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Un heavy me folló con ritmo
TODORELATOS » RELATOS » ÁNGEL DE BRONCE
[ Levantare a los caidos y oprimire a los grandes. (El brassier) ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 23 de Noviembre, 2008.
Fecha: 04-Dic-04 « Anterior | Siguiente » en Fantasías Eróticas (756 de 1508)

Ángel de Bronce

AREXXX
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De como desear intensamente algo puede hacerlo realidad... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Este relato está inspirado en uno que leí aquí, pero ésta sería mi versión…

El frío de la catedral era increíble. En la nave central había algunas personas repartidas en las aparentemente infinitas filas de escaños del templo más grande e importante del país.

Pero por muy devotos que fueran esos feligreses, no eran los suficientes para que el obispo les encendiera la calefacción. Yo, como siempre, había entrado sólo a contemplar las estatuas, aquellos iconos de santos y mártires tan bien logrados en su agónico sufrimiento, que a mi parecer conseguían transmitir una sensación de opresiva angustia, sin embargo también se encontraba allí la excepción a la regla de pesada lobreguez del lugar. Al terminar mi usual recorrido, allí estaba mi fiero San Miguel, con su pié sobre Lucifer y la espada lista para hacer justicia.

Desde la primera vez que lo vi, aquel guerrero alado me había subyugado con su belleza y gallardía y continué visitándolo en su pedestal de mármol; aquella figura de singular poderío labrada en el bronce. Era extraño que fuese un arcángel el que hubiera despertado mi interés, pero simplemente había sucedido...amor a primera vista, pensaba a veces entre divertida e inquieta. Miguel… "¿Quién como Dios?" Hasta su nombre tenía un significado especial para mí, ¿quién más que él poseía tanto poder y benevolencia en una imagen tan perfecta? Sin duda alguna aquella imagen era la recreación de un ser superior. Nada menos que el "Príncipe de la Milicia Celestial". Una noche estaba profundamente dormida cuando un vendaval aporreó los postigos contra las ventanas, al mismo tiempo un relámpago cortaba el cielo seguido por un violentísimo trueno.

Me levanté y contemplé a través del cristal la salvaje belleza de aquella noche tormentosa. Deseé que las gotas de lluvia bañaran mi cuerpo de la misma forma que lo hacían con los árboles y flores del jardín. Sin más abrigo que el camisón, salí al patio y alcé mi rostro para darle la bienvenida a aquella humedad tan refrescante que me envolvió como una caricia. El olor de la tierra mojada por aquella tormenta primaveral me inundó como un perfume embriagador.

De pronto sentí unas pisadas tras de mí y una mano que cubría mis ojos, otra mi boca y un suave beso en el cuello. Primero me asusté pero las caricias de sus labios en mis hombros eran sumamente dulces y me tranquilizaron. Debió cubrirme los ojos con un pañuelo o algo parecido, algo que era tan ligero como una nube y tenía el delicioso aroma del incienso. Entonces me giró hacia él y con sólo sentir su boca contra la mía me dejó rendida, buscando mi lengua y tentándome con la suya. -Shhhhhh, no temas…-su voz era mágica, suave y a la vez potente- No, no te descubras los ojos… -Pero.......Vale, de acuerdo… Y lo dejé proseguir. Fue deslizando las manos desde mis pies subiendo por las pantorrillas, acariciando mis muslos, metiéndolas bajo el camisón para recorrer mi cintura.

De pronto, sacó las manos para alzarme en sus brazos y acercarme hasta un árbol del jardín y me ató con algo suave recostada contra el tronco ¡Estaba a su merced! Poniéndose de rodillas, continuó entonces su exploración con desquiciante lentitud. Acariciaba cada parte de mí, mordisqueaba mis muslos, besaba mi vientre… Despojándome de mi ropa, bajó sus manos acariciando mis brazos y luego las subió por los costados suavemente llegando a mi cuello, mordiendo mis mejillas, lamiendo mis labios, acariciando mis pechos, sin rozar siquiera los pezones, moviéndose con su cuerpo contra el mío pero sin llegar a penetrarme. Estaba tan mojada que sentía resbalar gotas por la piel de mis piernas y no eran las de la lluvia.

Pasó las manos por la parte interna de los muslos y me alzó por el trasero, levantando mis caderas del suelo, colocó mis piernas sobre sus hombros y empezó a jugar con su lengua; de los muslos hacia las ingles, mientras mi respiración entrecortada le guiaba hacia los lugares que más me gustaban. -Por favor… -Que te trate dulcemente no significa que no vaya a hacerte sufrir...al menos un poco… Casi enloquecí de excitación al escuchar aquellas palabras en su voz cargada ahora de deseo. Volvió a dejarme en el suelo y lamió mis pechos, ya duros de anhelarlo tanto y de la frialdad de la lluvia.

Atrapó mis pezones entre sus labios, abarcándolos totalmente para que ardieran con el calor de su boca. Luego sopló y de nuevo a empezar. Me fue besando el cuello hasta llegar al lóbulo de la oreja, que recorrió y mordisqueó como si le fuera la vida en ello. Entonces volvió a mi boca ¡Cuánto lo ansiaba! Por un momento la lluvia dejó de mojarnos, como si algo nos hubiera protegido, aunque yo la sentía caer a nuestro alrededor.

Por largo rato estuvo allí, jugando con mi lengua, acariciándola, calentando mis labios y mordisqueándolos hasta que por fin descendió con sus besos hasta llegar a mi sexo. Ya no podía más y recibió con agrado mis casi inaudibles gemidos al llegar al orgasmo. Fue en ese momento que decidió había llegado el turno de buscar su propio placer. Situándose entre mis piernas, entró en mí con fuerza, casi desesperado, con movimientos constantes y sin dar tregua, haciéndome temblar y gritar, hasta que volví a llegar al éxtasis. Me dio la vuelta y, con un ágil movimiento, siguió con su erótica posesión, con su mano entre mis piernas, estimulando mi goce, recorriendo el camino de mi columna con su lengua ardiente, llevando el placer a unas alturas sublimes.

Así estuvo hasta que esta vez nos fundimos ambos en un satisfecho delirio. Entonces me liberó de lo que me sujetaba al árbol y me puso de pié, pero no descubrió mis ojos. -… Ahora he de marcharme…Prométeme que no te quitarás la venda hasta que yo me haya ido. -¡Nooooo! No puedo dejarte marchar así, sin más. Al menos dime quién… -Shhhhhh… -Por favor, solo déjame acariciar tu rostro… Él suspiró profundamente y sujetando mis manos las llevó hasta su cara que recorrí lentamente con las yemas de los dedos. Sin duda era un rostro bellísimo.

Me puse de puntillas para alcanzarlo. Luego bajé las manos hasta su cuello y sus hombros para abrazarlo por última vez y entonces noté algo asombroso ¡Eran plumas lo que estaba tocando! De su espalda nacían dos enormes alas. -¡¿Miguel?! No contestó. Con un sordo quejido de dolor, arrancó una pluma de sus alas y la puso entre mis manos ¡Qué ligera se sentía! Y me besó en la frente. En ese instante desapareció y pude volver a ver. Él ya no estaba, aunque aún se podía percibir un aroma a incienso flotando en el aire. Asombrada, miré mis manos al sentir algo pesado en ellas ¡ La blanca y etérea pluma era ahora de bronce…!

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