Mi relación con Francisca, mi única hermana, nunca fue lo
cercana e íntima que normalmente cabe esperar entre dos hermanos. Quizá debido
en parte a la diferencia de edad (ella es ocho años más joven que yo) pero
también y sobre todo, para que negarlo, por culpa de mi rústico carácter y de mi
odiosa manera de ser. Creo que para mí, Paquita, como la llamábamos en casa,
siempre representó, desde que nació, un estorbo, un molesto e inesperado
imprevisto que vino a incrustarse en mi vida cómoda y egoísta de hijo único.
Para ser sincero, no recuerdo haber sentido nunca por ella ternura ni cariño
fraterno, ni haber compartido momentos de complicidad o diversión. Durante toda
su infancia la ignoré por completo, salvo en los momentos en que se convertía en
el objetivo de mis burlas y humillaciones. Y si alguna vez fue ella la que
intentó acercarse a mí en busca de cariño, siempre la alejé con malas maneras,
gritos, insultos e incluso con algún pescozón.
A todo lo anterior vinieron a sumarse un par de incidentes
que no contribuyeron en modo alguno a acercarnos, más bien todo lo contrario,
creo que nos acabaron de alejar por completo.
El primero ocurrió unos días después de mi regreso a casa de
cumplir el servicio militar en las islas Canarias (como pasa el tiempo ¡de eso
hace ya 35 años!) donde permanecí más de dos años sirviendo (en el poco heroico
puesto de cocinero) en Infantería de Marina. En aquel entonces Paquita debía de
tener unos 14 años y su cuerpo ya no era el de la estúpida niñata que había
dejado en casa antes de marcharme, sino que sus nacientes pero ya generosas
formas la estaban convirtiendo en una tierna mujercita, en una deseable hembra.
Era el mes de agosto y un calor agobiante aplastaba la
ciudad. Esa noche había salido a celebrar junto a unos amigos con una buena
juerga mi regreso a Madrid y volví a casa ya haciéndose de día y bastante
borracho. Recuerdo haber entrado en el piso apresurado por la acuciante
necesidad de orinar y haberme dirigido directamente al baño, cuya puerta abrí de
un empujón al tiempo que me iba ya desabrochando el pantalón. Suponía que todos
dormían por lo que me sorprendió encontrarme a Paquita sentada en el retrete,
con carita de sueño, las bragas por los tobillos y tapada solo por el camisón
ligero y cortito que utilizaba para dormir, en el cual se marcaban de manera muy
excitante sus tiernos senos.
Entre la borrachera, lo salido que andaba (mi estado natural
y permanente, sobre todo en aquella época) y la irresistiblemente erótica imagen
de mi hermanita sentada en el inodoro y casi desnuda, me encontré de repente con
la verga tiesa y fuera del pantalón, pelándomela con una mano al tiempo que me
dirigía hacia mi sorprendida hermana con una viciosa mirada fija en la cara.
Como ya les expliqué en mi anterior relato al presentarme a
ustedes, poseo un pene fuera de lo normal, excepcionalmente grande y viril. Por
aquel entonces, en plena juventud, mi tranca erecta alcanzaba unas dimensiones,
como era el caso en ese momento, extraordinarias, superando los 30 centímetros
de longitud y 8 de diámetro.
En vista de la situación Paquita reaccionó como si de repente
ardiera el plástico sobre el que estaba sentada. De un tirón se subió las bragas
y salió corriendo, intentando huir. Al pasar por mi lado la atrapé por un brazo
y la atraje contra mí, con fuerza, arrinconándola contra la pared y reteniéndola
con mi ya por entonces voluminoso y grasiento cuerpo.
-Ven aquí nena, ¡ya estás hecha una mujercita! Y que rica que
estás... Mira, ¿habías visto ya alguna vez lo que tiene un hombre de verdad
entre las piernas? –Le decía babeando de vicioso deseo y con voz gangosa de
borracho, mientras le arrimaba y frotaba la polla- Tócame el rabo, Paquita,
bonita. ¿Te has comido ya alguna verga? Seguro que no, y menos como la de tu
hermanito...
-¡Suéltame cerdo, gordo cabrón asqueroso, se lo diré a mamá!
–Me gritaba ella mientras se debatía.
