Lee lo revisó a conciencia. Las tetillas marrones y oscuras llamaban
poderosamente su atención, como dos faros en medio de un mar de pelos. Los
pequeños y puntiagudos pezones se irguieron, igual a los de una mujer. Ninguno
de los dos dijo nada. En silencio, el hombre se dejaba palpar y Lee trataba de
poner cara de circunstancia, fingiendo una serena atención que estaba muy lejos
de sentir en realidad.
El examen terminó en los firmes abdominales, por supuesto
cubiertos también de un fino vello oscuro, que arremolinado en el ombligo se
perdía bajo los gastados pantalones. El hombre gimió dolorido con la presión de
sus dedos.
Te patearon el estómago? – preguntó Lee preocupado.
Si, varias veces – contestó el hombre.
Ojalá no te hayan reventado el hígado – contestó Lee
palpando suavemente bajo el ancho cinturón de piel.
El hombre se acomodó de tal forma que Lee pudiera revisar los
daños. Terminó aflojando el cinturón y desabotonando los pantalones. Para su
sorpresa, Lee descubrió que el tipo no usaba ropa interior. La abertura de los
pantalones mostraba hasta el peludo monte de su pubis. Lee continuó palpando,
tan cerca de la alborotada mata de pelos que ambos contuvieron el aliento.
Crees conveniente que me los quite? – preguntó el
forastero.
Lee no contestó. Aquello ya era demasiado. Incluso para él
mismo. Luchó con su conciencia. Se repitió a sí mismo que sólo lo hacía para
ayudar al pobre hombre, pero sabía perfectamente que no era así. Por mas que lo
disimulara, la pretendida ayuda estaba cargada de insinuación sexual y Lee no
sabía qué decisión tomar.
El hombre decidió por él. Alzó la cadera y comenzó a empujar
los pantalones hacia abajo. Lee, hipnotizado miraba sus movimientos con ávidos
ojos y manos temblorosas. Un tirón más y el sexo del forastero, moreno y a
medias hinchado apareció. Lee miró al piso. Miró sus blancas manos. Miró los
arbustos y el cielo azul, e inevitablemente volvió a mirar el matorral de vellos
negros que coronaban su sexo y terminó por fin ayudando a arrancarle los
pantalones.
Ahora el forastero estaba completamente desnudo. Sus largas
piernas morenas eran las más velludas que Lee hubiera visto nunca. No pudo
evitar tocar las peludas pantorrillas y ascender lentamente hasta los muslos
fuertes y afilados, tan propios de quien monta a caballo diariamente. El
forastero abrió ligeramente las piernas. Los pesados testículos cayeron entre
ellas, captando la mirada de Lee. Sus manos parecían moverse ya por cuenta
propia. Ascendieron por el camino de vellos, palpando piel ardiente y áspera
hasta tocar la suave y plumosa pesadez de los testículos. Lee los tomó en una
mano. Ya no había ningún pretexto que pudiera salvarle. Allí no podía haber
ningún hueso roto que sirviera de excusa. Había sólo un par de bolas calientes y
pesadas, sudadas por el roce y la montura, con un olor penetrante y masculino
difícil de pasar por alto. Junto a las bolas, el pene grueso y largo había
terminado de erguirse. La mano de Lee continuó su batalloso ascenso, apresando
la carne tiesa y turgente.
La verga era bastante grande. Mucho mas que la del propio
Lee, única referencia conocida. Fue un momento revelador y excitante al mismo
tiempo. El miembro latía como si tuviera vida propia y la sensación de tenerlo
en sus manos tan diferente de tocar su propia verga. Fascinado, Lee se acercó un
poco más. El forastero aprovechó para acercarle el grueso cacharro a su boca, lo
cual al propio Lee no se le había ocurrido hasta ese momento.
No debería, pensó Lee, sin que eso le evitara abrir los
labios, y comenzó a chuparla de a poquito, ganándole terreno a la conciencia y
dejándose llevar por la curiosidad y la calentura. Al abrigo de los matorrales,
olvidándose ya de toda consideración, Lee disfrutó dando su primera mamada. La
verga del forastero entraba y salía de su boca, mientras con la mano libre,
trataba de abarcar la mayor cantidad de piel velluda y caliente, pecho, piernas,
abdomen y por supuesto, el pesado y caliente par de huevos.
