Llegué muy tarde del trabajo. Los niños dormían. Desde el
pasillo oí el llanto de mi mujer. Estaba en el salón, aún vestida con uno de los
trajes de chaqueta que usaba para ir a trabajar. Tenía un aspecto horrible, con
el maquillaje arruinado por el llanto. En la mano tenía el mando del video, y la
televisión daba la imagen detenida de un lujoso despacho vacío. No soportó la
presión y, tras minutos de llanto desconsolado en mis brazos, me lo contó todo.
Ella tiene 35 años. No es una belleza espectacular, pero es
guapa, con la belleza explosiva de la inocencia. Y con mucha clase. Rubia,
menuda, melena corta, ojos verdes, cuerpo bien formado y unos pechos pequeños,
pero bonitos y apuntando al cielo. Tiene un carácter risueño. Viste y se
maquilla muy bien, discreta y elegantemente. A pesar de haberme dado tres hijos
su cuerpo no había sufrido más cambios que un ligero oscurecimiento de sus
pequeños pezones, que disimula dándose sesiones de rayos todo el año en todo el
cuerpo (su piel se pone tan morena que sus pezones no parecen tan oscuros).
Es dulce y cariñosa. Para algunas cosas sigue siendo la niña
que yo conocí hace casi 20 años. Para el sexo era muy clásica y poco activa
(habíamos llegado a una rutina de polvete mensual, promedio que yo mejoraba
fuera de casa). Nada de sexo oral ni anal (nada), nada de posturas raras, pero
sabía ser tierna y espontánea. Hasta hace unos días yo estaba enamoradísimo de
ella.
4 meses antes yo la había acompañado a su primera entrevista
de trabajo. Tras los años que dejó de trabajar para criar a nuestros hijos,
ahora llevaba unos años en que volver a trabajar se había convertido en una
obsesión. Además acabábamos de comprarnos una casa, por lo que necesitábamos
dinero con cierta urgencia. Podíamos vivir, pero estábamos un poco asfixiados.
No tenía gran formación, pero unos años de secretaria y
alguna experiencia de joven como dependienta, la hacían apta para determinadas
funciones, y, a pesar de que tiene 35 años no los aparenta. Es inteligente y
despierta. Ambos estábamos seguros de que no le sería difícil progresar si
conseguía que la contrataran.
La entrevista era en una conocida cadena de grandes
almacenes, para varios puestos de trabajo, desde secretaria hasta dependienta, y
ambos estábamos seguros de que esta vez iba a ser la buena.
Se había vestido con un traje de chaqueta, que aunque con
pantalón le hacía estar preciosa. Discreta, pero preciosa.
No volvió muy contenta. Quedaron en llamarla si finalmente la
escogían, pero no se hacía ilusiones.
Por mi trabajo viajo mucho al extranjero y una semana después
inicié uno de esos viajes. Estaría unos meses fuera, así que dejé este asunto a
medias.
Salvo lo que transcriba de las llamadas telefónicas, los
detalles que proporcione a partir de aquí son como yo los imagino después de lo
que ella me contó (y me enseñó). Conozco suficientemente a mi mujer para estar
seguro de que nada fue muy diferente de cómo lo relato, ni siquiera sus
pensamientos.
Una semana después de marcharme, cuando la llamé por teléfono
estaba superanimada. La habían llamado. No era para el trabajo en los grandes
almacenes. La empresa encargada de la selección se había fijado en ella y quería
repetirle la entrevista para secretaria ejecutiva en una empresa de construcción
de nivel nacional. El puesto sería suyo dependiendo del resultado de la
entrevista, pero solamente estaban tres preseleccionadas para dos puestos.
Sueldo fijo de 300.000 pesetas, más gastos (puede que tuviera que viajar).
Trabajaría solamente por la mañana, aunque posiblemente en ocasiones tuviera que
asistir a cenas y reuniones de trabajo. Algo mosqueado, preferí no desanimarla.
La felicité, pero le dije que tuviera cuidado.
No me contó que le habían dicho que para ese puesto
consideraban muy importante la imagen, por lo que le habían recomendado que se
vistiera bien, y por supuesto con falda, si era corta mejor.
La entrevista era a las 10:00. Se levantó a las 07:00, y,
tras dejar a los niños en el autobús del colegio se preparó para la entrevista.
Tras ducharse se miró al espejo. Era una tontería, pero en ese momento le
pareció muy importante ir depilada. Mi mujer es de las que dice que hay que
sentirse guapa por dentro para estar guapa por fuera. Se depiló las piernas
cuidadosamente y, animada como estaba, se decidió a depilarse también el pubis.
Empezó recortándoselo un poco, luego redujo el triángulo de vello. Cuando
observó el resultado, aunque le gustó, le pareció insuficiente así que al final
se lo depiló completamente (algo que nunca había hecho para mí a pesar de
cuantas veces se lo había pedido). Se sentía excitada y animada. Se sentía una
mujer nueva, y los preparativos, sobre todo la depilación (completa de sexo y
pubis), la hacían sentirse un poco pilla y más segura de sí misma.
La ropa la había seleccionado el día anterior. Había elegido
un traje ya viejo (lo utilizó el día después de nuestra boda) pero que no se
veía gastado ni anticuado, y le seguía quedando muy bien. Chaqueta escotada, y
falda muy, muy corta, ambas de color beige. Para el interior eligió un tanga
blanco y un sujetador pequeño y trasparente, también blanco. Completó el
conjunto con unas medias y un liguero blancos (otras de las peticiones que jamás
me atendió alegando que eran incómodos), y con unos zapatos beiges con mucho
tacón. Cuando se miró al espejo la chaqueta le pareció demasiado escotada, por
lo que eligió una blusa blanca, que aunque transparente cubría un poco su pecho.
¡Perfecta!
Sus piernas parecían interminables. La falda se le ceñía más
que en los viejos tiempos ya que habían pasado 15 años y había engordado algún
kilo, pero eso la hacía aún más guapa. Un poco por encima de medio muslo, la
falda apenas llegaba a ocultar las bandas de encaje de sus medias. La camisa le
daba un aire discreto al conjunto que sin ella habría sido demasiado
provocativo. La melena corta y rubia suelta, maquillada sin excesos.
Llamó a un taxi y bajó. En el ascensor se miró en el espejo
como siempre hacía. Estaba radiante, animada, convencida de que esa mañana el
mundo entero sería suyo. Se desabrochó otro botón de la camisa y se sonrió
pícaramente a sí misma en el espejo.
En el taxi se divirtió jugando con sus piernas y controlando
las reacciones del taxista. Al mover las piernas notaba como el raso del tanga
acariciaba su pubis pelado. Era agradable la sensación. Y excitante
Al llegar a la cita la hicieron pasar a una sala de espera
junto con las otras dos aspirantes. Le animó saber que su falda era la más corta
de las tres, pero quedó decepcionada al ver que su pecho era el menos
espectacular de todos. Pensó en ir al baño y deshacerse de la camisa, pero
finalmente le dio apuro y no lo hizo. Ya vería como compensar.
El delegado de la empresa de selección saludó a las tres
aspirantes, repasándolas a las tres de arriba abajo y deshaciéndose en elogios
para con las tres. Les explicó nuevamente las condiciones del trabajo, y les
dijo que no se preocuparan que todas tendrían trabajo, pero que este trabajo era
realmente bueno, y solamente había dos puestos.
Mi mujer decidió en ese momento que el trabajo debía ser
suyo.
Quedó para el final, así que se dedicó a planear una
estrategia para no ponerse más nerviosa. Se sabía más guapa que las otras dos,
y, salvo por la cortísima minifalda, tenía un aspecto más serio (las otras dos
habían elegido jerséis escotados y ceñidos que realzaban sus encantos). Aunque
se sabía bastante mayor que ellas, sabía también que no lo parecía. Jugaría la
baza de parecer inocente y "descuidada".
Saludó a sus dos contrincantes cuando salieron. Ninguna
comentó nada, seguramente para no dar pistas.
Esperó a que la llamaran y entró decidida, pisando fuerte,
segura de sí misma.
La recibió Antonio R..., jefe de personal de la constructora.
Unos 45 años, pelo castaño canoso, bien cortado. Se parecía a mí (eso lo
confirmé meses después). Un poco menos atlético que yo, pero a cambio más alto y
con aire más distinguido. El despacho era muy amplio y estaba amueblado con
gusto. Pocos muebles, pero funcionales y caros. Una mesa de despacho amplia, con
un sillón grande para el usuario y con dos sillas enfrente para visitas. Un sofá
y una mesita baja completaban el mobiliario. Las paredes se veían con pocos
cuadros, pero Mª José pensó que debían ser firmas auténticas. Le llamó la
atención que había grandes espejos en todos los paños de pared excepto el de
detrás de la mesa, que era un amplio ventanal a la calle desde ese piso 27 en el
que estaban.
- Buenos días Mª José. Por favor tome asiento.
- ofreció Antonio una de
las dos sillas. Le tendió la mano y luego volvió al expediente que tenía sobre
la mesa (sin duda su currículo junto con la ficha de solicitud de mi mujer).
- Muchas gracias.
- contestó ella mientras se sentaba. Le disgustó un
poco que la silla estuviera tan próxima a la mesa de despacho, que ocultaba
sus piernas. Perdía una de sus más importantes bazas.
La conversación fue un poco lo de siempre. Repaso del
currículo deteniéndose en lo que le parecía más significativo. "Tienes 35 años.
¿No?". "Así que llevas 11 años sin trabajar?".
No iba bien. Aunque ella era la más guapa, sus contrincantes
eran más jóvenes, y aunque su experiencia era mayor, hacía años que no
trabajaba. Miraba el borde de encaje de sus medias asomar por el borde de su
falda lamentando no poder enseñarlas para variar el curso de la conversación.
Mientras así estaba oyó como Antonio preguntaba por sus tres hijos (eran otro
obstáculo).
Se decidió. Adelantó el trasero en la silla, haciendo que la
falda se le subiera aún más y dijo:
- Disculpe don Antonio, tengo un poco de calor, ¿donde podría colgar la
chaqueta?
- dijo mientras comenzaba a desabrocharla.
- Ah, claro. Ahí atrás tiene un armario.
Se levantó aprovechando para separar un poco la silla de la
mesa y, mientras terminaba de desabotonar la chaqueta, se alejó hacia el ropero
notando como el borde de la falda había superado la banda de encaje de las
medias, dejando ver la piel morena de la parte de arriba de sus muslos. Se
sintió un poco avergonzada por lo que estaba haciendo, pero se obligó a no bajar
la falda y a mover el trasero un poco más de lo acostumbrado mientras se
alejaba.
Mientras terminaba de quitarse la chaqueta desabrochó
disimuladamente otro botón de la camisa, a la vez turbada y decidida.
Dejó el bolso en el suelo y se entretuvo un rato colgando la
chaqueta en una percha. Aunque era totalmente consciente de su imagen, el espejo
de la puerta del ropero confirmó lo que sabía. Estaba arrebatadora. El rubor de
su cara acentuaba el brillo de sus ojos. La camisa, tan abierta, dejaba ver
perfectamente el nacimiento de sus pechos, y con solo inclinarse un poco dejaría
ver también casi toda la tela blanca y transparente de su sostén. No hacía
demasiada falta, porque la camisa era tan transparente que apenas velaba un poco
su torso, dejando entrever con toda claridad su delicada figura, y dibujando el
blanco sujetador. La falda, demasiado subida, dejaba ver totalmente sus piernas,
y si bien esto le daba un aire excesivamente provocativo y algo desaliñado, lo
compensó sobradamente con lo "accidentalmente" sensual de sus movimientos y con
la belleza del conjunto.