A pesar del forcejeo conseguí deslizar mi polla tiesa por
debajo de la tela del camisón y comencé a frotarla contra la piel tersa y
caliente de su barriguita, y a sentir un placer enorme notando como el hinchado
glande chocaba contra los jóvenes y duros senos, como se movía arriba y abajo
entre ellos, follándolos, mientras mis manos los apretujaban y les pellizcaban
los pezones. Tal era mi estado que no tardé en correrme, gruñendo como un animal
en celo y vertiendo abundantes chorros de lechoso esperma sobre el pecho de mi
tierna hermanita, dejándole el camisón hecho un asco, con grandes manchas de
semen.
Con la intensidad de la bestial corrida relajé la presión que
ejercía contra ella, cosa que aprovechó para escapar, sollozando y sin dejar de
insultarme. Mis padres, profundamente dormidos, no se enteraron de lo ocurrido y
con el paso de los días olvidé por completo aquel incidente.
Unos meses después volvió a ocurrir algo similar. Era sábado
por la tarde y me acosté a dormir la siesta. Al despertar estaba, como solía
ocurrirme cada vez, completamente empalmado, con la polla tiesa y ardiendo de
ganas de clavarla en un agujero húmedo y caliente. Me levanté con la intención
de ir a buscar al armario una de mis revistas guarras (traídas de contrabando de
Alemania, puesto que por aquel entonces, en la España franquista, estaban
prohibidas y no se encontraban en los quioscos) para cascarme una paja
mirándola, cuando me llamó la atención el silencio que reinaba en el piso. Salí
de la habitación y avancé por el pasillo, precedido por mi potente y orgullosa
polla, que estoica salía por encima del elástico del calzoncillo apuntando al
techo, y me detuve delante de la primera puerta del pasillo. La puerta del
dormitorio de mis padres. Estaba cerrada, cosa que me intrigó por lo inusual, y
al tiempo que recordaba que los viejos asistían esa tarde a una corrida de
toros, me agaché para mirar por el ojo de la cerradura.
Me quedé de piedra al ver como en el interior, tumbada sobre
la cama y desnuda, se encontraba Francisca, con una mano entre las piernas
abiertas y entre las cuales había colocado también una almohada, y pasando con
la otra mano las páginas de lo que parecía ser una revista ilustrada. Mi
hermanita, creyéndose sola en casa, estaba ojeando con indudable interés una
revista pornográfica, que imaginé debía pertenecer a nuestro padre. ¡Y mientras
la ojeaba se estaba haciendo un dedo, cascándose una paja cual putilla viciosa!
Como es natural, eso acentuó mi excitación. Me quité el
calzoncillo y mirando a esa tierna zorrita masturbase, observando sus blancos y
macizos muslos abiertos, sus senos firmes balancearse con el movimiento de la
mano en su entrepierna, me pajeé la polla durante un par de minutos hasta
ponerla completamente tiesa, hasta lucir una vigorosa y pétrea erección.
Entonces entré en la habitación.
Cuando me vio entrar quedó como paralizada. Al acercarme pude
ver la foto de la revista que estaba observando en ese momento, la cual ocupaba
toda la página. En ella una monumental rubia estaba despatarrada y sentada sobre
una polla, de la que solo se podía ver la base y que se adivinaba de buen
calibre, hundiéndosela completamente en el abierto y peludo coño (en aquella
época las actrices porno no se solían depilar como ahora) mientras sus manos
sostenían sendas vergas erectas, una de las cuales se introducía en la boca, de
la que le caía un hilo de baba transparente.
- Vaya, vaya, con la niña. ¿Qué estás leyendo, hermanita?
–dije al llegar al borde de la cama, sin dejar de pelar mi monolítica polla,
sobre la cual había clavado ella la mirada- ¿Te excita ver a esa furcia comerse
esos rabos? Aquí tienes una polla que vale por todas esas juntas, tesoro, ven,
ahora verás que gustito más rico te va a dar tu hermanito…
Ella parecía temerosa y empujó con los talones sobre la cama
hacia atrás hasta quedar contra el cabezal viejo de madera, recostada, mirándome
fijamente y con la respiración haciéndose más rápida y ruidosa por momentos, no
entendí muy bien si producto de la excitación, del temor o de una mezcla de
ambos. Subí a la cama de nuestros padres y ante la proximidad del calor de su
cuerpo, del olor a joven hembra excitada y la placentera tentación de su lechosa
y tierna piel, me abandoné al deseo y a mi instinto animal.
