Una gota de sudor cayó blandamente sobre el folio donde había
garabateado una ecuación que se suponía que debía conocer al dedillo, alcé la
vista, comprobé en el libro de ejercicios que me había equivocado en dos puntos
fundamentales y comprendí que así nunca aprobaría el examen.
Aquella mañana el verano ardía con un blanco cegador en las
paredes del patio de vecinos. Busqué desesperado a través la ventana
entreabierta cualquier señal de un soplo de aire: la ropa balanceándose en el
tendedero, las flores de la vecina agitándose con dulzura o un minúsculo
movimiento de las hojas de apuntes, pero fue en vano, el aire, denso como
aceite, dormía húmedo y caliente sobre la ciudad.
Distraído de lo que estaba haciendo, contemplé en el vidrio
glaseado de la ventana de enfrente el reflejo de mi propia ventana. Me pareció
que una mancha se movía súbitamente tras el cristal, o quizá solo fuese la
sombra de un pájaro, pero, sin que lo tuviese que pensar, mi mano apartó algunas
hojas de papel sobre la mesa y rozó levemente con la yema de los dedos el
delicado encaje de las braguitas de lycra de color negro que había escondido
tras ellos y volví a perderme fantaseando sobre su dueña.
Llevaba solo casi todo agosto, mis padres se habían ido de
viaje, un circuito por Italia, con una buena disposición y un júbilo que me
había parecido poco menos que una humillación, indiferentes, al parecer, ante mi
vuelta a Barcelona. Hasta llegué a imaginar que les echaba en falta. La soledad
en la ciudad desierta trastornó mis hábitos. Por las mañanas no salía de casa,
las dedicaba únicamente a estudiar aviónica, como estaba haciendo en aquel
momento, y repasar gramática y ortografía francesas, que me eran vitales para
poder continuar los estudios con la beca que disfrutaba. Por las tardes, me
tumbaba en la cama y solo me levantaba para ir a comprar al súper o a correr un
rato. Por las noches, a pesar de que hubiera querido seguir durmiendo, no podía;
cuando el sol se ponía solo podía dormir a intervalos efímeros.
Mañana, tarde y noche mi fantasía recorría los mismos
senderos: como se ajustarían aquellas bragas a su cuerpo, todos los
abultamientos y recovecos que esconderían, ocupaba mi cerebro. Soñaba despierto
con ello, deliraba dormido. Aquella única visión me perseguía allí donde fuese,
hiciese lo que hiciese, hablase con quien hablase. Nada podía hacer por
distraerme o apartarlo de mi mente.
Sentía curiosidad por conocer a la dueña de aquella prenda, o
quizá debiera decir al dueño ¿Porqué es siempre tan confuso? Hubiese querido que
aquellas bragas no estuviesen siempre recién lavadas, perfumadas con jabón y
suavizante. Hubiese querido que atesorasen su aroma, que oliesen a ella. Darle
forma, color y olor a mi imaginación. Soñaba con el enorme bulto que las bragas
que en aquel momento tenía en las manos debían albergar y, sobre todo, con aquel
agujero oscuro, y que era el centro de mis deseos. En sueños lo besaba, lo
lamía, describía círculos líquidos y calientes con mi lengua, lo devoraba.
Sin embargo, esta historia comienza muchos meses antes:
después de acabar dos carreras en la Politécnica, había conseguido una beca de
un año para estudiar aviónica y sistemas en Francia y solo volvía a Barcelona en
las épocas en que se suspendían las clases.
Una mañana mis padres me telefonearon a Toulouse para decirme
que la señora Teresa, la anciana que vivía antes en el piso de enfrente, había
muerto. Solo una semana después el dueño del piso ya se lo había alquilado a una
transexual mulata. Mis padres, furiosos, fueron a protestar ante el dueño,
hablaron con algunos vecinos e incluso acudieron al ayuntamiento para ver que se
podía hacer. A mí, la verdad sea dicha, el cambio de vecina me pareció de lo más
interesante. Sin embargo, el tiempo fue pasando y con él el tema de la nueva
inquilina del piso de al lado fue desapareciendo poco a poco de nuestras
conversaciones telefónicas. Nunca se presentó ningún problema e incluso a mi
madre, de forma increíble, le cayó simpática la nueva vecina.
