Este relato está inspirado en uno que leí aquí, pero ésta
sería mi versión…
El frío de la catedral era increíble. En la nave central
había algunas personas repartidas en las aparentemente infinitas filas de
escaños del templo más grande e importante del país.
Pero por muy devotos que fueran esos feligreses, no eran los
suficientes para que el obispo les encendiera la calefacción. Yo, como siempre,
había entrado sólo a contemplar las estatuas, aquellos iconos de santos y
mártires tan bien logrados en su agónico sufrimiento, que a mi parecer
conseguían transmitir una sensación de opresiva angustia, sin embargo también se
encontraba allí la excepción a la regla de pesada lobreguez del lugar. Al
terminar mi usual recorrido, allí estaba mi fiero San Miguel, con su pié sobre
Lucifer y la espada lista para hacer justicia.
Desde la primera vez que lo vi, aquel guerrero alado me había
subyugado con su belleza y gallardía y continué visitándolo en su pedestal de
mármol; aquella figura de singular poderío labrada en el bronce. Era extraño que
fuese un arcángel el que hubiera despertado mi interés, pero simplemente había
sucedido...amor a primera vista, pensaba a veces entre divertida e inquieta.
Miguel… "¿Quién como Dios?" Hasta su nombre tenía un significado especial para
mí, ¿quién más que él poseía tanto poder y benevolencia en una imagen tan
perfecta? Sin duda alguna aquella imagen era la recreación de un ser superior.
Nada menos que el "Príncipe de la Milicia Celestial". Una noche estaba
profundamente dormida cuando un vendaval aporreó los postigos contra las
ventanas, al mismo tiempo un relámpago cortaba el cielo seguido por un
violentísimo trueno.
Me levanté y contemplé a través del cristal la salvaje
belleza de aquella noche tormentosa. Deseé que las gotas de lluvia bañaran mi
cuerpo de la misma forma que lo hacían con los árboles y flores del jardín. Sin
más abrigo que el camisón, salí al patio y alcé mi rostro para darle la
bienvenida a aquella humedad tan refrescante que me envolvió como una caricia.
El olor de la tierra mojada por aquella tormenta primaveral me inundó como un
perfume embriagador.
De pronto sentí unas pisadas tras de mí y una mano que cubría
mis ojos, otra mi boca y un suave beso en el cuello. Primero me asusté pero las
caricias de sus labios en mis hombros eran sumamente dulces y me tranquilizaron.
Debió cubrirme los ojos con un pañuelo o algo parecido, algo que era tan ligero
como una nube y tenía el delicioso aroma del incienso. Entonces me giró hacia él
y con sólo sentir su boca contra la mía me dejó rendida, buscando mi lengua y
tentándome con la suya. -Shhhhhh, no temas…-su voz era mágica, suave y a la vez
potente- No, no te descubras los ojos… -Pero.......Vale, de acuerdo… Y lo dejé
proseguir. Fue deslizando las manos desde mis pies subiendo por las
pantorrillas, acariciando mis muslos, metiéndolas bajo el camisón para recorrer
mi cintura.
De pronto, sacó las manos para alzarme en sus brazos y
acercarme hasta un árbol del jardín y me ató con algo suave recostada contra el
tronco ¡Estaba a su merced! Poniéndose de rodillas, continuó entonces su
exploración con desquiciante lentitud. Acariciaba cada parte de mí, mordisqueaba
mis muslos, besaba mi vientre… Despojándome de mi ropa, bajó sus manos
acariciando mis brazos y luego las subió por los costados suavemente llegando a
mi cuello, mordiendo mis mejillas, lamiendo mis labios, acariciando mis pechos,
sin rozar siquiera los pezones, moviéndose con su cuerpo contra el mío pero sin
llegar a penetrarme. Estaba tan mojada que sentía resbalar gotas por la piel de
mis piernas y no eran las de la lluvia.
Pasó las manos por la parte interna de los muslos y me alzó
por el trasero, levantando mis caderas del suelo, colocó mis piernas sobre sus
hombros y empezó a jugar con su lengua; de los muslos hacia las ingles, mientras
mi respiración entrecortada le guiaba hacia los lugares que más me gustaban.
-Por favor… -Que te trate dulcemente no significa que no vaya a hacerte
sufrir...al menos un poco… Casi enloquecí de excitación al escuchar aquellas
palabras en su voz cargada ahora de deseo. Volvió a dejarme en el suelo y lamió
mis pechos, ya duros de anhelarlo tanto y de la frialdad de la lluvia.
Atrapó mis pezones entre sus labios, abarcándolos totalmente
para que ardieran con el calor de su boca. Luego sopló y de nuevo a empezar. Me
fue besando el cuello hasta llegar al lóbulo de la oreja, que recorrió y
mordisqueó como si le fuera la vida en ello. Entonces volvió a mi boca ¡Cuánto
lo ansiaba! Por un momento la lluvia dejó de mojarnos, como si algo nos hubiera
protegido, aunque yo la sentía caer a nuestro alrededor.
Por largo rato estuvo allí, jugando con mi lengua,
acariciándola, calentando mis labios y mordisqueándolos hasta que por fin
descendió con sus besos hasta llegar a mi sexo. Ya no podía más y recibió con
agrado mis casi inaudibles gemidos al llegar al orgasmo. Fue en ese momento que
decidió había llegado el turno de buscar su propio placer. Situándose entre mis
piernas, entró en mí con fuerza, casi desesperado, con movimientos constantes y
sin dar tregua, haciéndome temblar y gritar, hasta que volví a llegar al
éxtasis. Me dio la vuelta y, con un ágil movimiento, siguió con su erótica
posesión, con su mano entre mis piernas, estimulando mi goce, recorriendo el
camino de mi columna con su lengua ardiente, llevando el placer a unas alturas
sublimes.
Así estuvo hasta que esta vez nos fundimos ambos en un
satisfecho delirio. Entonces me liberó de lo que me sujetaba al árbol y me puso
de pié, pero no descubrió mis ojos. -… Ahora he de marcharme…Prométeme que no te
quitarás la venda hasta que yo me haya ido. -¡Nooooo! No puedo dejarte marchar
así, sin más. Al menos dime quién… -Shhhhhh… -Por favor, solo déjame acariciar
tu rostro… Él suspiró profundamente y sujetando mis manos las llevó hasta su
cara que recorrí lentamente con las yemas de los dedos. Sin duda era un rostro
bellísimo.
Me puse de puntillas para alcanzarlo. Luego bajé las manos
hasta su cuello y sus hombros para abrazarlo por última vez y entonces noté algo
asombroso ¡Eran plumas lo que estaba tocando! De su espalda nacían dos enormes
alas. -¡¿Miguel?! No contestó. Con un sordo quejido de dolor, arrancó una pluma
de sus alas y la puso entre mis manos ¡Qué ligera se sentía! Y me besó en la
frente. En ese instante desapareció y pude volver a ver. Él ya no estaba, aunque
aún se podía percibir un aroma a incienso flotando en el aire. Asombrada, miré
mis manos al sentir algo pesado en ellas ¡ La blanca y etérea pluma era ahora de
bronce…!