NUNCA DECIDÍ CUAL DE LAS DOS ESTABA PEOR
No se què me impulsa a poner por escrito una de las
experiencias màs estrafalarias que me han sucedido en los años que llevo
dedicacados a la pràctica de la medicina. Puede que simplemente el deseo de
reflejarlo por escrito antes de que el paso de los años borre los detalles, o
tal vez porque el escribir sobre una experiencia sirve para reflexionar sobre
ella, y ayudarnos a extraer alguna conclusión. Y sinceramente, la pregunta banal
de cual de aquellas dos mujeres estaba mas desequilibrada a ido cobrando mayor
importancia para mi en los ùltimos tiempos. Y aun no se que contestar al
respecto.
Mi nombre es Raul del Pozo, y en aquel entonces era un
sobreexplotado mèdico novato al que endosaban las guardias que los veteranos del
servicio preferían dejar a los panolis a los que como yo no les quedaba màs
remedio que aceptar servicios de 24 horas en sàbados, festivos o periodos de
puente. Precisamente esos eran los días en que había mayor movimiento de
pacientes en el servicio de urgencias y màs necesaria era la experiencia de los
Dinosaurios, que contaban con contrato fijo y demàs lujos a los que yo no podìa
ni aspirar. La vida de un mèdico joven se parece muy poco a la vida de
comodidades que muchos asocian a la profe-
siòn. Asi que ahí estaba yo una noche de perros en una noche
de lunes, siendo el dia siguiente un martes festivo. Al menos el frìo y la
lluvia disuadìan a los hipocondriacos de abandonar la comodidad de sus casas,
decidiendo de modo unànime que sus males podìan esperar a que escampase antes de
salir de casa. Y los habituales borrachos, accidentados de tràfico y demàs ya se
habìan jugado el tipo durante el fin de semana, como era lo habitual. Una muy
tranquila noche, que me venìa de perillas para ponerme al dìa en la lectura de
una pila de revistas mèdicas y rellenar informes atrasados. Tenìa que haberme
hecho vendedor de coches usados, como mi hermano. El hospital estaba en calma, y
por ahorrar la plantilla era la mínima, asi que cuando una enfermera vino a paso
ràpido por el pasillo hacia la sala de mèdicos, ya sabìa que algo pasaba, y
estaba cerrando la revista antes de que entrase.
No es que me hiciese demasiadas ilusiones, pero reconocì con
alegria a la dueña de esos pasos apresurados pero a la vez elegantes. Sarah, una
chica de mi edad ( y soltera ademàs ), que lucia la màs preciosa cabellera
pelirroja que uno pueda imaginarse, larga hasta media espalda y rizada de modo
intrincado. No una de esas pelirrojas pàlidas de piel de leche, sino que tenìa
un tono de piel ligeramente tostado, que contrastaba a la perfecciòn con su
cabello. Màs bien bajita, no tenía una silueta explosiva digna de revista porno,
sino màs bien un encanto que venìa de su gracia al moverse, de como ejecutaba
sus tareas, de como siempre parecìa disponer de una sonrisa para quien la
necesitase. La adoraba. Y jamàs le habia dicho nada, por supuesto. Apenas tenìa
nada en la cuenta de ahorro, a mis 28 años ya lucìa yo algo de tripilla, no era
lo que podrìa llamarse guapo sino màs bien "vulgar". No me hubiese atrevido a
soltarle un piropo ni aunque mi vida hubiese dependido de ello. Y ademàs habìa
oido por ahì que debìa tener un novio trabajando en los Estados Unidos, y que
era de las que esperan a su hombre, pase lo que pase. Por supuesto, esos rumores
hacìan que yo aun la apreciase màs. Pero mis esperanzas de llegar a algo con
ella algun dia eran nulas. Siempre he sido demasiado, digamos, realista, para
permitirme soñar despierto. Pero me encanto que fuese ella la que abriese la
puerta de la salita, para con voz suave llamar mi atenciòn.
- Dr del Pozo, por favor, ¿podrìa audir al box numero dos?.
Ha llegado lo que parece ser un caso... del tipo dos veintitres
Yo la hubiese seguido hasta las mismisimas puertas del
infierno. De todos modos la mención a nuestro còdigo de clasificaciòn de casos
en Urgencias hizo que me sonrojase un poco al pasar a su lado. Se referìa a un
paciente que habìa ingresado debido a un problema mèdico relacionado con la
pràctica de una sesiòn de sexo que habìa ido màs alla de lo deseable. A veces
podìan verse casos que quitaban las ganas de comer, sobre todo si habìa drogas
de por medio. No me atrevì a preguntar a mi Sarah por detalles del parte del
ingreso, parecera ridiculo pero me daba un apuro terrible preguntarle sobre esas
cosas.