La primera vez que volví a pasar unos días a casa, me quedé
fascinado al observar el escaparate de lencería húmeda que unía mi ventana con
la de la nueva vecina. Un camino multicolor de bragas, medias y sujetadores
danzando en el vacío del patio de luces, todo prendido por pinzas de madera y
plástico de colores chillones, flotando en la altura de nuestro séptimo piso. El
sol, que rebotaba en las paredes encaladas, hacía centellear las prendas
empapadas.
Una tarde que volvía de tomar unas cervezas con los colegas,
picado por la curiosidad, sisé una de aquellas piezas, un tanga braguita rojo
que estaba a pendía a menos de un palmo del alféizar de mi ventana, con la
intención de estudiarlo con más detenimiento. Mis amigos me habían contado una
leyenda urbana: que aquellas prendas eran especiales, estaban diseñadas
específicamente para ocultar los genitales de los travestidos.
Lo recogí furtivamente del tendedero, pero cuando lo tuve
entre mis manos, y por muchas vueltas que le di, no conseguí verle nada
especial. La única forma que se me ocurrió de comprobar si la afirmación de mis
colegas era cierta fue probármelo yo mismo, así que cerré la puerta, me desnudé
y me puse las braguitas. Éstas eran aproximadamente de mi medida, me situé
frente al espejo y estuve ensayando diversas posturas para colocar mi pene y mis
testículos de forma que no fuesen visibles. Un ruido súbito en el patio de luces
me sobresaltó, apagué la luz de mi cuarto y me quedé en silencio intentado
descubrir que estaba pasando. Esperé hasta que el ruido cesó, me quité la
braguita, me volví a vestir y fui a devolverla al lugar de donde la había
cogido. Pero, al abrir la ventana, descubrí que las cuerdas de tender estaban
vacías, mi vecina acababa de recoger la ropa tendida.
No podía devolverla, me quedé la prenda esperando que se
presentase una nueva oportunidad de volverla a colgar. Sin embargo, aquella
noche, al iniciar la pajilla nocturna diaria, no sé muy bien porqué, me dio
morbo pensar que podía ponérmela para celebrar la diaria ceremonia de
autosatisfacción. Abrí el cajón en el que la había escondido, me las puse e
inmediatamente mi miembro se despertó con una erección instantánea. Comencé a
acariciar mi pene, rígido como una pilastra de hormigón, envuelto en la suave
tela de la braguita tanga. Mientras agasajaba mi sufrido pene, sentía que el
hilo posterior del tanga se hundía entre mis nalgas rozando mi ano con dulzura,
fantaseé con que era la tibia lengua de mi vecina que se diluía en mi culo. En
menos de un minuto me corrí con una serenidad monástica. Sentí como un río de
semen caliente atravesaba la tela, desbordaba las costuras y me calaba la mano.
A la mañana siguiente no supe que hacer con aquel trozo de
tela pringosa. Lavarlo era impensable, mi madre lo hubiese descubierto; volverlo
a colgar tal y como estaba también; solo quedaba la opción de hacerlo
desaparecer. Con toda probabilidad, entre el océano de lencería que había visto
colgado, el escamoteo de unas bragas concretas pasaría desapercibido. Me las
metí en el bolsillo, salí a la calle y las tiré en el primer contenedor de
basura que encontré.
Después de aquel día, y en la breve semana que aún permanecí
en Barcelona no cavilé más acerca de mi vecina ni sobre su colección de
lencería. Retorné a la universidad, a Toulouse, y no regresé a casa hasta que
acabaron las clases principios de verano. Para entonces ya me había olvidado por
completo de las bragas del travestí; sin embargo, solo tuve que entrar en mi
cuarto y contemplar otra vez, a través de la ventana abierta el surtido de
lencería, para sentir un calor familiar en la entrepierna.
Durante un rato me quedé mirando la ventana, tratando de
imaginar que aspecto debería tener mi vecina. Con mi familia no hablábamos de
ella y no tampoco tenía ganas de sacar el tema con mis viejos. Supuse que tarde
o temprano me acabaría tropezando con ella. Aquella misma tarde, después de
dejar deshacer las maletas, fui a mi antigua universidad, me senté delante de
uno de los ordenadores y estuve buscando en Internet imágenes que me inspirasen.