El resultado, una intempestiva y caudalosa venida que
sorprendió a Lee de pronto, no quedándole mas remedio que tragar los abundantes
y espesos chorros de caliente semen.
Limpiándose con el dorso de la mano, los ojos azules y el
pálido rostro, Lee cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo. Con un tardío
espasmo de culpabilidad se puso de pie y regresó a la carreta. No hizo caso de
los gritos del forastero, rogándole que volviera para ayudarlo, pidiéndole que
no le dejara malherido y desnudo en medio de la nada. Azuzó a la mula sin mirar
atrás y llegó a la casa cuando ya casi anochecía. No quiso cenar ni aceptó la
invitación de sus hermanos para tomar una cerveza antes de irse a la cama, como
era costumbre en la familia. Encendió un cigarrillo y en la soledad del granero,
con todo y su arrepentimiento se masturbó furiosamente reviviendo paso a paso lo
sucedido esa tarde, con el regusto acre del semen aun vivo en su boca.
El paso de los días, las tareas diarias y el trabajo continuo
le fueron dando poco a poco la paz perdida. Dejó de sentirse culpable y casi
logró convencerse a sí mismo de que nada había cambiado. De vez en cuando se
acordaba del pecho velludo y la gruesa verga, pero trataba de pensar en otras
cosas y de fingir que no tenía una erección cada que recordaba en lo sucedido.
Inevitablemente, y por mas que intentó posponerlo, tuvo que regresar al pueblo a
hacer sus menesteres. Casi con miedo se acercó a la cantina, pero respiró
aliviado al encontrar sus viejos conocidos y los repetidos chistes a sus
costillas. De puro gusto se tomó un par de copas extras, y bastante bien servido
regresó a su casa. Poco después de salir del pueblo, en un recodo del camino,
tres jinetes le salieron al paso.
De nuevo nos encontramos, mi amigo – dijo la última voz
que a Lee le hubiera gustado escuchar en aquel momento.
Al forastero le acompañaban dos tipos. Sonreían, con esa
sonrisa siniestra del cazador que descubre que tiene acorralada una buena presa.
La mula no respondió al desesperado intento de Lee por escapar y en cuestión de
segundos le tenían cerrada toda salida. Se internaron en la espesura, ocultando
la carreta después de bajar a Lee con un par de empujones.
La última vez me dejaste en muy malas condiciones – dijo
el forastero.
Trataba de ayudarte – le recordó Lee.
Y lo estabas haciendo muy bien – dijo el hombre sobándose
la entrepierna sugestivamente.
Sus compañeros rieron y Lee enrojeció de vergüenza al darse
cuenta que ya ellos sabían lo sucedido.
Tan bien lo hiciste – continuó el forastero desabotonando
ya sus pantalones – que me di a la tarea de buscarte para que pudieras
terminar lo que empezaste.
Toda la labor de Lee por borrar de su mente lo vivido se
desmoronó en un instante al ver aparecer el peludo sexo de aquel hombre. No
estaba aun totalmente erecto, colgaba entre sus piernas morenas como un grueso
trozo de salchicha. El prepucio estaba completamente descubierto, y reposaba
pesado sobre sus peludos huevos.
Mira nada más – comentó uno de los secuaces sujetando a
Lee por el pescuezo – qué pedazote de carne te vas a cenar, cabroncito.
Empujó a Lee sobre el forastero, de tal suerte que quedó de
rodillas y apenas a centímetros de su sexo. Una mano le empujó desde atrás y la
gruesa verga tocó su rostro.
Venga – dijo el tipo – que no quiero lastimarte. Abre la
boca y chúpala– ordenó.
Lee tomó el enorme pene y comenzó a lamerlo. En cuestión de
segundos el fierro comenzó a crecer dentro de su boca, con la rechifla gustosa
de los otros dos.
Sigo yo – dijo uno de ellos bajándose también los
pantalones y parándose junto al forastero, que como buen amigo le dejó el
camino libre para que utilizara la boca de Lee.
Sin apenas un respiro, la segunda verga reclamó las
atenciones de Lee. Esta, a diferencia de la del forastero, era bastante mas
corta, pero mucho mas gruesa, tanto, que a Lee le costó trabajo respirar y mamar
al mismo tiempo.
