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En el asiento trasero del taxi
TODORELATOS » RELATOS » TRíO SIN LíMITES
[ Zurdos y cojos, denme en los ojos. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 13 de Octubre, 2008.
Fecha: 20-Dic-04 « Anterior | Siguiente » en Transexuales (442 de 1173)

Trío sin límites

Vlad
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Un hombre casado aprovecha la ausencia de su mujer para saciar su sed de sexo y montarse un trío desenfrenado con dos lascivas transexuales mulatas que le darán mucho más de lo que podía esperar. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Una tarde de principios de verano, mientras contemplaba aburrido desde la ventana de nuestra oficina como el sol por fin se hundía pesadamente detrás de Collcerola, pensaba en que nadie me esperaba en casa y era preferible el aire acondicionado del trabajo al calor bochornoso de la calle. Así que, para hacer un poco de tiempo, recogí el periódico del día que alguien había puesto en la cubeta de reciclaje, y me puse a hojearlo descuidadamente. Pasé una a una todas las páginas sin prestarles ninguna atención hasta que llegué a la página de anuncios de relax y las fotos que los acompañan me abofetearon sacándome de mi modorra.

Al ver las abigarradas imágenes de mujeres con enormes pechos, piernas inacabables, nalgas como esferas perfectas y varones bronceados, atléticos, luciendo bañadores minúsculos sentí un ardor súbito en la entrepierna que inmediatamente inflamó todo mi bajo vientre. En un instante volvieron a mi memoria algunas experiencias anteriores a mi matrimonio que ya creía olvidadas y una pulsión incontenible se apoderó de mí. Desde aquel momento ya no pude pensar en ninguna otra cosa que no fuese el sexo.

Ya llevaba casado más de doce años y desde el día de nuestra boda casi nunca había sentido la necesidad de estar con nadie más que con mi esposa, pero aquella tarde se trataba de un caso de urgencia médica. Sabía que una pajilla a destiempo no iba a ser suficiente, pero debía intentarlo. Me fui inmediatamente al lavabo y me puse a ordeñar mi rabito sin misericordia. Sin embargo, fue peor el remedio que la enfermedad, como fuente de inspiración empecé a recordar la única noche de locura de nuestro matrimonio: después de una fiesta mi mujer y yo habíamos tenido una experiencia extraordinaria con una travestí mulata con la que nos habíamos cruzado, y aquello me dio una idea. Dejé a medias lo que llevaba entre manos, salí del lavabo, tomé nuevamente el periódico y busqué febrilmente el anuncio que me interesaba y, como había pensado, allí estaba: "Travestí Marcela, mulata superdotada, de 15 a 20h. Teléfono…"

Por fortuna para mí, aquella noche mi mujer había quedado para celebrar la verbena en el apartamento donde veraneaba la familia de una de sus hermanas, justo al otro lado de la frontera. Al mismo tiempo, para completar mi felicidad, se llevaba con ella a los niños para así poder ir todos juntos al día siguiente a la playa. Eso me daba una cierta tranquilidad y me evitaba tener que inventar alguna excusa, tal y como estaba no podía pensar en nada más.

Comprobé el reloj del ordenador, señalaba las 19:37. Si la casa donde recibía la mulata era la misma, con el tráfico de la tarde, a duras penas conseguiría atravesar Barcelona en menos de una hora y llegar hasta allí antes de las 20:00. Descolgué el auricular del teléfono con mano sudorosa, marqué nerviosamente el número que aparecía en el anuncio y una suave voz respondió al teléfono.

— ¡Hola, mi amor! ¿En qué puedo servirte?... —me susurró

— Por favor, ¿me podrías decir en que zona de la ciudad estás? Tu anuncio indica que acabas a las 20:00 y, depende de donde estés, no sé si llegaré a tiempo o no —le pregunté

— Estoy cerca de la Vila Olímpica. ¿Dónde estás tú ahora? —contestó

— Estoy en la falda del Tibidabo… ¿Podría pasar un poco más tarde de las ocho? Ya ves que estoy bastante lejos y el tiempo es muy justo —le pregunté, temiendo que me dijese que no.