A última hora de la tarde, al salir de allí me dolían los huevos del recalentón
que me habían provocado todas las imágenes de transexuales mulatos y negros que
había visto.
Pasaron las semanas y pronto aprendí que todos los lunes y
los jueves podía admirar el desfile de ropa interior empapada del que, de vez en
cuando, sustraía alguna prenda para mi uso y disfrute privado. Después de cada
masturbación tenía más ganas de conocer a mi misteriosa vecina de rellano. Ya
sabía, por lo que había oído comentar a mi madre, que se llamaba Marcela y era
brasileña. Pero yo quería saber, después de todo lo que había visto en Internet,
cual era el aspecto real.
Anhelaba encontrármela en la escalera para darle un vistazo
detenido, pero no había sido posible. Hubiera querido toparme con él por la
calle, en el portal, en el ascensor, en el rellano de la escalera, donde fuera.
En ocasiones lo había vislumbrado a través del vidrio glaseado de su ventana,
pero nunca había visto más que sus brazos morenos colgando la ropa de húmeda de
los cables.
Finalmente, mis padres, como he referido anteriormente,
acabaron marchando a Italia y me dejaron solo en casa, para que pudiese estudiar
sin interrupciones. Cuando ellos partieron, mi fijación por la vecina se
convirtió en obsesión. Escuchaba los ruidos en su piso intentando descubrir sus
horarios, tratando de adivinar cuando saldría de casa para salir al mismo tiempo
y, si por fortuna no utilizaba el ascensor, poder bajar con ella. Pero todo mi
esfuerzo fue en vano, siempre se me adelantaba, cuando yo llegaba a abrir la
puerta de casa, escuchaba como el odiado ascensor se detenía en la planta baja.
Aquel atardecer, cuando comenzó este relato, al volver del
súper, tras sortear una zanja vallada que la compañía del gas había hecho
aparecer de improviso en la acera, me encontré con el portal a oscuras. Intenté
encender la luz de la escalera pero no funcionaba. Me resigné a subir los siete
pisos en penumbra cargando con las bolsas. La verdad es que jamás utilizaba el
ascensor. Sentía claustrofobia y me agobiaba pensar que aquella caja de metal
pudiese caerse y dejarme encerrado dentro hasta que me viniesen a buscar.
Un poco antes de llegar al primer rellano me di de bruces con
los glúteos orondos de una mujer que hacía grandes esfuerzos por empujar un
pesado carro de la compra. En las tinieblas del primer piso de la escalera solo
pude adivinar su figura. Vestía un camisón playero holgado y calzaba unas
sandalias de plástico. De hecho, en la cerrazón en que nos encontrábamos, me
pareció tan morena, que se hubiese dicho que venía en aquel mismo momento de
tostarse al sol en la zanja de la acera. Ella, al notar mi presencia a su
espalda, se giró un momento, sonrió y dijo:
— ¿Quieres pasar? Tú vas más rápido que yo —con un dulce
acento extranjero que, en un primer momento, no supe ubicar.
Intenté adivinar su rostro en la oscuridad y comprendí que
tenía que vérmelas con la dueña de la recopilación de ropa de interior que había
estado afanando. El corazón se aceleró de mi pecho. Temí una bronca en la
escalera.
— No, gracias, no te preocupes. Parece que tu carro pesa
mucho y yo no tengo prisa —acerté a decir con un cierto aplomo, mientras sentía
como la cara comenzaba a arderme de vergüenza.
— Sí, pesa una tonelada. He sido tan burra que no se me ha
ocurrido nada mejor que ir a comprar hoy las bebidas. ¡Vaya día han escogido
para cortar la luz!
— Si al menos hubiesen avisado… —repuse vagamente
— ¡Si lo han avisado! Hace días que hay un cartel en el
ascensor y otro junto al portalón de entrada —contestó con una sonrisa— ¿Es que
tú no coges nunca el ascensor?
— No, no me gusta, prefiero hacer ejercicio —le respondí para
no tener que dar explicaciones sobre mi aversión a los ascensores. Se trata de
un tema que la gente no suele entender.
— Claro, ya veo que está en forma. ¿Haces mucho deporte? —me
preguntó
— Sí, antes jugaba a rugby. Ahora estoy fuera estudiando y me
dejan entrenar con un equipo, pero no jugar. Hago lo que puedo para mantenerme
en forma.