Ante la puerta del box de urgencias me encontre a una mujer
joven, de unos veinticinco años, delgada y muy bien arreglada. Estatura media,
pelo negro corti con un flequillo juvenil, ropa de Gucci y Dolce&Gavanna,
esperando de pie. Me pidiò permiso para pasar, con una frialdad que me
sorprendiò. Yo le dije apresuradamente que la tendriamos al tanto de lo que
fuese conveniente, pero que la intimidad del paciente y el funcionamiento del
servicio hacìa deseable que esperase en la sala de espera. Eso pareció
contrariarla mucho, pero yo estaba allì por el paciente, no por ella. Y si habìa
habido algùn abuso, a la vìctima le costaba mucho confesarlo ante testigos. En
ese momento no me pareciò posible creer que esa delgada muchacha fuese la
agresora.
Acostada en una camilla, vestida ya con una bata de examen de
color azul oscuro, se encontraba una mujer de unos 45 años, no era lo que
esperaba encontrar. No parecìa la madre de la joven, pense que serìan vecinas o
asì. No es la primera vez que una vecina trae a rastras a la vìctima de una
sesiòn de malos tratos conyugales. Se trataba de una mujer algo rellenita,
aunque no gorda como tal. Pelo rubio teñido, ojos preocupados y gesto de dolor y
preocupaciòn. Se encontraba de costado, y debajo de la bata se adivinaban unas
formas curvilineas bastante rotundas. Una de esas mujeres maduras que, sin ser
espectaculares, podìan atraer màs de un par de miradas, y obsesionar a algùn
adolescente del barrio. A mi me pasò... ejem, cosas de juventud. Procure adoptar
mi tono màs amable, màs aun teniendo en cuenta que Sarah me acompañarìa durante
el preceso del examen.
- Buenas noches, lamento que tengamos que conocernos en estas
circunstancias, pero ya que esta usted aquì le daremos el mejor trato del
mundo-. Le sonreì de modo franco y abierto. No serè guapo, pero dicen que cuando
sonrio transmito confianza y aspecto de chico inocente y lleno de buena
voluntad. Yo opino que esa sonrisa me hace parecer un poco bobo, pero era lo
adecuado para la situaciòn. - La enfermera y yo estamos aquì para ayudarla en
todo lo posible, no solo a nivel fìsico sino en todo lo que necesite. Puede
hablarnos con franqueza, el secreto mèdico es como el sacerdotal, y necesitamos
saber lo que le ocurre. Y por cierto, me llamo Raul, y esta preparada enfermera
se llama Sarah-. Me sentè a su lado, para no hablarle desde tan alto, en una
posiciòn de superioridad que muchas veces molesta.
-Doctor, necesito que entre Carmen, ¿porque no esta aquì?.
Quiero que este a mi lado mientras... me examina-. Parecìa verdaderamente
necesitada de ella, aterrada de que no estuviese allì. Bueno, pense, yo , si la
tranquilizaba... Mire la ficha de su expediente. - Pues como usted desee...
Marta. Ahora mismo le decimos que pase. ¿ Es acaso familiar suyo?.
-No, se trata de... vera es mi... amante-. Esa fue la primera
sorpresa de la noche. Pero no la ùltima. En algunas cosas estoy algo chapado a
la antigua, pero es el siglo XXI. No deje que mi sorpresa se mostrase demasiado,
y acercandome a la puerta llamè a la tal Carmen. Ella estaba esperando a dos
metros de la puerta, como si supiese perfectamente que la iba a llamar. Esa
sangre frìa que mostraba me resultaba desagradable. Muy desagradable. Pasó a mi
lado, dedicando una sonrisa a su compañera, que hizo que esta se derritiese del
gusto y olvidase todos sus dolores. Una mujer enamorada y a su lado alguien frio
que se apreovecha de ese amor... lo habìa visto ya demasiadas veces, pero no
entre dos mujeres que podrìan ser madre e hija por edad. Las parejas de
lesbianas son de lo màs responsable y cariñoso, casi nunca pasaban por aquì, no
como los alocados homosexuales que se llenaban de droga, y buscan rollo en
cualquier antro de mala muerte. También los hay serios y cariñosos... pero a
esos no tengo que recomponerles la cara, rajada con un vaso roto en un ataque de
celos furiosos causados por la metaanfetamina.