— No, cariño, la señorita Marcela es muy estricta con sus horarios —me respondió

— ¡Vaya putada! ¡Me moría de ganas de estar contigo esta noche!... —comenté dolido

— Pero… ¿Es que nos conocemos ya? —me preguntó

— Bueno… ¿Tú eres Marcela no? —le respondí

— Sí, claro, eso ya lo sé, te lo acabo de decir y, además, es lo que pone en mi anuncio —repuso con rapidez

— Vale, tienes razón. Veamos… eres mulata, de más o menos, 1.75, complexión maciza, atlética, un cuerpo fabuloso, una cara preciosa, labios gruesos, ojos negros… y uno de los ojos… bueno, uno de tus ojos está algo desviado —aventuré

— ¡Está bien, me conoces! Y tú, entonces… ¿Tú quién eres? —inquirió a su vez

— Quim, mi nombre es Quim, pero no soy asiduo y, claro, a mí seguro que no me recuerdas —aventuré

— Si no eres cliente, sí, es difícil… De todas formas… es posible que sí, no es un nombre habitual ¿Yo estuve contigo y tu mujer una noche hace bastante tiempo? ¿Tu mujer es una chica bajita, pecosa, muy mona, con unos enormes melones y un culito prieto, crujiente y delicioso? —me respondió ella

— ¡Collons! Veo que sí que te acuerdas —repuse sorprendido.

— Acababa de llegar a la ciudad y estaba colgada más colgada que un chorizo. Aquel fue el primer polvo que valió la pena desde que estaba en Barcelona. Y aunque no te lo creas, incluso en mi profesión, noches como aquella no se olvidan —afirmó— Bueno, mira, si te apetece, yo ya había quedado con una amiga para cenar… Pero, bueno, como la cosa vale la pena, si no te importa estar con dos a la vez y ella está de acuerdo, te puedes apuntar con nosotras —propuso— Puedo llamarla ahora mismo para preguntárselo, aunque, claro, tendrás que pagar por las dos y serán doscientos cincuenta euros por barba que son nuestra tarifa nocturna.

— ¡Por mi parte, collonut! Te vuelvo a llamar en cinco minutos —contesté entusiasmado.

— No hace falta, te llamo yo y pongo una conferencia a tres, así podrás ver que no te engaño —negó ella

— ¿Tienes mi teléfono?... —inquirí con asombro y un punto de pánico

— Claro, me estás llamando sin ocultar tu identidad… Venga, cuelga que ya te llamo yo —me ordenó

Colgué, tal y como me habían pedido, y al cabo de un minuto sonó el teléfono, en el visor aparecía el número de Marcela. Al descolgar el auricular escuché el pitido característico que anunciaba una conferencia a tres bandas

— ¿Quim?... He hablado con Bianca —comentó— a ella le parece bien, pero nos gustaría tener un rato para charlar de nuestras cosas antes de la "fiesta".

— Quim, hola… soy Bianca —anunció otra voz— Como te ha dicho Marcela, nos gustaría tener un rato para charlar, hace tiempo que ella y yo no nos vemos. ¿Por qué no te pasas sobre las 24:00 por la pizzería que hay frente a la "oficina" de Marcela y nos invitas a una copa?

— Vale, sobre la 24:00 paso por ahí —le contesté

Fui a casa, me di una ducha fría, conecté el aire acondicionado, cené algo sin demasiado apetito e hice tiempo frente a la telebasura, esperando que llegase la hora de salir. Los minutos transcurrieron con lentitud, pero, al fin, llegó la hora esperada, tomé un taxi y le pedí que me llevase lo más rápido posible hasta la avenida de Carlos I. Cuando llegué al restaurante y crucé la puerta, me di cuenta de que dentro hacía un calor infernal a despecho del arcaico aparato de refrigeración que zumbaba como una colmena de abejas furiosas sobre mi cabeza.

Entre el mar de clientes que sudaban la gota gorda mientras engullían enormes trozos de pizza me fue muy fácil reconocer a Marcela, a pesar de que daba la espalda a la puerta por la que entré en el local. Desde la posición en la que estaba, la anchura de su cuerpo de estibador me eclipsaba, de momento, la visión a su amiga.