Después de oír mi respuesta, ella continuó su ascensión hasta
que, por fin, alcanzó el deseado primer rellano. Se hizo a un lado y me dejó
pasar.
— Pasa hombre, que lo tuyo es deporte y lo mío penitencia…
—me comentó suspirando.
— ¿Quieres que te ayude? Vamos al mismo piso —le dije al
pasar junto a ella
— ¿Eres el hijo de la señora Montse… —me preguntó— …el
ingeniero de la beca?
— Sí, soy yo. Me llamo Jordi ¿Y tú?
— Yo me llamo Marcela. No sé si tu madre te habrá hablado de
mí. ¡Qué Dios te lo pague…! —me respondió al tiempo que me entregaba su carro y
se hacía cargo de mis bolsas
Empujé el carro hasta el siguiente tramo e intenté subirlo.
La mujer tenía razón, había comprado todas las bebidas aquel día, pero todas las
bebidas del mes, aquel carro pesaba más de cincuenta quilos. Comencé la dolorosa
ascensión arrastrando el pesado lastre, jadeando, sudando, con la garganta como
de esparto y los muslos entumecidos de subir.
Poco a poco, mis ojos se fueron acostumbrando a la media luz.
Delante de mi vista, los glúteos de Marcela se bamboleaban rítmicamente a medida
que ascendía. Desde el punto de vista del que disfrutaba eran redondos,
esféricos, de ellos nacían dos muslos oscuros, pulidos y poderosos que después
de la rodilla daban paso a unos gemelos perfectos. La planta sonrosada de sus
pies aparecía y desaparecía de mi vista en cada escalón, con un sonoro palmeteo
de sus chanclas de plástico. Me concentré en la contemplación de aquella grupa
soñada para borrar de mi mente el dolor en mis brazos y piernas, mi respiración
acelerada y, sobre todo, las gruesas gotas de sudor que chorreaban por mi frente
causándome una insufrible comezón en los ojos.
En el rellano del segundo piso las piernas ya no me
sostenían, me detuve para tomarme un respiro y dejarle algo de distancia. Mi
experiencia me decía que un cambio de perspectiva haría que la admiración de los
cuartos traseros de Marcela ganase muchos enteros, y así fue: la perfecta
anatomía de aquella grupa poderosa se dibujaba lúbricamente bajo la tela.
Mentalmente la desnudé para tratar de imaginar sus nalgas desnudas moviéndose
atléticamente ascendiendo delante de mi cara.
A medida que subíamos, crecía la luz que llegaba a través del
patio de luces. Entre el tercer y el cuarto pisos vislumbré como la costura de
las bragas; o quizá fuese del bikini, nunca lo sabré; se adivinaba bajo la
blanda tela de la camisa playera. Mientras lágrimas de sangre resbalaban por mis
mejillas, intenté adivinar cuál de todas las prendas adorables que había visto
pendiendo del tendedero era la que besaba en aquel momento el culo mulato.
— Jordi, ¿quieres que descansemos un rato? Te estás quedando
atrás —inquirió mi vecina sacándome de mi encantamiento
— No, todo está bien, solo me estaba tomando un respiro. Esto
no pesa tanto como parece —mentí entre jadeos, aunque era obvio que estaba
agostando mi energía juvenil en aquel inútil esfuerzo.
Al llegar al sexto piso, mi respiración se había convertido
en un estertor de muerte. Los hombros me ardían; los brazos que parecían
abarrotados de alfileres; me dolían con cada movimiento que hacía; tenía las
manos en carne viva; mis muslos eran dos bloques de granito congestionado y
sudaba tanto que fui dejando un reguero por toda la escalera.
Cuando ya creía que iba a morir, por fin llegamos a nuestro
rellano. Ella me miró compasivamente y sonrió con facilidad al decir:
— ¿Quieres pasar? Te invito a un refresco para compensarte
por el esfuerzo
— No gracias, voy a poner los yogures en la nevera —le
respondí, rebuscando las llaves del piso en el bolsillo del pantalón.
— ¡Puta misèria… a prendre pel cul! —exclamé al darme cuenta
de que me las había dejado dentro del piso.