La tal Carmen se sento tranquilamente en una silla en un
rincòn, dejandonos trabajar pero sin perder detalle. Le hizo una señal
tranquilizadora a su amiga, del estilo "tranquila que aqui estoy yo". Pero su
frialdad me sorprendìa. Ni preocupaciòn, ni verguenza. Quise correr un biombo
entre ella y mi paciente, pero Marta se negò, con los ojos llorosos ante la
posibilidad de verse separada de su amante ni siquiera por un biombo. Decidì que
iba a ser de los màs profesional.. y distante.
- Muy bien, Marta, como usted se sienta màs còmoda. Si la
presencia de su amiga la ayuda, puede quedarse. Usted dirà que la trae aquì
exactamente.
-Verà doctor...- la verguenza le llenaba la cara, estaba
poniendose tremendamente roja. -He tenido que venir porque creo que me he
lastimado mi culo de guarra al meterme un bote grande de desodorante por èl.
Yo me quede sorprendido... al igual que Sarah. -Pero no hable
usted así, como puede rebajarse de esa manera...
-No me rebajo doctor, eso es lo que soy, una guarra, una
cerda que nunca encuentra suficientemente grande el objeto que tiene metido en
el culo. Esta noche me he metido tan fuerte un bote de desodorante familiar por
el ojete que creo que me he reventado el culo. He sangrado, y lo tengo en un
estado lamentable. Pero ni aun así estoy saciada.
Mientras hablaba yo revisaba con manos temblorosas el
analisis de sangre que le habìan hecho nada màs entrar.. negativo a drogas y
alcohol, sin antecedentes psiquiatricos al menos en la red sanitaria pública. Me
dì cuenta de que estaba ante la clàsica relaciòn Ama- Sumisa, y que esta pobre
mujer habìa caido en manos de una mente astuta y retorcida que la usaba para su
placer. Esas cosas no las aguanto. Me dirigì hacia Carmen, que nos miraba con
una leve sonrisa en la boca. Le chillè de modo nada considerado.
-¡¡Salga usted inmediatamente de aquí!!. Su presencia
perturba a la paciente y ademàs a mì. Ya me he encontrado a gente como usted
anteriormente. ¡¡Fuera o llamo a seguridad!!.
La respuesta no fue la que imaginaba, y ademàs por partida
doble. Carmen, si en verdad se llamaba asì, se limito a mirarme sin moverse, y a
explicarme amablemente que si tras haber sido admitida ahora la expulsaba, era
por una clara discriminaciòn por el hecho de ser lesbianas, y que si era
marginada por su condición me denunciarìa ante la Dirección, la Prensa y las
autoridades. Era educada, glacial, y claramente vengativa. En estos tiempos de
corrección política hasta el estrangulamiento, si la Direcciòn tenìa que escoger
entre afrontar a esa mujer hablando ante medio ciento de periodistas avidos de
noticias escandalosas o ponerme en la calle, iba a vender coches usados con mi
hermano en muy pocos dìas. Me gusta pensar que la habrìa echado de todos modos.
Fue su amante quien me lo impidiò.
Marta expliucò llorosa que a menos que pudiese expresarse
libremente y estar en presencia de Carmen, se irìa del hospital, que sabìa no
podìa obligarla a quedarse. Pero le daba mucho miedo el riesgo de una infecciòn
severa en el ano, o una hemorragia incontrolable. Por eso habìa venido. Pero
estaba dispuesta a irse. Y decìa la verdad, un abuso severo como el de... Dios
mio... introducirse un bote familiar de desodorante por el ano, podìa costarle
perder la ùltima parte del intestino grueso ante una infección, incontinencia de
por vida o cosas aun peores. Ya me habìa dado cuenta de que todo era un juego
malvado y en extremo sádico de la tal Carmen, pero ante todo mi obligación
estaba en ayudar a esa pobre mujer. Y me prometì a mi mismo que, como tuviese
ocasiòn, la ingresaba en psiquiatria para alejarla de su torturadora.
No me hizo falta comunicarme con palabras con Sarah, podìa
ser incapaz de decirle lo que la apreciaba, pero en Urgencias nos entendiamos a
la perfecciòn. El paciente lo primero, aunque esa perra morena nos hiciese
tragar quina. Y no podìa desear alguien màs equilibrado que ella a mi lado.
