TRÁLLAX X
La visita que hizo TERCHELD al tribuno SEXTO, los abusos a
los que fue sometido el bello emperador, y el prolongado tormento de TRÁLLAX.
CAPITULO 10
TERCHELD andando por una intrincada red de pasillos, iba
detrás de un esclavo ario, en dirección a uno de los ajardinados patios del
palacio imperial, lugar en que habitualmente se hallaba SEXTO y desde donde
emanaba casi toda la política a llevar en el reino. Pero no por la persona que
portaba oficialmente las doradas hojas de olivo, símbolo del emperador. Sino por
el tribuno, que era realmente el que llevaba las riendas del poder.
Tanto era así, que por casi todos era conocido que se jactaba
de poseer el mejor harén de esclavos del país, del que destacaba como el mejor
semental el mismísimo Emperador. El que ocupaba dentro de palacio el estrato más
bajo y sufría constantes vejaciones por parte de todos, incluso de los esclavos
de más baja ralea. Por eso su bello cuerpo, muy desarrollado por cierto, y muy
claro por la poca exposición solar a la que era expuesto; ya que siempre estaba
encerrado en lúgubres mazmorras. Lo mostraba a todas horas, casi desnudo y
siempre muy castigado.
Por eso cuando llegó TERCHELD no se extrañó de ver a MARCIO
el joven cachazas emperador de Roma de tan solo 21 añitos. Que en el centro de
un embovedado quiosco, sujeto por tres columnas corintias, se encontraba con los
brazos desplegados y encadenados fuertemente a ambos lados, mostrando indefenso
su demoledor físico; abierto de piernas, con los dientes muy prietos, mirando
orgulloso al frente, (¡zúmm!, ¡sspláss!):
- ¡Humm!, (¡zúmm!, ¡sspláss!), ¡humm!.- mientras por todas
partes era flagelado sin compasión por tres macizos negrazos, gimiendo y bufando
con desespero, al impacto directo de aquellas terribles herramientas, unas veces
en el fierro vientre, otras en torso y espalda, bestiales glúteos, o majestuosos
huevos. Y que por la gran cantidad de latigazos que mostraba su espectacular
cuerpazo, denotaba que ya era una larga sesión de disciplina:
- ¿Qué quieres de mí, marinero?.- le preguntó SEXTO nada más
verlo llegar. Que indicándole que se sentara, añadió:
- ¡Me ha dicho el esclavo que me ha anunciado tu visita, que
vienes de parte de RUFUS!, ¡mi hombre de confianza y uno de mis mejores
marinos!.- y cruzando ambos sus ojos con retadoras miradas, ninguno de los dos
apartó la vista del otro. Porque sin conocerse, eran conscientes de los
intereses contrapuestos que representaban, (¡zúmm!, ¡sspláss!):
- ¡Humm!, (¡zúmm!, ¡sspláss!), ¡humm!.- momento que TERCHELD
aprovechó para estudiar a su contrincante. Comprobando que SEXTO era un romano
puro por los cuatro costados. Pelo rizado canoso, muy ensortijado, corto a la
costumbre romana. Era un macho de unos sesenta años, 1’80, 70 kilos, bien
conservado y bastante definido, (¡zúmm!, ¡sspláss!):
- ¡Humm!, (¡zúmm!, ¡sspláss!), ¡humm!.- pero sin el empaque
muscular habitual entre los machos de Gaia; cosa poco habitual en esta
civilización, porque aunque hubieran alcanzado esa edad, la inmensa mayoría
cultivaban sus físicos con absoluta dedicación:
- ¡Siéntate por favor!.- le ofreció aquel cabrón, suavizando
de esa manera la espesa situación que se mascaba en el ambiente:
- ¿Es bellísimo, verdad?.- le comentó el tribuno guiñándole
un ojo, refiriéndose al atormentado musculitos. Que mirándolos desde el quiosco
con retadores ojos, (¡zúmm!, ¡sspláss!):
- ¡Humm!, (¡zúmm!, ¡sspláss!), ¡humm!.- seguía padeciendo el
tormento de latigazos sin queja; solo con sus músculos soberbiamente contraídos
y tensos, para encajarlos mejor:
- ¡Sí es cierto!.- le respondió, intentando en lo más
interno, impedir que su verga, excitada con los padecimientos del castigado
mozo, alcanzara una delatora erección delante del tribuno, (¡zúmm!, ¡sspláss!):
- ¡Humm!, (¡zúmm!, ¡sspláss!), ¡humm!.- cuando comprendiendo
que el esclavo ya había cumplido el castigo por uno de sus habituales intento de
fuga. Naciendo una sonrisa en los labios del tribuno, a viva voz:
- ¡Traed a la zorra!.- ordenó a los crueles negros que
dejaran de fustigar al desfallecido boy y librándole de las cadenas; a rastras
lo pusieron de rodillas junto a él. No quedándole a TERCHELD más remedio que
admirar tan macizo físico. Porque era un semental muy musculado, muy rubito y
blanquito, depilado. De grandes tetas tenía unos rosetones de pezones grandes y
muy rositas, anillados con unas gruesas argollas de platino repujados de decenas
de diminutos brillantes. Que con el pecho expandido, cabeza gacha y ojos
cerrados, mostrando los escandalosos abdominales de lo hercúleo y definidos que
eran, dejaba ver debajo de su estrecha cinturita unos rotundos glúteos, que
cincelaban a la perfección el estrecho canalillo que permitía el acceso a su
vilipendiado chocho. Quién, con los brazos engrilletados por las muñecas,
posados encima de sus cojones, estaba a la espera de la siguiente prueba a la
que iba a ser sometido. Cubierto literalmente de arriba debajo de lacerantes
verdugones, que daban fe de lo fuerte que fue el castigo:
- ¡Chúpame el nabo, esclavo!.- le ordenó entonces SEXTO. Que
viendo acercarse a MARCIO; siempre de rodillas, se puso junto a él y apartando
la gran toga de tribuno que llevaba puesta, dejó al aire su nervuda polla:
- ¡Oooooooooh.- tragándosela con pasión. Observando TERCHELD
que mientras la verga del tribuno se empinaba, la del sometido rubiales no se
quedaba a la zaga. Logrando alcanzar sus imperiales 29 ctms de polla. Notando
como la felación estaba volviendo loco de placer al tribuno, que retorciéndose
de gusto, se la clavaba todita, removiendo el duro cipote dentro del cálido
gaznate, hasta que lanzando su pubis para adelante:
- ¡Aggg!.- le metió el nabo hasta las entretelas, eyaculando
en la bonita boca del chico. Cuando que extrayendo la polla, SEXTO le ordenó:
- ¡Cómele el nabo a la visita, esclavo!.- y el emperador
girándose obediente, se acercó a TERCHELD. Que dejándolo llegar, permitiéndole
que apartara su faldita, con la intención de dejarle el nabo visible. Nada más
sujetársela para metérsela en la bocota:
- ¡Humm!.- dándole una patada en el pecho, le aclaró:
- ¡A mi no me da un esclavo una mamada de segundas!.- y
cayendo al cachas imperial al suelo. Éste en silencio se puso de rodillas y
posando las manos en sus magníficas nalgas, sacó pecho y agachando su hermoso
rostro, se quedó a la espera de ser usado de nuevo. Y es que era el único
habitante del palacio que tenía que ganarse a diario el sustento. Por eso, como
todos los días, le tenían preparado una despiadada prueba que tenía que superar.