Venga, camarada – invitó entonces el forastero al tercer
elemento – que también hay sitio para ti.
Sin mayores ceremonias, el individuo se acercó con la verga
tiesa y asomando ya por la bragueta. La cabeza de Lee fue guiada hacia la pija
recién llegada y se la metieron en la boca en cuestión de segundos. Comenzaron
entonces a alternarse, obligando a Lee a comerse los duros rabos uno a uno,
hasta que la temperatura de todos comenzó a alcanzar topes que rápidamente les
hizo desear algo más.
Vamos a desnudarlo – dijo el forastero una vez que
parecieron hartarse de tanta mamada.
Como si fuera un juguete colectivo, entre los tres sujetos
pusieron a Lee de pie y comenzaron a arrancarle las ropas, sin que les importara
lo más mínimo los ruegos del asustado hombre, que a pesar de todo, como pudieron
comprobar los otros rápidamente, estaba tan excitado como ellos.
Pero si parece una señorita – dijo uno de ellos al
terminar de quitarle toda la ropa.
Lee, avergonzado como un niño, se tapaba el sexo con las
manos, desnudo e indefenso en medio de todos, mientras ellos le hacían girar de
un lado al otro.
No tiene un puto pelo en todo el cuerpo! – dijo admirado
otro de ellos.
Le subieron los brazos, revisando sus sobacos, le tocaron el
pecho, completamente lampiño, las piernas, lisas y firmes como las de una
adolescente, las nalgas, tan tersas y blancas como la porcelana.
No puede ser – dictaminó el forastero acariciando los
blancos cachetes traseros de Lee – seguro en el ojo del culo tiene algunos
pelos.
Vamos a revisarle! – sugirió su camarada.
A pesar de las protestas de Lee, lo despatarraron boca abajo
sobre una manta en el suelo y le abrieron las piernas sin hacer caso de sus
protestas. Tres ávidos pares de manos se dieron a la tarea de abrir sus nalgas,
atisbando curiosos en sus partes más íntimas y privadas, donde sólo encontraron
un pequeño y sonrosado agujerito, totalmente apretado y sin la menor señal de
vellosidad por ningún lado.
Parece el culito de un niño – dijo el forastero burlón y
divertido.
Aunque de seguro le debe caber perfectamente algo dentro
– sugirió provocativo otro de ellos.
Probemos – corearon los tres al mismo tiempo, con
lascivas risotadas.
Tras humedecer un dedo con saliva, la pequeña prueba comenzó.
La punta del dedo acarició los apretados pliegues externos del fruncido ano,
arrancando un apagado gemido del atribulado Lee. Pronto, el inquisitivo dedo
comenzó a presionar, venciendo la natural resistencia del músculo por dejarse
penetrar.
Mas, mas, mas – animaban divertidos los compinches, y el
forastero, complaciéndolos, introdujo el dedo hasta el primer nudillo.
Lee sintió la intromisión en una extraña mezcla de placentera
vergüenza y creciente excitación. Había imaginado cosas así muchas veces, aunque
reconocía que jamás tendría el valor de llevarlas a cabo. La fantasía se tornaba
ahora realidad, y en ella, Lee se abandonó reconociendo la agradable sensación
de que las cosas no dependieran ya de él.
Me toca, yo también quiero – pidió uno de los hombres.
Buen amigo, el forastero dejó el camino libre, sacando el
dedo del pequeño culito de Lee, que respiró excitado a la espera de que otro
dedo le acariciara el ojete. Para su sorpresa, en vez de un dedo, algo húmedo y
caliente entró entre sus nalguitas abiertas. Volteó hacia atrás, incapaz de
reconocer aquella nueva sensación, y descubrió el rostro del segundo tipo, el de
la verga gruesa y corta enterrado en su trasero. Era su lengua lo que Lee sentía
en el culo, y la intoxicante caricia le arrancó un gemido de ardoroso e
inesperado placer.
Parece que le encanta que le mamen el hoyito – comentó el
forastero.
Y lo tiene delicioso – dijo el tipo entre dientes, sin
dejar de lamer el vibrante centro de sus nalguitas abiertas.