-Muy bien Marta, su amiga puede quedarse. Le ruego me
disculpe si la he molestado. Por favor, coloquese con las rodillas y las manos
apoyadas en la camilla, para que pueda examinarla.
Asì lo hizo, dando muestras de dolor e incomodidad mientras
lo hacìa. A mis espaldas escuchè la voz de Carmen, que con un tono socarròn
decìa que habia traido ese objeto, por si podìa servirnos para valorar su
estado. Si hubiese sabido que su amiga hacìa esas cosas no se lo hubiese
permitido, por supuesto. Todo mentira, mentiras descaradas, que dejaban a su
sumisa a la altura de la mierda. Mientras me colocaba unos guantes de examen,
giré la cabeza, y lo que vì me dejò helado.
Esa cosa media 40 o 45 cts de largo, y era grueso como un
puño de mujer. No podìa creer que ni una parte de ese monstruo hubiese entrado
en un ano humano. Lo sostenìa como si fuese un trofeo, didiendole con los ojos a
su sumisa lo orgullosa que estaba de como la habìa obedecido. La pobre mujer
estaba encantada, como un perrito al que le acarician el lomo. Solo tenìa ojos
para ella..
Concentrè mi atenciòn en el area afectada. Tenìa
verdaderamente mal aspecto, rojo e irritado. Al menos el intestino no se habìa
salido al retirar esa bestialidad, y habìa restos de lo abundante lubricante
sexual. Tenìa una compresa para contener la hemorragia, sujetada por las bragas.
La enfermera retiró ambas, con mano temblorosa. Apliquè un spray anestèsico en
la zona afectada, mientras Marta repetía una y otra vez que era una guarra
incapaz de controlarse, que se metìa de todo por el coño u por el culo, desde
zanahorias y calabacines a botellas y la pata de sillas. Yo estaba asqueado,
pero era el juego de su Señora. Me limitè a decirle que no se preocupara,
mientras la examinaba. Habìa temido algo peor. Sin lugar a dudas esta mujer
tenìa una larga experiencia en dilatarse analmente e introducirse objetos. Habìa
un par de desgarros menores, que con la aplicaciòn de antibioticos y coagulantes
locales sanarìan en unos dias. La sangre es muy escandalosa. Sin lugar a dudas
debìa haber sido dolorosìsimo. Cuando comenzò a explicarme que habìa pasado
HORAS con ese objeto en su interior, moviendolo para darse placer, mintiendo del
modo mas obvio mientras miraba a su amada, yo le puse un dedo en los labios.
-No siga, se lo ruego. No tiene nada que unos medicamentos y
unos dias de reposo no puedan curar. Pero no puedo seguir escuchandola, o tendra
que atenderla otro mèdico. No se porque se hace esto, o permite que se lo hagan.
Pero sepa usted que si necesita ayuda siempre estaremos aquì, no solo como
mèdicos, sino como amigos. Pero no se degrade así.
Tan efectivas fueron mis palabras, o el tono de horror y
compasión que desprendìan, que se hizo el silencio. Comencé a indicar a ambas
como debìa lavarse la zona afectada, hacer dieta blanda durante tres dìas, como
aplicarse un gel en la zona... cuando Carmen hizo su segundo movimiento. Lo que
me sacò de mis casillas. Se levantò y se acercò a su juguete de carne,
acariciandole el cabello.
-Has aguantado muy bien, querida, espero que no sigas siendo
asi de...implsiva... y que no tengamos que volver cuando este simpatico doctor
este de guardia, si sigues adelante con yu idea de meterte esa botella de
refresco de 2 litros en el chumino. Aunque algo me da que no serè capaz de
sacarte esa idea de la cabeza.
No se que me impulsò a actuar. Si esa actitud de suficiencia,
la seguridad de que la forzarìa a hacerlo, el rostro de miedo de la pobre mujer,
o los cardenales antiguos que habìa visto en sus nalgas y espalda mientras la
examinaba. Las marcas de anillado en los labios vaginales y en el la zona
clitoriana. No lo se. Lo que si se es que, como si tuviese voluntad propia, mi
brazo trazò un arco y golpeè con saña a esa sàdica hija de puta en la cara, con
un tortazo que la hizo volar y topar contra la pared del fondo. Acerque mi
rostro al de Marta, intentando desesperadamente convencerla.
-Por Cristo, mire lo que le esta haciendo, la va a lastimar
de por vida. Hoy a tenido suerte, mañana puede que no, Y cuando se aburra de
usted la dejará tirada y buscara otra mujer solitaria de mediana edad a la que
martirizar. Cuando su vida y su cuerpo ya esten rotos sin remedio. Dejeme
meterla enun programa de mujeres maltratadas. O incluso someterla a una revisiòn
en el ala de psiaquiatrìa, pero no vuelva con esa mujer.