Claro está, sí MARCIO quería comer:
- ¡Esclavos, preparad al Emperador, quiero que de comienzo la
prueba!.- y poniéndose de pié a una indicación suya, TERCHELD le siguió al otro
extremo del patio, en dirección a una gran mesa repleta de manjares:
- ¿Bueno, cuéntame a lo que has venido?. ¿Por cierto como te
llamas?.- le preguntó justo cuando pasaban a la altura de una veintena de
esclavos armados de porras, fustas, cadenas, cintos y látigos:
- ¡Me llamo TERCHELD!.- a la espera de que MARCIO pasara por
allí:
- ¡He venido a pedirle de parte de RUFUS, que anule la carta
de liberto de ROMEO!. ¡Está convencido de que puede ser un magnífico gladiador,
que podría reportarnos pingues beneficios!.- con la intención de impedirle
alcanzar una piscina llena de excrementos y orina de los caballos imperiales.
Tras la cual, si el esclavo emperador, conseguía salir de ella, hallaría el
premio de la mesa repleta de manjares. En donde, sentándose los dos, SEXTO
cogiendo glotonamente caviar traído de las lejanas regiones de oriente. Junto a
su acompañante se dispuso a ser testigo de la pruebas de resistencia a realizar
por el atlético MARCIO:
- ¡Lo siento, eso es imposible!, ¡ROMEO es mi hombre de
confianza, es el mejor capitán de navío esclavista que poseo y no pienso
renunciar a sus servicios!. ¡Díselo así a RUFUS!.- cuando viendo que TERCHELD
con cara seca se puso en pie para irse de allí. El tribuno le pidió:
- ¡No te vayas, quédate a comer conmigo y gocemos juntos de
lo que le espera a MARCIO!.- y el hispalense sentándose de nuevo, se dispuso a
hacer de invitado y cogiendo otra ración de caviar, le indicó a un esclavo ario
que le llenara la copa de vino de Lucroniun. Con la esperanza de disponer de más
tiempo para convencerlo, ya que si no lo conseguía, pensaba no obstante hacerse
con la propiedad del esclavo a la fuerza:
- ¡Gracias!, ¡sí!, ¡me quedare a verlo!.- y alzando la vista,
se quedó mirando al lugar donde se hallaba el guapo Emperador:
- ¡Joder, que dura me la ha puesto el chico!.- y metiendo
mano a su nabo, empezó a sobárselo excitado porque lo que iba a ver merecía la
pena:
- ¿Ayer fue obligado a llenar de ciemo la piscina para la
prueba de hoy!.- le comentó orgulloso el sesentón, por poseer un cachas tan
joven y bello. Y admirando la definida perfección de los pechos del visitante
añadió:
- ¿Si supieras como era antes?. ¡Era un terremoto, no dejaba
a nadie en paz, abusando de unos y otros sin parar!. ¡Hasta que yo lo transformé
así!, ¡en un musculitos muy dulce, sumiso y complaciente con todos!.- y con un
gesto de cabeza:
- ¡Me encanta el chico!.- les indicó a todos que comenzaran
la prueba. Y MARCIO poniéndose de pie, libre de la cadena que inmovilizó sus
brazos, se dirigió a la jauría de tiarrones, que con fustas, látigos, palos y
cadenas:
- ¡Ven bonito, acércate!.- le estaban infranqueando el paso a
la asquerosa piscina. Y aquellos cabrones le molieron a palos, (¡zúmm!):
- ¡Umk!, (¡zúmm!), ¡aug!, (¡zúmm!), ¡humm!.- siendo su
musculoso cuerpo lanzado de un lado a otro, encajando sus grandes pectorales
unos garrotazos que lo lanzaron al suelo. Comenzando sus pezones a ser golpeados
con una vara de fresno que portaba uno de ellos, mientras que otro a cadenazos
le marcaba sus recios abdominales hasta lograr que estos sangraran. Cuando no
teniendo un segundo de reposo, (¡zúmm!):
- ¡Umk!, (¡zúmm!), ¡aug!, (¡zúmm!), ¡humm!.- otros dos le
dieron por azotarle sus gordos huevos y viril cipote. Siendo estos dos muy
crueles con él, porque le dieron caña a sus genitales con anormal sadismo.
Cuando de pronto sacando fuerzas, se puso de pie y observando como su nabo
volvía de nuevo a ser azotado sin piedad, pero esta vez por varias fustas a la
vez. Se puso a correr en dirección al repugnante lodazal equino y comenzando a
encajar por el camino latigazos en sus ricos glúteos y ancha espalda de arriero,
(¡zúmm!):
- ¡Umk!, (¡zúmm!), ¡aug!, (¡zúmm!), ¡humm!.- girándose de
agonía sufriente, sus pectorales fueron otra vez profusamente torturados. Y es
que al delicioso y musculoso emperador entre gemidos de pena, le iban cubriendo
brutalmente sus músculos con tan cruel castigo. Hasta que cayendo de nuevo al
suelo:
- ¡Humm!.- e inmovilizado por el cuello por un gigante negro,
sus abdominales fueron pateados sin compasión, clavándole aquel cabrón teutón
los puntiagudos remaches de las suelas de las botas, señalándole con sangrantes
heridas tan espectacular vientre, cuando zafándose del negrata:
- ¡Auk!.- y arreándole una patada a su torturador, logró
ponerse de pie y apartando con las pocas fuerzas que le quedaban a dos chinos
que se pusieron delante. Como única salvación, se lanzó a la asquerosa masa de
defecaciones y orina que llenaba la piscina, y nadando entre las cacas, al poco
logró salir por el extremo más próximo a ellos:
- ¡No te acerques perro y lávate antes!.- y metiéndose el
esclavo emperador debajo de una pequeña catarata artificial, que había justo al
lado de la piscina y que era la encargada de mantenerla llena. Procedió a
lavarse como pudo, hasta que después de limpiarse con esmero los huevos, cipote
y recto, se aproximó a ellos. Mostrando para regodeo de estos sus músculos
llenos de sanguijuelas, de las que no fue capaz de desprenderse y que no paraban
de succionar su rica sangre:
- ¡Chicos quitadle a vuestro emperador los bichos!.- y
sabiendo este de que forma se lo ibas a arrancar. De rodillas como estaba, puso
ambas manos apoyadas en su nuca e inspirando con fuerza, (¡zúmm!):
- ¡Umk!, (¡zúmm!), ¡aug!, (¡zúmm!), ¡humm!.- su fornido
cuerpo fue latigueado por delante y por detrás por dos de los negrazos de antes.