"El puesto tiene que ser mío. Voy a hacerle que le duelan los
huevos, y que crea que en la próxima me voy a acostar con él. No hago nada malo.
Solo peleo por el puesto y no voy a hacer nada de lo que luego me arrepienta. Lo
calentaré a tope, me dará el puesto y ya habrá tiempo de bajarle los humos.
Siempre me quedará la opción de salir corriendo" decía para sí. Realmente no
estaba muy segura de que estaba haciendo. Solo sabía que quería ese puesto y que
iba a hacer todo lo posible por conseguirlo.
Se giró para volver a su asiento y se agachó a recoger el
bolso flexionando las piernas, perfectamente consciente de que esto permitiría a
su interlocutor un breve vistazo de sus bajos y de que se le subiría aún más la
falda.
Ya con la falda apenas tapándole el pubis caminó despacio
hacia su asiento. La actitud de Antonio había cambiado. Aunque intentaba seguir
pareciendo profesional manteniendo un rictus entre serio y afable, sus ojos, tan
abiertos, delataban que había conseguido lo que quería. Ahora, esta entrevista
era nueva. Los reparos de su interlocutor habían pasado a un segundo plano.
A pesar de su vergüenza inicial le desconcertó notarse
excitada por el cambio que notaba que había conseguido. Sentía las mismas
cosquillas en el ombligo que cuando jugaba conmigo a putearme, enseñándome un
vestido o un conjunto de ropa interior nuevo.
Volvió a separar la silla un poco de la mesa antes de
sentarse. De este modo si movía convenientemente las piernas podía ofrecer
vistazos de su entrepierna. Aún sin hacer nada, ofrecería a la vista de su
interlocutor sus piernas con solo que este se irguiera un poco en su asiento
para poder verlas. Lo hizo inmediatamente, con disimulo, pero claramente
interesado en las piernas de Mª José.
- Hablábamos de tus hijos. Te decía que este trabajo, aunque normalmente
solo te ocupará las mañanas, requiere disponibilidad para viajar. Además en
ocasiones tendrás que asistir a reuniones y cenas de trabajo. ¿Sería esto un
impedimento?
- En absoluto, me gusta mucho viajar. Con este sueldo me podría permitir una
interna, y los críos ya están acostumbrados a eso. Seguro que no serán un
problema.
Antonio meditó unos instantes. Finalmente abrió un cajón, del
que sacó una carpeta. Comenzó a hablar de nuevo:
- Voy a serte sincero. Casi había dado por cerrada la entrevista de trabajo
en vacío. Tus compañeras se han ido a medias, sin completarla, no las he visto
preparadas para el puesto, y de la lectura de tu expediente casi daba por
hecho que tú tampoco te ajustabas a la descripción del puesto. Edad, hijos, 11
años fuera del mercado laboral,… Pero de un lado aparentas menos edad de la
que tienes, y de otro acabas de hacer una demostración de decisión que habla
por sí sola de cuanto quieres este puesto. Estoy muy gratamente impresionado.
- Muchas gracias. Realmente quiero el trabajo.
- su cara se había
iluminado por el cumplido.
- ¿Necesitas el trabajo?
- Podría seguir viviendo sin él. Pero acabo de comprarme un piso y me
vendría muy bien un refuerzo que desahogara mi economía
(ambos, de
manera consciente o no, omitían cualquier referencia a mí).
- Bueno, te contaré más cosas del puesto. Ya te han hablado de lo básico. Es
un puesto de secretariado, solo te ocupará las mañanas, pero en ocasiones
necesitarás viajar y asistir a cenas de trabajo y fiestas. La empresa te
proporcionará la ropa de trabajo, para asegurar que tu aspecto es el que la
empresa quiere que tengas. ¿Algo nuevo hasta aquí?
- Solo lo de la ropa es nuevo para mí, pero me parece muy bien. He visto
como vestía la secretaria de la entrada y estoy deseando poder usar trajes de
Givenchy sin tener que pagarlos.
- Jajaja. Además buen gusto. Bien. El puesto es de secretaria personal del
director de marketing de la empresa. Eso significa que esas cenas de trabajo
son bastantes, y la mayoría de las veces son fiestas que da la empresa a sus
clientes.- se levantó con la carpeta en la mano y empezó a pasear por la
habitación mientras hablaba.- Cuando tengas que asistir a ellas, que será muy
a menudo, solo tienes que estar atenta a tu jefe por si necesita algo y ser
simpática con todo el mundo. No se te pide nada más. Por lo demás solo tienes
que tratar de pasarlo bien también tú. A veces esto se hace en algún hotel, en
la piscina. Y a veces nos desplazamos a sitios cálidos para estas reuniones.
Esos son la mayoría de estos viajes. Otros viajes son para reuniones de
trabajo. Son sobre todo por España, incluyendo Canarias, pero a veces también
tendrás que viajar a Europa. Tus misiones habituales son las de una secretaria
personal, filtrado de llamadas, gestión de agenda, apoyo cercano, … Para las
tareas de secretaría ejecutiva hay otras dos designadas. Por ello tú te
encargarás fundamentalmente de ser la ayudante de tu jefe.
Antonio leyó en los ojos de Mª José el miedo. ¿Secretaria
personal? ¿Fiestas? Sonaba a acompañante.
- Por supuesto todos los gastos están pagados, y cada hora fuera de horario
está tarifada para ti en 3.000 pesetas si es en la ciudad, 4.000 para el resto
de España y 7.000 para el extranjero. Si el día es completo multiplica la
cantidad por cinco por cada día completo. Calcula que al fijo de 300.000
añadirás otras 200.000 mensuales de media.
Estas palabras consiguieron que pasaran las dudas. Las
olvidó, puesto que tenía el cerebro ocupado en calcular cuanto podía reducir la
hipoteca cada mes. En pensar la cara que yo pondría al saber que iba a cobrar
150.000 pesetas más que yo. Mientras hablaba había estado hojeando los
expedientes que había en la carpeta que tenía en sus manos. Seleccionó uno y
dejó el resto dentro de la carpeta, que dejó en su cajón.
- Cuanto más me hablas del empleo más lo quiero. Me parece que estoy
soñando. Estoy segura de que estaré a la altura. Estoy un poco oxidada, pero
en unos días trabajaré a pleno rendimiento.
- Estoy seguro de ello. De todos modos yo estoy aquí para comprobarlo. Pero
la verdadera pregunta es ¿Cuál es tu límite?
- a la vez que decía esto
Antonio pasó por detrás de Mª José y se sentó en la silla junto a ella
mirándola fijamente.
Aquello volvía a tener mala cara. ¿Cómo que hasta donde?
- No entiendo. Quiero el trabajo y estoy dispuesta a trabajar y estudiar
deprisa para merecer el puesto. ¿No es suficiente?
- tal como se había
sentado Antonio, Mª José estaba de perfil a él. Permaneció así, dudando si iba
a ponerse de frente a él.
- Jajajaja. Me refiero a que en este trabajo tendrás que soportar mucha
presión. Nos movemos en esferas muy altas, y muchas veces no es fácil ser
simpático, eficiente y conservar la dignidad. No se trata de que hagas nada
más que estar dispuesta a aprovechar todos tus evidentes recursos. Finalmente
tú serás la única dueña de tus actos. Pero indudablemente no regalamos nuestro
dinero. Estamos seguros de que este trabajo te requerirá sortear momentos muy
desagradables, en los que alguno entenderá mal tu amabilidad. Queremos estar
seguros de que las elegidas no se espantarán y saldrán corriendo a pesar de la
inmejorable oferta económica.
Bien. De modo que se trataba de eso. Iba a ser un elemento
decorativo contratado para alegrar la vista a señorones y llevarle la carpeta a
mi jefe. Tenía que calentarlos un poco y luego espantarlos sin que quedaran
demasiado contrariados. A cambio de 500.000 pesetas mensuales. Una señorita de
compañía. A cambio de 500.000. Le costó decidir. Fue un segundo de esos que
duran varios años. Finalmente giró sobre su asiento, quedando frente a Antonio:
- ¿Tu crees que voy a salir corriendo?
- dijo muy despacio con voz grave,
mirando a los ojos de él. Al girarse sus piernas habían quedado un poco
separadas, dejando ver su entrepierna. Notó que los ojos de él se posaban
allí. Muy despacio, cruzó las piernas y echó el cuerpo hacia delante dejando
que se le ahuecara la camisa y ofreciendo una deliciosa vista de sus pechos-
Ese puesto va a ser mío.- dicho esto volvió a echarse para atrás en el
asiento. Con las piernas cruzadas como las tenía, ocultaba su pubis, pero
estaba segura de que la visión que dejaba de la parte posterior del muslo que
tenía cruzado compensaría esto.
- Buuufffff. Realmente quieres el trabajo. Muy bien. Para que sea tuyo tengo
que hacerte unas pruebas. Te advierto que alguna de ellas te resultará
desagradable, pero puedes dejarlo cuando quieras. No estás obligada a nada.
Cuando creas conveniente te levantas, recoges tus cosas y te vas. No habrás
perdido nada. ¿Lo has entendido?
Su cabeza y su corazón sostenían una tremenda pugna. De un
lado tenía mucho miedo. De otro estaba segura de que jamás le ofrecerían la
tercera parte de lo que le ofrecían aquí. Dio un paso más hacia al abismo, y,
sin moverse, lentamente, asintió con la cabeza a la vez que decía:- Adelante.
- Estaba seguro de que dirías eso. Bien, ¿sabes que es esto que tengo en la
mano? Es un precontrato, en fase de pruebas de tres meses. El propio
precontrato nos obliga a prorrogártelo si no has fallado a ninguno de los
términos contenidos en el precontrato, haciéndote fija en la empresa en tu
puesto mediante un contrato definitivo. Tú puedes rescindir el contrato a
petición en estos tres meses sin contrapartidas, y posteriormente con arreglo
a la legislación laboral general. Como ves nos obligamos nosotros a mucho más
de lo que te obligamos a ti.
Era estupendo. Le dejaban puertas abiertas en todo momento.
Podía huir cuando quisiera. Más confiada se limitó a asentir sin dejar de
mirarlo fijamente.
- A lo largo de la entrevista te iré diciendo las pruebas y tú las irás
pasando. Cuando acabemos yo redactaré un informe y tu futuro jefe confirmará
tu contratación para el contrato definitivo después del periodo de pruebas.
No tenía muy claro que tipo de pruebas iba a tener que pasar,
pero después de cómo se había preparado, como se había vestido y como lo estaba
haciendo hasta el momento sabía perfectamente como iba a pasarlas. "Quiero el
puesto. Seguiré enseñando, seguiré insinuándome, y una vez firmado el
precontrato…, veremos. Este se va a acordar de esta entrevista toda su vida, y
yo la olvidaré en cuanto cobre el primer mes."
- Mª José, ¿Estás lista para empezar?
- Estoy deseándolo.
- mintió.
- Bien, voy a empezar dictándote una carta. Abajo en el ropero hay libretas
y bolígrafos. Coge lo que necesites y empezaremos.
