ESCLAVA INCONSCIENTE
Kristal y su ama Amanda estaban sentadas ante la mesa del
dormitorio de ésta, en el piso. Las dos estaban concentradas en una colección de
problemas de aljebra.
Amanda suspiró en silencio. Ella había vuelto a cometer el
mismo error.
"¡¡No, no, no!! ¡No es así! ¿No ves que este problema no es
igual que el anterior? Ni siquiera te paras a pensar en lo que estás haciendo.
Como no pongas un poco más de interés me parece que no vas a aprobar el examen
de pasado mañana. Cualquiera diría que quieres suspender otra vez."
Amanda la miró de mal humor, cansada de tanto estudiar y algo
resentida por el tono que estaba empleando Krystal con ella.
"Mira, Krystal, llevas dos días ayudándome con esta
asignatura y te lo agradezco de veras. Pero si no tienes un poco más de
paciencia y dejas de gritarme lo único que vas a conseguir es que me ponga
nerviosa y no me salga nada bien."
"Está bien, está bien. Inténtalo otra vez. Acuérdate de que
cuando haces suposiciones sobre el estado de las operaciones tienes que
comprobar que se verifican, una vez que resuelvas el problema. Si no se
verifican, las suposiciones que has hecho no son válidas y tienes que resolver
el problema otra vez con otras suposiciones distintas."
Esta vez Amanda planteó el problema de forma correcta, pero
se equivocó al sumar unos términos y llegó a una conclusión errónea.
"¡Maldita sea! ¡Para una vez que lo planteas bien, vas y te
equivocas en una suma! ¡Es que pareces estúpida!"
En cuanto hubo dicho esto, Krystal se arrepintió de haberlo
hecho: "Escucha, Amanda, lo siento, no quería decir eso. Es que estoy harta de
tanto estudio."
"Soy yo la que estoy harta de tu actitud," le interrumpió
Amanda, con lágrimas en los ojos. "Lo hago lo mejor que puedo, no tengo culpa de
que no se me de bien esta asignatura. Y esa no es razón para que me insultes ni
me chilles."
Krystal, bajó la mirada, avergonzada.
"Lo siento de verdad. No tengo derecho a hablarte así.
Siempre trato de no pagarlo con las demás cuando estoy de mal humor, pero es que
a veces se me olvida."
"Pues habrá que buscar el modo de que no se te olvide, ¿no te
parece?"
"Yo..."
Pero Amanda se levantó de su asiento y, sin mirarla siquiera,
le dijo: "No te muevas de ahí."
Un minuto después volvió a entrar en el cuarto, y los ojos de
Krystal se agrandaron al ver la raqueta de ping-pong que llevaba en la mano. Esa
era la raqueta que la propia Krystal le había regalado poco después de
confesarle que le gustaba ser azotada, y que nunca había sido usada para jugar
al tenis de mesa, sino sólo para golpear las pompis desnudas de Krystal como
parte de un juego erótico previo a hacer el amor.
"Pero, ¿por qué traes la raqueta de ping-pong? El examen es
pasado mañana y queda mucho por hacer; no tenemos tiempo para ponernos a jugar
ahora."
"Nadie ha hablado de jugar. Puesto que actúas como una niña
mimada, lo mejor será que te trate como tal."
"¿Qué... qué quieres decir?"
"Sabes perfectamente lo que quiero decir, Krystal. Ponte en
pie y levantate la falda.
¡Ahora!"
Krystal se levantó de un salto, llena de sorpresa y con la
cara ruborizada por lo que acababa de oír.
"No, por favor, perdóname, no volveré a hacerlo," fue lo
único que acertó a decir. Trató de encontrar un argumento mejor, consciente de
lo infantil que sonaba, pero Amanda no le dio la oportunidad.
"Obedece enseguida, o yo misma te levantaré la falda. Y si me
obligas a hacerlo va a ser mucho peor para ti."
Aunque Amanda era más baja que Krystal, había tal intensidad
y determinación en su rostro, tal autoridad en su mirada que Krystal se encontró
obedeciéndola casi sin proponérselo. Lentamente, y con la cabeza gacha, se
levanto la falda.
Dudó un momento y miró a Amanda suplicantemente, pero la
expresión de ésta no mostraba nada de lástima. Por fin, sintiendo en su rostro
el calor producido por la humillación, se levanto la falda.
Amanda se le acercó y, sin mediar palabra, le propinó una
buena nalgada con la raqueta.
"¡Aaahhh!", gritó ella, pillada por sorpresa. Sus manos
fueron inmediatamente a frotar la zona golpeada.
"¿No te parece que te has olvidado de algo, jovencita? Sabes
que no son tus braguitas las que quiero azotar. No son precisamente ellas las
que se han comportado como un niña traviesa que necesitan unas buenas nalgadas,
¿verdad?"
"No, por favor," suplicó Krystal.
"Lo siento," dijo ella, "pero tú te lo has buscado."
Se acercó a ella y, mirándola fijamente a los ojos hasta el
punto de hacerle desviar la mirada, le bajó de un tirón las pantaletas, que
fueron a reunirse con las tobilleras.
Entonces la tomó de la mano y lo acercó hasta la cama. Ella
se dejaba llevar, sin oponer resistencia. Amanda se sentó en la cama y tiró de
ella hasta hacerla tenderse sobre sus rodillas. Admiró el trasero tan
convenientemente presentado, blanco excepto por una zona con forma de raqueta
visiblemente enrojecida, y lo frotó suavemente con la raqueta.
"Ahora vas a aprender lo que les pasa a las chicas que
insultan y gritan a sus amas," le dijo con voz ronca por la excitación.
La raqueta se elevó en el aire y cayó con fuerza sobre las
nalgas de Krystal produciendo un fuerte sonido. Inmediatamente Amanda volvió a
elevarla y a descargarla enérgicamente varias veces, cada vez cubriendo un área
ligeramente distinta.
Tras las diez primeras nalgadas, todo el trasero había tomado
un saludable color encarnado. Amanda hizo entonces una pausa, aprovechando para
regañar a Krystal.
"¿No te da vergüenza? A tu edad ya no deberías necesitar que
te levantaran las faldas y te bajaran las pantaletas y te dieran unas buenas
nalgadas. Pero eso es exactamente lo que estás recibiendo, ¿no es verdad?
Quizá de esta forma te sea más fácil acordarte de respetar
los sentimientos de los demás.
Yo en tu lugar haría un esfuerzo por hacerlo, porque en caso
contrario te vas a encontrar con el culo caliente más a menudo de lo que
quisieras. ¿Me oyes?"
Sin esperar respuesta, la raqueta volvió a abatirse sobre su
objetivo, siendo premiada por un gemido de dolor. Otros diez o quince fuertes
azotes se sucedieron.
En algún momento del castigo, Krystal empezó a gritar con
cada nuevo azote.
Finalmente Amanda se detuvo y la ayudó a ponerse de pie.
Levantándose ella también, le secó las lágrimas que acababan de salir de sus
ojos y se abrazó a su esclava y comenzó a besarla.
Ambas se tendieron sobre la cama, mientras Amanda trataba de
desabrocharse sus propios pantalones y seguir besando a Krystal al mismo tiempo.
Tardaron una hora en volver a los problemas de álgebra. Se
notaba que la actitud de Krystal había mejorado apreciablemente, aunque no
parecía encontrarse del todo cómoda sentada en la dura silla de madera.