Notando terriblemente, como al impacto de aquellas cortantes lenguas de cuero
sobre sus músculos; a la vez que le dejaban un recuerdo en forma de urticantes
líneas rojas, los asquerosos bichos eran arrancados y salían disparados de sus
pletóricas carnes, (¡zúmm!):
- ¡Umk!, (¡zúmm!), ¡aug!, (¡zúmm!), ¡humm!.- hasta que
quedándole solamente las que le cubrían la polla y huevos. Los dos cabrones,
puestos de acuerdo, comenzaron a azotarle tan sensibles carnes. Pero cuando
acabaron con las sanguijuelas de su miembro viril:
- ¡Sujetémosle!.- otros dos esclavos le agarraron por los
brazos. Siendo los huevos más gordos y ricos de lugar cruelmente fustigados,
procediendo de esa forma tan de hombres a desprenderles los bichos:
- ¡Bien, dejadlo venir, que ya está totalmente limpito!.-
ordenó el tribuno. Y andando el cachas con paso vacilante en dirección a ellos.
Se quedo de rodilla, erguido, con el pecho expandido, marcando músculos, con la
cabeza gacha a la espera de ser usado de nuevo. Disfrutando tanto TERCHELD de la
bella estampa del cachas, que literalmente cubierto de latigazos, mostraba
hematomas y marcas dejadas por las viles herramientas de castigo:
- ¡Ahora sí, mi emperador!.- y agarrándole por los cabellos
al bello, le acercó los carnosos labios a su poderosa verga, que fuera de su
faldita marinera, estaba tiesa y bien parada:
- ¡Aaaaah!.- y tragándose aquella mamona boca su miembro,
comenzó a realizarle una felación de escándalo. Y así el musculoso ser, con las
manos sujetas detrás de la espalda sin atreverse a tocarle, manteniendo su polla
la más bizarra erección. Con bruscos tirones de pelo fue forzado a tragársela
por entero:
- ¡Siiiii, siiiii, sigue esclavo!.- y así de obediente el
estupendo semental se la chapaba, lamía los huevos, pasando su húmeda lengua de
arriba abajo, volviéndole loco de placer. Hasta que no pudiendo aguantar más,
traspasándole la campanilla:
- ¡Oooooh, magnífica puta tienes SEXTO!.- eyaculó
directamente en su esófago:
- ¡Gracias puta!.- y de otro patadón en el pecho se lo quitó
de en medio. Y MARCIO, limpiándose de las comisuras de los labios la espesa
leche del visitante. Cuadrando de nuevo sus músculos y mirando otra vez al
suelo, se quedó quieto. Momento en que, por primera vez tuvo noticias de su
preocupante destino:
- ¡Se lo pienso regalar al Emperador Absoluto de Gaia!.- le
comentó el romano, añadiendo:
- ¡Y así complaciéndolo, tomaré yo el control de Roma como su
dueño y me coronaré César!.- reconociendo de esa forma su estrecha relación con
el Amo de este mundo. Pero percatándose de su metedura de pata:
- ¡Toma cerdo!.- lanzándole un trozo de cordero asado al
imperial esclavo, le ordenó:
- ¡Ve y deja limpia la piscina!.- quién cogiendo al vuelo tan
nutritiva pieza de carne, alzando el guapo rostro y mirando con sus ojazos al
sádico visitante. Se puso de pie, y con viriles pasos de un tío muy cachas, se
encamino hacia su sucio trabajo:
- ¡Veo que le gustas al esclavo!.- le hizo saber SEXTO.
Mientras MARCIO allá por donde andaba, balanceando huevos y dura polla entre sus
potentes muslos; arreándole hambrunos bocados al asado:
- ¡Y él a mí!.- sin dejar de mirarle, se fue a sus
quehaceres. Cuando SEXTO, admirando de nuevo, con más atención el bien formado
físico del visitante, le piropeó a TERCHELD, diciendo:
- ¡Tienes un cuerpo muy bonito!.- y metiéndole mano, comprobó
la tersura ibérica de aquellas tetas y puntiagudos pezones:
- ¡Pues no lo cuido, soy así!.- pero viendo al tribuno que le
metía mano a su polla. Sin tocarle siquiera un pelo, le amenazó:
- ¡No lo intentes SEXTO, yo no soy uno de tus chicos!. ¡Yo
solo someto tíos!, te lo advierto!.- y con esa velada amenaza, el romano dejó de
manosearle la verga y eso que ésta con tanto magreo se puso dura como el acero.
Por lo que, cambiando de tercios, le comentó a su invitado:
- ¡Se ha hecho muy tarde, quédate a comer y después te echas
una siesta, antes de que te vayas!.- y guardando ambos las apariencias,
reconociéndose los dos como enemigos, almorzaron con la intención cada uno de
enterarse de los secretos del otro.
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- ¡Joder por fin!.- comentó SEXTO en voz baja, nada más
observar que el íbero se quedó dormido. Y levantándose de su cómodo diván, entró
en el interior de palacio y dirigiéndose a su despacho; sentándose en su mesa,
le dio a una especie de interruptor, que iluminó el lugar de una brillante luz:
- ¡Tardabas mucho en ponerte en contacto conmigo, esclavo!.-
le avisó una poderosa voz. Mientras se hacía visible la imagen del Emperador, el
hombre más antiguo de toda la galaxia conocida y por ende también el más
poderoso:
- ¡Lo siento Señor, pero no esperaba tanto descaro del
enemigo!.- reconoció SEXTO por la inesperada visita del representante del Señor
Oscuro en Gaia:
- ¡No te preocupes, él solo ha venido por curiosidad, pero
sobre todo con la intención de que le vendas a ROMEO!.- pero poniendo cara
seria, le preguntó:
- ¿Qué sabes del baúl de Krom?, ¡me es imprescindible para
someter al Elegido!. ¡Claro está cuando lo hallamos encontrado!.- añadiendo con
enojo:
- ¡Presiento que no debe de estar muy lejos!.- y con voz
clara, le ordenó:
- ¡No le hagas nada a TERCHELD por ahora!, ¡no quiero iniciar
tan pronto la contienda con el Señor Oscuro, en inferioridad de condiciones!.
¡Déjalo ir, ya habrá tiempo de matarlo!:
- ¡Sí amo, así lo haré, le trataré con exquisita educación!.