Déjame ahora a mí – pidió el tercero, reclamando su
turno, que innovadoramente combinó las dos acciones, metiéndole un dedo en
el culo y mamándoselo al mismo tiempo. Lee arqueó la espalda sorprendido y
todos rieron de su estupefacto placer.
El juguete fue utilizado para el beneplácito de todos.
Alternaron entre unos y otros para disfrutar con dedos, lenguas y dientes el
blanco y bien formado trasero de Lee. Sus pequeñas nalgas eran brutalmente
separadas, dejando el agujerito de su culo a merced de la inagotable imaginación
de aquellos recios vaqueros. También utilizaban su boca, y si no era la larga
tranca del forastero, era la gruesa verga del otro, y si no la de su compinche,
pero el asediado Lee siempre terminaba mamando verga. Le pellizcaban los
pezones, enrojecidos ya de tantas atenciones, se los chupeteaban como si se
trataran de los de una mujer, retorciéndolos entre sus fuertes y callosos dedos,
más acostumbrados a las bridas de los caballos que a la suavidad de aquellos
pálidos y sonrosados botones que adornaban el lampiño pecho de Lee.
La cosa parecía no terminar. La tarde terminó decayendo, pero
no el ánimo de los tres violadores, que pese a las mamadas y caricias, lejos de
cansarse parecían tomar nuevos bríos bajo la luz de la luna llena, que sumió el
claro del bosque en un escenario natural donde el desenfreno de aquellos hombres
parecía no tener fin.
Yo creo que ya va siendo hora de que nos lo cojamos –
declaró finalmente el forastero, y las temidas palabras, esperadas desde
hacía mucho rato, pusieron a Lee mas caliente que nunca, por mucho que
pretendiera convencerse a sí mismo de lo contrario.
El delgado cuerpo blanco parecía refulgir en aquella luz
inquietantemente clara. Uno de ellos había encendido ya una hoguera, y el calor
de las llamas vibraba amarillo en los cuerpos sudorosos de los hombres. Lee se
dejó llevar por las manos del forastero, que poniéndolo en cuatro patas dispuso
de su culo, tan sobado, mamado y violentado ya, preparándolo para darle la
estocada final. La gruesa verga se acercaba como en un sueño, un sueño que el
pequeño Lee había soñado ya muchas veces, pero nunca con aquella enorme cabeza
lustrosa, aquellas venas hinchadas y aquel empuje violento de toro embravecido.
El forastero presionó con la punta y Lee se preparó para
descubrir su toque doloroso. En vez de eso, el miembro le entró en el cuerpo con
la suavidad con que penetra el cuchillo la blanda mantequilla. Lee boqueó de
deseo, al descubrir la enervante sensación de ser llenado por el culo con algo
tan grande y tan caliente. Ni en sus sueños más locos lo había imaginado de esa
forma. La verga le colmaba las ansias y las paredes del culo, le taponaba el
aire, el ano y el sosiego. Se replegó en el fondo de aquella sensación,
dejándose manipular por las masculinas y velludas manos, que le atenazaban las
blancas caderas, poniéndolas en su sitio, moviéndolas de pronto, abriéndolas a
su antojo, sirviéndose de su cola como cualquier macho cabrío se sirve de la
grupa de su hembra.
Pronto se encontró con la verga de los otros en la boca. Ya
no reconocía si era la verga gorda o la otra. Las mamaba con la misma pasión y
con la misma entrega, ahora poderosamente estimulado con la verga que tenía
enterrada en el culo, que le horadaba el cuerpo y las ganas sin dejarle un
resquicio de humanidad siquiera, y como animal en celo, reculaba buscando el
pito que lo sodomizaba sin dejar de mamar y chupar al mismo tiempo.
Este cabrón nació para ser cogido – declaró uno de los
tipos, no supo cuál, pero la frase lo sacó de pronto de aquel fuego que lo
consumía, echándole un balde de fría realidad.
No, no, no! – gritó Lee de pronto, dándose cuenta del
alcance de lo que hacía y lo que le hacían
Pero era tarde. Los tipos estaban ya mas allá de cualquier
consideración, y sordos a sus protestas y gemidos, continuaron con su agradable
tarea. El forastero continuó bombeando con fuerza, sin importarle nada mas que
enterrar la verga en el apretado culito de Lee, que a duras penas lograba
sostenerse sobre manos y rodillas, mientras su cabeza era sostenida por el amigo
en turno, metiéndole la verga en la boca. Finalmente el forastero explotó,
regando las vírgenes entrañas de Lee con sus potentes chorros de leche.