Me dio la impresión de que ya habían acabado los postres y estaban tomando un café. Ella estaba tan deliciosa y provocativa como siempre: vestía un excitante vestido corto de terciopelo rojo elástico con incrustaciones de cristal, tirantes y unas pequeñas aberturas laterales en la minúscula falda a través de las que asomaban sus muslos broncíneos y poderosos. Observé que calzaba, como ya había visto en otras ocasiones, unas perversas botas de cuero rojo brillante con plataforma y tacón metálico espectacularmente altas. Aquellas botas me llamaron la atención, especialmente aquella noche: le llegaban por encima de la rodilla estilizando su musculada pierna y un cordón que las ajustaba de abajo a arriba, pero me pareció que con la temperatura que había en la pizzería debía estar cociéndose allí dentro.

A medida que me acercaba a la mesa, pude comprobar que su amiga Bianca era un auténtico bombón, y esperaba que con guinda incluida. También mulata, con el cabello liso, teñido de rubio pajizo, algo más menuda y solo con ver como se movía mientras hablaba, se adivinaba el genio que debía tener aquella chica. Lucía, al igual que Marcela, un vestido extremadamente corto adecuado al calor del verano. El de Bianca era negro en lycra adaptable con aberturas tan grandes en los hombros, cintura y delantera que mejor hubiese sido si hubiese ido desnuda. Calzaba unas aparatosas sandalias con plataforma y tacón de metacrilato transparentes adornadas con plumas de marabú.

— ¡Hola! ¿Cómo estáis? Espero no cortaros el rollo… —me presenté y a continuación y besé a Marcela en las mejillas húmedas de sudor.

— No, ya habíamos acabado, te estábamos esperando para pedir las copas... —me respondió Marcela, y añadió— Quim, te presento a la señorita Bianca, creo que no os conocéis...

— Es un verdadero placer conocerte, Bianca —añadí al tiempo que me agachaba para besarla sobre el maquillaje empapado de transpiración

— No, el placer es mío… ¡Suerte que has llegado! Ya empezaba a estar seca y aquí hace un calor de mil demonios —añadió Bianca, al tiempo que secaba el sudor de la frente con el dorso de la mano.

Después de un par de güisquis con ellas, ya no podía aguantar más la calentura, les dije si podíamos irnos a otro lado.

— ¿Bien, y adónde vamos a ir, mi amor? —me preguntó Marcela— En mi apartamento no se pueden recibir visitas después de las ocho de la tarde

— No sé... —y de improviso se me ocurrió una idea espeluznante— Se me acaba de ocurrir que… ¿Porqué no? ¡Ale, La casa por la ventana!... ¿Qué os parece a si tomamos una suite para los tres en el hotel "Métiers"? Está al final de la avenida y no tengo ganas de volver a atravesar Barcelona —les pregunté

— ¡Vaya, vaya, cariño, parece que esta noche quieres guerra.. una suite en un hotel de lujo! Desde luego, no se puede decir que no tengas clase ¡Amigo, si quieres acción, te la mereces y la vas a tener!... —replicó y, a continuación, apostilló— ¡Cómo a ti te apetezca! —y dirigiéndose a Bianca añdió— Venga, vayamos al "Métiers" y que sea lo que Dios quiera.

Al llegar al hotel, el encargado no preguntó por nuestro equipaje, no mostró ningún tipo de asombro, ni dejo traslucir ninguna otra emoción al darse cuenta que éramos tres, y dos, eran, obviamente travestís. Parecía totalmente acostumbrado. Me entregó la llave magnética sin decir palabra e hizo que el botones nos condujera a mis dos descubrimientos a mí a la habitación. Al llegar a la que iba a ser nuestra morada por aquella noche, encargué un par de botellas de Dom Perignon y le di veinte euros de propina al mozo para que no faltase de nada.

— ¿Dom Perignon? Tío, estás loco... ¿Quién te crees que eres, Onassis? —comentó Marcela con una sonrisa lobuna

Una vez solos, Marcela me pidió que les diese también a ellas lo acordado y a continuación me aconsejó:

— Anda, ponte cómodo, observa y toma nota...

Ante mi mirada atónita las dos transexuales negras se fundieron en un apasionado beso, mientras sus manos recorrían el cuerpo ajeno de una forma cadenciosa y excitante. Se fueron desvistiendo la una a la otra hasta quedar solo que sujetador y tanga... Marcela parecía estar muy estimulada, bajo la tela de su braguita de raso blanco con encajes se apreciaba un bulto monumental, lo que me llenaba de asombro después de una tarde dedicada a pegar un polvo detrás de otro. Bianca, por otra parte, aunque aparentaba la misma excitación, no mostraba un incremento apreciable bajo su braguita-tanga rosa semitransparente con pequeños lazo de satén. En aquel momento pensé que su verga debía ser muy minúscula como en ocasiones son las de los travestidos.