¡Aunque ya lo estoy haciendo señor!:
- ¡Bien así me gusta!. ¡Pero encuentra pronto el sagrado
baúl, o atente a las consecuencias!.- y desapareciendo de su vista, dejó a SEXTO
blanco como la leche:
- ¡Sí amo, lo haré!.- y enrabietado salió de su despacho,
sabedor de que algo tuvo que ver TERCHELD con aquel robo. Cuando hace unos seis
meses desapareció de la cámara del tesoro. Pero él, sabía esperar su momento de
venganza, y como todavía no había llegado. Después de despachar unos asuntos de
estado con sus hombres de confianza, se dirigió al patio. Encontrándose con que
su invitado estaba ya despierto y desmintiendo la afirmación de antes, se
encontraba realizando unas flexiones. ¡Lo sabía aquellos abdominales suyos los
tenía muy marcados para un titi que no se cuidaba:
- ¡Hola, ya has vuelto!.- le gritó TERCHELD desde lejos nada
más verle. Que poniéndose de pie, le mostró a la perfección la belleza de su
sudado físico, que brillante le cincelaba a la perfección el desarrollo de sus
músculos:
- ¡Hummmm!.- y esta vez le dejó que le metiera mano.
Sobándole la dureza de sus glúteos, la fortaleza de sus muslos, sus formidables
abdominales, sus ricas tetas gruesas y de pezones agresivos, verga en
escandalosa progresión. Pero cuando fue a darle un besazo en todos los morros:
- ¡Aparta, ya te he dicho que yo no soy para ti!.- le dejó
con la miel en los labios. Y viendo SEXTO que el íbero se dispuso a poner la
faldita, con la intención de irse, le preguntó:
- ¿Te vas ya, tan pronto?.- y esnifando con excitación el
fuerte olor a sudor que desprendía el cuerpo de TERCHELD, oyó a éste decirle:
- ¡Sí, tengo cosas que hacer esta misma tarde!.- disimulando
con una sonrisa el enojo que tenía, porque no logró su propósito de comprar a
ROMEO. Momento en que:
- ¡Amo!, ¡amo, el emperador no está en la piscina!. ¡He
buscado en todas partes y no aparece!:
- ¿Qué has dicho cabrón?. ¡Es mi regalo para el Emperador!,
¡Joder y ya se lo he prometido!.- por eso, llamando a gritos a la guardia
imperial, les prometió:
- ¡10.000 monedas de oro al soldado que me lo traiga vivito y
coleando!.- cuando lanzándose todos a la carrera, escuchó a un esclavo
preguntarle:
- ¿Y si lo encuentro yo, amo?.- SEXTO embargado de
preocupación, le replicó:
- !Al esclavo que lo encuentre, la libertad!.- iniciándose
otra estampida de machos que igual que los soldados se dispersaron en todas
direcciones. Cuando sorprendiéndole, TERCHELD a su vez le preguntó:
- ¿Y si soy yo el que lo encuentra?.- el tribuno, era tanta
la necesidad que tenía de encontrar a MARCIO, que le respondió sin dudar:
- ¡Te regalo a ROMEO y nos pasamos la carta de libertad de
éste por el forro de los cojones!.- y a diferencia de todos:
- ¡De acuerdo!.- con paso calmado, TERCHELD cogió una gruesa
justa, que uno de los negros dejó tirada en el suelo y con paso cansino, se
dirigió a un ventanuco enrejado, que había en uno de los muros a la altura del
suelo. Y quitando un barrote que se encontraba puesto, pero sin sujeción alguna,
solo aparentando que la verja estaba en buenas condiciones:
- ¡Aúpa!.- TERCHELD entró por ella y desapareciendo de la
vista del romano; anduvo unos 50 metros en su interior, hasta hallar a MARCIO
que inmovilizado por los huevos y pies a unos jodidos alambres de espinos,
estaba a la espera de que él llegara. Ya que TERCHELD, como fue testigo directo
de la fuga del hercúleo rubio. Aprovechando éste la ausencia del tribuno. Yendo
tras él, entró en las cloacas, con tanta fortuna que no tardó en ver el apuesto
musculoso, que dolorosamente inmovilizado, a medio oscuras; y por no tener sus
ojos todavía acostumbrados a la oscuridad del lugar:
- ¡Humm!, ¡humm!.- sus testículos y tobillos cayeron
enredados en la maraña de alambres de espinos que allí había. Siéndole imposible
la huída, circunstancia que TERCHELD con una sonrisa sibilina, decidió
aprovechar. Y después de comérselo a besos, alzarle los musculosos brazos y
dejárselos inmovilizado en la alambrada, salió como si tal cosa, a la espera de
que la fuga fuera descubierta por algún centinela. Por eso sabía que estaba
allí:
- ¡Ya estoy aquí esclavo!. ¡Tu aventura se ha acabado,
cachas!.- le avisó. Deleitándose en ver que ni los terribles pinchos que se
clavaban en sus huevos, fueron capaces de impedir la osada erección de su verga
y los movimientos de excitación de adelante atrás de su culete, mostrándoselo:
- ¡Puta!.- y sacando pecho, el enamorado emperador esperó a
ser disciplinado por éste:
- ¿Quieres que te someta?.- le preguntó al dulce mozo, que
retorciendo de gusto la cinturita de avezado culturista, no paraba de mostrarle
su duro culito. Por lo que, (¡pláss!):
- ¡Humm!.- restallando una potente mistra en ellos, le marcó
salvajemente los cinco dedazos. No extrañándose ya no lograr un grito de dolor
del cachas:
- ¡Te gusta sufrir, verdad musculitos!.- ya que había
descubierto el porque del permanente silencio de éste. Su amo le había arrancado
la lengua para impedir que contara a terceros los secretos de estado. Y
tomándola con aquellas musculosas posaderas, (¡pláss!):
- ¡Humm!, (¡pláss!), ¡humm!, (¡pláss!), ¡humm!.- le fue
restallando las manazas hasta dejarle las despampanantes redondeces rojas como
la amapola. Logrando que el amor que el esclavo sentía por él creciera cada vez
con más intensidad. Entonces poniéndose delante del chico, observando
enternecido como le manaban lagrimones de sus bonitos ojos, fue motivo
suficiente para ponerlo aún más cachondo:
- ¡Hummm!.- y tirando primero del alambre que le rodeaba los
testículos, tensándole agónicamente el impúber escroto, logrando que las púas se
clavaran más profundamente en ellos, (¡púmm!):
- ¡Umk!, (¡púmm!), ¡humm!, (¡púmm!), ¡humm!.- empezó a
puñetazo limpio, a machacarle los poderosos abdominales, haciendo bufar y gemir
al boy que moviendo su bonita cabeza de un lado a otro, encajaba como podía tan
bestiales impactos. Tanto, (¡púmm!):
- ¡Umk!, (¡púmm!), ¡humm!, (¡púmm!), ¡humm!.- que TERCHELD
apenado tuvo que dejar de mortificarle de esa manera. Y después de gozar con las
ricas, calentitas y enrojecidas ondulaciones musculares del macizo estómago. Al
momento la tomó con los ricos pezones del cachas e importándole un cojón, que
los tuviera anillados, (¡zúmm!):
- ¡Humm!, (¡zúmm!), ¡humm!.- empezó con la gorda fusta a
castigarlos, logrando que el dulce semental le mirara con pena infinita,
mientras le mostraba sus sufridos pezones, hasta que dejándoselos reventados he
inflamados, se aproximó a él:
- ¡Pienso encomendarte una misión!:
- ¡Humm!.- y arreándole una brutal mordida en uno de ellos,
pasó a machacarle el otro, iniciando así una ración de bocaos que le hacían ver
las estrellas. Cuando presintiendo el orgasmo de éste. Con celeridad cogió un
trozo de alambre y pasando de que estuviera armado de más pinchos:
- ¡Hummm!.- le rodeó el tronco de la verga por detrás de los
huevos, y apretando con fuerza, impidió que el chico eyaculara con lo necesitado
que estaba. Y observando como el maciste de frustración marcaba mucho músculo.