Con un rápido movimiento de la mano izquierda le quité la
almohada que seguía alojada entre sus magníficas piernas, mientras con la
derecha se las separaba para venir a colocarme entre ellas, dejando caer la
imponente masa velluda de mi barriga y mi pecho sobre el tierno cuerpo de mi
hermanita. Agarrándola de las muñecas, levanté y eché hacia atrás sus brazos y
comencé a mamarle golosamente los pezones. Mi pene latía y ardía de deseo. Lo
tenía colocado entre los labios del virginal coñito de mi hermana, completamente
abierto al mantener mi ancho cuerpo entre sus piernas, y comencé un movimiento
de vaivén, frotando intensamente el duro tronco de mi rabo contra la húmeda
rajita. Comencé a sentir un enorme placer y a gemir como un puerco sin dejar de
lamerle las tetas y chuparle con ansia los tiernos pezones.
- Que gusto Paquita, ¡jodeeeeer! Que chochito más rico que
tienes, putita, que gusto me da chafártelo y sentirlo mojadito contra mi polla,
ahhhhhh, ¡que rica que estás, mi pequeña furcia! Ahhhhhhh…
Ella solo decía en un susurro… "no, no, no…", pero al mismo
tiempo gemía gozosa, y al cabo de unos minutos de estar restregándole el rabo
sobre el coño sentí su cuerpo temblar de placer y sus gemidos intensificarse al
llegar al orgasmo. Anticipando apenas la inminente venida del mío decidí
correrme eyaculando de la manera que más me ha gustado hacerlo desde siempre,
brindando al mismo tiempo a mi hermanita la que sin duda fue su primera ducha
facial de semen.
Desde ese día, no entiendo porqué, Paquita me evitó como si
fuera portador del más mortífero y contagioso de los virus. Nunca me hablaba, se
las arreglaba para no coincidir conmigo a las horas de las comidas, salía cuando
yo me quedaba en casa y evitaba frecuentar cualquier lugar por el que yo pudiera
pasar.
Los años pasaron. Al poco de cumplir los 22 se casó con el
gilipollas de Nicolás, un engreído bocazas que siempre me miró con aires de
superioridad y que me hablaba utilizando un insultante tono despectivo. Bueno,
siempre lo hizo hasta que en una ocasión, en su propia casa y durante una fiesta
de cumpleaños de su hijo Vicente (la última a la que me invitaron) le sellé los
morros de un puñetazo, partiéndole de paso dos dientes y dejándolo inconsciente
durante veinte minutos.
Tuvieron dos hijos, Vicente y Paloma. El mayor, Vicentín, se
tituló en enfermería y debe de andar por Africa realizando, según me explicó él
mismo, misiones humanitarias. Personalmente, sospecho que la más humanitaria de
sus misiones debe de consistir en dejarse dar por el culo por los superdotados
negros gaboneses habitantes de los poblados que frecuenta ya que, para hablar
claro y pronto, el chico es un auténtico pedazo de maricón. Espero, Vicentín,
que si por casualidad lees esto y te reconoces, no te sientas ofendido.
Y la pequeña, mi sobrina Paloma, de 17 años, estudia en el
instituto público de enseñanza media de aquí del barrio. Sin gran éxito puesto
que, según tengo entendido, ha repetido ya varios cursos. No se puede decir que
Paloma sea un modelo de inteligencia, sin embargo, no sé si para su bien o para
su mal, es una preciosa jovencita a la cual la naturaleza ha dotado de un
magnífico cuerpo (¡como me recuerda a su madre cuando esta tenía su edad!)
rebosante de excitantes formas y feminidad.
Actualmente, a pesar de vivir en el mismo barrio y a solo
unas pocas calles de distancia, pueden llegar a pasar muchos meses sin que
Francisca y yo hablemos o nos veamos. En ocasiones incluso me digo que quizás me
evite, como hizo durante los últimos años en que convivimos juntos en el piso de
mis padres, el cual ocupo yo ahora, donde vivo solo desde que enviudé. También
desde entonces, una o dos veces por semana bajo a comer al bar de Enrique, "Casa
Quique", situado en un local de los bajos de mi edificio. Suelo hacerlo cuando
Encarna, la jamonaza de su mujer, conocida como "la Quica" y a la que gustoso
follaría si tuviera la ocasión, prepara de menú del día alguno de mis platos
favoritos, como por ejemplo lentejas con chorizo, callos, fabada asturiana o
cocidito madrileño.