Hubo un momento algo especial cuando las dos travestís mulatas se descalzaron. Las noches que hace tanto calor, las botas de cuero hasta la rodilla no suelen ser una buena idea, y en aquel momento quedó demostrado. Un olor a queso azul, extremadamente fuerte y penetrante invadió la habitación. Con la distancia que da el tiempo, el recuerdo podría considerarlo incluso excitante, pero en el mismo instante en que se produjo, hay que ser sincero, fue realmente repulsivo.

Un timbre en la puerta nos anunció la llegada del champagne que habíamos encargado. Un camarero hierático, con mirada de zombi fija al frente, trajo una bandeja con una enorme cubitera plateada y algunas copas. Descorchó la primera botella, nos sirvió y salió sin decir palabra, ni desviar la mirada hacia el espectáculo que ofrecían mis amigas. Brindamos por nosotros, pero antes de beber, los tres nos quedamos admirando las copas al trasluz, embelesados por sus burbujas finas, constantes y diminutas de un color dorado pálido.

En fin, las dos transexuales, después de probar aquel elixir divino, calientes como pan recién salido del horno, se acercaron a mí y me desvistieron. Me quedé desnudo, mientras que ellas aún llevaban las braguitas. Me senté en el borde de la cama, ellas se arrodillaron frente a mí y empezaron a succionar mi pene. Comenzaron a chupar poco a poco, con deleite, con el saber hacer que solo dan años de profesión, pero sin prisa, como si no hubiese nada más que hacer en el mundo. De vez en cuando se la sacaban de la boca y pasaban sus carnosas lenguas en círculos a lo largo de mi bienaventurado glande, que solo empezar ya parecía a punto de estallar. Cuando una se cansaba, como si se tratase de un caramelo, se lo pasaba a la boca de la otra.

Marcela se puso en pie y se sacó las bragas dejando libre su miembro, enhiesto como un oscuro cañón de gran calibre. Con esfuerzo se encasquetó un condón y mientras Bianca me seguía masturbando con la boca, se colocó detrás de su compañera mulatita y empezó a penetrarla con extrema lentitud, haciendo a un lado su braga-tanga.

Bianca al sentir como la verga de Marcela pugnaba por penetrar en sus entrañas abriéndose paso a través de su esfínter anhelante, empezó a mamarme de una forma aún más deliciosa. Oía los chasquidos de su ávida succión. No podía creerme mi suerte. Mientras mi mujer aguantaba a los niños en una insufrible verbena playera, allí estaba yo, sin preocupaciones, tumbado cómodamente en el hotel más lujoso de Barcelona, en mitad de la noche, disfrutando de una fabulosa mamada de una de las dos transexuales mulatas más macizas que imaginarse pueda. Pero lo mejor de todo era que Bianca estaba chupando con verdadera ansia, con auténtica delectación. Aquella no era la mamada de una profesional a un cliente, ni una mamada para salir del paso. Chupaba con hambre, con lujuria, saboreando la carne de la polla, la punta de mi caramelo, sorbiendo con un ansia que seguramente hacía tiempo que no sentía. Aquellos sonidos lo atestiguaban.

Después de un rato, Marcela, cansada, por lo visto, de culear dentro de su compañera ordenó, como en el juego de las sillas:

— ¡Cambiemos todos!

Aprovechamos la pausa del cambio para tomar una copa de champagne que nos ayudase a pasar la sed. Fue un nuevo placer apreciar la untuosidad de la espuma y la fineza de las burbujas, la gran riqueza aromática y gustativa, la extrema delicadeza del líquido con que no regalábamos. Fue entonces Marcela quién se arrodilló a mamármela mientras su amiguita, enfundándose también un condón lubricado la penetraba con furia.

La sabia lengua de la poderosa travestí negra era un músculo que presentaba infinitas texturas, tan solo dependiendo de la voluntad de su dueña. Con ella bajó por mis testículos acariciándolos suavemente, introduciéndolos con cuidado en el interior de la boca para después volver a subir luego hacia la punta del pene, lubricándolo. De esta manera estuvimos unos minutos celestiales, y cuando yo ya estaba a punto de correrme, Bianca apuntó:

– ¡Volvamos a cambiar!