Creo que mis palabras hubiesen podido convencerla, de no ser
porque esa arpìa fue muy ràpida en recuperarse. Se levantò, aferrandose a la
pared. Con la mejilla roja e hinchandose. No podrìa haberla golpeado en un lugar
que se viese màs, no señor. Y comenzò a hablar, y sus palabras destilaban
veneno. Tal vez deberìa haberla hecho callar de otro golpe, pero tenìa algo de
hipnòtico, como una Cobra lista para atacar.
-Asi que te gusta pegar, ¿eh medicucho?. Tanto como meterte
en las vidas de los demàs. Pero esta me las pagas. Si señor, verè como te
despiden por esto... tantos años de carrera para nada, pegando a una mujer, en
un arrebato machista contra una lesbiana...-.Sarah intentò decir algo, pero se
le atascaron las palabras. Marta miraba sin decir palabra, prendado de su
torturadora. Puedo decir muchas cosas malas de esa sàdica de la que estaba
enamorada, pero era astuta e inteligente. Viò su oportunidad de inflinguir
humillaciòn y obtener placer. Se dirigiò a mi adorada Sarah
-Pero bien pensado, tu puedes evitarle ese triste destino. Si
me enseñas las tetas y me contestas a cinco preguntas con la verdad, fingirè que
aquì no ha pasado nada. Si me mientes solo en una de las respuestas, te denuncio
tambièn a ti, Tu decide si juegas-. Al ver en acción a su Señora, la excitación
volviò a la sumisa Marta. Ya habìa pasado mi oportunidad. Yo no puedo recordar
bien lo que sentìa o pensaba. Habìa amenazado a mi adorada Sarah. Creo que di un
paso hacia ella para destrozarla con mis manos, pasase lo que pasase despues.
Fue el toque de la mano de Sarah sobre la mìa lo que me detuvo, tan sereno y
dulce como el resto de ella. Se solocò ante mi, recordandome cuanto habìa
trabajado, sufrido y luchado para llegar a ser mèdico. Nadie iba a tocarla, solo
enseñar una parte de su cuerpo de la que no se avergonzaba, y despues unas
palabras. Era mejor asì. Y yo sabìa que su familia necesitaba el dinero que
ganaba en el hospital, y que el escandalo la iba a salpicar. Todo por mi culpa,
por mi caracter impulsivo, y querer ir de caballero andante. Pese a tener dos
años menos que yo, era mas sabia y conocìa mucho mejor la burocracia y el
sistema en el que nos movìamos. Sus ojos verdes me miraron, y quede paralizado.
Sarah se giró hacia ese monstruo sàdico, al que creo que mi
golpe solo habìa excitado. Comenzò a desabrocharse la bata, que dejò sobre una
silla. Yo comencè a mirar al suelo, sintiendome el cerdo màs grande del mundo al
desearla cada vez màs mientras escuchaba el sonido de sus ropas al caer. Marta
no era tan modosa, y la miraba a la vez que a su Ama. Se soltò los botones de la
blusa. Abriò el cierre del sujetador. Yo apretè los ojos con fuerza, odiandome
al sentir como la sangre bajaba a mis genitales al oir el sonido del cierre. Con
solo abrir los ojos y alzar la mirada podrìa ver esos pechos que tantas veces
habìa deseado ver... ese cuerpo con cuya imagen idealizada me habìa masturbado
en noches solitarias. Antes de abrir los ojos me los arrancaria.
- Estupendas tetas, perra, no son muy grandes, pero son
adorablemente firmes. Creo que tendrìa que haberte exigido que me dejases
chupartelas, pero un trato es un trato. Y yo cumplo mis tratos. Asi que ahì va
mi primera pregunta... mirame a los ojos. Soy una experta en distinguir la
mentira, asi que ni lo intentes. Dime... ¿ Tu primera paja?
Tenìa 13 años. Habìa estado en el recreo mirando una revista
de tipo juvenil con unas amigas, en la que aparecia Don Johnson, Entonces era mi
idolo, en la serie de "Corrupción en Miami". Sentì algo humedo en las bragas
mientras miraba sus fotos. Le pedí prestada esa revista a mi amiga... y sola en
casa explorè esa humedad, jugué conmigo misma hasta hacerme gozar.