Viendo aquel magnífico culo necesitado de polla, se puso detrás de él y
agarrándolo por los muslos, abriéndole el estrecho canalillo:
- Ausssss!, ¡qué polvazo tienes, chiquillo!.- le forzó el
recto como a él le gustaba, con sadismo:
- ¡Humm!, ¡humm!, ¡humm!.- sacándole y metiéndole el miembro
con un brutal vaivén que no solo volvió loco de placer al cachas, sino también
para mayor agonía suya, al tirar su verga del esfínter del recto, consiguió que
las púas se clavaran más profundamente en sus grandes huevos:
- ¡No te corras, perro!.- y MARCIO al recibo de aquella
terrible orden, sumiso resistió la necesidad de eyacular, solo porque su amo se
lo ordenó. Consiguiendo con su sometida obediencia:
- ¡Uoooooooh!.- que el íbero se corriera dentro de su chocho
como el esclavo no recordaba:
- ¡Joder puto, que culo más tragón tienes!.- y sacando la
verga, observando el cipote del emperador que duro pero tembloroso, igual que un
volcán, a punto de ebullición, resistía el deseo de escupir semen:
- ¡Joder, ya podía ser TRÁLLAX tan obediente como tú!.-
bajándole el brazo derecho, procedió después con el izquierdo; e
inmovilizándolos con el cruel espino por detrás, le liberó los tobillos después
y tirando del doliente alambre que le torturaba los cojones, le obligó al cachas
a ponerse de rodillas:
- ¡Chupa esclavo!.- forzándolo a que le practicara una buena
mamada a la verga, y mientras aquella ardiente garganta profunda se la pelaba,
le dijo:
- ¡Quiero que espíes en Ciudad Imperio al Gran Lider para
mí!.- y pegándole severos retortijones a tan castigados pezones, del placer que
le dio:
- ¡Hummmm!.- eyaculó en su prostituida bocota y poniéndolo de
pié arreándole un beso, se complació en saber que el cachas acababa de resistir
otra eyaculación. Demostrándole de esa forma su entrega total:
- ¿Estás de acuerdo, cerdo?.- y el rubio musculitos, incapaz
de articular palabra con un gesto le dijo que sí:
- ¡Pues de premio puedes correrte!.- y la sorpresa fue
tremenda:
- ¡Coño, que animal!.- comenzando aquel terrible falo a
eyacular semen de forma ingente, lanzando leche a diestro y siniestro. Forzando
a su verdugo a apartarse a un lado, sino quería ahogarse en cálido semen. Que
excitado por tal poderío, (¡zúmm!):
- ¡Umk!, (¡zúmm!), ¡humm!, (¡zúmm!) ¡humm!.- empezó a
arrearle fustigazos en sus musculosos glúteos, marcándoselos con auténtico
placer, forzando al musculoso a lanzar más leche, que su polla sin control la
escupía a borbotones, azotándole cruelmente sus abdominales, (¡zúmm!):
- ¡Umk!, (¡zúmm!), ¡humm!, (¡zúmm!) ¡humm!.- alargándole así
el orgasmo de formal bestial, hasta que arreándole fustigazos a tan explosivos
huevos, vio salir más leche de aquel pene como TRÁLLAX solo era capaz. Tanta que
parecía no tener fin, hasta que dejando las cloacas hecha una mierda, (¡zúmm!):
- ¡Umk!, (¡zúmm!), ¡humm!, (¡zúmm!) ¡humm!.- sin dejar de
manar semen aquel cipote. El cachas avergonzado por su evidente potencia sexual,
sacando pecho, clavando su barbilla en el profundo surco que separaba sus
esplendorosos pectorales, con sus ensortijados pezones duritos mirando al
frente, bajó su rostro avergonzado:
- ¡Vamos perro, que tienes que enfrentarte al castigo que te
tiene preparado SEXTO!.- le ordenó mientras se complacía en observar como aquel
nabo no dejaba de gotear leche:
- ¡Deja ya de eyacular, cerdo!.- y observando complacido como
éste retuvo el orgasmo y dejó de babear más semen, alzando un brazo, (¡zúmm!):
- ¡Humm!.- arreándole un vergajazo en tan fornidas nalgas
puso en movimiento a tan escultural ser, que resistiendo a duras penas otro
orgasmo, anduvo en dirección a la salida. En donde:
- ¡Alto, esclavo!.- TERCHELD sacó de la costura de su
faldita, un tubito de acero con un afilado extremo extensible:
- ¡Hummmm!.- y clavándoselo en el fuerte cuello por detrás,
justo por donde el cabello lo cubría, le dejó una bola de un extraño metal:
- ¡Mediante esta joya, me pondré en contacto contigo, solo
con el poder de nuestras mentes!.- y con ayuda de la fusta de su secreto amo,
(¡zúmm!):
- ¡Humm!.- el esclavo fue forzado a traspasar el ventanuco.