Como en la ocasión anterior, llenamos las copas y brindamos nuevamente con el líquido espumoso que a estas alturas estaba casi helado. Yo pensé que ellas dos volverían a cambiar de posición, pero me percaté con asombro de que las manos de ambas me ponían en posición de perrito y que Marcela colocaba su descomunal mástil frente a mi boca.

La posición, el efecto burbujeante del champagne recién ingerido, y, sobre todo, la vista que del rascacielos de carne oscura que desde allí se tenía, me calentó muchísimo. Tan solo acerté a rodear con mi lengua la cabeza esférica de aquel falo divino. Los efluvios que emanaban de sus huevos bañados de sudor tenían una base dulzona muy interesante que se unía al fondo de aroma a crema lubricante y culo que había quedado después de follar el trasero de Bianca.

Mientras tanto, Bianca por detrás me lamía los huevos y, avanzando dulcemente sobre mi perineo me introdujo su lengua líquida, tibia y serpenteante en el ano. Unos momentos más tarde, comencé a sentir como sus dedos acariciaban en pequeños círculos mi culo, que lubricado con su saliva, cedía con facilidad a medida que ella introducía sus dedos, uno por uno, dentro de mi agujero satisfecho. Repitió la operación una y otra vez, con suma delicadeza, haciéndolos entrar delicadamente y sacándolos de la misma forma hasta que mis gemidos le indicaron que me sentía algo más que a gusto. Al principio uno, después dos, y, al cabo de algunos minutos, hasta tres dedos entraban y salían con suma facilidad de mi esfínter ya dilatado y dispuesto a la batalla.

Marcela se dirigió a Bianca mientras meneaba su cadera para que su apetitoso miembro penetrara más y más profundamente en mi garganta:

— ¡Hostias, la madre de Dios, pero qué bien me la chupa! ¡Bianca, ves como te lo había dicho! Ya sabía yo que a este cabronazo pertenecía al club de los mamones y que le volvía loca tragar pollas...

—Si, ya veo, ya —gruñó desde detrás la otra mulatita—. Veamos si le gusta tanto recibir por el culo como nos gusta a nosotras—y dirigiéndose a mí, me preguntó-— ¿Qué, nena, te gustaría que mamaíta te rellenase de polla?

En aquel momento, noté algo mucho más grueso que cualquiera de los dedos de Bianca: su pollón ardiente, que había situado frente a mi ojete. Éste, al sentir la presión de la engomada cabezota de su verga, empezó a palpitar.

Yo estaba extasiado, disfrutando de la mamada que le daba a Marcela por un lado, mientras que por el otro empecé a sentir como el rígido troncho de Bianca se abría camino de forma implacable entre mis nalgas.

— ¡Hay, Dios, que culito más estrechito y caliente que tienes, nena! –murmuró Bianca con voz ronca

Al escuchar que la travestí negra que me estaba enculando sin piedad me llamaba nena, me olvidé completamente de todo y el único pensamiento que quedó en mi mente fue el de recibir más metros de polla.

Yo gemía y resoplaba, empalado por la boca con la columna de carne de Marcela, mientras me ensartaba por el culo el falo de hierro colado de Bianca

— ¡Ya... ya lo tienes todo dentro...! —susurró el transexual en el momento en sentí su vello púbico, empapado de sudor, chocar contra mis glúteos.

Se detuvo un pequeño instante, disfrutando, sin duda, de la estrechez confortable de mi ano y comenzó a acariciar el interior de mi intestino con undulce mete-saca inmisericorde, como debe follarse un culo de primera calidad, mostrándome para qué lo puso ahí la madre naturaleza. Con cada vaivén gruesas gotas de transpiración de Bianca caían sobre mi espalda juntándose con las mías y derramándose como una catarata sobre la colcha de la cama.

Mientras tanto, la tranca de Marcela entraba y salía con furia de mi boca dolorida. Aunque, a cambio de una luxación del maxilar yo podía disfrutar de su incomparable sabor, de una gran complejidad e intensidad aromática, redondo y muy persistente en boca. Por otra parte, ya me había acostumbrado al aroma de sus testículos sudados, y solo de vez en cuando era consciente de su tufo característico.