-Mmmmm....muy bien... ahora dime.... ¿alguna vez te han dado
por el culo, y que sentiste?
Lo intente una vez, con un noviete mientras estaba en la
universidad. Insistiò tanto que al final me dejè. Pero no funcionó. queria ir a
lo loco, y no podìa metermela. Asi que me fuí y no volvì con èl . No me
relaciono con personas a las que no les importa hacerme daño
-Eso por ahora... ¿ Te has hecho pajas pensando en mujeres ?.
Hablame de ello.
Lo he hecho, no me importa reconocerlo. El cuerpo femenino es
fascinante, no creo que haya muchas mujeres que no se hayan masturbado pensando
en una amiga o en una fotografia artìstica, no soez. Me he masturbado pensando
en mi compañera de pupitre en preuniversitario, con imagenes de artistas de cine
como Andie Mcdowell o Catherinhe Z Jones. No hay nada vergonzoso en ello
Le sostenìa la mirada de un modo impresionante. No me hacìa
falta mirarla para imaginarla, con el busto desnudo, pero desafiante como un
caballero medieval lanzando un reto. Y me estaba salvando del mismo modo que
antaño un paladìn salvaba a la Dama en apuros. En este caso yo era la Dama en
apuros. Temblaba de pura rabia, de lo que estaba pasando por mi.
- Lo que no quieres reconocer es que en el fondo eres una
bollera como yo, que esto te excita, que estas pensando en lo bien que podriamos
pasarlo juntas.¿ No?
Te equivocas, maldita transtornada. No me irìa contigo ni por
todo el dinero del mundo.Y si vuelves por aquí te saco los ojos. Te lo juro por
lo mas Santìsimo.
Yo Podìa notar la decepciòn que se abrìa camino desde el
interior de esa ambiciosa mujer. Habia tentado a Sarah.. y habìa fallado. Ahora
solo le quedaba una pregunta, e intentaria causar el mayor daño posible, solo
por el placer del mal.
- Y dime... ¿eres consciente de lo cachondo que estas
poniendo al buen doctor ahi plantada con las tetitas al aire?.
No me hace falta mirarle para saber que no ha abierto los
ojos en ningùn momento. Porque el es una buena persona a la que aprecio, algo
que con tu escala de valores no puedes entender. Y soy muy consciente de que el
saber que estoy desnuda de torso para arriba a un metro de él ha debido activar
su sistema hormonal... no seria un varòn si no lo hubiese hecho. Pero al
contrario que vosotras dos, èl no tiene nada de lo que avergonzarse. Y con esto
se han acabado tus preguntas.
Escuche como se vestìa de nuevo, mientras la sumisa Marta
bajaba de la camilla de esploración y comenzaba a vestirse trabajosamente. Al
lado de Sarah parecìa una mujer fofa, vieja y carente de atractivo. Mi Sarah
irradiaba luz, como una campeona. Lo que era. El rostro de Carmen estaba marcado
por la derrota, no había humillado a nadie màs que a sì misma. Sarah fue quien
dijo la última palabra.
-Teneis cinco minutos para abandonar MI hospital, u os saco a
patadas. No se cual de las dos me da màs asco, a ojos de un hombre puede parecer
que tu eres sádica cabrona con una vìctima, pero yo soy una mujer y se que las
dos estais para que os encierren. Espero que sea pronto.
Me tomó de la mano, y salimos al pasillo, tiró de mì hacia la
salita de mèdicos. Nunca volvimos a saber de esas dos. Al llegar a la intimidad
de la salita, Sarah rompiò a llorar y se apoyò contra mi pecho. Podìa parecer
una roca vista desde fuera, pero lo habìa dado todo para quitarle el placer a
esa arpìa de salir victoriosa. Yo la consolè mientras pude, incapaz de decirle
nada, temeroso de que me interpretase mal si la apretaba contra mi, o acariciase
su cabellera. Paso un largo rato, y yo me embriagué con el aroma de su
suavizante, de la colonia que usaba con un leve aroma de jazmin. Al final, esa
mano que antes habìa golpeado, ahora rozò la parte de la nuca de mi adorada
Sarah. No hubo rechazo, y la apretè un poco màs contra mi. Y entonces pronunciò
las palabras que nunca soñè que diria.
-No quiero volver sola a casa, no despues de algo así.
Salimos de turno en 30 minutos... ven conmigo.
A veces las malas acciones de los demàs tienen consecuencias
inesperadas. Como descubrí en las horas que siguieron. Y en los dìas, y en las
semanas...