Se levantó deprisa y se dirigió al armario. Quería disimular
que esto no le convenía. Tecleaba rápido a máquina y al ordenador, para redactar
o pasar un texto, pero jamás había estudiado taquigrafía. Este podía ser el
final de sus aspiraciones. Supo lo que tenía que hacer. Abrió el armario y se
agachó sin flexionar las piernas esta vez. Encontró enseguida bolígrafo y
cuaderno, pero se entretuvo dejando que él se recreara en la visión que estaba
ofreciéndole. Sabía perfectamente lo que de le debía estar viendo desde la
posición de él. Los altos tacones, las medias blancas pegadas a sus piernas
espectaculares, la piel morena de sus muslos, la falda arrugada y muy subida ya
debía dejarle prácticamente el culo al aire. Desde la falda descendería la línea
blanca del tanga contrastando con su piel morena. La línea se ocultaría entre
sus nalgas, reapareciendo para ensancharse en su vulva, que en esa postura tenía
que verse abultada y entera. Cuando se levantó cerró el armario, y simuló
coquetamente arreglarse descuidadamente la falda, pero teniendo buen cuidado de
que solo ocultaran lo que debían. Cuando caminaba lentamente de regreso su falda
seguía dejando ver la piel por encima de las medias. Miraba fijamente a Antonio,
confirmando que no había perdido detalle del espectáculo. Cuando se sentó frente
a él, junto las piernas y colocó el cuaderno abierto sobre ellas.- Estoy
preparada.- dijo. "Te vas a enterar" pensó.
- De acuerdo. Allá vamos: Estimado señor:……..
No os aburriré con el texto de la carta. Como mi mujer había
temido, el ritmo era lo bastante rápido como para que le fuera imposible
seguirlo. Como había planeado, combinó una serie de cambios de postura, caídas
del bolígrafo, ahuecamiento de camisa, cruces y aperturas de piernas, que no
dejó rincón sin entrever y ralentizó la velocidad de Antonio lo suficiente para
captar una combinación de palabras completas, iniciales, sílabas, que le
permitirían elaborar el texto cuando se lo pidieran.
- Punto y final. ¿Lo tienes?
- Perfectamente-mintió Mª José.
- Pues vamos con lo siguiente. Ahora…
- Tendré que pasarla a máquina o a ordenador, ¿no?
- Sí, pero no ahora. Antes vienen otras cosas que dan verdadero valor a la
prueba.
- Tu dirás
- se temía lo peor.
- Bien, ahora empieza lo difícil. Ya te he dicho que procuramos que nuestras
fiestas suelen ser en el exterior, terrazas y piscinas de hotel. En ellas lo
normal es que, al menos las chicas, vayan en traje de baño. Además necesito
ver como respondes a la presión. Quiero que te pongas en bikini, para ver que
no tienes tatuajes ni cosas raras, y que te sientes en mi sillón para pasar a
limpio la carta. Yo cronometraré. En el armario de siempre hay varios bikinis.
Elige uno.
Se quedó paralizada. Aquello era demasiado. Si hacía eso
¿donde podría parar?
- Comprendo como te sientes. Si te sirve de ayuda a mí me es igual de
violento que a ti, aunque algo menos embarazoso. Si te diré que este es mi
trabajo. Y que tus dos compañeras sí que han llegado hasta aquí. Como te dije
al principio puedes irte cuando quieras. Por supuesto yo lo reflejaré en mi
informe, pero comprendo que ni siquiera la oferta económica pueda hacer vencer
determinados miedos.
Aquello fue suficiente. Se levantó y fue hacia el armario.-
Voy a ello. No te des por vencido tan pronto.- fingía una seguridad que
no sentía. De hecho temblaban sus manos mientras rebuscaba entre los cajones de
los trajes de baño. Había cuerpos enteros y bikinis de varios tipos y colores.
Eligió un tanga pequeñísimo negro, con sujetador de cortinilla. Jamás había
usado uno así, pero estuvo segura de que le sentaría de miedo. Se volvió
mostrándolo y sonriendo entre pícara y orgullosa.- ¿Dónde me cambio?
- Muy bien valiente. El sitio más cercano está fuera, al final del corredor,
los aseos de señoras. Siento no poder ofrecerte algo más cercano.
- ¿Y tengo que volver en bikini delante de todo el mundo?
- No, mujer. Para volver vuelves a vestirte con el bikini debajo y aquí
vuelves a quitarte la ropa.
Pensó que todo el mundo en la oficina sabría que estaba
pasando. Se moría de vergüenza solamente de pensarlo. Su mente sopesaba deprisa
todas las posibilidades.
- Don Antonio, estoy pensando que me moriré de vergüenza dándome ese paseo.
Mire, casi prefiero quedarme aquí en ropa interior. Es de corte muy parecido.
Creo que no tengo nada que temer de usted. Su actitud está siendo muy
profesional. ¿Le parece?
- Tienes razón. Tus compañeras hicieron lo mismo. Pero no habían venido
tan preparadas. Tenías que haberlas visto. Voy a estar mirándote, pero
procuraré no molestarte.
Devolvió el bikini a su cajón y empezó a desabrocharse la
blusa de espaldas a Don Antonio. Cuando la desabrochó completamente vio en el
espejo por encima de su hombro como el hombre no le quitaba los ojos de encima.
Avergonzada se ruborizó y sintió un intenso calor en las mejillas. "Demonios. Me
voy a quedar en ropa interior delante de un desconocido. Y ya estoy decidida.
¿Es que no voy a sacar el máximo provecho de ello?". Se volvió y miró a los ojos
del hombre, dejando caer la camisa por su espalda. El contraste de su piel
morena con el blanco sujetador debía ser deslumbrante.
El calor de sus mejillas se había contagió a su entrepierna.
Estaba excitada, para su mayor vergüenza estaba excitada. Y podía ver que el
hombre a pesar del aire profesional también estaba muy excitado. Mª José hablaba
de estupideces para olvidar la vergüenza. Notó frío en los costados y la
espalda, pero seguía hablando de que se alegraba de darse sesiones de rayos, y
hoy más que nunca. De aquellas veces que había hecho pases de modelos en el
instituto.
Arqueo la espalda para desabrocharse la falda, mirando a los
ojos del hombre, e imaginando el perfecto contraste que debía hacer su piel tan
morena y el inmaculado blanco del sujetador.
Tuvo que empujar fuerte la falda para que bajara. Cuando
finalmente se la sacó por los pies aprovechó para quitarse los zapatos y
poniéndose de puntillas juntó las piernas y abrió los brazos, esperando opinión.
- Tengo que ver toda tu piel. ¿Puedes quitarte las medias para que vea tus
piernas también?
Obediente lo hizo, sin dejar de hablar, ocultando su
vergüenza. Desabrochó los tirantes del liguero. Para quitarse las medias se
adelantó, apoyo un pie en la silla, muy cerca para ello del hombre, y
ofreciéndole un magnífico panorama de sus piernas y su entrepierna. Confiaba que
la brillante tela de raso del tanga disimulara la humedad que para su vergüenza
y extrañeza comenzaba a notar en su sexo. Claro, tampoco se había puesto
salvaslip. Se quitó la otra media, variando para ello su posición y ofreciendo
su trasero con la mayor naturalidad que pudo, y luego se quitó el ligero.
Se sabía espectacular y estaba empezando a perder la
vergüenza. Después de todo ya le quedaba poco por enseñar. Nuevamente se puso de
puntillas y dio la vuelta despacio. Mostrándose, inclinándose cuando estuvo de
espaldas para volver a ofrecer su culo.
- Necesito ver todo Mª José. No hace falta que te quites nada más. Solamente
ahueca las prendas para que yo mire dentro. Si lo prefieres lo haré yo.
Lo estaba esperando. A pesar de ello dudó unos segundos. Por
lo menos no tendría que quedarse desnuda. Cuando metió sus dedos por debajo de
la goma del tanga y lo levantó supo que se había depilado para eso, a la vez que
echó de menos algo de vello allí para cubrir su desnudez más íntima y más
absoluta. No pudo mirar esta vez. Y tuvo que cerrar los ojos para soportar la
que pensaba que sería la mayor humillación. Dio media vuelta, y cuando iba a
levantar la prenda notó que los dedos de Antonio ya lo estaban haciendo. Se
quedó un momento rígida, esperando algo peor. Nada. Se serenó y volvió a girarse
despacio. Cuando iba a hacer lo mismo con el sostén Antonio le dijo:
- No es necesario. Ya veo tus pechos.
Hasta entonces no había reparado que ese sujetador era tan
bonito porque era como no llevarlo. Y tampoco había reparado en el efecto del
aire acondicionado sobre sus pezones. ¡Jamás se los había visto así de grandes y
duros! La areola, ya de por sí pequeña, había desaparecido.
Cuando Don Antonio la invitó a ocupar el sillón se alegró,
porque eso le permitiría ocultar su rubor. Mientras caminaba hacia el asiento se
sentía sucia y humillada. Pero no dejó que esto afectara a los movimientos de
gata ni al tono de voz confiado que se había impuesto.
Don Antonio tenía el cuaderno en sus manos, y espero a que se
sentara. Mientras Mª José encendía el ordenador, él explicó:
- Bien, sé que no es cómodo rehacer el escrito así y con un hombre
mirándote. Yo no te lo voy a poner fácil. Te tocaré la espalda, las piernas,
el cuello (tranquila, nada en tus zonas más íntimas), te hablaré, te diré
barbaridades,… Pretendemos medir tu capacidad de concentración en situaciones
de tensión.
- Estoy más tranquila de lo que cabía esperar (¿qué más puedo enseñarte?).
Cuando quieras estoy lista.
Directamente le dio el cuaderno, y empezó a acariciarle el
cuello. Mª José notó los contactos, pero se obligó a apartarlos a un punto muy
lejano de su subconsciente. Eran como recuerdos, a pesar de estar realizándose
en ese momento. Él le echó el aliento en el cuello, apoyó su pecho sobre la
espalda de Mª José mientras acariciaba el exterior de sus muslos. Todo ello sin
dejar de susurrarle cosas al oído ("¿Te das cuenta de lo que estás
haciendo?", "Si tus hijos te vieran…"). Ella apenas le oía. Eran recuerdos.
- Y ahora, nenita, voy a quitarte el sujetador. Total, no sirve para nada.
Mª José lo ignoró, haciendo un esfuerzo de abstracción. Tenía
razón. No tapaban nada. Pero aún así esto ya no era un recuerdo en su mente.
Notó como se lo desabrochaba, y como sus pechos, firmes,
apenas caían al perder apoyo. Tuvo que ayudar facilitando el que se lo sacara
por los brazos sin dejar de escribir. Se obligó a olvidarlo y se concentró en el
documento mientras él seguía a lo suyo. No hubo ningún contacto en sus partes
íntimas, pero no paró de decirle barbaridades cada vez mayores ("Mira que
tetas más respingonas tiene la putita." "Tienes que tener el coño empapado, ¿no
guarrita?" "Si te viera tu marido…"). Solo eran ecos lejanos en su
subconsciente, pero sonaban cada vez menos profesionales. Se concentró en
acabar. Cuando lo hizo levantó los brazos haciendo que sus tetas rebotaran. El
gesto era un poco infantil, pero lo bastante gráfico como para que dejara de
contar el tiempo y para que pararan los ecos y las caricias.