Dirigiéndose los dos a la mesa, en donde impaciente se encontraba SEXTO:
- ¡Vaya has sido tú el que lo has logrado!.- y observando lo
extremadamente "empiná" que tenía la polla el jovenzuelo emperador, le comentó:
- ¡Y veo que no te ha costado mucho!.- respondiéndole el
hispano como si nada:
- ¡ No sé que pasa, pero contra más fuerte les arreo, más se
enamoran de mí!.- y apretando con fuerza una mano alrededor de la imperial
verga, observaron los dos como emanaban con generosidad unas espesas gotas de
esperma:
- ¡Hummmm!.- logrando que MARCIO se sintiera exprimido igual
que un toro semental. Que al ser lanzado por su captor al suelo igual que un
perro, fue entregado al tribuno. Oyendo del íbero:
- ¡Bien dame mi premio, que tengo que irme!.- y SEXTO, que no
deseaba tener problemas con su contrincante, cogió un pergamino y escribiendo en
él estampó después su firma y poniendo encima de una vela un trozo de barra de
lacre roja, cerrando el pergamino, impregnó los bordes con el semiderretido
elemento y plasmando encima su sello, lo cerró:
- ¡Toma, ya estamos en paz!. ¡Y para no tener problemas,
ahora mismo una expedición se llevará a Ciudad Imperio a MARCIO!.- y girándose,
quitándole a TERCHELD el alambre que hacía las veces de correa e inmovilizaba
por los cojones al musculoso adonis:
- ¡Humm!.- llevándoselo de allí, dejó al hispano con la
palabra en la boca. Pero sobre todo muy feliz, porque había logrado la propiedad
del siciliano. Y por lo que intuyó, más contento todavía, porque se dio cuenta
de que éste no sabía aún nada de la existencia del Elegido:
- ¡Hasta pronto, cabrón!.- y más contento que unas
castañuelas, se dirigió a la salida. Sintiendo como se le hacía la boca agua,
solo de pensar, en el peazo semental que para su placer le esperaba allá abajo,
en las mazmorras del barco esclavista.
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Mientras en otro lugar no muy lejano, ROMEO desconocedor de
que su vida de liberto había llegado a su fin y que oficialmente era ya esclavo
del cruel íbero. Aprendida la lección que éste le dio, obediente no dejó durante
toda la mañana, de vigilar el desfallecido cuerpo de TRÁLLAX y el pequeño pero
pesado baúl, con todo el material que contenía, a la espera de que TERCHELD
regresara. Consciente por lo que escuchó y oyó, mientras estaba horriblemente
inmovilizado por las pesas, que iba a ser testigo directo de hechos
excepcionales:
- ¡Sí con toda seguridad!.- comentó para sí. Y recordando lo
que hace poco vio en el interior del baúl, supo que el cachas lo iba a pasar
mal. Pero sonrió, porque estaba seguro que el chico con mucha agonía sufriente
encajaría de cojones todos los tormentos que le aplicaran. Sonriendo con orgullo
por saber que el semental era de ascendencia latina igual que él:
- ¡Joder, hice una buena compra!.- se dijo recordando la
impresión que le dio cuando lo conoció en el poblado hutu. Y acercándose a él,
se extasió en observar al bello macho que con su nariz brutalmente ensartada por
el grueso y embolado hierro. Que con rictus de dolor, retorcía su espectacular
físico semiconsciente, manteniendo su pene la más brutal de sus erecciones,
mientras seguía colgando por las cadenas del techo:
- ¡Joder, que abdominales!, ¡que pezonazos!.- comento
excitado. Hasta que deseoso de gozar de tanta musculatura viviente. Se acercó al
maciste español, y acariciándole las fornidas ondulaciones del vientre,
rozándole con sus ásperos dedos los dolientes verdugones, se complació en oír
los gemidos de desespero que el boy soltó. Tan cachondo se puso, que apuntándole
con el nabo:
- ¡Hummm!.- con una cálida meada le despertó. Y viendo
TRÁLLAX de quién se trataba:
- ¡Graggg!.- pegándole un fuerte mordisco a la cadena que
sujetaba la bola que obstruía su boca, logró romperla:
- ¡Cabrón, a ti te debo todas mis penalidades!.- le echó en
cara nada más abrir la boca. Recordando que durante todo el tiempo fue el
responsable máximo del viaje:
- ¡Vete a la mierda esclavo!.- fue la contestación de ROMEO,
que pasando del dolor de lengua que sentía:
- ¡Flúg!..- lanzándole al rostro un escupitajo, dio por
finalizada la conversación:
- ¡Hijo puta esto no te lo pienso perdonar!.- e iniciando un
violento balanceo, logró de forma sorprenderte arrancar las cadenas del techo y
cayendo al suelo, se quitó las que le inmovilizaban los pies a las grandes
pesas:
- ¡Joder, no puede ser!.- y liberándose después de las que le
sujetaban por las muñecas. Con los tacones altos, moviéndose cadenciosamente,
meneando su viril culete, y sorprendido él mismo por la fuerza que tenía, se
dirigió hacia el exliberto:
- ¡Joder chico eres un hércules!.- grito éste. Cuando
cogiendo TRÁLLAX la fusta que TERCHELD dejó por descuido:
- ¡Soy todo lo que gente como tú, con su sadismo y vejaciones
han hecho de mí!:
- ¡Sí, el más musculoso esclavo semental!.- respondió ROMEO,
que empalmándose en extremo:
- ¡Tú lo has dicho!.- vio a TRÁLLAX alzar un brazo, (¡zúmm!):
- ¡Auk!, (¡zúmm!), ¡aggg!, (¡zúmm!), ¡umk!.- fustigándole los
pechos con más violencia que TERCHELD:
- ¡Para, para por favor!.- observando el español aquellos
magníficos pectorales que como pelotas, se iba marcando con más verdugones:
- ¡Esto por las penalidades que he padecido en tu barco!.- y
metiéndole el cipote en la boca hasta el fondo, atravesándole la campanilla, le
folló bucalmente a sabiendas de que se estaba ahogando, metiéndole y sacándole
el nabo sin parar, mientras ROMEO gimiendo, sin dejar de chupar el gigantesco
miembro, no paraba de arañarle los glúteos en un intento inútil de sacar ese
falo y respirar. Hasta que contrayendo TRÁLLAX sus músculos:
- ¡Uoooooh!.- eyaculó en su bocota, y llenándola de semen, la
sacó:
- ¡Aggg!.- logrando que entre arcadas, escupiendo leche, por
fin pudiera respirar:
- ¡Cabrón has estado a punto de ahogarme!.- disfrutando
TRÁLLAX al observar que sexy estaba ROMEO, cubierto sus pectorales de esperma.
Cuando sintiéndose aún embargado por el sentimiento del rencor, se puso en
cuclillas delante de él:
- ¡Ahhhhh!, ¡qué dolor!.- comenzando a pellizcar y machacar
con sus fuertes manos las vigorosas tetas del latino, con lo que eso dolía
después de unas crueles raciones de azotes con una corta y gruesa fusta:
- ¡Para, para tío!.- consiguiendo que ROMEO arqueando la
columna retorciéndose se exhibiera, mostrándole su fornido físico:
- ¡Me gustas mucho, cabrón!.- reconoció TRÁLLAX que
acariciándole las majestuosas tetas:
- ¡Con cuidado, por favor!.- le agarró el nabo y notando lo
duro que lo tenía, comenzó con más atención a estudiar al maduro exliberto.