— ¿Qué te pasa? —me preguntó Marcela que ya estaba a punto de
cerrar la puerta del suyo
— ¡Que me he dejado las llaves dentro! —le dije
— ¿A qué hora vuelve tu familia? —preguntó
— No volverán hasta septiembre… Pero puedo ir a buscar una
copia a casa de mi tía… cuando salga de trabajar —dije al recordar que mi tía,
que trabajaba en un restaurante tenía una copia de las llaves de casa.
— Bueno, pues, ¿a qué hora acaba de trabajar tu tía? —me
volvió a preguntar.
— A las dos de la madrugada —respondí con amargura, pensando
en que la única solución era ir al restaurante y esperar a que la mujer acabase
su turno. Parecía impensable que llevase las llaves de casa de su hermana en el
bolso.
— Anda, pasa —me invitó a pasar a su piso —y si me dejas los
yogures, los pondré en mi nevera para que no se estropeen —añadió tomando las
bolsas y dirigiéndose a la cocina.
— ¿Qué es lo que quieres tomar? —me preguntó antes de darse
la vuelta
— Si tuvieses un cerveza bien fría… es lo que más me apetece
en este momento —le respondí con sinceridad.
— ¿Quieres ducharte? Estás empapado de sudor —añadió desde la
cocina.
— No, gracias —respondí, pensando que después tendría que
volverme a poner la camisa sudada.
— Bien, entonces ve a la sala de estar y siéntate, en un
momento te saco tu cerveza —añadió ella
La disposición del piso de Marcela era simétrica a la del
nuestro, así que sabía perfectamente a donde debía dirigirme. Al llegar a la
sala de estar las contraventanas estaban cerradas dejando pasar tan solo unos
hilos de luz dorada que iluminaban débilmente la estancia. Hacía mucho calor, al
igual que en mi casa, la pared de la finca había estado calentándose al sol todo
el día y ahora caldeaba las estancias interiores. Me acercó una toalla y me
dijo:
— Al menos quítate esa camisa y sécate un poco con esto
mientras te preparo la cerveza —preguntó al aparecer un momento en la sala de
estar con los brazos cargados de fruta.
Me sequé lo mejor que pude, y me senté con timidez en el
borde del sofá cubierto con una sábana blanca evitando apoyarme con el torso
húmedo. Pensaba en cual iba a ser la mejor manera de salir de allí. Me sentía
incómodo pensando que le había estado robando las bragas a aquella mujer tan
amable sin preocuparme nunca de lo que le estaría costando. Tenia ganas de
escapar de aquel piso cuanto antes. Tomé mi camisa y ya me iba a marchar dando
cualquier excusa idiota que se me ocurriese cuando Marcela apareció con una
botella y una jarra helada y los dejó frente a mí, en una mesilla baja.
— Debes disculparme, pero quiero a quitarme esta ropa. He
pasado por el súper mientras venía de la playa y quisiera ponerme algo más
cómodo —afirmó antes de retirarse nuevamente sin darme tiempo a decir nada.
— Por supuesto —asentí
— Pero… siéntate, hombre, que no mancharás nada —me dijo
Me volví a sentar, me serví la cerveza y me la tomé en menos
de un minuto. El efecto inmediato fue que volví a sudar, esta vez aún más
copiosamente que antes.
— ¿Ya te la has acabado? —Escuché a Marcela antes de verla
aparecer con otra cerveza y algo de ropa en las manos— Esta era para mí, pero
creo que a ti te hace más falta. Tómatela, me voy a buscar una más —dijo,
dejando la nueva botella en la mesa y llevándose la vieja.
— No… no hace falta —intenté protestar sin demasiada
convicción
Al cabo de unos segundos volvió a aparecer por segunda vez y
esta vez me percaté de había cambiado su camisa playera por un seductor
picardías de encaje elástico negro con detalles de flores estampadas y unas
sandalias de tacón, hacia las que se desviaba mi vista sin que yo pudiera
evitarlo. Aquello era una declaración de guerra. Tener una erección en ese
momento resultó agradable y molesto a la vez pero no pude evitarlo.