El sábado de la semana pasada me encontraba en dicho
establecimiento. Acababa de zamparme una magnífica fabada, regada con abundante
vino tinto, y mataba el tiempo mirando el telediario en la televisión que tienen
colgada en un rincón del bar, fumando y bebiendo coñac. Había quedado con Paco y
Anselmo, mis inseparables amigos, a las seis de la tarde para nuestra partidita
diaria, por lo que no tenía ninguna prisa. Observaba embobado en la pantalla a
la bonita periodista morena de pelo corto y ojos claros que presentaba las
noticias, abandonándome a la naciente bruma de vapor etílico que comenzaba a
apoderarse de mí e imaginando la de cositas ricas que podría hacerle a una
muñequita como esa si por casualidad pudiera pillarla entre manos. Entonces unas
voces chillonas, acompañadas de alocadas risas, llamaron mi atención. Entraban
al bar Paloma y un grupo de chicas del barrio, amigas de mi sobrina y de más o
menos su misma edad.
Sin dejar de cacarear y llamar la atención, se sentaron todas
alrededor de una mesita situada muy cerca de la mía y pidieron a Enrique unos
cafés. Iban todas vestidas como furcias, con ajustados pantalones de cintura
baja, dejando ver algún que otro hilo de sus minúsculos tangas, mostrando las
barriguitas con perforados y decorados ombligos, los riñones tatuados y
exponiendo parte de sus tetas por los descarados e inmorales escotes. No podía
dejar de observarlas y sentí como me excitaba ante la proximidad de esas jóvenes
hembras, hasta tal punto que disimuladamente coloqué una mano en mi entrepierna
y sobre la fina tela del pantalón comencé a frotar, lo más discretamente que
pude, mi morcillona polla.
Al cabo de un rato (y de tres copas más de coñac) las chicas
pagaron los cafés y se levantaron para marcharse. Saludé a Paloma al pasar por
mi lado y le pedí que me permitiera invitarla a tomar algo y que charláramos un
poco, simulando interesarme por el estado de salud de sus padres y hermano. Ella
aceptó, se despidió de sus amigas quedando en verse más tarde, se sentó en la
silla de mi derecha y pidió una copita de anís dulce, que Enrique trajo a la
mesa junto con otra copa más de coñac para mí, y la cuenta.
Mientras hablábamos, a mí, ya medio borracho y completamente
salido, me costaba horrores desviar la mirada de su escandaloso escote, en el
cual sus gordas tetas rebosaban prietas y tentadoras. Ella debía de notarlo y
supongo que por eso tenía fija en los labios una coqueta y burlona sonrisa. Yo
sentía mi rabo engordar y comenzar a apretar caliente contra mi muslo.
Disponiéndome a pagar la cuenta, saqué del bolsillo de la
camisa el fajo de billetes que había ido a buscar esa misma mañana al banco y
que correspondía a la totalidad de mi pensión de jubilación mensual.
No me fío de los bancos (¡todos unos chorizos!) y no me
aclaro con las tarjetas de crédito, por lo que cada mes, al llegar la pensión,
voy a caja y saco la casi totalidad de la paga en efectivo, dejando solo lo
justo para poder efectuar los pagos domiciliados.
-Joer, tío Manolo ¡estás montao! Menudo montón de pasta, unos
tanto y otras ná de ná. –Exclamó Paloma, con su vulgar hablar, al ver en mis
manos los billetes.
-¿Te gustaría ganarte unos euros, princesita? –Le pregunté
con la voz un tanto pastosa y una viciosa mueca.
Ella me miró a los ojos durante unos segundos, con mirada
pícara e interesada, estudiándome, dudosa, hasta que finalmente contestó con
vocecita de putita mimosa:
-Pos la verdá es que me gustaría conseguir 30 euros pa
mañana. Quiero ir a un concierto que hay en el pabellón de deportes y estoy sin
blanca.