No hubo tiempo para descansar ni tomar aliento. El de la
verga gorda y gruesa tomó a Lee de la cintura y le dio la vuelta. Apenas unos
segundos para ver la enorme luna llena y ya el hombre le estaba levantando las
piernas, pegándoselas al pecho, dejando así el pequeño y enrojecido ano
completamente abierto. Un par de escupitajos, completamente innecesarios pues el
culito rebosaba de viscoso semen, y le enterró la verga sin el menor miramiento.
Lee se sintió de nuevo lleno, casi dolorosamente lleno con aquella verga que le
taponaba de nuevo su agujero. Sacudidas, vaivenes y empujones, y un nuevo río de
semen depositado en su interior.
El tercero esperaba ansioso su turno y no tardó ni un minuto
en voltear a Lee boca abajo y empujar sus piernas a los lados, echándole todo el
peso de su cuerpo en la espalda, mientras abajo su verga encontraba fácilmente
el lubricado y resbaladizo agujero de su culo, entrando triunfante y certera
hasta el fondo. Un suspiro escapó del maltratado y cogido Lee, quien una vez más
sintió cómo su ano se abría con aquella mezcla de lujuria y vergüenza para dar
cabida al miembro de otro hombre, y disfrutándolo encima. Los cuerpos se
consumían al amparo de la hoguera, los deseos insatisfechos chisporroteaban, lo
mismo que Lee, retacado de verga y ansias, que no remitieron, ni siquiera cuando
el tercer amante de la noche le regaba el interior con su hirviente semen.
Lee, entrecerrados los ojos, le vio levantarse y juntarse con
sus otros dos compañeros, que desnudos y satisfechos, tomaban un trago de licor
mientras dejaban que sus respiraciones y temperaturas volvieran a la normalidad.
Los pitos se les iban deshinchando, con algunas gotas de semen escurriendo
todavía de las puntas, mientras que Lee, blanco e indefenso, se sentía todavía
arder en el deseo.
Los hombres rieron cuando notaron su estado, y por consejo
del forastero, tan atractivo y peludo en su completa desnudez, se acercaron para
rodearlo. Uno de ellos tomó su verga en la mano, mientras otro acariciaba
suavemente sus tetillas y un tercero le metía tres dedos en el dilatado culo,
rebosante de semen. Bastaron un par de minutos para que Lee tuviera un orgasmo
apoteósico y profundo, que le dejó exhausto y liberado.
Ahora puedes irte – dijo finalmente el forastero
volviendo al abrigo de la hoguera – eres libre.
Libre?, se preguntó Lee en silencio, desnudo y con un río de
semen escurriendo por sus nalgas y muslos. De verdad puedo ser libre ahora?,
volvió a preguntarse mientras se ponía la ropa, sucia de polvo y sudor y
desataba la mula para volver al hogar, y se lo siguió preguntando durante el
camino en medio de la noche clara, mientras los brincos de la carreta le
recordaban en su maltratado trasero todo lo ocurrido.
Su familia dormía ya para cuando finalmente llegó. Mejor así.
Las ansias se le habían calmado, pero los moretones en su piel tan blanca, eran
un mapa donde cualquiera podría leer lo que le había sucedido. Se bañó en
silencio, se quitó la tierra pero no lo sucio, se durmió cansado pero no
tranquilo y se despertó antes del alba, para que su mujer no viera su cuerpo
desnudo.
De todos modos las marcas le quedaron por mucho tiempo. No
las del cuerpo, que se borraron en pocos días, sino las otras, las que realmente
importaban. Esas que le hacían volver al pueblo con mas frecuencia que antes.
Esas que se ganaba con esfuerzo cuando encontraba a alguno de aquellos tres
tipos, o a los amigos de éstos, que poco a poco se enteraron de lo bueno que era
Lee y su lampiño agujero. Esas marcas que lo hacían único y diferente al resto.
Las marcas de Lee.
Si te gustó, házmelo saber.
altair7@hotmail.com