Encendió la tele y nos sentamos en el sofá, ella se sentó con
un pie descalzo encima del sofá al lado de mi pierna, de manera que podía ver el
color de sus braguitas y el bulto que escondían. Marcela preguntaba acerca de mi
vida mientras movía sin cesar los dedos del pie descalzo, casi rozando mi
pierna, y notando como mis ojos no cesaban de moverse.
Observé su planta sonrosada, sus delicadas formas, su
perfección anatómica, sus dedos finos y equilibrados. Y ocurrió lo inevitable,
mi empalme ante aquella visión fue inmediato. Me quedé como embobado observando
aquellos pies mulatos sin poder apartar la vista hacia ningún otro punto. No
podría decir a ciencia cierta cuanto tiempo estuve disfrutando de aquéllas
maravillas, pero estuve embelesado hasta que me tropecé con sus ojos, ella con
los míos y fue entonces cuando descubrí que el transexual era consciente de mi
interés por sus pies.
Sin poderlo evitar mi mano se deslizó hasta su pie y comenzó
a acariciarlo. En un rápido movimiento ella elevó el pie hasta mi boca ávida y
yo lo acepté, me lo metí dentro y chupé dedo a dedo aquel pie. Saboreé la
humedad hedionda de sus pies que eran muy bellos, eso sí, pero quizá habían
sudado demasiado. Lamí de la planta al talón. No me reconocía a mí mismo. Estaba
absolutamente enajenado ante aquella travestí mulata y sus pies. El corazón me
latía a un ritmo hasta ese momento desconocido, y cada lamida de su dedo
aumentaba la frecuencia cardiaca.
El transexual me sobaba enérgicamente la cara con la planta
de su pie. Las yemas de sus dedos machacaban mis pómulos de forma dominante y
atrevida. Inconscientemente, mi lengua trataba de alcanzar un una parte de su
arco que se desplazaba, estrujando mis mejillas y deleitándome de su increíble
olor. El sabor salado de su planta me excitaba aun más y cuando Marcela decidió
embutirme el pie en la boca para que mamara sus dedos desde la raíz yo ya casi
había eyaculado por primera vez. No solo era la primera ver que unos pies me
excitaban de aquella forma, sino también la primera vez que unos pies eran
capaces de hacerme rebalsar dentro de mis calzoncillos.
La travestí negra no parecía inmutarse con mi excitación y
continuó hablando sin detenerse, mientras descalzaba el otro pie y me lo ponía
al alcance. Yo estaba tan excitado que continué lamiendo únicamente el primero.
Marcela se recostó más de lo que ya estaba y quitó su pie derecho de mi cara, lo
apoyo en mi hombro al lado de mi cara y colocó el izquierdo entre mis piernas.
— Ahora el otro —me dijo, y mi masaje oral continuó con el
pie diestro mientras ella hablaba y sonreía, tocándome la cara en ocasiones.
— Chupa también entre los dedos y trágate todo mi sudor
—ordenó
Mientras, tenía aquel pie mulato dentro de mi boca, el
transexual movía y frotaba los dedos entre sí tratando de que estos emanaran
todo su sabor en el interior de mi boca. A continuación el tema de su plática se
dirigió a sus gustos sexuales:
— Así, así, mi rey, lo estás haciendo muy bien… Pero, lo que
a mí me pone a mil es el beso negro —dijo y yo la miré directamente a los ojos
para intentar adivinar si me estaba tomando el pelo.
— Y sé por mi profesión que a muchos hombres también os
vuelve locos —continuó— Para mi es el preludio a una buena follada por el culo,
es la preparación para que mi ano se dilate al máximo en medio de oleadas de
placer y se prepare para que le introduzcan un objeto… y tanto puede ser tu
lengua, como tu dedo, un consolador o una verga… casi cualquier objeto me cabe
dentro cuando tengo el ano dilatado y relajado
Me quedé helado al oírselo decir con tanta sencillez.
¡Cuántas veces había soñado con aquellos pliegues sombríos! Tumbado en la cama,
junto a unas bragas recién robadas, mientras mi mano daba alas a mi imaginación,
lo había besado, me había sumergido en espirales profundas, lo había lamido con
deseo y lujuria. No me podía creer que mis sueños se hiciesen realidad, iba a
responder que me encantaría probarlo cuando Marcela se levantó, se calzó sus
sandalias, me dejó caer un beso en los labios y se dirigió de nuevo a la cocina.