- ¡Magnífico! Muy buena capacidad de concentración a pesar de lo difícil que
te lo he puesto. Creo que estás precontratada. Es más, por mí firma ya el
precontrato.
- Se lo acercó y le ofreció un Roller para que lo firmara.
Parecía nuevamente no muy profesional, tan excitado. Comenzó a servir unas
copas. Mª José eligió un güisqui con coca-cola.
- ¿Tan bien lo hice? ¿Cuánto he tardado?
- dijo recogiendo su copa y
dándole un largo trago mientras se cubría los pechos con las manos.
- ¿Crees que importa? La empresa hace una fuerte inversión en informática
todos los años. Los programas de reconocimiento de voz hacen el trabajo que tú
has hecho ahora mismo de manera inmediata. Se trataba de ver tu capacidad de
concentración, tu capacidad de aislarte de lo que te rodea y, sin perder las
maneras ni desatender los objetivos, no permitir que nada te aparte de tu
labor. ¡En años de trabajo no había visto una combinación igual de naturalidad
y frialdad! Felicidades. Lee y firma el precontrato. Si tienes alguna duda yo
te lo explicaré.
- ¿Puedo vestirme?. Me resulta muy incómodo.
- No hemos acabado las pruebas, luego te explico. De todos modos tómate el
tiempo que necesites. Yo preparo mientras tu ropa para lo siguiente. Si estás
muy incómoda ponte el sujetador o la camisa. Luego lo entenderás.
El sujetador estaba más a mano. Iba a ponérselo cuando pensó
"¿Para qué?". Antonio le ofrecía la camisa con su gesto. Dio otro largo trago.
Se sentía desconcertada y mareada, se veía a sí misma como una striper medio
drogada por el alcohol y la adrenalina, pero a la vez estaba a punto de firmar
un precontrato de ensueño. No quiso estropearlo dando imagen de mojigatería
después de lo que había pasado.
Finalmente no cogió la camisa, y entregó el sujetador con el
resto de la ropa. Intentó concentrarse en la lectura del contrato y acabar
cuanto antes. Eran seis folios, arial 10, sin sangría y sin apenas márgenes.
Desde el apartado 1 hasta el 136. Estaba demasiado nerviosa para concentrarse.
Comenzó a leerlo despacio, pero era incapaz de concentrarse. Estaba cada vez más
mareada. Miraba de reojo como Don Antonio preparaba cuidadosamente su ropa,
colgando cada prenda por separado en el armario. Se sentía cansada. Intentó
concentrarse de nuevo en el contrato. Empezó a comprobar que las condiciones que
le habían contado estaban reflejadas. El sueldo, los pluses, la ropa, las
condiciones normales de todo contrato,… Todo parecía estar allí. Ella quería
acabar cuanto antes, vestirse y marcharse cuanto antes. Leyó por encima las tres
últimas páginas, cogió el Roller y firmó la última página de las dos copias que
le habían proporcionado.
- Tienes que firmar todas las hojas. En el margen, junto a mi firma.
Lo hizo de manera mecánica, deprisa. Ya no leía. Quería
acabar cuanto antes para poder vestirse.
Cuando acabo se puso en pié, siguió cubriéndose los pechos
con una mano y entregó los precontratos a Don Antonio. Este guardó una copia en
el cajón y lo cerró con llave, quedándose el otro en la mano.
- Bueno, ya vamos a acabar. Quiero completar mi informe, y para ello quiero
hacerte una última prueba. Muchas veces, más de las que piensas, tendrás que
trabajar con la presión de un baboso o babosa que intentará meterte mano,
pensando que eres parte de su contrapartida por un contrato. Debes ser capaz
de hacer tu trabajo como si nada estuviera pasando. Tendrás que aguantar
esperando el momento de deshacerte de ellos discretamente. Eso es lo que vamos
a simular ahora.
Mª José seguía perdida. Se tapaba con las manos sus tetas y
su pubis. De un lado se sentía segura con la firma del precontrato. De otro no
entendía el porqué de aquella última humillación.
- Pero, ¿Eso no lo he demostrado ya en la última prueba?
- No Mª José. Tú sabías que esas caricias tenían un límite, y aceptaste ese
límite. Esto no va a ser igual. Ahora el límite será desconocido para ti. Es
más, no hay límite. Tú lo pondrás cuando creas que debes hacerlo.
- ¿Cómo será?- de momento sonaba peor que todo lo anterior. Pero descubrió
que tenía curiosidad y que le excitaba pensar en qué podría pasar.
- Lo primero elegirás las prendas que te vuelves a poner. Comprobaré así
hasta que punto sigues siendo capaz de provocar después de esta intensa mañana
que estás teniendo. Luego te entregaré tu copia del contrato y llamaré a un
colaborador y una colaboradora. Tu, de pie, leerás el contrato. Mientras ellos
simularán ser los babosos. Y ya sabes. No hay límites. Los pones tú. Cuando
creas que ya está bien, te apartas de ellos y dices que ya vale. Ellos no
seguirán. No es la 1ª vez que lo hacen, así que no te preocupes. Estoy segura
de que lo harás bien, pero como desde el principio, puedes irte cuando
quieras. El informe dirá todo lo que ya has hecho bien (no te preocupes, no
detallo como hacemos las entrevistas, tu jefe no lo sabrá), pero no podrá
decir que has sido la única aspirante que ha completado satisfactoriamente
toda la entrevista. Creo conveniente que te demuestres a ti misma en este
momento si podrás con este trabajo. Y que me demuestres a mí y a la empresa
que no ha sido solo una maniobra para conseguirlo.
Estaba muy cansada, y quizá por eso no tenía muy claro si el
trabajo era ya suyo o no. Sentía mucha vergüenza, pero también sentía mucha
curiosidad. Por no hablar de esa extraña sensación de poder que le daba manejar
la situación con su cuerpo.
Ante la duda decidió hacer la última prueba. Además pensó que
ahora pararía en cuanto la cosa fuera demasiado fuerte. La copa, que apuró de un
trago, le había dado alas y le hacía sentir como fuera de allí, como si no fuera
de ella la piel que se estaba exhibiendo en aquel despacho. Llegó a pensar que
le apetecía un desahogo, que intentaría disfrutar. Nadie iba a saberlo.
Eligió solamente la camisa, la falda y los zapatos, y dejó en
el armario medias, liguero, sostén y chaqueta. Recogió la copia del precontrato
y se colocó en el centro de la habitación.
Mantuvo la cara hacia el papel y miró de reojo a los ojos de
Don Antonio, sonriendo pícaramente. Puesta a hacer la prueba ella sería la mejor
en esa también. Estaba excitada, y un poco bebida para haber tomado solamente
una copa. Se sentía fuerte. Se sentía mala. Sin dejar de mirar al hombre a los
ojos colocó el papel sobre la mesa y metiendo las manos por debajo de la
minifalda se quitó el tanga muy despacio. A pesar de intentarlo no pudo evitar
exponer durante unos largos segundos su pubis depilado a la vista de aquel
hombre. Se rió para dentro al ver como él se recreaba en ese vistazo. Debía
tener un dolor de huevos tremendo. Pues se iba a enterar. Se alisó la falda,
recogió los papeles y volvió a su posición. Parecía recién vestida, como si
acabara de llegar.
- Ahora SÍ estoy preparada
.- dijo entregando el tanga a don Antonio.
Notó que la prenda estaba mojada. No se había dado cuenta de
que estaba tan húmeda y se avergonzó un poco. Pero ya había dado el paso. No
podía esconderlo, no podía volver a ponérselo sin quitar carga dramática a la
escena. Trató de aprovecharlo para terminar de calentar al fulano. Él, con la
prenda aún en la mano, llamó al interfono.-Juan ya podéis venir.- En
medio minuto aparecieron un hombre y una mujer. Vestían como todo el personal de
la empresa. Indumentaria seria y elegante. Ambos eran jóvenes y morenos. Ambos
atléticos. Hacían una magnífica pareja. Don Antonio no les explicó nada. Se
limitó a decir:- Empieza cuando quieras Mª José.
Empezó leer despacio, entonando cuidadosamente el complejo
texto legal. Los dos jóvenes empezaron a moverse observándola desde unos metros.
Como había hecho antes, los relego a la categoría de recuerdos en el
subconsciente.
Llevaba media página y los jóvenes aún no le habían tocado.
De momento se limitaban a observarla dando vueltas muy despacio a su alrededor.
Algo mareada seguía leyendo muy despacio. Casi deseaba que empezaran a tocarla.
Seguía leyendo muy despacio.
Cuando estaba terminando el 1º folio el joven se sentó en la
silla frente a ella. La joven se colocó a su lado. Apoyó la cabeza sobre su
hombro y comenzó a acariciarle la espalda por encima de la camisa. Don Antonio
contemplaba todo desde el sofá.
Las caricias de la joven empezaron pronto a llegar a la parte
baja de la espalda de mi esposa. Suavemente empezó a besarle el cuello. ¡Que
bien olía! Siguió leyendo despacio, como si no pasara nada, conteniendo los
suspiros que empezaban a provocarle las caricias de la mujer. Esta empezó a
chuparle y mordisquearle la oreja, a la vez que le masajeaba el culo ya sin
disimulo. El joven seguía sin moverse. Mª José seguía leyendo despacio, pero su
respiración era cada vez más entrecortada, y empezaba a excitarse más de lo que
había previsto.
El joven se levantó por fin, y colocándose al otro lado de Mª
José comenzó a hacer lo mismo que la mujer. Esta había levantado ya la falda a
mi mujer y le magreaba el culo despacio. El chico se concentró en la raja de su
culo, y buscó el ano de mi mujer. Comenzó a acariciarlo, despacio, sin forzar,
pero arrancando los primeros suspiros de mi mujer, que seguía leyendo dignamente
a pesar de estos tocamientos. Don Antonio seguía la escena sin moverse. No
perdía detalle, pero no intervenía.
La chica se separó. Se quitó la chaqueta y la falda, quedando
en un conjunto de ropa interior rosa de encaje. Sin dejar de leer vio como se le
transparentaba el vello púbico, recortado en una delgada línea vertical. Vio
como su sujetador era de esos que solo es una copa bajo el seno, dejando al aire
los pezones. Vio como se los pellizcaba para luego pasar a acariciarse el coño
por dentro del tanga rosa.
Mi mujer leía cada vez más despacio, gimiendo cada vez más.
El concentrarse en la lectura solo le servía para desinhibirse un poco más. El
joven se colocó a su espalda, y seguía concentrado en su culo. Una mano separaba
con ternura las nalgas, mientras que los dedos de la otra seguían acariciando y
masajeando su ano, sin forzar la oscura entrada, pero consiguiendo poco a poco
una dilatación cada vez mayor.
La falda estaba muy subida y dejaba a Don Antonio y a la
chica que vieran su precioso sexo rasurado. La chica estaba arrodillada a sus
pies, acariciándose con una mano mientras con la otra acariciaba el interior de
los muslos de Mª José. Jugaba con ella subiendo hasta casi su entrepierna sin
llegar a tocarla.
Los jugos de Mª José empezaban a chorrearle por el interior
de los muslos. Ya no entendía nada de lo que estaba leyendo, ni nadie entendía
lo que estaba diciendo, mezcla de términos legales, suspiros, gemidos,… El texto
era ya solo la excusa para seguir disfrutando todos del momento. Mi mujer
también quería seguir disfrutando, aunque se engañaba pensando que era solo para
conseguir el trabajo. El hombre abandonó el culo de mi mujer, acariciándole las
tetas desde atrás por encima de la blusa. Los pezones de mi mujer eran del
tamaño de dos canicas para entonces, y estaban tan duras como si lo fueran. Por
eso gritó de dolor y placer cuando el hombre se los pellizcó.