Guapo, ojos marrones muy grandes, nariz chatilla, mandíbula cuadrada, portaba en
sus orejas unas argollas idénticas a las que atravesaban sus gordos pezones:
- ¿De que etnia eres perro?.- le preguntó TRÁLLAX, admirando
ese increíble pecho molido a palos:
- ¡Soy siciliano, un latino igual que tú y tengo pedigrí
nueve!.- y deseando meterle mano al potente cuerpo de TRÁLLAX, le aclaró a éste:
- ¡Y tú por lo menos tienes pedigrí diez, lo máximo!.- y
sacando TRÁLLAX pecho de orgullo, consciente de que aquello era un elogio, le
preguntó:
- ¡Es la segunda vez que oigo en mi vida lo de pedigrí diez!.
¿De que se trata?.- cuando sintiéndose observado con admiración, el exliberto le
aclaró:
- ¡Es la puntuación que se utiliza en esta parte del planeta
para calibrar los físicos de los machos, sobre todo de los esclavos!.-
añadiendo:
- ¡Y tú eres el mejor semental que he visto!.- cuando TRÁLLAX
marcando mucho músculo, exhibiéndose igual que un pavo real; le preguntó
coqueto:
- ¿Es eso verdad?:
- ¡Ahhhhh!, ¡qué gusto!.- y acabando de masturbar el cipote
del liberto:
- ¡Sí es cierto, musculitos!.- ROMEO observando lo despistado
que se encontraba TRÁLLAX recogiendo su semen:
- ¡Auk!.- lanzándole una patada en el bello rostro, lo tiró
semiconsciente al suelo:
- ¿Qué te pensabas, que no iba a hacer nada?, ¡yo soy un fiel
esclavo de TERCHELD!.- y alzando la voz le denunció:
- ¡Carcelero!, ¡carcelero, TRÁLLAX pretende huir!.- no
tardando en oírse abrir la puerta, apareciendo dos de los soldados de vigilancia
que hacía horas por orden del jefe del puerto, se encontraban en el barco
esclavista propiedad imperial. Justo cuando el cachas recuperando la conciencia
quiso levantándose del suelo:
- ¡Encadenadlo!.- les ordenó el exliberto, abusando aún de su
status de capitán:
- ¡De acuerdo, señor!.- gritó de forma marcial el que parecía
el jefe de los dos:
- ¡Y encadenadlo al techo, que el esclavo tiene que ser
nuevamente castigado!:
- ¡Ahora mismo, señor!.- y sin darle tiempo a recuperarse:
- ¡Humm!.- a rastras lo llevaron al lugar indicado por ROMEO.
En donde entre fuertes resoplidos, con el expandido tórax cubierto de sudor:
- ¡Por favor, dejadlo ya!.- para impedir que volviera a
escapar, TRÁLLAX abierto de piernas:
- ¡Aggg!!.- fue encadenado por las argollas de sus botas de
tacones altos al suelo y alzado los brazos lo encadenaron de nuevo al techo con
cadenas bastantes más gruesas y pesadas que antes:
- ¡Ufff!, ¡aggg!.- y girando entre los tres un rodillo de
madera, que mediante un eje central sujeto a cuatro patas, fueron recogiendo la
cadena a través de un grueso aro del techo:
- ¡Uaggg!.- alzando al cachas, tensando aquello cabrones cada
milímetro de sus articulaciones, tendones y músculos, al límite de
desmembramiento. Resoplando de dolor el bello animal como un búfalo. Gimiendo y
retorciéndose mientras su tremendo falo poderoso se balanceaba entre sus muslos:
- ¡Hummm!.- y así, totalmente inmovilizado, quedó expuesto
para el demoledor castigo que le esperaba. Dando así fin, la lucha de titanes
mantenida entre ellos dos; hacía poco, en la tétrica mazmorra del barco
esclavista del emperador de Roma, para dirimir quién tomaba el control sobre el
otro. Con la derrota del más fuerte, por las malas artimañas del siciliano.
Dando comienzo de esa forma tan drástica, lo que iba a ser una dolorosa sesión
de viril disciplina entre musculosos machos.
No pudiéndose imaginar nadie que observara esta bestial
imagen de esclavitud, que hasta hace poco aquel formidable semental, fue el
mejor, más guapo, cachas y sobre todo, orgulloso agente del Cuerpo de Policía de
Ciudad Imperio:
- ¡Dejadme solo con él, chicos!.- les ordenó entonces ROMEO a
los soldados, que con mucha pena:
- ¡A la orden, señor!.- abandonaron el lugar. Pero
conocedores ya de todos los recovecos del barco:
- ¡Vamos, corre!.- subieron a toda prisa al mismo sitio desde
donde TRÁLLAX con anterioridad, fue testigo de los tormentos padecidos por
ROMEO. Y apartando los pesados remos, agarrándose los empalmados cipotes, se
dispusieron a ver.
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TRÁLLAX totalmente recuperado del sopor que hasta hace poco
nublaba sus sentidos. Extremadamente dolorido, creyendo que de un momento a
otro, sus brazos y piernas iban a desprenderse del tronco:
- ¡Joder, esto es aberrante!.- de tan terrible estiramiento
al que estaba sometido su cuerpo. No paraba de observar los preparativos
punitivos de su nuevo verdugo. Un cabrón que estaba seguro, que con su musculoso
físico como banco de pruebas haría diabluras con él. Y viendo que éste cogió el
mismo largo y grueso látigo con que su amo TERCHELD le torturó, supo que así
sería. Por eso cuando lo vio venir, su piel se puso de gallina, sus pezones
tiesos como clavos y su miembro viril se empinó hasta golpearle de arriba abajo
los abdominales:
- ¡Antes te has pasado conmigo, esclavo!.- le participó ROMEO
nada más ponerse delante suyo. Que acariciándole con la enrollada lengua del
látigo tan portentoso vientre, jugueteando con sus grandes pectorales, se
complació en oír los crujidos de los dientes del cachas. Que nervioso, igual que
un garañón antes de ser marcado al rojo, contrajo sus músculos hasta dolerle:
- ¿Qué vas a hacer conmigo, cabrón?.- le preguntó, sin
perderse el más mínimo detalle de cualquier gesto de las manos del siciliano.
Que viendo lo guapito que era, cogió un bocado:
- ¡Graggg!.- e introduciéndoselo entre los perfectos dientes:
- ¡No me gusta oír los gemidos de mis esclavos!.-
enganchándolo a los correajes conque fue engalanado su hermoso rostro, le
impidió que articulara palabra alguna. Alcanzando su gorda polla un bestial
estiramiento y grosor que incluso puso nervioso al sádico cincuentón. Porque
aquella verga había excedido con mucho de los 31x8 ctms y era un gozo verla,
vibrante, explosiva, nervuda, venosa, con el glande rojo, gordo y con el agujero
seminal abierto, a la espera de lanzar esperma a borbotones:
- ¡Al amo, no le gusta que eyacules sin permiso!, ¡con que ya
lo sabes!.- y a la mole no le quedó más remedio que obedecer y apretando los
dientes en el bocado, entre viriles resoplos por boca y nariz, se concentró en
no alcanzar orgasmos, para complacer a su verdugo y por ende a su amo TERCHELD.