Volvió con dos cervezas más y unas bragas arrugadas en la mano
— ¿Qué es lo que llevas en la mano? —le pregunté
— Solo son bragas sucias —me respondió—. Creo que has estado
utilizando las limpias, así que imagino que sentirás curiosidad por saber que se
siente con unas usadas —continuó
Creí que se me iba a caer la cara de vergüenza. Marcela, dejó
las botellas en la mesilla, me pidió que me levantara y sin previo aviso comenzó
a desnudarme. Me aparté un poco cohibido, pero Marcela me susurró que aquel no
era el momento de mostrarme tímido, se aproximó por detrás, continuó
desnudándome y mientras con una mano apretaba mis pectorales, uno por uno, con
la otra acariciaba mi pene completamente endurecido o apretaba mis testículos.
Desnudo totalmente y sin saber que decir observé como ella me
acostaba en el sofá, se desembarazaba de la braguita-tanga. La visión de la
tirilla de su tanga quedándose prendida entre ambos mofletes mientras se lo
bajaba perezosamente hizo que me relamiese anticipando el manjar que me
esperaba. A continuación se puso encima de mí, enfundó mi pene ya erecto en las
bragas usadas.
— Anda, Jordi, cómeme el culo —me imploró—. Me coma meu amor,
me faça sua namorada, sua fêmea, sua putinha...
Empezó a masturbarme y a acercar su entrepierna a mi cara, se
irguió un momento, me miró a los ojos y se sentó en mi cara, poniéndome el culo
en la boca, ofreciéndome su ano, un ano que casi se tapaba con el escroto. Mi
cara se zambulló dentro de sus glúteos. Con mis dos manos apoyadas en las nalgas
las separé, aspiré el aroma de su ano, que olía a macho y dejé que aplastase mi
cara mientras con mi lengua describía pequeños círculos alrededor de su ojete.
Tenía a escasos centímetros su verga pero no la toqué, solo me concentré en su
ano del que emergían algunos pelitos. Los embarré con mi saliva y dentro de su
agujero metí mi lengua, que ansiaba entrar en él, domarlo, relajarlo, dilatarlo.
Era consciente de que su verga se estaba endureciendo sin que nadie la rozara.
— Que delícia —repetía Marcela en las alturas— como você mama
bem!
Mi lengua, cuando ella se apartaba un poco, recorría todo el
perineo desde la base de sus testículos hasta su orificio anal. Yo estaba
hambriento de sexo y quería devorar aquel delicioso culo. Mientras mi lengua lo
penetraba líquidamente, Marcela sollozaba de placer, estrujándome con los
músculos de sus glúteos ávidos. Percibí como mi apéndice se abría paso entre sus
pliegues anales mientras el travestido me masturbaba con una mano y apretaba mis
testículos con la otra.
— Nunca me chuparam assim —dijo—, como você chupa gostoso!
Ella se restregaba contra mi rostro y le daba con más fuerza,
gimiendo y apretando mi cabeza contra su culete con los pies, enterrándome, casi
asfixiándome contra sus glúteos. Me pidió que la avisara cuando fuera a
correrme, y siguió apretando su culito contra mi cara mientras mi lengua se
deslizaba dentro. Apretaba mis testículos de manera que mi semen no llegaba a
subir, aunque lo intentaba, y seguía masturbando mi pene dentro de las bragas
usadas, de manera que comencé a notar que reventaba sin poder hacerlo.
No sé cuanto tiempo estuve entre sus piernas mientras ella me
trabajaba, cuando ni sus manos apretando podían contener mi explosión le avisé,
ella se echó hacia delante y poniendo los pies a la altura de mi cara me pidió
que le chupara los dedos gordos. Mi corazón latía vertiginosamente debido a la
excitación que tenía. Mi nariz y mi lengua se encargaron de absorber todo lo que
me ofrecían esos pies que se habían trasformado en mis nuevos y enérgicos amos.
Yo simplemente era un humilde lacayo de ellos. Ella los introdujo a la vez en mi
boca mientras no cesaba de acariciar mi pene con las dos manos, hasta que no
pude más y me corrí como una bestia dentro de sus bragas usadas, mientras
Marcela metía y sacaba los dedos de sus pies en mi boca.