La chica abandonó lo que estaba haciendo para desabrocharle y
quitarle la falda. Cuando lo hizo continuó con las caricias. Ahora llevó una
mano al chocho de mi mujer, mientras la otra buscaba el ano. Lo acarició y
consiguió que no se contrajera. Aún consiguió que dilatara un poco más, y
aprovechó para introducir un dedo en él. Mi mujer gimió de sorpresa, pero no
sólo se dejó hacer, sino que se decidió abandonar la lectura, disfrutar y, si
había ocasión, terminar después de leer. Retenía el papel en una mano, pero ya
no se concentraba en él. Solamente leía de vez en cuando alguna frase
ininteligible entre sus gemidos. El joven empezó a desabrocharle la camisa,
mientras le restregaba el paquete por el culo aún virgen de mi mujer. La chica
abandonó el culo de mi mujer. Ella respingó cuando de dolor cuando el dedo salió
bruscamente de su ano, que se contrajo al instante.
Colaboró con el hombre cuando este le quitó la blusa y
rápidamente flexionó el tronco, buscando de nuevo un contacto en su ahora
sensible ano. Lo empezaba a descubrir como una herramienta de placer nueva.
El chico lo entendió rápidamente, y le abandonó a Mª José las
tetas para volver a concentrarse en su ano como había hecho antes. Ahora empleó
las manos solamente para separar las nalgas de Mª José, y fue su lengua la que
empezó a masajearle el esfínter. Empezó con breves chupadas circulares, para
poco a poco empezar a empujar su lengua en el interior del todavía virgen culo
de mi mujer.
La chica besaba y mordía los ahora colgantes senos de Mª
José, mientras que con sus manos se acariciaba a sí misma pechos y sexo. Mª José
se acariciaba con la mano que tenía libre. Ambas mujeres se miraban a los ojos.
Esto las excitaba aún más. Se besaron en la boca y enlazaron sus lenguas. Cuando
se separaron la chica siguió el trabajo en los pezones de Mª José, mientras esta
leía una frase y miraba a Don Antonio. Este mantenía las bragas de mi mujer
frente a su nariz, oliéndolas. No se tocaba. Mantenía su otra mano en el
respaldo del sofá.
Detrás, la lengua del chico hacia progresos. Mª José deseaba
que se convirtiera en un camaleón, para que su lengua pudiera llegar tan adentro
como ella necesitaba ahora. Su ano estaba lleno de la saliva de él. Ella
contribuyó intuitivamente a lubricarlo, acariciando su esfínter, cada vez que el
hombre se separaba para tomar aire, con la misma mano con la que se acariciaba
el coño.
Sin dejar de mirar a la mujer a los ojos, la empujó hacia
abajo suavemente con la mano en la que tenía el papel. La chica entendió
rápidamente. Abandonó los pechos y empezó a besarle el pubis, oloroso, nítido.
Mª José se separaba los labios mayores ofreciendo el interior de su secreta
gruta. Su clítoris empezó a crecer ante las sabias caricias de la lengua de la
chica. Cuando estuvo del tamaño de medio pulgar el contacto de una lengua le
hizo llegar a su primer orgasmo, largo, intenso. Casi le hace caer. Desde el
pubis hasta el culo pareció que las vísceras le estallaban. El estremecimiento
casi la hace caer, y casi atrapa la lengua del hombre en su ano de tan intensa
que fue la contracción que siguió al clímax. La chica continuó besando
dulcemente, esperando la siguiente venida. Mientras intentaba leer un párrafo el
chico se apartó un momento.
- La … parte contratan … te … se compromete… ahhhh ¡vuel ..vee! ¡vuel ..vee,
cabrón!
La respuesta a su súplica fue el sonido de una cremallera y
crujidos de ropa en movimiento.
- ahhh … que ssssssi … la par … te contrata … da … mmmmm.
El siguiente contacto que notó en sus nalgas fue más húmedo,
y de mucho mayor tamaño.
- … respon
..de a … los términos …mmmM... de este …- y entonces
notó aquella tranca apoyada en la entrada de su culo- ¡Noooo! ¡Eso noooo!
Por fin entendió lo que estaba pasando. Se tensó, y cuando
estaba a punto de gritar que se fueran y saltar para huir oyó la voz de Don
Antonio.
- Tranquila. No pasará nada que tú no quieras. Lo estás pasando bien.
Siempre puedes huir. Sigue leyendo.
El devolverla a su referencia, unido a la rápida retirada del
hombre y a la ya familiar voz de Don Antonio la tranquilizaron. Continuó leyendo
el precontrato.
- … de este precontra… to … renovará de oficio el contrato en suss términos
… actuales …
Seguía mareada por la copa (tenía algo, estuvo segura), y
aunque estaba algo más tranquila, al perder concentración en su placer, tomó
conciencia de su situación. ¡Se la iban a follar dos desconocidos si no paraba
pronto! ¿Es que se había vuelto loca? Mareada como estaba se olvidó enseguida de
sus pensamientos, y de nuevo se abandonó a sus sensaciones, a no pensar. Volvió
a dejarse llevar.
Los sabios, dulces lametones de la chica la retuvieron en su
situación, con la promesa de un placer eterno. Su vulva estaba cada vez más
abierta, su clítoris estaba volviendo a hinchar y empezó a notar los dedos del
hombre en su ano, masajeando suavemente. La poya seguía allí, como el mango de
una raqueta. Notaba sus nalgas empapadas de fluido preseminal, su pubis lleno de
saliva, y su vulva, su ano y sus muslos chorreando de una mezcla de saliva,
presemen y fluidos vaginales. Mientras seguía leyendo, separó aún más las
piernas y apretó el culo hacia el hombre. Este ya había introducido dos dedos en
el ano de mi mujer. Los sacó despacio y llevó una mano a los pechos de Mª José
mientras con la otra mano encaró su poya al agujero del culo de mi mujer y
apretó suavemente.
- Nooo.
- se había tensado nuevamente.
- Tranquila.
-susurró el hombre por primera vez.- No empujaré.
Solamente te acaricio con ella.
- No me la metas. No me la metas. Eso no.
- De acuerdo. Tranquila. Sigue leyendo.
Lo hizo.
La chica seguía comiéndole el coño. El clítoris abultado de
mi mujer era absorbido, chupado, lamido y acariciado. Volvía a ser como medio
pulgar, grande y tieso como un micro pene. El hombre acariciaba con sus manos
los pezones y el ano de Mª José. Las frases que acertaba a leer eran gritos de
placer. Sentía como el pene del hombre empujaba suavemente en su agujero para
luego retirarse. Cada vez parecía que iba a colarse, pero, aunque cada vez
estaba más dilatado aún no cabía, y siempre se retiraba sin forzar. Pero de
manera inconsciente ella había empezado a acompasarse con los empujones de él,
empujando su culo hacia atrás al notar la presión suave de la poya en su
agujero. El resultado era que cada vez estaba más dilatada, que sus aullidos
eran mayores cada vez y que en cualquier momento esa poya terminaría por entrar
en su culo virgen. Ella sabía que eso acabaría pasando si seguían así, pero
fingió no saberlo, siguió disfrutando. Los quejidos ahogados que emitía no eran
de dolor, eran los aullidos de la perra en celo en la que estaba transformada.
Siguió facilitando y propiciando ese contacto, enloquecida de placer.
Mientras seguía leyendo, nuevamente frases ininteligibles, la
lengua de ella la llevó a un nuevo orgasmo, no tan largo como el anterior, pero
igual de intenso. Un chorro de flujo resbaló por sus muslos. Abrió un poco más
las piernas para no caerse, y siguió leyendo mientras se concentraba en el
intenso placer que seguía sintiendo en su ano.
La chica se levantó y volvió a besar a mi Mª José en los
labios. Era una postura extraña. Incómoda para ambas al estar mi mujer inclinada
para recibir mejor las caricias de la poya en su culo. La joven se irguió, y
guió la mano de mi mujer hasta su coño. Mª José empezó enseguida a acariciar,
primero por encima de las bragas rosas. Luego se las bajó y continuo sobre la
piel, mientras la joven le besaba el cuello desde arriba y volvía a jugar con su
vulva.
Mientras leía como podía, entre las nubes del mareo y la
pasión, pensó un momento en Don Antonio y levantó la vista para verlo. Seguía
igual. Pero vio también el espejo que estaba sobre el sofá y la imagen que este
le devolvía.
El espejo estaba un poco inclinado y parecía puesto para que
ella se viera en esta posición: estaba completamente desnuda delante de tres
desconocidos. Estaba dejándose besar todo el cuerpo por una desconocida que le
estaba acariciando el coño. Su mano estaba acariciándole a su vez el coño a esa
mujer, con dos dedos introducidos en su vulva, jugando con su clítoris y
mojándose en sus jugos. Un hombre le magreaba los pechos con una mano, mientras
que con la otra le acariciaba el mismo ano por el que de un momento a otro podía
meterle esa poya que notaba tremenda cuando empujaba suave y firmemente. Otro
desconocido miraba la escena. Y además ella llevaba dos orgasmos, y cada vez sus
nalgas empujaban más fuertemente sobre la poya que amenazaba con empalarla.
¿Estaba esto pasando?
Como para deshacerse de sus pensamientos, cerró los ojos y se
concentró en el placer que venía de su culo. Un estremecimiento le anunció que
la chica había llegado ya, pero siguió acariciándola, mientras sus dedos se
empapaban con sus flujos.
Notaba como la punta del glande del joven empezaba a abrirse
un poco más de camino en cada suave embestida, asomándose dentro cada vez un
poco más. Fuera de sí, redobló la intensidad de sus empujones hacía atrás. El
joven gemía también, y también reforzó sus empujones. No podía ser de otra
forma. Finalmente el glande se abrió camino. No le dolió, solo le sorprendió
aquél contacto en parte tan recóndita de su cuerpo. Por un instante la escena
pareció congelarse, todos quietos.
-¡Nnnooooooooooo!- estalló en un sollozo, a la vez que,
de repente consciente de la situación, sintió una ola de vergüenza irguiéndose
de un salto.
-No, no noooo.-la poya salió de su culo de golpe,
haciéndole todo el daño que no le había hecho al entrar.
A pesar del dolor, aún notó como aquella poya buscaba un
nuevo contacto. El joven confiaba en que volviera a pensárselo como ya había
hecho antes. Pero no. Aunque se había quedado erguida, sin apartarse, la rigidez
de su cuerpo y su gesto de taparse la cara con las manos pringosas no dejaban
lugar a dudas.
La poya le acertó de lleno en la vulva justo en el momento en
que el hombre no pudo contenerse más y eyaculó copiosamente mientras se
retiraba. Le pringó el sexo, el ano y el interior de los muslos de un semen
espeso, abundante y caliente. Al notar el líquido caliente Mª José se apartó
llorando y manoteando estúpidamente las partes de su cuerpo que se había
manchado. Finalmente cayó al suelo sollozando y volviendo a ocultarse el rostro
con las manos llenas de semen y flujos. Se tumbó boca abajo y siguió manoteando
absurdamente los churretes pringosos que empapaban su culo.