Empujado por el deseo y desinhibido por el alcohol, tomé su
mano por debajo de la mesa y se la coloqué sobre el bulto de mi polla, dándole a
entender de manera inequívoca qué era lo que esperaba de ella para hacerse
merecedora de ese dinero. Paloma, lejos de cortarse o asustarse, me dio un par
de apretones sobre la verga con su manita y exclamó bajando la voz y riendo
divertida...
–Anda, tío, ¡te has empalmao como un cabrito! Si quieres, y
si me prometes que nunca se lo contarás a nadie, por esos 30 euros te hago una
paja con las tetas.
No podía creer lo que acababa de oír. Durante unos segundos
me quedé pasmado y sin saber que decir, incrédulo ante esa inesperada actitud
descarada y desvergonzada de mi sobrinita, pero al mismo tiempo excitándome como
un animal y sintiendo el vicio apoderarse totalmente de mí.
Deposité unos billetes en el platito de la cuenta y sin
esperar el cambio nos levantamos y salimos del bar para subir a mi casa, tan
solo dos pisos más arriba.
Al llegar la hice pasar al salón, que por cierto, como de
costumbre, estaba hecho un desastre y apestaba a tabaco al permanecer aún los
ceniceros llenos de colillas de la noche anterior, y la invité a sentarse en el
sofá.
Mientras sacaba los 30 € pactados del bolsillo y se los
ofrecía, le pedí:
-Vamos Palomita, guapa, enséñame ya esas tetas tan ricas que
tienes.
Con una desenvoltura digna de la más experta de las furcias
mi sobrina, tras guardarse el dinero en uno de los bolsillos del pantalón, se
quitó el top cortito que vestía y dejó libres ese par de magníficas tetazas. Dos
deliciosos melones, grandes y tersos, coronados por anchos pezones rosados, y
que desafiaban la ley de la gravedad burlándose descaradamente de ella.
No pude evitar abalanzarme sobre ellos y atraparlos con mis
manos, poner mi boca sobre uno de los pezones y empezar a chupetearlo con fuerza
y a mordisquearlo. Juntándole los dos senos, apretándoselos fuerte con mis
manazas, le mamaba ambos pezones, pasando de uno al otro, babeándolos y
comenzando a gruñir como un cerdo salido, loco de vicio. Sinceramente, es el
mejor par de tetas naturales que jamás disfruté en toda mi vida. Y a mis 57
años, les aseguro que he disfrutado de unos cuantos.
-Venga tío, sácate ya el rabo que te haga la paja, que te
estás poniendo muy burro. –Me soltó la muy furcia, dominando claramente la
situación y sorprendiéndome de nuevo al mostrar como, con tan solo 17 años,
parecía estar acostumbrada a putear de esa manera.
Como un estúpido adolescente tímido e inexperto, obedecí sin
decir palabra. Me incorporé y quité el pantalón y el calzoncillo. Mi polla
excitada estaba muy hinchada, no completamente erecta pero si mostrando un
impresionante volumen y manteniéndose tiesa en posición horizontal, paralela al
suelo.
-¡Hostias tío Manolo, que pedazo de polla que tienes!
-Exclamó clavando en mi rabo sus desorbitados ojos, francamente sorprendida ante
el descomunal pene que tenía delante.
-Nunca viste un cipote como este, ¿verdad princesita? –Dije
divertido y orgulloso- Y eso que estoy seguro de que ya has debido ver un buen
montón de pollas.
-Joer, pos claro que no tío, y eso que he jodido ya con
buenas trancas, pero nunca ninguna como este monstruo.
-Menudo pedazo de furcia que estás hecha, Palomita, quién lo
iba a pensar. –Añadí- No sé a quién has salido. ¡Con lo mojigata que es tu madre
y lo pánfilo que es tu padre!
-Pos habré salío a ti, tío Manolo, que ya veo que eres un
guarro de cojones. –Me contesto de nuevo riendo burlona al tiempo que alargaba
la mano y comenzaba menearme la polla- Seguro que la tía Carmen, que en paz
descanse, disfrutó como una bendita con este rabo.