Y así con un solo músculo libre: la polla. El esclavo semental vio alejarse al
latino, que cogiendo distancia, desplegando el látigo para que no se enrollara,
(¡zúmm!, ¡sspláss!):
- ¡Humm!, (¡zúmm!, ¡sspláss!), ¡humm!.- empezó a latiguear
sus fornidos pechos, lanzándole una treintena de azotes en ellos, que se los fue
marcando en sangre. Observando complacido con que ojos de terror le miraba el
musculitos, que tirando de las cadenas con desesperación, marcó aún más esos
abdominales tan fierros que poseía, (¡zúmm!, ¡sspláss!):
- ¡Humm!, (¡zúmm!, ¡sspláss!), ¡humm!.- circunstancia que su
verdugo aprovechó para tatuarle en ellos; con severos latigazos, longitudinales
y desiguales líneas rojas. Pasando después por sus inmensas espaldas,
castigándole sin piedad, arrancándole agónicos bufidos por el salvaje dolor
alcanzado, hasta que "acariciándole" los riñones con el áspero extremo de la
dolorosa herramienta, (¡zúmm!, ¡sspláss!):
- ¡Humm!, (¡zúmm!, ¡sspláss!), ¡humm!.- se complació en
fustigarle tan esculturales nalgas, azotándolas sin pudor, arreándole con todas
sus fuerzas y sabiduría. Sabedor que la molde de músculos, con el chocho
babeante, estaba al borde del desplome. Pero eso no le hizo al verdugo
recapacitar, en absoluto, porque después de marcarle intensamente la cara
interna de ambos muslos percherones. Se puso delante del cachas, y
aprovechándose de lo fácil que resultaba latiguearle los grandes genitales que
el musculoso poseía, (¡zúmm!, ¡sspláss!):
- ¡Humm!, (¡zúmm!, ¡sspláss!), ¡humm!.- empezó un serial de
azotes que con destreza cirujana arrancaba trocitos de piel de polla:
- ¡Sufre puta!.- lanzando a cada zurriagazo el nabo de un
lado a otro, para después de que esta dura como el diamante se paraba, de nuevo
la flagelaba dándole de lleno. Logrando arrancarle lagrimones y resoplidos que
ponían la carne de gallina. Hasta que dejando para el final tan gordos
testículos, (¡zúmm!, ¡sspláss!):
- ¡Humm!, (¡zúmm!, ¡sspláss!), ¡humm!.- se los latigueó con
un sadismo que rayaba la locura, arrancándole el sudado vello a mechones.
Manteniendo en todo momento TRÁLLAX la conciencia. Aterrado con el
presentimiento de que esto iba a ser el comienzo de una rutinaria costumbre en
su atormentada vida, un maltrato diario vil y cruel por parte de sus amos,
vigilantes e instructores de turno, en el presente y próximo futuro.
Consiguiendo el esclavo, por primera vez en su vida no alcanzar el orgasmo con
dolor por una orden directa de uno de sus amos:
- ¡Bien, así me gusta!. ¡Y espero que hallas aprendido la
lección!.- y dejando el látigo colgado de la pared, se acercó al torturado
musculitos y aflojándole un poquito las cadenas de los brazos, solo un poco, lo
dejó así de cruelmente encadenado. Pero como no pudo resistir tanta hermosura
viril:
- ¡Qué "güeno" estás condenado!.- se puso detrás del sometido
culturista y separando sus glúteos como hercúlea flor, abusando de que tenía el
chocho muy dilatado y sudadito:
- ¡Hummmm!.- le traspasó con su empalmado nabo, clavándoselo
hasta el fondo, metiéndole la totalidad de sus 28 ctms:
. ¿Te gusta verdad, puta?.- con una fortaleza de
experimentado macho. Hasta que metiendo los dedos en las argollas pezoneras del
cachas, sujeto solo por ellas:
- ¡Ak!, ¡ak!, ¡ak!, ¡ak!, ¡ak!.- culeó al esclavo de manera
magistral. Sintiéndose éste cabalgado como hacía mucho que ningún jinete lo
hacía y es que ROMEO era un experimentado jinete curtido en mil batallas:
- ¡Hummmm!.- hasta que tirando con bestialidad de tan ricos
pezones, descargó sus "depósitos" en tan absorbente conducto anal:
- ¡Hummmm!.- y sacando la verga de aquella majestuosa mole,
se puso delante de TRÁLLAX y mirándolo a los ojos, le dijo:
- ¡Pienso colaborar con el amo para hacer de ti, el mejor
guerrero que exista, pero además haré todo lo que pueda en hacer de ti una muy
buena puta! ¿Entendido?.- y viendo que TRÁLLAX, mirándole; con unas masculinas
lágrimas en sus dulces ojos, con gesto afirmativo le respondió que sí. ROMEO
complacido por como la completísima tanda de latigazos le había bajado los
humos:
- ¡Estoy seguro que con unas sesiones más, eso sí bastantes
más duras que esta, lo lograremos!.- y viendo lo bien que quedaba en ese hermoso
rostro la gruesa arandela que ensartaba su naricita. Le quitó el bocao:
- ¡Hummmmmm!.- y arreándole un largísimo, profundo y
embriagador besazo. Pegados como pulpos, compartieron mutuamente los jugos
salivares, rozándose sus tarzanecos músculos y jugando sus pollas con un
excitante roce, se deleitaron ambos con el olor a macho del otro. Sobre todo
ROMEO que se retembló todo con el fuerte olor a sobaco sudao que desprendía la
portentosa montaña de músculos:
- ¡Sí dependiera de mí, te prohibiría que te bañaras,
cerdo!.- y volviéndole a poner el bocado, sin decir palabra dejó solo al cachas
con el dolor de los latigazos. Que bajando el hermoso rostro al suelo, con los
brazos musculosos alzados y encadenados al techo, con la potencialidad de sus
dorsales y pectorales desplegados, con sus contraídos abdominales marcados hasta
la agonía y con las piernas separadas, mostrando entre sus pletóricos muslos,
sus genitales llenos a rebosar de semen:
- ¡Humm!.- cubierto de sucio sudor, que anunciaba que el más
mínimo signo de higiene había acabado para él. Esperó nervioso las nuevas
acometidas de sus verdugos que se anunciaban que iban a ser auténticas
barbaridades, para conseguir de él sus oscuros propósitos.
CONTINUARA……….
Me gusta recibir comentarios vuestros de lo que habéis leído
de la saga TRALLAX, gracias.
Os prometo responder siempre.
Mi correo es trallax@hotmail.com
eso sí sin acento porque Hotmail no lo acepta.
Y si no es pedir mucho, me gustaría también que me puntuarais
según mis méritos.
Les doy las gracias a los que lo han hecho y a los que no,
por haber tenido la paciencia de leerme.