De reojo vio como los jóvenes se retiraban y empezaban a
vestirse.
Ella seguía llorando. Había caído ya en la cuenta de en que se había convertido.
Había hecho todo aquello por dinero. En el fondo se había convertido en una
prostituta. Pero lo que más le dolió es que se dio perfecta cuenta de que quería
sentir aquella poya dentro de ella, de que se la había dejado meter en el culo.
En ese preciso instante seguía deseando tenerlo dentro.
Entre sollozos, gateó en busca de sus bragas. Cuando recordó
donde estaban se puso la falda, se acurrucó en un rincón y continuó llorando.
Por fin Don Antonio se levantó, y le tendió sus bragas, su
sostén y su camisa.
- Toma. El trabajo es tuyo. Voy a tomar un café y así te doy tiempo
arreglarte. Ahí tienes toallitas higiénicas en el armario. Tardaré en volver.
Tranquilízate. Ahora hablamos.
Siguió llorando hasta un rato después de que se fuera. Luego
se incorporó, y sin dejar de llorar comenzó a limpiarse. Se sentía humillada.
Mareada como estaba le costaba pensar. Pero poco a poco se fue tranquilizando y
una sensación de triunfo comenzó a abrirse paso. Lo había logrado. A pesar de
que seguía sintiéndose muy avergonzada, pensó en cuanto había ganado a costa de
perderse el respeto a sí misma. Por 1ª vez en esa mañana pensó en mí. Las
lágrimas volvieron a inundar sus ojos. Jamás se lo perdonaría a si misma. Yo
tampoco lo haría. Mientras limpiaba su vientre recordó cuanto me gustaba a mí
apoyar mi cabeza en él y quedarme dormido.
Limpió su pubis y su sexo recordando la ilusión con que lo
había depilado. Se entretuvo en los pliegues de su vulva y en los muslos,
retrasando la limpieza de su trasero, que le daba cierto reparo. Por fin comenzó
a pasar toallitas por sus nalgas y luego estrenó una toallita para empezar con
el ano. Fue un primer contacto breve, pero le dolió terriblemente. Más que
cuando se la metieron y más que cuando se la sacaron. Rápidamente puso la
toallita delante de sus ojos. No había sangre. Más tranquila se esforzó en
superar el dolor y limpiarlo a conciencia. Estaba hipersensible y abultado, como
fruncido.
Cuando acabó comenzó a vestirse. Estaba mucho más serena.
Seguía mareada, confusa, cansada y humillada, pero se sorprendió de notar como
también empezaba a sentirse feliz. Había ganado, había superado la prueba.
Cuando iba a ponerse el tanga recordó la imagen de Don Antonio oliéndolo, y
recordó también el tacto de su dolorido e hinchado ano. Lo metió en el bolso y
se siguió vistiendo. Una vez vestida volvió a sentarse en su silla a esperar.
Estaba completamente serena y se había retocado el maquillaje. Podía empezar la
entrevista de nuevo.
Volvió a pensar en mí, y en lo clásicos que habíamos sido
siempre en el sexo. A pesar de mi insistencia jamás nos habíamos alejado
demasiado de la ortodoxia. Contuvo las lágrimas que amenazaban con volver a
estropear el maquillaje.
Sonaron unos golpes a la puerta y se entreabrió.
- ¿Has acabado?
- Sí, ya estoy.
Don Antonio entró. De camino recogió el precontrato del suelo
y se lo entregó a Mª José. El semen que manchaba la página 3 (no había
conseguido pasar de ahí) aún no se había secado. Lo dejó a un lado secándose y
procuró ignorarlo. Había vuelto a pegar la silla a la mesa de despacho para
protegerse de miradas, y mantenía muy juntas las piernas.
- Te noto mucho más tranquila. ¿Otra copa?
Dudó al recordar el mareo que aún no había desaparecido del
todo.
- Venga, te hará bien
.- dijo mientras servía dos vasos de güisqui solo.-
No te voy a envenenar.
Recogió el vaso y lo husmeó cuidadosamente antes de beber un
sorbo. No notó nada raro, y bebió un trago más confiada.
Don Antonio siguió hablando de temas de trabajo. Horario,
cuando empezaba, ... Mª José asentía. Finalmente el hombre se levantó y rodeó la
mesa.
- Mª José déjame felicitarte, el trabajo es tuyo. Creo que hemos acabado la
entrevista.
- Gracias.
- contestó ella poniéndose en pie y tendiendo la mano para
despedirse. Él la recogió, pero la apretó fuerte y retuvo el contacto ganando
la atención de mi mujer.
- La entrevista ha acabado, pero no es necesario que salgas corriendo. Ahora
es el momento de que lo celebremos. Siéntate, termina de serenarte, acábate la
copa. No tengas prisa.
- soltó la mano y se sentó en la silla dejando el
papel sobre la mesa.
- Discúlpeme, pero lo único que me apetece es irme a casa a ducharme y a
descansar. Ha sido una mañana muy ... distinta.
- Jajajajajaa. Ya puedes decirlo. Pero te pido que te sientes un momento y
descanses.
- Perdone, pero de verdad que estoy agotada ...
- Pero bueno, después de conseguir este puesto ¿No me vas a dejar que te
conozca un poco más íntimamente?
(¿Ha dicho íntimamente?).
- De verdad, en otro momento. Yo...
- Siéntate.
-ahora hablaba muy despacio, y su voz sonaba sombría.-
¿Crees que puedes llegar aquí como una princesa, conseguir un trabajo de medio
kilo al mes y largarte como si nada? Lo bueno está a punto de empezar.
- ¿Có… cómo?
-había palidecido, y de pié como estaba notó que empezaba a
temblar.
- Lo has oído y entendido perfectamente, así que déjate de bobadas y
siéntate, puta.
Hizo acopió de fuerzas y valor, recogió el documento de la
mesa (le había costado mucho ganarlo) y comenzó a caminar hacia la puerta.
Cuando empezó a abrir la puerta oyó un ruido mecánico a sus
espaldas. Al volverse llegó a ver como los tres grandes espejos acababan de
ocultarse en la pared, dejando ver tres pequeñas estancias. Los pilotos
encendidos de tres cámaras de video anunciaban que estaban grabando. Tres
monitores sobre las cámaras le devolvían planos generales de la estancia. Ella
aparecía en el borde de los tres monitores.
Lentamente se volvió temblando y volvió a cerrar la puerta.
Don Antonio estaba ahora sentándose en el sofá.
- Bonito equipo, ¿verdad? Y se dirige desde aquí, desde este sofá.
- puso
una mano por detrás del respaldo y dirigió una a una las tres cámaras hacia
ella. Una a una se auto enfocaron las tres cámaras.- Y todas tienen zoom.-
los objetivos de las cámaras se movieron, y la imagen de su cara creció en los
tres monitores.- Te recomiendo que te sientes. Voy a leerte el artículo 104
del documento que has firmado. Está hacia el final de la cuarta página. Ya sé
que no lo has leído antes. Pero lo has firmado. Es más, tu firma está aquí en
el margen de esta página, justo al lado del artículo 104. Te leo: "La parte
contratada consiente en que todas sus actividades laborales sean grabadas con
medios electromagnéticos y empleados por la empresa para difusión con fines
propagandísticos, publicitarios y de selección. A estos efectos se entenderán
como actividades laborales todas las desarrolladas en el ámbito de la empresa,
desde el proceso de selección hasta que la parte contratada exprese por
escrito su deseo de cesar su relación de trabajo con la parte contratante. Los
registros permanecerán en poder de la empresa por un período de 10 años tras
los que serán destruidas. La parte contratada declara por el presente, haber
sido informada, entender y consentir con esta cláusula".
Mi mujer se había sentado y leía una y otra vez el artículo
104.
- Se puso para poder vigilar en el trabajo a nuestros empleados. Este
artículo no me autoriza a difundir las grabaciones, solo a hacerlas. Pero yo
no soy el encargado de custodiarlas. Si alguna se perdiera ¿quién sabe? Podría
llegar a tu marido. O incluso podría publicarse en Internet. Seguro que
llegaría a tu marido, seguro.
- Iré a la prensa.
-lo dijo sin convicción. Se sabía vencida y estaba
agotada. Cansada de luchar.- Hundiré la empresa.
- Si lo haces antes nadie te creerá y con los tiempos que corren me harás
rico. Si esperas a que lo publique para acudir a los medios serás ya la puta
del video de la entrevista de trabajo. Tu marido, tus hijos, toda tu familia,
todo tu círculo de amistades conocerá lo guarra que eres. Si accedes,
probablemente no nos volvamos a ver en mucho tiempo. Tu trabajarás dos pisos
más arriba con un caballero intachable que no sabrá nada de esto y cuyas
firmes convicciones morales le impiden mirarse los calzoncillos sin confesarse
después. Podrás borrar esta mañana de tu mente y afrontar un prometedor futuro
laboral.
Hizo una larga pausa antes de continuar, y caminando despacio
dio la vuelta a la mesa para sentarse en la silla y hacer que le diera frente de
nuevo, como al principio. Se detuvo en su entrepierna. Mª José se ruborizó al
recordar que no llevaba bragas. Le pareció estúpido, pero puso el bolso en su
regazo esquivando la sucia mirada, y tiro de la falda lo más abajo que pudo.
- Te contaré lo que quiero y te dejaré un minuto sola para que pienses. Te
vas a quedar aquí, y me vas a dejar gozar ese cuerpecito de puta fina que
tienes. No me gusta la violencia, así que espero de ti la más absoluta
sumisión. No te repetiré mis órdenes demasiado, así que no te hagas rogar
mucho. Si cuando vuelva después del minuto de reflexión no estás aquí mandaré
una copia a tu marido (se a que direcciones hacerlo) y a todo tu circulo
familiar y de amistades, además de publicarlo en Internet. Si no me obedeces
lo haré. Si no me satisfaces lo haré. No se te ocurra que me puedes denunciar
nada más salir de aquí. A la vista de las imágenes ningún juez nos
consideraría violadores, y no tendrás pruebas de chantaje. Y aún así te
aseguro que llegarían a tu marido.
Se levantó y comenzó a andar despacio hacia la puerta.
- Volveré en un minuto. Si no estás sabré que tengo que hacer. Si sigues ahí
sentada también sabré lo que hacer. Y hagas lo que hagas,… deberías volver a
ponerte las bragas, guarra. Jajajajajajaja.
Había ganado un partido. El trabajo era suyo. Pero en el
siguiente partido no jugaba para ganar. Jugaba para no perder. Para no perder a
su marido. Para no perder el respeto de sus hijos. Para no perder a su familia y
amigos. Para no perder la vida sencilla y agradable que llevaba hasta aquel día.
Su dignidad y su autoestima la había perdido hacía rato, para siempre.
No conseguía llorar. A pesar de su inmensa tristeza, su
tremenda humillación, no soltó una lágrima. Sentía que estaba siendo castigada,
y sabía que lo había merecido. Estaba resignada. No perdería. Lo haría por sus
hijos y por mí.
Mientras se ponía el tanga (en el interior habían amarilleado
ya sus unidades) pensó además que debería acostumbrarse. ¿Realmente dejaría de
chantajearla alguna vez? El doloroso contacto de la tira del tanga en su ano la
apartó de sus resignados pensamientos
Esta vez él no llamó a la puerta. La abrió y entró sonriendo
al saber que se había quedado.