En aquel momento fui completamente feliz, con una polla tibia y erecta en la boca y otra en el culo, en un movimiento acompasado perfecto: en el momento en que Marcela empujaba dentro de mi garganta, Bianca retrocedía dentro mi ano y viceversa.

Marcela fue la primera en correrse como si de una fuente inagotable se tratase: el primer chorro, hirviente y espeso, me cruzó la cara, desde la barbilla hasta la frente, dejando una viscosa huella; el segundo empapó mi nariz hasta casi cubrirla; el tercero y cuarto bañaron mis mejillas; el quinto casi en su totalidad acabó dentro de mi boca. Finalmente, desparramó dos nuevas espesas descargas sobre mi cara. Cuando hubo acabado, sacando su pollón de mi boca, Marcela, se dirigió a la cubitera, abrió la segunda botella y nos sirvió una nueva copa de Dom Perignon helado a cada una. Su pene, contra lo que yo esperaba, continuaba dolorosamente erecto, con una rigidez que escapaba de mi comprensión. A continuación se acostó en la cama boca arriba y me ordenó:

— Ven nena, siéntate aquí, en mi verga

Bianca se apartó y yo obedientemente subí a la cama y girándome de espaldas a su rostro, me coloqué con mis piernas a ambos costados de Marcela. Ella apuntó su negro pene, brillando por la goma y el lubricante, hacia mi agujero y yo me dejé caer hasta sentir sus huevos rebotando contra mis nalgas. Sentado allí encima olía terriblemente a culo, pero aquel olor era el de mi propio culo abierto y esa idea me parecía de lo más excitante.

Estaba todavía acomodándome al grosor inhumano del miembro de Marcela, cuando percibí frente a mi boca el oscuro y nervudo pene de Bianca, que se había subido de pie encima de la cama, enmarcado por una mata de rizado vello púbico teñido de rubio.

A lo largo de aquella noche, los dos transexuales y yo cambiamos nuestras posiciones muchas veces. Así que, tan pronto penetraba a Bianca con las piernas muy abiertas, como descubría a ésta enganchada detrás de mí. O bien, cuando así lo decidíamos, me colocaba a cuatro patas en el borde de la cama y Marcela me follaba al tiempo que yo mamaba la verga de Bianca. Cuando era yo quien me las follaba, me encendía oírlas gemir y cada vez que lo hacían me excitaba más, y era entonces cuando bombeaba más rápido y con más violencia. Mi miembro penetraba fácilmente en aquellas voraces y mullidas cavernas, sin embargo, entraba con tal facilidad que hubiera deseado tener una polla mucha más gruesa para poder colmarlas.

¡Gracias a Dios, los monjes inventaron el champagne! Hubiésemos muerto deshidratadas si no hubiese sido por la milagrosa bebida de inspiración celestial. Tuve que hacer volver al camarero con dos botellas más, porque el esfuerzo y la excitación nos provocaban una sed abrasadora.

No obstante, el momento que mejor recuerdo, y volvería a recordar con dolor las semanas siguientes, fue cuando estando ensartado encima de Bianca, Marcela, se acercó por detrás a mi ano. En aquel momento Bianca detuvo el vaivén de penetración de mi culo y Marcela, con mucho lubricante, comenzó a introducir su enorme cobra azabache en mi recto. Con lentitud fue clavando su verga hasta al fondo. Yo sentía que me partían en dos, pero lo hicieron con tal cuidado, que al final, lo consiguieron: estaba ensartado por dos pollas de travestís negras al mismo tiempo.

Al amanecer ellas llamaron un taxi desde la habitación y se fueron incluso antes de que el sol apareciese como una enorme naranja sobre el mar. Yo me quedé solo en la suite, tendido en la cama, congelándome bajo el chorro del aire acondicionado, con todo el cuerpo y la cara pringosos de leche masculina, saliva y sudor mezclados; sintiendo palpitar mi culo destrozado; volviendo a recordar las deliciosas folladas que me habían brindado... Esto sucedió hace solo unos meses y desde entonces no pasa un solo día en el que no tenga que hacer un esfuerzo sobrehumano por no marcar el teléfono de la travestí Marcela. ¡Afortunadamente, aún me queda el Dom Perignon!

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