Esa pequeña puta me estaba volviendo loco. Hablándome con ese
descaro y tan segura de sí misma. Además, me estaba pajeando la polla de una
manera deliciosa, como hacía mucho tiempo que nadie me la pelaba tan bien,
subiendo y bajando su dulce manita por todo el tronco de mi pene, acariciándome
los huevos al llegar abajo, y despellejando y apretando con los finos deditos el
hinchado glande al subir. Sentía un placer inmenso y quería más. Le pedí entre
gemidos, apenas sin voz, que se quitara el pantalón, que se desnudara del todo.
-Ohhhhh Paloma, tesoro, quiero follarte, ahhhhhhh, que gusto
me das pequeña furcia. Quítate la ropa y déjame llenarte el coño como nunca te
lo llenaron y matarte de gusto, ahhhhhh, ¡jodeeeeeer, que gustazo, putita!
-¡Pero que dices tío! –Contestó sinceramente escandalizada-
Qué quieres, ¿partirme en dos con ese tarugo? ¡Y una mierda! D'eso ná, quedamos
en que te haría una paja, nada de follar. Venga, ven, métemela entre las
tetas...
¡Maldita niña descarada y contestona! Con gusto le hubiera
metido dos hostias y arrancado la ropa a tirones para clavarle la verga en el
coño, para meterle una follada que no habría olvidado en mucho tiempo. Pero, por
otra parte, ¡qué gustazo me estaba dando la muy zorra! No quería asustarla y me
dije que sin duda podría follarla en otra ocasión. Me arrodillé sobre el asiento
del sofá a su lado y le coloqué el duro mástil de mi verga sobre las tetas,
frotándolo entre ellas. Ella se las cogía con las manos y me las apretaba contra
la tranca, sacudiéndolas enérgicamente arriba y abajo. Y con la boquita venía a
acoger el glande cada vez que este subía hasta su cara, lo besaba, le escupía y
daba lametones. ¡Qué terrible placer me estaba dando!
Noté que también ella disfrutaba, se le habían puesto los
pezones hinchados y duros, y los pellizcaba y estiraba con sus dedos mientras
mantenía las tetas apretadas contra mi polla.
Al cabo de pocos minutos de tan delicioso masaje sentí que me
corría, y gruñendo y babeando de gusto aceleré el ritmo del vaivén de mi polla
entre las divinas tetas de Paloma. Al sentir la inminente avalancha de semen me
agarré la polla con una mano, machacándomela fuerte, y con la otra cogí de un
puñado el pelo de mi sobrina. Froté con fuerza el hipersensible y mojado glande
contra la piel joven y tersa del rostro de la putita y gritando sin retención,
bufando como un animal, dejé brotar sobre su carita las lanzadas de esperma que
ella acogió paciente, cerrando los ojos y la boca, hasta que cesaron.
Me derrumbé agotado sobre el sofá. Paloma se levantó y se
dirigió al baño para lavarse, puesto que había recibido chorretazos de semen por
toda la cara y el pelo y le comenzaba a caer resbalando sobre el pecho y el
resto del cuerpo. A su regreso, mirándome divertida ahí tirado y muerto de
cansancio y de placer, mientras se vestía, me dijo:
-Qué, te ha gustao, ¿verdá tío? Joer, ¡te has quedao ahí to
tirao como un gorrino muerto de gusto! –Rió con ganas- Oye, tío, estaba pensando
que a mi amiga Rita, que está muy buena y es un pedazo de putón, le gustan los
viejos... estooo... bueno... quiero decir, los hombres maduros –rectificó un
tanto confusa. Y las pollas grandes, cuanto más grandes mejor. Me lo ha dicho
muchas veces. Es una guarra increíble, ¡aún más guarra que yo! –añadió
guiñándome un ojo. Ya se ha follao a la mitad de los profesores del instituto.
¡Este año lo aprueba tó a la primera! –Rió de nuevo a gusto- Seguro que si le
hablo de ese pedazo de pollón tuyo puedo conseguir que le interese y la puedo
convencer para que venga a follar contigo. Yo te la traigo y te la pongo en
bandeja, pero eso te va a costar por lo menos 50 euros para cada una. Qué me
dices, ¿se lo propongo?
Un par de días más tarde me llamó y me comunicó lo que su
amiga Rita había contestado a la proposición.
Aún me faltan por lo menos dos semanas para cobrar la pensión
y ya me quedé sin dinero. Pero cuando la cobre, ya sé en que me voy a gastar los
primeros 100 euros.