- Eres una chica muy lista, que sabe lo que le conviene.
No hubo preámbulos. Fue detrás de donde ella estaba sentada,
y directamente le cogió los pechos desde atrás. No era cuidadoso, pero tampoco
fue tan brusco como había esperado. Era desagradable, pero no le dolió. Ella
trató de concentrarse en un punto lejano y no pensar. Trató de evadirse de allí.
Le soltó los pechos y la hizo ponerse de pié. Poniéndose
frente a ella puso un brazo alrededor de su cintura apretándola contra sí. Con
la otra mano le acariciaba el pelo y la cara. Intentaba ser tierno, pero ni
podía serlo tan excitado como estaba, ni ella lo hubiera apreciado. No levantaba
la vista siquiera. Intentaba abstraerse, no sentir nada. El no pareció
molestarse. Y empezó a besarle la cara, los ojos, el cuello. Su mano le
desabrochó los dos botones de la chaqueta y luego los primeros botones de la
camisa. Empezó a acariciarle a Mª José los pechos mientras buscó su boca con la
de él. Mi mujer siguió mirando al suelo hasta que finalmente él resoplando le
tiró del pelo firmemente obligándole a levantarla. Con los ojos cerrados
soportaba los besos sin devolverlos. Notando que la lengua de él recorría sus
labios abrió la boca, sobreponiéndose al asco, y le dejó que explorara dentro.
Notó aquella lengua grande y caliente, aquél aliento a café, y por un momento
perdió la concentración. Una lágrima recorrió su mejilla.
La mano de él volvió a sus pechos, ya por debajo de su
camisa. Los apretó, los acarició y pellizcó sus pezones para buscar la
excitación de ella. Los pellizcos le dolieron, pero no pudo evitar finalmente su
erección. Cuando el hombre los notó duros se separó un poco, sin dejar de
abrazarla, y sonriendo separó camisa y chaqueta para vérselos.- No veía el
momento de tenerlos entre mis dedos.- No se detuvo mucho allí. Su mano
recorrió despacio el vientre de mi mujer. Ella tenía la cara vuelta hacia un
lado y seguía con los ojos cerrados.
Los dedos de Don Antonio jugaron con el ombligo femenino y
continuaron bajando. Intentaron acariciar por debajo de la minifalda. Solo
conseguía llegar al borde inferior del liguero bajo la ceñida tela. Mi mujer
seguía absorta, dejándose hacer, con los brazos caídos a los costados. Era como
una muñeca sin vida, sin sentimientos, sin sensaciones.
Él buscó otro camino para su mano. La sacó de debajo de la falda y comenzó a
acariciar las ingles de mi mujer sobre la falda. Luego metió la mano bajo la
falda y recorrió las gomas de su ropa interior y el pubis. Cuando finalmente le
cogió el coño a mi mujer ella no pudo evitar respingar y emitir un grito ahogado
de disgusto, de asco contenido.
Él se movió rápido. Metió los dedos por debajo del sujetador
cogiendo la goma. Se trajo la mano que tenía en la espalda de ella al lado de la
otra y atrajo hacia sí a Mª José. Ella, sorprendida, abrió los ojos justo a
tiempo de ver como el la empujaba brutalmente lanzándola hacia atrás y rompiendo
el sostén en el mismo gesto. Salió despedida y los tirantes del sujetador le
hirieron los hombros. Cayó al suelo aturdida.
- Si quisiera una muñeca la compraría de goma sin tomarme tantas molestias
ni tener tantos melindres. Esto es solo para que sepas que tu situación podría
ser mucho peor. No voy a volver a ser violento. La próxima vez que tu actitud
me disguste podrás vestirte y marcharte. Pero fíjate que no te hablo de que te
dejes hacer. Te hablo de que me hagas disfrutar.
- ¡Pero no puedo! ¡No te quiero!
- sollozaba mi mujer.- No puedo
actuar como si te quisiera.
- Pero ¿Qué dices?
- gritó él.- No quiero ni tu amor, ni tu corazón,
ni siquiera tu respeto. Quiero tu cuerpo, idiota. Quiero echarte unos polvos
que recuerde toda mi vida. No me quieras. Solamente hazme gozar.
Mª José estaba en el suelo, con la chaqueta y la camisa
abiertas, el sujetador roto, despatarrada, con toda su ropa interior expuesta.
Lloraba ya desconsoladamente, y sus pechos se movían al compás de sus
desconsolados sollozos. Ninguno de sus trucos servía de nada. Iba a ser
consciente de todo. Iba a tener que participar activamente en su propia
violación.
El dejó que llorara un rato. Luego volvió a hablar:
- No tengo toda la vida. ¿Te decides?
Ella no dijo nada. Se limpió la cara y se esforzó en contener
el llanto. Comenzó a levantarse.
- No hay más plazos. Hagas lo que hagas es todo o nada. Mi placer o tu
vergüenza. ¿Lo has entendido definitivamente?
Por toda respuesta ella, ya de pie, se adelantó y poniendo
una mano en la nuca de él le besó en la boca. Esta vez fue su lengua la que
exploró la boca extraña. La que buscó otra lengua. Alargó el beso, y el
aprovechó para volver a magrearle todo el cuerpo. Esta vez se concentró en las
nalgas de mi mujer. Ella abrió los ojos y se vio en el monitor de una de las
cámaras. Los volvió a cerrar a toda prisa. Por fin él se separó.
- Mucho mejor, cariño. Siéntate.
Así lo hizo. Se obligó a separar las piernas un poco más de
la cuenta dejando parcialmente expuesta su entrepierna. El se acercó, sonriendo
maliciosamente. Se acercó mucho. Mª José le miraba a los ojos. Su intento de
sonreír daba como resultado una mueca patética, que pareció ser suficiente para
él. Suavemente obligó a mi mujer a acercar la cara a su paquete. Ella lo hizo.
Notó el tremendo bulto palpitante, y lo besó sobre la ropa. Husmeó, olió, volvió
a besar y para contentar a su amo, le abrazó los muslos llevando las manos al
culo. No sabía si lo estaba haciendo bien o no, así que intento hacerle lo que
le habían hecho a ella. Buscó y acarició con suavidad el ano del hombre. El
gemido de él sonó a una felicitación. Aprovechó para retirar la boca de su
paquete.
- ¿Ves que fácil es llevarnos bien? Seguro que acabas pasando un buen rato.
Mírame nena.
Obedeció al instante sin cambiar de posición. Su barbilla
apoyaba directamente sobre el pene de él.
- ¿Puedes ayudarme con el pantalón?
Ya tenía claro que iba a ser obediente, así que no dudó en
deshacer el abrazo y desabrocharle primero el cinturón. Mientras lo hacía miraba
a veces a la cara del hombre. Veía sus ojos velados por la pasión mientras se
quitaba la corbata y la camisa. Ella, sentada en el borde de la silla, tenía ya
la falda muy subida, y las piernas muy abiertas. Seguía intentando sonreír. El
no tenía mal cuerpo. Sin ser un tarzán, estaba fuerte, y se notaba que hacía
ejercicio aunque no el suficiente, como delataba su barriga cervecera. ¡Pero
estaba depilado! En el torso no tenía un pelo. Se alegró de ello y deseo que
fuera igual en el resto del cuerpo. Por un momento dudó al ver aquella enorme
tienda de campaña. Y las humedades que afloraban a la superficie le obligaron a
contener un gesto de asco. Para disimular se entretuvo en terminar de quitarle
los zapatos y el pantalón. No quería, no podría besar aquello. No podría
metérsela en la boca. El mismo se quitó los calzoncillos rápidamente.
Ella se había recostado en el asiento y simuló observarlo
para no tener que pensar que tenía que hacer. El se plantó unos segundos. Estaba
empinado como un chiquillo. Su poya era como la mía. Un poco más larga y más
delgada, quizá. Pero la punta le pegaba en el ombligo de trempado que estaba.
Iba totalmente depilado. Se agachó y volvió a empezar a besarla. Boca, cuello, y
directamente pubis por encima del tanga, sujetándole y adelantándole las nalgas.
Ella, se relajó por un momento. No podía evitar estar excitada después de tanto
sexo y tanto tocamiento. Y se notó húmeda. Y facilitó los besos de él. Y le
apretó la cabeza contra su coño. Y se acarició las tetas.
Él se incorporó. Mª José se incomodó, tanto por lo que
pudiera venir ahora, como por haberse quedado a medias. El, semiagachado, se
dedicó a restregarle la poya por las tetas, especialmente por los pezones. Su
pene ya llevaba un rato goteando. Le daba igual el sujetador roto que ya tendría
que tirar, pero se quitó la chaqueta y la camisa que tendría que volver a
utilizar. Aprovechó para arquear la espalda, como si estuviera buscando aquellos
contactos. El metió su poya entre aquellas tetas, y las estrujó hacia dentro,
como para hacerse una cubana. Por gestos hizo que Mª José fuera la que estrujara
sus senos para apretar la poya. Se pasó las manos por la poya y se las mojó en
sus líquidos, para inmediatamente comenzar a acariciar la cara a mi mujer,
llegando a meterle los dedos pringosos en la boca. Ella los chupaba superando su
asco y tratando de prepararse para lo que sin duda seguiría. Cuando acabó,
volvió la cara hacia abajo para disimular su asco. Era casi pero. Los
movimientos de cadera de él llevaban la punta de su pene a su cuello, a su
barbilla y a su cara, pringándosela también. Volvió su cara ahora pringosa hacia
él, mientras que con la mano paraba suavemente el movimiento de su poya y sus
caderas.
- Me voy a manchar la ropa. Aparta un momento que me la quite.
- Me gustas así. Yo te diré lo que vas a hacer. Así como vas te vas a subir
a la mesa y te vas a poner como una perrita, a cuatro patas.
Lo hizo muy despacio. Estúpidamente juntó las piernas y tiró
del borde trasero de la falda, tratando de taparse. Sus pequeñas tetas parecían
flotar.
El hombre se puso detrás de ella. Disfrutó un rato de las
vistas y luego pasó a la acción. Le separó las piernas, le subió la falda, y
comenzó a acariciarla. Para ello apartó la tira del tanga. Mª José respingó.-
Mi putita vuelve a estar mojada. Para eso tantos miramientos.- Era horrible
no saber que estaba pasando. Excitante, pero horrible.
Él empezó separando y acariciando las nalgas. Luego acarició
superficialmente el abierto chocho de mi mujer. Repasó labios mayores y menores,
acarició el nuevamente hinchado clítoris. De repente, tres dedos se abrieron
camino hacia el interior de mi mujer que no pudo reprimir un grito ahogado.-
Me has hecho daño. Cuídame, por favor.- Él no contestó, pero continuó
solamente con dos dedos. El coño también le dolía después de tanto toqueteo,
pero seguía siendo placentero si se olvidaba de la situación. Con la otra mano
empezó a acariciar la proximidad de su ano. Ella se preparó para el doloroso
contacto que se avecinaba, se juró que no se quejaría enseguida para no
incomodarlo. No se retrasó. El agudo dolor que sintió confirmó que le iba a
seguir en el ano. Soportó el intenso dolor mientras él trataba de excitar y
dilatar su culo. Era imposible que dilatara. Solo sentía allí dolor. Incluso le
hizo olvidar el contacto de su chocho, que se secó velozmente.
Él lo intentó con la boca, con la lengua, mientras le
pellizcaba los pezones. Pero solo había dolor. Volvió a intentarlo con los
dedos, incluso forzó la entrada de su índice. Pero ella solo sentía dolor. Se
estaba tensando, y acabaría siendo peor. Tomó una decisión. Puso voz de zorra y
dijo:
- No aguanto más. Te quiero dentro.
Se incorporó para subirse la mini, volviendo a sentir una
punzada en el culo cuando salió el dedo de golpe. La ignoró y se quitó el tanga
de golpe.- La quiero ya en mi coño. Quiero que me la metas.- Se volvió y
pegó el culo al borde de la mesa, colocando los pies también en el borde, con
las piernas muy abiertas.- Vamos, métemela.
Él parecía haberse congelado. La miraba entre excitado y
sorprendido. En esa posición que había adoptado debía ser una tentación
irresistible, despatarrada vestida solo con el liguero y las medias, con el coño
depilado, rojo, hinchado, abierto y chorreante.
Reforzó sus palabras repasándose el coño con una mano y
metiéndose dos dedos dentro. Echó la cabeza atrás esperando la acometida. En
lugar de eso notó un fortísimo tirón del liguero que lo desabrochó. El siguiente
tirón desgarró ambas medias y otro posterior se las arrancó. Cuando intentaba
incorporarse él la cogió del pelo, y tiró de ella hasta hacerla caer al suelo
boca abajo.
- ¿Para quien reservas ese culito, zorra? ¿No es para mí? ¿Eh?
Ella intentó levantarse. Unas patadas le hicieron perder el
apoyo de sus manos mientras una mano en su nuca le obligaba a pegar el torso y
la cara al suelo. El culo le había quedado levantado, y sus dos agujeros
quedaban así totalmente expuestos. Para su vergüenza se dio cuanta de lo mojado
que estaba su chocho.
- Perdóname. Quería colaborar. No te pongas violento. Te voy a hacer gozar.
- Sí, guarra. Pero será como yo quiera. Ese culo va a ser mío ahora.- un
salivazo directamente en su ano se lo confirmó.
Volvió la cara hacia el suelo, para permitirse llorar, y se
concentró en dilatar su ano, en facilitar su propia violación.
Los dedos de él ya no le acariciaban. Un índice frotaba su
clítoris sin miramientos, mientras el pulgar apretaba para entrar a la fuerza en
aquel precioso culo. El dolor se hizo más y más intenso. Al fin lo consiguió.
Pero no se retiró. Siguió presionando hasta entrar completamente. Luego empezó a
entrar y salir despacio, agrandando al agujero. Sin dejar de sentir allí aquel
dedo notó otros movimientos detrás ella. De pronto Mª José sintió aquella poya
dentro de ella. No buscaba materializar la unión. Fueron tres empujones rápidos
y descuidados. A pesar de lo húmeda que estaba, fueron tan salvajes que le
dolieron terriblemente cuando los notó en el fondo de su vagina. No importaba.
¡Se la había metido!. ¡Aquel puerco se la había metido! Disimuló sus sollozos
como si fueran gemidos.
El dolor del pulgar que salía de su culo no era nada con el
que le produjo la embestida del pene. Primero el golpe. Luego una presión firme
y contínua ensanchando el culo a la fuerza. ¡Cómo dolía!
Aquella poya se retiró nuevamente hacia el coño. El cabrón
solo se estaba lubricando. Otro salivazo al culo y volvió el pulgar. Ahora
entraba holgado, y hacía movimientos circulares presionando. Solo hubo que
repetir aquella rutina un par de veces más. A la tercera notó como la cabeza del
glande chorreando de flujos y saliva, forzaba su esfínter y entraba con cruel
lentitud en su culo. Ya gritaba de dolor sin disimulo. Aquella poya no se
retiró. Siguió entrando igual de lentamente, igual de dolorosamente. Sentía su
carne romperse poco a poco. Cuando notó en sus nalgas las caderas de él notó una
humedad en sus muslos y supo que estaba sangrando. La cadencia se apresuró. La
poya entraba y salía cada vez más rápidamente, más salvajemente, produciendo
nuevos desgarros a cada embestida. De vez en cuando se la sacaba, y manipulaba
su esfínter con los dedos, abriéndolo aún más, asomándose dentro. Luego la
volvía a meter. Después de un rato la martirizó sacándola del todo y volviéndola
a meter con saña a cada embestida. Ya no pensaba en su humillación, ni en su
trabajo, ni en mí, ni en sus hijos. Nada de eso existía. Solamente existía el
dolor brutal de su culo. El dolor ya no seguía el ritmo de las embestidas. Era
un dolor inmenso, continuo, palpitante.
Notó una la explosión de leche en su interior y ni siquiera
le importó. Ya no lloraba, ni gemía, ni gritaba. Solo atendía al dolor.
Se sorprendió cuando su cuerpo expulsó un chorro de orina. Ni
siquiera había notado la pérdida del control. Fue un caño grueso, cálido y
largo, que acabó en un estertor goteante sobre sus muslos. Él, ocupado en
alargar su clímax, tardó en darse cuenta de que había pasado.
- ¡Pero si te has meado de gusto! Jajajajajajaja. Menuda puta estás hecha.
Se salió de ella bruscamente, y le dio una fuerte patada en
el culo. Ella, agotada y dolorida, se dejó caer al suelo, deseando que acabara
aquel dolor de su culo, y olvidando que estaba tiraba en un charco de su propio
meado. Su culo debería estar abierto como una cañería, porque notaba el aire
acondicionado dentro de su culo. Inconscientemente adoptó la postura fetal, pero
se tapó el culo con las manos.
- Deberías verte ahora. Jajajaja.
- ¿Lo hice bien?-
era un hilo de voz temblorosa.
- Siiiiiiiii, pero aún no has terminado
.
Incrédula ella levantó la vista. El cabrón estaba trempado
aún. Acababa de eyacular como un toro y su poya seguía casi igual de tiesa.
Resignada, se tumbó de espaldas y volvió a abrir las piernas esperando otra
acometida.
- Jajajajajaja. Estás deseando que te vuelva a follar, ¿no?
No contestó.
- ¡Pero si has dejado esto hecho una guarrería! No te haré limpiar la
oficina, pero me has manchado a mí también. Límpiame, putita.- se señalaba el
interior de los muslos.
No se resistió. Se levantó como pudo, chorreando de orines,
semen y sangre. Caminando lastimosamente fue hasta donde él y se acuchilló. El
chorro de semen y sangre de su culo aumentó para luego convertirse en un goteo.
Había dejado otro charco. Empezó a chupar con la punta de la lengua el interior
de los muslos del hombre. Pensó que no tenía sentido reservarse y ya más
decididamente comenzó a dar largos lametones. Notaba el sabor amargo de sus
orines. Pero no sentía asco. Esa sensación la reservó para luego.
Él se cogió la poya y le dio unos toques con ella en la
cabeza, manchándole el pelo de fluidos.
- Creo que deberías limpiar más arriba.
Volvió la vergüenza y el asco, superpuestos con el dolor,
pero no volvieron las dudas. Comenzó a lamerle los huevos pelados. Luego subió
hasta su verga y comenzó a darle lametones de abajo a arriba. La punta de su
lengua jugó con las aletas de su glande y notó por los gemidos de él que lo
estaba haciendo muy bien. Con sus manos pajeó despacio, y se alejó un poco para
verlo. Miraba el agujero de la punta, que parecía la boca de un enanito. Miraba
la piel rugosa y las venas oscuras. Miraba el constante goteo. Por fin se la
metió en la boca. El desagradable sabor que achacó a los fluidos seminales, era
en realidad de sus propias heces, pero siguió chupando a pesar de él. Sus manos
masajeaban la base del pene, mientras que sus labios y su lengua acariciaban,
lamían y succionaban el prepucio. Luego se la metió más adentro, dejando que su
paladar la acariciara también. Él comenzó a acompasar sus movimientos con los de
ella.
Mª José no sentía nada. Se dejaba hacer y punto. Hasta el
dolor parecía haber pasado a un 2º plano. Cuando los empujones de él empezaron a
golpearle el paladar no le dolió. Cuando él empezó a dirigir los movimientos de
su cabeza con una mano en su nuca no se sintió más humillada. Cuando probó el
sabor de los líquidos preseminales que él volvía a emitir casi le gustó su
sabor. Cuando él la obligó a tenerla en su garganta no sintió arcadas. Lo
facilitó todo lo que pudo. Besó, chupó, lamió, tragó.
La poya del hombre parecía que iba a explotar. Ya no la
sacaba de la boca de mi mujer. Su garganta parecía haberse ensanchado, como
antes su culo, y la poya entraba y salía sin dificultad. Cuando ella necesitaba
un respiro le ponía una mano en el vientre y empujaba con suavidad para que él
cambiara garganta por paladar durante unas embestidas.
Cuando él notó que iba a explotar lanzó una última acometida
asegurándose que su semilla quedaba bien dentro de ella. Ella la recibió sin un
asco, sin una arcada, sin una tos. Fue un chorro tan intenso como el primero que
inundó a mi Mª José la garganta primero, la boca después, y finalmente ensució
su preciosa cara y pelo. Continuó con la boca llena de leche abierta, esperando
recibir todo lo que le quisieran dar. Cuando él terminó de eyacular, ella tragó
todo lo que tenía en la boca, y apuró las últimas gotas de semen bebiéndolas
directamente del pene, asegurándose de que lo vaciaba. Él le restregó el semen
por la cara, y empujándola hacia atrás se dejó caer en el sofá jadeando,
mientras perdía su erección a toda velocidad.
- Puedes … recoger … ya tus cosas. Empiezas en una semana. … Ha sido … un
verdadero placer.
Solamente se limpió lo más evidente. Solo se puso la falda,
húmeda de orines, la chaqueta y los zapatos. Con las demás cosas hizo un
paquete, que ocultó como pudo con el documento que había firmado.
Fue rápidamente al baño, y allí ya se limpió más a fondo de
todos los restos y se arregló el maquillaje. Desde allí salió caminando con
dignidad, con toda la que se puede tener cuando llevas una compresa improvisada
con una media rota, llevas en el bolso el sujetador roto, el liguero roto y la
otra media rota, y caminas con suma dificultad por que tienes el culo chorreando
sangre.
Eso había sido tres meses antes de que yo la encontrara
llorando. Desde entonces todo había ido bien, y ella se había hecho la ilusión
de que todo había pasado. Ese día, tras firmar el contrato definitivo después de
tres tranquilos meses, le había llevado un paquete un mensajero. En ella estaba
la cinta de video y una nota citándola para mañana en su despacho.
Esa noche Mª José me contó todo. Cuando conseguí dormirla
(tres valiums) visioné el video. Me debían vacaciones. Las cogí. El resto fue
fácil. Unas llamadas de teléfono, un rapto, una garaje, un montón de bofetadas…
Recuperé la grabación de mi mujer y 24 más. Cuando volví a casa días más tarde,
mi mujer estaba ya al corriente de todo lo que había hecho.
Desde entonces no quiero a mi mujer. Seguimos juntos, pero no
la quiero. Ella hace todo lo que puede por hacerse perdonar. Eso incluye las
nuevas habilidades que ha adquirido. Pero no puedo perdonarla. De todas formas
la situación no es mala. Disfruto en la cama como nunca, y planeo probar con
ella aún más cosas de las que ella está dispuesta de momento a intentar para que
yo la perdone.